Enfermedades de la voluntad.
Todos hemos visto profesores superiormente dotados, desbordantes de
actividad e iniciativas, en posesión de suficientes medios de trabajo,
y que, sin embargo, no realizan obra personal ni escriben casi nunca.
Sus discípulos y admiradores esperan con ansia la obra grande,
legitimadora del alto concepto que del maestro se formaron; pero la
_obra grande_ no se escribe y el maestro continúa callando.
No nos engañen el optimismo y el buen deseo. A despecho del mérito
excepcional y del celo y actividad desplegados en determinadas
funciones docentes, dichos maestros son enfermos de la voluntad. No
lo serán acaso a los ojos del frenópata; su modorra y dejadez no
justifican todavía el diagnóstico de _abulia_; pero sus discípulos y
amigos harán bien en considerarlos como anormales y de proponerles,
con el respeto y dulzura debidos a su alta mentalidad, tratamiento
espiritual adecuado.
Estos ilustres fracasados agrúpanse en las principales clases
siguientes: _dilettantes o contempladores_, _eruditos o bibliófilos_,
_organófilos_, _megalófilos_, _descentrados_ y _teorizantes_.
_Contempladores._--Variedad morbosa muy frecuente entre astrónomos,
naturalistas, químicos, biólogos y físicos, reconócese en los síntomas
siguientes: Amor a la contemplación de la Naturaleza, pero solo en
sus manifestaciones estéticas: los espectáculos sublimes, las bellas
formas, los colores espléndidos y las estructuras elegantes. Si el
_dilettante_ es botánico, quedará para siempre anclado en la admiración
de las algas, singularmente de las _diatomeas_, cuyos elegantes
carapachos cautivarán su admiración. En su culto fetichista, pasará
sus horas examinando y fotografiando de mil maneras tan interesantes
seres, componiendo con ellos letreros, grecas, escudos y otros primores
ornamentales, pero sin añadir al copioso catálogo de las especies
conocidas una variedad nueva ni contribuir en lo más mínimo al
conocimiento de la estructura, evolución y funcionalismo de los citados
microorganismos.
Si el sibarita científico es histólogo, se consagrará con amor al arte
de prestar a las células y tejidos orgánicos vistosas coloraciones;
dominará a maravilla la jeringuilla de inyección, y en su ingenua
admiración de lo pintoresco, pasará sus veladas dibujando las elegantes
redecillas que el carmín y el azul de Prusia bordan en los capilares
del intestino, músculos y glándulas. A gala tendrá el dominar los
más elegantes métodos de tintorería histológica, sin sentir jamás
la tentación de aplicarlos a un tema nuevo o dilucidar una cuestión
litigiosa.
Si es geólogo, permanecerá arrobado examinando a la luz polarizada
los espléndidos colores mostrados por las secciones de rocas; si
bacteriólogo, se aficionará al coleccionamiento y cultivo de los
microbios cromógenos y fosforescentes; si astrónomo, consagrará sus
ocios a fotografiar las montañas de la luna o las manchas del sol...
¿A qué seguir? Todos nuestros lectores recordarán tipos y variedades
interesantes de esta especie, tan simpática por su entusiasmo juvenil y
verbo cálido y cautivador, como estéril para el progreso efectivo de la
ciencia.
_Bibliófilos y políglotas._--Como el micrógrafo se recrea en la
diatomea o el zoólogo en conchas, insectos y pájaros de vistosa librea,
el bibliófilo se deleita con la lectura del libro o monografía
novísimos, de esas monografías trascendentales, renovadoras, que solo
recibe él y de que nuestro erudito se sirve maravillosamente para
asombrar a sus amigos.
Los síntomas de esta dolencia son: tendencias enciclopedistas; dominio
de muchos idiomas, algunos totalmente inútiles; abono exclusivo a
Revistas poco conocidas; acaparamiento de cuantos libros novísimos
aparecen en el escaparate de los libreros; lectura asidua de lo que
importa saber, pero sobre todo, de lo que a pocos interesa; pereza
invencible para escribir y desvío del seminario y del laboratorio.
Como es natural, nuestro erudito vive _en_ y _para_ su biblioteca, que
es copiosa y monumental. Allí recibe a sus contertulios, a quienes
cautiva con una conversación amena, brincadora, variadísima, iniciada
de ordinario con estas o parecidas interrogaciones: ¿Ha leído usted el
libro de Fulano? (aquí un nombre yanqui, alemán, ruso o escandinavo).
¿Conoce usted la sorprendente teoría de Zutano? Y sin oír la respuesta,
el erudito desarrolla, con calurosa elocuencia, una doctrina las
más veces estrafalaria y audaz, sin base objetiva suficiente y solo
pasadera como tema de espiritual _causerie_.
Estos indolentes de la ciencia, que hablan de todo, malogrando y
derrochando facultades exquisitas, ignoran una cosa muy sencilla y
muy humana: que son censurados de sus mismos amigos y aduladores, a
quienes inspiran más piedad que respeto. Y desconocen también, o al
menos no sienten con la vehemencia debida, esta verdad trivial: que la
erudición posee muy escaso valor cuando no representa la preparación y
el pródromo de la acción personal intensa y perseverante. Todo su afán
se cifra en pasar por monstruos de talento y de cultura, sin reparar
que solo esfuerzo vivificante puede librar al sabio del olvido y la
injusticia.
No hay, por fortuna, en este punto que insistir mucho para rectificar
juicios sociales equivocados. Nadie ignora que vale quien sabe y actúa,
y no quien sabe y se duerme. Rendimos tributo de veneración a quien
añade una obra original a una biblioteca, y se lo negamos a quien lleva
una biblioteca en la cabeza. Para resultar fonógrafo, no valía la pena
de haber complicado con el estudio y la reflexión la organización del
cerebro. En cosa de más enjundia hay que emplear nuestras neuronas.
Saber, pero transformar; conocer, pero obrar: tal es la norma del
verdadero hombre de ciencia.
Brindemos, pues, nuestro aplauso y gratitud a quienes dejaron estela de
verdades luminosas, y olvidemos a quienes se fatigaron estérilmente,
convertidos en girándulas de sonoras palabras. Al modo del tenor,
el erudito elocuente puede, sin duda, recibir en vida, en la cálida
intimidad de su tertulia, plácemes entusiastas; pero en vano esperará
las aclamaciones del gran teatro del mundo. El público del sabio vive
lejos o no vive aún; lee y no oye; es tan austero y recto, que no
reconoce más títulos a la gratitud y al respeto que las verdades nuevas
puestas en circulación en el mercado cultural.
_Los megalófilos._--Caracterízase esta variedad de malogrados por
atributos nobles y simpáticos. Estudian mucho, pero aman también el
trabajo personal; poseen el culto de la acción y dominan los métodos
inquisitivos; rebosan de patriotismo sincero y ansían enaltecer su
nombre y honrar a su país con admirables conquistas.
Y, sin embargo, un error funesto esteriliza sus afanes. Evolucionistas
convencidos en teoría, resultan providencialistas en la práctica. Como
si confiaran en el milagro, desean estrenarse con hazaña prodigiosa.
Recordando acaso que Hertz, Mayer, Schwann, Röntgen, Curie, iniciaron
su vida científica con un gran descubrimiento, aspiran a ascender,
desde el primer combate, de soldados a generales, y se pasan la vida
planeando y dibujando, construyendo y rectificando, siempre en febril
actividad, siempre en plena revisión, incubando el gran engendro, la
obra asombrosa y arrolladora. Y los años transcurren, y la expectación
se fatiga, y los émulos murmuran, y los amigos estrujan la imaginación
para cohonestar el silencio del grande hombre. Y mientras tanto, sobre
aquel tema tan detenidamente explorado, acariciado y lamido, llueven en
el extranjero importantes monografías que arrebatan, ¡ay!, a nuestro
ambicioso investigador el halago de la prioridad, y le obligan a
cambiar de rumbo. Sin desanimarse, el megalófilo aborda otro tema, y
cuando tiene casi construido el imponente monumento, nuevos émulos,
que se permiten fabricar ciencia al pormenor, vuelven a amargarle la
existencia. Y al fin llega a la vejez entre el silencio indulgente de
los discípulos y la irónica sonrisa de los sabios.
¡Y todo por no haberse plegado desde el principio, modesta y
humildemente, a esta ley de naturaleza, que es también táctica de buen
sentido!: Abordar primeramente los pequeños problemas, para acometer
después, si el éxito sonríe y las fuerzas crecen, las magnas hazañas
de la investigación. Esta actitud prudente podrá no conducir siempre a
la gloria; pero en todo caso nos granjeará la estima de los sabios y el
respeto y consideración de nuestros conciudadanos.
A guisa de subvariedad de los _megalófilos_ consideramos los
_proyectistas_, que recuerdan a los antiguos arbitristas. Distínguense
fácilmente por la ebullición y superabundancia de ideas y de planes de
acción. Ante sus ojos optimistas, todo aparece de color de rosa. Por
seguro tienen que, una vez secundadas, sus iniciativas abrirán amplios
horizontes a la ciencia y rendirán frutos prácticos inestimables.
Solo hay que deplorar una pequeña contrariedad: ninguna empresa llega
a plena sazón. Todas se malogran, unas veces por escasez de medios,
otras por ausencia de ambiente, las más por falta de discípulos
capaces de cooperar a la magna obra, o de Corporaciones y Gobiernos
suficientemente cultos y avisados para alentarla y recompensarla.
La realidad es que no trabajan bastante; fáltales perseverancia. Como
decía agudamente Gracián en su _Oráculo manual_: «Todo se les va a
algunos en comenzar y nada acaban; inventan, pero no prosiguen; todo
_para_ en _parar_... Mate el sagaz la caza, no se le vaya todo en
levantarla».
_Organófilos._--Variedad poco importante de infecundos, reconócense en
seguida por una especie de culto fetichista hacia los instrumentos de
observación. Fascinados por el brillo del metal, como la alondra por
el espejuelo, cuidan amorosamente de sus ídolos, que guardan como en
sagrario, relucientes como espejos y admirablemente presentados. Reposo
y disciplina conventual reinan en el laboratorio, donde no hay una
mancha ni se oye el menor rumor.
En los amplios bolsillos del organófilo las llaves sonajean de
continuo. Imposible que el ayudante o los alumnos consulten, en
ausencia del profesor, la monografía o el aparato imprescindibles.
Microscopios, espectroscopios, balanzas de precisión, reactivos, etc.,
están guardados y lacrados con siete sellos. ¡No faltaría más que,
por una condescendencia punible del jefe, el ayudante estropeara el
objetivo de Zeiss, el refractrómetro o el aparato de polarización!
¡Ello sería horrible! Además, ¿no es él el único responsable del
material científico, arca santa de la Universidad, y no tendrá en
su día que rendir estrecha cuenta a sus superiores? ¿Investigar?
¿Comprobar? ¡Ya lo hará cuando tenga tiempo, y luego que lleguen
ciertas novísimas Monografías cuya consulta le es indispensable!
¡Ah!, si el Gobierno le aumentase la consignación de material, quizá
podría desprenderse, en obsequio a la enseñanza, de parte del sagrado
depósito... ¡Pero mientras tanto!...
Estos maestros --de que nuestros lectores recordarán más de un
ejemplar-- erraron la vocación[17]. Creen ser buenos docentes y celosos
funcionarios y, en realidad, son excelentes amas de casa. ¿Verdad que
recuerdan a esas excelentes señoras, las cuales adornan primorosamente
la sala, ordenan escrupulosamente los muebles, barnizan diariamente
el _parquet_ y, en evitación de manchas y desarreglos, reciben a sus
relaciones en el comedor?
Claro es que de los organófilos empedernidos no puede sacarse partido.
Padecen morbo casi incurable, sobre todo si va asociado, según
ocurre con frecuencia, a cierto estado moral poco confesable: a la
preocupación egoísta y antipática de impedir que otros trabajen, ya que
ellos no saben o no quieren trabajar.
_Los descentrados._--Si el profesorado no fuera a menudo entre nosotros
mero escabel de la política o decoroso reclamo de la clientela
profesional; si a nuestros candidatos a la cátedra se les exigieran,
en concursos y oposiciones, pruebas objetivas de aptitud y vocación,
en vez de pruebas puramente subjetivas y, en cierto modo, proféticas,
abundarían menos esos casos de chocante contradicción entre la vocación
real y la actividad oficial, entre la función retribuida y la actividad
libre.
«Una de las causas de la prosperidad de Inglaterra --me decía un
profesor de Cambridge-- consiste en que, entre nosotros, cada
cual ocupa su puesto.» Lo contrario de lo que, salvando honrosas
excepciones, acontece en España, en donde muchos parecen ocupar un
puesto, no para desempeñarlo, sino para cobrarlo y tener de paso el
gusto de excluir a los aptos.
¿Quién no recuerda generales nacidos para pacíficos burócratas o
jueces de paz; profesores de medicina cultivando la literatura o la
arqueología; ingenieros escribiendo melodramas; patólogos dedicados a
la moral, y metafísicos votados a la política? De donde resulta que, en
lugar de consagrar a la actividad oficial todas las fuerzas de nuestro
espíritu, le rendimos solamente mínima parte de ellas, y eso de mala
gana y como cumpliendo penosa obligación.
No pretendemos, empero, que la vida del profesor y, en general, del
hombre de ciencia, sea tan austera y rigorista que haya de consumirse
por entero en la tarea profesional. Desearíamos solamente que a
ocupaciones amenas o de mero pasatiempo dedicara el sobrante de
su actividad, esos sanos coqueteos de la atención enervada por la
intensidad y monotonía de la diaria labor.
Más que anormales --pensará alguno-- los _descentrados_ son
infortunados a quienes circunstancias adversas impusieron oficio
contrario a sus inclinaciones. Sin embargo, bien consideradas las
cosas, dichos fracasados entran también en la categoría de abúlicos,
porque carecen de la energía necesaria para cambiar de camino,
armonizando al fin la vocación con el empleo.
Los descentrados crónicos parécennos enfermos desahuciados. No así los
jóvenes, a quienes sugestiones de familia o tiranías del medio moral
desviaron de su destino, obligándoles a trabajo de forzados. Flexibles
todavía las coyunturas mentales, harán bien en cambiar de dirección en
cuanto soplen vientos favorables. Aun aquellos que, amarrados a una
ciencia extraña a sus aficiones, viven como desterrados de su patria
ideal, podrían redimirse y trabajar con provecho si, levantando el
ánimo al cumplimiento de sagrados deberes, procuraran buscar dentro
de sus tareas oficiales algún dominio agradable, donde laborar hondo
y bien. ¿Qué ciencia carece de algún oasis deleitoso donde nuestra
inteligencia encuentre útil empleo y plena satisfacción?
_Los teorizantes._--Hay cabezas cultísimas y superiormente dotadas,
cuya voluntad padece una forma especial de pereza, tanto más grave
cuanto que ni a ellos se lo parece ni por tal suele reputarse. He aquí
sus síntomas culminantes: talento de exposición; imaginación creadora
e inquieta; desvío del laboratorio y antipatía invencible hacia la
ciencia concreta y los hechos menudos. Pretenden ver en grande y viven
en las nubes. Prefieren el libro a la monografía y las hipótesis
brillantes y audaces a las concepciones clásicas, pero sólidas. En
presencia de un problema difícil, sienten irresistible tentación, no de
interrogar a la Naturaleza, sino de formular una teoría. Como acierten
a percibir tenue y artificiosa analogía entre dos fenómenos, o logren
encajar el hecho nuevo en el marco de una concepción general verdadera
o falsa, danse por satisfechos, y se creen excelsos reformadores. El
método es legítimo en principio, pero abusan de él, cayendo en la
inocencia de considerar las cosas bajo un solo aspecto. Para ellos lo
esencial es la estética de la concepción. Poco importa que se funde en
el aire, con tal de que sea bella e ingeniosa, ponderada y simétrica.
Como es natural, las decepciones persiguen al teorizante. El medio
científico actual es tan poco propicio a las teorías, que aun las que
llevan el sello del genio necesitan para imponerse lustros de lucha
y de incesante laboreo experimental. ¡Han caído tantas doctrinas que
parecían inconmovibles!
En el fondo, el teorizante es un perezoso disfrazado de diligente. Sin
percatarse de ello, obedece a la ley del mínimo esfuerzo. Porque es más
fácil forjar una teoría que descubrir un fenómeno.
Liebig, buen juez en estas materias, escribía paternalmente al joven
Gebhard, químico de grandes alientos, pero harto inclinado a las
síntesis ambiciosas: «No hagas hipótesis. Ellas te acarrearán la
enemiga de los sabios. Preocúpate de aportar hechos nuevos. Los hechos
son los únicos méritos no regateados por nadie; hablan alto en nuestro
favor, pueden ser comprobados por todos los hombres inteligentes, nos
crean amigos e imponen la atención y el respeto a los adversarios».
Y Liebig tenía muchísima razón. Las teorías son, en efecto,
peligrosísimas para el porvenir de un principiante. Adoctrinar
envuelve cierta arrogancia pedante, algo como alarde de superioridad
intelectual, que solo se perdona al sabio ilustrado por larga serie
de descubrimientos positivos. Adquiramos primero personalidad
seamos obreros útiles; más adelante veremos si se nos consiente ser
arquitectos.
Acaso el lector, recordando lo que dejamos en otro lugar expuesto
acerca de la necesidad de las hipótesis, se pregunte si no cometemos
inconsecuencias. Hay que distinguir entre las hipótesis de trabajo
(_Arbeitenhipothesen_ de Weissmann) y las teorías científicas. La
hipótesis constituye interrogación interpretativa de la naturaleza.
Forma parte de la investigación misma, como que representa su fase
inicial, su antecedente casi necesario. Pero especular de continuo, es
decir, teorizar por teorizar, sin acudir al análisis objetivo de los
fenómenos, es perderse en idealismos sin consistencia, es volver la
espalda a la realidad.
Insistamos una vez más en esta conclusión evidente: el haber positivo
de un sabio hállase formado por el conjunto de los hechos originales
que aporta. Las hipótesis pasan, pero los hechos quedan. Las teorías
nos abandonan, los hechos nos defienden. Ellos son nuestro capital
efectivo, nuestros bienes raíces y nuestra mejor ejecutoria, y en la
eterna mudanza de las cosas ellos solo se salvarán de los ultrajes del
tiempo y del olvido o de la injusticia de los hombres. Fiarlo todo
al éxito de una concepción, vale tanto como ignorar que cada quince
o veinte años se renuevan las teorías. ¡Qué de hipótesis, al parecer
definitivas, no han caído ruidosamente en física, en química, en
geología, en biología, etc., durante los últimos lustros! En cambio,
ahí están inmutables, y desafiando a la crítica, los hechos bien
observados de la anatomía y fisiología, de la química y de la geología,
las leyes y ecuaciones de la astronomía y de la física. «Dadme un hecho
--decía Carlyle-- y yo me postro ante él.»
En suma: el principiante consagrará su máxima actividad a descubrir
hechos nuevos, haciendo observaciones precisas, experimentos fecundos,
descripciones exactas. De las hipótesis se servirá a título de
sugeridoras de planes de investigación y promotoras de nuevos temas
de trabajo. Si, a pesar de todo, se siente compelido a crear vastas
generalizaciones científicas, hágalo más adelante, cuando el caudal de
observaciones originales allegadas le haya granjeado sólida autoridad.
Entonces, y solo entonces, será oído con respeto y discutido sin
desdén. Y si la fortuna le acompaña, ceñirá al fin la doble corona de
investigador y de filósofo.
Hemos descrito los principales tipos de fracasados, haciendo resaltar,
quizás con tintas algo subidas, sus flaquezas éticas y sus lacerias
intelectuales. Nuestro propósito ha sido ponerles delante el espejo
donde, tanto ellos como sus discípulos y admiradores, contemplen su
deformidad. No confiamos, empero, en la eficacia de nuestro diagnóstico
para corrección de los maduros y osificados. A los jóvenes que, en su
candor, envidian prestigios más que discutibles, se dirigen nuestros
consejos. Y se enderezan, sobre todo, a esos profesores cultos y
capaces de trabajar con fruto, pero que, influidos por el mal ejemplo
y faltos de disciplina interior, comienzan a sentir, con el desmayo
del trabajo personal, el deseo malsano y antipatriótico de imitar a
nuestros engreídos infecundos.
Si, a pesar de todos los consejos, la reacción mental se retarda,
hagan examen de conciencia y vean si no están en el caso de sufrir
una cura espiritual en el extranjero. El laboratorio del sabio es un
sanatorio incomparable para los extravíos de la atención y los desmayos
de la voluntad. En él se desvanecen viejos prejuicios y se contraen
sublimes contagios. Allí, al lado de un sabio laborioso y genial,
recibirá nuestro abúlico el bautismo de sangre de la investigación;
allí contemplará, con noble envidia, ardorosa emulación por arrancar
secretos a lo desconocido; allí respirará el desdén sistemático hacia
las vanas teorías y los discursos retóricos; allí, en fin --en extrañas
tierras--, sentirá renacer el santo patriotismo. Y cuando, lanzado en
el camino del trabajo personal, cuente en su haber algunos estimables
descubrimientos, de regreso al país natal, aprenderá a escatimar sus
admiraciones y mirará con desdén, casi con lástima, a sus antiguos
ídolos.
[Ilustración]
[Ilustración]