Marcha de la investigación científica.
Siguiendo a los tratadistas de lógica, y singularmente a E. Naville,
consideramos en toda investigación científica tres operaciones
sucesivas, a saber: observación y experimentación, suposición o
hipótesis y comprobación. En algún caso, la indagación misma tiene como
precedente, no la observación personal, sino un acto de crítica, una
repugnancia sentida _a priori_ por nuestro espíritu respecto de ciertas
doctrinas más o menos generalmente admitidas; pero hay que convenir
en que semejante desacuerdo supone a menudo algún estudio objetivo
personal, siquiera sea ligero, sobre el tema o sobre materias afines
del problema a resolver.
_a_) OBSERVACIÓN
El consejo dado por los preceptistas literarios, y sobre el cual ha
disertado muy atinada e ingeniosamente Pérez de Ayala, «ver las cosas
por primera vez», es decir, readmirarlas descartando reminiscencias
librescas, descripciones postizas y frases y tópicos comunes, tiene en
la investigación científica muy señalada aplicación. Hay que limpiar la
mente de prejuicios y de imágenes ajenas, hacer el firme propósito de
ver y juzgar por nosotros mismos, como si el objeto hubiera sido creado
expresamente para regalo y deleite de nuestro intelecto. Es preciso,
en fin, renovar en lo posible aquel estado de espíritu --mezcla de
sorpresa, emoción y vivísima curiosidad-- por que atravesó el sabio
afortunado que descubrió el hecho considerado por nosotros, o que
planteó primeramente el problema.
Y esto se enlaza íntimamente con otra regla encarecida insistentemente
por los maestros de la investigación científica. No basta examinar;
hay que contemplar: impregnemos de emoción y simpatía las cosas
observadas; hagámoslas nuestras, tanto por el corazón como por la
inteligencia. Solo así nos entregarán su secreto. Porque el entusiasmo
acrecienta y afina nuestra capacidad perceptiva. Al modo del amante que
sabe descubrir diariamente en su adorada nuevas perfecciones, quien
contempla con delectación un objeto acaba por discernir en él detalles
interesantes y propiedades peregrinas escapadas a la atención distraída
de los trabajadores rutinarios.
Descendiendo ahora a más concreto terreno, formulemos algunas reglas
indispensables a la buena observación en materias biológicas.
Debe realizarse en las mejores condiciones posibles, aprovechando al
efecto los instrumentos analíticos más perfectos y los métodos de
estudio merecedores de más confianza. A ser posible, aplicaremos varios
métodos al mismo tema, y corregiremos las deficiencias de los unos
con las revelaciones de los otros. Escojamos la técnica más exacta,
la que dé imágenes más claras y concluyentes. Importa, asimismo,
evitar toda ligereza en la apreciación de los hechos, reproduciéndolos
de mil maneras, hasta cerciorarnos de su absoluta constancia y de
no haber sido víctimas de alguna de esas falaces apariencias que
extravían (particularmente en los estudios micrográficos) a los jóvenes
exploradores.
Si nuestro estudio versa sobre un objeto de Anatomía, Historia natural,
etc., la observación correrá paralela al dibujo; porque, aparte otras
ventajas, el acto de copiar disciplina y robustece la atención,
obliga a recorrer la totalidad del fenómeno estudiado, y evita, por
tanto, que se nos escapen detalles frecuentemente inadvertidos en la
observación ordinaria. En ciencias naturales solo podemos lisonjearnos
de conocer una forma o una estructura cuando sepamos representarlas
fácil y detalladamente. Cuanto más que ciertos estudios morfológicos
serían incomprensibles sin el dibujo. Razón tenía el gran Cuvier cuando
afirmaba que «sin el arte del diseño la Historia natural y la Anatomía
hubieran sido imposibles»[24]. Por algo todos los grandes observadores
son habilísimos dibujantes.
Cuando, a pesar de haber aplicado la técnica apropiada, la presentación
del objeto no salga enteramente a nuestro gusto, hay que reproducirla
cuantas veces sea preciso para obtener del método el máximo
rendimiento. Será de gran provecho, al efecto, tener a la vista, para
confrontarla con las nuestras, alguna preparación excelente ejecutada
por el autor del método o por alguno de sus discípulos esotéricos.
Tendremos presente que el hecho nuevo lo descubre, no el que lo ve
primeramente, sino quien, merced a una técnica habilísima, supo
mostrarlo con entera evidencia, logrando llevar la convicción al ánimo
de todos. Como dejamos dicho más atrás, en las ciencias biológicas,
casi todos los grandes sabios han debido sus conquistas al dominio
absoluto de uno o varios métodos de demostración o de experimentación.
_b_) EXPERIMENTACIÓN
En muchas ciencias (la Fisiología, la Patología, la Física, la
Química, etc.) la experimentación sobrepuja en importancia a la
observación misma. Imposible descubrir en _Física_ o _Fisiología_, sin
imaginar un experimento original, sin someter el fenómeno estudiado
a condiciones más o menos nuevas. La Morfología misma (_Histología_,
_Anatomía_, _Embriología_, etc.), para cuyo estudio parece bastar la
mera observación, adquiere de día en día carácter más experimental.
Y a tal cambio de rumbo débense valiosas conquistas, a las cuales
jamás se hubiera llegado por el trillado camino del análisis anatómico
de las formas estáticas. Entre mil ejemplos que pudiéramos citar,
recordemos: la producción de _partenogénesis artificial_ en la
_estrella del mar_ (animal sexuado), mediante la sustitución de la
fecundación natural (acción del zoospermo) por el influjo del agua de
mar cargada de cloruro de magnesio; los interesantes experimentos de
_merogonia_ (destrucción de las primeras esferas de segmentación del
óvulo fecundado), ejecutados en batracios por Roux, Hertwig, Wilson,
etc., demostrativos de que cada célula primitiva posee capacidad
de generar un embrión entero, de donde resultaron definitivamente
arruinadas las hipótesis embriogénicas de la _preexistencia_ y del
_mosaico_; los trabajos de Nageotte, Marinesco, etc., acerca de la
trasplantación de los nervios y ganglios, probando que la morfología
de la célula nerviosa representa simple función del ambiente químico;
los maravillosos resultados obtenidos por Harrison, Carrel y su
escuela (Instituto Rockefeller) sobre el cultivo artificial, en serie
e _in vitro_, de las células de los tejidos normales y patológicos;
los interesantes experimentos de H. de Vries y de muchos modernos
naturalistas acerca de la _mutación_ de las especies y del mecanismo de
la herencia, etc.
Tan admirables éxitos deben alentarnos a completar en lo posible el
estudio meramente estático de las formas por la intervención del método
experimental. De esta suerte provocamos alteraciones violentas en las
condiciones biológicas normales de células y organismos. Simplifícase
de este modo el proceso lógico de la determinación causal y del
mecanismo físico-químico del fenómeno estudiado. Sin duda que, en la
observación misma, se dan ya, en ocasiones, mudanzas de las condiciones
fenomenales pero semejantes mutaciones, debidas a causas naturales,
son raras y episódicas, al paso que, mediante la experimentación,
abrévianse los plazos y nos hacemos dueños, tanto del determinismo
natural como de las causas de variación.
_c_) HIPÓTESIS DIRECTRIZ
Observados los hechos, es preciso fijar su significación, así como las
relaciones que encadenan la nueva verdad al conjunto de los postulados
de la Ciencia. En presencia de un fenómeno insólito, el primer
movimiento del ánimo es imaginar una hipótesis que dé razón de él y que
lo subordine a alguna de las leyes conocidas. La experiencia fallará
después definitivamente sobre la verosimilitud de la concepción.
Meditando sobre el carácter de las buenas hipótesis, se cae en la
cuenta de que, en su mayor parte, representan generalizaciones felices
o inducciones arriesgadas, en cuya virtud el hecho recién descubierto
se considera provisoriamente como caso particular de un principio
general o como un efecto desconocido de una causa conocida. Por
ejemplo: el transformismo, tan fecundo en las ciencias biológicas,
representa exclusivamente una generalización a todos los seres de la
ley de herencia, solo positivamente demostrada en la historia de cada
especie. Cuando Lavoisier creó la teoría del calor animal, redujo el
fenómeno respiratorio de los animales, desconocido antes en su esencia,
a la ley general de la producción del calor por la oxidación del
carbono, etc.
Para la creación de la hipótesis tendremos en cuenta las reglas
siguientes: 1.ª, que la hipótesis sea obligatoria, es decir, que
sin ella no quede arbitrio para explicar los fenómenos; 2.ª, que
sea, además, contrastable o comprobable, o por lo menos que pueda
concebirse, para un plazo más o menos remoto, su comprobabilidad,
pues las hipótesis que se sustraen por completo a la piedra de toque
de la observación o de la experimentación, dejan en realidad los
problemas sin esclarecer y no pueden representar otra cosa que síntesis
artificiales coordinadoras, pero no explicativas, de los hechos, cuando
no meras explicaciones verbales; 3.ª, que sea fácilmente imaginable,
es decir, traducible en lenguaje físico-químico, y si es posible,
como quería lord Kelvin, en puro mecanismo (las hipótesis obscuras o
demasiado abstractas corren riesgo de constituir vacías explicaciones
verbales); 4.ª, que huyendo de propiedades ocultas y de esencias
metafísicas, propenda a resolver las cuestiones de calidad en problemas
de cantidad; 5.ª, y que sugiera, a ser posible, también investigaciones
y controversias que, si no zanjan la cuestión, nos aproximen al
menos al buen camino, promoviendo nuevas y más felices concepciones
(_hipótesis de trabajo_, de Weissmann). Aun siendo errónea, una
hipótesis puede servir eficazmente al progreso con tal que esté basada
en nuevas observaciones y marque una dirección original al pensamiento
científico. Y en todo caso, la explicación rechazada por falsa siempre
tendrá una ventaja: la de restringir, por exclusión, el campo de lo
imaginable, eliminando soluciones inaceptables y causas de error. Con
razón dice Le Bon «que quien rehúsa escoger la hipótesis por guía, debe
resignarse a tomar el azar por maestro».
Muchos sabios ilustres, y singularmente el gran físico Tyndall,
han insistido elocuentemente sobre la importancia de las hipótesis
en la Ciencia, y acerca del importante papel desempeñado por la
imaginación en la creación de buenas y fecundas teorías. De acuerdo,
por nuestra parte, creemos que, si la hipótesis es un arma de que se
abusa demasiado, es también un instrumento lógico, sin el cual ni
la observación misma, con ser de suyo tan pasiva, puede realizarse.
Buena o mala, una conjetura, un intento de explicación cualquiera será
siempre nuestro guía, pues nadie busca sin plan.
Aun los llamados hallazgos casuales se deben comúnmente a alguna idea
directriz que la experiencia no sancionó, pero que tuvo virtud, no
obstante, para llevarnos a un terreno poco o nada explorado. Si se
me perdonara lo vulgar del símil, diría que en estas materias sucede
lo que con las personas conocidas, que aparecen en la calle entre la
multitud de transeúntes en el preciso instante en que pensamos en
ellas, por la razón bien sencilla de que, cuando en ellas no pensamos,
pasan cerca de nosotros sin percatarnos de su presencia. Impulsados por
la hipótesis, acaso ocurrirá sorprender en los hechos diversa cosa que
lo buscado; pero mejor es esto que no encontrar nada, que es justamente
lo que le sucede al mero e impasible contemplador de los fenómenos
naturales. Como dice Peisse, «el ojo no ve en las cosas más que lo que
mira en ellas, y no mira sino lo que está en idea en el espíritu».
Inútil será recordar que todos los grandes investigadores han sido
fecundos creadores de hipótesis. Con profundo sentido se ha dicho que
ellas son el primer balbuceo de la razón en medio de las tinieblas de
lo desconocido; la sonda tendida en el misterioso abismo; el puente,
en fin, aéreo y audaz que junta la playa familiar con el inexplorado
continente.
De las hipótesis se ha abusado mucho. Es fuerza, sin embargo, reconocer
que sin ellas nuestro caudal de hechos positivos resultaría harto
mezquino, acrecentándose muy lentamente. La hipótesis y el dato
objetivo están ligados por estrecha relación etiológica. Aparte su
valor conceptual o explicativo, entraña la teoría valor instrumental.
«El científico no debe olvidar, afirma Huxley, que la hipótesis
debe considerarse como un medio, jamás como un fin.» Observar sin
pensar es tan peligroso como pensar sin observar. Ella es nuestra
mejor herramienta intelectual: herramienta, como todas, susceptible
de mellarse y de enmohecerse, necesitada de continuas reparaciones
y sustituciones, pero sin la cual fuera casi imposible labrar honda
brecha en el duro bloque de lo real.
Difícil es dictar reglas para imaginar hipótesis. Quien no posea
cierta intuición del encadenamiento causal, instinto adivinatorio para
columbrar la idea en el hecho y la ley en el fenómeno, pocas veces
dará, cualquiera que sea su talento de observador, con una explicación
razonable. Cabe, empero, señalar, por lo que toca a las hipótesis
biológicas, algunos conceptos o normas generales, cuyo recuerdo podrá
ser provechoso a la hora de imaginar hipótesis explicativas.
He aquí algunas de ellas:
1. _La naturaleza emplea los mismos medios para iguales fines._-- En
virtud de este principio, que tiene pocas excepciones, nos será en
muchos casos dado reducir una disposición desconocida en otra conocida.
Por ejemplo: cuando la _mitosis_ o _kariokinesis_ fue descubierta
en las gruesas células de las larvas de tritón y salamandra, pudo
racionalmente esperarse hallar parecidos fenómenos en la división
celular del hombre y vertebrados superiores, así en estado normal como
en condiciones patológicas; y, en efecto, la experiencia confirmó
la previsión. Citemos otro ejemplo: esclarecida en los vertebrados,
gracias a las investigaciones de Kühne, Krause, Ranvier, etc., la
terminación libre, mediante arborizaciones varicosas, de las fibras
nerviosas motrices y sensitivas, podía preverse, en virtud de la citada
ley, que el hecho se repetiría en los centros nerviosos, no solo de los
vertebrados, sino de los invertebrados. Y esta sospecha racional vino a
ser luego plenamente confirmada por nosotros, por Kölliker, Lenhossék,
van Gehuchten, etc., para los vertebrados, y por Retzius, Lenhossék y
otros, para los invertebrados. Inútil multiplicar los ejemplos.
2. _Estudios del hecho en sus formas sencillas._-- Puesto que la
ontogenia y la filogenia representan dos series casi paralelas de
formas que van de lo sencillo a lo complicado, nada mejor podemos
hacer, para esclarecer la estructura de un órgano complejo y casi
inabordable en los vertebrados superiores, que estudiar este en sus
formas simples, ora del desarrollo individual, ora de las especies.
Método excelente es, para determinar la significación de una cosa,
averiguar cómo llega a ser lo que es; porque al señalar el lugar que
ocupa en la cadena evolutiva, esclarecemos, sin pensarlo, su valor
anatómico y fisiológico.
3. _Toda disposición natural, por caprichosa que parezca, obedece a un
fin utilitario._-- Abstracción hecha de los órganos atróficos, este
principio teleológico es aplicable a todas las particularidades de
estructura de animales y plantas. Al enunciar esta ley, no pretendemos,
como supusieron Linneo, Cuvier y Agassiz, que cada órgano represente
una encarnación directa del Principio creador: pretendemos tan solo
consignar que, sea cualquiera la causa, todo órgano conservado por la
Naturaleza, es decir, fijado durante miles de años por la herencia,
representa casi siempre disposición útil al individuo o a la especie,
ya que las organizaciones superfluas o desfavorables provocadas por
variación, y otras condiciones, acaban por ser eliminadas. En armonía
con este principio, atribuiremos una función importante a cuantos
órganos o tejidos se mantienen tenazmente en la serie animal, y una
actividad menos urgente, por lo menos para la vida del individuo,
a aquellos otros exiguamente representados en la escala zoológica.
De este postulado usa y abusa continuamente el fisiólogo al tratar
de interpretar el dinamismo de órganos como los de circulación,
digestión y locomoción; dinamismo en el cual tanta luz arroja nuestro
conocimiento de la Física y de la Química, o, como decía Letamendi, _el
estado actual de nuestros conocimientos industriales_.
Hay excepciones, sin duda, del citado principio utilitario; mas estas
son pocas y fácilmente explicables por el hecho de la adaptación
reciente, y por tanto incompleta, a condiciones nuevas (órganos
atróficos por desuso, etc.). Sobre estas incongruencias biológicas,
más comunes todavía en el hombre que en los animales, consecuencias
del principio de Lamarck del uso u desuso de los órganos, discurre
ingeniosamente Metchnikoff, en sus _Estudios sobre la Naturaleza
humana_.
La hipótesis aplícase siempre, según es sabido, a explicar los
hechos adquiridos. Sin entrar en el arduo problema filosófico de la
_explicación científica_ (esto implicaría desarrollos impropios de
este librito), haremos notar que el entendimiento, al considerar los
fenómenos naturales, puede adoptar una de estas dos actitudes, ambas
satisfactorias para nuestra necesidad de certeza:
1.ª El hecho nuevo es referido a una ley conocida (explicación
_legalista_ de Meyerson).
2.ª El hecho nuevo, además de su _legalidad_, es decir, de su
vinculación a una ley general, resuélvese también ante la razón en
puro _mecanismo_, y entra dócilmente en las ecuaciones de la dinámica.
Esta segunda manera de explicación representa para Maxwell y para
la mayoría de los físico-filósofos modernos un grado superior de
comprensión científica, y requiere el empleo de teorías generales
jerárquicamente superiores a las leyes empíricas.
Fuerza es confesar que nuestro entendimiento exige imperiosamente
teorías concebibles, representables en términos mecánicos. Lo que se
resiste a la representación material corre mucho riesgo de ser un mero
juego de la imaginación sin realidad objetiva. La razón psicológica
de tal necesidad se nos escapa aún. Acaso dependa de que, como diría
Bergson, modelados nuestros conceptos sobre lo _discontinuo_ de la
sensación, la imaginación solo sabe forjar, como representación última
de las cosas, algo semejante al dato sensorial mismo, es decir,
variaciones en el movimiento de partes discontinuas, perturbaciones en
la configuración y dinamismo de sistemas materiales.
En Física, en Química, en Astronomía, las explicaciones hipotéticas
por _reducción mecánica_ son comunísimas, y el investigador debe
inspirarse en ellas para dar forma plástica a sus ideas y llevar
adelante sus especulaciones; en Anatomía, Biología, Patología, etc.,
habremos de contentarnos casi siempre con _hipótesis legalistas_, las
cuales, si no dejan plenamente saciado nuestro afán de comprensión,
son suficientes para satisfacer estos dos grandes anhelos de la razón:
actuar y prever.
_Comprobación._-- Imaginada la hipótesis, menester es someterla a
la sanción de la experiencia, para lo cual escogeremos experimentos
u observaciones precisas, completas y concluyentes. Imaginar buenos
experimentos es uno de los atributos característicos del ingenio
superior, el cual halla manera de resolver de una vez cuestiones que
los sabios mediocres solo logran esclarecer a fuerza de largos y
fatigosos experimentos.
Si la hipótesis no se conforma con los hechos, hay que rechazarla sin
piedad, e imaginar otra explicación exenta de reproche. Impongámonos
severa autocrítica, basada en la desconfianza de nosotros mismos.
Durante el proceso de comprobación, pondremos la misma diligencia en
buscar los hechos contrarios a nuestra hipótesis que los que pueden
favorecerla. Evitemos encariñamientos excesivos con las propias ideas,
que deben hallar en nosotros, no un abogado, sino un fiscal. El tumor,
aunque propio, debe ser extirpado. Harto mejor es rectificar nosotros
que sufrir la corrección de los demás. Por nuestra parte, no sentimos
la menor mortificación al abandonar nuestras ideas, porque creemos que
caer y levantarse solo, revela pujanza; mientras que caer y esperar una
mano compasiva que nos levante, acusa debilidad.
Confesaremos, sin embargo, los propios dislates siempre que alguien nos
los demuestre; con lo cual obraremos como buenos; probando que solo nos
anima el amor a la verdad, granjearemos superior consideración y estima
para nuestras opiniones.
El amor propio y la soberbia nos arrebatan el placer soberano de
sentirnos escultores de nosotros mismos; la fruición incomparable de
habernos corregido y superado, refinando y perfeccionando nuestra
máquina cerebral, legado de la herencia. Si alguna vez es disculpable
el engreimiento es cuando la voluntad nos automodela o _recrea_,
actuando, por decirlo así, en función de demiurgo soberano.
Si nuestro orgullo opone algunos reparos, tengamos en cuenta que, mal
que nos pese, todos nuestros artificios serán impotentes para retardar
el triunfo de la verdad, que se consumará por lo común en vida nuestra,
y será tanto más lamentable cuanto más enérgica haya sido la protesta
del amor propio. No faltará, sin duda, algún espíritu displicente, y
acaso malintencionado, que nos eche en cara nuestra inconsecuencia,
despechado sin duda porque nuestra espontánea rectificación le privó de
fácil victoria obtenida a costa nuestra; mas a estos les contestaremos
que el deber del hombre de ciencia no es petrificarse en el error,
sino adaptarse continuamente al nuevo medio científico; que el vigor
cerebral está en moverse, no en _anquilosarse_, y que en la vida
intelectual del hombre, como en la de las especies zoológicas, lo malo
no es la mudanza, sino la regresión y el atavismo. Variación supone
vigor, plasticidad, juventud; fijeza es sinónima de reposo, de pereza
cerebral, de petrificación de pensamiento, en fin, de inercia fatal,
nuncio seguro de decrepitud y de muerte[25]. Con sinceridad simpática
ha dicho un científico: «varío porque estudio». Todavía sería más
noble y modesto declarar: «cambio porque estudian los demás y tengo a
gala renovarme».
Cuando el trabajo de confirmación arroje poca luz, imaginemos nuevos
experimentos y procuremos colocarnos en las mejores condiciones para
valuar el alcance de la hipótesis. En Anatomía o Fisiología, por
ejemplo, ocurre frecuentemente la imposibilidad de esclarecer la
estructura o la función de un órgano complejo; lo cual depende de que
atacamos el problema por su lado más difícil, pretendiendo resolverlo
en el hombre o en los vertebrados superiores. Mas si acudimos a los
embriones o a los animales inferiores, la Naturaleza se nos muestra más
ingenua y menos esquiva, ofreciéndonos el plan casi esquemático de la
estructura y dinamismo buscados, con lo que a menudo nuestra hipótesis
recibirá inesperada y definitiva confirmación.
En resumen, la marcha seguida por el investigador en la conquista
de una verdad científica, suele ser: 1.º Observación de los hechos
demostrados, a favor de métodos terminantes, claros y de gran
precisión. 2.º Experimentación para crear condiciones nuevas en la
manifestación de los fenómenos. 3.º Crítica y eliminación de las
hipótesis erróneas y elaboración de una interpretación racional de los
hechos, en cuya virtud estos queden subordinados a una ley general y,
si es posible, a una representación o esquema físico-químicos. 4.º
Comprobación de la hipótesis mediante nuevas observaciones o repetidos
experimentos. 5.º De no concordar con la realidad, sustitución de la
hipótesis por otra, que será a su vez sometida a riguroso análisis
objetivo. 6.º Aplicaciones y ramificaciones de la hipótesis, ya
convertida en verdad firme, a otras esferas del saber.
[Ilustración]