Lo que debe saber el aficionado a la investigación biológica.
_a_) CULTURA GENERAL
Ocioso sería insistir en la necesidad que tiene nuestro aficionado de
conocer a fondo la ciencia objeto de sus futuras exploraciones, no solo
por las descripciones de libros y monografías, sino por el estudio
de la misma naturaleza. Pero no es menos urgente saber, siquiera
de modo general, todas aquellas ramas científicas que directa o
indirectamente se enlazan con la preferida, y en las cuales se hallan,
ora los principios directores, ora los medios de acción. Por ejemplo:
el biólogo no se limitará a conocer la Anatomía y Fisiología, sino
que abarcará también lo fundamental de la Psicología, la Física y la
Química.
La razón de esta cultura accesoria es obvia: casi siempre el
descubrimiento de un hecho, o la significación de un fenómeno
biológico, vienen a representar mera consecuencia de la aplicación de
principios pertenecientes a la Física o la Química. Descubrir, como
ha dicho Laplace, es aproximar dos ideas que se hallaban separadas. E
importa observar que las más de las veces esta aproximación fecunda
tiene lugar entre un hecho perteneciente a una ciencia compleja
(Biología, Sociología, Química, etc.), y un principio entresacado
de una ciencia simple. En otros términos: las ciencias generales o
abstractas, según las clasificaciones de Comte y de Bain, explican a
menudo los fenómenos de las ciencias complicadas y concretas. Por donde
se cae en la cuenta de que una seriación jerárquica bien entendida de
los conocimientos humanos representa un verdadero árbol genealógico.
La Lógica y las Matemáticas asisten y esclarecen la Física y a la
Química, y estas a su vez explican, y en parte generan, la Biología, la
Sociología y sus diferentes ramificaciones.
Descubrir consiste, a menudo, en hacer entrar el hecho en una ley; en
encerrarlo en un marco ideológico más amplio, en clasificarlo en fin;
por eso ha podido afirmarse que descubrir es dar nombre correcto a una
cosa ilegítima o provisoriamente bautizada. De donde se sigue que,
cuando la ciencia llegue a la suma perfección, cada fenómeno recibirá
el nombre que le corresponda, establecidas al fin sus profundas
relaciones con las verdades generales. Bajo este aspecto resulta
muy expresiva la conocida frase de Mach: «una palabra bien elegida
puede economizar cantidad enorme de pensamiento». Porque _nombrar_ es
clasificar, es establecer filiaciones ideales, relaciones de analogía
entre fenómenos poco conocidos y una noción o principio general, donde
se hallan latentes, como el árbol en su germen.
Los estudios filosóficos constituyen, sobre todo, buena preparación y
excelente gimnasia para el hombre de laboratorio. No deja, ciertamente,
de llamar la atención el que muchos ilustres investigadores hayan
llegado a la ciencia desde el campo de la filosofía. Ocioso es
advertir que el investigador se preocupará menos de la doctrina o del
credo filosófico --credo que varía desgraciadamente cada quince o
veinte años-- que de los criterios de verdad y del aparato crítico,
con cuyo ejercicio adquirirá flexibilidad y sagacidad y aprenderá a
desconfiar de la aparente certidumbre de los más subyugadores sistemas
científicos, enfrenando convenientemente el vuelo de la propia
imaginación. Su divisa será siempre la frase de Cicerón: _Dubitando ad
veritatem pervenimus._
Por lo que hace a la anatomía microscópica de los animales y plantas,
la mayoría de los hechos que forman la materia de esta ciencia son
resultados de conflictos entre las propiedades químicas de ciertos
reactivos y la constitución estructural de las células y tejidos.
En bacteriología, en neurología, etc., casi todo cuanto sabemos lo
debemos a la feliz aplicación de materias colorantes creadas por la
Química moderna. Lo mismo ocurre en biología general. Recuérdense
los interesantes estudios de Loeb sobre la partenogénesis artificial
y los de Harrison, Carrel, Lambert y otros acerca de los cultivos
artificiales de las células de los tejidos animales. Tan sorprendentes
experimentos son pura consecuencia de las variaciones químicas o
físicas provocadas en el ambiente celular.
Esta íntima solidaridad de las ciencias ha sido sentida por muchos,
y singularmente por Letamendi, quien al hablar de las especialidades
científicas, las definía: «la aplicación de toda la Ciencia a una rama
particular del saber».
Para un entendimiento superior que conociera todas las razones
misteriosas que enlazan los fenómenos del Universo, en vez de
ciencias, habría _una sola Ciencia_. Ante un ser semejante, las
fronteras que parecen separar nuestros conocimientos, el andamiaje
formal de nuestras clasificaciones, el desmenuzamiento artificial de
las cosas tan grato a nuestro intelecto, que solo puede considerar la
realidad sucesivamente y como por facetas, desaparecería por completo.
A sus ojos la Ciencia total parecería a modo de árbol gigantesco,
cuyas ramas estuvieran representadas por las ciencias particulares,
y el tronco por el principio o principios sobre que se fundan. El
especialista trabaja como una larva, asentado sobre una hoja y
forjándose la ilusión de que su pequeño mundo se mece aislado en el
espacio; el científico general, dotado de sentido filosófico, entrevé
el tallo común a muchas ramas. Pero solo el genio del saber a que antes
aludíamos, gozaría de la dicha y del poder de contemplar el árbol
entero, esto es, la _Ciencia_, múltiple e infinita en sus formas, una
en sus principios.
_b_) NECESIDAD DE ESPECIALIZARSE
Conviene, empero, no exagerar la regla precedente, cayendo en
el escollo de la enciclopedia, adonde van a parar todos los
entendimientos dispersivos, inquietos, indisciplinados, e incapaces
de fijar mucho tiempo la atención en una sola idea. Las _aficiones
rotatorias_, como las llamaba un médico-escritor originalísimo, pueden
formar grandes literatos, conversadores deliciosos, oradores insignes,
rara vez descubridores científicos.
El proverbio tan conocido «el saber no ocupa lugar» es error de a
folio, que, afortunadamente, no tiene graves consecuencias prácticas,
pues aun los que creen en él están obligados a confesar que el
aprender muchas cosas, cuando no espacio, ocupa tiempo. Solo un juicio
demasiado lisonjero acerca de nuestros talentos puede explicar la
manía enciclopédica; pues pretensión quimérica constituye el intento
de dominar varias ciencias, cuando vemos a hombres de verdadero genio
e infatigable laboriosidad resignarse, a fin de poder cosechar algunas
verdades, al conocimiento profundo de una rama del saber, y, a menudo,
al de un tema concreto de una ciencia determinada.
No nos hagamos, pues, ilusiones: si la vida de un hombre basta para
saber algo de todas las disciplinas humanas, apenas es suficiente para
dominar hasta el detalle una o dos de ellas.
Los enciclopedistas modernos, como Herbert Spencer, Mach, Wund, etc.,
son en realidad especialistas de la filosofía de las ciencias y de las
artes, conforme lo fueron en su tiempo Leibnitz y Descartes, bien que
estos sabios, por la natural limitación de los conocimientos de su
época, pudieron abarcar un dominio bastante más extenso, y realizar
descubrimientos en dos o tres ciencias.
Pasaron ya, quizás para no volver más, los investigadores
polilaterales: a la hora presente hay que reconocer que en Física
como en Matemáticas, en Química como en Biología, los descubrimientos
corren a cargo de sabios especialistas; pero, entiéndase bien, no de
particularistas _monolaterizados_, incrustados en un detalle, sino
de trabajadores que, sin perder de vista su dominio especial, siguen
atentamente los progresos más culminantes de las ciencias afines.
Semejante división del trabajo, además de buena táctica, constituye
ineluctable necesidad. A ella nos obligan el tiempo extraordinario
exigido por el ensayo y dominio de los métodos diariamente
descubiertos, el creciente caudal de la producción bibliográfica, y el
considerable número de sabios que simultáneamente trabajan sobre cada
tema de estudio.
Para terminar con la vulgar filosofía condensada en la reputada
máxima _quien mucho abarca poco aprieta_, en contraposición del no
menos acreditado refrán _el saber no ocupa lugar_, séanos lícito
hacer una comparación vulgar. El entendimiento inquisitivo es como
un arma de combate. Si en ella se labra un solo filo, tendremos una
espada tajante. Si dos, el arma podrá cortar todavía, aunque menos
eficientemente; pero si le sacamos tres o cuatro, la acuidad de los
filos irá disminuyendo hasta convertirse en inofensivo cuadradillo. Una
bayoneta podría, en rigor, cortar todavía, mas para ello fuera precisa
formidable energía motriz; mientras que una daga bien afilada resulta
temible aun en las manos de un niño.
Como el acero informe, nuestro intelecto representa una espada en
potencia. Merced a la forja y lima del estudio, transfórmase en el
templado y agudo escalpelo de la Ciencia. Labremos el filo por solo un
lado, o por dos a lo más, si queremos conservar su eficacia analítica y
herir a fondo el corazón de las cuestiones; y dejemos a los bobalicones
del enciclopedismo que transformen su entendimiento en inofensivo
cuadradillo.
_c_) LECTURA ESPECIAL O TÉCNICA
Inútil es advertir que en la biblioteca del investigador deben figurar
cuantos libros y Revistas importantes, concernientes a la especialidad,
vean la luz en las naciones más adelantadas. Las Revistas alemanas
serán consultadas a cada momento, pues por lo que toca a la Biología,
es forzoso reconocer que Alemania sola produce más hechos nuevos que
todas las naciones juntas[12].
Quien desea los fines quiere los medios; y pues, en la época actual,
el conocimiento de la lengua germánica es imprescindible para ponerse
al corriente de la última hora científica, estudiemos aquella
seriamente, siquiera para llegar a la traducción, desembarazándonos
de ese supersticioso terror que a los españoles nos inspiran los
enrevesados términos y giros de los idiomas del Norte. Tan preciso
es el conocimiento del alemán, que no se hallará quizás un solo
investigador italiano, inglés, francés, ruso o sueco, que no sea capaz
de leer corrientemente las monografías tudescas. Y como los trabajos de
los alemanes ven la luz en un país que puede actualmente considerarse
como el foco de la producción científica, tales escritos tienen para
nosotros la inestimable ventaja de contener extensas y puntuales
noticias históricas y bibliográficas[13]. Después del alemán siguen
en orden de importancia el inglés y el francés. Y nada diremos del
italiano, porque no hay español medianamente culto que no sea capaz
de traducirlo, aun sin la ayuda del diccionario. Ni es lícito ignorar
que en algunas disciplinas científicas Italia marcha a la cabeza del
progreso.
A la hora presente se publican trabajos científicos en más de seis
idiomas. Al intento plausible de restaurar el latín, o de utilizar el
_esperanto_ como lengua científica universal, han respondido los sabios
multiplicando todavía el número de idiomas en que aparecen redactados
los trabajos científicos. Preciso es reconocer que prácticamente
el _volapück_ o el _esperanto_ representan una lengua más[14] que
aprender. Tal resultado era de prever; porque no consienten otra cosa
ni las tendencias esencialmente popularizadoras y democráticas del
saber moderno, ni las miras económicas de autores y editores, cuyos
intereses morales y materiales les impulsan a difundir en el gran
público aquellas conquistas científicas que antaño fueron patrimonio
exclusivo de las Academias o de ciertas sumidades de la cátedra.
No se crea, empero, que el investigador debe hablar y escribir todas
las lenguas de Europa: al español le bastará traducir las cuatro
siguientes, que se ha convenido en llamar _lenguas sabias_, y en las
cuales aparecen publicados casi todos los trabajos científicos: el
francés, el inglés, el italiano y el alemán. Naturalmente, entre las
lenguas sabias no figura el español; no queda, por tanto, a nuestros
maestros más recurso, si desean que sus pesquisas sean conocidas y
apreciadas por los especialistas, que escribir y hablar en uno de
aquellos cuatro idiomas europeos[15].
_d_) CÓMO SE DEBEN ESTUDIAR LAS MONOGRAFÍAS
Al leer las monografías de la especialidad que se desee cultivar,
debemos fijarnos sobre todo en dos cosas: en los métodos de
investigación de que el autor se ha servido en sus pesquisas, y en
los problemas que han quedado pendientes de solución. En cuanto al
libro de popularización, nos merecerá menos atención y confianza, a
menos que no sea alguna voluminosa exposición de conjunto, o contenga
algunos conceptos generales de fecunda aplicación en el laboratorio.
En general, puede afirmarse que el libro refleja ya una fase histórica
de la Ciencia. Por efecto del mucho tiempo que exige su redacción, y
de la preocupación dominante en el autor de simplificar la materia
para ser entendido del gran público, faltan o se hallan muy ligeramente
esbozados los temas de actualidad, los detalles de los métodos y las
lagunas de la investigación.
Someteremos a estudio detenido las monografías debidas a los autores
más geniales y que mayor impulso hayan dado a la cuestión: el talento
original posee, entre otras cualidades, una gran virtud sugestiva. Es
propiedad de todo buen libro que el lector recoja en él, no solo las
ideas expuestas deliberadamente por el autor, sino otras totalmente
nuevas, y hasta diferentes para cada hombre, y que brotan del conflicto
entre nuestro fondo de representaciones y los conceptos del texto.
Por donde se ve que la monografía genial, con ser buena fuente de
información científica, resulta además eficaz reactivo de nuestras
propias energías cerebrales.
Las cabezas humanas, como las palmeras del desierto, se fecundan a
distancia. Mas, para que semejante conjugación entre dos espíritus se
realice y dé fruto de bendición, es menester interesarse profundamente
en la lectura del libro genial, penetrarse de su hondo sentido y,
en fin, simpatizar con el autor. En la Ciencia, como en la vida, el
fruto viene siempre después del amor. Por no consultar las memorias
originales y fiarse de obras de conjunto, ¡cuántos principiantes caen
en el error de considerar ciertos ajenos y antiguos descubrimientos
como fruto de propia labor!
Nuestro novel hombre de ciencia debe huir de resúmenes y manuales como
de peste. Buenos para la enseñanza, los manuales son pésimos para
guiar al investigador. Quien resume, se resume a sí mismo; quiero
decir que a menudo expone sus juicios y doctrinas en lugar de las del
autor. De este toma lo que le agrada o lo que entiende y digiere sin
esfuerzo: da lo principal por accesorio, y viceversa. A título de
aclarar y popularizar la obra ajena, el abreviador acaba por sustituir
su personalidad a la del autor, cuya fisonomía intelectual, tan
interesante y educadora para el lector, permanece en la sombra.
De lo dicho se infiere la inexcusable obligación en que se halla el
investigador, si desea evitar desagradables sorpresas, de leer a los
autores en sus obras originales; a menos que los resúmenes no dimanen
de los autores mismos, que entonces, por compensación de la concisión,
acaso hallemos concepciones originales e ideas directrices de gran
provecho para la labor analítica.
Aquí surge una cuestión: Antes de empezar una investigación de
laboratorio, ¿debe o no apurarse la bibliografía? Penetrados y como
saturados de cuanto sobre el tema ha sido escrito, ¿no corremos el
riesgo de ser sugestionados y de perder el don inapreciable de la
independencia de juicio? La misma impresión de agotamiento del asunto,
producida por la puntual información a que nos hemos entregado, ¿no
será fatal a nuestras aspiraciones de hallar algo completamente
original?
Cuestión es esta que cada cual resuelve a su manera; aunque, a mi ver,
si para decidirla se acudiera a plebiscito de sabios, la solución
sería no iniciar indagación ninguna sin tener a la vista todos los
antecedentes bibliográficos. Procediendo de esta suerte, se evita el
doloroso desencanto producido al saber que hemos malgastado el tiempo
redescubriendo cosas conocidas y descuidando, por consiguiente, el
estudio profundo de las verdaderas lagunas del tema.
La conducta más prudente, a mi ver, es apurar, desde luego, la
investigación bibliológica especial antes de lanzarse a la tarea
analítica. Pero cuando, por dificultades insuperables, sea ello
irrealizable (según ocurre desgraciadamente en España, donde las
Universidades carecen de libros modernos extranjeros y las Academias
no tienen recursos para suscribirse a las Revistas científicas más
importantes), no debemos, por monografía de más o de menos, dejar de
acudir al laboratorio; pues si, enterados de los mejores métodos en
boga, trabajamos con ahinco y perseverancia, siempre hallaremos algo
escapado a la sagacidad de los últimos observadores, por lo mismo que,
no habiendo sido influidos por ellos, habremos caminado por rutas
diferentes, y considerado el tema desde diverso punto de vista. En
último caso, vale mil veces más arriesgarse a repetir descubrimientos,
que renunciar a toda tentativa de indagación experimental; porque el
principiante que en sus primeros ensayos de observador sabe hallar
cosas poco tiempo antes publicadas, lejos de desalentarse por ello,
fortifica su confianza en el propio valer, cobra ánimos para futuras
empresas, y acaba por fabricar ciencia original, en cuanto sus medios
pecuniarios correspondan a sus buenos deseos.
_e_) NECESIDAD ABSOLUTA DE BUSCAR LA INSPIRACIÓN EN LA NATURALEZA
Mucho aprenderemos en los libros, pero más aprenderemos en la
contemplación de la Naturaleza, causa y ocasión de todos los libros.
Tiene el examen directo de los fenómenos no sé qué fermento perturbador
de nuestra inercia mental, cierta virtud excitadora y vivificante, del
todo ausente o apenas actuante aun en las copias y descripciones más
fieles de la realidad.
Todos habremos podido notar que, al intentar la comprobación de un
hecho descrito por los autores, este se presenta siempre con faz
distinta de la presumida, y sugiere ideas y planes de acción no
suscitados por la mera lectura. Ello depende, a nuestro juicio, de la
incapacidad de la palabra humana para la pintura fiel de la realidad
exterior. En cuanto causa de conocimiento, esta representa un haz
de sensaciones variadísimas y complejas, de las cuales la expresión
simbólica, que procede siempre por abstracción y simplificación,
refleja solo una mínima parte.
Toda descripción, por objetiva e ingenua que parezca, constituye
interpretación personal, punto de vista propio del autor. Sabido es que
el hombre mezcla a todo su personalidad, y cuando cree fotografiar el
mundo exterior, a menudo se contempla y se retrata a sí mismo.
Por otra parte, la observación suministra, a más de los datos
empíricos con los cuales hemos de formar el juicio, ciertos factores
sentimentales, insustituibles: la sorpresa, el entusiasmo, la emoción
agradable, que son fuerzas propulsoras de la imaginación constructiva.
La emoción enciende la máquina cerebral, que adquiere por ella el calor
necesario para la forja de intuiciones afortunadas y de hipótesis
plausibles.
En comprobación de los efectos sugestivos que la Naturaleza, obrando
directamente, causa en el observador, séame lícito referir la impresión
sentida al contemplar por primera vez el fenómeno de la circulación de
la sangre.
Estudiaba yo tercer año de Medicina y había en diversos libros
aprendido los pormenores del fenómeno mencionado, pero sin que estas
lecturas encadenaran mi atención ni produjeran corrientes intensas de
pensamiento. Mas cuando uno de mis amigos, el señor Borao, ayudante
de Fisiología, tuvo la gentileza de mostrarme la circulación en el
mesenterio de la rana. En presencia del sublime espectáculo, sentí como
una revelación. Entusiasmado y conmovido al ver girar los glóbulos
rojos y blancos como los cantos rodados al ímpetu del torrente; al
notar cómo, por virtud de su elasticidad, los _hematíes_ se estiraban
y pasaban trabajosamente por los más finos capilares, recobrando,
salvado el obstáculo, súbitamente su forma, a la manera de un resorte;
al advertir que, al menor impedimento en la corriente, se entreabrían
las junturas del endotelio y sobrevenía la hemorragia y el edema; al
reparar, en fin, cómo el latido cardíaco, atenuado por la excesiva
acción del _curare_, sacudía flojamente los hematíes atascados...,
pareciome como que se descorría un velo en mi espíritu, y se alejaban
y perdían las creencias en no sé qué misteriosas fuerzas a que por
entonces se atribuían los fenómenos de la vida. En mi entusiasmo
prorrumpí en las siguientes frases, ignorando que muchos, singularmente
Descartes, las habían expresado siglos antes: «La vida semeja puro
mecanismo. Los cuerpos vivos son máquinas hidráulicas tan perfectas,
que son capaces de reparar los desarreglos causados por el ímpetu del
torrente que las mueve, y de producir, en virtud de la generación,
otras máquinas hidráulicas semejantes». Tengo por seguro que esta viva
impresión causada por la contemplación directa del mecanismo íntimo
de la vida, fue uno de los decisivos estímulos de mi afición a los
estudios biológicos[16].
_f_) DOMINIO DE LOS MÉTODOS
Escogido el tema de estudio, e informado menudamente, a ser posible,
del estado actual del punto a esclarecer, el investigador pasará a
aplicar cuantos métodos analíticos hayan sido propuestos, al objeto de
confirmar los hechos descritos y reproducidos en las más recientes
monografías. Durante esta tentativa de comprobación, se le revelarán
a menudo los puntos dudosos, las hipótesis insostenibles, las lagunas
de la observación, y entreverá más de una vez el camino por el cual le
será dado impulsar el conocimiento del tema.
La maestría de los métodos, particularmente en las ciencias biológicas,
es tan trascendental, que, sin temor de equivocación, se puede afirmar
que los grandes descubrimientos corren a cargo de los técnicos más
primorosos: de aquellos sabios que han profundizado, a favor de
perseverantes ensayos, todos los secretos de uno o varios recursos
analíticos.
En apoyo de este aserto bastará recordar que, a despecho de los
centenares de histólogos, embriólogos y anatómicos que se conocen en
Europa y América, las más salientes conquistas científicas se deben a
una docena de hombres que se han señalado, ora por la invención, ora
por el perfeccionamiento, ya por el absoluto dominio de algunos métodos
de indagación.
Entre los procedimientos de estudio se escogerán de preferencia los
más recientes, y sobre todo los más difíciles, por ser los menos
agotados. Importa poco el tiempo gastado en ensayos infructuosos, pues
si el método ofrece sumo poder diferenciador, los resultados obtenidos
tendrán gran importancia y nos indemnizarán con creces de nuestros
afanes. Con ello tendremos, además, la inestimable ventaja de caminar
casi solitarios o de hallar en nuestra ruta pocos émulos y concurrentes.
_g_) EN BUSCA DEL HECHO NUEVO
He aquí la cuestión ardua, la preocupación soberana del principiante,
que sabe, por la historia de la investigación científica, que alcanzado
el primer descubrimiento, se siguen otros derivados de él como las
consecuencias de las premisas.
La nueva verdad hallada es, a menudo, el fruto de paciente y tenaz
observación, la consecuencia de haber aplicado al tema más tiempo, más
constancia y mejores métodos que nuestros predecesores. Como hemos
dicho más atrás, la consideración escrupulosa y repetida de los mismos
hechos acaba por dotarnos de una sensibilidad analítica refinada y
como sobrexcitada en cuanto atañe al tema escogido. ¡Cuántas veces
nos ha sido dado hallar, en virtud de ese golpe de vista fruto de
la experiencia, cosas enteramente nuevas en las preparaciones donde
nuestros discípulos nada veían de particular! Y ¡cuántos hechos nuevos
habrán escapado a nuestra atención, cuando, bisoños todavía en la
técnica micrográfica, cada preparación nos parecía una esfinge!
Además del notable incremento que adquiere nuestra capacidad
diferenciadora por la repetición de experimentos y de observaciones,
el perseverante estudio de una cuestión nos lleva casi siempre a
perfeccionar los métodos de investigación, determinando todas las
condiciones del mal resultado, y por ende, las causas promotoras del
máximo rendimiento técnico.
A veces, el descubrimiento constituye el premio de la diligencia.
Trátase de aplicar un procedimiento reciente, y apenas explotado,
a temas nuevos. Semejante táctica ha suscitado grandes y fáciles
progresos en los vastos dominios de la Bacteriología, Anatomía e
Histología comparadas.
Dado que los grandes impulsores científicos han sido, por lo común,
creadores de métodos, lo mejor y más congruente sería dictar reglas
para el hallazgo de estos. Desgraciadamente, en las Ciencias biológicas
casi todos los recursos analíticos débense al azar.
En general, cabe afirmar que los métodos representan felices
aplicaciones a un dominio científico de verdades pertenecientes a
otra disciplina del saber; mas esta aplicación suele ser obra de
tanteos azarosos, o cuando más, se inspira en vagas analogías. En
Bacteriología, Histología e Histoquímica, por ejemplo, los métodos
representan, según dejamos apuntado ya, efectos selectivos de materias
colorantes o de reactivos creados por la Química moderna. Ninguna razón
plausible, a no ser el intento de provocar la casualidad, pudo inspirar
a Gerlach la coloración de los núcleos por el carmín; a Máximo Schültze
el empleo del ácido ósmico en el tejido nervioso; a Hannover la
introducción del ácido crómico y bicromatos en el endurecimiento de los
tejidos; a Koch, Ehrlich y otros, el aprovechamiento de las anilinas
para la impregnación de las bacterias, etc.
Si conociéramos de un modo perfecto la composición química de las
células vivas, los resultados debidos a la aplicación de tal o cual
reactivo colorante vendrían a ser mera deducción de los principios
de la Química biológica. Empero, hallándonos harto distantes de este
ideal, quienes pretendan descubrir nuevos métodos biológicos no tienen
más recurso que someter los tejidos vivos a los mismos ciegos ensayos
a que se entregaban los químicos de los pasados siglos para lograr, de
vez en cuando, del conflicto y mezcla de varios cuerpos, combinaciones
imprevistas.
Menester es, pues, fiar algo a la casualidad, provocándola mediante una
serie reiterada de tanteos, en los cuales no podemos ser guiados más
que por la intuición auxiliada por el conocimiento, todo lo profundo
y preciso posible, de los reactivos y procederes técnicos recién
introducidos en la Química y la Industria.
Y esto nos lleva a decir algo de la casualidad en la esfera de la
investigación científica. Entra por mucho, positivamente, el azar en
la labor empírica, y no debemos disimular que a él debe la Ciencia
brillantes adquisiciones; pero la casualidad no sonríe al que la
desea, sino al que _la merece_, según la gráfica frase de Duclaux. Y
es preciso reconocer que solo la merecen los grandes observadores,
porque ellos solamente saben solicitarla con tenacidad y perseverancia
deseables; y cuando obtienen la impensada revelación, solo ellos son
capaces de adivinar su transcendencia y alcance.
En la ciencia, como en la lotería, la suerte favorece comúnmente al que
juega más, es decir, al que, a la manera del protagonista del cuento,
remueve continuamente la tierra del jardín. Si Pasteur descubrió por
azar las vacunas bacterianas, también colaboró su genio, que vislumbró
todo el partido que podía sacarse de un hecho casual, a saber: el
rebajamiento de la virulencia de un cultivo bacteriano abandonado al
aire, y verosímilmente atenuado por la acción del oxígeno.
La historia de la Ciencia está llena de hallazgos parecidos: Scheele
tropezó con el cloro, trabajando en aislar el manganeso; Cl. Bernard,
imaginando experimentos encaminados a sorprender el órgano destructor
del azúcar, halló la función glucogénica del hígado, etc. En fin,
ejemplos recientes de casi milagrosa fortuna son los estupendos
descubrimientos de Röntgen, Becquerel y los Curie.
Pura casualidad fue, según es notorio, el descubrimiento de los
_rayos X_, hecho por el profesor Röntgen. Repetía este sabio en
su laboratorio de Würzburgo los experimentos de Lenard sobre las
singulares propiedades de los _rayos catódicos_. Según costumbre,
estas radiaciones eran proyectadas sobre pantalla fluorescente de
_platino-cianuro de bario_. Y al objeto de averiguar la duración del
fenómeno fluorescente, ocurriósele un día obscurecer el laboratorio
cubriendo con caja de cartón la ampolla de Crookes, aparato generador,
según es notorio, de los citados rayos catódicos. Puesta en acción la
bobina, miró a la pantalla y vio con extraordinario asombro que esta
se iluminaba intensamente. Interpuso después un trozo de madera, un
libro, y siguió observando que las radiaciones --los rayos nuevos--
atravesaban fácilmente estos cuerpos opacos. En fin, en momentos de
febril impaciencia, intercaló casualmente la mano entre la ampolla
de Crookes y la pantalla receptora, cuando, sobrecogido de intensa
emoción, acaso con espanto, contempló espectáculo macabro: sobre la
superficie del cuerpo fluorescente dibujábanse fielmente en negro los
huesos de la mano, como si no existieran los tejidos envolventes.
Los maravillosos rayos X quedaban descubiertos, y con ellos la
_radioscopia_. Pronto siguieron la _radiofotografía_ y las admirables
aplicaciones quirúrgicas e industriales de todos conocidas.
El segundo caso, muy elocuente también, fue el descubrimiento fortuito
de la _radioactividad_ de la materia, debido al insigne físico francés
Henri Becquerel.
Ya el malogrado H. Poincaré habíase preguntado si al fin no resultaría
que la producción de rayos X es propiedad de los cuerpos fluorescentes.
Deseando confirmar esta conjetura y bien preparado, además, para tal
linaje de indagaciones, M. Becquerel proyectó ensayar el _sulfato de
uranio_, cuerpo típicamente fluorescente. Pero corrían los nebulosos
días de febrero, y el sol no se dignaba aparecer. En espera de que
el astro rey disipara las densas brumas de París, había el referido
físico preparado con mucha antelación el experimento, colocando sobre
placa sensible, cubierta de papel negro, varios cristales de sulfato
de uranio, e interponiendo, además, una cruz de cobre. La impaciencia
le devoraba. Aguijado por ella, ocúrrele cierto día extraer la placa
de su envoltura protectriz, y revelarla a la ventura. Grande fue su
asombro al advertir, contra todas sus presunciones (la sal de uranio
había permanecido en la obscuridad), intensa impresión en la placa,
donde se mostraban dibujados en negro los cristales de la sal uránica,
y en claro la referida cruz metálica. Había, sin querer, descubierto la
_radioactividad_ de la materia, una de las más prodigiosas conquistas
de la ciencia moderna.
Mas lo chocante y estupendo del caso fue que M. Becquerel realizó
tamaño descubrimiento (que le valió el premio Nobel) guiado por
falsa hipótesis (relación etiológica entre la emisión de rayos X y
la fluorescencia). Precisamente de todos los cuerpos fluorescentes
conocidos, _solo el uranio_ posee poder radioactivo. Como se ve, el
efecto fue teatral; se diría preparado por un genio irónico empeñado en
impulsar la Ciencia, a pesar de las más erróneas concepciones.
Mas es forzoso convenir en que, si muchos sabios descubrieron lo que no
buscaban, todos ellos buscaron con admirable tenacidad, y fueron dignos
del éxito, porque con rara penetración, acertaron a sorprender los
grandes progresos latentes en las tímidas y fragmentarias revelaciones
del acaso. En suma: el azar afortunado suele ser casi siempre el
premio del esfuerzo perseverante.
Solicitar la ayuda de la casualidad, es como agitar el agua turbia para
que suban y se hagan patentes los objetos sumergidos en el fondo. Todo
observador hará bien en tentar su buena ventura; empero no confiará
demasiado en ella, y apelará más a menudo al trabajo reglado, pues
quien domina los métodos y está al corriente de los problemas todavía
no resueltos, pero susceptibles de solución, logra casi siempre, sin
aventurarse en probaturas de ordinario infecundas, algún descubrimiento
de más o menos valía.
Conquistado el primer hecho nuevo (sobre todo si este es de aquellos
cuyo advenimiento provoca en el ambiente científico nuevas corrientes
de ideas), nuestra tarea será tan llana como brillante: como que se
reducirá a ir sacando progresivamente las consecuencias que entraña la
reciente adquisición en las diversas esferas de la Ciencia. Por eso
se ha dicho que el primer descubrimiento es el que cuesta; los demás
suelen ser corolarios del primero. Doctrina sabida es, y proclamada
por filósofos como Taine, y por científicos como Tyndall, que todo
problema resuelto plantea infinidad de nuevas cuestiones, y que el
descubrimiento de hoy contiene en germen los descubrimientos del
mañana. La cima de la verdad, con tantos esfuerzos escalada, que
mirada desde el valle semejaba montaña imponente, no es sino minúscula
estribación de formidable cordillera que se columbra a través de la
niebla, atrayéndonos con insaciable curiosidad. Satisfagamos esta
ansia de subir, y aprovechando el plácido descanso que proporciona
la contemplación del nuevo horizonte, meditemos desde la cima recién
conquistada el plan que debe conducirnos a más altas regiones.
Pero, según dejamos dicho, la fortuna de inaugurar un estudio lleno
de promesas con un hecho trascendental es rara, y ningún investigador
prudente debe contar demasiado con ella; por donde, para iniciar
nuestra obra, no debemos vacilar en partir del descubrimiento de otros.
Así y todo, no ha de faltarnos labor, y labor fecunda. El nuevo hecho,
fruto del ajeno desvelo, suele causar una revolución en el ambiente
científico: convierte en sospechosas doctrinas antes estimadas como
verdades firmes; suscita nuevas posiciones de equilibrio en esas
vagas regiones de lo conjetural que forman el tránsito de lo conocido
a lo desconocido; y plantea una serie de nuevas cuestiones que el
iniciador, falto de tiempo, no pudo resolver por sí mismo.
Además, en el orden crítico este deja casi siempre incompleta su obra:
influido todavía por la tradición, no acierta a romper abiertamente
con los prejuicios del pasado; receloso, acaso, de hallar demasiada
oposición en el ambiente científico, e impaciente de aprobaciones
y aplausos, presenta su teoría como una transacción entre viejas y
novísimas doctrinas. Por tal motivo, un observador menos meticuloso,
llegado de refresco, suele perfeccionar, con poco esfuerzo, la obra
del iniciador, sacando de ella las últimas consecuencias teóricas
y prácticas. Todo ese cúmulo de problemas suscitados por la nueva
conquista científica, constituye terreno fecundísimo para el novel
investigador. A él acudirá, bien templadas sus armas analíticas, sin
arrogancia ni esperanza excesiva; pero no confíe en llegar solo: allí
encontrará también una pléyade de émulos que intentarán ganarle por la
mano, y a los cuales se adelantará solamente a fuerza de actividad,
penetración y perseverancia.
Finalmente, cuando nos hallemos en presencia de varios temas igualmente
favorables y fecundos, escogeremos aquel cuya metodología nos sea
perfectamente conocida, y por el que sintamos decidida simpatía. Es
consejo de buen sentido que Darwin daba a sus discípulos cuando le
demandaban tema de estudio. Y la razón es que nuestro entendimiento
redobla sus fuerzas cuando columbra en lontananza el premio del placer
o de la utilidad.
El explorador de la naturaleza --lo hemos repetido varias veces-- debe
considerar la investigación cual _deporte_ incomparable, en donde
todo, desde los procederes técnicos hasta la elaboración doctrinal,
constituye perenne manantial de gratas satisfacciones. Quien en
presencia de un arduo problema no sienta crecer su entusiasmo, ni
acrecentarse sus fuerzas; quien, al aproximarse el solemne momento del
_fiat lux_ impacientemente esperado, no tenga el alma inundada por la
emoción precursora del placer, debe abandonar las empresas científicas,
porque la Naturaleza no otorga sus favores a los fríos de condición, y
la frialdad es a menudo inequívoco signo de impotencia.
[Ilustración]
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