Cualidades de orden moral que debe poseer el investigador.
Las cualidades indispensables al cultivador de la investigación son: la
independencia mental, la curiosidad intelectual, la perseverancia en el
trabajo, la religión de la patria y el amor a la gloria.
De atributos intelectuales no hay que hablar, pues damos por supuesto
que el aficionado a las tareas del laboratorio goza de un regular
entendimiento, de no despreciable imaginación, y sobre todo de esa
armónica ponderación de facultades que vale mucho más que el talento
brillante, pero irregular y desequilibrado.
Afirma Carlos Richet que en el hombre de genio se juntan los idealismos
de Don Quijote al buen sentido de Sancho. Algo de esta feliz
conjunción de atributos debe poseer el investigador: temperamento
artístico que le lleve a buscar y contemplar el número, la belleza y
la armonía de las cosas, y sano sentido crítico capaz de refrenar los
arranques temerarios de la fantasía y de hacer que prevalezcan, en
esa lucha por la vida entablada en nuestra mente por las ideas, los
pensamientos que más fielmente traducen la realidad objetiva.
_a_) INDEPENDENCIA DE JUICIO
Rasgo dominante en los investigadores eminentes es la altiva
independencia de criterio. Ante la obra de sus predecesores y maestros
no permanecen suspensos y anonadados, sino recelosos y escudriñadores.
Aquellos espíritus que, como Vesalio, Eustaquio y Harveo, corrigieron
la obra anatómica de Galeno, y aquellos otros llamados Copérnico,
Keplero, Newton y Huyghens, que echaron abajo la astronomía de los
antiguos, fueron sin duda preclaros entendimientos; pero, ante todo,
poseyeron individualidad mental, ambiciosa y descontentadiza y osadía
crítica extraordinaria. De los dóciles y humildes pueden salir los
santos, pocas veces los sabios. Tengo para mí que el excesivo cariño a
la tradición, el obstinado empeño en fijar la Ciencia en las viejas
fórmulas del pasado, cuando no denuncian invencible pereza mental,
representan la bandera que cubre los intereses creados por el error.
¡Desgraciado del que, en presencia de un libro, queda mudo y
absorto! La admiración extremada achica la personalidad y ofusca el
entendimiento, que llega a tomar las hipótesis por demostraciones, las
sombras por claridades.
Harto se me alcanza que no es dado a todos sorprender a la primera
lectura los vacíos y lunares de un libro inspirado. La veneración
excesiva, como todos los estados pasionales, excluye el sentido
crítico. Si después de una lectura sugestiva nos sentimos débiles,
dejemos pasar algunos días; fría la cabeza y sereno el juicio,
procedamos a una segunda y hasta a una tercera lectura. Poco a poco
los vacíos aparecen; los razonamientos endebles se patentizan; las
hipótesis ingeniosas se desprestigian y muestran lo deleznable de sus
cimientos; la magia misma del estilo acaba por hallarnos insensibles;
nuestro entendimiento, en fin, reacciona. El libro no tiene en nosotros
un devoto, sino un juez. Este es el momento de investigar, de cambiar
las hipótesis del autor por otras más razonables, de someterlo todo a
crítica severa.
Al modo de muchas bellezas naturales, las obras humanas necesitan,
para no perder sus encantos, ser contempladas a distancia. El análisis
es el microscopio que nos aproxima al objeto y nos muestra la grosera
urdimbre del tapiz; disípase la ilusión cuando salta a los ojos lo
artificioso del bordado y los defectos del dibujo.
Se dirá acaso que en los presentes tiempos, que han visto derrocados
tantos ídolos y mermados u olvidados muchos viejos prestigios, no
es necesario el llamamiento al sentido crítico y al espíritu de
duda. Cierto que no es tan urgente hoy como en otras épocas; pero
todavía conserva la rutina sus fueros: aún se da con harta frecuencia
el fenómeno de que los discípulos de un hombre ilustre gasten sus
talentos, no en esclarecer nuevos problemas, sino en defender los
errores del maestro. Importa notar que también en esta época de
irreverente crítica y de revisión de valores, la disciplina de escuela
reina en las Universidades de Francia, Alemania e Italia, con un
despotismo tal, que sofoca a veces las mejores iniciativas e impide
el florecimiento de pensadores originales. Los que nos batimos en la
brecha como simples soldados, ¡cuántos casos ejemplares podríamos
citar de esta servidumbre de escuela o de cenáculo! ¡Qué de talentos
conocemos que no han tenido más desgracia que haber sido discípulos
de un gran hombre! Y aquí aludimos a esas naturalezas generosas
y agradecidas, las cuales, sabiendo inquirir la verdad, no osan
declararla por no arrebatar al maestro parte de un prestigio que,
asentado en el error, caerá tarde o temprano al empuje de adversarios
menos escrupulosos.
Por lo que hace a esas naturalezas dóciles, tan fáciles a la sugestión
como pasivas y perseverantes en el error, las cuales forman el séquito
de los jefes de escuela, su misión ha sido siempre adular al genio y
aplaudir sus extravíos. Este es el pleito-homenaje que la medianía
rinde complaciente al talento superior. Ello se comprende bien
recordando que los cerebros débiles se adaptan mejor al error, casi
siempre sencillo, que a la verdad, a menudo austera y difícil.
_b_) PERSEVERANCIA EN EL ESTUDIO
Ponderan con razón los tratadistas de lógica la virtud creadora de la
atención; pero insisten poco en una variedad del atender, que cabría
llamar _polarización cerebral_ o _atención crónica_, esto es, la
orientación permanente, durante meses y aun años, de todas nuestras
facultades hacia un objeto de estudio. Infinitos son los ingenios
brillantes que, por carecer de este atributo, que los franceses
designan _esprit de suite_, se esterilizan en sus meditaciones.
A docenas podría yo citar españoles que, poseyendo un intelecto
admirablemente adecuado para la investigación científica, retíranse
desanimados de una cuestión sin haber medido seriamente sus fuerzas,
y acaso en el momento mismo en que la Naturaleza iba a premiar sus
afanes con la revelación ansiosamente esperada. Nuestras aulas y
laboratorios abundan de estas naturalezas tornadizas e inquietas, que
aman la investigación y se pasan los días de turbio en turbio ante la
retorta o el microscopio; su febril actividad revélase en el alud de
conferencias, folletos y libros, en que prodigan erudición y talento
considerables; fustigan continuamente la turba gárrula de traductores
y teorizantes, proclamando la necesidad inexcusable de la observación
y el estudio de la Naturaleza en la Naturaleza misma; y cuando, tras
largos años de propaganda y de labor experimental, se pregunta a los
íntimos de tales hombres, a los asiduos del misterioso cenáculo donde
aquellos ofician de pontifical, por los descubrimientos del sublime
maestro, confiesan ruborosos que la misma fuerza del talento, la
casi imposibilidad de ver en pequeño la extraordinaria amplitud y
alcance de la obra emprendida, han imposibilitado llevar a cabo ningún
progreso parcial y positivo. He aquí el fruto obligado de la flojedad
o de la dispersión excesiva de la atención, así como del pueril alarde
enciclopedista, inconcebible hoy en que hasta los sabios más insignes
se especializan y concentran para producir. Pero sobre los vicios de la
voluntad trataremos más adelante.
Para llevar a feliz término una indagación científica, una vez
conocidos los métodos conducentes al fin, debemos fijar fuertemente en
nuestro espíritu los términos del problema, a fin de provocar enérgicas
corrientes de pensamiento, es decir, asociaciones cada vez más
complejas y precisas entre las imágenes recibidas por la observación
y las ideas que dormitan en nuestro inconsciente; ideas que solo una
concentración vigorosa de nuestras energías mentales podrá llevar al
campo de la conciencia. No basta la atención expectante, ahincada;
es preciso llegar a la preocupación. Importa aprovechar para la obra
todos los momentos lúcidos de nuestro espíritu; ya la meditación que
sigue al descanso prolongado, ya el trabajo mental supra-intensivo que
solo da la célula nerviosa caldeada por la congestión, ora, en fin, la
inesperada intuición que brota a menudo, como chispa del eslabón, del
choque de la discusión científica.
Casi todos los que desconfían de sus propias fuerzas ignoran el
maravilloso poder de la atención prolongada. Esta especie de
polarización cerebral con relación a un cierto orden de percepciones,
afina el juicio, enriquece nuestra sensibilidad analítica, espolea la
imaginación constructiva y, en fin, condensando toda la luz de la razón
en las negruras del problema, permite descubrir en este inesperadas
y sutiles relaciones. A fuerza de horas de exposición, una placa
fotográfica situada en el foco de un anteojo dirigido al firmamento
llega a revelar astros tan lejanos, que el telescopio más potente es
incapaz de mostrarlos; a fuerza de tiempo y de atención, el intelecto
llega a percibir un rayo de luz en las tinieblas del más abstruso
problema.
La comparación precedente no es del todo exacta. La fotografía
astronómica limítase a registrar astros preexistentes de tenue fulgor;
mas en la labor cerebral se da un acto de creación. Parece como si la
representación mental, obstinadamente contemplada, emitiera, al modo
de un amibo, apéndices invasores que, después de crecer en todos
sentidos y de sufrir extravíos y detenciones, acabaran por vincularse
estrechamente con las ideas afines.
La forja de la nueva verdad exige casi siempre severas abstenciones
y renuncias. Convendrá, durante la susodicha incubación intelectual,
que el investigador, al modo del sonámbulo, atento solo a la voz del
hipnotizador, no vea ni considere otra cosa que lo relacionado con el
objeto de estudio: en la cátedra, en el paseo, en el teatro, en la
conversación, hasta en la lectura meramente artística, buscará ocasión
de intuiciones, de comparaciones y de hipótesis, que le permitan
llevar alguna claridad a la cuestión que le obsesiona. En este proceso
adaptativo nada es inútil: los primeros groseros errores, así como las
falsas rutas por donde la imaginación se aventura, son necesarios, pues
acaban por conducirnos al verdadero camino, y entran, por tanto, en el
éxito final, como entran en el acabado cuadro del artista los primeros
informes bocetos.
Cuando se reflexiona sobre la curiosa propiedad que el hombre posee de
cambiar y perfeccionar su actividad mental con relación a un objeto
o problema profundamente meditado, no puede menos de sospecharse
que el cerebro, merced a su plasticidad, evoluciona anatómica y
dinámicamente, adaptándose progresivamente al tema. Esta adecuada y
específica organización adquirida por las células nerviosas produce a
la larga lo que yo llamaría _talento profesional o de adaptación_, y
tiene por motor la propia voluntad, es decir, la resolución enérgica
de adecuar nuestro entendimiento a la naturaleza del asunto. En
cierto sentido no sería paradójico afirmar que el hombre que plantea
un problema no es enteramente el mismo que lo resuelve; por donde
tienen fácil y llana explicación esas exclamaciones de asombro en que
prorrumpe todo investigador al considerar lo fácil de la solución tan
laboriosamente buscada. ¡Cómo no se me ocurrió esto desde el principio!
--exclamamos--. ¡Qué obcecación la mía al obstinarme en marchar por
caminos que no conducen a parte alguna!
Si, a pesar de todo, la solución no aparece y presentimos, no obstante,
que el asunto se acerca a su madurez, procurémonos algún tiempo de
reposo. Algunas semanas de solaz y de silencio en el campo, traerán la
calma y la lucidez a nuestro espíritu. Esta frescura del intelecto,
como la escarcha matinal, marchitará la vegetación parásita y viciosa
que ahogaba la buena semilla. Y al fin surgirá la flor de la verdad,
que, por lo común, abrirá su cáliz, al rayar el alba, tras largo y
profundo sueño, durante esas horas plácidas de la mañana que Goethe y
tantos otros consideraron propicias a la invención.
También los viajes, al traernos nuevas imágenes del mundo y remover
nuestro fondo ideal, poseen la preciosa virtud de renovar el
pensamiento y de disipar enervadoras preocupaciones. ¡Cuántas veces el
rudo trepidar de la locomotora y el recogimiento y soledad espiritual
reinantes en el vagón (el _desierto de hombres_, que diría Descartes),
nos ha sugerido ideas que justificó ulteriormente el laboratorio!
En los tiempos que corremos, en que la investigación científica se ha
convertido en una profesión regular que cobra nómina del Estado, no
le basta al observador concentrarse largo tiempo en un tema: necesita
además imprimir una gran actividad a sus trabajos. Pasaron aquellos
hermosos tiempos de antaño, en que el curioso de la Naturaleza,
recogido en el silencio de su gabinete, podía estar seguro de que
ningún émulo vendría a turbar sus tranquilas meditaciones. Hogaño, la
investigación es fiebre; apenas un nuevo método se esboza, numerosos
sabios se aprovechan de él, aplicándolo casi simultáneamente a los
mismos temas y mermando la gloria del iniciador, que carece de
la holgura y tiempo necesarios para recoger todo el fruto de su
laboriosidad y buena estrella.
Inevitables son, por consecuencia, las coincidencias y las contiendas
de prioridad. Y es que, lanzada al público una idea, entra a formar
parte de ese ambiente intelectual donde todos nutrimos nuestro
espíritu; y en virtud del isocronismo funcional reinante en las cabezas
preparadas y polarizadas para un trabajo dado, la idea nueva es
simultáneamente asimilada en París y en Berlín, en Londres y en Viena,
casi de idéntico modo, y con similares desarrollos y aplicaciones. La
invención crece y se desarrolla al modo de un organismo, espontánea
y automáticamente, como si los sabios quedasen reducidos a meros
cultivadores de la semilla sembrada por un genio. Todos entrevén la
espléndida floración de hechos nuevos, y todos desean, naturalmente,
acaparar la espléndida cosecha. Esto explica la impaciencia por
publicar, así como lo imperfecto y fragmentario de muchos trabajos de
laboratorio. El afán de llegar antes nos lleva a veces a incurrir en
ligerezas; pero ocurre también que el ansia febril de tocar la meta los
primeros nos granjea el mérito de la prioridad.
En todo caso, si alguien se nos adelanta, haremos mal en desalentarnos.
Continuemos impertérritos la labor, que, al fin, llegará nuestro
turno. Ejemplo elocuente de incansable perseverancia nos dio una mujer
gloriosa, Mad. Curie, cuando, habiendo descubierto la radioactividad
del _torio_, sufrió la desagradable sorpresa de saber que, poco
antes, el mismo hecho había sido anunciado por Schmidt, en los
_Wiedermann Annalen_. Lejos de desanimarle la noticia, prosiguió sin
tregua sus pesquisas; ensayó al electroscopio nuevas substancias,
entre ellas cierto óxido de uranio (la _pechblende_) de la mina de
Johanngeorgenstadt, cuyo poder radioactivo sobrepuja en cuatro veces
al del uranio. Y sospechando que aquella materia tan activa encerraba
un cuerpo nuevo, emprendió, con el concurso de M. Curie, una serie
de ingeniosos, pacientes y heroicos trabajos, cuyo galardón fue el
hallazgo de un nuevo cuerpo, el estupendo _radio_, cuyas maravillosas
propiedades, provocando numerosas investigaciones, ha revolucionado la
química y la física.
En España, donde la pereza es, más que un vicio, una religión, se
comprenden difícilmente esas monumentales obras de los químicos,
naturalistas y médicos alemanes, en las cuales solo el tiempo
necesario para la ejecución de los dibujos y la consulta bibliográfica
parecen deber contarse por lustros. Y, sin embargo, estos libros
se han redactado en uno o dos años, pacíficamente, sin febriles
apresuramientos. El secreto está en el método de trabajo: en aprovechar
para la labor todo el tiempo hábil; en no entregarse al diario descanso
sin haber consagrado dos o tres horas por lo menos a la tarea; en
poner dique prudente a esa dispersión intelectual y a ese derroche de
tiempo exigido por el trato social; en restañar, en fin, en lo posible,
la cháchara ingeniosa del café o de la tertulia, despilfarradora de
fuerzas nerviosas (cuando no causa disgustos), y que nos aleja, con
pueriles vanidades y fútiles preocupaciones, de la tarea principal.
Si nuestras ocupaciones no nos permiten consagrar al tema más que dos
horas, no abandonemos el trabajo a pretexto de que necesitaríamos
cuatro o seis. Como dice juiciosamente Payot, «poco basta cada día, si
cada día logramos ese poco».
Lo malo de ciertas distracciones, demasiado dominantes, no consiste
tanto en el tiempo que nos roban, cuanto en la flojera de la tensión
creadora del espíritu, y en la pérdida de esa especie de tonalidad
que nuestras células nerviosas adquieren cuando las hemos adaptado a
determinado asunto.
No pretendemos proscribir en absoluto las distracciones; pero las del
investigador serán siempre ligeras y tales que no estorben en nada las
nuevas asociaciones ideales. El paseo al aire libre, la contemplación
de las obras artísticas o de las fotografías de escenas, de países y de
monumentos, el encanto de la música y, sobre todo, la compañía de una
persona que, penetrada de nuestra situación, evite cuidadosamente toda
conversación grave y reflexiva, constituyen los mejores esparcimientos
del hombre de laboratorio. Bajo este aspecto, será bueno también seguir
la regla de Buffon, cuyo abandono en la conversación (que chocaba
a muchos admiradores de la nobleza y elevación de su estilo como
escritor) lo justificaba diciendo: «Estos son mis momentos de descanso.»
En resumen, toda obra grande es el fruto de la paciencia y de la
perseverancia, combinadas con una atención orientada tenazmente,
durante meses y aun años, hacia un objeto particular. Así lo han
confesado sabios ilustres al ser interrogados tocante al secreto de
sus creaciones. Newton declaraba que solo pensando siempre en la misma
cosa había llegado a la soberana ley de la atracción universal; de
Darwin refiere uno de sus hijos que llegó a tal concentración en el
estudio de los hechos biológicos relacionados con el gran principio de
la evolución, que se privó durante muchos años y de modo sistemático de
toda lectura y meditación extrañas al blanco de sus pensamientos; en
fin, Buffon no vacilaba en decir que «el genio no es sino la paciencia
extremada». Suya es también esta respuesta a los que le preguntaban
cómo había conquistado la gloria: «Pasando cuarenta años de mi vida
inclinado sobre mi escritorio». En fin, nadie ignora que Mayer, el
genial descubridor del principio de la conservación y transformación de
la energía, consagró a esta concepción toda su vida.
Siendo, pues, cierto de toda certidumbre que las empresas científicas
exigen, más que vigor intelectual, disciplina severa de la voluntad
y perenne subordinación de todas las fuerzas mentales a un objeto
de estudio, ¡cuán grande es el daño causado inconscientemente por
los biógrafos de sabios ilustres al achacar las grandes conquistas
científicas al genio antes que al trabajo y la paciencia! ¡Qué más
desea la flaca voluntad del estudioso o del profesor que poder
cohonestar su pereza con la modesta cuanto desconsoladora confesión de
mediocridad intelectual! De la funesta manía de exaltar sin medida
la minerva de los grandes investigadores sin parar mientes en el
desaliento causado en el lector, no están exentos ni aun biógrafos de
tan buen sentido como L. Figuier. En cambio, muchas autobiografías,
en las que el sabio se presenta al lector de cuerpo entero, con
sus debilidades y pasiones, con sus caídas y aciertos, constituyen
excelente tónico moral. Tras estas lecturas, henchido el ánimo de
esperanza, no es raro que el lector exclame: _Anche io sono pittore_.
_c_) PASIÓN POR LA GLORIA
La psicología del investigador se aparta un tanto de la del común de
los _intelectuales_. Sin duda le alientan las aspiraciones y le mueven
los mismos resortes que a los demás hombres; pero en el sabio existen
dos que obran con desusado vigor: el culto a la verdad y la pasión por
la gloria. El predominio de estas dos pasiones explica la vida entera
del investigador; y del contraste entre el ideal que este se forma de
la existencia y el que se forja el vulgo, resultan esas luchas, desvíos
e incomprensiones que en todo tiempo han marcado las relaciones del
sabio con el ambiente social.
Se ha dicho muchas veces que el hombre de ciencia, como los grandes
reformadores religiosos o sociales, ofrece los caracteres mentales del
inadaptado. Mora en un plano superior de humanidad, desinteresado de
las pequeñeces y miserias de la vida material.
Con todo eso, el sabio sincero y de vocación permanece profundamente
humano. En el amor a sus semejantes, excede a los mejores. Irradiando
en el tiempo y el espacio, esta pasión comprende a propios y extraños,
y se dirige lo mismo a la humanidad actual que a la futura. Gracias
a esos singulares talentos, cuya mirada penetra en las sombras del
porvenir, y cuya exquisita sensibilidad les fuerza a condolerse de
los errores y estancamientos de la rutina, es posible la evolución
social y científica. Solo al genio le es dado oponerse a la corriente
y modificar el medio moral; y bajo este aspecto es lícito afirmar
que su misión no es la adaptación de sus ideas a las de la sociedad,
sino la adaptación de la sociedad a sus ideas. Y como tenga razón (y
la suele tener) y proceda con prudente energía y sin desmayos, tarde
o temprano la humanidad le sigue, le aplaude y le aureola de gloria.
Confiado en este halagador tributo de veneración y de justicia, trabaja
todo investigador; porque sabe que, si los individuos son capaces de
ingratitud, pocas veces lo son las colectividades, como alcancen plena
conciencia de la realidad y utilidad de una idea.
Es vulgarísima verdad que, en grado variable, el afán de aprobación
y aplauso mueve a todos los hombres, y preferentemente a los dotados
de gran corazón y peregrino entendimiento. Empero cada cual busca
la gloria por distinto camino: uno marcha por el de las armas, tan
celebrado por Cervantes en su _Quijote_, y aspira a acrecentar la
grandeza política de su país; otros van por el del arte, ansiando
el fácil aplauso de las muchedumbres, que comprenden mucho mejor
la belleza que la verdad; y unos pocos solamente en cada país, y
singularmente en los más civilizados, siguen el de la investigación
científica, el solo derrotero que puede conducirnos a una explicación
racional y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea. Tengo
para mí que esta aspiración es una de las más dignas y loables que el
hombre puede perseguir, porque acaso más que ninguna otra se halla
impregnada con el perfume del amor y de la caridad universales.
Se ha expuesto muchas veces el contraste existente entre la figura
moral del sabio y la del héroe. Puesto que vivimos en un país que ha
sacrificado demasiado en el altar de sus héroes (guerreros, políticos
o religiosos), y desamparado cuando no perseguido a sus pensadores más
originales, séame permitido exagerar aquí el encomio en contrapuesto
sentido.
Ambos, el héroe y el sabio, constituyen los polos de la energía humana,
y son igualmente necesarios al progreso y bienestar de los pueblos;
pero la transcendencia de sus obras es harto diversa. Lucha el sabio
en beneficio de la humanidad entera, ya para aumentar y dignificar la
vida, ya para ahorrar el esfuerzo humano, ora para acallar el dolor,
ora para retardar y dulcificar la muerte. Por el contrario, el héroe
sacrifica a su prestigio una parte más o menos considerable de la
humanidad; su estatua se alza siempre sobre un pedestal de ruinas y
cadáveres; su triunfo es exclusivamente celebrado por una tribu, por
un partido o por una nación, y deja tras sí, en el pueblo vencido,
estela de odios y de sangrientas reivindicaciones. En cambio, la corona
del sabio otórgala la humanidad entera; su estatua tiene por pedestal
el amor, y sus triunfos desafían a los ultrajes del tiempo y a los
juicios de la historia: sus únicas víctimas (si pueden llamarse tales
los redimidos de la ignorancia) son los rezagados, los atávicos, los
que medraron con la mentira o el error; todos, en fin, los que en
una sociedad bien organizada debieran ser proscritos como enemigos
declarados de la felicidad de los buenos.
No faltan, afortunadamente, en nuestra patria altos ingenios que cifran
su dicha en conquistar el aplauso de la opinión; mas por desgracia, y
salvadas contadas y honrosas excepciones, nuestros talentos prefieren
ganar el lauro siguiendo la senda del arte o de la literatura. Empeño
en que fracasan o se esterilizan la inmensa mayoría de ellos; pues
exceptuando unos cuantos genios artísticos y literarios muy elevados,
cuya obra es apreciada y aplaudida en el extranjero, ¡cuán pocos
de nuestros pintores y poetas serán consagrados por la posteridad!
¡Cuántos que luchan en vano por crearse una reputación mundial como
literatos u oradores podrían alcanzarla, sin tantos esfuerzos quizá,
como investigadores de ciencia! ¡Qué difícil la originalidad en un
terreno en que casi todo está apurado por los antiguos, los cuales,
dotados de maravillosa intuición para la belleza literaria y la forma
plástica, apenas dejaron nada que espigar en el campo del arte!
Después de leer las oraciones de Demóstenes y de Cicerón, los diálogos
de Platón, las vidas paralelas de Plutarco y las arengas de Tito
Livio, se adquiere la convicción de que ningún orador moderno ha podido
inventar un resorte absolutamente nuevo para persuadir al entendimiento
o mover al corazón humano. El papel del orador actual es aplicar a
casos determinados, y más o menos nuevos, los innumerables tópicos de
forma y argumentación imaginados por los autores clásicos.
¿Y qué diremos de los que buscan en la poesía o en la prosa artística
el prestigio de la originalidad? Después de Homero y de Virgilio, de
Horacio y de Séneca, de Shakespeare y Milton, de Cervantes y Ariosto,
de Goethe y de Heine, de Lamartine y Víctor Hugo, de Chateaubriand y
Rousseau, etc., ¿quién es el osado que pretende inventar una figura
poética, un matiz de expresión sentimental, un primor de estilo que
hayan desconocido aquellos incomparables ingenios?
No pretendemos, empero, negar en absoluto la posibilidad de creaciones
artísticas, comparables y acaso superiores a las legadas por los
clásicos. Los grandiosos monumentos elevados por los polígrafos del
renacimiento, y las sublimes creaciones de la escuela romántica
durante el pasado siglo, están ahí para atestiguar que la vena de
la originalidad literaria dista todavía de estar exhausta. Afirmamos
solamente que las composiciones literarias de sobresaliente mérito son
dificilísimas y cuestan más desvelos y trabajo que las producciones
científicas originales. Y la razón es obvia: el arte, atenido al
concepto vulgar del Universo y nutriéndose en el limitado terreno
del sentimiento, ha tenido tiempo de agotar casi todo el contenido
emocional del alma humana, las bellezas del mundo exterior y las
ingeniosas combinaciones de la imaginación verbal; mientras que la
Ciencia, apenas desflorada por los antiguos y totalmente ajena a los
vaivenes de la moda como a las volubles normas del gusto, acumula
por cada día nuevos materiales y nos brinda labor inacabable. Ante
el científico está el Universo entero, apenas explorado: el cielo
salpicado de soles que se agitan en las tinieblas de un espacio
infinito; el mar con sus misteriosos abismos; la tierra guardando en
sus entrañas el pasado de la vida y la historia de los precursores del
hombre, y, en fin, el organismo humano, obra maestra de la creación,
ofreciéndonos en cada célula una incógnita, y en cada latido un tema de
profunda meditación.
Llevado de mi entusiasmo, acaso caiga en la hipérbole; pero estoy
persuadido de que la verdadera originalidad se halla en la Ciencia, y
que el afortunado descubridor de un hecho importante es el único que
puede lisonjearse de haber hollado un terreno completamente virgen, y
de haber forjado un pensamiento que no pasó jamás por la mente humana.
Añadamos que su conquista ideal no está sujeta a las fluctuaciones de
la opinión, al silencio de la envidia, ni a los caprichos de la moda,
que hoy repudia por detestable lo que ayer ensalzó por sublime. Al
afortunado escrutador de la naturaleza es, sobre todo, aplicable el
pensamiento de James, para quien el ideal del hombre consiste en llegar
a ser un colaborador de Dios.
Ciertamente la gloria del científico no es tan popular ni ruidosa
como la del artista o del dramaturgo. Vive el pueblo en el plano del
sentimiento, y pedirle calor y apoyo para los héroes de la razón fuera
vana exigencia. Pero el sabio tiene también su público. Está formado
por la aristocracia del talento y habita en todos los países, habla
todas las lenguas, y se dilata hasta las más lejanas generaciones
del porvenir. Claro que los admiradores del hombre de ciencia no
palmotean ni se descomponen con transportes de pasión; pero estudian
con amor, juzgan con mesura y acaban por hacer, pese a los ataques
pasajeros de la envidia, plena e irrevocable justicia. En punto a
reputación, la ventura suprema fuera merecer la aprobación de esos
raros espíritus superiores que la humanidad produce de vez en cuando.
Por lo cual compréndese bien la noble altivez con que el matemático y
filósofo Fontenelle decía a cierto personaje después de presentarle
su tratado de la _Géométrie de l’infini_: «He aquí una obra que solo
podrán leer en Francia cuatro o seis personas». Sentidas y nobles son
también aquellas conocidas expresiones con que Keplero, radiante de
júbilo y palpitante de emoción por el descubrimiento de la última de
sus memorables leyes, terminaba su obra _Harmonices mundi_, diciendo:
«Echada está la suerte: y con esto pongo fin a mi libro, importándome
poco que sea leído por la edad presente o por la posteridad. No le
faltará lector algún día. Pues qué, ¿no ha tenido Dios que esperar seis
mil años para hallar en mí un contemplador e intérprete de sus obras?»
_d_) PATRIOTISMO
Entre los sentimientos que deben animar al hombre de ciencia, merece
particular mención el patriotismo. Este sentimiento tiene en el sabio
signo exclusivamente positivo: ansía elevar el prestigio de su patria,
pero sin denigrar a las demás.
Se ha dicho que la Ciencia no tiene patria, y esto es exacto; mas, como
contestaba Pasteur en ocasión solemne, «los sabios sí que la tienen».
El conquistador de la Naturaleza no solamente pertenece a la humanidad,
sino a una raza que se envanece con sus talentos, a una nación que se
honra con sus triunfos y a una región que le considera como el fruto
selecto de su terruño.
Representando la Ciencia y la Filosofía las categorías más elevadas
de la actividad mental y los dinamómetros de la energía espiritual de
los hombres, compréndese bien el noble orgullo con que las naciones
civilizadas ostentan sus filósofos, sus matemáticos, sus físicos y
naturalistas, sus inventores, todos cuantos, en fin, supieron enaltecer
el nombre sagrado de la patria.
Fuerza es confesar que los españoles tenemos mayor necesidad de
cultivar dicha pasión, a causa del desdén con que, por motivos que
no hacen ahora al caso, hemos mirado durante muchos siglos cuanto se
refiere a la investigación científica y a sus fecundas aplicaciones
a la vida. Obligación inexcusable de cuantos conservamos todavía
sensible la fibra del patriotismo, más de una vez lastimada por los
dardos de la malquerencia extranjera, es volver por el prestigio de
la raza, probando a los extraños que quienes siglos atrás supieron
inmortalizar sus nombres, rivalizando con las naciones próceres tanto
en las hazañas de la guerra y en los peligros de exploraciones y
descubrimientos geográficos, como en las pacíficas empresas del Arte,
de la Literatura y de la Historia, sabrán también contender con igual
tesón y energía en la investigación de la Naturaleza, colaborando,
al compás de los pueblos más ilustrados, en la obra magna de la
civilización y del progreso.
Algunos pensadores, Tolstoi entre otros, inspirados en un sentimiento
humanitario tan reñido con la realidad como inoportuno en estos tiempos
de crueles competencias internacionales, declaran que el patriotismo
es sentimiento egoísta, inspirador de guerras incesantes, y destinado
a desaparecer, para ceder su lugar al más noble y altruísta de la
fraternidad universal.
Fuerza es reconocer que la pasión patriótica, exagerada hasta el
_chauvinismo_, crea y sostiene entre las naciones rivalidades y odios
harto peligrosos; pero reducida a prudentes límites y atemperada
por la justicia y el respeto debidos a la ciencia y virtud del
extranjero, promueve una emulación internacional de bonísima ley,
en la cual gana también la causa del progreso, y en definitiva
hasta la de la humanidad. Bajo este aspecto, son eficacísimos los
Congresos científicos internacionales. Porque muchos sabios que en un
principio se miraban recelosamente, ya por rivalidad internacional,
ya en virtud de la noble y loable envidia aprobada por Cervantes, al
ponerse en contacto, acaban por conocerse y estimarse cordialmente;
y las corrientes de simpatía y de justicia nacidas en las alturas no
tardan en filtrarse hasta lo íntimo de la masa social, suavizando
progresivamente las relaciones políticas entre los pueblos rivales[10].
De todos modos, cualesquiera que sean los progresos del cosmopolitismo,
el sentimiento de patria conservará siempre su poder dinamógeno y
continuará siendo el gran excitador de las competencias científicas e
industriales. Emerge de raíz psicológica harto profunda para que los
embates del socialismo internacional y las lucubraciones del humanismo
filosófico puedan extinguirlo. Pasiones de este género no se discuten,
se aprovechan, porque constituyen inapreciables depósitos de energía
viril y de sublimes heroísmos. Misión de los Gobiernos e Instituciones
docentes es canalizar, domar esta admirable fuerza, aplicándola a
provechosas y redentoras empresas, y desviándola de las algaradas y
alborotos del separatismo fratricida.
Muy atinadamente nota P. J. Thomas, en su _Educación de los
sentimientos_, «que la idea de patria, como la idea de familia,
es necesaria, como lo son igualmente los sentimientos en ellas
implicados. Obran como estimulantes del progreso y garantizan nuestra
propia dignidad. Se lucha por la gloria de la patria, como se lucha
por el honor de su nombre... La nación, se ha dicho, es un elemento
indestructible de la armonía de los mundos, con igual título que
la provincia, la familia y el individuo... El género humano debe
permanecer diversificado para mantenerse fuerte y desenvolver una
actividad sin cesar renaciente».
Aun en la improbable hipótesis de los Estados Unidos de Europa, o del
Mundo, el hombre amará siempre con predilección el _medio material
y moral próximo_, es decir, su campanario, su región y su raza, y
consagrará solamente un tibio afecto, rayano en la indiferencia, al
_medio lejano_. Con razón se ha dicho varias veces que la adhesión y el
cariño del hombre a las cosas del mundo es inversamente proporcional
a la distancia de estas en el espacio y en el tiempo. Y decimos
_tiempo_, porque la patria no es solamente el hogar y el terruño, es
también el pasado y el porvenir, es decir, nuestros antepasados remotos
y nuestros descendientes lejanos.
Con razón ha dicho Bayle: «No son las opiniones generales del
espíritu las que nos determinan a obrar, sino las pasiones presentes
en el corazón». Y entre ellas ninguna tiene en sus anales hazañas
más gloriosas que el amor de la patria. Poco importa saber si tales
sentimientos son justos o injustos, si reproducen o no la fase
primitiva y bárbara de la humanidad. Son tónicos morales que deben
juzgarse solamente por sus efectos, _pragmáticamente_, como ahora se
dice.
_e_) GUSTO POR LA ORIGINALIDAD CIENTÍFICA
Excelentes son los estímulos del patriotismo y el noble afán de
celebridad para mover a la ejecución de grandes empresas. Con todo eso,
nuestro principiante correría el riesgo de fracasar si no posee además
afición decidida hacia la originalidad, gusto por la investigación y el
deseo de sentir las fruiciones incomparables que lleva consigo el acto
mismo de descubrir.
El elogio de la acción en función de escrutar misterios o de inquirir
hechos nuevos, se ha hecho muchas veces. Acerca de esto, Eucken, entre
otros, ha escrito páginas admirables. Agudamente hace notar «que la
acción nos _personaliza_, llevando al sumo la individuación; apórtanos
la grata ilusión de ser reyes creadores y nos proporciona, con la
conciencia de una libertad sin trabas, el goce de un poder ilimitado».
Aparte la hipertrofia del sentimiento de la propia estima y la
aprobación de nuestra conciencia, la conquista de la nueva verdad
constituye, sin disputa, la ventura más grande a que puede aspirar el
hombre. Los halagos de la vanidad, las efusiones del instinto, las
caricias de la fortuna, palidecen ante el soberano placer de sentir
cómo brotan y crecen las alas del espíritu y cómo, al compás del
esfuerzo, superamos la dificultad y dominamos y rendimos a la esquiva
naturaleza.
Fortalecido con este sentimiento hedonista, el hombre de ciencia
desafía hasta la injusticia. En su ánimo no harán mella el silencio
deliberado de sus émulos --que muchas veces, como dice Goethe, afectan
ignorar lo que desean permanezca ignorado-- ni la incomprensión
del medio moral, ni el olvido de las instituciones oficiales. Las
consideraciones que el mundo rinde al poder, a la nobleza o al dinero,
no son primordial objeto de sus aspiraciones, porque siente en sí
mismo una nobleza superior a todas las caprichosamente otorgadas por
la ciega fortuna o por el buen humor de los príncipes. Esta nobleza,
de la que se envanece con tanto mayor motivo cuanto que es su propia
obra, consiste en ser ministro del progreso, sacerdote de la verdad y
confidente del Creador. Él acierta exclusivamente a comprender algo
de ese lenguaje misterioso que Dios ha escrito en la Naturaleza; y a
él solamente le ha sido dado desentrañar la maravillosa obra de la
Creación para rendir a lo Absoluto el culto más grato y acepto, el de
estudiar sus portentosas obras, para en ellas y por ellas conocerle,
admirarle y reverenciarle. Aun descendiendo a las miserias del egoísmo
humano, todos podemos comprobar que solo nos estiman y respetan quienes
nos leen y tratan de comprendernos.
Según decíamos antes, la emoción placentera asociada al acto de
descubrir es tan grande, que se comprende perfectamente aquella sublime
locura de Arquímedes, de quien cuentan los historiadores que, fuera de
sí por la resolución de un problema profundamente meditado, salió casi
desnudo de su casa lanzando el famoso _Eureka_: «¡Lo he encontrado!»
¡Quién no recuerda la alegría y la emoción de Newton al ver confirmada
por el cálculo, y en presencia de los nuevos datos aportados por Picard
con la medición de un meridiano terrestre, su intuición genial de la
atracción universal! Todo investigador, por modesto que sea, habrá
sentido alguna vez algo de aquella sobrehumana satisfacción que debió
experimentar Colón al oír el grito de ¡Tierra! ¡Tierra! lanzado por
Rodrigo de Triana.
Este placer inefable, al lado del cual todos los demás deleites de
la vida se reducen a pálidas sensaciones, indemniza sobradamente al
investigador de la penosa y perseverante labor analítica, precursora,
como el dolor al parto, de la aparición de la nueva verdad. Tan exacto
es que para el sabio no hay nada comparable al hecho descubierto
por él, que no se hallará acaso un investigador capaz de cambiar la
paternidad de una conquista científica por todo el oro de la tierra.
Y si existe alguno que busca en la Ciencia, en vez del aplauso de
los doctos y de la íntima satisfacción asociada a la función misma
del descubrir, un medio de granjear oro, este tal ha errado la
vocación: al ejercicio de la industria o del comercio debió por junto
dedicarse[11].
Es que, por encima de todos los estímulos de la variedad y del interés,
está el goce supremo de la inteligencia al contemplar las inefables
armonías del mundo y tomar posesión de la verdad, hermosa y virginal
cual flor que abre su cáliz a las caricias del sol matinal. Como dice
Poincaré en su hermoso libro _La science et la méthode_: «La belleza
intelectual se basta a sí misma, y solo por ella, más bien que por el
futuro bien de la humanidad, el sabio se condena a largos y penosos
trabajos».
[Ilustración]