CAPÍTULO II

Preocupaciones enervadoras del principiante.

Admiración excesiva. Agotamiento de la cuestión. Devoción a la ciencia

práctica. Deficiencia intelectual.

_a_) ADMIRACIÓN EXCESIVA A LA OBRA DE LOS GRANDES INICIADORES

CIENTÍFICOS

Entre las preocupaciones más funestas de la juventud intelectual

contamos la extremada admiración a la obra de los grandes talentos y la

convicción de que, dada nuestra cortedad de luces, nada podremos hacer

para continuarla o completarla.

Esta devoción excesiva al genio tiene su raíz en un doble sentimiento

de justicia y de modestia, harto simpático para ser vituperable; mas,

si se enseñorea con demasía del ánimo del novicio, aniquila toda

iniciativa e incapacita en absoluto para la investigación original.

Defecto por defecto, preferible es la arrogancia al apocamiento:

la osadía mide sus fuerzas y vence o es vencida; pero la modestia

excesiva huye de la batalla y se condena a vergonzosa inacción.

Cuando se abandona esa atmósfera de prestigio que se respira al leer el

libro de un investigador genial, y se acude al laboratorio a confirmar

los hechos donde aquel apoya sus fascinadoras concepciones, sucede a

veces que nuestro culto por el ídolo disminuye tanto como crece el

sentimiento de nuestra propia estima. Los grandes hombres son, a ratos,

genios; a ratos, niños, y siempre incompletos. Aun concediendo que el

genio, sometido al contraste de la observación, salga puro de todo

error, consideremos que todo cuanto ha descubierto en un dominio dado

es casi nada en parangón con lo que deja por descubrir. La Naturaleza

nos brinda a todos con una riqueza inagotable, y no tenemos motivo para

envidiar a los que nos precedieron, ni exclamar como Alejandro ante las

victorias de Filipo: «Mi padre no me va a dejar nada que conquistar».

No es lícito desconocer que existen creaciones científicas tan

completas, luminosas y tan firmes, que parecen el fruto de una

intuición casi divina, habiendo surgido perfectas, como Minerva de

la cabeza de Júpiter. Mas la justa admiración causada por tales

obras disminuiría mucho si imagináramos el tiempo y el esfuerzo, la

paciencia y perseverancia, los tanteos y rectificaciones, hasta las

casualidades que colaboraron en el éxito final, al cual contribuyeron

casi tanto como el genio del investigador. Sucede en esto lo que en las

maravillosas adaptaciones del organismo a determinadas funciones. El

ojo o el oído del vertebrado, examinado aisladamente, constituyen un

asombro y parece imposible que se hayan formado por el solo concurso

de las leyes naturales; mas si consideramos todas las gradaciones y

formas de transición que en la serie filogénica nos ofrecen aquellos

órganos, desde el esbozo ocular informe de ciertos infusorios y gusanos

hasta la complicada organización del ojo del vertebrado inferior,

nuestra admiración pierde no poco de su fuerza, acabando el ánimo por

hacerse a la idea de una formación natural en virtud de variaciones,

correlaciones orgánicas, selecciones[3] y adaptaciones.

¡Qué gran tónico sería para el novel observador el que su maestro,

en vez de asombrarlo y desalentarlo con la sublimidad de las grandes

empresas acabadas, le expusiera la génesis de cada invención

científica, la serie de errores y titubeos que la precedieron,

constitutivos, desde el punto de vista humano, de la verdadera

explicación de cada descubrimiento! Tan hábil táctica pedagógica

nos traería la convicción de que el descubridor, con ser un ingenio

esclarecido y una poderosa voluntad, fue, al fin y al cabo, un hombre

como todos.

Lejos de abatirse el investigador novicio ante las grandes autoridades

de la Ciencia, debe saber que su destino, por ley cruel, pero

ineluctable, es crecer un poco a costa de la reputación de las mismas.

Pocos serán los que, habiendo inaugurado con alguna fortuna sus

exploraciones científicas, no se hayan visto obligados a quebrantar y

disminuir algo el pedestal de algún ídolo histórico o contemporáneo.

A guisa de ejemplos clásicos, recordemos a Galileo refutando a

Aristóteles en lo tocante a la gravitación; a Copérnico arruinando

el sistema del mundo de Ptolomeo; a Lavoisier reduciendo a la nada

la concepción de Stahl acerca del flogístico; a Virchow refutando

la generación espontánea de las células, supuesta por Schwann,

Schleiden y Robin. Tan general e imperativa es esta ley, que se

acredita en todos los dominios de la Ciencia y alcanza hasta a los

más humildes investigadores. Si nosotros pudiéramos ni nombrarnos

siquiera después de haber citado tan altos ejemplos, añadiríamos que,

al iniciar nuestras pesquisas en la anatomía y fisiología de los

centros nerviosos, el primer obstáculo que debimos remover fue la falsa

teoría de Gerlach y de Golgi sobre las redes nerviosas difusas de la

substancia gris y sobre el modo de transmisión de las corrientes.

En la vida de los sabios se dan, por lo común, dos fases: la

creadora o inicial, consagrada a destruir los errores del pasado y

al alumbramiento de nuevas verdades, y la senil o razonadora (que no

coincide necesariamente con la vejez), durante la cual, disminuida la

fuerza de producción científica, se defienden las hipótesis incubadas

en la juventud[4], amparándolas con amor paternal del ataque de los

recién llegados. Al entrar en la historia no hay grande hombre que no

sea avaro de sus títulos y que no dispute encarnizadamente a la nueva

generación sus derechos a la gloria. Muy triste, pero muy verdadera,

suele ser aquella amarga frase de Rousseau: «No existe sabio que deje

de preferir la mentira inventada por él a la verdad descubierta por

otro».

Aun en las ciencias más perfectas nunca deja de encontrarse alguna

doctrina exclusivamente mantenida por el principio de autoridad.

Demostrar la falsedad de esta concepción y, a ser posible, refutarla

con nuevas investigaciones, constituirá siempre un excelente modo

de inaugurar la propia obra científica. Importa poco que la reforma

sea recibida con malévolas censuras, con pérfidas invectivas, con

silencios más crueles aún; como la razón esté de su parte, no tardará

el innovador en arrastrar a la juventud, que, por serlo, no tiene

pasado que defender; a su lado militarán también todos aquellos sabios

imparciales, quienes, en medio del torrente avasallador de la doctrina

reinante, supieron conservar sereno el ánimo e independiente el

criterio.

Empero no basta demoler: hay que construir. La crítica científica se

justifica solamente entregando, a cambio de un error, una verdad. Por

lo común, la nueva doctrina surgirá de las ruinas de la abandonada,

y se fundará estrictamente sobre los hechos rectamente interpretados.

Menester será al innovador excluir toda concesión piadosa al error

tradicional o a las ideas caídas, si no quiere ver prontamente

compartida su fama por los espíritus detallistas y perfeccionadores

brotados en gran número, a raíz de cada descubrimiento, como los hongos

bajo la sombra del árbol.

_b_) CREENCIA EN EL AGOTAMIENTO DE LOS TEMAS CIENTÍFICOS

He aquí otro de los falsos conceptos que se oyen a menudo a nuestros

flamantes licenciados: «Todo lo substancial de cada tema científico

está apurado; ¿qué importa que yo pueda añadir algún pormenor, espigar

en un campo donde más diligentes observadores recogieron copiosa mies?

Por mi labor, ni la Ciencia cambiará de aspecto, ni mi nombre saldrá de

la obscuridad».

Así habla muchas veces la pereza, disfrazada de modestia. Así discurren

algunos jóvenes de mérito al sentir los primeros desmayos producidos

por la consideración de la magna empresa. No hay más remedio que

extirpar radicalmente un concepto tan superficial de la Ciencia, si

no quiere el joven investigador caer definitivamente vencido en esa

lucha que en su voluntad se entabla entre las utilitarias sugestiones

del ambiente moral, encaminadas a convertirlo en un vulgar y adinerado

practicón, y los nobles impulsos del deber y del patriotismo que le

arrastran al honor y a la gloria.

En su anhelo por satisfacer la deuda honrosa contraída con sus

maestros, el novel observador quisiera encontrar un filón nuevo y a

flor de tierra, cuya fácil explotación levantara con empuje su nombre;

mas, por desgracia, apenas emprendidas las primeras exploraciones

bibliográficas, reconoce con dolor que el metal yace a gran profundidad

y que el yacimiento superficial ha sido casi agotado por observadores

afortunados llegados antes que él, y que ejercitaron el cómodo derecho

de primeros ocupantes.

No paran mientes los que así discurren en que si hemos llegado tarde

para unas cuestiones, hemos nacido demasiado temprano para otras, y en

que, a la vuelta de un siglo, nosotros vendremos a ser, por la fuerza

de las cosas, los acaparadores de ciencia, los desfloradores de asuntos

y los esquilmadores de minucias.

No es lícito, empero, desconocer que existen épocas en las cuales,

a partir de un hecho casualmente descubierto o de la creación

de un método feliz, se realizan en serie, y como por generación

espontánea, grandiosos progresos científicos. Tal aconteció durante el

Renacimiento, cuando Descartes, Pascal, Galileo, Bacon, Bayle, Newton,

nuestro Sánchez, etc., patentizaron los errores de los antiguos y

generalizaron la creencia de que, lejos de haber los griegos agotado

el dominio de las ciencias, apenas habían dado los primeros pasos en

el conocimiento positivo del Universo[5]. Fortuna y grande para un

científico es nacer en una de estas grandes crisis de ideas, durante

las cuales, hecha tabla rasa de gran parte de la obra del pasado, nada

es más fácil que escoger un tema fecundo.

Pero no exageremos esta consideración, y tengamos presente que, aun en

nuestro tiempo, la construcción científica se eleva a menudo sobre las

ruinas de teorías que pasaban por indestructibles. Consideremos que,

si hay ciencias que parecen tocar a su perfección, existen otras en

vías de constitución y algunas que no han nacido todavía. En Biología,

especialmente, a despecho de los inmensos trabajos efectuados en el

pasado siglo, las cuestiones más esenciales esperan todavía solución

(origen de la vida, problema de la herencia y evolución, estructura y

composición química de la célula, etc.).

En general, puede afirmarse que no hay cuestiones agotadas, sino

hombres agotados en las cuestiones. Esquilmado para un sabio el

terreno, muéstrase fecundo para otro. Un talento de refresco, llegado

sin prejuicio al análisis de un asunto, siempre hallará un aspecto

nuevo, algo de que no se percataron quienes creyeron definitivamente

apurado aquel estudio. Tan fragmentario es nuestro saber, que aun en

los temas más prolijamente explorados surgen a lo mejor insólitos

hallazgos. ¡Quién, pocos años ha, hubiera sospechado que la luz y el

calor guardaban todavía secretos para la Ciencia! Y, sin embargo, ahí

están el _argón_ de la atmósfera, los _rayos X_ de Röntgen y el _radio_

de los esposos Curie, para patentizar cuán insuficientes son nuestros

métodos y cuán prematuras nuestras síntesis.

En Biología es donde tiene su mejor aplicación esta bella frase de

Saint-Hilaire: «Delante de nosotros está siempre el infinito». Y el

pensamiento no menos gráfico de Carnoy: «La Ciencia se crea, pero nunca

está creada». No es dado a todos aventurarse en la selva y trazar, a

fuerza de energía, un camino practicable; pero aun los más humildes

podemos aprovecharnos del sendero abierto por el genio, y arrancar,

caminando por él, algún secreto a lo desconocido.

Aun aceptando que el principiante deba resignarse a recoger detalles

escapados a la sagacidad de los iniciadores, es también positivo que

los buscadores de minucias acaban por adquirir sensibilidad analítica

tan exquisita y pericia de observación tan notable, que al fin abordan

con fortuna cuestiones trascendentales.

¡Cuántos hechos, al parecer triviales, han conducido a ciertos

investigadores, adecuadamente preparados por el conocimiento de los

métodos, a grandes conquistas científicas! Consideremos, además, que,

por consecuencia de la progresiva diferenciación de la Ciencia, las

minucias de hoy serán acaso mañana verdades importantes.

Esto sin contar con que nuestra apreciación de lo importante y de lo

accesorio, de lo grande y de lo pequeño, asiéntase en un falso juicio,

en un verdadero error antropomórfico. En la Naturaleza no hay superior

ni inferior, ni cosas accesorias y principales. Estas jerarquías que

nuestro espíritu se complace en asignar a los fenómenos naturales,

proceden de que, en lugar de considerar las cosas en sí y en su interno

encadenamiento, las miramos solamente en relación a la utilidad o el

placer que puedan proporcionarnos. En la cadena de la vida todos los

eslabones son igualmente valiosos, porque todos resultan igualmente

necesarios. Juzgamos pequeño lo que vemos de lejos o no sabemos ver.

Aun adoptando el punto de vista del egoísmo humano, ¡qué de cuestiones

de alta humanidad laten en el misterioso protoplasma del más humilde

microbio! Nada parece más trascendental en bacteriología que el

conocimiento de las bacterias infecciosas, y nada más secundario que el

de los microbios inofensivos pululantes en las infusiones y materias

orgánicas en descomposición; y, no obstante, si desaparecieran estos

humildes hongos, cuya misión es reintegrar a la circulación general

de la materia los principios secuestrados por los animales y plantas

superiores, bien pronto el planeta se tornaría inhabitable para el

hombre.

Acaso en ningún dominio se muestra mejor la transcendencia del detalle

como en los métodos técnicos de la Biología. Para no citar sino un

ejemplo, recordemos que R. Koch, el gran bacteriólogo alemán, por

haber tenido la idea de adicionar a un color básico de anilina un poco

de álcali, logró teñir y descubrir el _bacilo de la tuberculosis_,

desentrañando así la etiología de una enfermedad hasta entonces rebelde

a la sagacidad de los más ilustres patólogos.

De esta falta de perspectiva moral, cuando de aquilatar las

adquisiciones científicas se trata, han participado hasta los

más preclaros ingenios. ¡Qué de gérmenes de grandes invenciones,

mencionadas como curiosidades de poco momento, hallamos hoy en las

obras de los antiguos y hasta en las de los sabios del Renacimiento!

Perdido en un indigesto Tratado de Teología (_Christianismi

Restitutio_), escribió Servet, como al desdén, tres líneas tocante a la

circulación pulmonar, las cuales constituyen hoy su principal timbre

de gloria. ¡Grande sería la sorpresa del filósofo aragonés si hoy

resucitara y viera totalmente olvidadas sus laboriosas disquisiciones

metafísicas, y exaltado un hecho al cual no debió conceder más interés

que el de un argumento accesorio para su tesis de que el alma reside

en la sangre! De un pasaje de Séneca se infiere que los antiguos

conocieron ya el poder amplificante de una esfera de cristal llena de

agua. ¡Quién hubiera sospechado que en dicho fenómeno amplificante,

desestimado durante siglos, dormían en germen dos poderosos

instrumentos analíticos: el microscopio y el telescopio, y dos ciencias

a cual más grandiosa: la Astronomía y la Biología!

En resumen, no hay cuestiones pequeñas; las que lo parecen son

cuestiones grandes no comprendidas. En vez de menudencias indignas de

ser consideradas por el pensador, lo que hay es hombres cuya pequeñez

intelectual no alcanza a penetrar la transcendencia de lo minúsculo.

Constituye la Naturaleza mecanismo armónico, donde todas las piezas,

aun las que parecen desempeñar oficio accesorio, conspiran al conjunto

funcional; al contemplar este mecanismo, el hombre ligero distingue

arbitrariamente sus principales órganos en esenciales y secundarios;

en cambio, el pensador discreto se contenta con clasificarlos,

prescindiendo de tamaños y de sus efectos útiles inmediatos, en

conocidos y poco conocidos. En cuanto a su futura transcendencia nadie

puede ser profeta.

_c_) CULTO EXCLUSIVO A LA CIENCIA LLAMADA PRÁCTICA

Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance

es la falsa distinción en ciencia _teórica_ y ciencia _práctica_, con

la consiguiente alabanza de la última y el desprecio sistemático de la

primera. Y este error se propala inconscientemente entre la juventud,

desviándola de toda labor de inquisición desinteresada.

No son, ciertamente, _las gentes del oficio_ las que incurren en

semejante falta de apreciación, sino muchos abogados, literatos,

industriales y, desgraciadamente, hasta algunos estadistas conspicuos,

cuyas iniciativas de tan graves consecuencias pueden ser para la obra

de la cultura patria.

A estos tales no se les caen de la boca las siguientes frases: «Menos

doctores y más industriales. Las naciones no miden su grandeza por lo

que saben, sino por la copia de conquistas científicas aplicadas al

comercio, a la industria, a la agricultura, a la medicina y al arte

militar. Dejemos a los cachazudos y linfáticos tudescos con sus sutiles

indagaciones de ciencia pura, con su loco afán de escudriñar los

últimos resortes de la vida, y consagrémonos por nuestra parte a sacar

el jugo práctico de los principios de la Ciencia, encarnándolos en

positivas mejoras de la existencia humana. España ha menester máquinas

para nuestros trenes y barcos, recetas prácticas para la agricultura

y la industria, fábricas de abonos, higiene racional; en suma, cuanto

contribuya a fomentar la población, riqueza y bienestar de los pueblos.

Líbrenos Dios de sabios ociosos, entretenidos en especulaciones

sutiles, o entregados a la conquista de lo menudo, que si no costara

demasiado caro, podría calificarse de pasatiempo frívolo y hasta

ridículo.»

Tal es el cúmulo de inepcias que a cada paso formulan los que, al

viajar por el extranjero, ven, por un espejismo extraño, el progreso

en los efectos y no en las causas; los que, en sus cortos alcances,

no advierten esos hilos misteriosos que enlazan la fábrica con el

laboratorio, como el arroyo a su manantial. Creen de buena fe que,

tanto los sabios como los pueblos, forman dos grupos: los que pierden

el tiempo en especulaciones de ciencia pura y estéril, y los que saben

hallar hechos de aplicación inmediata al aumento y comodidad de la

vida[6].

¿Tendremos necesidad de insistir sobre lo absurdo de tal doctrina?

¿Habrá alguno tan menguado de sindéresis que no repare que allí

donde los principios o los hechos son descubiertos brotan también,

por modo inmediato, las aplicaciones? En Alemania, en Francia, en

Inglaterra, la fábrica vive en íntima comunión con el laboratorio,

y por lo común el iniciador mismo de la verdad científica dirige,

ora por sí, ora mediante sociedades explotadoras, el aprovechamiento

industrial. Semejantes alianzas saltan a la vista en esas grandes

fábricas de colores de anilina, que constituyen uno de los filones

más prósperos de la industria alemana, suiza y francesa. Tan notorio

es este hecho, que huelgan aquí ejemplos demostrativos. Empero, por

recientes y significativos, quiero citaros dos: la grande industria de

la construcción de objetivos de precisión (micrográficos, fotográficos

y astronómicos) creada en Alemania por los profundos estudios de óptica

matemática del profesor Abbe, de Jena, y los cuales aseguran a la

Prusia un monopolio de valor enorme que sufraga el mundo entero[7], y

la fabricación de sueros terapéuticos, nacida en Berlín y perfeccionada

en París, y en la cual intervienen, como es natural y legítimo, Behring

y Roux, creadores de los principios científicos de la sueroterapia.

Cultivemos la ciencia por sí misma, sin considerar por el momento las

aplicaciones. Estas llegan siempre; a veces tardan años; a veces,

siglos. Poco importa que una verdad científica sea aprovechada por

nuestros hijos o por nuestros nietos. Medrada andaría la causa del

progreso si Galvani, si Volta, si Faraday, si Hertz, descubridores de

los hechos fundamentales de la ciencia de la electricidad, hubieran

menospreciado sus hallazgos por carecer entonces de aplicación

industrial.

Dejamos consignado que lo inútil, aun aceptando el punto de vista

humano (con las necesarias restricciones de tiempo y lugar), no

existe en la Naturaleza. Y, en último extremo, aun cuando no fuera

posible poner al servicio de nuestra comodidad y provecho ciertas

conquistas científicas, siempre quedaría una utilidad positiva: la

noble satisfacción de nuestra curiosidad satisfecha y la fruición

incomparable causada en el ánimo por el sentimiento de nuestro poder

ante la dificultad vencida.

En suma: al abordar un problema, considerémoslo en sí mismo, sin

desviarnos por motivos segundos, cuyo perseguimiento, dispersando

la atención, mermaría nuestra fuerza analítica. En la lucha con la

Naturaleza, el biólogo, como el astrónomo, debe prescindir de la tierra

que habita y concentrar su mirada en la serena región de las ideas,

donde, tarde o temprano, surgirá la luz de la verdad. Establecido el

hecho nuevo, las aplicaciones vendrán a su sazón, es decir, cuando

aparezca otro hecho capaz de fecundarlo; pues, como es bien sabido, el

_invento_ no es otra cosa que la conjunción de dos o más verdades en

una resultante útil. La Ciencia registra muchos hechos cuya utilidad

es actualmente desconocida; pero, al cabo de unos lustros, o acaso de

siglos, ve la luz una nueva verdad que tiene con aquellos misteriosas

afinidades, y la _criatura industrial_ resultante se llama fotografía,

fonógrafo, análisis espectral, telegrafía sin hilos, vuelo mecánico,

etc. Trátase siempre de una síntesis a corto o a largo plazo. Porta

descubrió la cámara obscura, hecho aislado, del cual apenas se sacó

partido para el arte del diseño; Wedgwood y Davy señalaron en 1802 la

posibilidad de obtener imágenes fotográficas sobre un papel lubrificado

en una solución de nitrato argéntico; pero como la copia no podía

fijarse, este otro hallazgo no tuvo consecuencias; después llegó John

Herschel, que logró disolver la sal argéntica no impresionada por

la luz; con ello fue ya posible la fijación de la fugitiva silueta

luminosa. Con todo eso, la débil sensibilidad de las sales argénticas

hasta entonces aprovechadas hacía casi imposible el empleo del

aparato de Porta; por fin aparece Daguerre, quien descubre en 1839,

con la exquisita sensibilidad del yoduro argéntico, la imagen latente;

sintetiza admirablemente los inventos de sus predecesores y crea en sus

fundamentos la fotografía actual.

Así evolucionan todos los inventos: los materiales son, en diversas

épocas, acarreados por sagaces cuanto infortunados observadores que

no lograron recoger fruto alguno de sus hallazgos, en espera de las

verdades fecundantes; mas una vez acopiados todos los datos, llega

un sabio feliz, no tanto por su originalidad como por haber nacido

oportunamente; considera los hechos desde el punto de vista humano,

opera la síntesis y el invento surge.

_d_) PRETENDIDA CORTEDAD DE LUCES

Para justificar deserciones y desmayos alegan algunos falta de

capacidad para la ciencia. «Yo tengo gusto por los trabajos de

laboratorio --nos dicen--, pero no sirvo para inventar nada.» Cierto

que hay cabezas refractarias para la labor experimental, y entre

ellas contamos todas las incapaces de atención prolongada y exentas

de curiosidad y de admirabilidad por las obras de la Naturaleza.

Pero la inmensa mayoría de los que se confiesan incapaces, ¿lo son

positivamente? ¿No exageran, tal vez, las dificultades de la empresa y

la penuria de sus aptitudes? Tal creemos, y añadiremos aún que muchos

toman habitualmente por incapacidad la mera lentitud del concebir y del

aprender, y, a veces, la propia pereza o la falta de alguna cualidad de

orden secundario, como la paciencia, la minuciosidad, la constancia,

atributos que se adquieren pronto con el hábito del trabajo y con la

satisfacción del éxito.

En nuestro concepto, la lista de los aptos para la labor científica

es mucho más larga de lo que se cree, y se compone, no solo de

los talentos superiores, de los fáciles, de los ingenios agudos,

codiciosos de reputación y ansiosos de enlazar su nombre a una obra

grande, sino también de esos entendimientos regulares, conocidos con

el dictado de _mañosos_, por la habilidad y tino con que realizan

toda obra manual; de esos otros dotados de temperamento artístico y

que sienten con vehemencia la belleza de las obras de la Naturaleza;

en fin, de los meramente curiosos, flemáticos, cachazudos, devotos

de _la religión de lo menudo_ y capaces de consagrar largas horas al

examen del más insignificante fenómeno natural. La ciencia, como los

ejércitos, necesita generales y soldados; aquellos conciben el plan,

pero estos son los que positivamente vencen. Que no por modesta deja

de ser altamente estimable la colaboración de los perfeccionadores y

confirmadores: gracias a estos obreros del progreso, la concepción del

genio adquiere vigor y claridad, pasando de la categoría de símbolo

abstracto a realidad viva, apreciada y conocida de todos.

A fin de que cada uno pueda cerciorarse de su aptitud para los trabajos

de laboratorio, diversos medios pueden ensayarse. Aludiendo aquí a los

estudios de nuestra predilección, nosotros aconsejaríamos estos dos:

1.º Empleo de un método analítico que pase por incierto y difícil,

hasta que, a fuerza de paciencia y trabajo, se obtengan los resultados

mencionados por los autores. El éxito lisonjero en este caso, sobre

todo si se ha logrado sin la vigilancia del maestro, es decir,

trabajando aisladamente, será indicio claro de la aptitud para la labor

de investigación.

2.º Estudio de un tema científico, de cierta dificultad, donde las

opiniones contradictorias abunden, y para el cual el aficionado se

preparará examinando superficialmente el estado de la cuestión (mera

lectura de los libros de consulta, sin llegar a las Monografías

especiales). Si después de algunos meses de trabajo experimental,

nuestro principiante repara, al consultar la bibliografía más moderna

del tema, que ha conseguido adivinar algunas conquistas recientes;

que en puntos muy litigiosos ha coincidido con las interpretaciones

de sabios ilustres; que, en fin, ha acertado a sortear errores de

apreciación en que incurrieron algunos autores, debe abandonar su

timidez y entregarse sin reservas a la labor científica, pues en ella

le esperan, pocos o muchos, según sea la actividad que despliegue,

triunfos y satisfacciones.

Aun los medianamente dotados, desde el punto de vista intelectual,

podrán conseguir algún fruto, con tal de que abriguen fe robusta en la

virtud creadora de la educación y se contraigan a profundizar, durante

mucho tiempo, un tema limitado.

Aun a riesgo de redundancia o de parecer pesados y prolijos, séanos

permitido presentar contra los escépticos en los milagros de la

voluntad las siguientes reflexiones:

_a_) Como han afirmado muchos pensadores y pedagogos, el descubrimiento

no es fruto de ningún talento originariamente especial, sino del

sentido común mejorado y robustecido por la educación técnica y por el

hábito del meditar sobre los problemas científicos[8]. Así, pues, quien

disponga de regular criterio para guiarse en la vida, lo tendrá también

para marchar desembarazado por el camino de la investigación.

_b_) El cerebro juvenil posee plasticidad exquisita, en cuya virtud

puede, a impulsos de un _enérgico querer_, mejorar extraordinariamente

su organización, creando asociaciones interideales nuevas, depurando y

afinando el juicio.

_c_) Las deficiencias de la aptitud nativa son compensables mediante

un exceso de trabajo y de atención. Cabría afirmar que el trabajo

sustituye al talento o, mejor dicho, _crea el talento_. Quien desee

firmísimamente mejorar su capacidad, acabará por lograrlo, a condición

de que la labor educadora no comience demasiado tarde, en una época

en que la plasticidad de las células nerviosas está casi del todo

suspendida. No olvidemos que por la lectura y meditación de las obras

maestras todo hombre es dueño de asimilarse una gran parte del ingenio

que las creó, dado que toma de este no solo las doctrinas, sino el

criterio, los principios directores y hasta el estilo.

_d_) En la mayor parte de los casos, eso que llamamos talento genial

y especial, no implica superioridad _cualitativa_, sino _expeditiva_,

consistiendo solamente en hacer de prisa y con brillante éxito lo que

las inteligencias regulares elaboran lentamente, pero bien. En vez de

distinguir los entendimientos en grandes y pequeños, fuera preferible

y más exacto (al menos en muchos casos) clasificarlos en _lentos_

y _rápidos_[9]. Los entendimientos rápidos son ciertamente los más

brillantes y sugestivos; son insustituibles en la conversación, en la

oratoria, en el periodismo, en toda obra en que el tiempo sea factor

decisivo; pero en las empresas científicas los _lentos_ resultan tan

útiles como los rápidos, porque al científico, como al artista, no

se le juzga por la viveza del producir, sino por la excelencia de

la producción. Aún osaríamos añadir que, por una compensación muy

común, las cabezas _lentas_ poseen gran resistencia para la atención

prolongada, y abren ancho y profundo surco en las cuestiones; mientras

que las _rápidas_ suelen fatigarse pronto, después de haber apenas

desbrozado el terreno. Hay en esto, sin embargo, numerosas excepciones:

Newton, Davy, Pasteur, Virchow, etc., fueron talentos _rápidos_ y

dejaron ancha estela luminosa.

_e_) Si, a despecho de los esfuerzos hechos por mejorarla, nuestra

memoria es inconstante y poco tenaz, _administrémosla bien_. Como

dice Epicteto: «Cuando en el juego de la vida vienen malas cartas,

no hay más remedio que sacar el mejor partido posible de las que

se tienen». Enseña la historia de los grandes descubrimientos que

su excelencia no dimana siempre de un ingenio superior, sino de un

entendimiento y memoria regulares, pero hábilmente aprovechados.

Grandes novadores científicos, como Helmholtz, quejáronse de escasez

de memoria, considerando como un suplicio el aprenderse de coro un

escrito. Por compensación, los escasamente memoriosos de palabras y de

frases, suelen gozar de excelente retentiva de ideas y de series de

razonamientos. Ya Locke notó que los dotados de gran ingenio y pronta

memoria no sobresalen siempre en el juicio.

_f_) Para poder consagrar al tema de nuestras meditaciones todas

las escasas facultades que poseemos, desechemos las ocupaciones

innecesarias, y esas ideas parásitas tocantes a las menudencias fútiles

de la vida, y fijemos tan solo en la mente, a favor de una atención

ahincada y persistente, los datos relativos al problema que nos ocupa.

Condenémonos, durante la gestación de nuestra obra, a ignorar lo demás:

la política, la literatura, la música, la chismografía, etc. Hay casos

en que la ignorancia es una gran virtud, casi un heroísmo: los libros

inútiles, perturbadores de la atención, pesan y ocupan lugar tanto en

nuestro cerebro como en los estantes de las bibliotecas, y deshacen o

estorban la adaptación mental del asunto. _El saber ocupa lugar_, diga

lo que quiera la sabiduría popular.

_g_) Aun el talento mediano llegará a ilustrarse con trabajos

estimables en varias ciencias, con tal de abandonar la pretensión

de abarcarlas todas a la vez; concentrará, pues, sucesivamente, es

decir, por épocas, su atención en cada tema, y debilitará o borrará

sus adquisiciones anteriores en otros dominios. Lo que equivale a

declarar que el cerebro es adaptable a la ciencia total en _el tiempo_,

pero no en _el espacio_. En realidad, hasta las grandes capacidades

proceden de este modo; y así, cuando algún sabio nos asombra con

publicaciones sobre diversas disciplinas, reparemos que a cada materia

corresponde una época. Ciertamente, los conocimientos anteriores no

habrán desaparecido enteramente de la mente del autor, pero se habrán

simplificado, condensándose en fórmulas o símbolos abreviadísimos;

de esta suerte puede quedar libre en la _pizarra cerebral_ un grande

espacio para el registro y estampación de las nuevas imágenes.

[Ilustración]

[Ilustración]

Reglas y consejos sobre investigación científica (Los tónicos de la voluntad) · 第 8 / 29 题