CAPITULO VIII.

Corta el hilo y la cólera al Magistral un Huésped no esperado, pieza

muy divertida, que á tal punto se apeó en casa de Anton Zotes.

1. Al tercer _tú_ del zeloso y encendido Magistral, quiso Dios y la

buena fortuna del bendito Fray Gerundio, (el qual estaba ya tamañito,

viendo al Tio que lo tomaba en un tono tan alto y tan desengañado,)

que entró por la puerta del corral y se apeó en el zaguan de la casa,

con mucho estrépito de caballos, relinchos, lacayo, ayuda de cámara

y acompañamiento, un huésped repentino, que ni se esperaba ni podia

pensarse en él. Era cierto caballerete jóven, asaz bien apuesto, de

bastante desembarazo, vecino de una ciudad no distante de Campazas,

que havia estado en la Corte largo tiempo en seguimiento de un pleito

de entidad, para el qual le havia favorecido el Magistral (aunque no

le conocia,) con varias cartas de recomendacion que le havian servido

mucho; y, noticioso por una casualidad de que su protector se hallaba

en aquel lugar, torció el camino real, y á costa de un corto rodéo, le

pareció razon, y aún obligacion precisa, ir á dar las gracias á quien

tanto le havia favorecido.

2. Llamábase Don Cárlos[22] el sugeto de nuestra Historia, y, como por

una parte no era del todo lerdo, y por otra havia estado tan despacio

en Madrid, frequentando tocadores, calentando sitiales, assistiendo al

patio de los Consejos, dexándose ver en los arrabales del Palacio, y

no dexando de tener introduccion en algunas covachuelas, se le havia

pegado furiosamente el aire de la gran moda. Hacia la cortesía á la

francesa, hablaba el español del mismo modo, afectando los rodéos,

los francesismos, y hasta el mismo tono, dialecto ó retintin con que

le hablan los de aquella nacion. Se le havian hecho familiares sus

frases, sus locuciones y sus modos de explicarse, ya por haverlas oído

frequentemente en las conversaciones de la Corte, ya por haverlas

observado aún en los sermones de aquellos famosos Predicadores, que

á la sazon daban la ley y con razon eran mas celebrados en ella, ya

por haverlas bebido en los mismos libros franceses, que construía ó

entendia medianamente, y ya tambien por haverlas aprendido en las

obras de los malos Traductores, de que por nuestros pecados hay tanta

epidemia en estos desgraciados tiempos; en fin, nuestro Don Cárlos

parecia un _Monsieur_ hecho y derecho y, por lo que tocaba á él, de

buena gana trocaria por un _Monsieur_ todos los Dones y Turuleques del

mundo; tanto que hasta los dones del Espíritu Santo le sonarian mejor,

y acaso los solicitaria con mayor empeño, si se llamaran _monsieures_.

3. Luego que se apeó y fué recivido de Anton Zotes con aquel agasajo y

cariño, que llevaba de suyo su natural bondad, le preguntó Don Cárlos

si estaba en aquel village y en aquella casa Monsieur el Theologal de

Leon. -- «Sí, Señoria,» le respondió el Tio Anton, dándole desde luego

el tratamiento que á su parecer correspondia á un hombre que trahia

lacayo y repostero; porque, aunque no entendió lo que significaba

_Monsieur_ ni _Theologal_, pero bien conoció que sin duda aquel

extrangero preguntaba por su primo. -- «Monsieur el Theologal, añadió

Don Cárlos, es uno de mis mayores amigos, y, aunque no he tenido el

honor de conocerlo, estoy reconocido á su gran bondad hasta el excesso.

Suplico á vuestra Merced, que se tome la pena de conducirme ante todas

cosas á su cámara, retrete ó apartamiento.»

4. El bonazo del Tio Anton, que jamas havia oído hablar aquella

gerigonza, como entendió cosa de cámara y retrete, qué pensó? Que á

aquel pobre Cavallero se le ofrecia alguna urgencia natural de las

que dan pocas treguas, y queria desembarazarse de ella ántes de ver

al Magistral; y assí con grandíssimo candor le conduxo á un quarto

estrecho y obscuro, cuya puerta falsa daba á la alcoba donde dormia su

primo, y le dixo en voz sumisa: «Entre ahí su Usía, y á man derecha

hallará lo que tiene de menester; porque ahí está la cámara de mi primo

el Canónigo.» Avergonzóse un poco Don Cárlos; pero, como era mozo de

despejo, volvió luego en sí y dixo al Tio Anton: «Bien se conoce que el

huésped es un gruesso burgés y un miserable paisano; por ahora no he

menester estos utensilios: lo que digo es que me conduzga al quarto ó á

la sala del Señor Magistral.» -- «Ah! esso es otra cosa, respondió el

boníssimo de Anton; si su Usía se huviera expricado ansina desde luego,

ya le huviera entrado en ella sin arrudéos.»

5. Metióle en la sala donde estaba el Magistral con los demas que

diximos en el capítulo antecedente, y entró en ella al mismo tiempo

que llegaba al tercer _tú_ de su fogosa repassata, como lo dexó notado

el manuscrito antiguo que se guarda en el archivo de los Zotes y

tuvimos presente para sacar estas individualidades y menudencias de

todos los lances sucedidos en esta ocasion en Campazas. Luego que vió

el Magistral delante de sí á un Cavallero de tanto respeto, se levantó

de la silla apresuradamente, y, quando le iba á hablar con la debida

urbanidad, Don Cárlos le atajó diciéndole: «Señor Magistral, no se dé

vuestra Merced la pena de incomodarse; yo me he tomado la libertad de

entrar en esta casa á la francesa: esta es la gran moda, porque las

maneras libres de esta nacion han desterrado de la nuestra aquellos

aires de servidumbre y de esclavitudinage que, constriñéndonos la

libertad, no nos hacian honor. Yo soy furiosamente francés, aunque

nacido en el seno del Reino de Leon. Yo tengo el honor de venir á

presentar á vuestra Merced mis respetos y mis agradecimientos. Yo soy

Don Cárlos Osorio, á quien vuestra Merced tuvo la bondad de favorecer

tanto con sus cartas de recomendacion, que seria yo el mas ingrato de

todos los hombres, si no publicara altamente que á ellas es á quien

debo la dicha de haver tenido la felicidad de haver ganado mi processo.

Yo, _Monsieur_,...»

6. El Magistral, hombre ramplon, Castellano macizo, Leonés de quatro

suelas, y que, aunque estaba mas que medianamente versado en la lengua

francesa, haciéndola toda la justicia que se merece, era muy amante

de la suya propria, bien persuadido á que maldita la cosa necessita

las agenas, teniendo dentro de sí misma quanto ha menester para la

copia, para la propriedad, para la hermosura y para la elegancia: el

Magistral, vuelvo á decir, se empalagó mucho desde el primer período,

y desde luego le huviera atajado con desprecio, á no contenerle el

respeto debido al nacimiento de Don Cárlos y la urbanidad con que era

razon tratar á un hombre, que venia á buscarle por puro reconocimiento.

No obstante resolvió divertirse un poco á su costa con el mayor

dissimulo que pudiesse, procurando templar la burla sin descomponer la

atencion, y assí le dixo: «Yo, Señor Don Cárlos, no soy Monsieur ni

nunca lo he sido, venerando de tal manera á los que lo son, que, sin

envidiarles este tratamiento, por desconocido en España, me contento

con el que tuvieron mis padres y mis abuelos, y mas quando no he

menester ser _Monsieur_ para ser muy servidor de vuestra Merced con

todas veras.»

7. -- «Essos, Señor Magistral, son prejuícios de la educacion, y hace

lástima que un hombre de las luces de vuestra Merced se acomode á los

sentimientos del baxo pueblo. Hoy los entendimientos de primer órden se

han desnudado dichosamente de essas preocupaciones, y hallan mas gracia

en un _Monsieur_ que en un _Don_ ó en un _Señor_, que en las naciones

cultivadas se aplica á un marchante ó á qualquiera _gruesso burgés_; y

no me negará vuestra Merced que un _Monsieur le Margne_, un _Monsieur

Boona_ suena mejor que un _Don Fulano Mañer_ ó un _Don Citano Noboa_.»

8. -- «Como esso de sonar mejor, replicó el Magistral, es cosa

respectiva á los oídos, y ha havido hombre á quien sonaba mejor el

relincho de un cavallo que la cíthara de Orpheo, no me empeñaré en

negarlo ni en concederlo; solo asseguro á vuestra Merced, que á mí,

como buen Español, nada me suena tan bien como lo que está recivido en

nuestra lengua, y esto con ser assí que no soy del todo peregrino en

las extrangeras.»

9. -- «Ha! Señor Magistral, y qué domage es que un hombre de las luces

de vuestra Merced se halle tan prevenido de los prejuícios nacionales!»

10. -- «Mi capacidad ó mis alcances, respondió el Magistral, (pues

supongo que esso quiere decir vuestra Merced, quando habla de mis

luces,) no obstante de ser bien limitados, me obligan á conocer que es

ligereza indigna de nuestra gravedad española y desestimacion injuriosa

á nuestra lengua, introducir en ella voces de que no necessita, y

modos de hablar que no la hacen falta. Pero en fin, Señor Don Cárlos,

dexando á cada uno que hable como mejor le pareciere, vuestra Merced

no habrá comido, y ante todas cosas es menester...» -- «Perdóneme

vuestra Merced, Señor Magistral, interrumpió Don Cárlos, ya hice essa

diligencia en un pequeño village que dista dos leguas de aquí, y assí

no es menester que nadie tome la pena de incomodarse.»

11. -- «Yo no sé, dixo el Familiar, que en estas cercanías, ni aún en

todo el Páramo ayga algun lugar que se llame _village_.» Rióse Don

Cárlos de la que le pareció simplicidad de aquel buen labrador, á quien

no conocia, y díxole en tono algo desdeñoso: «Paisano, llámase _pequeño

village_ toda aldéa ó lugar corto.» -- «Pero, Señor Don Cárlos, le

replicó el Magistral, si aldéa ó lugar corto es lo mismo que _village_,

qué gracia particular tiene el _village_ para que le demos naturaleza

en nuestra lengua?»

12. -- «Oh, Señor Magistral! respondió Don Cárlos, vuestra Merced

es diablamente Castellano, y el aire en que le veo tampoco dará

quartel á _libertinage_, por dissolucion; á _libertino_, por

dissoluto; á _pavis_, por pavimiento; á _satisfacciones_, por gustos;

á _sentimientos_, por dictámenes, máximas ó principios; á _moral

evangélica_, por doctrina del Evangelio; á _no merece la pena_, por es

digno de desprecio; á _acusar el recivo de una carta_, por avisar que

se recivió; á _cantar_, _tocar_, _bailar á la perfeccion_, por cantar,

tocar, bailar con primor; á _exercitar el ministerio de la palabra

de Dios_, por predicar; á _darse la pena_, por tomarse el trabajo; á

_bellas letras_, por letras humanas; á _nada de nuevo ocurre en el

dia_, en lugar de por ahora no ocurre novedad; á...»

13. -- «Tenga vuestra Merced, Señor Don Cárlos, le interrumpió el

Magistral, no se canse vuestra Merced mas, que seria interminable

la enumeracion, si se empeñara vuestra Merced en reconvenirme con

todas las frases, voces y modos de hablar afrancesados, que se han

introducido de poco tiempo á esta parte en nuestra lengua, y cada dia

se van introduciendo, con mucha vanidad de los extrangeros y con no

poco dolor de todo buen Español de juício y de meollo. Dígole á vuestra

Merced, que ni á essos ni á otros innumerables francesismos, que sin

qué ni para qué se nos han metido de contrabando á desfigurar nuestra

lengua, daré jamas quartel ni en mis conversaciones ni en mis escritos.»

14. -- «Pues, poca fortuna hará vuestra Merced en la Corte, respondió

Don Cárlos, y presto seria vuestra Merced el juguete de las oficinas y

de los tocadores, si se fuera allá con essos sentimientos.» -- «Por lo

que mira á los tocadores, dixo el Magistral, passe, y convengo en que

en los mas seria mal recivido. Donde se habla tanto de _peti-bonets_,

_surtús_ y _ropas de chambre_, no puede esperar buena acogida el

que llama cofias, sobretodos y batas á todos essos muebles; pero

en las oficinas no seria tan mal recivido como á vuestra Merced le

parece, porque en ellas hay de todo. Es cierto, que se encuentra tal

qual de aquellos iniciados en la política, quiero decir de aquellos

covachuelistas, aprendices ó de primera tonsura, que...

_anno non amplius uno_

_et minimo sudore et amico abdomine salvo,_

solo porque leyeron las obras de Feijoó, los libros de _Ciencia de

Corte_, el _Espectáculo de la Naturaleza_, la _Historia del pueblo

de Dios_, y algunos otros pocos de los que hoy son mas de moda, no

solo se juzgan capaces de hablar con resolucion y con desenfado en

todas las materias, sino que se imaginan con bastante autoridad para

introducirnos aquellas voces extrangeras, que suenan mejor á sus mal

templados oídos; y, aunque las tengamos acá igualmente significativas,

no hay que esperar se valgan de ellas, ni aún se dignen solamente de

mirarlas á la cara.»

15. «Estos, si escriven una carta gratulatoria, no dirán: _Doy á

vuestra Merced mil enhorabuenas por el nuevo empléo que ha merecido

á la piedad del Rey_, aunque los saquen un ojo; sino: _Felicito á

vuestra Merced por el justo honor con que el Rey ha premiado su

distinguido mérito_. Si quieren expressar su complacencia á un amigo

por algun feliz sucesso, no tema vuestra Merced que le digan pura y

castellanamente: _Complázcome tanto en los gustos de vuestra Merced

como en los mios proprios_; es menester afrancesar mas la frase y

decir: _No hay en el mundo quien se interesse mas que yo en todas

las satisfacciones de vuestra Merced: ellas tienen en mi estimacion

el mismo lugar que las mias._ Escrivir ó decir á uno sencillamente:

_Mande vuestra Merced, que le serviré en quanto pudiere_, lo tendrian

por vulgaridad y aldeanismo; _cuente vuestra Merced conmigo en todo

trance_, es expression que huele á Corte, y lo demas es de patanes.

_Esse negocio no toca á mi departamento_, para explicar que no

corresponde á su oficina, jamas se les olvidará. _Ya está sobre el

bufete_, para decir que _ya está puesto al despacho_, es cláusula

corriente; y carta he visto yo de cierto covachuelista, que decia:

_Essa dependencia ya está sobre el tapiz_, cosa que sobresaltó mucho al

sugeto interessado, porque juzgó buenamente, que por hacer burla de él

le havian retratado de mamarracho en algun paño de tapicería.»

16. «Digo pues, que con estos pocos oficiales novicios de covachuela

no lograria buen partido mi lenguage ramplon y ceñido escrupulosamente

á las leyes de Covarruvias y á las de otros, que reconozco y venero

por legítimos legisladores ó jueces de la lengua Castellana; pero

esta tiene tambien otros muchos partidarios dentro de las mismas

covachuelas, pudiendo assegurar que son los mas y los de mejor voto

que hay en todas las oficinas. Créame vuestra Merced, que estas están

llenas de hombres eruditos, cultivados y aún doctos, amantíssimos

de nuestra lengua, bien instruídos de las riquezas que encierra, y

muy persuadidos á que dentro de su thesoro tiene sobrados caudales

para salir con lucimiento de quantas urgencias se la puedan ofrecer,

á excepcion de tales quales voces facultativas y de otras pocas

peculiares, que es preciso se presten unas lenguas á otras, sin que

se eximan de esta necessidad las primitivas, matrices ú originales.

Cónstame, que estos verdaderos Españoles gimen ocultamente de haver

hallado ya entremetidas y como avecindadas en sus oficinas muchas

voces, que pudieran y debieran haverse excusado, como _departamento_,

_inspeccion_, _aproches_, _glacis_, _bien entendido que_, _hacer el

servicio_, _será responsable_, _inteligenciado el Rey_, _exigir del

vasallo_, y otras innumerables, pues son tantas que

_nec tot simul Apula muscas_

_Arva ferant, nec tot vendat mendacia falsi_

_Institor unguenti, nec tot deliria libris_

_Adfuerit logicis, physicis aliisque Noriscus_.»

17. «Bien quisieran ellos desterrarlas de sus mesas, de sus cartas y de

sus despachos; mas, ó no se hallan con fuerzas para tanto; ó, viéndolas

ya como connaturalizadas en virtud de la possession, aunque no muy

larga, no quieren meterse á disputarlas la propriedad; ó, en fin, las

dexan correr por otros motivos políticos, que á mí no me toca examinar.

Pero como quiera, esté vuestra Merced persuadido á que estos no me

recivirian mal, ni me oirian con desagrado, siempre que les hablasse

como hablaban nuestros abuelos.»

18. -- «A lo ménos, replicó Don Cárlos, no saldré yo por garante de que

los Traductores de libros franceses hiciessen á vuestra Merced buen

quartel; y en verdad que estos no son ranas, ni son en pequeño número,

y que en la Corte hacen la mas bella figura.»

19. -- «Déxelo vuestra Merced, Señor Don Cárlos, déxelo por Dios»,

replicó el Magistral. «Un punto ha tocado vuestra Merced en que no

quisiera hablar, porque, si me caliento un poco, parlaré una librería

entera. Traductores de libros franceses! Traductores de libros

franceses! no los llame vuestra Merced assí; llámelos _Traducidores_ de

su propria lengua y corruptores de la agena, pues, como dice con gracia

el Italiano, los mas no hacen _traduccion_, sino _trahicion_ á uno y

á otro idioma, á la reserva de muy poquitos, _quos digito monstrarier

omni, vel cæco facile_. Todo el resto échelo vuestra Merced á pares y

nones, y tenga por cierto que es la mayor peste que ha inficionado á

nuestro siglo.»

20. «No piense vuestra Merced que estoy mal, ni mucho ménos que

desprecio á los que se han dedicado ó se dedican á este utilíssimo y

gloriosíssimo trabajo; disto tanto de este concepto, que en el mio son

dignos de la mayor estimacion los que le desempeñan bien. En todos los

siglos y todas las Naciones han consagrado los mayores aplausos á los

buenos Traductores, y no se han desdeñado de aplicarse á este exercicio

los hombres de mayor estatura en la República de las letras. Ciceron,

Quintiliano, y el mismo Julio César enriquecieron la lengua latina con

la traduccion de excelentes obras griegas, y á San Gerónymo le hizo mas

célebre y le mereció el justo renombre de Doctor máximo de la Iglesia,

la version de la Biblia que llamamos _la Vulgata_, mas que sus doctos

_Comentarios sobre la Escritura_ y los excelentes tratados que escrivió

contra los Hereges de su tiempo. Santo Thomas traduxo en latin los

Libros Políticos de Aristóteles, y no le grangeó ménos concepto esta

bella traduccion que su incomparable _Summa Theologica_. Y á la verdad,

si son tan beneméritos de su nacion los que trahen á ella las artes,

las fábricas ó las riquezas que descubren en las extrañas, por qué lo

han de ser ménos los que comunican á su lengua aquellos thesoros que

encuentran escondidos en las extrangeras?»

21. «Assí pues, soy de dictámen que un buen Traductor es acreedor á los

mayores aplausos, á los mayores premios y á las mayores estimaciones.

Pero, qué pocos hay en este siglo que sean acreedores á ellas! Nada

convence tanto la suma dificultad que hay en traducir bien, como la

multitud de traducciones que nos sofocan, y quan raras son no digo

ya las que merezcan llamarse buenas, pero ni aún tolerables! En los

tiempos que corren, es desdichada la madre que no tiene un hijo

Traductor. Hay peste de Traductores, porque casi todas las traducciones

son una peste. Las mas son unas malas y aún perversas construcciones

gramaticales, en que, á buen librar, queda tan estropeada la lengua

traducida como desfigurada aquella en que se traduce; pues se hace de

los dos un pataborrillo que causa asco al estómago francés, y da gana

de vomitar al castellano. Ambos desconocen su idioma: cada uno entiende

la mitad, pero ninguno entiende el todo. Yo bien sé en qué consiste

esto, pero no lo quiero decir.»

22. «Lo que digo es, que con efecto los malos, los perversos, los

ridículos, los extravagantes ó los idiotas Traductores son los que

principalíssimamente nos han echado á perder la lengua, corrompiéndonos

las voces tanto como el alma; ellos son los que han pegado á nuestro

pobre idioma el mal francés, para cuya curacion no basta ni aún todo el

mercurio preparado por la discreta pluma del gracioso Fracastorio,

_unicum illum,_

_Ulcera qui jussit castas tractare Camenas._

Ellos son los que han hecho, que ni en las conversaciones ni en las

cartas familiares ni en los escritos públicos nos veamos de polvo

gálico, quiero decir, que parece no gastan otros polvos en la salvadera

que arena de la Loira, del Ródano ó del Sena, segun espolvoréan todo

quanto escriben de galicismos ó de francesadas. En fin, ellos son los

que, debiendo empeñarse en hacer hablar al Francés en castellano,

(porque al fin essa es la obligacion del Traductor,) parece que

intentan todo lo contrario, conviene á saber, hacer hablar al

Castellano en francés; y con efecto lo consiguen.»

23. «En esto son mas felices aquellos Traductores, que en realidad

son mas desgraciados. Si por su dicha y por nuestra poca fortuna

encontraron con una obra curiosa, digna, instructiva y divertida, con

ella nos echan mas á perder; porque, quanto mas curso tiene y mayor es

su despacho, cunde mas el contagio, y el daño es mas extendido. Por

ahí anda cierta obra que se comprende en muchos volúmenes, la qual,

sin embargo de ser problema entre los sabios si es mas perjudicial

que provechosa, ha logrado no obstante un séquito prodigioso: no hay

librería pública ni particular, no hay celda, no hay gabinete, no hay

ante-sala ni aún apénas hay estrado, donde no se encuentre, tanto

que hasta los perrillos de falda andan jugueteando con ella sobre

los sitiales. Cayó esta obra en manos de un Traductor capaz, hábil y

laborioso á la verdad, pero tan apresurado para acabarla quanto ántes,

que la publicó á medio traducir, quiero decir, que la mitad de ella

la dexó en francés, y la otra mitad la vertió en castellano. Olvidóse

sin duda el presuroso Traductor de que siempre se da bastante prisa

el que hace las cosas bien, y el que las hace mal haga cuenta que las

hizo muy despacio. Y qué sucedió? Lo que llevo ya insinuado: como

estos libros se han hecho ya de moda en toda España, como los leen los

doctos, los leen los semi-sabios, los leen los idiotas, y hasta las

mugeres los leen; y como todos encuentran en ellos tantos términos,

tantas cláusulas, tantos arranques y aún tantos idiotismos franceses,

que jamas havian hallado en las obras mas cultas y mas castizas de

nuestra lengua, qué juzgan? Que esta es sin duda la moda de la Corte,

y, encaprichados en seguirla en el hablar como la siguen en todo lo

demas, unos por no parecer ménos instruídos, y otros por ser en todo

monas ó monos, apénas aciertan en la conversacion con una cláusula que

no parezca fundida en los moldes de Paris.»

24. «Pocos dias ha que hablando con cierta Dama me espetó esta

gerigonza: _Un hombre de carácter tuvo la bondad de venir á buscarme

á mi casa de campaña, y por cierto que á la hora me hallaba yo en

uno de los apartamientos que están á nivel con el parterre; porque,

como el pavis es de bello mármol, y el depósito de la gran fuente cae

debaxo de él, sobre lograrse el mas bello golpe de vista, hace una

estancia muy cómoda contra los ardores de la estacion. Este hombre de

qualidad estaba penetrado de dolor, por quanto havian arrestado á un

hijo suyo, haciéndole criminal de no sé qué pretendidos delitos, que,

todo bien considerado, se reducian á unas puras vagatelas, y venia á

suplicarme tuviesse con él la complacencia de interponer mi crédito con

el Ministro, para que se le levantasse el arresto._ Iba á proseguir, y,

no teniendo ya paciencia para sufrir su algarabía, la pregunté si sabia

la lengua francesa. _Perdóneme vuestra Merced, Señor Magistral_, me

respondió al punto, _no estoy iniciada ni aún en los primeros elementos

de esse idioma todo amable_. -- Pues, como habla vuestra Merced,

la repliqué yo, un elegante francés en castellano? -- _Ha Señor!_

respondió ella: _estoy leyendo la célebre Historia de...,[23] que es un

encanto_.»

25. -- «Ya me lo daba á mí el corazon, repliqué yo; essa Historia es

sin duda una de las obras mas extraordinarias que hasta ahora se han

emprendido: la materia[24] de que trata no puede ser de mayor interés,

y los documentos en que se funda, de los quales no se desvía un punto,

son infalibles. Por esso es la única Historia, de quantas se han

escrito en el mundo, de la qual puede y debe uno fiarse enteramente,

dando un ciego assenso á todo lo que dice. Añádese á esto, que en la

lengua francesa está escrita con tanta elegancia, con tanta gracia y

con tanta dulzura, que verdaderamente embelesa; y, en tomándola en

la mano, no acierta un hombre á desprenderse de ella. No obstante

huvo grandes dificultades para permitir que corriesse en español, y

se examinó por largo tiempo la materia, pretendiendo muchos hombres

doctos que su publicacion en lengua vulgar estaba expuesta á graves

inconvenientes. Prevaleció la opinion contraria; y, aunque no sé si

se siguieron ó no los inconvenientes que se temian, á lo ménos es

visible la experiencia de uno, bastantemente perjudicial, aunque no de

aquella linea, que acaso no se esperaba. Este es la corrupcion ó el

estropeamiento de nuestra lengua, que á lo ménos en la extension es reo

principalmente el Traductor de esta obra.»

26. «Fué tan feliz en su despacho como poco dichoso en su traduccion:

quanto mayor ha sido aquel, mas se han extendido los desaciertos y los

francesismos de esta.[24] Y, como no hay pueblo ni aún rincon en España

donde esta Historia no se lea con ansia, tampoco le hay donde mas ó

ménos no se haya pegado el contagio francés de que adolece. Este ha

inficionado con mucha especialidad á las mugeres inclinadas á libros.

Como casi todas se hallan destituídas de aquellos principios que son

necessarios para discernir lo bueno de lo malo, y como todas, sin casi,

son naturalmente inclinadas á la novedad, han encontrado mucha gracia

en las voces, en las frases, en las transiciones y en los modos de

hablar afrancesados, que hierven en dicha traduccion, y no es creíble

el ansia con que los han adoptado.»

27. «Sucede á nuestras Damas Españolas con la lengua francesa, lo que

sucedió á las Latinas ó Toscanas con la griega. Teníase por vulgar

la que no empedraba de griego la conversacion, y aún llegó á tanto

la extravagancia, que entre ellas no se reputaba por linda la que no

pronunciaba aún el mismo latin con el acento ó con el dialecto áttico.

Todo lo havian de hacer á la griega: hablar, vestirse, tocarse, comer,

cantar, reir, assustarse, enojarse; en una palabra, afectaban el

aire griego en todos sus gestos, acciones y movimientos. Y esto de

qué nació? No solo del comercio de los Griegos con los Latinos, sino

principalmente del desacierto de algunos Traductores latinos, que por

ignorancia ó por capricho se empeñaron en latinizar una infinidad de

nombres griegos. Cayó esto muy en gracia á las Damas; hicieron moda

de la extravagancia, y dieron motivo á Juvenal para que justamente se

burlasse de ellas en la Sátyra sexta, quando dixo:

_Quædam parva quidem, sed non toleranda maritis._

_Nam quid rancidius, quam quod se non putat ulla_

_Formosam, nisi quæ de Tusca Græcula facta est,_

_De Sulmonensi mera Cecropis? Omnia græce,_

_Cum sit turpe magis nostris nescire latine._

_Hoc sermone pavent, hoc iram, gaudia, curas,_

_Hoc cuncta effundunt animi secreta. Quid ultra?_

_Concumbunt græce._»

28. «Si no temiera que vuestra Merced se havia de ofender, añadí á

dicha Señora, la recitaria una glosa no del todo desgraciada, que

cierto amigo mio hizo de este trozo de Juvenal, aplicándole á nuestras

Damas Españolas, ciegamente apassionadas por todo quanto ven, oyen

ó leen, como venga de la otra parte de los Pirinéos. -- _No me haga

vuestra Merced la injusticia de tenerme por tan delicada_, respondió

la Dama, _y assí puede vuestra Merced recitar con toda libertad de

espíritu esse passage_. -- Pues, con licencia de vuestra Merced,

continué yo, la glosa de mi amigo sobre nuestras Españolas á la

francesa dice assí:

Otros defectos tienen no crecidos,

Mas serán unas bestias los maridos,

Si los sufren y callan;

Pues, quando piensan se hallan

Con muger Andaluza ó Castellana,

Sin sentir, de la noche á la mañana,

Se les volvió en Francesa,

Por quanto dicen que la moda es essa.

Amaneció contenta con su Doña,

Y acostóse _Madama de Begoña_,

Pues, aunque su apellido es de _Velasco_,

Comenzó á causarle asco,

Quando supo que en Francia las casadas

Están acostumbradas

A dexar para siempre su apellido,

Por casarse aún assí con el marido,

Y suelen ser mas fieles con el nombre,

Las que ménos lo son con el buen hombre.

La que nació en Castilla,

Aunque sea la nona maravilla,

No se tiene por bella

Miéntras no hable como hablan en Marsella

La Manchega, Extremeña ó Campesina

Afecta ser de Orleans; la Vizcaína

Entre su _Jaincoá_ y _Echeco Andréa_

Nos encaxa un _Monsieur de Goicochéa_,

Muy preciadas de hablar á lo extrangero,

Y no saben su idioma verdadero.

Yo conocí en Madrid á una Condesa,

Que aprendió á estornudar á la francesa,

Y, porque otra llamó á un criado _chulo_,

Dixo que aquel epítheto era nulo

Por no usarse en Paris tan mal vocablo;

Que otra vez le llamasse _pobre diablo_,

Y, en haciendo un delito qualquier page,

Le reprehendiesse su _libertinage_.

Una muger de manto

No ha de llamar al Papa el Padre Santo,

Porque, quadre ó no quadre,

Es mas francés llamarle el _Santo Padre_.

Para decir que un libro es muy devoto,

Diga que tiene _uncion_, y tendrá el voto

De todas quantas gastan expressiones

Necessitadas de tomar unciones.

Al Nuevo Testamento,

(Este es el aviso del mayor momento,)

Llamarle assí es ya muy vieja usanza;

Llámase _à la dernière_ Nueva Alianza.

Al Concilio de Trento ó de Nicéa

Désele siempre el nombre de _Assambléa_;

Y, si se ofenden de esso los Maltheses,

Que vayan con la quexa á los Franceses.

Logro la dicha, es frase ya perdida;

_Tengo el honor_, es cosa mas valida.

Las honras que Usted me hace, es desacierto;

Las honras se me harán despues de muerto.

Llamar á un pisaverde _Pisaverde_,

No hay muger que de tal nombre se acuerde;

_Petimetre_ es mejor y mas usado

O por lo ménos mas afrancesado.

_Ya hize mis devociones_,

Por ya cumplí con ellas: qué expressiones

Tan cultas y elegantes!

Y no decir, como decian ántes,

_Ya rezé_, frase baxa, voz casera,

Sufrible solo en una cocinera.

_Tiene mucho de honrada_, no hay dinero

Para pagar este lenguage; pero

Decir á secas que es muger honrada,

Gran frescura, valiente pampringada!

Doña Fulana es muy amiga mia,

Esso mi quarta abuela lo decia;

Pero _ella es la mejor de mis amigas_:

Oh qué expression! Parte que hace migas

El alma en la dulzura

De esta almibaradíssima ternura.

Voy á jugar mañana,

Es frase chavacana;

_A una partida hé de assistir de juego_,

Se ha de decir, y luego

Se ha de añadir: _Ormaza_

_Tambien á otra partida va de caza_.

Oh Júpiter! para quando son los rayos?

Si esto es ser cultos, mas vale ser Payos.»

29. «Todo esto recité á la tal Señora mia, porque ya entónces lo

sabia tan de memoria como ahora; y, sin dar lugar á que hablasse otra

palabra, levanté la visita, y la dexé, á mi parecer, si no del todo

enmendada, á lo ménos un poco corrida y no tan satisfecha de sus

traducciones esguízaras ó mestizas, que nos han afrancesado nuestro

puríssimo y elegantíssimo idioma, tanto que, si ahora resucitaran

nuestros abuelos, apénas nos entenderian. Y, por no dissimular nada,

sepa vuestra Merced, que el Autor de esta satyrilla es este Señor

Eclesiástico, mi compañero y amigo, Canónigo tambien de mi santa

Iglesia.» Y al decir esto señaló con el dedo á Don Basilio, que, no

obstante su despejo, se sonrojó un si es no es.

30. Apénas lo oyó el Familiar, quando sin libertad para otra cosa le

echó los brazos al cuello y exclamó todo alborozado: «Oh, Señor Don

Basilio! Con que su Mercé tiene _engenio_ para componer unas _copras_

en verso tan aventajadas? Ya me lo daba á mí el corazon _dende_ que le

_uí_ en la mesa aquella décima de diez piés, que me quedó aturrullado.

Bien haya su Mercé que _empréa_ la _habilencia_ que Dios l’ a dado en

_golver_ por el _habra_ de nuestros traseros, y no c’ aora ha dado

en usarse una girigonza, que en mi ánima jurada no parece sino que

todos _habran_ latin. La postrera vez que fué á _Vayaolí_ á cosas de

_Enquisicion_, _uí_ á un Crérigo, que diz que era de una Cofradía que

se llama, se llama... _ansina_ como cosa de _Aca mia_, el qual estuvo

_palrando_ con un señor _enquisidor_ mas de una hora, y, aunque al

parecer _palraba_ en castellano, si le entendia un _vocabro_, se me

escapaban ciento. Bien haya la madre que le parió á su Mercé, y Dios le

dé mucha vida para _emprearse_ en tan _güenas_ obras!»

31. Como vió Don Cárlos, que no tenia de su parte el auditorio, y que

no havia que esperar se introduxesse en Campazas el castellano _á la

papillota_; temiendo por otra parte que, si duraba mas la conversacion,

le havian de hacer añicos aquellos patanes, que por tales reputaba él á

quantos no entraban en el lenguage á la moda, levantó la visita y, con

pretexto de que tenia precision de dormir aquella noche en la Bañeza,

se excusó á las muchas instancias que le hizo el Magistral para que la

passasse en su compañía; montó á caballo, y prosiguió su camino.

Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes (2 de 2) · 第 27 / 48 题