Levántase de la siesta el Magistral, y prosigue la conversacion del
Capítulo antecedente, con todo lo demas que irá saliendo.
1. A tal instante se dexó ver el Señor Magistral, despues de haver
dormido una siesta muy decente. Todos se levantaron por respeto, y los
mas se retiraron, unos á rezar, y otros á descabezar el sueño, entre
los quales asseguran varios Autores que el hermano Bartholo era el
mas necessitado. Fray Gerundio hizo tambien ademan de retirarse; pero
el Magistral le detuvo, quedando solos Tio y Sobrino, Don Basilio, y
el bueno del Familiar. Tomó un polvo el Magistral para despejarse,
estregóse los ojos, sonóse las narices, y es fama que, encarándose con
el Sobrino, le habló en esta substancia:
2. «Sin duda, Fray Gerundio, que habrás quedado muy vanaglorioso con
tu desbaratado sermon. Los aplausos de los ignorantes, la gritería de
essa pobre gente, el voto de la muchedumbre, y las aclamaciones de los
lisongeros, si ya no han sido irónicos elogios de los zumbones ó de los
malignos, te tendrán persuadido á que nos dexaste á todos assombrados.
Con efecto fué assí, y dudo que algun otro lo huviesse quedado mas que
yo; pero no de tu discrecion, ni de tu agudeza, ni de tu gracia, ni de
tu despejo, sino de tu lastimosa ignorancia, de tu juvenil osadía, de
tu raro atolondramiento, y de tu total falta de gusto y de reflexion.»
3. «Mucho me havia escrito mi amigo y tu favorecedor, el Padre Maestro
Prudencio, de tu modo de predicar; algo me apuntó de las cuerdas y
oportunas advertencias, que te havia hecho para que no malograsses tus
talentos; no me havian dicho poco algunos, que te oyeron no sé qué
plática de Disciplinantes en tu Comunidad. Todo me hizo concebir que
ibas muy descaminado; pero confiesso que no juzgué, ni aún imaginé
possible, que lo fuesses tanto. Desde el primer período de tu sermon me
huviera salido de la Iglesia, á haverlo podido hacer sin mucha nota y
sin igual tumulto ó alboroto del apiñado auditorio: este me sitió en el
confessonario, que, todo el tiempo que duró el sermon, no fué para mí
tribunal de la penitencia, sino exercicio de ella.»
4. «Llaméle sermon, y le dí un nombre muy improprio; porque ni fué
sermon ni cosa que de mil leguas se le parezca. Es dificultoso
definir lo que fué, pero veré si me puedo acercar á dar á entender
lo que concibo. Fué una escoba desatada de inconnexiones; fué una
tarabilla suelta de impertinencias y de extravagancias; fué un confuso
hacinamiento de textos y lugares de la Sagrada Escritura, ridículamente
entendidos y osadamente aplicados; fué un turbion de conceptillos
superficiales, falsos, pueriles, no solo agenos de un Orador, que en
todo debe buscar la verdad y la solidez, sino insufribles aún en un
mediano Poeta.»
5. «Dexo á un lado el intolerable abuso, la necia costumbre y el
ignorantíssimo empeño de tocar en la Salutacion aquellas que se llaman
_circunstancias_. Sé que contra esta impertinentíssima y tontíssima
costumbre te han dicho ya mas de lo que yo te puedo decir. Solo
añadiré, (por si acaso no te lo han dicho,) que ya está únicamente
reducida al ínfimo vulgo de los Predicadores, y que solo se oye
celebrada por las heces mas despreciables de los auditorios. Tú no te
contentaste con tocar las mas comunes, que suelen repiquetear otros
Oradores de tu estofa; descendiste hasta las mas menudas y ridículas,
para que llegasse hasta donde podia llegar tu extravagancia: te hiciste
cargo de tu Padre, de tu Madre, de tu Padrino, de los cohetes, de las
hogueras, del Auto sacramental, de los novillos, de los danzantes,
de sus melenas, y en fin, por no dexar ninguna impertinencia en el
tintero, hiciste circunstancia hasta de la gaita gallega. No es
menester mas que referirlo sencillamente para conocer, para palpar la
suma ridiculez. Tus mismos colores están ahora acreditando la vergüenza
que te causa solo el oírlo; pues, como tuviste valor para practicarlo?
y, lo que es mas,[19] como pudiste aplicar á cosas tan baxas los
sagrados textos?»
6. «Pero como? Como lo han hecho hasta aquí todos quantos te
precedieron, y como no puede dexar de suceder, porque no hay otro
arbitrio ni otro medio: violentando textos, desquartizando lugares,
arrastrando y aún tal vez fingiendo exóticas exposiciones, ó
construyendo las palabras de la Escritura con tanta materialidad como
pudiera el mas zafio Sayagués ó el mas rústico Batueco.»
7. «Porque fué este el primer sermon que has predicado, traxiste
aquellas palabras de San Lúcas, con que da principio á los hechos
de los Apóstoles: _primum quidem sermonem feci, o Theophile_, sin
hacerte cargo, lo primero, de que el Evangelista no trata allí de
sermones, sino del Evangelio que havia escrito, como él mismo lo dice
expressamente: _primum quidem sermonem feci de omnibus, o Theophile,
quæ cœpit Jesus facere et docere, usque in diem etc._; lo segundo,
que, aunque hablara de sermones, diria todo lo contrario de lo que
tú pretendias; porque no afirmaba que era aquel el primer sermon que
predicaba, ántes suponia que havia predicado otro ú otros, pues decia:
_el primer sermon que prediqué etc. primum quidem sermonem feci_. Pero
no, Señor; tú leíste que el Evangelista hablaba de primer sermon,
y sin mas ni mas, entendiendo materialíssimamente sus palabras, te
pareció que venian muy al intento del primer sermon que predicabas, sin
reflexionar que, una vez tolerada este grosseríssimo modo de traher las
palabras de la Escritura, no hay absurdo que no se pueda confirmar con
ellas.»
8. «De la misma manera, y aún mucho peor si es possible, aplicaste los
demas textos á tus extravagantíssimas idéas. Seria cosa interminable
si quisiera detenerme en recorrerlos todos en particular, y por esso
bastará traherte ligeramente á la memoria los mas estrafalarios. El
cotejo que hiciste del retiro de Christo al desierto con el tuyo á
la Religion, dexó de ser atrevido por passar á ser sacrílego; y la
disyuntiva que añadiste de que, bautizado Jesus, se retiró al desierto
ó el Diablo le llevó á él, fué un arrojo que quiso parecer gracia, y
vino á parar en una blasphemia. Alucináronte á tí, como á otros muchos,
aquellas palabras de que _ductus est ab spiritu_, sin advertir que no
fué el espíritu maligno, sino el Espíritu Santo, el que le conduxo
al retiro, como lo sienten los Padres Santos, y es casi evidente en
el contexto de la letra. Pero á tí te hacia al caso esta exposicion,
porque te abria camino para la otra chocarrería, de que te retiraste al
desierto de la Religion, _si ya el Diablo no te llevó á ella_. Chufleta
escandalosa, en que no es fácil decidir, si sobresale mas la impiedad ó
el descontento que muestras con tu religioso estado.»
9. «No ignoro lo que enseña Santo Thomas, hablando de la docilidad con
que debemos abrazar los consejos que son buenos, aunque las costumbres
y la intencion del que los da sean perversas. Bien sé que dice el
Santo que, aunque constara que era el Diablo el que te aconsejaba que
entrasses en Religion, debieras seguir su consejo; porque, suponiendo
que su intencion siempre seria torcida, podrias enderezarla ázia tu
mayor provecho, segun aquello de _salutem ex inimicis nostris_; pero el
angélico Doctor habla hypotética, no categóricamente. Discurre en la
suposicion de que esto sea possible, no supone que lo sea, ni mucho
ménos lo da por hecho.»
10. «Las locuras, que ensartaste para hacer lugar en la Salutacion á tu
Padrino el Licenciado Quixano, debieran conducirte á la Inquisicion,
si ellas mismas no acreditaran que competia su juício á la casa de
los Orates. Quanto dixiste de la quixada de asno con que Cain quitó
la vida á su hermano Abel, (si es cierto que executó el fratricidio
con este instrumento,) quanto disparataste sobre la famosa quixada de
Sanson, y quantas boberías historiales fingiste sobre las armas de los
Quixanos y de los Quixadas, familias á qual mas ilustres en el Reino de
Leon, te harian reo de dos gravíssimos delitos, si no los disculpara
tu sandez, ignorancia y bobería. Los esclarecidos individuos de una y
otra nobilíssima familia se reirán de tu necedad, ó se compadecerán
de tu desbarato, y nunca tendrán por assunto digno de su quexa que un
simple como tú forge despropósitos, que no son capaces de obscurecer su
esplendor.»
11. «Si vuelvo los ojos al estrafalario assunto que tomaste, apénas
hallo términos para explicar lo que concibo: _Campazas es el solar
de la Eucharistía, y assí, ó no hay Sacramento en Campazas, ó no hay
en la Iglesia fé_. A quien sino á tí pudo venir al pensamiento tan
furioso desatino? Puedo preguntarte lo que un Duque de Toscana preguntó
á cierto Poeta, que le presentó un poema con grande satisfaccion de
que le havia de assombrar, y con no menor confianza de que se lo
havia de pagar bien: _Dicami per Dio, dove pigliò questo acervo di
pazzie e questa farragine di minchionerie?_ _Dígame por Dios, donde
encontró este monton de necedades y este fárrago de despropósitos y de
boberías_.»
12. «A un assunto tan exótico precisamente havian de corresponder unas
pruebas tan exóticas como él; porque una proposicion extravagante no
se puede confirmar con razones que no lo sean. _Es Campazas el solar
de la Eucharistía_, porque la materia remota de este Sacramento es el
pan y el vino, que nacen en los campos, de donde se deriva el nombre
de Campazas? Por essa regla el Sacramento de la Eucharistía será
originario de toda tierra de pan y vino llevar; y no tendrá mas derecho
Campazas á ser la alcurnia de este augusto Sacramento, que Campomayor,
Campoverde, Camposanto, Campo del Villar, y, en fin, toda tierra y
lugar de _Campos_ que tenga este nombre por delante ó por detras, como
Medina del Campo, Villanueva del Campo, Morales de Cámpos, etc. Por el
mismo principio, el solar de la Extrema Uncion será todo país donde
haya aceite; el del Bautismo, donde haya agua; y el de la Penitencia,
todo el mundo, porque en todo él se usan pecados, que son su materia
remota.»
13. «De el mismo calibre es el otro despropósito, conviene á saber
que _ó hay Sacramento en Campazas_, _ó no hay en la Iglesia fé_. Qué
quisiste decir con esto? Que la fé de la Iglesia Cathólica dependia de
que huviesse Sacramento en Campazas? Terrible locura! Tanto depende
la fé de la Iglesia Cathólica de que haya ó no haya Sacramento en
Campazas, como de que le haya ó le dexe de haver en Londres ni en
Constantinopla. No te tengo por tan mentecato como todo esso; quisiste
sin duda significar, (pareciéndote que decias una gran cosa,) que, si
no era verdad que havia Sacramento en Campazas, puesta allí la materia
y la forma por Ministro competente y con la debida intencion, tampoco
era verdad que le havia en Roma ni en parte alguna de la Iglesia de
Dios. Pero vén acá, simple; no conoces que essa es una insulsíssima
perogrullada, y que lo mismo se puede decir de la mas infeliz alquería
donde entre el divino Sacramento? Salvo que seas tan páparo como el
otro charro que, haviendo visto los magníficos monumentos de Sevilla,
dixo muy satisfecho: _los munimentos buenos son; pero Sacramento como
el de mi lugar no le hay en todo el mundo_.»
14. «Sabes de donde nace este disparatado modo de discurrir, y essas
proposiciones, parte heréticas, parte absurdas y parte malsonantes, que
echas á borbotones? Pues, no es otro el principio sino el lastimoso
desprecio que hiciste de la dialéctica, de la philosophía y de la
theología, persuadido neciamente á que no las havias menester para ser
gran Predicador. Ya estoy informado de lo que trabajaron tus Prelados y
otros hombres sabios y zelosos por desvanecerte este grossero error de
la cabeza, y tambien lo estoy de que todo fué inútilmente. No presumo
tanto de mis fuerzas, que me lisongée de poder conseguir lo que ellos
no lograron, y mas quando, separado ya de los estudios, parece fuera de
sazon la doctrina que voy á darte. No obstante, por no quedar con esse
remordimiento y porque puede ser te haga mas fuerza lo que te dice un
Tio tuyo, que te ama de corazon y que está ó debe estar tan práctico
en la materia como yo, (porque al fin no tengo otro oficio en mi Santa
Iglesia,) te expondré con toda la brevedad y con toda la claridad
que me sea possible, no ya mi dictámen particular, sino el universal
de todos quantos enseñan á formar un perfecto Orador, pues, si fuere
tan feliz que te hagan fuerza mis razones, aunque hayas dexado de ser
discípulo de los Lectores en el aula, puedes serlo de los libros en la
celda.»
15. «Ciceron dice, que es impossible haya perfecto Orador sin que sea
perfecto dialéctico, añadiendo que sin dialéctica conoció á muchos
loquaces, á muchos habladores, pero á ningun eloquente: _disertos se
vidisse multos, eloquentem omnino neminem_; y él mismo afirma de sí
que, si es que llegó á ser Orador, no aprendió este oficio en las
escuelas de los Rhetóricos, sino en las Academias ó Universidades
de los Philósophos: _fateor me Oratorem, si modo sim aut quicumque
sim, non ex Rhetorum officinis, sed ex Academiæ spatiis extitisse_.
Demósthenes, Quintiliano, Longino y todos los demas Maestros de la
Oratoria convienen en el mismo principio: la razon de él salta á los
ojos; porque, siendo todo el fin del Orador convencer, persuadir y
mover, no puede convencer sin discurrir bien, y no puede discurrir bien
si ignora el arte de hacerlo con acierto; aquel que enseña á discernir
lo brillante de lo sólido, lo real de lo aparente, lo superficial de lo
profundo, lo probable de lo cierto, y el sophisma de la demonstracion.
Tal es la verdadera dialéctica.»
16. «Otra hay, no solo inútil, sino perniciosa á todo buen Orador;
pero mucho mas al Orador christiano y evangélico. Esta es aquella
dialéctica, eterna disputadora de todo, quisquillosa, bachillera,
sophística y cavilosa, como la llama Quintiliano: _dialectica
cavillatrix_;[20] aquella que hace gala de sutilizar, de refinar, de
methaphysiquear sobre todos los assuntos; aquella que se evapora en
sutilezas, se exhala en pensamientos volátiles, y se quiebra ó se
confunde en su misma delicadeza; aquella que se complace en representar
lo falso como verdadero, en dar cuerpo á la sombra, y realidad á la
apariencia; aquella que hace profession de vender oropel por oro,
sophismas por evidencias, y trampantojos por demonstraciones; aquella,
en fin, que desquartiza, que hace gigote el objeto que toma entre
manos, en lugar de dividirle para aclararle ó para comprenderle. Esta
dialéctica no solo es indigna de un Orador, sino de un hombre de bien,
porque solo puede conducir para alucinar, mas no para encontrar la
verdad, ni mucho ménos para persuadirla.»
17. «La dialéctica no solo conveniente, sino absolutamente necessaria á
todo buen Orador, es aquella sútil á la verdad, pero viva y penetrante,
que discierne con seguridad lo verdadero de lo falso, distinguiendo
con precision y con exactitud lo que es proprio del assunto y lo
que es forastero á él; aquella que reconoce con toda claridad las
partes que constituyen el todo, y sabe distribuirlas, ordenarlas y
disponerlas con la union, órden y méthodo que deben observar entre sí;
aquella que divide con destreza la materia, pero sin hacerla añicos,
ni desmenuzarla en partes tan delicadas que apénas las percibe la
vista mas perspicaz; aquella que va siempre derecha á su objeto y
á su fin, sin perderle jamas de vista, ni divertirse á episodios ó
digressiones extrañas, que hacen olvidar el objeto principal, cansando
la atencion hasta llenarla de fastidio; aquella que da al discurso una
justa libertad, sin violentarle ni oprimirle, y, desviando de las
expressiones todo sentido equívoco ú obscuro, las dexa imprimir en
el entendimiento una idéa clara, limpia y precisa de lo que quieren
decir; aquella que dispone con tan bello órden y con tanta naturalidad
todas las proposiciones del discurso, que parezcan como nacidas unas de
otras, y, subiendo insensiblemente á los primeros principios, deduce de
ellos unas consequencias necessarias, naturales y evidentes; aquella
que descarta siempre toda prueba que no sea concluyente é invencible;
aquella, en fin, que sabe unir todo el discurso como en un solo punto,
para que haga mas viva y mas pronta impression en el ánimo de el que le
oye, porque de una sola ojeada le entiende, le comprende, le penetra.»
18. «Esta es la dialéctica necessaria á todo buen Orador; esta es
aquella ciencia de los Philósophos, sin la qual, dice Ciceron, es
impossible que un hombre sea verdaderamente eloquente; porque sin ella,
como ha de discernir en las cosas el género de la especie? como ha de
acertar á explicarlas ni á definirlas? como ha de distinguir lo falso
de lo verdadero? como ha de inferir las consequencias legítimas, evitar
las contradicciones, cautelarse contra los equívocos y desembarazarse
de las ambigüedades? Como es possible que sin ella sepa hablar con peso
y con penetracion de las obligaciones de la vida civil, de la virtud,
de las costumbres, etc.?»
19. «A vista de esto, qué quieres que diga de tí y de otros
Predicadores ó, por mejor decir, de otros cómicos, representantes,
charlatanes y habladores, tan ignorantes como tú, que hacen un sumo
desprecio del estudio de la philosophía, (comprendida en el nombre
de la dialéctica,) teniendo por tiempo perdido el que se empléa en
aprenderla, por juzgarla absolutamente inútil para la oratoria, y
que como tal debe abandonarse á las cavilaciones y á las disputas de
la escuela? Cabezas desahuciadas, entendimientos infelices, ingenios
atolondrados, que presumen caminar seguros sin luz en medio de las
tinieblas, no advirtiendo que por precision han de dar tantos tropiezos
como passos, faltándoles aquella arte á quien el mayor Orador del
mundo llamó _la máxima entre todas las artes_, porque ella es la luz
que dissipa la confusion y la obscuridad de todas las demas: _Hic_
(Servius) _attulit hanc artem omnium maximam, quasi lumen ad ea, quæ ab
aliis confuse dicebantur. -- Dialecticam mihi videris dicere. -- Recte,
inquam, intelligis._»
20. «Pero, si la dialéctica es de una indispensable necessidad para
la oratoria christiana, no lo es ménos la sagrada theología. Y si no,
dime, qué cosa es ser Theólogo? Es ser un hombre, cuya profession le
enseña á hablar bien y con propriedad de Dios y de sus atributos,
exponiendo las verdades de la Religion, explicando sus mysterios, y
distinguiendo las verdades reveladas de las opinables, con bastante
instruccion para combatir los errores, discernir la naturaleza de las
virtudes, y penetrar assí la naturaleza como la diferencia de los
vicios; es ser un hombre muy versado en la Sagrada Escritura y en la
inteligencia de su verdadero y legítimo sentido, para sacar de aquel
fondo inagotable pruebas eficaces y vigorosas que confirmen lo que
dice; un hombre noticioso de la antigüedad, informado de la Historia
eclesiástica, bien instruído en Padres y en Concilios. Esto es ser
Theólogo. Y ser Predicador, que será? Es ser todo esto y algo mas;
porque es poseer todas essas noticias y, sobre ellas, destreza para
usarlas, eloquencia para persuadirlas y talento para representarlas. De
donde se infiere concluyentemente, que puede uno ser gran Theólogo sin
ser gran Predicador, pero es impossible que sea gran Predicador sin ser
gran Theólogo.»
21. «Y si á esto se añade la grande diferencia de theatros en que uno
y otro han de exercer su profession, y la suma distancia de el modo
con que entrambos la exercitan, es preciso quedes convencido de que
el Predicador ha de ser mas Theólogo que el Theólogo mismo. Y si no,
dime: en qué theatro ó en qué auditorio tiene que enseñar el Theólogo
las verdades de la Religion? En una aula reducida y á un puñado de
discípulos, por lo comun despejados, jóvenes, instruídos ya en otras
facultades, libres de toda preocupacion, y no solo sin embarazo, pero
con positiva disposicion para abrazar las verdades en que se les quiere
imbuir, oyendo á sus Maestros como oráculos. Y qual es el theatro y el
auditorio del Predicador? O un templo muy capaz, ó tal vez las plazas
y los campos cubiertos de una immensa multitud, que se compone de
todo género de gentes, de niños, de viejos, de hombres, de mugeres,
de sabios, de ignorantes, de rudos, de ingeniosos, de dóciles, de
duros, y en fin, por lo general preocupados casi todos contra lo que
el Predicador los intenta persuadir. Para qual de los auditorios se
necessitará mas caudal de sabiduría y mas abundancia de doctrina?»
22. «Junta á esto el diversíssimo modo con que deben enseñar el
Predicador y el Theólogo: á este le basta hacerlo de una manera
abstrahida, seca y poco inteligible, ó inteligible solo á unos
entendimientos cultivados y hechos ya á comprehender otras verdades
sútiles, delicadas y metaphýsicas, inaccessibles á los mas, y
accessibles para pocos. Pero el Predicador debe enseñar de un modo
claro, perspicaz, inteligible á todo el mundo, proporcionado á las
idéas comunes, de manera que igualmente le comprehenda el plebeyo
que el noble, el rústico que el cultivado, el rudo que el capaz, el
ignorante que el sabio; proponiéndolo de suerte que al incrédulo
le convenza, al dissoluto le aterre, al obstinado le ablande, y, en
fin, á todos los persuada y los mueva. Para esto, claro está que es
indispensablemente necessario que el Predicador tenga en cierto modo
un conocimiento casi intuitivo de las verdades y de los mysterios de
la Religion, esto es, que los comprehenda todo quanto es possible
comprehenderlos en esta vida; que en fuerza de su profunda meditacion
los domine y sea dueño absoluto de manejarlos á su voluntad, para
proponerlos de mil formas, figuras y maneras. Y qué Predicador sabrá
hacer esto, si no es mas Theólogo que el Theólogo mismo? Y quien
merecerá el nombre de Predicador, si no sabe hacerlo?»
23. «Mereceránle aquellos Predicadores que, quando tienen que predicar
de algun mysterio, como del Sacramento, de la Trinidad, de la venida
del Espíritu Santo, su mayor cuidado es huir de él, por no engolfarse
en aquel abysmo, dexar el mysterio á un lado, y contentarse con
proponer algun punto moral, unas veces deducido naturalmente de la
meditacion del mismo mysterio, pero las mas arrastrado y como trahido
por fuerza? Bueno es lo primero, mas no basta, ni cumple con su
obligacion el Predicador, el qual debe al auditorio la explicacion de
nuestros mysterios, no atada ni seca ni descarnada, ni mucho ménos que
sepa á escuela y á cartapacio; sino libre, jugosa, llena de fuego, con
aquella buena disposicion que pide el púlpito y la oratoria.»
24. «Mereceránle los otros que, por el lado contrario, rebentando de
Theólogos y regoldando á Escolásticos, suben al púlpito como pudieran
á la cáthedra, y hacen una leccion de oposicion en lugar de sermon,
con sus sentencias, con sus pruebas, con sus argumentos; confundiendo
en los mysterios lo que es de fé con lo que no lo es, lo cierto con lo
dudoso, lo infalible con lo opinable, sin advertir que al pueblo no
se le ha de proponer _el como_, sino _el qué_, ni en los sermones se
debe hacer lugar á puntos contenciosos, sino á los indubitables, segun
aquella gran máxima del Apóstol: _Mis sermones son fieles y verdaderos,
porque en ellos no se tratan materias que estén sugetas á opiniones de
sí y de no: Fidelis Deus, quia sermo noster, qui fuit apud vos, non est
in illo est et non est_?»
25. «Mereceránle aquellos Predicadores inconsiderados, indignos de que
se les permita exercitar el sagrado ministerio, que para explicar los
mysterios mas venerables se valen de las idéas mas ridículas, como
aquel que, predicando al Sacramento en la domínica infra-octava del
Córpus, con el Evangelio de _la Cena magna_, tuvo osadía para tomar por
assunto, que el Sacramento era _la Cena sin sol, sin luz y sin moscas_,
que no sé como no le llevaron á la Casa de la Misericordia, ya que por
insensato le perdonasse el Santo Tribunal? Y el otro que, predicando al
mismo mysterio, porque el Mayordomo se llamaba _Fulano Maestro_, y la
Mayordoma _Citana Largo_, escogió por idéa de su sermon, que Christo
en el Sacramento _era el Maestro Largo_: puerilidad (por no decir otra
cosa peor,) que debiera ser castigada con quitarle las licencias de
predicar _in perpetuum_.»
26. «Estos, son Theólogos ó Predicadores, ó no son sino Orates mal
dissimulados, y mucho peor consentidos? Sin ser Theólogo es impossible
pintar el vicio con aquellos colores vivos y proprios que le hagan
aborrecible; porque no se puede conocer su naturaleza, su essencia,
sus propriedades, sus diferencias, su deformidad, sus resultas, sus
efectos y sus consequencias. Sin ser Theólogo no es possible descrivir
la virtud de modo que enamore, que hechice, que mueva á abrazarse y
practicarse, atreviéndome á decir, que el que no se huviere hecho dueño
del excelente _Tratado_, de Santo Thomas, _sobre las virtudes y los
vicios_, apénas sabrá pintar la hermosura de aquellas ni la fealdad de
estos con los colores vivos y naturales que les corresponden.»
27. «Sin ser Theólogo ninguno podrá explicar acertadamente un solo
precepto del Decálogo, porque no sabrá determinar su extension ni sus
obligaciones, y confundirá lo que es de perfeccion ó de puro consejo
con lo que es de necessidad y de precepto. Expondráse á dar tantos
tropiezos como passos, ó extendiendo sus límites mas de lo justo ó
estrechándolos mas de lo conveniente; unas veces imponiendo á las almas
cargas que no deben llevar; otras, exonerándolas temerariamente de las
que tienen obligacion á sufrir; y siempre incurriendo en la terrible
amenaza que fulmina Dios contra aquellos, que por su antojo ó por su
ignorancia aumentan ó disminuyen á lo que está escrito en el libro de
la Ley: _Si quis apposuerit ad hæc, et si quis diminuerit de verbis
libri, auferet Deus partem ejus de libro vitæ_.»
28. «De aquí podrás inferir, quanto desbarran en el verdadero concepto
que debieran formar de la Oratoria christiana aquellos Predicadores
inconsiderados y aturdidos que, para excusar ciertas proposiciones
arrojadas, temerarias, hyperbólicas, ó ciertos conceptillos que llaman
predicables, sútiles y delicados en la apariencia, pero falsos y sin
substancia en la realidad, responden con grande satisfaccion que
hablaron _more concionatorio, et non scholastico_, como Predicadores y
no como Theólogos; añadiendo, como por chiste y por gracejo, que _el
púlpito no tiene poste_,[21] esto es, que no se arguye ni se replica
contra lo que se dice en el púlpito.»
29. «Si les parece que responden algo, tengan entendido que no pueden
echar mano de despropósito mayor. Quien les ha dicho que la cáthedra
del Espíritu Santo pide ménos peso, ménos solidez, ménos miramiento,
que la de la Universidad? Quien les ha dicho que las proposiciones,
que se harian risibles en el aula, pueden jamas ser tolerables en el
púlpito? En aquella se examina su verdad con el mayor rigor, para que
pueda despues exponerse en este con la mas segura certidumbre. Es
cierto que _el púlpito no tiene poste_, que no se arguye ni se replica
contra lo que se dice en él; pero por qué? Porque nada se debe decir en
el púlpito que admita réplica, disputa ni argumento.»
30. «Pero, quando insisto tanto en que no es possible que sea buen
Predicador el que no fuere buen Theólogo, no pretendo que suba el
Predicador al púlpito á hacer vana ostentacion de que lo es: _dicen
los Theólogos_; _saben los Theólogos_; _ya me entiende el Theólogo_;
_vaya esto para el Theólogo_, etc.; cosa ridícula, vanidad pueril, que
hace despreciable al que la usa para todo hombre de juício que le oye.
Si no se conoce que eres Theólogo sin que tú lo digas, solo un pobre
mentecato creerá que lo eres sobre tu palabra. Essos regüeldos podrán
alucinar á los páparos, pero causan bascas á todo hombre advertido y de
razon. En el púlpito no se trata de lo que sabe el Theólogo, sino de lo
que todos deben saber; y, siempre que dices algo que no vaya igualmente
para la vejezuela mas simple que para el Theólogo mas perspicaz, por
rebentar de Theólogo dexaste de ser Predicador.»
31. «Supuesto que es tan necessaria la theología, la philosophía
ó la dialéctica para la oratoria, tú, que no eres Dialéctico ni
Philósopho ni Theólogo, como has de predicar? Tú, que no has visto los
Concilios, los Padres y los Expositores, sino que sea por el forro,
(y aunque los vieras por adentro, seguramente no los entenderias,)
como has de predicar? Tú, que ni de los mysterios ni de los preceptos
del Decálogo, ni de los de la Santa Madre Iglesia, ni de los vicios
ni de las virtudes, sabes mas que lo que enseña el Catecismo, como
has de predicar? Dirás que leyendo buenos sermonarios. Y como has
de saber quales son buenos y quales son péssimos; quales se deben
imitar y quales abominar de ellos, especialmente quando entre tanta
peste de estos escritos como tenemos en España, apénas hay dos ó tres
Autores que puedan servir de modelo? Responderás que oyendo á buenos
Predicadores. Y donde has de ir á buscarlos? te parece que hay tanta
abundancia de ellos en este siglo? No obstante, ya algunos van abriendo
los ojos y procuran tambien abrírselos á otros: ya van entrando por
el camino derecho y solicitan con glorioso empeño, que otros entren
igualmente por él; ya se oyen en España algunos Predicadores, (no son
muchos por nuestros pecados,) que se oirian sin vergüenza, y acaso
con envidia, en Versalles y en Paris. Pero por donde has de saber
discernirlos tú, ni mucho ménos tomarlos el gusto? Tú, que en todo
le tienes tan perverso, que á guisa de escarabajo racional te tiras
siempre á lo peor de lo peor; tú que, á lo que infiero del disparatado
sermon que acabo de oírte, tanto te has pagado de un maldito
_Florilegio_, que anda por ahí para vergüenza immortal de nuestra
nacion y para que se rian de ella á carcajada suelta todos aquellos que
nos quieren mal; tú...»