conmigo y no con Pluto.
CREMILO.
Debe ser muy modesto el hurtar y el horadar paredes.
BLEPSIDEMO.
¿Quién lo duda? Todas esas cosas se hacen escondiéndose. ¿Quieres más
modestia?
LA POBREZA.
Fíjate en lo que pasa con los oradores: mientras son pobres, son justos
con la república y el pueblo; pero en cuanto se enriquecen a costa del
Estado, se hacen injustos, venden a la multitud y atacan al gobierno
democrático.
CREMILO.
Tus cargos son exactos, aunque tu lengua sea viperina; pero no te
ensoberbezcas por eso, que te has de arrepentir del temerario arrojo
con que pretendes probarnos las ventajas de la pobreza.
LA POBREZA.
Como no puedes refutar mis argumentos, alborotas y dices necedades.[591]
CREMILO.
¿Cómo, pues, huyen todos de ti?
LA POBREZA.
Porque mejoro sus costumbres. Más claramente vemos lo mismo en los
muchachos; huyen de sus padres, que solo anhelan su dicha. ¡Tan difícil
es distinguir lo que es justo!
CREMILO.
Dirás también que Júpiter no sabe distinguir lo que es bueno, porque
tiene riquezas.[592]
BLEPSIDEMO.
Y nos envía la pobreza.
LA POBREZA.
¡Qué telarañas tenéis en los ojos, carcamales del siglo de
Saturno![593] Júpiter también es pobre; y voy a probároslo. Si fuese
rico, ¿cómo en los juegos olímpicos por él establecidos, al reunir
cada cinco años toda la Grecia, había de contentarse con dar a los
vendedores una sencilla corona de olivo? De oro se la daría, si fuese
rico.
CREMILO.
Prueba eso mismo la grande estimación en que tiene las riquezas. Por
economía, por evitar gastos, regala a los vencedores coronas de ningún
valor, y se guarda las riquezas.
LA POBREZA.
Mil veces más vergonzosa que la pobreza es esa avaricia sórdida o
insaciable que le supones.
CREMILO.
¡Que Júpiter te confunda con tu corona de olivo!
LA POBREZA.
¡Atreverse a decir que la pobreza no es el manantial de todos los
bienes!
CREMILO.
Preguntemos a Hécate[594] qué es mejor: ser rico, o indigente; por
orden suya, todos los que viven con desahogo ofrecen mensualmente una
comida, y los pobres se la arrebatan antes de haberla servido. Así,
vete al infierno y no chistes más palabra, porque no me convencerás
aunque me hayas convencido.
LA POBREZA.
«¿Oís lo que dice, habitantes de Argos?»[595]
CREMILO.
Invoca a Pauson, tu comensal.[596]
LA POBREZA.
¡Triste de mí! ¿Qué haré?
CREMILO.
Irte al infierno, y quitarte pronto de delante.
LA POBREZA.
¿Adónde iré?
CREMILO.
A la horca; pero, ¡pronto, pronto!
LA POBREZA.
Algún día me llamaréis.
CREMILO.
Entonces volverás; ahora márchate. Prefiero ser rico, mal que te pese.
BLEPSIDEMO.
Y yo, por Júpiter, en cuanto me enriquezca quiero comer espléndidamente
con mi mujer y mis hijos, salir del baño limpio y reluciente, y reírme
en las barbas de los trabajadores y la pobreza.
* * * * *
CREMILO.
Por fin se fue esa condenada. Llevemos al dios cuanto antes al templo
de Esculapio, para que se acueste en él.
BLEPSIDEMO.
Sin perder un instante, no venga algún otro a impedirnos hacer todo lo
necesario.
CREMILO.
¡Eh!, Carión, es preciso traer las colchas, y llevar a Pluto como el
ritual prescribe; no se te olvide nada de lo que hay preparado.[597]
CORO.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
CARIÓN.
¡Ancianos que en las fiestas de Teseo[598] empapáis mendruguillos de
pan en la salsa de los pobres, cuán grande es vuestra felicidad! ¡Qué
afortunados sois vosotros y todos los hombres de bien!
CORO.
¿Qué ocurre, buen amigo? Pareces portador de una noticia agradable.
CARIÓN.
¡Qué dicha la de mi amo, o, por mejor decir, la de Pluto! Era ciego y
ha recobrado la vista; sus ojos lanzan brillantes destellos, gracias a
la solicitud de Esculapio.
CORO.
¡Oh gratísima nueva! ¡Oh colmo de felicidad!
CARIÓN.
Es preciso alegrarse aunque no se quiera.
CORO.
Con resonante voz celebraré al hijo del ilustre Júpiter, a Esculapio,
astro que vivifica a los mortales.
* * * * *
LA MUJER DE CREMILO.
¿Qué significan esos gritos? ¿Hay alguna buena noticia? Te esperaba
dentro de casa, llena de impaciencia.
CARIÓN.
Pronto, pronto, saca vino, señora mía; también tú beberás: ya sabemos
que te gusta. Te traigo en compendio todos los bienes.
LA MUJER.
¿Dónde están?
CARIÓN.
En mis palabras, lo vas a ver.
LA MUJER.
¡Vamos! Acaba de explicarte.
CARIÓN.
Escucha, pues: voy a contarte todo el negocio desde los pies a la
cabeza.
LA MUJER.
¿A la cabeza?[599] No, cuidado con ella.
CARIÓN.
Luego no aceptas los bienes que se te meten en casa.
LA MUJER.
Lo que no quiero son negocios.[600]
CARIÓN.
En cuanto llegamos al templo con el dios, entonces tan miserable y
ahora dichoso y feliz como ninguno, nuestro primer cuidado fue llevarle
al mar y en seguida bañarle.[601]
LA MUJER.
¡Por Júpiter! ¡Vaya una felicidad! Meter a un viejo en agua fría.[602]
CARIÓN.
Luego volvimos al santuario de Esculapio, y colocamos sobre el altar
tortas y otras ofrendas, entregamos harina de flor a la devoradora
llama de Vulcano, acostamos a Pluto con las solemnidades de costumbre,
y después cada cual se arregló un lecho de hojas.
LA MUJER.
¿Había más gente implorando al dios?
CARIÓN.
Un tal Neóclides,[603] ciego, pero que en robar aventaja a los de mejor
vista, y otros muchos atacados de toda clase de enfermedades. Después,
el sacerdote apagó las lámparas y nos mandó dormir, encargándonos
el silencio, aunque oyésemos cualquier ruido. Todos nos acostamos
tranquilamente. Pero yo no podía conciliar el sueño: una olla de
puches, colocada a la cabecera de una vieja, me tentaba el apetito, y
deseaba ardientemente darle un asalto. En esto, levantando los ojos,
veo que el sacerdote despojaba de tortas e higos secos la sagrada mesa.
Después giró una visita de inspección a todos los altares, y cuantos
panes habían quedado en ellos, se los guardó santamente en un saquito.
— Convencido de lo religioso de la ceremonia, depuse ya todo escrúpulo
y avancé hacia la olla.
LA MUJER.
¡Ah grandísimo canalla! ¿No temías al dios?
CARIÓN.
Sí, temía que con sus coronas llegase a la olla antes que yo; su
sacerdote me había abierto los ojos. La viejecita, al oír un ruido,
extendía ya la mano para apartar la olla; entonces yo, imitando a
la serpiente pareas,[604] di un silbido y la mordí. La vieja retiró
vivamente la mano; se acurrucó en su lecho, se tapó con la colcha
y lanzó de miedo un flato más pestilente que el de una comadreja.
Entonces yo me atraqué de puches, y volví bien repleto a mi cama.
LA MUJER.
Y el dios, ¿no aparecía?
CARIÓN.
Aún no. Luego hice otra de las mías: al acercarse el mismo Esculapio
solté una estrepitosa descarga, pues tenía el vientre lleno de aire.
LA MUJER.
¡Sin duda le darías asco!
CARIÓN.
¡Ca! Yaso,[605] que le seguía, fue quien se ruborizó, y Panacea[606]
se apartó tapándose las narices, porque yo no huelo a incienso.
LA MUJER.
¿Y el dios?
CARIÓN.
No hizo caso.
LA MUJER.
De modo que le crees un grosero.
CARIÓN.
No; le creo aficionado a la basura[607] y nada más.
LA MUJER.
¡Ah, bellaco!
CARIÓN.
Después me metí en el lecho lleno de temor; el dios giró su visita,
examinando con orden e interés a todos los enfermos, y luego un esclavo
le trajo un matraz de piedra con su mano correspondiente y una cajita.
LA MUJER.
¿De piedra?
CARIÓN.
¡Por Júpiter! La caja no.
LA MUJER.
Pero, bribón, ¿cómo podías verlo si estabas tapado?
CARIÓN.
Por los agujeros del manto, que no son pocos a fe mía. Lo primero
que preparó fue un ungüento para Neóclides; puso en el matraz tres
cabezas de ajos de Tenos,[608] y las majó mezclándolas goma y cebollas
albarranas; humedeció la masa con vinagre de Esfeto,[609] y se la
aplicó al paciente sobre los ojos, habiéndole vuelto antes los párpados
para que fuese el dolor más vivo. Neóclides grita, aúlla, salta del
lecho y quiere huir; pero el dios le dijo sonriendo: «Quédate ahí
con tu ungüento; así no podrás presentarte en la asamblea y hacerla
cómplice de tus perjurios.»
LA MUJER.
¡Qué amante de la república y qué discreto es ese dios!
CARIÓN.
Después se sentó junto al lecho de Pluto: tocole primero la cabeza;
luego le limpió los párpados con un lienzo muy fino; Panacea le cubrió
el cráneo y toda la cara con un velo de púrpura; por último, Esculapio
silbó, y dos inmensas serpientes se lanzaron del fondo del santuario.
LA MUJER.
¡Soberanos dioses!
CARIÓN.
Deslizáronse suavemente bajo el velo de púrpura, y a lo que me
pareció, le lamieron los párpados, y en menos tiempo que el que tú
necesitas para beberte diez cótilas de vino, Pluto, señora mía, se
levantó con vista ya. Loco de júbilo, palmoteé y desperté a mi dueño:
el dios y las serpientes se escondieron al punto en el interior
del santuario. Pero los que tenían sus lechos junto al de Pluto le
abrazaron con indescriptible cariño, y estuvieron despiertos toda la
noche hasta que amaneció. Yo daba al dios las gracias más expresivas
por haber sanado tan pronto a Pluto y aumentado la ceguera de Neóclides.
LA MUJER.
¡Oh Esculapio, qué grande es tu poder! Pero, dime, ¿dónde está Pluto?
CARIÓN.
Ya viene. Pero le rodeaba una inmensa multitud. Los hombres de bien,
reducidos hasta ahora a una existencia mezquina, le abrazaban y le
saludaban en la efusión del más completo regocijo: los antes ricos y
poseedores de una gran fortuna malamente adquirida, fruncían el ceño y
dejaban traslucir su temor en la inquietud de sus miradas. Los primeros
le seguían ceñidos de guirnaldas, risueños y decidores, y la tierra
resonaba bajo el acompasado andar de los ancianos. Ea, ordenad el
baile, saltad, constituid los coros; y nunca volveréis a oír al entrar
en vuestra casa la terrible frase: «No hay harina en el saco.»
LA MUJER.
¡Por Hécate! En albricias de tu buena nueva voy a ponerte una corona
de pastelillos.
CARIÓN.
No tardes, porque ya se acercan a la puerta.
LA MUJER.
Ea, voy adentro a disponer las oblaciones de costumbre para celebrar la
entrada de esos ojos recientemente adquiridos para la luz.[610]
CARIÓN.
Y yo a salirles al encuentro.
* * * * *
CORO.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
PLUTO.
¡Yo te saludo, oh sol! ¡Yo te saludo también, ínclita tierra de Palas,
generoso país de Cécrope, que me has dado hospitalidad! Me avergüenzo
de mi suerte infeliz. ¡Yo, sin saberlo, haber vivido con semejantes
hombres! ¡Yo, ignorante de todo, haber huido de los únicos acreedores a
mi amistad! ¡Ay, triste! ¡Cuán errados eran mis caminos! Pero cambiaré
de conducta, y demostraré a todos los hombres que al entregarme a los
perversos lo hice contra mi voluntad.
CREMILO.
¡Idos al infierno! ¡Qué fastidiosos son todos estos amigos que le
asedian a uno en cuanto mejora de fortuna! ¡Cómo me codean y me
martirizan las piernas a fuerza de querer demostrarme su cariño! ¿Quién
ha dejado de saludarme? ¡Qué muchedumbre de ancianos me rodeó en la
plaza!
LA MUJER.
¡Salud al más querido de los hombres! ¡Salud también a vosotros!
¡Oh Pluto, permíteme, como es costumbre, ofrecerte estos dones de
bienvenida!
PLUTO.
No. Esta casa es la primera que visito después de mi curación, y de
ella nada debo llevarme; al contrario, debo traerla mis dones.
LA MUJER.
¿Rehúsas estos regalos?
PLUTO.
Los aceptaré dentro, junto al hogar, como es costumbre. Así evitaremos
además una escena ridícula. No está bien que el poeta haga reír a los
espectadores arrojándoles golosinas e higos secos.[611]
LA MUJER.
Tienes razón. Mira, ya se había levantado Dexínico[612] para atrapar
los higos en el aire.
(_Entran todos en la casa._)
* * * * *
CORO.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
CARIÓN.
¡Qué agradable es, amigos míos, la felicidad, sobre todo cuando nada
cuesta! Un montón de bienes se ha colado de rondón en nuestra casa,
sin que hayamos hecho mal a nadie. ¡De este modo sí que es buena la
abundancia! La artesa está llena de blanca harina, y las tinajas de
rojo y perfumado vino; el oro y la plata, ¡parece increíble!, no caben
en los cofres; la cisterna se halla atestada de aceite; los frascos,
de perfumes, y el frutero, de higos. Las vinagreras, las escudillas
y las ollas son todas de bronce; de plata, las fuentes semipodridas
en que antes servíamos la pesca; en fin, hasta el sillico[613] se ha
hecho de marfil, repentinamente. Los esclavos jugamos a pares o nones
con monedas de oro, y, ¡oh refinamiento de sensualidad!, usamos para
limpiarnos[614] tallos de ajo, en vez de piedras. En este instante,
mi amo, con su correspondiente corona, está sacrificando un cerdo, un
carnero y un chivo; el humo me ha obligado a salir; no podía parar
dentro de casa. ¡Tanto me picaban los ojos!
UN HOMBRE HONRADO.
Sígueme, niño; vamos en busca del dios.
CREMILO.
¡Hola! ¿Quién va?
EL HOMBRE HONRADO.
Un hombre, hace poco infeliz y ahora afortunado.
CREMILO.
Tú eres a lo que veo un hombre de bien.
EL HOMBRE HONRADO.
Seguramente.
CREMILO.
¿Y qué deseas?
EL HOMBRE HONRADO.
Dar gracias al dios por sus inmensos beneficios. Habiendo heredado
de mi padre una fortuna bastante regular, me dediqué a aliviar las
necesidades de mis amigos, creyendo que esto era lo mejor que puede
hacerse en la vida.
CREMILO.
¿Y te arruinaste muy pronto?
EL HOMBRE HONRADO.
Por completo.
CREMILO.
¿Y quedaste en la miseria?
EL HOMBRE HONRADO.
Más completa. Yo pensaba que los amigos necesitados, a quienes había
socorrido, continuarían siéndolo en la desgracia, pero, ¡ay!, se
apartaban de mí, y fingían no verme.
CREMILO.
Y hasta se burlarían de ti; estoy seguro.
EL HOMBRE HONRADO.
Completamente. La pobreza de mi ajuar me ha perdido.
CREMILO.
Pero ya no es así.
EL HOMBRE HONRADO.
Precisamente eso me hace venir a tributar al dios una adoración
merecida.
CREMILO.
¿Y qué tiene que ver con el dios el manto agujereado del esclavo que te
acompaña?
EL HOMBRE HONRADO.
Lo traigo con intención de dedicárselo.
CREMILO.
¿Es el que llevabas cuando te iniciaste en los grandes misterios?[615]
EL HOMBRE HONRADO.
No; pero me he helado con él durante trece años.
CREMILO.
¿Y esos borceguíes?
EL HOMBRE HONRADO.
También sufrieron conmigo los rigores del invierno.
CREMILO.
¿Los traes para consagrárselos?
EL HOMBRE HONRADO.
Sí, por cierto.
CREMILO.
¡Magníficas ofrendas vas a presentar al dios!
* * * * *
UN DELATOR.
¡Ay infeliz! ¡Estoy arruinado, perdido! ¡Oh suerte tres y cuatro y
cinco y doce y diez mil veces infortunada! ¡Ay, me agobian desdichas
sin número!
CREMILO.
¡Oh Apolo preservador! ¡Oh dioses tutelares! ¿Qué desgracia le habrá
sucedido a ese hombre?
EL DELATOR.
¿No es insoportable lo que me sucede? ¡Todo lo he perdido! Ese dios me
ha despojado de todos mis bienes. ¡Oh, ya volverá a quedarse ciego, si
hay justicia en el mundo!
EL HOMBRE HONRADO.
Empiezo a comprender; es sin duda un hombre arruinado; no tiene traza
de ser de moneda corriente.
CREMILO.
Tienes razón; pero su ruina es justa.
EL DELATOR.
¿Dónde está, dónde está el dios que había prometido enriquecernos a
todos en cuanto recobrase la vista? Lo que ha hecho ha sido arruinar a
algunos.
CREMILO.
¿A quién ha maltratado de ese modo?
EL DELATOR.
A mí mismo.
CREMILO.
¿Eras, por tanto, un malhechor, un ladrón?
EL DELATOR.
Vosotros lo seréis, ¡por Júpiter! No me cabe duda de que ambos guardáis
mi dinero.
CARIÓN.
¡Por la venerable Ceres, qué insolente se presenta el delator! Debe
azuzarle el hambre.
EL DELATOR.
Vas a comparecer sin perder un instante en la plaza pública; la rueda y
el tormento te obligarán a confesar tus crímenes.
CARIÓN.
¡Mucho ojo, mala pécora!
EL HOMBRE HONRADO.
¡Oh, por Júpiter salvador, qué agradecidos deberán estar a Pluto todos
los griegos, si les libra de esta peste de delatores!
EL DELATOR.
¡Oh rabia! ¿También tú te burlas? ¡Tú eres cómplice de su robo! Y si
no, contesta: ¿de dónde has sacado ese vestido nuevo? Ayer te vi hecho
un andrajo.
EL HOMBRE HONRADO.
No te temo, gracias a este anillo que le compré a Eudemo[616] por un
dracma.
CREMILO.
No hay anillo que valga contra la mordedura de un delator.
EL DELATOR.
¿Puede haber mayor ultraje? Os burláis; pero aún no habéis dicho lo que
aquí hacéis; seguramente que no es nada bueno.
CREMILO.
Nada bueno para ti; tenlo presente.
EL DELATOR.
Vais a comer a mis expensas, por Júpiter.
CREMILO.
¡Impostor! ¡Ojalá revientes tú y tu testigo sin haberos desayunado!
EL DELATOR.
¿Podéis negarlo, bribones? Hasta aquí llega el olor de los peces y de
los asados; ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! ¡hu! (_Olfatea._)
CREMILO.
¿Hueles algo, canalla?
EL HOMBRE HONRADO.
Es el frío sin duda. ¡Cómo lleva tan raído el manto!
EL DELATOR.
¡Vive Dios! ¡Esto no puede tolerarse! ¡Burlarse de mí esa gentuza! ¡Qué
indignidad! ¡Verse tratado así un hombre honrado, un buen ciudadano!
CREMILO.
¿Tú, hombre honrado y buen ciudadano?
EL DELATOR.
Como ninguno.
CREMILO.
¡Pues bien!, responde a mis preguntas.
EL DELATOR.
¿Cuáles?
CREMILO.
¿Eres labrador?
EL DELATOR.
¿Por tan loco me tienes?
CREMILO.
¿Comerciante?
EL DELATOR.
Paso por tal, cuando me hace falta.[617]
CREMILO.
Por último, ¿has aprendido algún oficio?
EL DELATOR.
No, por cierto.
CREMILO.
¿Pues de qué vivías si no hacías nada?
EL DELATOR.
Velo sobre todos los asuntos públicos y privados.
CREMILO.
¿Tú? ¿Y por qué?
EL DELATOR.
Porque quiero.
CREMILO.
¿Cómo has de ser un hombre honrado, grandísimo ladrón, haciéndote
odioso a todo el mundo por meterte en lo que no se te importa?
EL DELATOR.
¿No ha de importarme, imbécil, el servir a mi patria con todas mis
fuerzas?
CREMILO.
¿Pues qué, el meterse en camisa ajena es servir a la patria?
EL DELATOR.
Sí, y el mantener las leyes establecidas y el no permitir que nadie las
quebrante.
CREMILO.
¿No tiene para eso la república sus tribunales?
EL DELATOR.
¿Y quién acusa?
CREMILO.
El que quiere.[618]
EL DELATOR.
Pues bien, ese soy yo; por eso todos los negocios del Estado son de mi
competencia.
CREMILO.
¡Buen magistrado, vive Dios! ¿Pero no preferirías vivir tranquilamente
sin hacer nada?
EL DELATOR.
No ocuparse de nada es vivir como un borrego.
CREMILO.
¿No quieres mejorar de vida?
EL DELATOR.
No, aun cuando me des a Pluto en persona y el silfio de Bato.[619]
CREMILO.
Quítate el vestido.
CARIÓN.
¡Eh!, a ti te dice.
CREMILO.
En seguida, descálzate.
CARIÓN.
Todo eso va contigo.
EL DELATOR.
Acérquese quien se atreva.
CARIÓN.
Yo me acerco.
EL DELATOR.
¡Oh, me desnudan en pleno día!
CARIÓN.
Consecuencias de meterse en negocios ajenos y comer a costa del prójimo.
EL DELATOR. (_A un testigo._)
¿No ves lo que me hacen? Sé testigo.
CARIÓN.
Tu testigo ha puesto pies en polvorosa.
EL DELATOR.
¡Ay! ¡Estoy solo, y cogido!
CARIÓN.
¿Ahora gritas?
EL DELATOR.
¡Ay de mí!, repito.
CARIÓN.
Alárgame ese manto destrozado y se lo pondré a este delator.
EL HOMBRE HONRADO.
No, no, está hace tiempo consagrado a Pluto.
CARIÓN.
¿Dónde podrá estar mejor que sobre los hombros de este infame bandido?
A Pluto es necesario dedicarle vestidos mejores.
EL HOMBRE HONRADO.
Y con los zapatos, ¿qué hacemos?
CARIÓN.
Voy a clavárselos en la frente, como si fuese un acebuche sagrado.[620]
EL DELATOR.
Me marcho, porque conozco que podéis más que yo; pero como encuentre
un auxiliar, siquiera sea débil como una tabla de higuera,[621] me he
de vengar de ese dios tan poderoso que, por su sola autoridad, sin
consultar previamente ni al Senado ni al pueblo, echa por tierra la
democracia.
EL HOMBRE HONRADO.
Ahora que vas cubierto con mi armadura,[622] corre a los baños, y para
calentarte, apodérate del primer puesto, que yo durante tanto tiempo he
ocupado.[623]
CREMILO.
Pero el bañero, agarrándole por donde más le duela,[624] le pondrá
bonitamente en la calle; pues a la primera ojeada comprenderá que es un
bribón. Entremos nosotros, para que adores al dios.
* * * * *
CORO.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
UNA VIEJA.
Buenos ancianos, ¿he llegado a la casa donde habita el nuevo dios, o he
equivocado el camino?
CORO.
Estás a su puerta, hermosa niña,[625] tu pregunta es oportunísima.
LA VIEJA.
Voy a llamar a alguno de la casa.
CREMILO.
No es necesario: aquí me tienes; ¿qué es lo que te trae? Habla.
LA VIEJA.
Soy víctima, amigo mío, de la acción más inicua o infame desde que ese
dios ha recobrado la vista; mi existencia es insoportable.
CREMILO.
¿Cómo? ¿Serás acaso un delator-hembra?
LA VIEJA.
No, por cierto.
CREMILO.
¿Te habrá correspondido mala letra en el sorteo para beber?
LA VIEJA.
Tú te ríes, y yo, ¡infeliz!, muero devorada por una pasión.
CREMILO.
Vamos, acaba de decir cuál es la pasión que te devora
LA VIEJA.
Escucha: yo amaba a un joven pobre; ¡pero tan hermoso, tan bien
formado, tan bueno! Todo cuanto le pedía me lo daba con la mayor
solicitud y cariño; yo a mi vez no le negaba nada.
CREMILO.
¿Y qué solía pedirte?
LA VIEJA.
Poca cosa; era conmigo lo más vergonzoso... Unas veces veinte dracmas
para comprarse un traje; otras, ocho para unos zapatos; ya me decía
que regalase túnicas a sus hermanas y un vestidillo a su madre; ya
necesitaba cuatro medimnas de trigo.
CREMILO.
No es mucho a la verdad; su discreción es admirable.
LA VIEJA.
Y aun eso, según solía decirme, no me lo pedía por vil interés, sino
por pura amistad. Por ejemplo, un vestido regalado por mí era un
constante recuerdo.
CREMILO.
Ese hombre te quería extraordinariamente.
LA VIEJA.
Pero ahora no es así. ¡Cómo se ha cambiado el pérfido! Hoy le había
enviado este pastel con otras golosinas que ves en este plato,
indicándole que a la noche iría...
CREMILO.
¿Y qué ha hecho?
LA VIEJA.
Me ha devuelto mis regalos, y además este otro pastel, con la condición
de que no pusiese los pies en su casa, añadiendo este insulto:
«Eran en otro tiempo los milesios
Varones esforzados...»[626]
CREMILO.
Pues no es tan malo el muchacho: ahora que es rico no le gustan las
lentejas;[627] antes la necesidad le obligaba comer de todo.
LA VIEJA.
Por las dos diosas te lo juro, antes estaba continuamente a la puerta
de mi casa.
CREMILO.
¿Para llevarte a enterrar?
LA VIEJA.
No, sino por el gusto de escuchar mi voz.
CREMILO.
Ya sería por ver si le dabas algo.
LA VIEJA.
Cuando estaba triste me llamaba con ternura: «patito mío, palomita mía».
CREMILO.
Y después te pediría dinero para unos zapatos.
LA VIEJA.
Habiendo ido en carro[628] a la celebración de los grandes misterios,
porque me miró por casualidad no sé quién, lo tomó tan a pecho que me
estuvo pegando todo el día. ¡Tan celoso era el pobre!
CREMILO.
Sin duda deseaba comer solo.
LA VIEJA.
Solía decirme que mis manos eran hermosísimas.
CREMILO.
Cuando le alargaban veinte dracmas.
LA VIEJA.
Que mi cutis exhalaba un olor suavísimo...
CREMILO.
Cuando le servías vino de Tasos.
LA VIEJA.
Ponderaba la ternura y brillantez de mis ojos.
CREMILO.
No era lerdo el mozo. ¡Qué bien sabía explotar a una impúdica vieja!
LA VIEJA.
Creo, por tanto, querido mío, que Pluto obra muy mal al conducirse
así, después de haber prometido su constante ayuda a las víctimas de
cualquiera injusticia.
CREMILO.
¿Qué quieres que haga? Dilo, cumplirá tu deseo.
LA VIEJA.
Es muy justo, por Júpiter, obligar al que de mí ha recibido tantos
favores, a hacérmelos a su vez: de otro modo, no es digno de disfrutar
del bien más pequeño.
CREMILO.
¿No te manifestaba su reconocimiento todas las noches?
LA VIEJA.
Pero me prometía no abandonarme jamás mientras viviera.
CREMILO.
Muy bien; pero creerá que ya no existes.
LA VIEJA.
¡Ay, amigo de mi alma, estoy consumida por el pesar!
CREMILO.
Más aún; me parece que has entrado ya en putrefacción.
LA VIEJA.
Podría pasar por un anillo.[629]
CREMILO.
Con tal que ese anillo fuese el aro de una criba.
LA VIEJA.
¿Qué veo? ahí viene el joven de quien me estaba quejando: tiene traza
de dirigirse a una orgía.
CREMILO.
Está claro: lleva, en efecto, una corona y una tea.
* * * * *
EL JOVEN.
¡Salud!
LA VIEJA.
¿Qué dice?
EL JOVEN.
Mi anciana amiga, ¡qué pronto has encanecido! ¡Es asombroso!
LA VIEJA.
¡Triste de mí! ¡Cuántos insultos!
CREMILO.
Sin duda hace mucho tiempo que no te ha visto.
LA VIEJA.
¡Mucho tiempo! Ayer estuvo conmigo.
CREMILO.
Le pasa lo contrario que a otros muchos: el vino, según parece, le
aclara la vista.
LA VIEJA.
No; siempre es un desvergonzado.
EL JOVEN.
¡Oh Neptuno, rey del mar! ¡Oh vetustas divinidades, cuántas arrugas
tiene en la cara!
LA VIEJA.
¡Eh! ¡Eh! Aparta la antorcha.
CREMILO.
Tiene razón; si le salta una sola chispa, arderá como un tronco de
olivo seco.
EL JOVEN.
¿Quieres jugar un momento conmigo?
LA VIEJA.
¿En dónde, pérfido?
EL JOVEN.
Aquí, con nueces.
LA VIEJA.
¿A qué juego?
EL JOVEN.
A adivinar cuántos dientes conservas.
CREMILO.
Yo adivinaré también; le quedan tres o cuatro.
EL JOVEN.