Vamos, te lo suplico, déjate convencer y no me abandones. No
encontrarás, por mucho que busques, un hombre mejor que yo. No, por
Júpiter, no hay otro como yo.
PLUTO.
Lo mismo dicen todos; pero en cuanto me poseen y se hacen ricos, su
perversidad no tiene límites.
CREMILO.
Es verdad, pero no todos son malos.
PLUTO.
Todos sin excepción.
CARIÓN.
Ya te volveré esa palabrita al cuerpo.
CREMILO.
Pero a lo menos debes saber las ventajas que conseguirás estando con
nosotros: préstame atención. Yo espero, con ayuda de los dioses,
curarte la ceguera y devolverte la vista.
PLUTO.
No harás tal; no quiero recobrarla.
CREMILO.
¿Qué dices?
CARIÓN.
Este hombre se complace en su infortunio.
PLUTO.
Júpiter (lo sé muy bien), en cuanto supiese que habías hecho esa
locura, me pulverizaría.
CREMILO.
¿No lo hace ya, dejándote ir a tientas expuesto a mil peligros?
PLUTO.
Lo ignoro; pero le tengo un miedo cerval.
CREMILO.
Pero dime, ¡oh el más cobarde de todos los dioses! ¿Crees que el poder
de Júpiter y sus rayos valdrían un comino si recobrases la vista,
aunque solo por poco tiempo?
PLUTO.
¡Oh, no digas eso, desdichado!
CREMILO.
Tranquilízate; yo te demostraré que eres mucho más poderoso que Júpiter.
PLUTO.
¿Yo?
CREMILO.
Sí, por el cielo. ¿Quién da a Júpiter su poder sobre los demás dioses?
PLUTO.
El dinero; porque tiene muchísimo.
CREMILO.
Y bien, ¿quién le suministra ese dinero?
CARIÓN.
Pluto.
CREMILO.
Y el mismo Júpiter, ¿a quién debe los sacrificios que se le ofrecen?
¿No es a Pluto?
CARIÓN.
Es verdad, se le pide sin rebozo la riqueza.
CREMILO.
Por tanto, siendo Pluto la causa de esos sacrificios, ¿no pudiera
darles también fin si se le antojara?
PLUTO.
¿Cómo?
CREMILO.
Ningún hombre podría en adelante ofrecer en sacrificio ni un buey, ni
una torta, ni nada absolutamente contra tu voluntad.
PLUTO.
¿Cómo?
CREMILO.
¿Cómo? Porque nadie podría comprar nada si tú no le dabas el dinero;
por consiguiente, en tu mano está el anular el poder de Júpiter el día
en que te incomode.
PLUTO.
¿Qué dices? ¿Por mí le ofrecen sacrificios?
CREMILO.
Y lo repito; cuanto hay de brillante, de gracioso y de bello entre los
hombres se te debe a ti; pues todo depende de la riqueza.
CARIÓN.
Yo, por ejemplo, soy esclavo por un poco de dinero; si hubiera sido
rico, sería libre.
CREMILO.
¿Y no sabes lo que se cuenta de las cortesanas de Corinto?[549] Cuando
se les acerca un pobre, ni siquiera le miran; pero como sea un rico, no
le hacen esperar un momento.[550]
CARIÓN.
Lo mismo hacen los muchachos; el interés y no el amor les guía.
CREMILO.
No los honrados, sino los que se prostituyen a cualquiera; los primeros
no piden dinero.
CARIÓN.
¿Pues qué piden?
CREMILO.
Uno, un buen caballo; otro, perros de caza.
CARIÓN.
Les da vergüenza exigir dinero, y mudan de nombre a su vileza.
CREMILO.
A ti se debe el nacimiento de todas las artes y de las invenciones más
ingeniosas de los hombres. Por ti, y solo por ti, uno corta cueros
sentado en su taller; otro forja el bronce; otro trabaja en madera;
otro refina el oro que de ti ha recibido; otro roba en las calles; otro
horada paredes; otro es batanero; otro lava pieles; otro las curte;
otro vende cebollas; otro, sorprendido en adulterio, sufre, por ti
también, la depilación.[551]
PLUTO.
¡Triste de mí! ¡Cuánto tiempo he estado sin saberlo!
CARIÓN.
¿No es él quien ensoberbece al gran rey?[552] ¿No es él quien convoca
a la asamblea a los ciudadanos?[553] ¿No es él quien equipa los
trirremes?[554] ¿No es él quien mantiene nuestros mercenarios de
Corinto?[555] ¿No es él quien hará desesperar a Pánfilo,[556] y con
Pánfilo al comerciante de agujas?[557] ¿No es él quien da tantos humos
a Agirrio?[558] ¿No es él quien incita a Filepsio[559] a recitar sus
fábulas? ¿No es él quien envía auxiliares al Egipto?[560] ¿No es por él
por quien Lais[561] ama a Filónides?[562] ¿No es él por quien la torre
de Timoteo?[563]...
CREMILO. (_A Carión._)
Que ojalá te aplaste. — (_A Pluto._) En una palabra, por ti se hace
todo. Tú eres la causa de todos nuestros males y de todos nuestros
bienes; tenlo entendido.
CARIÓN.
En la guerra la victoria se inclina siempre del lado donde tú pesas.
PLUTO.
¿Yo solo puedo hacer tantas cosas?
CREMILO.
Y otras muchas más, ¡por Júpiter! Así es que nadie se cansa de ti.
Todas las demás cosas llegan a saciar: el amor...
CARIÓN.
El pan.
CREMILO.
La música.
CARIÓN.
Las golosinas.
CREMILO.
Los honores.
CARIÓN.
Las tortas.
CREMILO.
La virtud.
CARIÓN.
Los higos.
CREMILO.
La ambición.
CARIÓN.
Las puches.
CREMILO.
Los grados militares.
CARIÓN.
Las lentejas.
CREMILO.
Pero de ti nunca se ha saciado nadie. Si se tienen trece talentos.[564]
se desea con mayor afán reunir dieciséis. ¿Se consignen los dieciséis?
Pues se apetecen cuarenta, y se dice que no hay con qué vivir.
PLUTO.
Me parece muy bien todo lo que decís; solo me inquieta una cosa.
CREMILO.
¿Cuál?
PLUTO.
El cómo conseguiré hacerme dueño de ese poder que decís que tengo.
CREMILO.
¡Por Júpiter! Con muchísima razón dice todo el mundo que la riqueza es
la cosa más cobarde.
PLUTO.
No, por cierto; me ha calumniado un ladrón. Habiendo penetrado un día
en mi casa, no pudo llevarse nada, porque todo lo encontró cerrado; y
en despecho llamó cobardía a mi previsión.
CREMILO.
No tengas ningún cuidado; si estás dispuesto a secundar mi empresa, te
volveré una vista más penetrante que la de Linceo.[565]
PLUTO.
¿Cómo podrás hacer eso siendo un simple mortal?
CREMILO.
Tengo buenas esperanzas por lo que me dijo el mismo Apolo agitando el
laurel de la pitonisa.
PLUTO.
¿De modo que también aquel lo sabe?
CREMILO.
Seguramente.
PLUTO.
Cuidado no...
CREMILO.
Nada temas, querido mío; yo estoy decidido, tenlo bien presente, a
conseguir mi objeto, aunque deba morir en la demanda.
CARIÓN.
Y, si quieres, yo también.
CREMILO.
Además nos ayudarán en nuestra empresa todos los hombres honrados, que
carecen hasta de un bocado de pan.
PLUTO.
¡Ay, qué pobres son esos auxiliares!
CREMILO.
No lo serán cuando se hagan ricos. — (_A Carión._) Corre a todo
correr...
CARIÓN.
¿Qué hago? Di.
CREMILO.
Llama a nuestros compañeros los labradores (estoy seguro de que los
hallarás en el campo en su penosa faena), para que vengan a participar
con nosotros de los dones de Pluto.
CARIÓN.
Voy; pero es preciso que alguno se encargue de llevar a casa este
tasajo de carne.[566]
CREMILO.
Yo me encargo de eso: corre. — Tú, Pluto, el más poderoso de los
dioses, entra conmigo en mi morada. Esa es la casa que hoy has de
colmar de riquezas bien o mal adquiridas.
PLUTO.
Pongo por testigos a los dioses de que nunca he entrado a gusto en
ninguna casa extraña; porque jamás lo he pasado bien en ninguna. Pues
si por casualidad me alojo en la habitación de un avaro, en seguida me
mete debajo de tierra, y cuando algún honrado amigo le viene a pedir
prestado un poquito de dinero, dice que jamás me ha visto. Si, al
contrario, es la de un pródigo sin juicio, me entrega al punto a los
juegos de azar y a las cortesanas, y en pocos momentos me veo en la
puerta de la calle completamente desnudo.
CREMILO.
Es que nunca has tropezado con un hombre moderado como yo lo soy en
todas mis acciones. A mí me gusta como a nadie la economía, pero
también el gastar, cuando es necesario. Pero entremos, pues quiero que
te vean mi mujer y mi único hijo, el ser a quien más amo después de ti.
PLUTO.
Lo creo.
CREMILO.
¿A qué te había de ocultar la verdad?
(_Entran en la casa._)
* * * * *
CORO.
· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·
(Falta.)
CARIÓN.
Amigos y paisanos, laboriosos agricultores que tantas veces habéis
comido ajos con mi señor, venid, apresuraos, corred, no hay que perder
un instante, acudid en nuestro auxilio.
CORO.
¿No ves que ya nos apresuramos cuanto es posible a unos hombres débiles
y viejos? ¿Crees tú que debo de correr antes de haberme dicho por qué
nos llama tu amo?
CARIÓN.
¿No te lo he dicho hace un año? Sin duda te has vuelto sordo. Mi dueño
quiere anunciaros que en adelante nadaréis todos en la abundancia,
libres de esa vida ruda y miserable.
CORO.
Pero ¿de qué se trata, o de dónde procede eso que nos dice?
CARIÓN.
Se ha presentado aquí, mis pobres amigos, con un viejo sucio,
encorvado, miserable, calvo, lleno de arrugas, sin dientes, y, por
Júpiter, creo que hasta circuncidado.[567]
CORO.
¡Es una noticia preciosa! ¿Qué nos cuentas? Repítelo. ¿Querrás decir
que se ha traído un montón de dinero?
CARIÓN.
Sí, un montón de achaques de la vejez.[568]
CORO.
¿Crees que si nos engañas te vas a ir impune, teniendo yo un garrote en
la mano?
CARIÓN.
¿Por tan desvergonzado me tenéis que me juzgáis incapaz de hablaros
formalmente?
CORO.
¡Qué impávido es el gran bellaco! Sus piernas gritan ya: ¡ay!, ¡ay!, y
piden a voz en grito los cepos y las cuñas.
CARIÓN.
La letra[569] que te ha tocado en suerte te designa para ir a juzgar en
el ataúd; ¿por qué no vas? Caronte te dará las insignias.[570]
CORO.
¡Así revientes! ¡Qué mal intencionado y fastidioso empeño de burlarnos,
y de no acabar de decirnos para qué nos llama tu señor! Habla, ya ves
que, aunque rendidos de fatiga y escasos de tiempo, hemos acudido a
toda prisa, pasando a través de innumerables ajos.[571]
CARIÓN.
No os lo ocultaré más tiempo: mi amo, amigos míos, ha venido con Pluto
en persona, que os enriquecerá.
CORO.
¿De veras? ¿Seremos todos ricos?
CARIÓN.
Seguramente; y también seréis Midas,[572] si os salen orejas de asno.
CORO.
¡Qué alegría! ¡Qué placer! Voy a bailar de gusto, si es verdad lo que
dices.
CARIÓN.
Yo también, _trettanelo_,[573] quiero, imitando al Cíclope,[574]
haceros andar a puntapiés. Ea, gritad, hijos míos; dad balidos
melodiosos, como las ovejas o las cabras de penetrante olor, y seguidme
a guisa de chivos lujuriosos enardecidos de amor.[575]
CORO.
Nosotros también _trettanelo_ queremos, cuando balando encontremos al
Cíclope,[576] es decir, a ti mismo, lleno de basura, con una alforja
atestada de verdolagas cubiertas de rocío, pastoreando borracho tus
ovejas, y dormido en el primer sitio donde el sueño te rinda, coger un
inmenso y encendido tizón y dejarte ciego.
CARIÓN.
Yo he de imitar en todo a la hechicera Circe, cuyos mágicos brebajes
hicieron en Corinto que los compañeros de Filónides se atracasen, como
cerdos, de excrementos por ella preparados. Vosotros, gruñendo de
alegría, seguid a vuestra madre, marranillos.[577]
CORO.
Nosotros, imitando en nuestro júbilo al hijo de Laertes,[578] nos
apoderaremos de Circe,[579] la de los mágicos brebajes, y mal olientes
pomadas, y te colgaremos de donde más te duela;[580] te untaremos
la narices de estiércol como a un chivo; y al relamerte, cual otro
Arístilo,[581] los entreabiertos labios, exclamarás: «Seguid a vuestra
madre, marranillos.»
CARIÓN.
¡Ea, cesen los jocosos insultos! Entonad otro género de versos. Yo voy
a entrar en casa y a coger, a escondidas de mi amo, un poco de pan y
carne: en cuanto lo coma volveré al trabajo.
CREMILO.
El deciros salud, conciudadanos míos, es una fórmula vieja y muy
gastada; prefiero, pues, abrazaros cordialmente por la prontitud y
buena voluntad con que habéis acudido. Procurad ayudarme con igual
eficacia en todo lo demás, y lograremos entre todos salvar al dios.
CORO.
Pierde cuidado. Verás brillar en mis ojos la mirada de Marte. Sería
absurdo, en efecto, que los que por tres óbolos nos estrujamos
diariamente en la asamblea, nos dejáramos arrebatar a Pluto en persona.
CREMILO.
Veo a Blepsidemo que se acerca a nosotros. Su andar precipitado me
demuestra que ha oído algo de lo que ocurre.
* * * * *
BLEPSIDEMO.
¿Qué sucede? ¿Cómo y cuándo se ha enriquecido Cremilo tan de
súbito? Yo no lo creo; sin embargo, los habituales concurrentes
a las barberías[582] no hablan de otra cosa que de su repentino
enriquecimiento. Pero aún me admira más el que, a pesar de su próspera
fortuna, mande llamar a los amigos: esto es apartarse de todos los usos
y costumbres.
CREMILO.
Por los dioses, todo lo diré sin rebozo. Sí, Blepsidemo, mi situación
actual es mejor que la de ayer; quiero hacerte partícipe de mi suerte,
como a uno de mis amigos.
BLEPSIDEMO.
¿De veras eres rico como dicen?
CREMILO.
Lo seré muy pronto, si Dios quiere. Pero hay todavía un riesgo que
correr.
BLEPSIDEMO.
¿Cuál?
CREMILO.
El de que...
BLEPSIDEMO.
Acaba de decir.
CREMILO.
Si logramos nuestro objeto, seremos perpetuamente felices; pero si no
lo conseguimos, nuestra ruina será total.
BLEPSIDEMO.
Me parece que te has metido en un mal negocio; esto me da mala espina.
Enriquecerse súbitamente, y andarse después con temores, demuestra que
no se ha obrado bien.
CREMILO.
¿Cómo que no he obrado bien?
BLEPSIDEMO.
Tal vez has robado plata u oro en el templo del dios a quien has
consultado, y te arrepientes de tu acción.
CREMILO.
Nunca. ¡Apolo me libre de ello!
BLEPSIDEMO.
Déjate de rodeos, amigo mío; está claro como la luz.
CREMILO.
No sospeches de mí semejante cosa.
BLEPSIDEMO.
¡Ah! ¡No hay un solo hombre honrado! Todos son esclavos del dinero.
CREMILO.
¡Por Ceres! ¿Tú has perdido el juicio?
BLEPSIDEMO.
¡Qué cambio de costumbres!
CREMILO.
Pero, amigo mío, tú estás loco.
BLEPSIDEMO.
Su semblante está agitado e intranquilo, prueba evidente de que ha
perpetrado algún crimen.
CREMILO.
¡Oh! Ya comprendo adónde van a parar tus declamaciones: supones que he
hurtado alguna suma para exigirme una parte.
BLEPSIDEMO.
¿Yo una parte? ¿De qué?
CREMILO.
Pero no es eso, sino cosa muy distinta.
BLEPSIDEMO.
¿Acaso en vez de hurto ha sido robo?
CREMILO.
Decididamente estás dejado de la mano de Dios.
BLEPSIDEMO.
¿Pero no has hecho daño a nadie?
CREMILO.
No.
BLEPSIDEMO.
¡Oh Hércules! ¿Qué medio emplearé? Está visto que no quieres confesar
la verdad.
CREMILO.
¡Si me acusas antes de oírme!
BLEPSIDEMO.
Amigo mío, antes de que el asunto se divulgue, yo lo arreglaré a poca
costa, tapando la boca a los oradores con algún dinero.
CREMILO.
Tienes toda la traza, querido mío, de gastar tres minas en el negocio y
presentarme una cuenta de doce.
BLEPSIDEMO.
Se me figura ver a alguno[583] sentado al pie del tribunal con su
mujer y sus hijos y el ramo de olivo de los suplicantes en la mano,
enteramente parecido a los Heráclidas de Pánfilo.[584]
CREMILO.
No, pobre hombre, yo enriqueceré solamente a los hombres honrados,
ingeniosos y modestos.
BLEPSIDEMO.
¿Qué dices? ¿Tanto has robado?
CREMILO.
¡Oh, me matas con tus injurias!
BLEPSIDEMO.
Tú mismo corres a la muerte, según creo.
CREMILO.
No, por cierto, imbécil: Pluto está en mi casa.
BLEPSIDEMO.
¿Cuál Pluto?
CREMILO.
El mismo dios.
BLEPSIDEMO.
¿Y dónde está?
CREMILO.
Ahí dentro.
BLEPSIDEMO.
¿Dónde?
CREMILO.
En mi casa.
BLEPSIDEMO.
¿En tu casa?
CREMILO.
Sí.
BLEPSIDEMO.
¡Vete al infierno! ¿Pluto en tu casa?
CREMILO.
Te lo juro por los dioses.
BLEPSIDEMO.
¿Pero es verdad?
CREMILO.
Es verdad.
BLEPSIDEMO.
Júralo por Vesta.
CREMILO.
Y por Neptuno.
BLEPSIDEMO.
¿Por el dios del mar?
CREMILO.
Y por otro Neptuno, si hay otro.
BLEPSIDEMO.
¿Y no lo envías a casa de tus buenos amigos?
CREMILO.
Aún no estamos en ese caso.
BLEPSIDEMO.
¿Qué dices? ¿No habrá partición?
CREMILO.
No. Antes es necesario...
BLEPSIDEMO.
¿Qué?
CREMILO.
Devolverle la vista.
BLEPSIDEMO.
¡La vista! ¿A quién?
CREMILO.
A Pluto; es indispensable, sin perdonar medio.
BLEPSIDEMO.
¡Pero está ciego de veras!
CREMILO.
Sí, por el cielo.
BLEPSIDEMO.
Ya no me admira que nunca haya venido a mi casa.
CREMILO.
Ahora ya irá, si place a los dioses.
BLEPSIDEMO.
¿No convendría llamar a algún médico?
CREMILO.
¿Qué médico hay ahora en la ciudad? Donde no hay recompensa no hay
talento.[585]
BLEPSIDEMO.
Sin embargo, veamos.
CREMILO.
No hay ninguno.
BLEPSIDEMO.
Lo mismo creo.
CREMILO.
No, por Júpiter; lo mejor será, como yo había pensado, llevarle a
dormir al templo de Esculapio.[586]
BLEPSIDEMO.
Ese es, sin duda, el más eficaz remedio. ¡Ea!, no tardes; procura
concluir pronto.
CREMILO.
Ya voy.
BLEPSIDEMO.
Corre.
CREMILO.
Eso hago.
* * * * *
LA POBREZA.
¡Atrevidos, miserables, sacrílegos! ¿Qué intentáis, débiles y
temerarios mortales? ¿Adónde huís? Deteneos.
BLEPSIDEMO.
¡Oh Hércules!
LA POBREZA.
¡Perversos, yo os daré vuestro merecido! Osáis llevar a cabo un
proyecto intolerable, un proyecto como nunca lo han intentado los
hombres ni los dioses; moriréis sin remedio.
CREMILO.
¿Pero quién eres? ¡Qué espantosa palidez!
BLEPSIDEMO.
Es quizá una furia de teatro;[587] hay en su mirada algo de trágico y
feroz.
CREMILO.
Pero no tiene antorchas.
BLEPSIDEMO.
Pues pagará su audacia.
LA POBREZA.
¿Quién pensáis que soy?
CREMILO.
Una tabernera o una vendedora de huevos. De otro modo no te hubieras
lanzado con tan destempladas voces sobre nosotros, que en nada te hemos
ofendido.
LA POBREZA.
¿De veras, eh? ¿Os parece que todavía es poco el tratar de echarme de
todas partes?
CREMILO.
¿No te queda el Báratro?[588] ¿Pero quién eres? Vamos, dínoslo pronto.
LA POBREZA.
Yo soy quien os castigará hoy mismo por haber pretendido expulsarme de
aquí.
BLEPSIDEMO.
¿Si será esa tabernera de la vecindad que siempre me engaña en la
medida?
LA POBREZA.
Yo soy la Pobreza, que vivo con vosotros hace muchos años.
BLEPSIDEMO.
¡Soberano Apolo! ¡Dioses inmortales! ¿Adónde me escapo?
CREMILO.
¿Adónde vas? ¡Cobarde! ¿No te quedarás ahí?
BLEPSIDEMO.
Ni por cuanto hay.
CREMILO.
¿No te quedas? ¿Y dos hombres hemos de huir de una mujer?
BLEPSIDEMO.
¡Desventurado! ¡Es la Pobreza! El monstruo más horrendo y pestilente.
CREMILO.
Quédate, por favor; quédate.
BLEPSIDEMO.
No y no.
CREMILO.
Pero, amigo, comprende que cometeremos un crimen infinitamente mayor
si huimos, abandonando cobardemente al dios, sin intentar siquiera la
lucha.
BLEPSIDEMO.
¿Y con qué armas? ¿Con qué fuerzas? ¿Hay coraza o escudo que esa
maldita no haya llevado a empeñar?
CREMILO.
Tranquilízate; el dios sin más que sus propios recursos la vencerá.
LA POBREZA.
¿Aún os atrevéis a chistar, desalmados, después de haber sido cogidos
_in fraganti_ del más abominable delito?
CREMILO.
Y tú, mujer que el cielo confunda, ¿por qué nos insultas no habiéndote
ofendido en nada?
LA POBREZA.
¿En nada, eh? ¿Se os figura que no me perjudicáis tratando de devolver
la vista a Pluto?
CREMILO.
¡Cómo! ¿Es perjudicarte el colmar de bienes a todos los hombres?
LA POBREZA.
¿Qué proyectáis para su felicidad?
CREMILO.
¿Qué? Por de pronto expulsarte de Grecia.
LA POBREZA.
¿Expulsarme? ¿Pudierais hacer un mal mayor a los hombres?
CREMILO.
¿Un mal mayor? Sí... el no realizar nuestro proyecto.
LA POBREZA.
Ea, consiento en explicaros las razones que sobre el particular me
asisten: os demostraré que yo soy la causa única de todos vuestros
bienes, y el único sostén de vuestra vida: si no consigo probároslo,
podréis hacer lo que queráis.
CREMILO.
¿Te atreves a decir eso, desollada?
LA POBREZA.
Déjame hablar; pues creo facilísimo demostrarte que vas por muy errada
senda al tratar de enriquecer a los buenos.
CREMILO.
¡Vergas y garrotes! ¿Para cuándo os guardáis?
LA POBREZA.
No te quejes y alborotes antes de escucharme.
CREMILO.
¿Quién puede callar al oír semejantes desatinos?
LA POBREZA.
Todo el que esté en su sano juicio.
CREMILO.
¿Qué multa quieres que te imponga si pierdes tu pleito?
LA POBREZA.
La que te parezca.
CREMILO.
Está bien.
LA POBREZA.
En cambio, vosotros, si sois vencidos, quedaréis sujetos a las mismas
condiciones.
BLEPSIDEMO.
¿Crees que bastarán veinte muertes?
CREMILO.
Para ella, sí; para nosotros, con dos sobra.
LA POBREZA.
Vuestra perdición es inevitable. ¿Qué podréis oponerme?
CORO.
Buscad ingeniosas razones; aducid sólidos argumentos que la confundan;
no hay que cejar un punto.
CREMILO.
Teniendo por verdad evidente y universalmente reconocida la justicia de
que todos los hombres de bien vivan prósperamente y sufran la suerte
contraria los impíos y malvados, y anhelando ver cumplido nuestro
propósito, hemos hallado, por fin, un bello, generoso y utilísimo modo
de realizarlo. En efecto, si Pluto recobra la vista y deja de caminar
a tientas, se dirigirá a las personas honradas para no abandonarlas
nunca, huyendo siempre de los impíos y malvados. Ahora bien, ¿qué se
conseguirá con esto? Se conseguirá que todos los hombres sean buenos,
ricos y piadosos. ¿Creéis que pueda encontrarse nada mejor?
BLEPSIDEMO.
Nada; aquí estoy yo para atestiguarlo; no se lo preguntes a esa.
CREMILO.
Estando arreglada de esta suerte la humana vida, ¿quién no creerá
que todo es locura, o más bien frenesí? Los más de los hombres, que
son los perversos, nadan en las riquezas injustamente acumuladas;
mientras muchos otros de intachable honradez, arrastran una vida llena
de privaciones y miserias, sin tener en casi todo el decurso de su
existencia más compañera que tú. Por tanto, si Pluto recobra la vista y
abandona este camino, ¿quién duda que podrá seguir otro infinitamente
mejor para los hombres?
LA POBREZA.
Estos dos ancianos se dejan alucinar como nadie en el mundo, y deliran
y desbarran al unísono con pasmosa unanimidad. Pero yo os aseguro que,
si vuestros deseos se realizan, ningún provecho sacaréis. Porque si
Pluto recobra la vista y distribuye sus favores con igualdad, nadie
querrá dedicarse a las artes ni a las ciencias. Y una vez suprimidas
estas dos condiciones de existencia, ¿habrá quien quiera forjar el
hierro, construir naves, coser vestidos, hacer ruedas, cortar cueros,
fabricar ladrillos, lavar, curtir, arar los campos, segar los dones de
Ceres, pudiendo todos vivir en la holganza y desdeñar el trabajo?
CREMILO.
¡Necedades! Todos esos oficios que acabas de decir los ejercen los
esclavos.
LA POBREZA.
¿Y cómo tendrás esclavos?
CREMILO.
Los compraremos.
LA POBREZA.
¿Y quiénes serán los primeros vendedores si todos tienen dinero?
CREMILO.
Cualquier codicioso comerciante a su vuelta de Tesalia, donde hay
muchos traficantes en esclavos.
LA POBREZA.
Es que, según tu propio sistema, no habrá ningún mercader de esclavos.
¿Qué hombre rico arriesgará su vida en semejante tráfico? Por
consiguiente, viéndote obligado a cavar la tierra y a otros trabajos
igualmente penosos, pasarás una vida mucho más angustiada.
CREMILO.
¡Ojalá la pases tú!
LA POBREZA.
No podrás dormir sobre una cama, porque no las habrá; ni sobre colchas,
¿quién querrá tejerlas sobrándole el oro? Cuando te cases con una
hermosa joven, no tendrás ni esencias para perfumarla, ni trajes ricos
en colores y bordados con que vestirla. ¿De qué servirá, pues, la
riqueza, careciendo de todas estas cosas? Por el contrario, gracias a
mí, tenéis a mano cuanto os hace falta. Yo soy una adusta señora que
con el temor de la indigencia y del hambre obligo al artífice a ganarse
la vida.
CREMILO.
¿Qué cosa buena puedes darnos tú, como no sean quemaduras en los
baños,[589] y turbas de chiquillos, y viejecitas hambrientas, y nubes
infinitas de chinches, pulgas y piojos que, pululando con molesto
zumbido sobre nuestra cabeza, nos despiertan gritando: «Tendrás hambre,
pero levántate»? Y además, por vestido unos jirones; por lecho, un
jergón de junco, plagado de chinches, enemigas del sueño; por colcha,
una estera podrida; por almohada, una piedra grande; por pan, raíces
de malvas; por pasteles, hojas de rábanos secos; por escabel, la tapa
de una tinaja rota; por artesa, las costillas de una cuba, y para eso
rajada. ¿No quedan perfectamente enumerados los bienes que proporcionas
a los hombres?
LA POBREZA.
No has descrito mi vida, sino la de los mendigos.
CREMILO.
La pobreza y la mendicidad son hermanas carnales.
LA POBREZA.
Para vosotros, que tenéis por iguales a Dionisio y Trasíbulo;[590]
pero mi vida ni es ni será nunca así. La vida del mendigo que acabas
de pintar consiste en vivir sin poseer nada; la del pobre en vivir con
economía, en trabajar, en no tener nada superfluo ni carecer de lo
necesario.
CREMILO.
¡Por Ceres! ¡Deliciosa vida! ¡Economizar y trabajar sin descanso para
no dejar a nuestra muerte con qué pagar el entierro!
LA POBREZA.
Te ríes y te burlas en lugar de hablar formalmente, sin comprender que
yo perfecciono el espíritu y el cuerpo de los hombres mucho más que
Pluto. Con él son gotosos, ventrudos, pesados, extraordinariamente
gruesos; conmigo delgados, esbeltos como avispas, terror de sus
adversarios.
CREMILO.
Quizá a fuerza de hambre les das esa esbeltez de avispas.
LA POBREZA.