Ya lo haré.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Cuándo?

CIUDADANO SEGUNDO.

Te aseguro que habrá otros menos solícitos que yo.

CIUDADANO PRIMERO.

Y mientras tanto, ¿vas a comer?

CIUDADANO SEGUNDO.

¿Pues qué he de hacer? Todo hombre sensato debe prestar su apoyo a la

república.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si te prohíben entrar?

CIUDADANO SEGUNDO.

Bajaré la cabeza y entraré.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si te apalean?

CIUDADANO SEGUNDO.

Las citaré a juicio.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y si se ríen de ti?

CIUDADANO SEGUNDO.

Me apostaré a la puerta...

CIUDADANO PRIMERO.

¿Y qué harás?

CIUDADANO SEGUNDO.

Y arrebataré al paso los manjares.

CIUDADANO PRIMERO.

Anda, pues; pero detrás de mí. Vosotros, Sicón y Parmenón,[507] cargad

con mis enseres.

CIUDADANO SEGUNDO.

Vamos, yo te ayudaré a llevarlos.

CIUDADANO PRIMERO.

¿Tú?, de ningún modo. Me temo que ante nuestra generala digas que son

tuyos los muebles que yo deposito.

CIUDADANO SEGUNDO.

¡Por Júpiter!, yo necesito hallar un medio de conservar mis bienes y

participar de la comida común. — ¡Ah, excelente idea! ¡Pronto, pronto,

a comer!

(_Vase._)

* * * * *

(_A las ventanas de dos casas próximas se asoman una vieja y una

joven._)

VIEJA PRIMERA.

¿Cómo no vendrá ningún hombre? Pues ya es hora pasada. Yo me estoy

aquí llena de albayalde, vestida de amarillo, cantando entre dientes,

loqueando, y dispuesta a arrojarme en brazos del primer transeúnte.

¡Oh Musas! Descended a mis labios e inspiradme una voluptuosa canción

al modo jonio.[508]

UNA JOVEN.

¿Te has asomado a la ventana antes que yo, vieja podrida? Creías, sin

duda, que estando yo ausente ibas a vendimiar la viña abandonada y a

atraer alguno con las canciones. Si tú haces eso, yo también cantaré;

pues aunque a los espectadores les parecerá gastado y fastidioso el

procedimiento, no dejarán de encontrarlo algo cómico y divertido.

VIEJA PRIMERA.

Habla con ese carcamal y llévatelo. — Tú, mi joven flautista, coge

tus instrumentos y toca una melodía digna de ti y de mí. Quien ame

el placer, debe buscarlo en mis brazos. Las jovencitas carecen de la

experiencia, dote de las ya maduras. Ninguna sabe querer como yo a mi

amigo; a todas les gusta volar de flor en flor.

LA JOVEN.

No hables mal de las jóvenes: el placer reside en su cuerpo delicado

y florece en su blanco seno. Tú, vejestorio, estás expuesta y

embalsamada; solo la muerte te llamará: «amor mío».

VIEJA PRIMERA.

¡Ojalá pierdas la sensibilidad! ¡Ojalá no encuentres el lecho cuando

quieras entregarte a un hombre![509] ¡Ojalá al ir a besarle estreches

una víbora contra tu corazón!

LA JOVEN.

¡Ay!, ¡ay!, ¿qué haré? No viene mi amigo: estoy sola; mi madre ha

salido, y de las demás me importa poco. — Nodriza mía,[510] llama a

Ortágoras,[511] para que goces de los derechos de tu edad.

VIEJA PRIMERA.

Pobrecilla, eres apasionada como una jonia,[512] y no me pareces

novicia en los placeres de Lesbos.[513] Pero no podrás arrebatarme mis

placeres, ni robarme un solo instante de las deliciosas horas que me

pertenecen.

LA JOVEN.

Canta cuanto quieras y alarga el hocico por la ventana como una gata; a

pesar de todo, nadie entrará en tu casa antes que en la mía.

VIEJA PRIMERA.

Si entran, será para llevarte a enterrar.

LA JOVEN.

Sería una cosa nueva, vieja podrida.

VIEJA PRIMERA.

No, por cierto.

LA JOVEN.

Claro, ¿qué puede decirse de nuevo a una vieja?

VIEJA PRIMERA.

Mi vejez no te causará perjuicio.

LA JOVEN.

¿Pues qué? ¿Tu colorete o tu albayalde?

VIEJA PRIMERA.

¿Por qué me hablas?

LA JOVEN.

¿Por qué miras?

VIEJA PRIMERA.

¿Yo? Le canto a solas a Epígenes, mi amante.

LA JOVEN.

¿Tienes más amante que Geres?[514]

VIEJA PRIMERA.

El mismo Epígenes te lo probará: va a venir dentro de poco. Míralo, ahí

está.

LA JOVEN.

Pero no piensa en ti, vieja bribona.

VIEJA PRIMERA.

Sí, por cierto, apestada.

LA JOVEN.

Él mismo nos lo probará: yo me retiro de la ventana.

VIEJA PRIMERA.

Y yo también, para que veas que no me engaño.

EL JOVEN.

¡Oh, si pudiese estrechar entre mis brazos a la joven, sin sufrir antes

las caricias de la vieja! Esto es intolerable para un hombre libre.

VIEJA PRIMERA.

¡Por Júpiter! Las sufrirás, mal que te pese. No creas que esta es una

vejez caída en desuso.[515] La ley ha de cumplirse, pues vivimos bajo

un régimen democrático. Me retiro para observar sus movimientos.

EL JOVEN.

¡Ojalá, oh dioses, encuentre sola a aquella linda muchacha! El vino,

que me enardece, me hace venir a buscarla.

LA JOVEN.

He engañado a la maldita vieja. Se retiró, creyendo que yo me iba a

estar en casa.

VIEJA PRIMERA.

Es el mismo, el mismo de quien hablamos. — Ven acá, dueño mío, ven a

pasar la noche entre mis brazos. Los bucles de tus cabellos me tienen

loca de amor; una pasión frenética arde en mi pecho y me consume. Oye

mis súplicas, Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo.

EL JOVEN.

Ven acá, ven acá, baja a abrir la puerta, si no quieres verme morir en

su dintel. ¡Oh amada mía! quiero embriagarme con tus caricias.[516] ¡Oh

Venus! ¿Por qué me inspiras este frenético deseo? — Oye mis súplicas,

Cupido, y haz que venga a compartir mi tálamo. ¡Qué impotente es la

palabra para pintar mi pasión! Abre la puerta, dulce amiga: estréchame

entre tus brazos; pon fin a mi tormento. Ídolo mío, hija de Venus,

abeja de las Musas, alumna de la gracia, vivo retrato del placer,[517]

abre la puerta, estréchame entre tus brazos; pon fin a mi tormento.

VIEJA PRIMERA.

¡Eh, tú! ¿Por qué llamas? ¿Me buscas?

EL JOVEN.

No.

VIEJA PRIMERA.

Sin embargo, llamabas.

EL JOVEN.

¡Antes morir!

VIEJA PRIMERA.

¿Por qué vienes con esa antorcha?

EL JOVEN.

Busco a un hombre de Anaflisto.[518]

VIEJA PRIMERA.

¿Cuál?

EL JOVEN.

No es Sebine,[519] a quien tal vez esperas.

VIEJA PRIMERA.

¡Sí, por Venus!, quieras o no.

EL JOVEN.

No entendemos de lo que cuenta sesenta años, y lo dejamos para más

adelante; solo juzgamos de lo que tiene menos de veinte.[520]

VIEJA PRIMERA.

Eso era bajo el antiguo régimen, querido mío; pero ahora es preciso que

nos juzguéis a nosotras primero.

EL JOVEN.

Si quiero, según la ley del juego de damas.

VIEJA PRIMERA.

Cuando comes no es la ley según el juego de damas.[521]

EL JOVEN.

No te entiendo; voy a llamar a esa puerta.

VIEJA PRIMERA.

Después de haber llamado a la mía.

EL JOVEN.

Por ahora, no tengo necesidad de criba.

(_La vieja baja y sale de la casa._)

VIEJA PRIMERA.

Sé que me amas; solo que estás asombrado de verme fuera; vamos, dame un

beso.

EL JOVEN.

Pero, amiga mía, tengo miedo a tu amante.

VIEJA PRIMERA.

¿A cuál?

EL JOVEN.

A aquel excelente pintor.[522]

VIEJA PRIMERA.

¿Quién es?

EL JOVEN.

Uno que pinta vasos sobre los féretros. Entra pronto, no vaya a verte

en la puerta.

VIEJA PRIMERA.

Ya sé, ya sé lo que tú quieres.

EL JOVEN.

También se yo lo que quieres tú.

VIEJA PRIMERA.

Mas te juro por Venus, que me ha favorecido, que no te he de soltar.

EL JOVEN.

Chocheas, viejecita mía.

VIEJA PRIMERA.

Y tú te chanceas; pero tendrás que compartir mi lecho.

EL JOVEN.

¿Qué necesidad hay de comprar ganchos para sacar los cubos de los

pozos? Con echar esta vieja, se conseguirá el mismo objeto.

VIEJA PRIMERA.

Déjate de burlas, pobre muchacho, y sígueme.

EL JOVEN.

Ninguna obligación tengo, a no ser que hayas pagado a la república la

quingentésima[523] de tus años.

VIEJA PRIMERA.

Por Venus, sígueme: a mí nada me complace tanto como el amor de los

muchachos de tu edad.

EL JOVEN.

Pues a mí nada me desagrada tanto como el amor de tus coetáneas; jamás

podré quererlas.

VIEJA PRIMERA.

¡Por Júpiter! Esto te obligará.

EL JOVEN.

¿Qué es eso?

VIEJA PRIMERA.

Un decreto con arreglo al cual tienes que entrar en mi casa.

EL JOVEN.

Dilo y veamos.

VIEJA PRIMERA.

Escucha: «Han resuelto las mujeres que cuando un joven ame a una

doncella no podrá gozar de sus favores sin haber otorgado previamente

los suyos a una anciana: si atento solo a su pasión por la joven se

negase a cumplimentar el precitado requisito, las mujeres de avanzada

edad tendrán derecho a prenderle y a arrastrarle impunemente por donde

más lo sienta.»[524]

EL JOVEN.

¡Ay de mí! Voy a ser un nuevo Procusto.[525]

VIEJA PRIMERA.

Es necesario obedecer nuestras leyes.

EL JOVEN.

¿Y si alguno de mis amigos o conciudadanos viniese a rescatarme?

VIEJA PRIMERA.

Ningún hombre puede disponer de cosa alguna cuyo valor exceda al de una

medimna.

EL JOVEN.

¿No puedo oponerme?

VIEJA PRIMERA.

Todos los rodeos están prohibidos.

EL JOVEN.

Alegaré que soy comerciante.[526]

VIEJA PRIMERA.

Y yo haré que te arrepientas de haberlo alegado.

EL JOVEN.

¿Qué debo hacer?

VIEJA PRIMERA.

Entrar en mi casa.

EL JOVEN.

¿Indispensablemente?

VIEJA PRIMERA.

Como si Diomedes[527] lo ordenase.

EL JOVEN.

Pues bien, extiende una capa de orégano sobre cuatro ramas; cíñete de

bandas la cabeza, y coloca junto a ti los vasos de perfumes, y en la

puerta el cántaro de agua lustral.[528]

VIEJA PRIMERA.

También me comprarás una corona.

EL JOVEN.

¡Sí, por Júpiter! Con tal que sea de cirios,[529] pues creo que

expirarás en cuanto entres en tu casa.

* * * * *

LA JOVEN.

¿Adónde arrastras a ese joven?

VIEJA PRIMERA.

A mi casa; porque es mío.

LA JOVEN.

Es una locura. Es demasiado joven para ti; mejor puedes ser su madre

que su esposa. Con ese sistema vais a llenar el mundo de Edipos.[530]

VIEJA PRIMERA.

Calla, sierpe. La envidia te hace hablar así; pero la has de pagar.

LA JOVEN.

¡Por Júpiter salvador, qué gran servicio me has prestado librándome de

esa vieja! ¡Esta noche te probaré mi ardiente gratitud![531]

* * * * *

VIEJA SEGUNDA.

¡Eh, eh! ¿adónde te llevas a ese? Según la ley, mi derecho a sus

abrazos es preferente.

EL JOVEN.

¡Oh desdicha! ¿De dónde sales, vieja condenada? Esta es mil veces peor

que la primera.

VIEJA SEGUNDA.

Ven acá.

EL JOVEN. (_A la joven._)

¡Por todos los dioses! no dejes que esa vieja me obligue a seguirla.

VIEJA SEGUNDA.

La ley te obliga, yo no.

EL JOVEN.

Di más bien una Empusa[532] con todo el cuerpo plagado de úlceras

hediondas.

VIEJA SEGUNDA.

Sígueme, corazoncito mío, y déjate de charla.

EL JOVEN.

Déjame ir a hacer una necesidad, para que pueda recobrarme un poco; si

no, el miedo me obligará a pintar de rojo el dintel de esa puerta.

VIEJA SEGUNDA.

Ven, no temas; en casa lo harás.[533]

EL JOVEN.

¡Oh!, temo hacer más de lo que quiero; déjame, te daré dos buenos

fiadores.

VIEJA SEGUNDA.

No los admito.

* * * * *

VIEJA TERCERA.

¡Eh, tú! ¿Adónde vas con esa vieja?

EL JOVEN.

No voy, me llevan. Quienquiera que seas, ojalá te colme el cielo de

bendiciones, por venir a ayudarme en este apuro.[534] ¡Oh Hércules! ¡Oh

Panes! ¡Oh Coribantes! ¡Oh Dióscuros! Ese monstruo es infinitamente

más horrible. ¿Pero qué es, Júpiter poderoso? ¿Es una mona rebozada en

albayalde, o el espectro de una vieja vuelta de los infiernos?

VIEJA TERCERA.

No te burles, y sígueme por aquí.

VIEJA SEGUNDA.

No, por aquí.

VIEJA TERCERA.

Nunca te soltaré.

VIEJA SEGUNDA.

Yo tampoco.

EL JOVEN.

Me vais a descuartizar, viejas malditas.

VIEJA SEGUNDA.

La ley manda que me sigas.

VIEJA TERCERA.

Como no se presente otra vieja más fea.

EL JOVEN.

Pero si me matáis así, ¿cómo he de poder acercarme a aquella hermosa?

VIEJA TERCERA.

Arréglatelas como puedas; por de pronto obedéceme.

EL JOVEN.

¿Con cuál de vosotras debo cumplir primero?

VIEJA SEGUNDA.

¿No lo sabes? Ven conmigo.

EL JOVEN.

Pues que me suelte esta otra.

VIEJA TERCERA.

No, ven conmigo.

EL JOVEN.

Iré, si esta me suelta.

VIEJA SEGUNDA.

Pues yo no te suelto.

VIEJA TERCERA.

Ni yo.

EL JOVEN.

Sois muy malas barqueras.

VIEJA SEGUNDA.

¿Por qué?

EL JOVEN.

Porque haréis pedazos a los pasajeros tirando a un lado y a otro.

VIEJA SEGUNDA.

Calla, y ven por aquí.

VIEJA TERCERA.

No, por aquí.

EL JOVEN.

Estamos en el caso del decreto de Canono,[535] pues tengo que partirme

en dos para daros gusto. ¿Pero cómo he de poder manejar dos remos a un

mismo tiempo?

VIEJA SEGUNDA.

Muy fácilmente, comiéndote un puchero de cebollas.[536]

EL JOVEN.

¡Ay de mí! ¡Ya estoy junto a la puerta!

VIEJA TERCERA. (_A la vieja segunda._)

Nada conseguirás, porque entraré contigo.

EL JOVEN.

No, por todos los dioses: mejor es un mal que dos.

VIEJA TERCERA.

Por Hécate, quieras o no, así ha de ser.

EL JOVEN.

¡Negro infortunio! ¡Permanecer todo el día y toda la noche en brazos

de una vieja hedionda, y para fin de fiesta caer de nuevo entre los

de esa rana cuyas mejillas parecen dos alcuzas![537] ¿Hay desgracia

como la mía? Sin duda nací con mal sino, pues tengo que nadar entre

estos monstruos. Si algún mal me sucede al navegar sobre estas fétidas

letrinas, acordaos de sepultarme bajo el mismo dintel de la puerta; y a

la que me sobreviva untadle todo el cuerpo de hirviente pez. Cubridla

hasta el tobillo de fundido plomo, y colocadla sobre mi tumba, a guisa

de lámpara funeraria.[538]

* * * * *

UNA CRIADA.[539]

¡Qué felicidad la del pueblo ateniense! ¡Qué felicidad la mía! ¡Y,

sobre todo, qué felicidad la de mi señora!

¡Felices todos vosotros, vecinos y conciudadanos, y cuantos estáis

a nuestras puertas; y feliz con ellos yo, simple sirvienta, que he

llenado mi cabellera de perfumes! ¡Y qué exquisitos, Júpiter soberano!

Pero el perfume de las ánforas llenas de vino de Tasos es más exquisito

todavía; este aroma se conserva largo tiempo, los otros se desvanecen

en seguida. ¡Sí, excelsos dioses, el perfume de las ánforas es mil y

mil veces preferible! ¡Echadme vino! Echadme; pues alegra toda la noche

a la que ha sabido elegirlo. — Pero, amigas, decidme dónde está mi

dueño, el marido de mi señora.

CORO.

Si te quedas ahí, me parece que lo encontrarás.

LA CRIADA.

Tenéis razón; ya viene a cenar. ¡Oh dueño mío! ¡Hombre feliz! ¡Hombre

mil veces feliz!

EL DUEÑO.

¿Yo?

LA CRIADA.

Sí, tú, y más feliz que ninguno, por Júpiter. ¿Puede haber nadie más

dichoso que tú, que en una población de más de treinta mil ciudadanos

eres el único que no ha cenado?

CORO.

Es verdaderamente un hombre feliz.

LA CRIADA.

¿Adónde, adónde vas?

EL DUEÑO.

A cenar.

LA CRIADA.

Serás el último, por Venus. Sin embargo, mi señora me ha dicho que te

lleve, y contigo a esas muchachas. Aún queda mucho vino de Quíos y

otras mil cosas buenas. — ¡Ea, no tardemos! Los espectadores que nos

favorecen, y los jueces imparciales, pueden venir también: les daremos

de todo. Así, pues, di generosamente a todo el mundo, sin omitir a

nadie, invitando a viejos, jóvenes y niños, que tendrán cena dispuesta

para todos... si van a sus casas.

CORO.

Corro al festín, llevando mi antorcha con gracia. ¿Qué esperas tú? ¿Por

qué no vienes con esas muchachas? Mientras bajas con ellas, yo entonaré

un canto a propósito para abrir el apetito. Pero antes quiero dar al

jurado un pequeño consejo. Que los sabios me juzguen por lo que en

esta comedia hay de sabio, y los que gusten de chistes por los muchos

chistes que en ella he derramado. Así, si no me engaño, me someto al

parecer de todos. No me perjudique el haberme tocado en suerte ser el

primero;[540] no lo olvidéis; y fieles a vuestro juramento, juzgad

siempre con rectitud a los coros; no seáis como esas viles cortesanas

que solo se acuerdan de lo último que han recibido.

SEMI-CORO.

¡Ya es hora, amigas mías! Ya es hora, si queremos concluir, de

dirigirnos al banquete danzando. Partid y ajustad vuestros pasos al

ritmo cretense.

SEMI-CORO.

Así lo hago.

CORO.

Marchad vosotras, ligera y acompasadamente. Pronto se van a servir

ostras, cecina, rayas, lampreas, pedazos de sesos en salsa picante,

silfio, puerros empapados en miel, tordos, mirlos, palominos torcaces,

palomas, crestas de gallo asadas, chochas, pichones, liebres cocidas

en arrope, y sustancia de alones.[541] Ya lo sabéis; pronto, amigas

mías, coged un plato, y en seguida un vaso, y a comer.

SEMI-CORO.

Las otras devoran ya.

CORO.

¡Saltemos! ¡Bailemos! ¡Ea! ¡Ea! ¡Al festín! ¡Ea! ¡Ea! ¡Victoria!

¡Victoria!

FIN DE LAS JUNTERAS.

PLUTO.

NOTICIA PRELIMINAR.

Después de haber combatido en _Las Junteras_ los absurdos de ciertas

teorías comunistas, vuelve Aristófanes en el _Pluto_ a tratar por medio

de una ingeniosa alegoría la gran cuestión del pauperismo y de la

desigual e injusta distribución de las riquezas.

Pluto, el dios del oro, está ciego y distribuye sus bienes al azar,

enriqueciendo a todos los bribones e intrigantes, y dejando en la

miseria a los hombres virtuosos y trabajadores. Cremilo, honrado

labrador, le encuentra en tan lastimoso estado, y, obedeciendo a un

oráculo de Apolo, trata de devolverle la vista venciendo la resistencia

del dios, a quien tiene atemorizado una amenaza de Júpiter. Después de

sostener Cremilo una violenta discusión con la Pobreza, en que esta

se presenta como la causa de todos los bienes y la fuente de toda

felicidad, lleva a Pluto al templo de Esculapio, donde recobra la

vista. Una multitud inmensa se agolpa en derredor del dios, deseosa de

conseguir sus favores, pero él los reserva para los hombres de bien,

hasta entonces desdeñados. Un delator, una vieja verde, Mercurio y el

sacerdote de Júpiter aparecen sucesivamente lamentando la situación a

que les ha reducido la curación de Pluto, y la comedia acaba con una

procesión para instalar al dios en su antiguo puesto, detrás del templo

de Minerva.

Aunque velado por la multitud de sofismas, alegorías, narraciones

burlescas, alusiones satíricas y discusiones y chistosos incidentes

que constituyen la trama de esta comedia, se ve que el remedio eficaz,

en concepto de Aristófanes, para la pobreza pública no era el dejar a

todos los ciudadanos en una holgazanería llena de abundancia, ideal de

los pueblos antiguos, sino el trabajo, condición necesaria de nuestra

naturaleza y cuya conveniente utilidad sostiene la Pobreza para llegar

al _quod satis est_ y a la _aurea mediocritas_, que constituyen nuestra

felicidad relativa, demostrando que el oro por sí mismo no constituye

la riqueza.

Lo que más llama la atención en el _Pluto_ y le distingue de las otras

comedias de Aristófanes, es su lenguaje comedido y casi limpio de las

obscenidades y bufonadas que afean el de otras piezas; la sátira es

además mucho menos cáustica y mordaz, y el sangriento sarcasmo está

sustituido casi siempre por una agradable ironía. El coro desempeña

un papel menos importante, y las alusiones personales escasean: falta

además la _Parábasis_, característica, como hemos visto, de la

comedia antigua, por lo cual muchos escritores consideran el _Pluto_

como perteneciente a la llamada _media_. Por esto mismo, hallándose

desprovista del interés político, el poeta puso sin duda mayor cuidado

en el desarrollo de su plan, desenvolviéndolo con un arte parecido al

de _Las Nubes_, y embelleciéndole con chistes espirituales y de buen

gusto.

El _Pluto_ se representó en dos épocas distintas: la primera vez en

el año 408 o el 409 antes de Jesucristo; y la segunda en 390, aunque

entonces con el nombre de Araros, hijo de nuestro poeta.

La edición que hasta nosotros ha llegado no es, según todas las

apariencias, ni la primera ni la segunda, sino una refundición de

ambas, hecha quizá por algún gramático, tomando trozos de una y otra.

Pues la falta de Parábasis y diferentes alusiones a sucesos políticos

posteriores al 409 demuestran que no puede ser la representada en esta

fecha, al paso que aquellos pasajes en que se ataca personalmente a

varios ciudadanos influyentes no pertenecen a la de 390, en cuya época

los Treinta habían prohibido a los cómicos el satirizar a nadie por su

nombre.

PERSONAJES.

CARIÓN.

CREMILO.

PLUTO.

CORO DE LABRADORES.

BLEPSIDEMO.

LA POBREZA.

LA MUJER DE CREMILO.

UN HOMBRE HONRADO.

UN DELATOR.

UNA VIEJA.

UN JOVEN.

MERCURIO.

UN SACERDOTE DE JÚPITER.

* * * * *

La acción pasa delante de la casa de Cremilo.

PLUTO.

CARIÓN.

¡Oh Júpiter! ¡Oh dioses! ¡Qué terrible cosa es servir a un amo demente!

Si el esclavo da los mejores consejos y al dueño no se le antoja

seguirlos, no por eso deja de participar de su desgracia. Porque la

fortuna no nos permite disponer de este cuerpo que es nuestro y muy

nuestro, y se lo da al que lo ha comprado. ¡Así anda el mundo! Tengo

que dirigir a Apolo, al dios cuya pitonisa profetiza desde el áureo

trípode, una justa acusación: siendo médico y hábil adivino, según

se asegura, ha dejado salir de su templo a mi amo loco, obstinado en

seguir a un ciego y empeñado en oponerse al buen sentido, según el cual

quien tiene buenos ojos debe guiar al que carece de ellos; pero a mi

señor no hay medio de hacérselo comprender, y se va detrás del ciego,

y por añadidura me obliga a ir también, sin responder a mis preguntas.

No, dueño mío, yo no puedo callar si no me dices por qué seguimos a

ese hombre; te atormentaré, ya que gracias a mi corona[542] no puedes

castigarme.

CREMILO.

Pero si me fastidias mucho, te quitaré la corona y te sacudiré de lo

lindo.

CARIÓN.

¡Como si callaras! No pienso dejarte en paz hasta que me digas quién es

ese. Ten presente que te lo pregunto por tu propio interés.

CREMILO.

Bueno, no te lo ocultaré, aunque solo sea porque eres el más fiel y el

más ladrón de mis criados.[543] Yo, siendo piadoso y justo, era pobre y

desgraciado.

CARIÓN.

Lo sé.

CREMILO.

Y otros, sacrílegos, oradores, delatores[544] y malvados, se

enriquecían.

CARIÓN.

Lo creo.

CREMILO.

En vista de esto fui a consultar al dios, no por mí, que veo ya

agotarse mi triste vida, sino por mi único hijo, si convendría que,

cambiando de conducta, se hiciese canalla, injusto y malvado, puesto

que este parece ser el camino de la fortuna.

CARIÓN.

¿Y qué ha respondido Apolo en medio de sus coronas?

CREMILO.

Vas a saberlo. En términos claros y precisos me mandó seguir al primero

que me encontrase al salir del templo, y que no me separase de él hasta

llevarlo a mi casa.

CARIÓN.

¿Quién fue el primero que encontraste?

CREMILO.

Ese.

CARIÓN.

¡Imbécil! ¿No has comprendido el espíritu del oráculo que te ordena

educar a tu hijo a la usanza del país?

CREMILO.

¿De qué lo infieres?

CARIÓN.

Está claro, hasta para un ciego, que hoy día lo más provechoso es

prescindir de todo honrado pensamiento.

CREMILO.

No puede ser ese el espíritu del oráculo, sino otro más noble y

elevado. Si ese hombre nos dijera quién es y por qué ha venido, quizá

pudiéramos comprender el sentido misterioso del oráculo en cuestión.

CARIÓN. (_A Pluto._)

¡Eh, tú! Dinos quién eres, antes de que el efecto siga a la amenaza.

¡Vamos, pronto, pronto!

PLUTO.

¡Vete al infierno!

CARIÓN.

¿Has oído cómo te dice quién es?

CREMILO.

Eso va contigo y no conmigo, porque le preguntas de un modo grosero

y brutal. — Amigo mío, si te agrada la conversación de los hombres

honrados, respóndeme.

PLUTO.

¡Ahórcate!

CARIÓN.

¡Vaya un hombre y un agüero que te envía el dios!

CREMILO. (_A Pluto._)

¡Por Ceres, no has de seguir burlándote!

CARIÓN.

Si no declaras tu nombre, te hago añicos.

PLUTO.

Amigos, dejadme en paz.

CREMILO.

Nunca.

CARIÓN.

No hay medio mejor, dueño mío; voy a matar a ese tunante. Lo llevaré al

borde de un abismo, y lo abandonaré allí, para que se precipite y se

rompa la cabeza.

CREMILO.

Llévatelo cuanto antes.

PLUTO.

¡No! ¡No!

CREMILO.

¿Responderás?

PLUTO.

Pero cuando os diga quién soy, sé muy bien que me maltrataréis; no me

dejaréis marchar.

CREMILO.

¡Por los dioses! En cuanto quieras.

PLUTO.

Principiad por soltarme.

CREMILO.

Ya estás suelto.

PLUTO.

Oíd, pues, ya que es preciso revelaros lo que había resuelto ocultar. —

Yo soy Pluto.[545]

CREMILO.

¡Grandísimo bribón! ¿Eres Pluto y lo callabas?

CARIÓN.

¡Tú Pluto en tan miserable estado!

CREMILO.

¡Oh Apolo! ¡Oh dioses! ¡Oh genios! ¡Oh Júpiter! ¿Qué dices? ¿Es verdad

que eres tú?

PLUTO.

Sí.

CREMILO.

¿El mismo?

PLUTO.

El mismísimo.[546]

CREMILO.

¿Pero de dónde vienes tan puerco?

PLUTO.

De casa de Patroclo,[547] que no se ha lavado[548] en toda su vida.

CREMILO.

¿Y tu enfermedad de dónde procede? Responde.

PLUTO.

Me la ha producido Júpiter, por odio a los hombres. Yo, desde

jovencito, le había amenazado con visitar solamente la casa de las

personas justas, sabias y modestas, y él me dejó ciego para que no las

conociese. ¡Tanto detesta a las gentes honradas!

CREMILO.

Pues la verdad es que solo los hombres buenos y justos le reverencian.

PLUTO.

Tienes razón.

CREMILO.

Y dime, ¿si recobrases de la vista huirías de los malos?

PLUTO.

Sí, por cierto.

CREMILO.

¿Y visitarías a los buenos?

PLUTO.

Seguramente: ¡hace tanto tiempo que no los he visto!

CREMILO.

No tiene nada de particular; yo tengo buenos ojos y tampoco los veo.

PLUTO.

Ahora dejadme; ya os lo he dicho todo.

CREMILO.

No, por cierto: ahora te retendremos con más motivo.

PLUTO.

¿No decía yo que habíais de atormentarme?

Comedias, tomo 3 de 3 · 第 8 / 14 段