especial aptitud para atesorar: las mujeres no divulgan jamás los
secretos de las Tesmoforias; al paso que tú y yo (añadía) revelamos
siempre las decisiones del Senado.»
BLÉPIRO.
Y no mentía, ¡por Mercurio!
CREMES.
«Las mujeres, continuaba, se prestan unas a otras vestidos, alhajas,
plata, vasos, a solas, sin testigos, y se lo devuelven todo
religiosamente, sin engañarse nunca, lo cual no hacemos la mayor parte
de los hombres.»
BLÉPIRO.
¡Por Neptuno! es cierto; y aunque haya habido testigos.
CREMES.
«Las mujeres jamás delatan ni persiguen a nadie en justicia,
ni conspiran contra el gobierno democrático.» En fin, concluyó
concediéndoles todas las buenas prendas imaginables.
BLÉPIRO.
¿Y qué se resolvió por último?
CREMES.
Encomendarlas la dirección del Estado: es la única novedad que no se
había ensayado en Atenas.
BLÉPIRO.
¿Eso se decretó?
CREMES.
Yo te lo aseguro.
BLÉPIRO.
¿De modo que quedan a cargo de las mujeres todas las cosas que antes
estaban al nuestro?
CREMES.
Eso es.
BLÉPIRO.
¿Y en vez de ir yo, será mi mujer la que vaya al tribunal?
CREMES.
Y tu mujer y no tú será la que en adelante alimente a los hijos.
BLÉPIRO.
¿Y no tendré que bostezar desde el amanecer?
CREMES.
No, por cierto, todo es ya cuidado de las mujeres; tú te quedarás en
casa con entera comodidad.
BLÉPIRO.
Solo una cosa es de temer para las personas de nuestra edad, y es que
en cuanto se apoderen de las riendas del gobierno, no nos obliguen...
CREMES.
¿A qué?
BLÉPIRO.
A pagarles el débito.
CREMES.
¿Y si no podemos?
BLÉPIRO.
No nos darán de comer.
CREMES.
Pues bien, arréglatelas de modo que comas y pagues.
BLÉPIRO.
Siempre es odioso lo que se hace por fuerza.
CREMES.
Pero cuando el bien de la república lo exige, debemos resignarnos:
ya sabes que de antiguo se dice que nuestros más insensatos y
descabellados decretos son los que suelen darnos resultados mejores.
¡Augusta Palas y demás diosas, haced que así sea! — Yo me voy. Pásalo
bien.
BLÉPIRO.
Igualmente, Cremes.
(_Vanse._)
* * * * *
CORO.
En marcha, adelante. ¿Nos sigue algún hombre? Vuélvete y mira; ten
mucho cuidado, porque hay una multitud de redomados bribones, que
espían por detrás nuestro talante. Haz al andar el mayor ruido
posible. Sería para todas la mayor vergüenza el ser sorprendidas por
los hombres. Envuélvete bien, mira a todas partes, a la derecha, a la
izquierda, no fracase nuestra empresa. Apretemos el paso: ya estamos
cerca del lugar de donde partimos para la asamblea; ya se ve la casa
de nuestra generala, la atrevida autora del decreto aprobado por los
ciudadanos. Vamos, no hay que retrasarse y dar tiempo a que alguno nos
sorprenda con barbas postizas y nos denuncie. Retirémonos a la sombra,
detrás de esa pared, y, mirando con precaución, cambiémonos de traje y
vistámonos con el ordinario. No hay que tardar. Mirad, ya viene de la
asamblea nuestra generala. Apresuraos todas; es ridículo el tener aún
puestas estas barbas, mucho más cuando aquellas compañeras vuelven ya
con su habitual vestido.
PRAXÁGORA.
¡Oh mujeres! todos nuestros proyectos se han visto coronados por el
éxito más favorable. Antes de que ningún hombre os vea, arrojad los
mantos, quitaos ese calzado, desatad las correas lacedemonias y dejad
los bastones. Encárgate tú del tocado de esas mujeres; yo voy a entrar
con precaución en casa antes de que me vea mi marido, y a poner el
manto y demás prendas en el sitio de donde las cogí.
CORO.
Ya están cumplidas todas las órdenes; solo falta que ahora nos digas
lo que debemos hacer para demostrarte nuestra sumisión, pues nunca he
visto mujer más hábil y enérgica que tú.
PRAXÁGORA.
Quedaos para que me aconsejéis sobre el ejercicio de la autoridad de
que acabo de ser investida. Ya en medio del tumulto he tenido ocasión
de observar vuestra energía para los más arduos negocios.
* * * * *
BLÉPIRO.
¡Eh, Praxágora! ¿De dónde vienes?
PRAXÁGORA.
¿Qué se te importa, querido mío?
BLÉPIRO.
¿Qué se me importa? ¡Vaya una pregunta!
PRAXÁGORA.
Al menos no dirás que vengo de los brazos de un amante.
BLÉPIRO.
No de uno solo, quizá.
PRAXÁGORA.
Puedes averiguarlo.
BLÉPIRO.
¿Cómo?
PRAXÁGORA.
Mira si mi cabeza huele a perfumes.
BLÉPIRO.
¿Pues qué, los perfumes son indispensables para esas cosas?
PRAXÁGORA.
Para mí sí lo son.
BLÉPIRO.
¿Adónde has ido tan temprano y tan callandito llevándote mi manto?
PRAXÁGORA.
Me ha enviado a llamar una de mis amigas, que estaba con dolores de
parto.
BLÉPIRO.
¿Y no podías habérmelo dicho antes de marcharte?
PRAXÁGORA.
Pero, marido mío, ¿había de dejarla sin asistencia en una necesidad tan
urgente?
BLÉPIRO.
Bastaba una palabra. Aquí hay gato encerrado.
PRAXÁGORA.
¡No, por las dos diosas! Fui como estaba, porque me decía que acudiera
a toda prisa.
BLÉPIRO.
¿Y por qué no llevaste tus vestidos? Lejos de eso te apoderas de los
míos, me echas encima la túnica, y te largas dejándome como a un
cadáver, salvo las coronas y los perfumes.
PRAXÁGORA.
Hacía frío y yo soy débil y delicada, y te cogí el manto por llevar más
abrigo: además, marido mío, te dejé bien calentito bajo las colchas.
BLÉPIRO.
¿Y los zapatos lacedemonios y el bastón, para qué te los llevaste?
PRAXÁGORA.
Para defender el manto, cambié mis zapatos por los tuyos, y me fui a
imitación tuya pisando con gran fuerza y golpeando las piedras con el
bastón.
BLÉPIRO.
¿Sabes que te has perdido un sextario de trigo, que me hubieran dado en
la asamblea?
PRAXÁGORA.
No te apures; ha tenido un niño.
BLÉPIRO.
¿La asamblea?
PRAXÁGORA.
No, hombre, la mujer que me ha llamado. ¿Pero de veras ha habido
asamblea?
BLÉPIRO.
Sí, por cierto; ¿no te acuerdas que te lo dije ayer?
PRAXÁGORA.
Sí, ahora recuerdo.
BLÉPIRO.
¿Sabes lo que se ha resuelto en ella?
PRAXÁGORA.
No.
BLÉPIRO.
Pues, hija mía, en adelante ya puedes tratarte a cuerpo de rey. Dicen
que se os ha encomendado la república.
PRAXÁGORA.
¿Para qué? ¿Para hilar?
BLÉPIRO.
No, para administrar...
PRAXÁGORA.
¿El qué?
BLÉPIRO.
Todos los asuntos del Estado.
PRAXÁGORA.
¡Por Venus! La república será feliz en adelante.
BLÉPIRO.
¿Por qué?
PRAXÁGORA.
Por mil razones. No se permitirá a los atrevidos mancharla con torpes
atentados, ni levantar falsos testimonios, ni hacer calumniosas
delaciones...
BLÉPIRO.
De ningún modo hagas eso, por todos los dioses; ¿no veis que nos vais a
quitar los medios de vivir?[474]
CORO.
Querido mío, deja hablar a tu mujer.
PRAXÁGORA.
Ni robar, ni envidiar a los vecinos, ni estar desnudo, ni ser pobre, ni
injuriar, ni tomar prendas a los deudores.
CORO.
¡Por Neptuno!, grandes promesas, si no son mentira.
PRAXÁGORA.
Yo las realizaré; tú (_Al Coro_) me harás justicia; y tú (_A Blépiro_)
tendrás que callar.
* * * * *
CORO.
Ahora es la ocasión de poner en juego los recursos de tu ingenio,
y de probar tu amor al pueblo y lo que sabes hacer en favor de tus
amigas. Ahora es la ocasión de desplegar en provecho de todos esa hábil
inteligencia que colme de infinitas prosperidades la vida de un pueblo
culto, demostrando su inagotable poder. Ahora es, sí, la ocasión,
porque nuestra república necesita de un plan sabiamente combinado. Pero
tengamos cuidado de hacer cosas nunca hechas ni dichas; porque nuestros
hombres aborrecen lo que están acostumbrados a ver. No tardes; pon en
seguida manos a la obra. La prontitud es singularmente grata a los
espectadores.
PRAXÁGORA.
Yo confío en la bondad de mis consejos; pero mucho temo que los
espectadores no quieran aceptar mis novedades, y se aferren a las
antiguas y acostumbradas prácticas: esto es lo que me inquieta.
BLÉPIRO.
No temas por tus innovaciones; al contrario, el apetecerlas y
aceptarlas es nuestro flaco, así como el despreciar lo antiguo.
PRAXÁGORA.
Pues bien, que nadie me contradiga ni interrumpa antes de conocer mi
sistema y de haberme oído. Quiero que todos los bienes sean comunes, y
que todos tengan igual parte en ellos y vivan de los mismos; que no sea
este rico y aquel pobre; que no cultive uno un inmenso campo y otro no
tenga donde sepultar su cadáver; que no haya quien lleve cien esclavos,
y quien carezca de un solo servicio; en una palabra, establezco una
vida común e igual para todos.
BLÉPIRO.
¿Cómo ha de ser común?
PRAXÁGORA.
Comiendo tú estiércol antes que yo.[475]
BLÉPIRO.
¿También será común el estiércol?
PRAXÁGORA.
¡No, por cierto! Pero me has interrumpido. Iba a decir que haré primero
comunes los campos, el dinero y las demás propiedades. Y después, con
todo este acervo de bienes os alimentaremos, administrándolos económica
y cuidadosamente.
BLÉPIRO.
¿Y el que no posee tierras, sino dinero, dáricos[476] y otras riquezas
que no están a la vista?
PRAXÁGORA.
Las aportará al acervo común, y si no, será reo de perjurio.
BLÉPIRO.
Como que por ese medio las ha ganado.
PRAXÁGORA.
Pero no le servirán absolutamente de nada.
BLÉPIRO.
¿Por qué?
PRAXÁGORA.
Porque la pobreza no obligará a trabajar a nadie. Todo será de todos;
panes, pescados, pasteles, túnicas, vinos, coronas, garbanzos. ¿Qué
provecho obtendría por tanto de no aportar a la comunidad sus bienes?
Dinos tu opinión sobre esto.
BLÉPIRO.
¿Los que disfrutan de todas esas cosas no son los ladrones más grandes?
PRAXÁGORA.
Antes sí, amigo mío, bajo el antiguo régimen; mas ahora que todo será
común, ¿qué provecho podrá haber en no traer su parte?
BLÉPIRO.
Si alguno ve a una linda muchacha y se le antoja gozar de sus encantos,
con los bienes reservados podrá hacerla un obsequio, y de este modo
obtener su amor, sin dejar de percibir su parte de los bienes comunes.
PRAXÁGORA.
Es que lo podrá obtener gratis. Pues yo haré que las mujeres sean
también comunes y den hijos al que los quiera.
BLÉPIRO.
¿Pero no ves que todos se dirigirán a la más hermosa?
PRAXÁGORA.
Las más feas e imperfectas estarán junto a las más lindas, y todo el
que solicite a una de estas, deberá antes consumir un turno con las
primeras.
BLÉPIRO.
¿Pero no ves que, conforme a tu sistema, los ya machuchos estaremos
exánimes[477] cuando lleguemos a las hermosas?
PRAXÁGORA.
Tampoco se resistirán.
BLÉPIRO.
¿A qué?
PRAXÁGORA.
Tranquilízate, no se resistirán.
BLÉPIRO.
Pero ¿a qué, te digo?
PRAXÁGORA.
Al amor. Esto por lo que a vosotros respecta.
BLÉPIRO.
En cuanto a vosotras está muy bien entendido; pues habéis tomado todas
las precauciones para que ninguna carezca de galán.[478] Pero, ¿y los
hombres? ¿Qué haremos? Pues las mujeres rechazarán a los feos y se
entregarán a los hermosos.
PRAXÁGORA.
Los hombres feos acecharán a los hermosos al salir de los banquetes
y en los sitios públicos; y no se permitirá tampoco a las mujeres
cohabitar con los buenos mozos sin haber cedido antes a las instancias
de los deformes y chiquituelos.
BLÉPIRO.
De suerte que ahora la nariz de Lisícrates[479] hará la competencia a
los más gallardos mancebos.
PRAXÁGORA.
¡Eso es, por Apolo! Esta decisión es eminentemente popular. ¡Mira que
será mortificación para uno de esos vanitontos que llevan los dedos
cargados de sortijas, cuando un viejo calzado con gruesos zapatones le
diga: «Amigo mío, paso al más anciano; espera a que yo haya concluido;
resígnate a ser plato de segunda mesa!»
BLÉPIRO.
Pero si vivimos de esa manera, ¿cómo podrá cada cual reconocer a sus
hijos?
PRAXÁGORA.
¿Y qué necesidad hay? Los jóvenes creerán que son sus padres todas las
personas de más edad.
BLÉPIRO.
Pero entonces, so color de ignorarlo, ¿no estrangularán sin ningún
empacho a todo viejo,[480] cuando ahora lo hacen, sabiendo a ciencia
cierta que son sus padres?
PRAXÁGORA.
Los presentes no lo permitirán. Antes a nadie le importaba que
apaleasen a los padres ajenos; pero ahora todo el mundo, en cuanto oiga
que ha sido maltratado un anciano, le defenderá en la duda de si será
su propio padre.
BLÉPIRO.
En eso no andas descaminada. Pero te aseguro que pasaría un mal rato si
Epicuro o Leucólofas[481] se me acercasen llamándome papá.
PRAXÁGORA.
Peor rato pasarías...
BLÉPIRO.
¿Cómo?
PRAXÁGORA.
Si Arístilo[482] te diese un beso llamándote su padre.
BLÉPIRO.
¡Pobre de él, si se atrevía!
PRAXÁGORA.
Pero tú olerías a calamento.[483] Además, como ha nacido antes del
decreto, no tienes que temer sus ósculos.
BLÉPIRO.
No podría aguantarlo. ¿Pero quién cultivará la tierra?
PRAXÁGORA.
Los esclavos. Tú no tendrás más que hacer que acudir limpio y perfumado
al banquete cuando sea de diez pies la sombra del cuadrante solar.[484]
BLÉPIRO.
¿Quién nos proporcionará los vestidos? Quisiera saber esto.
PRAXÁGORA.
Usad por de pronto los que tenéis; después ya os haremos otros.
BLÉPIRO.
Una sola pregunta: Si los magistrados condenan a uno a una multa, ¿de
dónde tomará el dinero para pagarla? No es justo que sea del tesoro
común.
PRAXÁGORA.
Pero no habrá ya procesos.
BLÉPIRO.
¡Cuánto les pesará a muchos!
PRAXÁGORA.
Así lo he decidido. Además, amigo mío, ¿para qué había de haberlos?
BLÉPIRO.
¡Para mil cosas, por Apolo! En primer lugar, para el caso de negarse
una deuda.
PRAXÁGORA.
Siendo todos los bienes comunes, ¿de dónde había de sacar dinero el
prestamista? Sería un ladrón manifiesto.
BLÉPIRO.
¡Muy bien, por Ceres! A otra cosa. Los que después de bien bebidos
maltratan a los transeúntes, ¿con qué pagarán la indemnización
correspondiente? Esto sí que no lo resuelves.
PRAXÁGORA.
Con su ordinaria pitanza: con este castigo de estómago no volverán a
excederse así como quiera.
BLÉPIRO.
¿No habrá ya ladrones?
PRAXÁGORA.
¿Quién ha de robar siendo comunes los bienes?
BLÉPIRO.
¿No despojarán a la noche a los transeúntes?
PRAXÁGORA.
No, por cierto. Lo mismo si duermes en tu casa, que si duermes fuera
de ella, como sucedía antes, todo el mundo tendrá con qué vivir. Si
alguno quiere despojar de sus vestidos a otro, este se los cederá de
buen grado; ¿a qué ha de oponerse? Ya sabe que ha de recibir del Estado
otros mejores.
BLÉPIRO.
¿No habrá juegos de azar?
PRAXÁGORA.
¿Qué se ha de ganar jugando?
BLÉPIRO.
¿Qué género de vida vas a establecer?
PRAXÁGORA.
Un comunismo perfecto. Atenas será como una sola casa, en que todo
pertenecerá a todos, hasta el punto de que se podrá pasar libremente de
una habitación a otra.
BLÉPIRO.
¿Dónde se darán las comidas?
PRAXÁGORA.
Todos los pórticos y tribunales se convertirán en comedores.
BLÉPIRO.
¿Y la tribuna para qué servirá?
PRAXÁGORA.
Para colocar las cráteras y los cántaros de agua; un coro de niños
celebrará desde ella la gloria de los valientes y el oprobio de
los cobardes; así, si hay alguno de estos, se retirará de la mesa
avergonzado.
BLÉPIRO.
¡Buena idea, por Apolo! ¿Y dónde colocarás las urnas de los sorteos?
PRAXÁGORA.
Las pondré en la plaza pública y junto a la estatua de Harmodio;[485]
iré sacando de ellas los nombres de los ciudadanos, hasta que todos se
vayan contentos, sabiendo la letra a qué les ha tocado ir a comer;[486]
así, el heraldo pregonará que los de la letra _Beta_ vayan a comer al
pórtico Basílico; los de la _Zeta_, al de Teseo, y los de la _Kappa_,
al mercado de las harinas.
BLÉPIRO.
¿Para atracarse de trigo?
PRAXÁGORA.
No, para cenar.
BLÉPIRO.
Y al que no le toque en suerte ninguna letra para cenar, se le arrojará
de todas partes.
PRAXÁGORA.
Eso no sucederá; porque tendremos especial cuidado en dar copiosamente
de todo a todos; de manera que cada cual se retirará del banquete,
ebrio con su corona y su antorcha. Entonces las mujeres os saldrán al
encuentro, cuando volváis del festín, diciéndoos: «Ven acá, tenemos una
hermosa muchacha.» «Aquí hay una hermosa y blanca como la nieve —os
gritará otra desde un piso alto—, pero antes es preciso que compartas
mi tálamo.» Los hombres feos seguiréis a los jóvenes gallardos,
exclamando: «¡Eh, tú! ¿a qué tanta prisa? No has de conseguir nada por
mucho que corras; la ley nos ha concedido a los feos el derecho de
prelación; y en tanto podéis entreteneros en el vestíbulo, jugando con
las hojas de higuera.»[487] Vamos, dime, ¿no te agrada este sistema?
BLÉPIRO.
Muchísimo.
PRAXÁGORA.
Ahora tengo que ir a la plaza a recibir los bienes que vayan
depositándose, y a escoger por heraldo una mujer de buena voz. Es un
deber ineludible que me impone mi cualidad de jefe y la necesidad de
proveer a la mesa común, si he de daros hoy, como pienso, el primer
banquete.
BLÉPIRO.
¿Desde hoy ya?
PRAXÁGORA.
Sin duda. En seguida voy a suprimir las cortesanas.
BLÉPIRO.
¿Por qué?
PRAXÁGORA.
A la vista está: para que no se nos lleven la flor de la juventud. No
es justo que unas esclavas bien adornadas roben sus placeres a las
mujeres libres. Cohabitarán solo con los esclavos, y solo para ellos
emplearán sus deleites.[488]
BLÉPIRO.
Anda, yo te acompañaré, para que me miren los transeúntes y digan:
mirad el marido de nuestra generala.
(_Vanse Blépiro y Praxágora._)
(Falta el Coro.)
* * * * *
CIUDADANO PRIMERO.
Voy a preparar mis enseres para llevarlos a la plaza, y a hacer
inventario de toda mi hacienda. Ven, hermosa zaranda, tú eres mi bien
más precioso; ven, llena aún de la harina de la cual has cernido tantos
sacos, a servir de Canéfora[489] en la procesión de mis muebles.
¿Dónde está la porta-sombrilla?[490] Esta olla hará sus veces: ¡qué
negra está, justo cielo! no lo estaría más si en ella se hubiesen
cocido las drogas con que Lisícrates[491] se tiñe las canas. Ponte
a su lado, lindo tocador; y tú, trípode, desempeña las funciones de
hidriáfora;[492] a ti, oh gallo, cuyo canto matinal me ha despertado
tantas veces para ir a la asamblea, te reservo el papel de citarista.
Adelántate, escacéfora,[493] con el gran cuenco de la miel cubierto
por entrelazadas ramas de olivo, y tráete también los dos trípodes y la
alcuza.[494] Los pucheros y demás menudencias que se queden ahí.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Yo entregar mis bienes? ¡Qué insensatez! ¡Qué locura! Jamás lo haré,
por Neptuno. Veamos antes lo que pasa, y después meditemos mucho sobre
la tal medida. Pues qué, ¿he de sacrificar sin más ni más el fruto de
mis sudores y economías antes de saber a fondo todo lo que hay? — ¡Eh,
tú! ¿Qué significan esos muebles? ¿Con qué objeto los has sacado? ¿Vas
a mudarte de casa, o los llevas a empeñar?
CIUDADANO PRIMERO.
No.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Pues para qué has puesto en fila todo tu ajuar? ¿Envías una procesión
a Hierón el pregonero?
CIUDADANO PRIMERO.
No, por Júpiter; voy a depositarlo en la plaza pública conforme a la
última ley.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿A depositarlo?
CIUDADANO PRIMERO.
Sí.
CIUDADANO SEGUNDO.
¡Por Júpiter salvador, tú estás loco!
CIUDADANO PRIMERO.
¿Cómo?
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Cómo? A la vista está.
CIUDADANO PRIMERO.
Pues qué, ¿no debo cumplir las leyes?
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Cuáles? ¡Desdichado!
CIUDADANO PRIMERO.
Las promulgadas.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Las promulgadas? ¡Qué imbécil eres!
CIUDADANO PRIMERO.
¿Imbécil?
CIUDADANO SEGUNDO.
Sí, amigo; y el más tonto de todos los tontos habidos y por haber.
CIUDADANO PRIMERO.
¿Porque cumplo las prescripciones legales?
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Pues qué, un hombre honrado tiene ese deber?
CIUDADANO PRTMERO.
Es el principal.
CIUDADANO SEGUNDO.
¡Estúpido rematado!
CIUDADANO PRIMERO.
¿Pero tú no piensas depositar tus bienes?
CIUDADANO SEGUNDO.
Me guardaré muy bien, antes de ver la resolución que adopta la mayoría.
CIUDADANO PRIMERO.
¿Puede ser otra que la de llevar al acervo común todos los bienes?
CIUDADANO SEGUNDO.
Cuando lo vea, lo creeré.
CIUDADANO PRIMERO.
Por las calles no se habla de otra cosa.
CIUDADANO SEGUNDO.
Se hablará.
CIUDADANO PRIMERO.
Todos dicen que van a llevar su parte.
CIUDADANO SEGUNDO.
Se dirá.
CIUDADANO PRIMERO.
Me matas con tu desconfianza.
CIUDADANO SEGUNDO.
Se desconfiará.
CIUDADANO PRIMERO.
¡Que Júpiter te confunda!
CIUDADANO SEGUNDO.
Se te confundirá. ¿Crees que todo ciudadano que tenga un átomo de
juicio ha de llevar nada? No estamos acostumbrados a dar: solo nos
gusta recibir, en lo cual imitamos a los dioses. Para convencerte, no
tienes más que mirarles a las manos: sus imágenes, cuando les pedimos
dones y mercedes, nos alargan las manos vueltas hacia arriba; no en
actitud de dar, sino de recibir.
CIUDADANO PRIMERO.
¡Miserable! Déjame cumplir con mi deber. ¿Dónde está mi correa?
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Pero de veras lo vas a llevar?
CIUDADANO PRIMERO.
Sí, por cierto; mira, ya he atado este par de trípodes.
CIUDADANO SEGUNDO.
¡Qué locura! ¿Por qué no esperas a ver lo que hacen los demás, y
después...?
CIUDADANO PRIMERO.
Después, ¿qué?
CIUDADANO SEGUNDO.
Esperar de nuevo y dar tiempo.
CIUDADANO PRIMERO.
¿A qué?
CIUDADANO SEGUNDO.
A que haya un terremoto o un relámpago de mal agüero, o a que pase una
comadreja, y verás, imbécil, cómo nadie lleva nada al depósito.[495]
CIUDADANO PRIMERO.
Tendría gracia que por estar esperando no encontrase dónde depositar
mis cosas.
CIUDADANO SEGUNDO.
No te apures por eso, y sí de cómo las has de recuperar. Aunque tardes
un mes, hallarás sitio de sobra.
CIUDADANO PRIMERO.
¿Cómo?
CIUDADANO SEGUNDO.
Yo los conozco perfectamente. En seguida dan un decreto, y después no
lo cumplen.
CIUDADANO PRIMERO.
Todos aportarán sus bienes, amigo.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Y si no los aportan?
CIUDADANO PRIMERO.
No te quepa duda, los aportarán.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Y si no los aportan, qué?
CIUDADANO PRIMERO.
Les obligaremos.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Y si son más fuertes?
CIUDADANO PRIMERO.
Dejaré mis muebles y me iré.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Y si te los venden, qué?
CIUDADANO PRIMERO.
¡Ojalá revientes!
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Y si reviento, qué?
CIUDADANO PRIMERO.
Harás perfectamente.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿De modo que persistes en llevarlos?
CIUDADANO PRIMERO.
Sí, por cierto; pues ya veo a mis vecinos que se disponen a llevar los
suyos.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Quién? ¿Antístenes?[496] Prefiriría mil veces el estarse treinta días
seguidos sentado en un bacín.
CIUDADANO PRIMERO.
¡Vete al infierno!
CIUDADANO SEGUNDO.
Y Calímaco,[497] el maestro de coros, ¿qué llevará a la comunidad?
CIUDADANO PRIMERO.
Más que Calias.[498]
CIUDADANO SEGUNDO.
¡Este hombre quiere arruinarse!
CIUDADANO PRIMERO.
¡Maldiciente!
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Maldiciente? ¿Pues no estamos viendo todos los días decretos
semejantes? ¿No te acuerdas de aquel que se dio sobre la sal?[499]
CIUDADANO PRIMERO.
Me acuerdo.
CIUDADANO SEGUNDO.
¿Y de aquel otro sobre las monedas de cobre? ¿Te acuerdas?
CIUDADANO PRIMERO.
Ya lo creo, ¡como que me causó poco perjuicio aquella maldita moneda!
Con la venta de mis uvas me había llenado la boca de monedas de cobre,
y me dirigí al mercado a comprar harina: tenía ya abierto el saco,
para recibirla, cuando, hete aquí que el pregonero grita: «Nadie debe
recibir en adelante la moneda de cobre; solo será corriente la de
plata.»[500]
CIUDADANO SEGUNDO.
Y hace poco, ¿no jurábamos todos que el impuesto de la cuadragésima,
ideado por Eurípides,[501] proporcionaría quinientos talentos al
Estado? No había quien no pusiese en las nubes al inventor; pero
cuando, vista la cosa con detenimiento, se comprendió que era, como
suele decirse: «la Corinto de Júpiter»,[502] y que no producía nada,
todo el mundo se desató contra Eurípides.
CIUDADANO PRIMERO.
Las circunstancias han variado. Entonces gobernábamos nosotros, y ahora
las mujeres.
CIUDADANO SEGUNDO.
¡Por Neptuno, ya tendré buen cuidado de que no se orinen en mis barbas!
CIUDADANO PRIMERO.
No sé qué sandeces dices. — Esclavo, cárgate ese fardo.
* * * * *
EL HERALDO.[503]
Ciudadanos, acudid todos, pues principia a plantearse la nueva ley;
presentaos a nuestra generala, para que la suerte designe el lugar
donde cada uno debe comer; ya están las mesas dispuestas y cargadas de
manjares exquisitos, y los lechos adornados de colchas y tapices; ya
el agua y el vino se mezclan en las cráteras junto a la fila de las
mujeres encargadas de los perfumes; ya se asan pescados, se clavan
liebres en los asadores, se tejen coronas y se fríen pastelillos; las
jóvenes cuidan los puches de habas que hierven en las ollas, y entre
ellas Esmeo,[504] con su uniforme de caballería, friega los platos de
las mujeres; Gerón,[505] con una hermosa túnica y finos zapatos,[506]
se presenta riendo con otro jovencito; ya se ha desprendido de su manto
y grueso calzado. Venid, el panadero os espera; ejercitad bien vuestras
mandíbulas.
CIUDADANO SEGUNDO.
Sí, iré. ¿Por qué me había de retrasar cuando la república lo manda?
CIUDADANO PRIMERO.
¿Adónde vas sin haber depositado tus bienes?
CIUDADANO SEGUNDO.
Al banquete.
CIUDADANO PRIMERO.
Si las mujeres tienen un átomo de juicio, no lo consentirán antes de
que hagas el depósito.
CIUDADANO SEGUNDO.