El poeta se vale en _Las Junteras_ como en _La Lisístrata_ del sexo

femenino para lograr su objeto, presentándonos una nueva conspiración

mujeril. Las atenienses, capitaneadas por Praxágora, resuelven

introducir cambios fundamentales en la constitución de la república.

Disfrazadas de hombres, armadas de bastones lacedemonios, envueltas

en los mantos de sus maridos, y oculto el rostro en sendas barbas

postizas, invaden el Pnix antes de amanecer, no sin haber tenido un

ensayo de oratoria. Aprovechándose de la pereza de los ciudadanos y

de lo que les retrasa el no hallar sus vestidos, hacen aprobar una

ley estableciendo la comunidad más completa en los bienes y en los

goces del amor. Síguese una admirable escena del mismo corte de la del

_Justo_ y el _Injusto_ en _Las Nubes_, en la cual Aristófanes pinta de

mano maestra esos dos eternos tipos del bueno y del mal ciudadano, del

hombre amante de la justicia y del que solo atiende a su particular

interés. Vienen después otras en que varias viejas y una muchacha se

disputan, con arreglo a las disposiciones recientes, el amor de un

hermoso joven, descendiendo en ellas la Musa aristofánica, como lo

resbaladizo del asunto hace suponer, a su acostumbrada licencia y

obscenidad.

En esta comedia no hay que buscar el desarrollo de la acción, nudo,

intriga ni desenlace, pues no es, como casi todas las de Aristófanes,

especialmente _Las Ranas_ y _La Paz_, más que una serie de cuadros y

animadas pinturas llenas de alegría, de chistes, de sales cómicas y de

verdad. Entre los especiales méritos de _Las Junteras_, es de notar la

elevación y gracia de su estilo, que en casi todas sus escenas tiene,

al decir de Brumoy,[409] un aire trágico, parodia del de _La Melanipe_

de Eurípides, en que este delineaba el tipo de la mujer-filósofo, y

que en las arengas preparatorias presenta burlescas imitaciones de los

discursos que solían pronunciarse en el Pnix.

_Las Junteras_, según el dato nada más que probable que su verso 194

nos proporciona, debieron representarse el año 393 antes de Jesucristo,

pues la alianza de que dicho pasaje hace mención se cree fuera la de

los atenienses con los de Corinto, Beocia y Argólida en contra de

Esparta, la cual se pactó en el referido año.

En esta comedia falta la parábasis, sin duda porque, después de la

toma de Atenas por Lisandro, el gobierno de los Treinta prohibió a

los poetas cómicos hacer alusiones personales y atacar la política,

reduciéndoles a los límites de la sátira general.

PERSONAJES.

PRAXÁGORA.

VARIAS MUJERES.

CORO DE MUJERES.

BLÉPIRO.

UN HOMBRE.

CREMES.

CIUDADANO 1.º, que aporta sus bienes al común.

CIUDADANO 2.º, que no los aporta.

UN HERALDO.

VARIAS VIEJAS.

UNA JOVEN.

UN JOVEN.

UNA CRIADA.

EL DUEÑO.

* * * * *

La acción pasa en la plaza pública de Atenas.

LAS JUNTERAS.

PRAXÁGORA. (_Adelantándose con una lámpara en la mano._)

¡Brillante resplandor de mi lámpara de arcilla,[410] que desde esta

altura atraes todas las miradas; tú, cuyo nacimiento y aventuras quiero

celebrar, hija de la rápida rueda del alfarero, émula del sol por el

fulgor radiante de tu pábilo, haz con los movimientos de tu llama la

convenida señal! Tú eres la única confidente de nuestros secretos, y

lo eres con motivo, pues cuando en nuestros dormitorios ensayamos las

diferentes posiciones del amor, sola nos asistes, y nadie te rechaza

por testigo de sus voluptuosos movimientos. Tú sola, al abrasar su

vegetación feraz, iluminas nuestros recónditos encantos.[411] Tú sola

nos acompañas cuando furtivamente penetramos en las despensas llenas

de báquicos néctares y sazonadas frutas; y, aunque cómplice de nuestras

fechorías, jamás se las revelas a la vecindad. Justo es, por tanto,

que sepas también los actuales proyectos aprobados por las mujeres mis

amigas en las fiestas de los Esciros.[412] Pero ninguna de las que

deben acudir se presenta, y empieza ya a clarear el día y de un momento

a otro dará principio la asamblea. Es necesario apoderarnos de nuestros

puestos, que, como yo recordaréis, dijo el otro día Firómaco,[413]

deben ser _los otros_,[414] y una vez sentadas, mantenernos ocultas.

¿Qué les ocurrirá? ¿Quizá no habrán podido ponerse las barbas postizas

como quedó acordado? ¿Les será difícil apoderarse de los trajes de sus

maridos? — ¡Ah!, allí veo una luz que se aproxima. Voy a retirarme un

poco, no sea un hombre.

* * * * *

MUJER PRIMERA.

Ya es hora de marchar: cuando salíamos de casa, el heraldo ha cantado

por segunda vez.[415]

PRAXÁGORA.

Yo he pasado toda la noche en vela esperándoos. Aguardad, voy a llamar

a esta vecina arañando suavemente su puerta; porque es preciso que su

marido nada note.

MUJER SEGUNDA.

Ya he oído, al ponerme los zapatos, el ruido de tus dedos, pues no

estaba dormida; pero mi esposo, que es un marinero de Salamina, no me

ha dejado descansar en toda la noche; en este mismo momento he podido

por fin apoderarme de sus vestidos.

MUJER PRIMERA.

Ya vienen Clináreta, Sóstrata y su vecina Filéneta.

PRAXÁGORA.

¡Apresuraos! Glice ha jurado que la que llegue la última pagará en

castigo tres congios de vino y un quénice de garbanzos.

MUJER PRIMERA.

¿Ves a Melística, la mujer de Esmicitión, que viene con los zapatos

de su marido? Esa es la única, a mi parecer, que se ha separado sin

dificultad de su esposo.

MUJER SEGUNDA.

Mirad a Gensístrata, la mujer del tabernero, con su lámpara en la mano,

acompañada de las esposas de Filodoreto y Querétades.

PRAXÁGORA.

Veo también a otras muchas, flor y nata de la ciudad, que se dirigen

hacia nosotras.

MUJER TERCERA.

Querida mía, me ha costado un trabajo infinito el poder escaparme de

casa sin que me vieran. Mi marido ha estado tosiendo toda la noche[416]

por haber cenado demasiadas sardinas.

PRAXÁGORA.

Sentaos; y ya que estáis reunidas, decidme si habéis cumplido o no lo

que acordamos en la fiesta de los Esciros.

MUJER CUARTA.

Yo sí. Lo primero que hice, como convinimos, fue ponerme los sobacos

más hirsutos que un matorral. Después, cuando mi marido se iba a la

plaza, me untaba con aceite de pies a cabeza, y me tostaba al sol

durante todo el día.[417]

MUJER QUINTA.

Yo también he suprimido el uso de la navaja[418] para estar

completamente velluda, y no parecer mujer en nada absolutamente.

PRAXÁGORA.

¿Traéis las barbas con que acordamos presentarnos todas en la asamblea?

MUJER CUARTA.

¡Por Hécate! Yo tengo una hermosísima.

MUJER QUINTA.

Y yo otra más bella que la de Epícrates.[419]

PRAXÁGORA.

Y vosotras, ¿qué decís?

MUJER CUARTA.

Hacen señas afirmativas.

PRAXÁGORA.

También veo que os habéis provisto de lo demás; pues traéis calzado

lacedemonio, bastones y trajes de hombre, como dijimos.

MUJER SEXTA.

Yo traigo el bastón de Lamia, a quien se lo he quitado mientras dormía.

PRAXÁGORA.

Es uno de aquellos bastones bajo cuyo peso se doblega.[420]

MUJER SEXTA.

¡Por Júpiter salvador! Si ese hombre se pusiera la piel de Argos,[421]

sería el único para administrar la cosa pública.

PRAXÁGORA.

Ea, mientras hay todavía estrellas en el cielo dispongamos lo que

debemos hacer; pues la asamblea, para la cual venimos dispuestas,

principiará con la aurora.

MUJER PRIMERA.

¡Por Júpiter! Tú debes tomar asiento al lado de la tribuna, frente a

los Pritáneos.

MUJER SÉPTIMA.

Yo me he traído esta lana para carmenarla durante la asamblea.

PRAXÁGORA.

¿Durante la asamblea? ¡Desdichada!

MUJER SÉPTIMA.

Sin género de duda. ¿Dejaré de oír porque esté cardando? Tengo a mis

hijitos desnudos.

PRAXÁGORA.

¡Esta quiere cardar cuando es preciso no dejar ver a los asistentes

ninguna parte de nuestro cuerpo! ¡Estaría bonito que en medio de la

multitud una de nosotras se lanzase a la tribuna, y se dejase ver

al natural![422] Por el contrario, si envueltas en nuestros mantos

ocupamos los primeros puestos, nadie nos reconocerá; y si además

sacamos fuera del embozo nuestras soberbias barbas y las dejamos

extenderse sobre el pecho, ¿quién será capaz de no tomarnos por

hombres? Agirrio,[423] gracias a la barba de Prónomo,[424] engañó

a todo el mundo: antes era mujer, y ahora, como sabéis, ocupa el

primer puesto en la ciudad. Por tanto, yo os conjuro por el día que

va a nacer, a que acometamos esta audaz y grande empresa para ver si

logramos apoderarnos del gobierno en pro de la república; porque al

presente ni a remo ni a vela se mueve la nave del Estado.

MUJER SÉPTIMA.

¿Pero cómo podrán encontrarse oradores en una junta de mujeres?

PRAXÁGORA.

Nada más fácil. Es cosa corriente que los jóvenes más disolutos sean

en general los de mejor palabra; y, por fortuna, esta condición no nos

falta a nosotras.

MUJER SÉPTIMA.

No sé, no sé; la inexperiencia es peligrosa.

PRAXÁGORA.

Por eso mismo nos hemos reunido aquí, para preparar nuestros discursos.

Vamos, poneos pronto las barbas, tú y todas las que se han ejercitado

en hablar.

MUJER OCTAVA.

Pero, loca, ¿quién de nosotras no sabe hablar?

PRAXÁGORA.

Ea, ponte la barba y conviértete cuanto antes en hombre. Aquí dejo las

coronas;[425] ahora me voy a plantar yo también la barba, por si acaso

tengo necesidad de decir algo.

MUJER SEGUNDA.

Querida Praxágora, ¡mira, mira qué ridiculez!

PRAXÁGORA.

¿Cómo ridiculez?

MUJER SEGUNDA.

Nuestras barbas parecen una sarta de calamares asados.

PRAXÁGORA.

Purificador, da vuelta con el gato;[426] adelante; silencio.

Arífrades,[427] pasa y ocupa tu puesto. ¿Quién quiere usar de la

palabra?

MUJER OCTAVA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Ponte esa corona,[428] y buena suerte.

MUJER OCTAVA.

Ya está.

PRAXÁGORA.

Principia, pues.

MUJER OCTAVA.

¿Antes de beber?

PRAXÁGORA.

¿Cómo beber?

MUJER OCTAVA.

Pues si no, necia, ¿para qué necesito la corona?

PRAXÁGORA.

Vete; quizá allí nos hubieras hecho lo mismo.

MUJER OCTAVA.

¿Pero suelen beber los hombres en la asamblea?

PRAXÁGORA.

¡Vuelta al beber!

MUJER OCTAVA.

Sí, por Diana, y de lo más puro. Por eso, a los que los examinan y

estudian detenidamente les parecen sus insensatos decretos resoluciones

de borrachos. Además, si no hubiese vino, ¿cómo harían las libaciones

a Júpiter, y demás ceremonias? Por otra parte, suelen maltratarse como

personas que han bebido demasiado, y los arqueros se ven obligados a

llevarse de la asamblea a más de un borracho revoltoso.

PRAXÁGORA.

Vete y siéntate; no sirves para nada.

MUJER OCTAVA.

Para eso, maldita la falta que me hacía el haberme puesto la barba: la

sed me abrasa las entrañas.

PRAXÁGORA.

¿Hay alguna otra que quiera hablar?

MUJER NOVENA.

Yo.

PRAXÁGORA.

Pues ponte la corona: la cosa marcha. Procura pronunciar un discurso

bello y vigoroso, apoyándote con majestad sobre tu báculo.

MUJER NOVENA.

«Hubiera deseado ciertamente que cualquiera de los que están avezados

a las lides oratorias me hubiera permitido con lo excelente de

sus proposiciones permanecer tranquilo en mi lugar; mas no puedo

consentir, por lo que a mí respecta, que en las tabernas se construyan

aljibes.[429] ¡No, por las dos diosas!...»

PRAXÁGORA.

¡Por las dos diosas![430] ¿En qué estás pensando, desdichada?

MUJER NOVENA.

¿Qué hay? Todavía no te he pedido de beber.

PRAXÁGORA.

Es verdad; pero, siendo hombre, has jurado por las dos diosas: lo demás

ha estado bien.

MUJER NOVENA.

Tienes razón, por Apolo.

PRAXÁGORA.

¡Basta! No doy un paso para ir a la asamblea sin que todo quede

perfectamente arreglado.

MUJER NOVENA.

Dame la corona: voy a arengar de nuevo. Ahora ya creo que lo he pensado

bien. «En cuanto a mí, oh mujeres aquí reunidas...»

PRAXÁGORA.

¡Desdichada! ahora dices «mujeres» en vez de hombres.

MUJER NOVENA.

Epígono[431] tiene la culpa. Le estaba mirando, y he creído que hablaba

delante de mujeres.

PRAXÁGORA.

Retírate a tu asiento. Yo misma hablaré por vosotras y me ceñiré la

corona, pidiendo antes a los dioses que concedan un éxito feliz a

nuestra empresa.

«La felicidad de este país me interesa tanto como a vosotros, y me

conduelen y lastiman los desórdenes de nuestra ciudad. Véola, en

efecto, siempre gobernada por perversos jefes; y considero que si uno

llega a ser bueno un solo día, luego es malo otros diez. ¿Queréis

encomendar a otro el gobierno? De seguro que será peor. Difícil es,

ciudadanos, corregir ese vuestro descontentadizo humor, que os hace

temer a los que os aman, y suplicar incesantemente a los que os

detestan. Hubo un tiempo en que no teníamos asambleas, y pensábamos que

Agirrio[432] era un bribón; hoy, que las tenemos, el que recibe dinero

no tiene boca para ponderarlas; mas el que nada recibe, juzga dignos de

pena capital a los que trafican con las públicas deliberaciones.»

MUJER PRIMERA.

¡Muy bien dicho, por Venus!

PRAXÁGORA.

¡Infeliz, has nombrado a Venus! Nos dejarás lucidas si sales con esa

pata de gallo en la asamblea.

MUJER PRIMERA.

Pero no lo diré.

PRAXÁGORA.

Bueno es que no te acostumbres.

«Cuando deliberábamos sobre la alianza,[433] todo el mundo decía que

era inminente la perdición de la república si no se llegaba a hacer:

hízose por fin, y todo el mundo lo llevó tan a mal que el orador que

la había aconsejado huyó y no ha vuelto a parecer.[434] Es necesario

armar naves —sostienen los pobres. —No es necesario —opinan los

labradores y los ricos. —¿Os indisponéis con los corintios? Ellos

os pagan en la misma moneda. Ahora, pues, que los tenéis amigos,

sedlo vosotros también. El argivo es ignorante; pero Hierónimo es un

sabio.[435] ¿Asoma una ligera esperanza de salvación?[436] En seguida

la rechazáis... Ni el mismo Trasíbulo[437] si fuese llamado...

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·»[438]

MUJER PRIMERA.

¡Qué hombre tan hábil!

PRAXÁGORA.

Ese elogio ya está en regla. «¡Tú, oh pueblo, eres la causa de todos

estos males! Pues te haces pagar un sueldo de los fondos del Estado,

con lo cual cada uno mira solo a su particular provecho, y la cosa

pública anda cojeando como Ésimo.[439] Pero si me atendéis, aún podéis

salvaros. Mi opinión es que debe entregarse a las mujeres el gobierno

de la ciudad, ya que son intendentes y administradores de nuestras

casas.»

MUJER SEGUNDA.

¡Bravo! ¡Bravo! ¡Bravo! Prosigue, amigo mío, prosigue.

PRAXÁGORA.

«Os demostraré que son infinitamente más sensatas que nosotros. En

primer lugar, todas, según la antigua costumbre, lavan la lana en agua

caliente, y jamás se las ve intentar temerarias novedades. Si la ciudad

de Atenas imitase esta conducta y se dejase de innovaciones peligrosas,

¿no tendría asegurada su salvación? Se sientan para freír las viandas,

como antes; llevan la carga en la cabeza, como antes; celebran las

Tesmoforias, como antes; amasan las tortas, como antes; hacen rabiar

a sus maridos, como antes; ocultan en casa a los galanes, como antes;

sisan, como antes; les gusta el vino puro, como antes; y se complacen

en el amor, como antes. Entregándoles, oh ciudadanos, las riendas del

gobierno, no nos cansemos en inútiles disputas, ni les preguntemos lo

que van a hacer; dejémoslas en plena libertad de acción, considerando

solamente que, como son madres, pondrán todo su empeño en economizar

soldados. Además, ¿quién les suministrará con más celo las provisiones

que la que les parió? La mujer es ingeniosísima como nadie para

reunir riquezas; y si llegan a mandar, no se las engañará fácilmente,

por cuanto ya están acostumbradas a hacerlo. No enumeraré las demás

ventajas; seguid mis consejos, y seréis felices toda la vida.»

MUJER PRIMERA..

¡Divina, admirable, dulcísima Praxágora! ¿Dónde has aprendido a hablar

tan bien, amiga mía?

PRAXÁGORA.

En el tiempo de la fuga[440] habité con mi esposo en el Pnix, y, a

fuerza de oír a los oradores, he aprendido a arengar.

MUJER PRIMERA.

Ya no me extraña que seas tan hábil y elocuente. Tú serás nuestro jefe:

procura poner en práctica tus proyectos. Pero si Céfalo[441] se lanza

sobre ti para injuriarte, ¿cómo le replicarás en la asamblea?

PRAXÁGORA.

Le diré que delira.

MUJER PRIMERA.

Eso lo sabe todo el mundo.

PRAXÁGORA.

Que es un atrabiliario.

MUJER PRIMERA.

También eso se sabe.

PRAXÁGORA.

Que es tan buen político como mal alfarero.[442]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te insulta el legañoso Neóclides?[443]

PRAXÁGORA.

A ese le diré que vaya a mirar por el trasero de un perro.[444]

MUJER PRIMERA.

¿Y si te empujan?[445]

PRAXÁGORA.

Les empujaré yo; en ese ejercicio pocos me ganarán.

MUJER PRIMERA.

En una cosa no hemos pensado: si se te llevan los arqueros, ¿qué harás?

PRAXÁGORA.

Me defenderé poniéndome así, en jarras, y no me dejaré coger por medio

del cuerpo.

MUJER PRIMERA.

Si te sujetan, nosotras les diremos que te suelten.

MUJER SEGUNDA.

Todo eso está perfectamente dispuesto; pero de lo que no nos hemos

ocupado es de la manera de levantar las manos[446] en la junta:

nosotras que solo estamos acostumbradas a levantar las piernas.[447]

PRAXÁGORA.

Eso es lo difícil; y sin embargo no hay más remedio que alzar las

manos, descubriendo el brazo hasta el hombro. Vamos, levantaos las

túnicas, y poneos pronto los zapatos lacedemonios como habéis visto

que lo hacen nuestros maridos todos los días al salir o al dirigirse

a la asamblea. En cuanto os hayáis calzado perfectamente, sujetaos

las barbas; después de atadas estas con todo esmero, envolveos en

los mantos sustraídos a vuestros esposos, y marchad, apoyándoos en

los bastones, y entonando alguna vieja canción a imitación de los

campesinos.

MUJER SEGUNDA.

Bien dicho; pero cojámosles la delantera, pues creo que otras mujeres

vendrán del campo al Pnix.

PRAXÁGORA.

Apresuraos; ya sabéis que los que no están en el Pnix desde el

amanecer, vuelven sin recibir el menor regalo.

CORO.

Llegó el momento de partir, ¡oh hombres! (esta palabra no debe

caérsenos nunca de la boca por temor a un descuido, porque a la verdad

no lo pasaríamos muy bien, si se nos sorprendiera fraguando esta

conspiración en las tinieblas). Hombres, vamos a la asamblea.

El tesmoteta[448] ha dicho que todo el que a primera hora y antes de

disiparse las tinieblas de la noche no se haya presentado cubierto de

polvo, contento con su provisioncilla de ajos, y mirando severamente,

se quedará sin el trióbolo. Caritímides, Esmícito, Draces, apresuraos y

procurad no olvidar nada de lo que es necesario hacer. Cuando hayamos

recibido nuestro salario, sentémonos juntos para votar decretos

favorables a nuestras amigas. ¿Qué estoy hablando? Quería decir

nuestros amigos.

Procuremos expulsar a los que vengan de la ciudad; antes, cuando

solo recibían un óbolo[449] por asistir a la asamblea, se estaban de

sobremesa charlando con sus convidados; pero ahora la concurrencia es

extraordinaria. En el arcontado del valiente Mirónides[450] nadie se

hubiera atrevido a cobrar sueldo por su intervención en los negocios

públicos, sino que todo el mundo acudía trayéndose su botita de vino

con un pedazo de pan, dos cebollas y tres o cuatro aceitunas. Hoy,

en cuanto se hace algo por la república, en seguida se reclama el

trióbolo, como un mercenario albañil.

(_Vanse._)

* * * * *

BLÉPIRO.

¿Qué es esto? ¿Adónde se ha marchado mi mujer? La aurora despunta ya

y no parece por ninguna parte. Largo rato hace que, atormentado por

una perentoria necesidad,[451] ando a oscuras buscando mi manto y

mis zapatos; pero, a pesar de mi empeño, no he podido encontrarlos a

tientas; y como el ciudadano excremento llama impaciente a mi puerta,

me he visto obligado a coger este chal de mi mujer y a calzarme los

borceguíes pérsicos. ¿Mas dónde encontraré un lugar limpio en que poder

hacer del cuerpo? ¡Eh!, de noche todos los sitios son buenos, y nadie

me verá. ¡Pobre de mí! ¡Qué desgraciado soy por haberme casado en la

vejez! ¡Oh! ¡bien merezco ser majado a golpes! De seguro que no habrá

salido para nada bueno. Pero sea lo que sea, desahoguémonos.[452]

UN HOMBRE.

¿Quién va? ¿No es mi vecino Blépiro? ¡Por Júpiter! El mismo. Dime, ¿qué

es eso de color rojo? ¿Cinesias[453] te ha llenado quizá de inmundicia?

BLÉPIRO.

No. He salido de casa con el vestido de color de azafrán que suele

ponerse mi mujer.

EL HOMBRE.

¿Pues dónde está tu manto?

BLÉPIRO.

No lo sé: lo he estado buscando mucho tiempo sobre la cama, y no lo he

podido hallar.

EL HOMBRE.

¿Y por qué no has dicho a tu mujer que te lo buscase?

BLÉPIRO.

¡Si no está en casa! ¡Si se ha escurrido yo no sé cómo! Por lo cual

temo no me esté jugando alguna mala partida.

EL HOMBRE.

Por Neptuno, entonces te pasa lo mismo que a mí. También mi mujer ha

desaparecido llevándoseme el manto que suelo usar; y no es eso lo

peor, sino que también me ha cogido los zapatos, pues no he podido

encontrarlos en ninguna parte.

BLÉPIRO.

Por Baco, ni yo mi calzado lacedemonio; y como apremiaba la necesidad,

me he puesto a toda prisa sus coturnos, por no ensuciar la colcha, que

está recién lavada.

EL HOMBRE.

¿Qué podrá ser esto? ¿Le habrá convidado a comer alguna de sus amigas?

BLÉPIRO.

Eso creo yo; porque no es mala, que yo sepa.

EL HOMBRE.

¿Pero estás haciendo sogas?[454] Ya es hora de ir a la asamblea; pero

tengo que hallar mi manto, pues no tengo más que uno.

BLÉPIRO.

Yo también, en cuanto acabe. Una maldita pera silvestre me obstruye la

salida.

EL HOMBRE.

Será la misma que se le atravesó a Trasíbulo[455] con motivo de los

lacedemonios.

BLÉPIRO.

¡Por Baco, no hay quien la arranque! ¿Qué haré? Porque no es solo el

mal presente lo que me aflige, sino el pensar por dónde habrá de salir

lo que coma. Este maldito Acradusio[456] ha cerrado la puerta a cal y

canto. ¿Quién me traerá un médico? ¿Y cuál? ¿Cuál es el más entendido

en esta especialidad de la obstetricia? ¿Quizá Aminón?[457] Pero no

querrá venir. Buscadme a Antístenes[458] a toda costa: a juzgar por

sus suspiros debe ser práctico en esto de estreñimientos. ¡Augusta

Lucina,[459] no me dejes morir de esta obstrucción para ser después

juguete de los cómicos![460]

* * * * *

CREMES.

¡Eh, tú! ¿Qué haces? ¿Tus necesidades?

BLÉPIRO.

¿Yo? No; me levanto: ya he concluido.

CREMES.

¿Te has puesto el vestido de tu mujer?

BLÉPIRO.

Lo he cogido sin saber, en la oscuridad. ¿De dónde vienes tú?

CREMES.

De la asamblea.

BLÉPIRO.

Pues qué, ¿se ha concluido?

CREMES.

Ya lo creo, al amanecer. Por Júpiter, no me he reído poco viendo la

pintura roja[461] extendida con profusión por todo el recinto.

BLÉPIRO.

¿Habrás recibido el trióbolo?

CREMES.

¡Ojalá! Llegué tarde. Eso es lo que siento: volverme a casa con el

zurrón vacío.[462]

BLÉPIRO.

¿Cómo ha sido eso?

CREMES.

Ha habido en el Pnix una concurrencia de hombres como no hay memoria.

Al verles, les tomamos a todos por zapateros,[463] pues solo se veían

rostros blancos en aquella muchedumbre que llenaba la asamblea; por eso

no he cobrado el trióbolo, y como yo, otros muchos.

BLÉPIRO.

¿De suerte que yo tampoco lo cobraría aunque fuera?

CREMES.

No, por cierto; aunque hubieses ido al segundo canto del gallo.

BLÉPIRO.

¡Infeliz de mí! «¡Oh Antíloco! Llórame más vivo sin el trióbolo que

muerto con él: perdido soy.»[464] ¿Pero por qué acudió esa multitud tan

temprano?

CREMES.

Los Pritáneos habían resuelto abrir un debate sobre el medio de salvar

la república. Al instante se plantó el primero en la tribuna el

legañoso Neóclides,[465] y al punto gritó el pueblo en masa (ya puedes

figurarte con qué fuerza): «¿No es una indignidad que, tratándose de la

salvación de la república, se atreva a arengarnos ese que ni siquiera

ha podido salvar sus pestañas?» Entonces Neóclides, replicando y

mirando en derredor: «¿Pues qué debía hacer?»,[466] ha dicho.

BLÉPIRO.

«Machacar ajos, con jugo de laserpicio y euforbio de Lacedemonia y

untarte con ello los párpados a la noche», le contesto yo, si estoy

presente.

CREMES.

Después de Neóclides, el ingenioso Eveón[467] se ha presentado desnudo,

según creían los más,[468] aunque él aseguraba que llevaba manto, y ha

pronunciado un discurso lleno de espíritu popular. «Ya veis, decía, que

yo mismo tengo necesidad de ser salvado, y que me hacen falta precisa

dieciséis dracmas;[469] sin embargo, no por eso dejaré de hablar de

los medios de salvar a la república y a los ciudadanos. En efecto, si

al principiar el invierno los bataneros suministrasen mantos de abrigo

a los necesitados, ninguno de nosotros sería atacado nunca por la

pleuresía. Además, propongo que los que carezcan de camas y de colchas,

se vayan después del baño a dormir a casa de un curtidor, el cual, si

se niega a abrir la puerta en invierno, debe ser condenado a pagar tres

pieles de multa.»

BLÉPIRO.

¡Excelente idea! Pero hubiera debido añadir (y de seguro que nadie le

contradice) que los vendedores de harina tendrán obligación de dar tres

quénices a los indigentes bajo las más severas penas; así, al menos,

Nausícides[470] podría ser útil al pueblo.

CREMES.

Luego ha subido a la tribuna un hermoso joven,[471] muy blanco y

parecido a Nicias,[472] y ha principiado por decir que convenía

entregar a las mujeres el gobierno de la república. Entóneos la

muchedumbre de zapateros[473] empezó a alborotarse y a gritar que

tenía razón; pero los habitantes del campo se opusieron vivamente.

BLÉPIRO.

Y les sobraban motivos, ¡por Júpiter!

CREMES.

Pero eran menos. En tanto el orador continuaba vociferando más y mejor,

haciendo mil elogios de las mujeres y diciendo tempestades de ti.

BLÉPIRO.

¿Pues qué dijo?

CREMES.

Primero, que eras un bribón.

BLÉPIRO.

¿Y tú?

CREMES.

No me preguntes todavía... Después, un ladrón.

BLÉPIRO.

¿Yo solo?

CREMES.

Sí, por cierto; y un delator.

BLÉPIRO.

¿Yo solo?

CREMES.

Tú, y toda esa turba.

BLÉPIRO.

¿Quién dirá lo contrario?

CREMES.

Comedias, tomo 3 de 3 · 第 6 / 14 段