Por culpa tuya ningún rico quiere armar ya a su costa una galera; pues

para librarse del compromiso se cubre de andrajos, llora y dice que es

pobre.

BACO.

Es verdad, por Ceres; y debajo lleva una túnica de lana fina; y después

de habernos engañado se le ve aparecer en la pescadería...[336]

ESQUILO.

En segundo lugar, tú has inspirado tal afición a la charlatanería

y las argucias, que las palestras están abandonadas, los jóvenes

corrompidos,[337] y los marineros se atreven a contradecir a sus

comandantes; en mis tiempos no sabían más que pedir su ración de pan y

gritar «¡Rippape!»[338]

BACO.

¡Oh!, pues ahora, ya saben lanzar un flato[339] a la boca del remero

del banco inferior y embrear a sus compañeros; y cuando desembarcan,

robar los vestidos al primer transeúnte, y pasarse el tiempo en

discusiones, sin cuidarse de remar, dejando que la nave bogue a la

ventura.

ESQUILO.

¿De qué crímenes no es autor? ¿No ha puesto en escena alcahuetas,

mujeres que paren en sagrado,[340] hermanas incestuosas,[341] y otras

que dicen que la vida no es la vida?[342] Así es que nuestra ciudad

se ha plagado de escribanos y bufones, especie de monos que tienen al

pueblo constantemente engañado; mientras que ya nadie sabe llevar una

antorcha,[343] por falta de ejercicio.

BACO.

Nadie, es verdad; así es que en las Panateneas me faltó poco para morir

de risa viendo a un hombre blanco, gordo y pesado que corría encorvado

y con un trabajo infinito, mucho más atrás que los otros. En la puerta

del Cerámico, los espectadores le pegaron en el vientre, en el pecho,

en los costados y en las nalgas, hasta que, en vista de aquella lluvia

de palmadas, mi hombre soltó un flato[344] con el cual apagó la

antorcha y se escapó.

CORO.

El negocio es importante; la disputa vehemente; grave la guerra.

Difícil será el formar opinión, pues si el uno ataca vigorosamente,

el otro huye el cuerpo con agilidad y responde con destreza. No

permanezcáis siempre en el mismo terreno: tenéis abiertos muchos

caminos e infinitas argucias. Decid, exponed, manifestad todos vuestros

recursos viejos y nuevos; aventurad algunos argumentos alambicados e

ingeniosos. No temáis que la ignorancia de los espectadores no pueda

comprender vuestras sutilezas; lejos de ser gente ruda, todos se han

ejercitado, y cada cual tiene su libro donde aprende sabias lecciones;

además su natural ingenio está hoy más aguzado que nunca. Nada temáis,

emplead todos los medios, pues estáis ante un público ilustrado.

EURÍPIDES.

Empecemos por sus prólogos; siendo lo primero que se encuentra en una

tragedia, es natural que principiemos por ellos el estudio de este

hábil poeta. Era oscuro en la exposición de sus asuntos.

BACO.

¿Cuál de sus prólogos vas a examinar?

EURÍPIDES.

Muchos. Recítame por de pronto el de la Orestiada.[345]

BACO.

Silencio todos. Recita tú, Esquilo.

ESQUILO.

«Subterráneo Mercurio, que vigilas

Sobre el paterno reino, dame ayuda;

Vengo al fin a mi patria y entro en ella.»[346]

BACO.

¿Hallas alguna falta en esos versos?

EURÍPIDES.

Más de doce.

BACO.

Pero si no son más que tres versos.

EURÍPIDES.

Es que cada uno tiene veinte faltas.

BACO.

Esquilo, te aconsejo que te calles: si no, además de esos tres yambos,

te censurará otros muchos.

ESQUILO.

¿Yo callarme delante de ese?

BACO.

Si me haces caso.

EURÍPIDES.

En el principio ha cometido ya una falta enorme.

ESQUILO. (_A Baco._)

¿No ves que no tienes razón?

BACO.

Sea. A mí poco me importa.

ESQUILO. (_A Eurípides._)

¿Dónde dices que está la falta?

EURÍPIDES.

Repite desde el principio.

ESQUILO.

Mercurio subterráneo, que vigilas

Sobre el paterno reino...

EURÍPIDES.

Eso lo dice Orestes ante la tumba de su padre, ¿verdad?

ESQUILO.

No lo niego.

EURÍPIDES.

¿De suerte que quiere decir que Mercurio velaba por su padre, para que

cayendo en un pérfido lazo fuese vilmente asesinado por su mujer?

ESQUILO.

No es al dios de la astucia, sino al Mercurio benéfico al que llama

subterráneo; y lo prueba diciendo que recibió esa misión de su padre.

EURÍPIDES.

Entonces el yerro es más grande de lo que yo pretendía; pues si recibió

de su padre aquella misión subterránea...

BACO.

Es que su padre le había nombrado enterrador.

ESQUILO.

¡Ay Baco! tu vino no está perfumado.[347]

BACO.

Recita el otro verso; y tú acecha sus faltas.

ESQUILO.

«... dame ayuda;

Vengo al fin a mi patria y entro en ella.»

EURÍPIDES.

El sabio Esquilo nos dice dos veces la misma cosa.

BACO.

¿Cómo dos veces?

EURÍPIDES.

Examina esa frase y te haré ver la repetición. «Vengo al fin a mi

patria», dice, «y entro en ella.» _Vengo_ es enteramente lo mismo que

_entro_.

BACO.

Entiendo; es como si uno dijera a su vecino: «Préstame la artesa, o si

quieres el arca de amasar.»

ESQUILO.

No es lo mismo, charlatán; mi verso es inmejorable.

BACO.

¿Cómo? Pruébamelo.

ESQUILO.

Todo el que goza de los derechos de ciudadanía puede _venir_ a su

patria, porque _viene_ sin haber experimentado antes ningún infortunio;

pero el desterrado _viene_ y _entra_.[348]

BACO.

¡Muy bien, por Apolo! ¿Qué dices a eso, Eurípides?

EURÍPIDES.

Digo que Orestes no _entró_ en su patria, porque vino secretamente, sin

haber obtenido la competente autorización de los que entonces ejercían

el mando.

BACO.

¡Muy bien, por Mercurio! Pero no te comprendo.

EURÍPIDES.

Recita, pues, otro.

BACO.

Vamos, Esquilo, recítalo pronto. Tú acecha las faltas.

ESQUILO.

«Invocando los manes de mi padre

Sobre su propia tumba, que se digne

Oírme y escucharme le suplico.»[349]

EURÍPIDES.

Otra repetición: _oír_ y _escuchar_ son dos cosas idénticas.

BACO.

Pero, desdichado, ¿no ves que estaba hablando con los muertos, a los

que no basta invocar tres veces?[350]

ESQUILO.

Y tú, ¿cómo hacías los prólogos?

EURÍPIDES.

Te lo voy a decir; y si encuentras una sola repetición, o un solo

ripio, me doy por vencido.

BACO.

Empieza ya: mi deber es escucharte; veamos qué hermosos son los versos

de tus prólogos.

EURÍPIDES.

«Edipo, que al principio era dichoso.»[351]

ESQUILO.

De ningún modo; su sino era la desgracia, pues ya antes de ser

engendrado, Apolo predijo que mataría a su padre, y aún no había

nacido. ¿Cómo, pues, al principio era dichoso?

EURÍPIDES.

«¡Mortal infelicísimo fue luego!»

ESQUILO.

De ningún modo, repito. No dejó de ser lo que era. Además esa felicidad

fue imposible. Apenas nació ya le expusieron metido en una olla[352]

en el rigor del invierno, para que no llegase a ser el asesino de su

padre; después, por desgracia suya, llegó al palacio de Pólibo, con los

pies hinchados;[353] luego, joven todavía, se casó con una vieja, que

por añadidura era su madre,[354] y por último se sacó los ojos.

BACO.

¡Feliz él si hubiera mandado la escuadra con Erasínides![355]

EURÍPIDES.

Desbarras, mis prólogos son buenos.

ESQUILO.

Por Júpiter, no pienso ir desmenuzando tus versos palabra por palabra,

sino con la ayuda de los dioses aniquilar tus prólogos sin más que con

una pequeña alcuza.

EURÍPIDES.

¿Con una alcuza?

ESQUILO.

Sí, con una sola; pues tus yambos son de tal naturaleza que se les

puede añadir lo que se quiera, un pellejito, una alcucita, un saquito,

como te lo demostraré en seguida.

EURÍPIDES.

¿Tú demostrarme eso?

ESQUILO.

Sí, yo.

BACO.

Vamos, recita.

EURÍPIDES.

Cuando, según la fama más creída,

Con sus cincuenta hijas llegó Egipto

De Argos a la región...[356]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.[357]

EURÍPIDES.

¿Qué alcuza? ¡Así te mueras!

BACO.

Recita otro prólogo, y veamos.

EURÍPIDES.

Baco, que armado del pomposo tirso

Y cubierto de pieles de cervato,

Danza en las cumbres del Parnaso agreste

De antorchas al fulgor...[358]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

De nuevo nos sacude con su alcuza.

EURÍPIDES.

No nos fastidiará más, pues a este prólogo no le podrá colgar la alcuza.

No existe, no, felicidad completa;

Tal de ilustre familia, es pobre; y otro

De modesta extracción...[359]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¡Eurípides!

EURÍPIDES.

¿Qué hay?

BACO.

Recoge velas; pues esta alcuza va a convertirse en huracán.

EURÍPIDES.

Poco se me importa, por Ceres; ya verás cómo se lo hago soltar de las

manos.

BACO.

Continúa recitando, y mucho ojo con la alcuza.

EURÍPIDES.

La ciudad de Sidón abandonando

Cadmo, hijo de Agenor...[360]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¡Ay, amigo mío! Cómprale esa bendita alcuza, pues, si no, nos va a

echar a pique todos los prólogos.

EURÍPIDES.

¡Cómo! ¿yo comprársela?

BACO.

Si me haces caso.

EURÍPIDES.

No, por cierto. Puedo citarle una porción de prólogos, a los que no

podrá aplicarles la alcuza.

Pélope, hijo de Tántalo, partiendo

Para Pisa, animando los corceles

De su carro veloz...[361]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¿Lo ves? De nuevo le ha colgado su alcuza. Vamos, Esquilo, véndesela a

cualquier precio; que tú por un óbolo podrás comprar otra hermosísima.

EURÍPIDES.

Te digo que no; aún me quedan muchos.

Eneo en su heredad...[362]

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

EURÍPIDES.

Déjame acabar el primer verso.

Eneo en su heredad, habiendo un día

Pingüe cosecha recogido y de ella

Ofrecido a los dioses las primicias

En piadosa oblación...

ESQUILO.

Perdió su alcuza.

BACO.

¡Durante el sacrificio! ¿Quién se la quitó?

EURÍPIDES.

Permíteme, amigo mío, que pruebe con este verso:

Jove (la verdad misma lo asegura)[363]

BACO.

Estás perdido; en seguida va a añadir: «Perdió su alcuza.» Porque la

tal alcuza se adhiere a tus prólogos como el orzuelo a los párpados.

Pero, por todos los dioses, pasa ya a ocuparte de la parte lírica de

sus dramas.

EURÍPIDES.

Puedo demostrar hasta la evidencia que sus cantos son perversos y

llenos de las mismas repeticiones.

CORO.

¿En qué parará esto? Ansioso estoy de saber qué censuras se atreverá a

presentar contra sus infinitos y bellísisimos cantos, tan superiores a

los de los poetas del día; no acierto a comprender en qué podrá motejar

a este rey de las fiestas de Baco,[364] y le auguro una derrota.

EURÍPIDES.

¡Sí! ¡Admirables cantos líricos! Ahora se verá, pues voy a reunirlos

todos en uno.

BACO.

Y yo a llevar la cuenta con estas piedrecitas.

EURÍPIDES.

Aquiles,[365] rey de Ftía, ¿por qué, si oyes

El estruendo feral de la matanza,

A aliviar sus trabajos, di, no vuelas?[366]

Nosotros, habitantes de este lago,

Culto rendimos al sagaz Mercurio,

Egregio fundador de nuestra raza,

Y a aliviar sus trabajos tú no corres.[367]

BACO.

Ya tienes dos _trabajos_, Esquilo.

EURÍPIDES.

¡Oh, el más ilustre aqueo, ínclito Atrida!

Jefe de muchos pueblos poderosos,[368]

¿A aliviar sus trabajos tú no corres?

BACO.

Ya el tercer _trabajo_, Esquilo.

EURÍPIDES.

Silencio: las proféticas Melisas[369]

De Diana van a abrir el templo augusto,

¿Y a aliviar sus trabajos tú no vuelas?

Yo puedo proclamar que los guerreros[370]

Partieron con auspicios la victoria,

A aliviar sus trabajos tú no corres.

BACO.

¡Soberano Júpiter! ¡Qué infinidad de _trabajos_! Quiero ir a bañarme;

pues con tantos _trabajos_, se me han inflamado los riñones.

EURÍPIDES.

Por favor, no te vayas antes de oír este canto arreglado para cítara.

BACO.

Sea; pero pronto y sin _trabajos_.

EURÍPIDES.[371]

¿Por qué los dos monarcas que comandan

La ardiente juventud de los Aqueos,

Flatotrato-flatotrat,

La aterradora Esfinge han enviado,

Perro factor de negros infortunios?

Flatotrato-flatotrat,

Vibrando el asta en la potente garra

El ave que impetuosa y vengadora,

Flatotrato-flatotrat.

Entrega al crudo diente de los perros,

Osados vagabundos de los aires,

Flatotrato-flatotrat,

Los que se inclinan al partido de Áyax,

Flatotrato-flatotrat.

BACO.

¿Qué es ese flatotrat? ¿En Maratón, o dónde has recogido ese canto de

aguadores?

ESQUILO.

No; yo di a lo que era ya bueno una forma igualmente bella, para que no

se dijese que cogía en el jardín sagrado de las Musas las mismas flores

que Frínico.[372] Pero Eurípides, para tomar sus cantos, acude a los de

todas las meretrices, y a los escolios de Meleto,[373] a los aires de

la flauta caria, a los acentos doloridos, y a los himnos coreográficos,

como os lo voy a demostrar sobre la marcha. Traedme una lira. ¿Pero

qué necesidad hay de lira para este? ¿Dónde está la mujer que toca

las castañuelas? Ven, oh Musa de Eurípides. Tú eres la única digna de

modular sus canciones.

BACO.

¿No ha imitado nunca esa Musa a las Lesbenses?[374]

ESQUILO.[375]

Alciones que gorjeáis sobre las olas

Infinitas del piélago salado,

Con gotas titilantes

De rocío menudas y cambiantes

El nítido plumaje salpicado;

Arañas que en los lóbregos rincones

De las habitaciones

Hi-i-i-láis[376] la trama prodigiosa

Con la pata ligera,

Y con la resonante lanzadera.

El delfín cautivado

Por el son de las flautas delicadas,

Augurando un buen viaje,

Salta regocijado

En torno de las proas azuladas.

Adorno de la vid, crespo follaje,

Sostén lozano del racimo bello,

Enlaza, hijo, tus brazos a mi cuello.

¿Ves tú el ritmo?

BACO.

Lo veo.

ESQUILO.

¡Cómo! ¿Lo ves?

BACO.

Lo veo.

ESQUILO.

¿Y tú, autor de semejantes versos; tú que imitas al componerlos las

doce posturas de Cirene,[377] te atreves a censurar los míos? Tales son

sus cantos líricos: examinemos ahora sus monólogos:[378]

Oscuridad profunda de la noche,

Del fondo de tu abismo tenebroso

¿Qué ensueño pavoroso

Envías a mi mente conturbada?

Sin duda es un aborto del averno,

Un alma inanimada,

De horrible aspecto y de letal mirada,

Un hijo de la noche y del infierno,

De uñas de acero y veste rozagante.

La lámpara brillante,

Esclavas, encended, y al cristalino

Río hurtadle la linfa en vuestras urnas;

Calentadla y podré de este divino

Sueño purificarme,

Que en las horas nocturnas

Ha venido espantoso a atormentarme.

¡Oh Neptuno! ¿Qué es esto?

El prodigio funesto

Ved, mis consortes en destino impío,

¡Ah, Glice sin entrañas

Huye, huye, y se lleva el gallo mío!

¡Ninfas de las montañas,

Y tú, Mania, prended, prended a Glice!

Yo que estaba ¡infelice!

A mi labor atenta

El blanco lino hi-i-i-i-ilando

Que mi rueca cubría,

Y el ovillo formando

Que al despuntar el día

En la plaza pensaba

A buen precio vender; mas él volaba,

¡Ay!, volaba[379] y con alas incansables

Por el éter cruzaba;

Y penas, penas, ¡ay!, interminables,

Me dejó solamente,

Y tristezas y enojos,

Y convertidos en perenne fuente

De lágrimas, ¡de lágrimas mis ojos!

Cretenses, acudid; hijos del Ida,

Con el arco homicida

En mi auxilio volad, cercad la casa;

Divina cazadora,

Diana gentil, acude con tus canes

Y registra los últimos desvanes.

Hécate, hija de Júpiter, enciende

Dos antorchas, y guía

A la mansión de la ladrona Glice;

Quizá, quizá a su luz, ¡ay infelice!

Pueda encontrar la pobre hacienda mía.

BACO.

Basta de coros.

ESQUILO.

Sí, basta. Ahora quiero traer una balanza, pues es el único medio de

aquilatar el valor de nuestra poesía, y calcular el peso de nuestras

palabras.

BACO.

Vamos, venid. Me veo reducido a vender por libras el numen de los

poetas, como si fuese queso.[380]

CORO.

Las gentes de talento son muy ingeniosas. He ahí una idea peregrina,

admirable y extraña que antes a nadie se le había ocurrido. Yo, si

alguno me lo hubiese contado, no le hubiera dado crédito pensando que

deliraba.

BACO.

Ea, acercaos a los platillos...

ESQUILO Y EURÍPIDES.

Ya estamos.

BACO.

Recitad teniéndolos cogidos, cada uno un verso, y no los soltéis hasta

que yo diga: ¡Cucú!

ESQUILO Y EURÍPIDES.

Ya están cogidos.

BACO.

Decid ya un verso sobre la balanza.

EURÍPIDES.

«¡Oh, si el _Argos_ jamás volado hubiera!...»[381]

ESQUILO.

«¡Oh río Esperquio! ¡Oh pastos de los toros!...»[382]

BACO.

¡Cucú! Soltad. ¡Oh! el verso de Esquilo baja mucho más.

EURÍPIDES.

¿Por qué?

BACO.

Porque, a ejemplo de los vendedores de lana, ha mojado su verso,

poniendo en él un río, y tú le has aligerado poniéndole alas.

EURÍPIDES.

Que recite otro y lo pese.

BACO.

Coged de nuevo los platillos.

ESQUILO Y EURÍPIDES.

Ya están.

BACO. (_A Eurípides._)

Di.

EURÍPIDES.

«De la Persuasión dulce es la elocuencia

El único santuario...»[383]

ESQUILO.

«Solo la muerte es la deidad que no ama

Las oblaciones pías...»[384]

BACO.

Soltad, soltad. De nuevo la balanza cae hacia el lado de Esquilo; y es

porque ha echado en el plato la Muerte, que es el más pesado de los

males.

EURÍPIDES.

Y yo la Persuasión; mi verso es inmejorable.

BACO.

Pero la Persuasión es cosa ligera y de poco peso. Vamos, busca entre

tus versos más pesados uno muy robusto y vigoroso que incline la

balanza a tu favor.

EURÍPIDES.

¿Pero dónde encontrarlo? ¿Dónde?

BACO.

Yo te lo diré: «Aquiles ha sacado dos y cuatro.»[385] Recitad; esta es

la última prueba.

EURÍPIDES.

«Se apoderó de una ferrada maza...»[386]

ESQUILO.

«El carro sobre el carro, y el cadáver

Sobre el cadáver...»[387]

BACO. (_A Eurípides._)

Otra vez te ha vencido.

EURÍPIDES.

¿Cómo?

BACO.

Ha puesto dos carros y dos cadáveres, cuyo peso no podrían levantar ni

cien egipcios.[388]

ESQUILO.

Dejémonos de disputar verso por verso: póngase Eurípides en un plato

de la balanza, con sus hijos, su mujer, Cefisofonte[389] y todos sus

libros, y yo pondré solamente dos versos en el otro.

BACO.

Ambos poetas son amigos míos, y no quiero decidir la cuestión, pues

sentiría enemistarme con uno de ellos. El uno me parece muy diestro; el

otro me encanta.

* * * * *

PLUTÓN.

Entonces no has logrado el objeto de tu viaje.

BACO.

¿Y si sentencio?

PLUTÓN.

Te llevarás al que prefieras; y no habrás hecho en balde el viaje.

BACO.

Gracias, Plutón. Ahora, escuchadme: yo he bajado aquí en busca de un

poeta...

EURÍPIDES.

¿Para qué?

BACO.

Para que la ciudad, una vez libre de peligros,[390] haga representar

sus tragedias. Estoy resuelto a llevarme aquel de vosotros que me dé un

buen consejo para la república. Decidme: ¿qué pensáis de Alcibíades?

Esta es cuestión que ha puesto a parir a Atenas.[391]

EURÍPIDES.

¿Y qué piensa de él?

BACO.

¿Qué piensa? Le desea, le aborrece y no puede pasarse sin él. Vamos,

decid vuestra opinión.

EURÍPIDES.

Detesto al ciudadano lento en ayudar a su patria, pronto en hacerla

daño, hábil para el propio interés, torpe para los del Estado.

BACO.

¡Bien, por Neptuno! Sepamos ahora tu parecer.

ESQUILO.

No conviene criar en la ciudad al cachorro del león. Lo mejor es esto;

pero una vez criado, es necesario someterse a sus caprichos.

BACO.

Por Júpiter salvador, quedo en la misma indecisión; el uno habló con

ingenio y el otro con claridad. Decidme ambos vuestra opinión sobre los

medios de salvar la república.

EURÍPIDES.

Poniendo a Cinesias, a modo de alas, sobre Cleócrito,[392] de suerte

que el viento se llevase a ambos sobre las olas del mar...

BACO.

La idea es chistosa, pero ¿a dónde vas a parar?

EURÍPIDES.

Cuando hubiera una batalla naval podrían echar vinagre a los ojos de

nuestros enemigos. Pero voy a deciros otra cosa.

BACO.

Di.

EURÍPIDES.

Si confiamos en lo que ahora desconfiamos, y desconfiamos en lo que

ahora confiamos...

BACO.

¿Cómo? No entiendo. Dilo más llana y comprensiblemente.

EURÍPIDES.

Si desconfiamos de los ciudadanos en que hoy confiamos, y empleamos a

los que tenemos en olvido, quizá nos salvaremos. Pues si con aquellos

somos infelices, ¿no conseguiremos ser felices empleando a sus

contrarios?

BACO.

¡Admirable! Eres el hombre más ingenioso, un verdadero Palamedes.[393]

Dime, ¿esa idea es tuya o de Cefisofonte?[394]

EURÍPIDES.

Es mía; la del vinagre es de Cefisofonte.

BACO.

¿Qué dices tú?

ESQUILO.

Dime antes a quiénes emplea la república. ¿A los hombres de bien?

BACO.

No; los aborrece de muerte.

ESQUILO.

¿Le agradan los malos? BACO.

Tampoco; pero la necesidad le obliga a echar mano de ellos.

ESQUILO.

¿Qué medios de salvación puede haber para una ciudad que no quiere paño

fino ni burdo?[395]

BACO.

Por favor, Esquilo, discurre alguno que nos saque del abismo.

ESQUILO.

En la tierra te lo diré; aquí no quiero.

BACO.

De ningún modo; envíales desde aquí la felicidad.

ESQUILO.

Se salvarán cuando crean que la tierra de sus enemigos es suya, y la

suya de sus enemigos; y que sus naves son sus riquezas, y sus riquezas

su ruina.[396]

BACO.

Muy bien; pero los jueces lo devoran todo.[397]

PLUTÓN. (_A Baco._)

Sentencia.

BACO.

Sentenciad vosotros. Yo elijo al predilecto de mi corazón.

EURÍPIDES.

Tomaste a los dioses por testigos de que me llevarías. Sé fiel a tu

juramento y elige a tus amigos.

BACO.

«La lengua ha jurado»,[398] pero escojo a Esquilo.

EURÍPIDES.

¿Qué has hecho, miserable?

BACO.

¿Yo? Declarar vencedor a Esquilo. ¿Por qué no?

EURÍPIDES.

¿Y aún te atreves a mirarme a la cara después de tu vergonzosa felonía?

BACO.

¿Hay algo vergonzoso mientras el auditorio no lo tenga por tal?

EURÍPIDES.

Cruel, ¿me vas a dejar entre los muertos?

BACO.

¿Quién sabe si el vivir es morir, si el respirar es comer, si el sueño

es un vellón?[399]

PLUTÓN.

Entrad. Baco, ven conmigo.

BACO.

¿Para qué?

PLUTÓN.

Para que os dé hospitalidad antes de que partáis.

BACO.

Bien dicho, por Júpiter; eso me agrada más.

* * * * *

CORO.

¡Feliz el poseedor de toda la sabiduría! Mil pruebas lo demuestran.

Esquilo, gracias a su ingenio y habilidad, vuelve a su casa para dicha

de sus conciudadanos, amigos y parientes. Guardémonos de charlar con

Sócrates, despreciando la música y demás accesorios importantes de

las Musas trágicas. El pasarse la vida en discursos enfáticos y vanas

sutilezas, es haber perdido el juicio.

* * * * *

PLUTÓN.

Parte gozoso, Esquilo; salva nuestra ciudad con tus buenos consejos

y castiga a los tontos: ¡hay tantos! Entrega esta cuerda[400] a

Cleofón,[401] esta a los recaudadores Mírmex y Nicómaco,[402] y esta

a Arquénomo,[403] y diles que se vengan por aquí pronto y sin tardar.

Pues si no bajan en seguida, los agarro, los marco a fuego,[404] y

atándolos de pies y manos con Adimante,[405] hijo de Leucólofo, los

precipito, hechos un fardo, a los infiernos.

ESQUILO.

Cumpliré tus órdenes: coloca tú en mi trono a Sófocles para que me

lo conserve y guarde, por si acaso vuelvo; porque después de mí, le

creo el más hábil. En cuanto a ese intrigante, impostor y chocarrero,

haz que jamás ocupe mi puesto, aun cuando quieran dárselo contra su

voluntad.

PLUTÓN. (_Al Coro._)

Alumbradle con vuestras sagradas antorchas, y acompañadle cantando sus

propios himnos y coros.

CORO.

Dioses infernales, conceded un buen viaje al poeta que retorna a la

luz, y a nuestra ciudad grandes y sensatos pensamientos. De esta

suerte nos libraréis de los grandes males y del horrible estruendo de

las armas. Cleofón y los que como él piensan, váyanse a pelear a su

patria.[406]

FIN DE LAS RANAS.

LAS JUNTERAS.

NOTICIA PRELIMINAR.

Protágoras, y después Platón, en sus tratados de _República_, habían

sentado teorías peligrosas que el mágico estilo del segundo hacía

más de temer. Aparte de mil innovaciones en lo relativo al gobierno

y administración de los estados, las ideas más repugnantes a la

naturaleza humana, que descuellan en la república del fundador de la

Academia, son las relativas a la comunidad de bienes, y sobre todo a la

de hijos y mujeres, reglamentada con detalles dignos de una ley para el

fomento de la cría caballar.[407] Aristófanes, que ya había combatido

enérgicamente a los filósofos en _Las Nubes_, vuelve a la carga contra

ellos en _Las Junteras_,[408] cubriendo de ridículo sus hipótesis y

quimeras sobre los dos puntos principales que acabamos de indicar; y

mostrando con una serie de cuadros y de escenas, llenas de colorido

y de verdad, los extremos a que conduciría el planteamiento de un

comunismo absurdo.

Comedias, tomo 3 de 3 · 第 5 / 14 段