Atadme pronto a ese ladrón de perros,[272] para castigarle; despachad.

BACO.

Esto va mal para alguno.

JANTIAS.

¡Ay del que se acerque!

ÉACO.

¡Cómo! ¿Te resistes? ¡Eh, Ditilas, Esceblias, Párdocas,[273] avanzad y

combatid con él!

BACO.

¿No es insufrible que después de robar a otros trate todavía de

maltratarles?

JANTIAS.

Eso pasa ya de la raya.

ÉACO.

Sí, es insufrible e intolerable.

JANTIAS.

Aniquíleme Júpiter si jamás he venido aquí o te he robado el valor de

un cabello. Quiero darte una prueba de generosidad; apodérate de ese

esclavo; somételo al tormento,[274] y si llegas a averiguar algo contra

mí, dame la muerte.

ÉACO.

¿A qué tormento le someteré?

JANTIAS.

A todos; átalo a una escalera, dale de palos, desuéllalo, tortúralo,

échale vinagre en las narices, cárgale de ladrillos; en fin, emplea

todos los medios, menos el de azotarle con ajos o puerros verdes.[275]

ÉACO.

Muy bien dicho; mas si estropeo a tu esclavo, ¿me exigirás los daños y

perjuicios?

JANTIAS.

No lo temas; puedes llevártelo y someterlo a la tortura.

ÉACO.

Lo haré aquí mismo, para que hable delante de ti. — Tú, deja la carga,

y cuidado con mentir.

BACO.

Prohíbo que nadie me atormente; yo soy inmortal; si lo haces, todo el

mal caerá sobre ti.

ÉACO.

¿Qué dices?

BACO.

Digo que yo soy un inmortal, Baco, hijo de Júpiter, y que ese es un

esclavo.

ÉACO. (_A Jantias._)

¿Has oído?

JANTIAS.

Perfectamente; por lo mismo hay que azotarle más fuerte; si es un dios,

no sentirá los golpes.

BACO.

¿Por qué, pues, ya que pretendes pasar por un inmortal, no has de

someterte también a la fustigación?

JANTIAS.

Tienes razón. Aquel que llore antes, o se muestre sensible a los palos,

es señal de que no es dios.

ÉACO.

Eres indudablemente un hombre generoso: no rehuyes nada de lo que es

justo. Ea, desnudaos.

JANTIAS.

¿Cómo nos darás tormento conforme a justicia?

ÉACO.

Nada más fácil; se os distribuirán los golpes alternativamente.

JANTIAS.

¡Feliz idea!

ÉACO.

¡Toma! (_Pega a Jantias._)

JANTIAS.

Observa si me muevo.

ÉACO.

Pues ya te he pegado.

JANTIAS.

No, por cierto.

ÉACO.

Parece que no los has sentido. Ahora voy a sacudirle a este otro.

BACO.

¿Cuándo?

ÉACO.

Sí, ya te he pegado.

BACO.

¿Cómo? ¿Si ni siquiera me has hecho estornudar?[276]

ÉACO.

Lo ignoro; repetiré con el otro.

JANTIAS.

Anda listo. ¡Ay! ¡ay! ¡ay!

ÉACO.

¡Hola! ¿Qué significa ese ay, ay, ay? Duele, ¿eh?

JANTIAS.

¡Ca! estaba pensando en la fiesta de Hércules, que se celebra en

Diomea.[277]

ÉACO.

¡Qué hombre tan piadoso! Volvamos al otro.

BACO.

¡Oh, oh!

ÉACO.

¿Qué te pasa?

BACO.

Veo caballeros.[278]

ÉACO.

¿Y eso te hace llorar?

BACO.

No, es que he olido cebollas.

ÉACO.

¿No se te importan nada los palos?

BACO.

Nada absolutamente.

ÉACO.

Volvamos a este.

JANTIAS.

¡Ay de mí!

ÉACO.

¿Qué te pasa?

JANTIAS:

Sácame esta espina.

ÉACO.

¿Qué significa eso? Ahora al otro.

BACO.

«¡Apolo adorado en Delos y Delfos!»[279]

JANTIAS.

Ya le duele. ¿No has oído?

BACO.

No, es que me he acordado de un verso de Hiponacte.

JANTIAS.

No adelantas nada; pega en los costados.

ÉACO.

Es verdad; vamos, presenta el vientre.

BACO.

¡Oh Neptuno!...

JANTIAS.

Alguien se lamenta.

BACO.

«... Que reina sobre los promontorios del Egeo, o sobre el salado

abismo del cerúleo mar.»[280]

ÉACO.

Por Ceres, no puedo conocer cuál de vosotros es dios. Entrad; mi amo y

Proserpina, que son también dioses, os podrán reconocer.

BACO.

Tienes razón. Pero eso debía de habérsete ocurrido antes de azotarme.

* * * * *

CORO.[281]

Musa, asiste a nuestros sagrados coros; ven a deleitarte con mis versos

y a contemplar esa infinita muchedumbre, entre la cual hallarás muchos

hábiles ciudadanos más noblemente ambiciosos que ese Cleofón,[282] de

cuyos gárrulos labios se escapa incesantemente un sonido ingrato, como

el de la golondrina de Tracia, posada sobre un ramo en aquella bárbara

región: ahora grazna ya los lamentables cantos del ruiseñor, porque va

a morir, aun cuando en la votación resulte empate.[283]

Justo es que el sagrado coro dé a la república consejos y enseñanzas.

Nuestra primera atención debe ser establecer la igualdad entre los

ciudadanos y librarlos de temores; después, si alguno faltó, engañado

por los artificios de Frínico,[284] creo que debe permitírsele

defenderse y justificarse, pues es vergonzoso que a los que tomaron

parte una vez en una batalla naval[285] los equiparéis a los

Plateenses, convirtiéndolos de esclavos en señores. No es que yo halle

esto censurable; al contrario, lo aplaudo y pienso que es lo único en

que estuvisteis acertados; pero entiendo que sería igualmente justo

que los que tantas veces, lo mismo ellos que sus padres, pelearon en

el mar con nosotros y nos están unidos por su nacimiento, obtuvieran

el perdón de su única falta.[286] Aplacad, pues, un poco vuestra

indignación, discretísimos atenienses, y procuremos que cuantos

combatieron en nuestras galeras formen una sola familia, y alcancen

con su rehabilitación el pleno goce de los derechos de ciudadanos: el

mostrarnos tan altivos y soberbios en la concesión de la ciudadanía,

sobre todo ahora que fluctuamos a merced de las olas,[287] es una

imprudencia de que en el porvenir nos arrepentiremos. Si soy hábil en

conocer la vida y costumbres de los que habrán de arrepentirse de su

conducta, me parece que no está lejos la hora del castigo del pequeño

Clígenes,[288] ese mico revoltoso que es el peor de cuantos bañeros

mezclan a la ceniza falso nitro y tierra de Cimolia.[289] Él ya lo

conoce; y por eso va armado siempre de un grueso garrote, receloso de

que, al encontrarle ebrio, le despojen de sus vestidos.

Muchas veces he notado que en nuestra ciudad sucede con los buenos

y malos ciudadanos lo mismo que con las piezas de oro antiguas y

modernas. Las primeras no falsificadas, y las mejores sin disputa, por

su buen cuño y excelente sonido, son corrientes en todas partes entre

griegos y bárbaros, y sin embargo no las usamos para nada, prefiriendo

esas detestables piezas de cobre, recientemente acuñadas, cuya mala ley

es notoria.[290] Del mismo modo despreciamos y ultrajamos a cuantos

ciudadanos sabemos que son nobles, modestos, justos, buenos, honrados,

hábiles en la palestra, en las danzas y en la música, y preferimos

para todos los cargos a hombres sin vergüenza, extranjeros, esclavos,

bribones de mala ralea, advenedizos que antes la república no hubiera

admitido ni para víctimas expiatorias. Ahora, pues, insensatos, mudad

de costumbres y utilizad de nuevo a las gentes honradas, pues de esta

suerte, si os va bien, seréis elogiados, y si algún mal os resulta, al

menos dirán los sabios que habéis caído con honra.

* * * * *

ÉACO.

¡Por Júpiter salvador, tu amo es todo un excelente sujeto!

JANTIAS.

¿Un excelente sujeto? Ya lo creo, no sabe más que beber y amar.

ÉACO.

Lo que me asombra es que no te haya castigado por haberte fingido el

amo siendo el siervo.

JANTIAS.

Es que se hubiera arrepentido.

ÉACO.

En eso obraste como buen esclavo; a mí me gusta hacer lo mismo.

JANTIAS.

Te gusta hacer eso, ¿eh?

ÉACO.

Yo soy feliz cuando digo pestes de mi dueño sin que él me oiga.

JANTIAS.

¿Y cuando te marchas gruñendo después de haber recibido una paliza?

ÉACO.

También estoy satisfecho.

JANTIAS.

¿Y si te metes en lo que no te importa?

ÉACO.

No conozco nada más grato.

JANTIAS.

¡Oh Júpiter! ¿Y si escuchas la conversación de los amos?

ÉACO.

Me vuelvo loco de júbilo.

JANTIAS.

¿Y cuando se la cuentas a los vecinos?

ÉACO.

¡Oh, con eso no hay placer comparable![291]

JANTIAS.

¡Oh Apolo! Dame tu mano, amigo, y permíteme que te abrace. Ahora, en

nombre de Júpiter vapuleado,[292] dime qué significan ese estruendo,

ese griterío y esas disputas que se oyen allá dentro.

ÉACO.

Son Esquilo y Eurípides.

JANTIAS.

¿Cómo?

ÉACO.

Se ha promovido una contienda, una gran contienda entre los muertos,

una verdadera sedición.

JANTIAS.

¿Por qué motivo?

ÉACO.

Hay aquí establecida una ley, en virtud de la cual todo hombre superior

a sus émulos en las artes más nobles o importantes, tiene derecho a ser

alimentado en el Pritáneo y a sentarse junto a Plutón...

JANTIAS.

Entiendo.

ÉACO.

Hasta que venga otro más hábil en el mismo arte: entonces el primero

debe cederle el puesto.

JANTIAS.

¿Y eso por qué le alborota a Esquilo?

ÉACO.

Porque, como príncipe en el género, ocupaba el trono de la tragedia.

JANTIAS.

Y ahora ¿quién?

ÉACO.

Cuando Eurípides descendió a estos lugares, dio una muestra de sus

versos a los rateros, cortadores de bolsas, parricidas y horadadores de

paredes que pululan en el infierno: toda esta canalla en cuanto oyeron

sus dimes y diretes, sus discreteos y sutilezas, enloquecieron por él,

y le proclamaron el sabio de los sabios. Entonces Eurípides, hinchado

de orgullo, se apoderó del trono que ocupaba Esquilo.

JANTIAS.

¿Y no le han apedreado?

ÉACO.

Al contrario, la multitud clamaba por un juicio en que se decidiese

cuál de los dos era el mejor poeta.

JANTIAS.

¿Aquella multitud de bribones?

ÉACO.

¡Y con qué gritos! Llegaban hasta el cielo.

JANTIAS.

¿Pero Esquilo no tenía defensores?

ÉACO.

Aquí como ahí,[293] el número de los buenos es muy exiguo.

JANTIAS.

¿Qué piensa hacer Plutón?

ÉACO.

Abrir cuanto antes un certamen, para probar y decidir sobre el mérito

de cada uno.

JANTIAS.

¿Y cómo es que Sófocles no ha reclamado el trono?

ÉACO.

¡Oh! Ese es muy distinto. En cuanto llegó abrazó a Esquilo y le tendió

la mano, dejándole en posesión pacífica del trono. Ahora, como dice

Clidémides,[294] está de reserva; si vence Esquilo, permanecerá en su

puesto; pero si es vencido, disputará con Eurípides.

JANTIAS.

¿Cuándo va a ser eso?

ÉACO.

Dentro de muy poco va a principiar aquí mismo el gran combate. Su

ingenio poético va a ser pesado en una balanza.

JANTIAS.

¡Cómo! ¿Se pesan las tragedias?

ÉACO.

Traerán reglas, y varas de medir versos, y moldes cuadriláteros, como

los de los ladrillos, diámetros y cuñas. Pues Eurípides dice que ha de

examinar las tragedias verso por verso.

JANTIAS.

Esquilo, a mi ver, llevará todo eso muy a mal.

ÉACO.

Bajaba la cabeza y lanzaba miradas furiosas.

JANTIAS.

¿Y quién será juez?

ÉACO.

Ahí estaba la dificultad, porque hay gran carestía de hombres sensatos.

A Esquilo no le agradaban los atenienses.

JANTIAS.

Quizá porque veía entre ellos muchos ladrones.

ÉACO.

Y además no les creía muy aptos para apreciar el ingenio de los poetas.

Por fin, encomendaron el asunto a tu señor, como perito en la materia.

Pero entremos; pues cuando los amos tienen gran interés por alguna

cosa, suelen pagarlo nuestras costillas.

* * * * *

CORO.

¡Oh, qué horrenda cólera hervirá en el pecho del grandilocuente poeta,

cuando vea a su facundo enemigo aguzar provocativamente sus dientes!

¡Qué terribles miradas le hará lanzar el furor! ¡Qué lucha entre

las palabras de penachudo casco y ondulante cimera y las sutilezas

artificiosas! ¡Qué combate de gigantescos períodos con frases atrevidas

y pigmeas! Verase al titán erizando las crines de su espesa melena y,

frunciendo espantosamente el entrecejo, rugir con poderoso aliento

versos compactos como la tablazón de un navío; mientras el otro,

tascando el freno de la envidia, pondrá en movimiento su ágil y afilada

lengua y, arrojándose sobre las palabras de su rival, desmenuzará su

estilo, y reducirá a polvo el producto de su inspiración vigorosa.[295]

* * * * *

EURÍPIDES.

No te empeñes; no he de ceder el trono, porque le soy superior en la

poesía.

BACO.

¿Por qué te callas, Esquilo? Ya entiendes lo que ha dicho.

EURÍPIDES.

Primero se estará callando con gravedad; es una especie de

charlatanería peculiar a sus tragedias.

BACO.

No tanta arrogancia, amigo mío.

EURÍPIDES.

¡Sí, le conozco hace tiempo! ¡Y conozco también sus caracteres feroces,

y su lenguaje altivo, desenfrenado, desmedido, sin regla, enfático y

cuajado de palabras hinchadas y vacías!

ESQUILO.

¿Y eres tú, hijo de una rústica diosa,[296] tú, colector de necedades,

fabricante de mendigos y remendón de andrajos, quien se atreve a

decirme...? Pero tu audacia no ha de quedar impune.

BACO.

Basta, Esquilo; no te dejes arrebatar por la ira.

ESQUILO.

No callaré sin haber demostrado hasta la evidencia lo que vale ese

insolente con todos sus cojos.[297]

BACO.

¡Esclavos, traed una oveja, una oveja negra,[298] pues la tempestad va

a estallar!

ESQUILO.

¿No te avergüenzas de tus monólogos cretenses, y de los incestuosos

himeneos que has introducido en el arte trágico?[299]

BACO.

Modérate, venerable Esquilo. — Tú, mi pobre Eurípides, déjate de

temeridades y escapa de esta granizada, no te acierte en la sien con

alguna de esas grandiosas palabras que haga saltar a tu Télefo. —

Vamos, Esquilo, calma; no discutas con esa furia. Los poetas no deben

injuriarse como si fuesen panaderas; tú gritas desde el principio, como

una encina a la que se prende fuego.

EURÍPIDES.

Estoy dispuesto a luchar; yo no retrocedo: lo mismo me da atacar, que

ser atacado; admito discusión sobre cuanto quiera; sobre los versos,

el diálogo, los coros, el nervio trágico, el _Peleo_, el _Eolo_, el

_Meleagro_, y hasta sobre el mismo _Télefo_.[300]

BACO.

¿Y tú, Esquilo, qué piensas hacer?

ESQUILO.

Yo no hubiera querido combatir aquí; pues entre los dos la lucha es

desigual.

BACO.

¿Por qué?

ESQUILO.

Porque mis tragedias me han sobrevivido,[301] y las suyas murieron con

él; de suerte que puede utilizarlas contra mí. Sin embargo, ya que lo

deseas, hay que obedecerte.

BACO.

Ea, traedme fuego e incienso; antes de la contienda, quiero suplicar a

los dioses que me inspiren una decisión acertada sobre este certamen.

Vosotros, entonad un himno a las Musas.

CORO.

Hijas de Júpiter, castas Musas, que leéis en la mente ingeniosa y

sutil de los forjadores de sentencias, cuando, aguzando su talento y

desplegando todos sus artificiosos recursos, descienden a combatir

sobre la arena de la discusión, venid a contemplar la fuerza de estos

dos robustos atletas, y otorgad al uno grandiosas frases, y al otro

limaduras de versos. El gran certamen de ingenio va a principiar.

BACO.

Orad también vosotros, antes de recitar vuestros versos.

ESQUILO.

¡Oh Ceres, que has formado mi inteligencia, hazme digno de tus

misterios![302]

BACO. (_A Eurípides._)

Quema tú también incienso.

EURÍPIDES.

Gracias, yo dirijo mis oraciones a otros dioses.

BACO.

¿Dioses particulares tuyos y recién acuñados?

EURÍPIDES.

Precisamente.

BACO.

Invoca, pues, a esos dioses tuyos.

EURÍPIDES.

Éter, de que me alimento, volubilidad de la lengua, ingenio sutil,

olfato finísimo, haced que triture los argumentos de mi adversario.

CORO.

Deseosos estamos de saber, doctos poetas, qué terreno vais a elegir

para principiar la lucha. Vuestra lengua empieza ya a desencadenarse,

y ni a vuestro pecho le falta valor, ni energía a vuestra mente.

Debemos, pues, esperar que el uno atacará con lenguaje limado y pulido;

y que el otro, lanzándole inmensas palabras, pulverizará sus infinitas

triquiñuelas.

BACO.

Vamos, principiad cuanto antes, pero en estilo elegante, sin figuras ni

vulgaridades.

EURÍPIDES.

Hablaré en último término de mí y del carácter de mi poesía; pues lo

primero que me propongo demostrar es que ese es un charlatán y un

impostor, que engañaba a su grosero auditorio con recursos pobres,

aprendidos en la escuela de Frínico.[303] Por ejemplo, presentando

en escena un personaje velado, como Aquiles o Níobe,[304] que se

pavoneaban sin mostrar el rostro ni pronunciar una palabra...

BACO.

Es verdad, por Júpiter.

EURÍPIDES.

El coro endilgaba en tanto cuatro tiradas de versos, y ellos se estaban

sin decir esta boca es mía.

BACO.

A mí me agradaba más aquel silencio que la charla que hoy emplean.

EURÍPIDES.

Porque eres un estúpido; tenlo por cierto.

BACO.

Así lo creo; pero ¿por qué lo hacía?

EURÍPIDES.

Por charlatanismo; así, el espectador esperaba sin moverse a que Níobe

hablase algo, y mientras, el drama iba adelante.

BACO.

¡Malvado! ¡Cómo me engañaba! (_A Esquilo._) ¿Por qué te agitas e

impacientas?

EURÍPIDES.

Porque le confundo. Después de haberse pasado la mitad de la tragedia

con estas vaciedades, soltaba una docena de palabrotas campanudas,

muy fruncidas de entrecejo y empenachadas, verdaderos espantajos que

aterraban a los espectadores asombrados.

ESQUILO.

¡Oh rabia!

BACO. (_A Esquilo._)

¡Silencio!

EURÍPIDES.

Y no decía nada inteligible...

BACO. (_A Esquilo._)

No rechines los dientes.

EURÍPIDES.

Pues todo se volvían Escamandros, y fosos, y enseñas de escudos, y

águilas-grifos de bronce, y palabras ampulosas, difíciles de comprender.

BACO.

Es verdad; yo me pasé en claro toda una noche tratando de averiguar qué

pájaro era su gran gallo amarillo.[305]

ESQUILO.

¡Ignorantón! Es la figura que se pone en la popa de las naves.

BACO.

Pues yo creía que era Erixis,[306] hijo de Filóxeno.

EURÍPIDES.

¿Qué necesidad había de gallos en las tragedias?

ESQUILO.

Y tú, enemigo de los dioses, ¿qué has hecho?

EURÍPIDES.

No he presentado en mis dramas grandes gallos ni hircociervos como los

que se ven en los tapices de Persia. Yo había recibido de tus manos la

tragedia cargada de inútil y pomposo fárrago, y principié por aliviarla

de su molesto peso, y curar su hinchazón por medio de versitos,

digresiones sutiles, cocimientos de acelgas blancas,[307] y jugos

perfectamente filtrados de filosóficas vaciedades; después la alimenté

de monólogos, mezclados con algo de Cefisofonte;[308] y jamás dije a

la ventura cuanto se me ocurría, ni lo revolví todo sin distinción: el

primer personaje que se presentaba en escena explicaba el carácter y el

nacimiento del drama.

ESQUILO.

Mejor era eso que decir el tuyo.[309]

EURÍPIDES.

Después, desde los primeros versos, cada personaje desempeñaba su

papel; y hablaban todos, la mujer, el esclavo, el dueño, la joven y la

vieja.[310]

ESQUILO.

¿No merecería la muerte tal atrevimiento?

EURÍPIDES.

Al contrario, mi objeto era agradar al pueblo.

BACO.

Déjate de eso, amigo; ese es tu punto flaco.

EURÍPIDES.

Luego enseñé a los espectadores el arte de hablar.

ESQUILO.

Lo reconozco; ¡ojalá hubieras reventado antes!

EURÍPIDES.

Y el modo de usar las palabras en línea recta, o en ángulo, y el arte

de discurrir, ver, entender, engañar, amar, intrigar, sospechar, pensar

en todo...

ESQUILO.

Lo reconozco también.

EURÍPIDES.

Puse en escena la vida de familia y las cosas más usuales y comunes,

lo cual es atrevido, pues todo el mundo puede emitir sobre ellas su

opinión; no aturdí a los espectadores con incomprensible y fastuosa

palabrería; ni los aterré con Cicnos[311] y Memnones,[312] guiando

corceles llenos de campanillas y penachos. Ved sus discípulos y los

míos. Los suyos son Formisio y Megenetes,[313] de Magnesia, armados de

lanzas, cascos, barbas y sarcásticas sonrisas; los míos, Clitofonte, y

el elegante Terámenes.

BACO.

¿Terámenes? ¿Ese hombre astuto y bueno para todo, que cuando cae en

algún mal negocio y le ve las orejas al lobo, suele escurrir el bulto,

diciendo que no es de Quíos, sino de Ceos?[314]

EURÍPIDES.

Así he conseguido perfeccionar la inteligencia de los hombres,

introduciendo en mis dramas el raciocinio y la meditación; de suerte

que ahora todo lo comprenden y penetran, y han llegado a administrar

mejor que antes sus casas, inspeccionándolo todo, y diciendo: «¿En qué

anda tal asunto? ¿Dónde está tal cosa? ¿Quién ha cogido esta otra?»

BACO.

Es verdad; ya en cuanto un ateniense entra en su casa llama a sus

esclavos y les pregunta: «¿Dónde está la olla? ¿Quién se ha comido la

cabeza de sardina? El plato que compré el año pasado ¿ha fenecido?

¿Dónde está el ajo de ayer? ¿Quién ha mordisqueado la aceituna?»[315] Y

antes se estaban hechos unos bobos, con la boca abierta, como imbéciles

papanatas.

CORO.

«Tú lo ves, ínclito Aquiles.»[316] Vamos, ¿qué dices tú a todo eso?

Procura que la ira no te arrastre más allá de la meta, pues te ha dicho

cosas terribles. Noble Esquilo, no le respondas con ferocidad, recoge

tus velas y deja solo algunos cabos a merced de los vientos; dirige

con circunspección tu nave, y no avances hasta conseguir una brisa

leda y apacible. Vamos, tú que fuiste el primero de los griegos en

dar pompa[317] y elevación al estilo exornando la Musa trágica, abre

atrevidamente tus esclusas.

ESQUILO.

Esta lucha me enfurece; solo al considerar que tengo que disputar con

él, hierve mi bilis. ¡Mas que no crea haberme vencido! Respóndeme: ¿qué

es lo que se admira en un poeta?

EURÍPIDES.

Los hábiles consejos que hacen mejor a los ciudadanos.

ESQUILO.

Y si tú, lejos de obrar así, los has hecho malísimos, de nobles y

buenos que eran antes, ¿cuál castigo merecerás?

BACO.

La muerte; no lo preguntes.

ESQUILO.

Pues bien, mira cómo te los dejé yo: valientes, de elevada

estatura,[318] sin rehuir las públicas cargas,[319] no holgazanes,

charlatanes y bribones como los de hoy, sino apasionados por las

lanzas, las picas, los cascos de blancas cimeras, las grebas y corazas,

verdaderos corazones de hierro, defendidos por el séptuple escudo de

Áyax.[320]

EURÍPIDES.

El mal va en aumento: me va a aplastar bajo el peso de tantas armas.

BACO.

¿Y cómo conseguiste hacerlos tan valientes? Responde, Esquilo, y modera

tu arrogante jactancia.

ESQUILO.

Componiendo un drama lleno del espíritu de Marte.

BACO.

¿Cuál?

ESQUILO.

_Los Siete sobre Tebas_.[321] Todos los espectadores salían llenos de

bélico furor.

BACO.

En eso obraste mal; pues hiciste que los tebanos fueran mucho más

atrevidos para la guerra, lo cual merece castigo.

ESQUILO.

Vosotros podíais también haberos dedicado a ello, pero no quisisteis.

Después con _Los Persas_, mi obra maestra, os inspiré un ardiente deseo

de vencer siempre a los enemigos.

BACO.

Es verdad; me alegré mucho a la noticia de la muerte de Darío;[322] y

el coro palmoteó al punto, exclamando: ¡Victoria!

ESQUILO.

Estos son los asuntos que deben tratar los poetas. Considerad, si

no, qué servicios prestaron los más ilustres desde la antigüedad

más remota: Orfeo[323] nos enseñó las iniciaciones y el horror

al homicidio; Museo,[324] los remedios de las enfermedades y los

oráculos; Hesíodo, la agricultura y el tiempo de las sementeras y

recolecciones;[325] y al divino Homero, ¿de dónde le ha venido tanta

gloria, sino de haber enseñado cosas útiles, la estrategia, las

virtudes bélicas y la profesión de las armas?

BACO.

Sin embargo, no ha podido instruir en nada al architonto de

Pantacles;[326] hace poco debía de ir al frente de una procesión, y

después de haberse atado el casco, se acordó de que no le había puesto

la cimera.

ESQUILO.

En cambio ha educado a otros mil valientes, entre ellos el héroe

Lámaco.[327] Inspirándose en él mi fantasía, representó las hazañas de

los Patroclos[328] y los Teucros,[329] bravos como leones, para excitar

a imitarlos a todos los ciudadanos en cuanto resuena el bélico clarín.

Nunca puse en escena Fedras ni impúdicas Estenebeas;[330] y nadie podrá

decir que he pintado en mis versos una mujer enamorada.[331]

EURÍPIDES.

Es verdad, jamás has conocido a Venus.

ESQUILO.

Ni la quiero conocer; en cambio, por tu mal, tú y los tuyos la conocéis

demasiado.

BACO.

Cierto, cierto; los delitos que imputaste a las mujeres de otros los

viste en la tuya propia.[332]

EURÍPIDES.

Pero, importuno, ¿qué mal hacen a la república mis Estenebeas?

ESQUILO.

Las nobles esposas de los ciudadanos nobles han bebido la cicuta

arrastradas por la vergüenza que les han causado tus Belerofontes.[333]

EURÍPIDES.

¿He cambiado en lo más mínimo la historia de Fedra?

ESQUILO.

Es verdad, no la has cambiado; pero un buen poeta debe ocultar el

vicio y no sacarlo a luz y ponerlo en escena;[334] pues ha de ser para

los adultos lo que para los niños los maestros. Nuestra obligación es

enseñar solo el bien.

EURÍPIDES.

¿Y cuando tú hablas de los Licabetos y de las altas cumbres del

Parnaso,[335] nos enseñas el bien? ¿Por qué no empleas un lenguaje

humano?

ESQUILO.

Pero, desdichado, las expresiones deben ser proporcionadas a la

elevación de las sentencias y pensamientos. El lenguaje de los

semidioses debe ser sublime, lo mismo que sus vestiduras deben ser más

ostentosas que las nuestras. Lo que yo ennoblecí, tú lo has degradado.

EURÍPIDES.

¿Cómo?

ESQUILO.

En primer lugar, vistiendo de harapos a los reyes para que inspirasen

más profunda compasión.

EURÍPIDES.

¿Qué mal hay en eso?

ESQUILO.

Comedias, tomo 3 de 3 · 第 4 / 14 段