Me hace falta un buen poeta,[187] y no hay ninguno, pues los vivos

todos son detestables.

HÉRCULES.

¡Cómo! ¿Ha muerto Iofonte?[188]

BACO.

Ese es el único bueno que resta; si es que él es el bueno, pues tengo

mis dudas sobre el particular.

HÉRCULES.

Ya que tienes absoluta necesidad de sacar algún poeta de los infiernos,

¿por qué no te llevas a Sófocles, que es superior a Eurípides?

BACO.

No, antes quiero probar a Iofonte y ver lo que puede hacer sin

Sófocles. Además, como Eurípides es muy astuto, desplegará todos sus

ardides para escaparse conmigo, mientras que el otro es tan sencillote

allí como aquí.[189]

HÉRCULES.

Y Agatón,[190] ¿dónde está?

BACO.

Aquel buen poeta y amigo querido me abandonó y partió.

HÉRCULES.

¿Adónde se fue el mísero?

BACO.

Al banquete de los bienaventurados.[191]

HÉRCULES.

¿Y Jenocles?[192]

BACO.

¡Qué el cielo le confunda!

HÉRCULES.

¿Y Pitángelo?[193]

JANTIAS.

¡De mí ni una palabra! Y se me está hundiendo el hombro.[194]

HÉRCULES.

¿Pero no componen también tragedias otros diez mil mozalbetes

infinitamente más habladores que Eurípides?

BACO.

Esos son ramillos sin savia, verdaderos poetas-golondrinas, gárrulos

e insustanciales, peste del arte, que en cuanto la Musa trágica les

concede el más pequeño favor lanzan de una vez todo su talento, y caen

extenuados de fatiga. ¡Oh! Por mucho que busques, no hallarás uno de

esos vates fecundos que seducen con sus magníficas palabras.

HÉRCULES.

¿Cómo fecundos?

BACO.

Sí, fecundos y capaces de inventar estas atrevidas expresiones: «el

éter, habitacioncita de Júpiter»,[195] «el pie del tiempo»,[196]

«el corazón no quiere jurar,[197] pero la lengua perjura sin la

complicidad del corazón.»

HÉRCULES.

¿Y eso te gusta?

BACO.

Estoy más que loco por ellas.

HÉRCULES.

Si son necedades, tú mismo lo conoces.

BACO.

«No habites en mi espíritu: ya tienes tú tu casa.»[198]

HÉRCULES.

Pues todo eso es lo más detestable.

BACO.

En comer me podrás dar lecciones.[199]

JANTIAS.

¡De mí ni una palabra![200]

BACO.

Escucha ahora la razón de haberme vestido como tú. Es para que me

digas, por si tengo necesidad, los huéspedes que te acogieron cuando

fuiste a buscar al Cerbero. Indícamelos, y también los puertos,

panaderías, lupanares, paradores, posadas, fuentes, caminos, ciudades,

figones, y las tabernas donde haya menos chinches.

JANTIAS.[201]

¡De mí ni una palabra!

HÉRCULES.

¿Te atreverás a ir, temerario?

BACO.

No hables una palabra en contra de mi proyecto; indícame solamente el

camino más corto para ir al infierno: un camino que ni sea demasiado

caliente, ni demasiado frío.

HÉRCULES.

¿Cuál camino te indicaré el primero? ¿Cuál? ¡Ah! Este: coges un

banquillo y una soga, y te cuelgas.

BACO.

¡Otro! Ese es asfixiante.

HÉRCULES.

Hay otro camino muy corto y muy trillado: el del mortero.[202]

BACO.

¿Te refieres a la cicuta?

HÉRCULES.

Precisamente.

BACO.

Ese es frío y glacial: en seguida se hielan las piernas.[203]

HÉRCULES.

¿Quieres que te diga uno muy rápido y pendiente?

BACO.

Sí, sí, por cierto; pues no soy muy andarín.

HÉRCULES.

Vete al Cerámico.[204]

BACO.

¿Y después?

HÉRCULES.

Sube a lo alto de la torre...

BACO.

¿Para qué?

HÉRCULES.

Ten fijos los ojos en la antorcha, hasta que se dé la señal; y cuando

los espectadores te manden que la tires, te arrojas tú mismo.

BACO.

¿Adónde?

HÉRCULES.

Abajo.

BACO.

Y me romperé las dos membranas del cerebro. No me gusta ese camino.

HÉRCULES.

¿Pues cuál?

BACO.

Aquel por donde tú fuiste.

HÉRCULES.

Pero es sumamente largo. Lo primero que encontrarás será una laguna

inmensa y profundísima.

BACO.

¿Cómo la atravesaré?

HÉRCULES.

Un barquero viejo te pasará en un botecillo, mediante el pago de dos

óbolos.

BACO.

¡Oh, qué poder tienen en todas partes los dos óbolos![205] ¿Cómo han

llegado hasta allí?

HÉRCULES.

Teseo[206] los llevó. Después verás una multitud de serpientes y

monstruos horrendos.

BACO.

No trates de meterme miedo y aterrarme; no me disuadirás.

HÉRCULES.

Luego un vasto cenagal, lleno de inmundicias, y sumergidos en él todos

los que faltaron a los deberes de la hospitalidad, los que negaron el

salario a su bardaje, y los que maltrataron a su madre, abofetearon a

su padre o copiaron algún pasaje de Mórsimo.[207]

BACO.

A esos deberían agregarse todos los que aprendieron la danza pírrica de

Cinesias.[208]

HÉRCULES.

Más lejos encantará tus oídos el dulce sonido de las flautas; verás

bosquecillos de mirtos iluminados por una luz purísima como la de aquí;

encontrarás grupos bienaventurados de hombres y mujeres, y escucharás

alegres palmoteos.

BACO.

Y esos, ¿quiénes son?

HÉRCULES.

Los iniciados...[209]

JANTIAS.

Y yo el asno portador de los misterios;[210] pero, por Júpiter, no los

llevaré más.

HÉRCULES.

Que te dirán todo cuanto necesites, pues habitan en el mismo camino,

junto a la puerta del palacio de Plutón. Conque, hermano mío, feliz

viaje.

* * * * *

BACO.

¡Adiós! Y que Júpiter te oiga. (_A Jantias._) Vuelve a cargarte el hato.

JANTIAS.

¿Antes de habérmelo descargado?

BACO.

Y a escape.

JANTIAS.

No, no, te lo suplico: más vale que te ajustes con algún muerto de los

que necesariamente tienen que recorrer este camino.

BACO.

¿Y si no lo encuentro?

JANTIAS.

Entonces llévame.

BACO.

Tienes razón. Ahí traen precisamente a un muerto. ¡Eh, tú, a ti te

digo, el muerto! ¿Quieres llevar un hatillo a los infiernos?

* * * * *

UN MUERTO.

¿Es pesado?

BACO.

Míralo.

EL MUERTO.

¿Me pagarás dos dracmas?

BACO.

¡Oh, no! Menos.

EL MUERTO.

Adelante, sepultureros.

BACO.

Espera un poco, amigo mío, para ver si podemos arreglarnos.

EL MUERTO.

Si no me das dos dracmas, excusas de hablar.

BACO.

Toma nueve óbolos.[211]

EL MUERTO.

¡Antes resucitar!

JANTIAS.

¡Qué soberbio es el maldito! ¿Y no se le castigará? Iré yo mismo.

BACO.

Eres un buen muchacho. Dirijámonos a la barca.

* * * * *

CARONTE.

¡Hoop! Aborda.

JANTIAS.

¿Qué es eso?

BACO.

Es la laguna de que nos ha hablado Hércules; ya veo la barca.

JANTIAS.

Por Neptuno, ese es Caronte.

BACO.

¡Salud, Caronte! ¡Salud, Caronte! ¡Salud, Caronte![212]

CARONTE.

¿Quién viene del país de las miserias y cuidados a los campos del

reposo y del Leteo, a trasquilar la lana de los asnos,[213] a la morada

de los cerberios,[214] a los infiernos y al Ténaro?[215]

BACO.

Yo.

CARONTE.

Entra al punto.

BACO.

¿Adónde nos vas a llevar? ¿Al infierno, de veras?

CARONTE.

Sí, por Júpiter, para servirte. Vamos, entra.

BACO.

Ven acá, muchacho.

CARONTE.

No paso al esclavo si no ha combatido en alguna batalla naval por

salvar el pellejo.[216]

JANTIAS.

No pude, porque tenía entonces los ojos malos.

CARONTE.

Pues tienes que dar la vuelta a la laguna.

JANTIAS.

¿Y dónde me detengo?

CARONTE.

En la piedra de Aveno,[217] junto a las posadas.

BACO.

¿Has entendido?

JANTIAS.

Perfectamente. ¡Qué desgraciado soy! Sin duda al salir de casa tuve

algún encuentro de mal agüero.

(_Vase._)

* * * * *

CARONTE.

(_A Baco._) Siéntate al remo. — Si hay algún otro que desee pasar, que

se apresure. — ¡Eh, tú! ¿Qué haces?[218]

BACO.

¿Qué he de hacer? Me he sentado sobre el remo como me has dicho.

CARONTE.

Colócate ahí, panzón.

BACO.

Ya estoy.

CARONTE.

Adelanta los brazos; extiéndelos.

BACO.

Ya están.

CARONTE.

¡Basta de tonterías! Rema vigorosamente.

BACO.

¿Cómo he de poder remar si no conozco este oficio, ni he estado nunca

en Salamina?

CARONTE.

Facilísimamente; porque en cuanto cojas el remo vas a oír bellísimos

cánticos.

BACO.

¿De quién?

CARONTE.

De las ranas, émulas de los cisnes; ¡son deliciosos!

BACO.

Ea, manda la maniobra.

CARONTE.

¡Hoop, op! ¡Hoop, op!

* * * * *

LAS RANAS.[219]

Brekekekex, coax, coax; brekekekex, coax, coax. Húmedas hijas de los

pantanos, mezclemos nuestro cántico sonoro a los dulces sonidos de

las flautas, coax, coax; repitamos los himnos que en honor de Baco

Niseo,[220] hijo de Júpiter, entonamos en la sagrada fiesta de las

ollas,[221] cuando la multitud embriagada se dirige a nuestro templo

del pantano.[222]Brekekekex, coax, coax.

BACO.

Principian a dolerme las nalgas, carísima coax, coax. — Pero a vosotras

no se os importa nada.

LAS RANAS.

Brekekekex, coax, coax.

BACO.

¡Así reventéis con vuestro coax! ¡Siempre coax, coax!

LAS RANAS.

Y con razón, imbécil. Porque yo soy la favorita de las Musas, hábiles

tañedoras de la lira, y del cornípedo Pan, diestro en el caramillo.

Me ama también el citarista Apolo, porque hago crecer en los pantanos

cañas para los puentes de sus liras. Brekekekex, coax, coax.

BACO.

Ya se me han levantado ampollas; tengo el trasero inundado de sudor,

y pienso que pronto empezaré a decir, brekekekex, coax, coax. Pero

callad, raza graznadora.

LAS RANAS.

¡Callar! Al contrario, cantaremos más fuerte. Porque a nosotras nos

deleita en los días apacibles saltar entre el fleos[223] y la juncia,

entonando los himnos que solemos cantar cuando nadamos; o bien, cuando

Júpiter vierte la lluvia, sumergidas en el fondo de nuestras moradas,

unir nuestras ágiles voces al ruido de las gotas. Brekekekex, coax,

coax.

BACO.

Os prohíbo cantar.

LAS RANAS.

El silencio es para nosotras insoportable.

BACO.

Más insoportable es para mí el destrozarme remando.

LAS RANAS.

Brekekekex, coax, coax.

BACO.

¡Ojalá reventéis! Poco me importaría.

LAS RANAS.

Pues nosotras graznaremos a toda voz, desde la mañana hasta la noche,

brekekekex, coax, coax.

BACO.

En eso no me ganaréis.

LAS RANAS.

Ni tú a nosotras.

BACO.

Ni vosotras a mí. Graznaré, si es preciso, todo el día hasta dominar

vuestro coax. Brekekekex, coax, coax. Ya sabía yo que os había de hacer

callar.

CARONTE.

¡Eh! Para, para. Empuja el bote a la orilla con el remo. Desembarca, y

paga.

BACO.

Ahí tienes dos óbolos. — ¡Jantias! ¿Dónde está Jantias? ¡Eh, Jantias!

* * * * *

JANTIAS.

¡Eh!

BACO.

Ven acá.

JANTIAS.

Salud, amo mío.

BACO.

¿Qué es lo que hay ahí?

JANTIAS.

Tinieblas y cieno.

BACO.

¿Has visto en algún lugar a los parricidas y perjuros de que aquel nos

habló?

JANTIAS.

¿No los has visto tú?

BACO.

Por Neptuno, ahora los veo.[224] Ea, ¿qué hacemos?

JANTIAS.

Lo mejor será ir más adelante, porque este es el sitio donde nos dijo

que estaban los monstruos horrendos.

BACO.

¡Cómo se va a fastidiar! Nos contaba fábulas para meterme miedo; fue

pura envidia. ¡Como sabe que yo soy lo más bravo...! Hércules es muy

arrogante. Yo quisiera tener algún encuentro, alguna ocasión de hacer

famoso mi viaje.

JANTIAS.

Por Júpiter, siento no sé qué ruido.

BACO. (_Asustado._)

¿Dónde? ¿dónde?

JANTIAS.

Detrás.

BACO.

Anda detrás.

JANTIAS.

No, es delante.

BACO.

Pues anda delante.

JANTIAS.

Por Júpiter, veo un monstruo gigantesco.

BACO.

¿Cómo es?

JANTIAS.

¡Horrendo! Toma toda clase de formas: ya es un buey, ya es un mico, ya

una mujer muy hermosa.

BACO.

¿Dónde está? ¡Oh! Voy a salirle al encuentro.

JANTIAS.

Ya no es mujer; ahora es un perro.

BACO.

Entonces es Empusa.[225]

JANTIAS.

Todo su rostro está lleno de fuego.

BACO.

Tiene una pierna de bronce.

JANTIAS.

Y otra de asno.[226] Tenlo por seguro.

BACO.

¿Adónde me escapo?

JANTIAS.

¿Y yo?

BACO.

¡Oh sacerdote!,[227] sálvame para que pueda beber contigo.

JANTIAS.

¡Estamos perdidos, Hércules poderoso!

BACO.

No lo mientes, querido mío; no pronuncies su nombre.

JANTIAS.

Entonces diré: ¡Oh Baco!

BACO.

Menos aún.

JANTIAS.

Sigue todo derecho. — Aquí, aquí, amo mío.

BACO.

¿Qué pasa?

JANTIAS.

Tranquilízate: la cosa va bien; ya podemos decir como Hegéloco:

«Después de la tempestad veo la calma.»[228] Empusa ha desaparecido.

BACO.

Júramelo.

JANTIAS.

Lo juro por Júpiter.

BACO.

Júralo otra vez.

JANTIAS.

Lo juro por Júpiter.

BACO.

Vuélmelo a jurar.

JANTIAS.

Lo juro por Júpiter.

BACO.

¡Oh, cómo he palidecido al ver esa fantasma!

JANTIAS.

Pues ese otro se ha puesto rojo de miedo.[229]

BACO.

¡Ay! ¿Cuál es la causa de todos estos males? ¿A qué dios acusaré de mi

desgraciada suerte? «¿Al Éter, habitacioncita de Júpiter, o al pie del

Tiempo?»[230]

JANTIAS.

¡Eh, tú!

BACO.

¿Qué hay?

JANTIAS.

¿No has oído?

BACO.

¿Qué?

JANTIAS.

Las flautas.

BACO.

Es verdad, también ha llegado hasta mí el perfume místico de las

antorchas. Cállate y escuchémoslos escondidos.

* * * * *

CORO.[231]

¡Yaco, oh Yaco! ¡Yaco, oh Yaco![232]

JANTIAS.

Eso mismo es, dueño mío; son los juegos de los iniciados de que nos

hablaba; pues cantan a Yaco, como Diágoras.[233]

BACO.

También a mí me lo parece. Por lo cual, lo mejor es guardar silencio,

hasta enterarnos bien de lo que sea.

CORO.

Yaco, veneradísimo Yaco, oye la voz de los que adoran tus misterios,

y acude a este prado, tu mansión favorita, para dirigir sus coros;

ven, y haciendo retemblar sobre tu cabeza la corona de mirto cuajado de

bayas, ejecuta con atrevido pie aquella suelta y regocijada danza llena

de gracias, solemne y mística, puro encanto de los iniciados.

JANTIAS.

Augusta y veneranda Ceres, ¡qué delicioso olor a carne de cerdo ha

acariciado mis narices![234]

BACO.

Vamos, ¿será necesario darte un pedazo para que calles?

CORO.

Reanima la luz de las flameantes antorchas, blandiéndolas en tus

manos. ¡Yaco, oh Yaco, fúlgida estrella de la iniciación nocturna! El

prado deslumbra lleno de luces: vigorízanse las rodillas del anciano;

disípanse sus penas, y aligérasele la carga de los años para poder

formar parte de los sagrados coros. Guía tú, deidad resplandeciente,

sobre esta fresca y florida alfombra las danzas de la garrida juventud.

¡Silencio! Lejos de aquí, profanos, almas impuras, nunca admitidos

a las fiestas y danzas de las nobles Piérides, ni iniciados en el

misterioso lenguaje ditirámbico del taurófago Cratino,[235] apasionados

de los versos chocarreros o inoportunos chistes. Lejos de aquí todo

el que, en vez de reprimir una sedición funesta y mirar por el bien

de sus conciudadanos, atiza y exacerba las discordias, atento solo a

saciar la propia avaricia. Lejos de aquí el que, estando al frente

de una ciudad agobiada por la desgracia, se deja sobornar y entrega

una fortaleza o las naves; o el que, como ese infame Torición,[236]

cobrador de vigésimas, exporta de Egina[237] a Epidauro[238] cueros,

lino, pez y demás mercancías prohibidas. Lejos de aquí todo el que

aconseja a cualquiera que preste a nuestros enemigos dinero para la

construcción de naves,[239] o mancha de inmundicia las imágenes de

Hécate, mientras entona ditirambos.[240] Lejos de aquí todo orador

que cercena el salario a los poetas[241] porque le pusieron en escena

en las fiestas nacionales de Baco. A todos esos les digo, una y cien

veces, que dejen libre el campo a los rústicos coros. Vosotros, elevad

vuestros cantos y los himnos nocturnos propios de estas fiestas.

Adelántese cada cual osadamente por los prados floridos de esta

profunda mansión, dando rienda suelta a los chistes, burlas y

dicterios. ¡Basta de festines! ¡Adelante! Celebrad a nuestra divina

protectora,[242] que ha prometido defender siempre este país, a pesar

de Torición.

Ea, principiad ahora otros himnos en honor de la frugífera Ceres;

celebradla en religiosos cantos.

Oh Ceres, reina de los puros misterios, senos propicia y protege a tu

coro; permíteme entregarme en todo tiempo a los juegos y a las danzas,

y que mezclando mil donaires y discretas razones, llegue a merecer con

obra digna de tus fiestas ser ceñido por las bandas triunfales.

Ea, invoca ahora en tus cantos al numen jovial, eterno compañero de

estas danzas.

Veneradísimo Yaco, inventor de las suavísimas melodías que en estas

fiestas se cantan, ven a acompañarnos al templo de la diosa, y prueba

que puedes recorrer sin fatigarte un largo camino.[243] Yaco, amigo

del baile, guía mis pasos; tú has desgarrado mis sandalias y pobres

vestidos, para que causen risa y me permitan danzar con más desenfado.

Yaco, amigo del baile, guía mis pasos. Mirando de reojo, acabo de

ver una hermosísima doncella, por cuya túnica desgarrada asomaba

indiscretamente parte de su seno;[244] Yaco, amigo del baile, guía mis

pasos.

BACO.

Sí, a mí me gusta unirme a esos coros, y deseo bailar con ella.

JANTIAS.

Yo también.

CORO.

¿Queréis que nos burlemos juntos de Arquedemo?[245] A los siete

años no era todavía ciudadano, y ahora es jefe de los muertos de la

tierra,[246] y ejerce allí el principado de la bribonería. He oído que

Clístenes se arranca sobre los sepulcros los pelos de las nalgas y se

araña las mejillas:[247] tendido sobre las tumbas gime, llora y llama

desolado a Sebine de Anaflisto.[248] También cuentan que Calias, el

hijo de Hipobino,[249] cubierto de una piel de león,[250] se entrega

sobre sus naves a un combate amoroso.

BACO.

¿Podrías decirnos dónde está la morada de Plutón? Somos unos

extranjeros recién llegados.

CORO.

No vayas más lejos, ni repitas la pregunta: sabed que estáis en su

misma puerta.

BACO.

Muchacho, coge de nuevo el hato.

JANTIAS.

La eterna muletilla de «la Corinto de Júpiter»[251] se repite con el

hato.

CORO.

Sobre el césped de este florido bosque bailad en rueda en honor de la

diosa[252] los admitidos a esta piadosa fiesta.

BACO.

Yo voy a ir con las doncellas y matronas al sitio donde se celebra la

velada de las diosas, llevando la sagrada antorcha.[253]

CORO.

Vamos a los prados floridos, esmaltados de rosas, a recrearnos, según

costumbre, en esas brillantes danzas presididas por las bienaventuradas

Parcas. El sol y la luna solo lucen para nosotros los iniciados, que

durante la vida fuimos benéficos con propios y extraños.[254]

* * * * *

BACO.

¿Cómo llamaré a esta puerta? ¿Cómo? ¿De qué manera acostumbran a llamar

las gentes de este país?

JANTIAS.

No pierdas el tiempo; llama con la fuerza de Hércules, para no estar en

contradicción con tu disfraz.

BACO.

¡Esclavo! ¡Esclavo!

ÉACO.

¿Quién va?

BACO.

Hércules el valeroso.

ÉACO.

¡Ah infame, atrevido, sin vergüenza, canalla, más canalla que

todos los canallas juntos, tú nos llevaste nuestro perro Cerbero

retorciéndole el pescuezo, y escapaste con él estando yo encargado

de su guarda! Pero ya has caído en mi poder: las negras rocas de la

Estigia, y el peñasco ensangrentado del Aquerón te cierran el paso; los

perros vagabundos del Cocito, y la Hidra de cien cabezas te desgarrarán

las entrañas; la murena Tartesia[255] devorará tus pulmones; y las

Gorgonas Titrasias[256] se llevarán entre las uñas, revueltos con los

intestinos, tus sanguinolentos riñones.[257] ¡Ah, corro a llamarlas!

* * * * *

JANTIAS.

¡Puf! ¿Qué has hecho?

BACO.

Una libación;[258] invoca al dios.[259]

JANTIAS.

¡Qué ridiculez! Levántate pronto, antes de que algún extraño te vea.

BACO.

Me siento desfallecer; ponme una esponja sobre el corazón.[260]

JANTIAS.

Toma.

BACO.

Acércate.

JANTIAS.

¿Dónde está? ¡Santos dioses! ¿Aquí tienes el corazón?

BACO.

De miedo se me ha caído al bajo vientre.[261]

JANTIAS.

Eres el más cobarde de los dioses y los hombres.

BACO.

¡Yo cobarde! ¡Y te he pedido una esponja! Nadie en mi lugar hubiera

hecho otro tanto.

JANTIAS.

¿Pues qué?

BACO.

Un cobarde hubiera quedado tendido sobre su propia inmundicia, y yo me

he levantado y me he limpiado.

JANTIAS.

¡Gran hazaña, por Neptuno!

BACO.

Ya lo creo, por Júpiter. ¿No has temblado tú al oír sus gritos y

formidables amenazas?

JANTIAS.

No se me importó de ellas ni un comino.

BACO.

Ea, si eres tan valiente y animoso, haz mi papel, y puesto que nada te

hace temblar, toma la clava y la piel de león; yo a mi vez llevaré el

hato.

JANTIAS.

Venga al momento; es necesario obedecer. Contempla a Hércules-Jantias,

y mira si soy un cobarde y si me parezco a ti.

BACO.

A mí en nada; eres el vivo retrato del bribón melitense.[262] Ea, voy a

cargarme el equipaje.

* * * * *

UNA CRIADA.

¿Eres tú, querido Hércules? Entra, entra. En cuanto la diosa[263]

ha sabido tu venida ha mandado amasar pan, cocer dos o tres ollas

de legumbres y puches, asar un buey entero, y preparar tortas y

pasteles;[264] vamos, entra.

JANTIAS.

Gracias. Es mucho honor.

LA CRIADA.

¡Ah, por Apolo! No te dejaré marchar. Ha cocido aves; ha frito

deliciosas confituras y preparado un vino exquisito. Vamos, entra

conmigo.

JANTIAS.

Mil gracias.

LA CRIADA.

¿Estás loco? No te he de soltar. Tiene también a tu disposición una

bellísima tañedora de flauta y dos o tres bailarinas.

JANTIAS.

¿Qué dices? ¿Bailarinas?

LA CRIADA.

En la flor de la juventud, y recién salidas del tocador. Pero entra; el

cocinero iba ya a sacar del fuego los peces, y a llevarlos a la mesa.

JANTIAS.

Sea; vete a decir a esas bailarinas que entro al instante. Tú,

muchacho, sígueme con el hato al hombro.

* * * * *

BACO.

¡Eh, tú, alto! Sin duda has tomado en serio el papel de Hércules que yo

te he dado en broma. Basta de sandeces, Jantias; vuelve a cargarte el

hato.

JANTIAS.

¿Qué es esto? Creo que no pensarás quitarme lo que me has dado.

BACO.

Es más, lo hago, y al momento. ¡Pronto! Venga esa piel.

JANTIAS.

Pongo a los dioses por testigos y les encomiendo mi venganza.

BACO.

¿A qué dioses? ¿Habrá necedad e insensatez como la tuya? ¡Un esclavo,

un mortal, querer pasar por hijo de Alcmena!

JANTIAS.

¡Bien! ¡Bien! Toma tu traje. Quizá me necesites algún día, si Dios

quiere.

CORO.

Todo hombre cuerdo, sensato y experimentado sabe buscar el costado

de la nave que se sumerge menos, en vez de estarse como una figura

pintada, siempre en la misma actitud; pero solo un hombre hábil, como

Terámenes,[265] sabe cambiar a medida de su conveniencia.

BACO.

¿No sería ridículo ver a Jantias, a un esclavo, tendido sobre tapices

de Mileto, acariciar a una bailarina y pedirme el orinal, mientras yo

le miraba arrascándome,[266] expuesto a que ese bribón me saltase de

un puñetazo los dientes de delante?

* * * * *

TABERNERA PRIMERA.

¡Platana! ¡Platana![267] Ven acá. Ese es aquel canalla que entró un día

en nuestra taberna y se nos comió dieciséis panes.

TABERNERA SEGUNDA.

Justamente. El mismo.

JANTIAS.

Esto va mal para alguno.

TABERNERA PRIMERA.

Y además veinte tajadas de carne cocida, de a medio óbolo cada una.

JANTIAS.

Alguno lo va a pagar.

TABERNERA PRIMERA.

Y ajos sin cuento.

BACO.

Tú deliras, mujer; no sabes lo que te dices.

TABERNERA PRIMERA.

¿Creías que no te iba a conocer porque te has puesto coturnos?[268]

Pues aún no he dicho nada de aquella enormidad de pescados.

TABERNERA SEGUNDA.

Ni de aquel queso fresco que se me tragó, ¡pobre de mí!, con cesto y

todo; y cuando le exigí el pago me lanzó una mirada feroz y empezó a

mugir.

JANTIAS.

Esas son cosas suyas; en todas partes hace lo mismo.

TABERNERA SEGUNDA.

Y desenvainó su espada como un energúmeno.

TABERNERA PRIMERA.

¡Ay! Sí.

TABERNERA SEGUNDA.

Nosotras espantadas nos subimos de un salto al sobradillo, y él se

escapó llevándosenos las cestas.

JANTIAS.

Eso es muy propio de él. Pero no debíais de haberlo dejado así.

TABERNERA PPIMERA.

Anda, llama a Cleón, nuestro protector.

TABERNERA SEGUNDA.

Y tú trata de hallar a Hipérbolo,[269] para que nos las pague todas

juntas ese bribón.

TABERNERA PRIMERA.

¡Maldito gaznate! ¡Mi mayor placer sería majarte con un canto esas

muelas con que devoraste mis provisiones!

TABERNERA SEGUNDA.

Yo quisiera arrojarte al Báratro.[270]

TABERNERA PRIMERA.

Y yo segarte con una hoz esa condenada garganta, por donde pasaron mis

ricos tripacallos. Voy en busca de Cleón para que te cite hoy mismo a

juicio y desenrede este embrollo.

(_Vanse._)

* * * * *

BACO.

Que me muera si no es verdad que quiero a Jantias como a las niñas de

mis ojos.

JANTIAS.

Te veo, te veo. Excusas de hablar más. No quiero hacer de Hércules.

BACO.

¡Oh, no digas eso, Jantias mío!

JANTIAS.

¿Pero cómo he de poder pasar por el hijo de Alcmena, yo, un esclavo, un

mortal?

BACO.

Vamos, ya sé que estás enfadado y no te falta razón: aunque me pegases

no te replicaría. Mira, si en adelante vuelvo a quitarte estos atavíos,

haga el cielo que seamos exterminados yo, mi mujer, mis hijos, toda mi

casta, y el legañoso Arquedemo.[271]

JANTIAS.

Recibo tu juramento, y acepto el papel de Hércules con esa condición.

CORO.

Ahora, después de haber vestido de nuevo tu traje de Hércules, tienes

que aparentar juveniles bríos y lanzar torvas miradas a ejemplo del

dios que representas; pues si representas mal tu papel y te muestras

flojo o cobarde, volverás a cargar con el hato.

JANTIAS.

Os agradezco el consejo, amigos míos; pero eso ya lo tenía yo pensado.

Si la cosa va bien, ya veréis cómo quiere volver a desnudarme; lo tengo

previsto; sin embargo, no por eso dejaré de manifestarme fuerte y

arrogante, y de mirar con el gesto avinagrado del que mastica orégano.

Llegó a lo que parece el momento de obrar, pues oigo rechinar la puerta.

* * * * *

ÉACO. (_A sus esclavos._)

Comedias, tomo 3 de 3 · 第 3 / 14 段