EURÍPIDES.
«Extranjera, ¿quién es esa anciana que te insulta?»
MNESÍLOCO.
«Es Teonoe, hija de Proteo.»
MUJER SÉPTIMA.
¡No, por las diosas! Soy Crítila, hija de Antiteo, natural de
Gargetes,[141] y tú, un canalla.
MNESÍLOCO.
«Inútiles palabras; jamás me casaré con tu hermano; jamás seré infiel a
mi Menelao, que combate bajo las murallas de Troya.»
EURÍPIDES.
«¡Mujer! ¿Qué has dicho? Vuelve hacia mí los rayos de tus ojos.»
MNESÍLOCO.
«Mis ultrajadas mejillas me lo impiden.»[142]
EURÍPIDES.
«¿Qué miro? La voz se ahoga en mi garganta... ¡Dioses! ¿Qué facciones
contemplo? Mujer, ¿quién eres?»
MNESÍLOCO.
«Y tú ¿quién eres? Mi sorpresa es igual a la tuya.»
EURÍPIDES.
«¿Eres griega o indígena?»
MNESÍLOCO.
«Griega; pero yo anhelo saber tu patria.»
EURÍPIDES.
«Mujer, te pareces extraordinariamente a Helena.»
MNESÍLOCO.
«Y tú a Menelao; a lo menos en esos... perifollos.»[143]
EURÍPIDES.
«El mismo: yo soy aquel mortal infortunado.»
MNESÍLOCO.
«¡Oh! ¡Cuánto has tardado en venir a los brazos de tu esposa!
Estréchame contra tu corazón, esposo mío; ciñe mi cuello con tus
manos; déjame que te bese. Pronto, pronto, arráncame de estos funestos
lugares.»
MUJER SÉPTIMA.
¡Pobre del que te lleve! Le sacudiré con esta antorcha.
EURÍPIDES.
«¿Me prohíbes que me lleve a Esparta a mi esposa, a la hija de Tíndaro?»
MUJER SÉPTIMA.
Me vas pareciendo un redomado bribón, cómplice de ese otro canalla. No
sin razón charlabais tanto de Egipto.[144] Pero ese a lo menos tendrá
su merecido. Ya vienen el Pritáneo y el arquero.
EURÍPIDES.
Esto va mal. Tengo que retirarme con precaución.
MNESÍLOCO.
¿Y qué haré yo, infeliz?
EURÍPIDES.
Tranquilízate. Mientras me quede un soplo de vida, no te desampararé, a
menos de que mis infinitos ardides me abandonen.
MNESÍLOCO.
En este anzuelo no ha caído nada.
* * * * *
EL PRITÁNEO.
¿Es ese el bribón que nos ha denunciado Clístenes? — ¡Eh, tú, no te
escondas! — Arquero, átale a ese poste, y sujétalo bien: encárgate
de su guarda, y no permitas que nadie se le acerque: si alguno se
aproxima, hazle huir a latigazos.
MUJER SÉPTIMA.
Excelente orden; pues hace un instante que por poco se me lo lleva otro
bribón.
MNESÍLOCO.
Oh Pritáneo, por esa diestra que tiendes de tan buena gana cuando
alguno te ofrece dinero, concédeme una pequeña gracia, ya que voy a
morir.
EL PRITÁNEO.
¿Qué gracia?
MNESÍLOCO.
Manda al arquero que me desnude, antes de atarme al poste, para que
este pobre viejo no cause risa con su túnica azafranada y su mitra a
los mismos cuervos que se lo han de comer.
EL PRITÁNEO.
El Senado ha dispuesto que se te exponga en ese traje, para que los
transeúntes se enteren de tu delito.
MNESÍLOCO
¡Oh maldito disfraz! ¡A qué extremo me reduces! ¡No tengo ya esperanza
de salvación!
* * * * *
CORO.
Ea, divirtámonos, como es mujeril costumbre cuando celebramos los
misterios de las diosas, en estos festivos días que Pauson[145]
santifica con ayunos, rogando a las dos venerables que los multipliquen
en consideración a su persona.
Lanzaos con pie ligero; formad ruedas; enlazad vuestras manos; saltad
acompasadamente, con vivos y cadenciosos movimientos; girad los ojos
en torno y mirad a todas partes. Al propio tiempo celebre el coro, con
trasportes de religiosa alegría, a la raza de los dioses celestiales.
¡Cuán engañado está quien se imagine que, porque soy mujer, voy a
hablar mal de los hombres en el templo! Solo tratamos de ejecutar por
primera vez, como el baile lo exige, una armoniosa rueda.
Partid, cantando al dios de la sonora lira, y a la casta deidad, armada
del arco.[146] ¡Salve, Apolo de rápidas flechas, danos la victoria!
Tributemos un justo homenaje a Juno, directora de todas las danzas,
guarda de las llaves del dulce himeneo.
Mercurio, dios de los pastores, Pan, y vosotras, amadas Ninfas,
conceded a los coros una sonrisa benévola.
Ea, partamos con nuevos bríos, y animémonos con vivos palmoteos.
Divirtámonos, oh mujeres, según es costumbre, y guardemos absoluto
ayuno. Vuélvete ahora hacia ese otro lado; marca el compás con el pie,
y entona variados cánticos. Guíanos tú, Baco, coronado de hiedra, pues
en mis cantos y danzas te celebro a ti. ¡Oh Evio! ¡Oh Dionisio! ¡Oh
Bromio,[147] hijo de Semele!, que te complaces en mezclarte en las
montañas a los coros de las amables Ninfas, concluyendo tus himnos con
el alegre ¡Evios! ¡Evios! ¡Evohé! — Eco, la Ninfa del Citerón, repite
tus acentos, que resuenan bajo las opacas bóvedas del espeso follaje,
y entre los peñascos de la selva; en torno de ti, la hiedra enlaza sus
ramos, cargados de flores.
* * * * *
EL ARQUERO.
Vas a pasar la pena negra, aquí, al aire libre.[148]
MNESÍLOCO.
Arquero, yo te suplico...
EL ARQUERO.
Nada me pidas.
MNESÍLOCO.
Afloja un poco esa argolla.
EL ARQUERO.
Ya voy a hacerlo.
MNESÍLOCO.
¡Ay! ¡ay! La aprietas más.
EL ARQUERO.
¿Quieres más todavía?
MNESÍLOCO.
¡Ay! que el cielo te confunda.
EL ARQUERO.
Cállate, pobre viejo. Voy a traer una estera, para guardarte con
comodidad.[149]
MNESÍLOCO.
¡Estos son los placeres que tengo que agradecer a Eurípides!... Pero,
¡oh dioses y Júpiter salvador!, aún tengo esperanzas. Parece que no
piensa abandonarme...
Perseo al desaparecer me indicó disimuladamente que me fingiese
Andrómeda;[150] ya estoy atado como aquella princesa infeliz. No hay
duda que vendrá a salvarme; de otro modo no hubiera huido volando.[151]
* * * * *
EURÍPIDES. (_Fingiéndose Perseo._)
Ninfas amadas, si pudiera acercarme sin que el escita me viera... ¿Me
oyes tú, moradora de los antros?[152] En nombre del pudor, permíteme
acercarme a mi esposa.
MNESÍLOCO.[153]
¡Un implacable verdugo ha encadenado al más infeliz de los mortales!
Logró escapar a duras penas de aquella repugnante vieja, y caí en un
nuevo infortunio: ese escita no se aparta de mi lado: desprovisto de
toda defensa, voy a servir de banquete a los cuervos. ¿Lo veis? Ya no
tomo parte en los coros de las doncellas, ni llevo el cestillo de los
sufragios; cargada de prisiones, me veo expuesta a la voracidad de la
ballena Gláucetes.[154]
¡Mujeres, deplorad mi suerte con el himno de la esclavitud, y no con
el del himeneo! ¡Ay, que me agobian infinitos males!... ¡Infeliz,
infeliz de mí... e infeliz por mis parientes! Presa de tormentos
injustos, mis ayes son capaces de arrancar torrentes de lágrimas al
insensible Tártaro. ¡Ay, ay! Socórreme, autor de mis males, tú, que
me rapaste primero y me enviaste después vestido de amarilla túnica
al templo donde estaban reunidas las mujeres. ¡Oh hado inexorable!
¡Oh cruel destino! ¿Quién podrá ver sin compadecerse mi espantosa
desdicha? ¡Ojalá los rayos deslumbradores del Éter me aniquilen... a
ese bárbaro![155] Porque ya no me es grato contemplar la eterna luz,
desde que colgado, estrangulado, loco de dolor, desciendo por el camino
más corto a la mansión de los muertos.
* * * * *
EURÍPIDES. (_Fingiéndose la ninfa Eco._)
¡Salud, hija querida! ¡Que los dioses confundan a tu padre Cefeo,[156]
que te ha expuesto de ese modo!
MNESÍLOCO. (_Fingiéndose Andrómeda._)
¿Quién eres tú que así te compadeces de mis males?
EURÍPIDES.
Soy Eco, la ninfa que repite fielmente todas las voces; la misma que el
año pasado presté en este lugar mi eficaz ayuda a Eurípides.[157] Pero,
hija mía, lo que tú debes hacer es lamentarte lastimosamente.
MNESÍLOCO.
Y tú repetir mis gemidos.
EURÍPIDES.
Así lo haré; principia.
MNESÍLOCO.
¡Oh noche sagrada! ¡Cuán larga es tu carrera! ¡Cuán lento rueda tu
carro por la estrellada bóveda de los cielos y el venerando Olimpo!
EURÍPIDES.
Olimpo.
MNESÍLOCO.
¿Por qué a Andrómeda le han tocado con preferencia todos los males en
suerte?
EURÍPIDES.
En suerte.
MNESÍLOCO.
¡Muerte mísera!
EURÍPIDES.
¡Muerte mísera!
MNESÍLOCO.
Me asesinas, vieja charlatana.
EURÍPIDES.
Vieja charlatana.
MNESÍLOCO.
A la verdad, estás insoportable.
EURÍPIDES.
Insoportable.
MNESÍLOCO.
Amigo mío, déjame lamentarme solo, y me darás gusto. Basta ya.
EURÍPIDES.
Basta ya.
MNESÍLOCO.
¡Vete al infierno!
EURÍPIDES.
¡Vete al infierno!
MNESÍLOCO.
¡Qué peste!
EURÍPIDES.
¡Qué peste!
MNESÍLOCO.
¡Qué necedad!
EURÍPIDES.
¡Qué necedad!
MNESÍLOCO.
Lo vas a sentir.
EURÍPIDES.
Lo vas a sentir.
MNESÍLOCO.
Y vas a clamar.
EURÍPIDES.
Y vas a clamar.
EL ARQUERO.
¡Eh, tú! ¿qué charlas?
EURÍPIDES.
¡Eh, tú! ¿qué charlas?
EL ARQUERO.
Llamaré a los Pritáneos.
EURÍPIDES.
Llamaré a los Pritáneos.
EL ARQUERO.
¡Es extraño!
EURÍPIDES.
¡Es extraño!
EL ARQUERO.
¿De dónde sale esa voz?
EURÍPIDES.
¿De dónde sale esa voz?
EL ARQUERO.
¿Hablas tú?
EURÍPIDES.
¿Hablas tú?
EL ARQUERO.
¡Cuidado!
EURÍPIDES.
¡Cuidado!
EL ARQUERO.
¿Te burlas de mí?
EURÍPIDES.
¿Te burlas de mí?
MNESÍLOCO.
Yo no, esa mujer que está junto a ti.
EURÍPIDES.
Que está junto a ti.
EL ARQUERO.
¿Dónde está esa bribona? ¡Ah, se escapa! ¿Adónde, adónde vas?
EURÍPIDES.
¿Adónde, adónde vas?
EL ARQUERO.
No te escaparás.
EURÍPIDES.
No te escaparás.
EL ARQUERO.
¿Aún charlas?
EURÍPIDES.
¿Aún charlas?
EL ARQUERO.
Coged a esa bribona.
EURÍPIDES.
Coged a esa bribona.
EL ARQUERO.
¡Gárrula y detestable mujer!
EURÍPIDES. (_Fingiéndose Perseo._)
¡Oh dioses! ¿A qué bárbara región me ha traído mi rápido vuelo? Yo soy
Perseo, que surcando el éter con mis alados pies, me encamino a Argos,
llevando la cabeza de la Gorgona.
EL ARQUERO.
¿Qué dices de la cabeza de Gorgo el escribano?[158]
EURÍPIDES.
He dicho la cabeza de la Gorgona.
EL ARQUERO.
Pues bien, de Gorgo.
EURÍPIDES.
¡Ah! ¿Qué veo? ¿Una doncella semejante a las diosas encadenada a ese
escollo como un navío en el puerto?[159]
MNESÍLOCO.
Extranjero, ten piedad de esta mísera, desata mis cadenas.
EL ARQUERO.
Cállate. ¡Habrá audacia como la suya! ¡Está para morir y aún charla!
EURÍPIDES.
¡Oh doncella! Muéveme a compasión el verte encadenada.
EL ARQUERO.
Si no es doncella; si es un viejo zorro, ladrón y canalla.
EURÍPIDES.
Tú desbarras, escita; esa es Andrómeda, la hija de Cefeo.
EL ARQUERO.
Míralo bien; ¿te parece todavía una doncella?[160]
EURÍPIDES.
Escita, dame la mano, para que me acerque a esa joven. Todos los
hombres tenemos nuestro flaco; el mío es estar enamorado de esa virgen.
EL ARQUERO.
No te envidio el gusto. Puedes hacer de él lo que quieras, sin que
tenga celos.
EURÍPIDES.
¿Por qué no me permites desatarla, y arrojarme en los brazos y en el
tálamo de una esposa querida?
EL ARQUERO.
Si tan furiosamente adoras a ese anciano, esa tabla no debe ser
obstáculo a tus deseos.[161]
EURÍPIDES.
¡Ah! voy a soltar sus ligaduras.
EL ARQUERO.
Y yo a majarte a palos.
EURÍPIDES.
Pues lo haré.
EL ARQUERO.
Pues te cortaré la cabeza con mi espada.
EURÍPIDES.
¡Ay! ¿Qué hacer? ¿Qué razones emplear? Ese bárbaro no las comprendería.
Quien a ingenios rudos presenta pensamientos nuevos o ingeniosos,
pierde sin fruto el tiempo.[162] Busquemos otro medio apropiado a su
condición.
EL ARQUERO.
¡Zorro maldito! ¡Cómo trataba de engañarme!
MNESÍLOCO.
No olvides, Perseo, el infortunio en que me dejas.
EL ARQUERO.
Está visto que quieres llevar unos cuantos latigazos.
* * * * *
CORO.
Palas, amiga de los coros, yo te invoco obedeciendo al sagrado rito.
Ven, casta doncella, libre del yugo de himeneo, protectora de nuestra
ciudad, única guarda de su poder y de sus puertas. Apareces enemiga
natural de los tiranos; el pueblo de las mujeres te llama; acude en
compañía de la Paz, amiga de las fiestas.
Vosotras también, diosas augustas,[163] venid benévolas y propicias
a vuestro sagrado bosque, donde la vista de los hombres no puede
escudriñar los sagrados misterios; donde a la luz de las brillantes
antorchas, mostráis vuestro rostro inmortal. Llegad, acercaos, os lo
pedimos humildemente, venerandas Tesmóforas. Si alguna vez, accediendo
a nuestros ruegos, os dignasteis venir, venid ahora también y no
desoigáis nuestros votos.
* * * * *
EURÍPIDES.
Mujeres, si queréis reconciliaros conmigo, consiento y me comprometo a
no hablar mal de vosotras en adelante. Estas son mis condiciones de paz.
CORO.
¿Por qué motivo nos la propones?
EURÍPIDES.
El hombre que está atado a ese poste es mi suegro. Si me lo entregáis,
no volveré a hablar mal de vosotras; pero si no accedéis, me propongo
denunciar a vuestros maridos a su regreso de la guerra todas vuestras
ocultas maquinaciones.
CORO.
Por lo que a nosotras toca, quedan aceptadas tus condiciones; pero
tienes que persuadir a ese bárbaro.
EURÍPIDES.
Eso es cuenta mía. (_Vuelve disfrazado de vieja con una bailarina y
una tañedora de flauta._) Acuérdate, Elafión,[164] de hacer lo que te
he dicho en el camino. Pasa adelante, y recógete el vestido. — Tú,
Teredón, toca la flauta al modo pérsico.
EL ARQUERO.
¿Qué significa esa música? ¿Quién trata de excitarme?
EURÍPIDES. (_De vieja._)
Arquero, esta muchacha necesita ejercitarse, pues tiene que ir a bailar
delante de unos hombres.
EL ARQUERO.
Que baile y se ejercite; yo no se lo he de impedir. ¡Qué ágil es!
¡Salta como una pulga en un pellejo de carnero!
EURÍPIDES.
Vamos, hija mía, quítate ese vestido; siéntate en las rodillas del
escita, y alárgame los pies para que te descalce.[165]
EL ARQUERO.
Sí, sí, siéntate, niña mía. ¡Oh qué seno tan duro!
EURÍPIDES.
Toca pronto la flauta. ¿Aún te da miedo el escita?
EL ARQUERO.
¡Qué hermosísima es!
EURÍPIDES.
¡Orden, amigo mío!
EL ARQUERO.
Pues no quedaría descontenta.[166]
EURÍPIDES.
Bien. (_A la bailarina._) Ponte el vestido: ya es hora de marchar.
EL ARQUERO.
¿Sin darme un beso?
EURÍPIDES.
Vamos, bésale.
EL ARQUERO.
¡Ajajá! ¡Qué boquita tan dulce! Ni la miel del Ática. Mas, ¿por qué no
ha de pasar un rato conmigo?[167]
EURÍPIDES.
Adiós, arquero, eso no es posible.
EL ARQUERO.
Sí, sí, viejecita mía, hazme ese favor.
EURÍPIDES.
¿Me darás un dracma?
EL ARQUERO.
Sí, sí, te lo daré.
EURÍPIDES.
Pues venga el dinero.
EL ARQUERO.
No tengo un óbolo, pero toma mi carcaj.
EURÍPIDES.
Traerás aquí a la muchacha.
EL ARQUERO.
Sígueme, hermosa; tú, viejecita mía, guarda en tanto a ese anciano.
¿Cómo te llamas?
EURÍPIDES.
Artemisia.
EL ARQUERO.
No se me olvidará. Artamuxia.
(_Vase con la bailarina._)
* * * * *
EURÍPIDES.
Astuto Mercurio, todo sale a pedir de boca. Corre, pobre muchacho,
corre con la bailarina, mientras yo le desato. — Tú, en cuanto te
suelte, huye a toda prisa, y refúgiate en casa, entre tu mujer y tus
hijos.
MNESÍLOCO.
Esa es cuenta mía, en cuanto me vea libre.
EURÍPIDES.
Ya lo estás. Ahora huye, antes de que venga el arquero y te sorprenda.
MNESÍLOCO.
Ya lo hago.
(_Se van Eurípides y Mnesíloco._)
EL ARQUERO.
Viejecita mía, ¡qué hermosa hijita tienes! ¡Lo más dócil, lo más
amable!... ¿Dónde está la vieja? ¡Ah, estoy perdido! ¿Adónde se ha ido
el viejo? Vieja, viejecita mía, eso no está bien hecho. Artamuxia me ha
engañado. Lejos de mí, maldito carcaj. Con razón te llaman así; por ti
me ha engañado la vieja.[168] ¡Ay! ¿Qué haré? ¿Dónde está la viejecita?
¡Artamuxia!
CORO.
¿Preguntas por una vieja que llevaba una lira?
EL ARQUERO.
Sí, sí. ¿La habéis visto?
CORO.
Se marchó de aquí seguida de un viejo.
EL ARQUERO.
¿Un viejo con una túnica amarilla?
CORO.
Eso es. Aún podrás alcanzarlos si los persigues por ahí.
EL ARQUERO.
¡Maldita vieja! ¿Por cuál camino huyó? ¡Artamuxia!
CORO.
Sube todo derecho. ¿Adónde corres? Vuelve atrás: sigue la dirección
contraria.
EL ARQUERO.
¡Pobre de mí! Y en tanto huye Artamuxia.
CORO.
Corre, corre. ¡Ojalá un viento favorable se te lleve... al infierno!
Pero ya es hora de que cesen nuestros juegos y de retirarnos a nuestros
hogares. ¡Plegue a las Tesmóforas sernos propicias en premio de nuestro
trabajo!
FIN DE LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.
LAS RANAS.
NOTICIA PRELIMINAR.
Baco, en cuyo honor se celebraban los certámenes trágicos y cómicos por
haber tenido origen en sus fiestas, cansado de las malísimas tragedias
que se representaban después de la muerte de Sófocles y Eurípides,
se decide a descender al infierno en busca de un buen poeta. Para
conseguir su objeto, y recordando que Hércules había ya realizado
empresa tan peligrosa, llama al templo de este héroe, y después de
adquirir las noticias necesarias para el viaje, parte acompañado de su
esclavo Jantias y disfrazado con la piel de león y la clava de Alcides.
Al llegar a la laguna Estigia, Caronte le admite en su barca, y
durante el trayecto óyese el canto de las ranas, que graznan a su
sabor, insultando con su estrepitosa alegría las molestias que el dios
experimenta. Este episodio completamente desligado de la comedia es,
sin embargo, el que le da título.
Después de varias peripecias que ponen de manifiesto la cobardía
de Baco, y de sufrir este los insultos y malos tratamientos de dos
taberneras y Éaco, que le confunden con Hércules, penetra en el palacio
de Plutón, precisamente cuando todo el infierno se halla conmovido por
una terrible disputa entre Esquilo y Eurípides, a causa de pretender
este ocupar el trono de la tragedia. Baco es elegido juez, y ambos
rivales, en una larga escena interesantísima bajo el punto de vista de
crítica literaria, se echan en cara todos los vicios y defectos de sus
obras. Cansado Esquilo de las sutilezas y argucias de su adversario,
propone la prueba decisiva de pesar los versos de uno y otro en una
balanza, y consigue un triunfo completo. En vista de lo cual, Baco se
lo lleva a la tierra, desentendiéndose del compromiso contraído con
Eurípides; y Esquilo, al partir, entrega el cetro trágico a Sófocles,
que ha presenciado la discusión con un silencio lleno de modestia.
El objeto principal de _Las Ranas_, como de la breve exposición de su
argumento se deduce, es atacar el sistema dramático de Eurípides, en
el cual veía Aristófanes iniciarse la decadencia de la tragedia. Los
más perspicaces críticos modernos no han podido menos de reconocer lo
justificado de sus censuras, que en esta comedia rara vez se apartan de
aquella decencia y miramiento poco frecuentes en otras del mismo autor.
Fuera, en efecto, de alguna que otra maligna alusión al oficio de la
madre de Eurípides y a las relaciones de Cefisofonte con su esposa,
y de cierta violencia en la censura, natural en boca de Esquilo, a
quien se pinta terriblemente irritado, cuanto se dice respecto al
rebajamiento de los caracteres, del estilo y de los asuntos, a la
inmoralidad de muchas de las fábulas y sentencias, al alambicamiento
y sutileza de los pensamientos, a las sofísticas y antitrágicas
discusiones y a la poca habilidad y verosimilitud en la exposición y
desarrollo de la acción, es indudablemente cierto, y como tal ha sido
reconocido por los más entusiastas admiradores de Eurípides.
Otra de las cosas que llaman la atención en _Las Ranas_ de Aristófanes
es la burla que en ella se hace de varias divinidades del Olimpo, y muy
especialmente de Baco, cuya fiesta se solemnizaba con la representación
de esta comedia. El dios tutelar del arte dramático aparece cobarde y
fanfarrón, y sujeto a las contingencias del más débil de los mortales;
y su hermano, el esforzado Alcides, da muestras de aquella glotonería,
por la cual ya le vimos caracterizado en _Las Aves_.
A pesar de que el objeto de Aristófanes bien claro está, como queda
dicho, que no es otro que satirizar a dioses y poetas, algunos han
querido encontrar una intención política más profunda y trascendental
en _Las Ranas_, creyendo que su fin era censurar al gobierno ateniense
porque abría demasiado la mano en la cuestión de admitir en su seno
esclavos y extranjeros. Mas aunque es cierto que el poeta toca
repetidas veces este punto en su comedia, no lo es menos que lo hace
solo de pasada, sin manifestar que su intención principal sea esa.
_Las Ranas_ se representaron, según indican sus prologuistas griegos y
se desprende de diferentes pasajes[169] de la misma, el año 406 antes
de Jesucristo, correspondiente al vigesimosexto de la guerra. Agradó
tanto a los espectadores, que, no contentos con darle la preferencia
sobre otras dos de Platón y Frínico, le concedieron el honor raro y
singular de pedir una segunda representación.
PERSONAJES.
JANTIAS.
BACO.
HÉRCULES.
UN MUERTO.
CARONTE.
CORO DE RANAS.
CORO DE INICIADOS.
ÉACO.
UNA CRIADA DE PROSERPINA.
DOS TABERNERAS.
EURÍPIDES.
ESQUILO.
PLUTÓN.
* * * * *
La escena pasa al principio en el camino de Atenas a los Infiernos;
después en los Infiernos mismos.
LAS RANAS.
JANTIAS.
¿Diré, dueño mío, alguno de esos chistes de cajón que siempre hacen
reír a los espectadores?
BACO.
Di lo que se te antoje, excepto el consabido: «No puedo más.»[170] Pues
estoy harto de oírlo.
JANTIAS.
¿Y algún otro más gracioso?
BACO.
Con tal que no sea el «estoy hecho pedazos.»
JANTIAS.
¿Entonces no he de decir ninguna agudeza?
BACO.
Sí, por cierto, y sin ningún temor. Solo te prohíbo...
JANTIAS.
¿Qué?
BACO.
Decir, al cambiar el hato de hombro, que no puedes aguantar cierta
necesidad.[171]
JANTIAS.
¿Tampoco que si alguno no me alivia de este enorme peso, tendré que dar
suelta a algún gas?[172]
BACO.
Nada de eso, te lo suplico: a no ser cuando tenga que vomitar.
JANTIAS.
No sé entonces qué necesidad había de echarme al hombro esta carga,
para no poder hacer ninguna de aquellas cosas tan frecuentes en
Frínico,[173] Licis[174] y Amipsias,[175] que siempre introducen en sus
comedias mozos de cordel.
BACO.
No hagas tal; porque cuando yo me siento entre los espectadores y miro
invenciones tan vulgares, envejezco más de un año.
JANTIAS.
¡Desdichado hombro mío! Sufres y no se te permite hacer reír.
BACO.
¿No es esto el colmo de la insolencia y de la flojedad? Yo, Baco, hijo
del ánfora,[176] voy a pie y me fatigo, mientras le cedo a ese sibarita
mi asno para que vaya a su gusto y no tenga nada que llevar.
JANTIAS.
Pues qué, ¿no llevo yo nada?
BACO.
¿Cómo has de llevar si eres llevado?
JANTIAS.
Sí, con este equipaje encima.
BACO.
¿Cómo?
JANTIAS.
Que pesa mucho.
BACO.
¿Pero dejará de llevar el asno lo que tú llevas?
JANTIAS.
Por Júpiter, lo que yo llevo no lo lleva él.
BACO.
Pero ¿cómo puedes llevar nada, siendo llevado por otro?
JANTIAS.
No lo sé; pero lo cierto es que mi hombro no puede resistir más.
BACO.
Pues aseguras que el asno no te sirve de nada, cárgate el asno y
llévalo a tu vez.
JANTIAS.
¡Triste de mí! ¿Por qué no estuve en la última batalla naval?[177] Ya
me hubieras pagado esa bromita.
BACO.
Apéate, bribón; voy a llamar a esta puerta, donde tengo que hacer mi
primera parada. ¡Esclavo! ¡Eh! ¡Esclavo![178]
* * * * *
HÉRCULES.
¿Quieres derribar la puerta? Quienquiera que sea, llama como un
centauro.[179] Vamos, ¿qué ocurre?
BACO.
¡Jantias!
JANTIAS.
¿Qué?
BACO.
¿No has advertido?
JANTIAS.
¿El qué?
BACO.
El miedo que le he dado.
JANTIAS.
¡Bah! Tú estás loco.
HÉRCULES.
Por Ceres, no puedo contener la risa; por más que me muerdo los labios,
sin embargo me río.
BACO.
Acércate, amigo mío; te necesito.
HÉRCULES.
¡Oh! Me es imposible no soltar la carcajada, al ver una piel de león
debajo de una túnica amarilla.[180] ¿Qué intentas? ¿Qué tienen que ver
la maza y los coturnos? ¿Por qué país has viajado?
BACO.
Me embarqué en el Clístenes.[181]
HÉRCULES.
¿Y diste una batalla naval?
BACO.
Ya lo creo, y echamos a pique doce o trece naves enemigas.
HÉRCULES.
¿Vosotros?
BACO.
Por Apolo te lo juro.
HÉRCULES.
Y entonces me desperté.[182]
BACO.
Estaba yo en la nave, leyendo para mí la _Andrómeda_,[183] cuando de
repente se apodera de mi corazón un vivo deseo...
HÉRCULES.
¿Un deseo? ¿De qué especie?
BACO.
Pequeñito, como Molón.[184]
HÉRCULES.
¿De una mujer?
BACO.
No.
HÉRCULES.
¿De un muchacho?
BACO.
Ni por pienso.
HÉRCULES.
¿Entonces de un hombre?
BACO.
Eso es.
HÉRCULES.
Como estabas con Clístenes...
BACO.
No te burles, hermano mío; me siento mal de veras; el tal deseo me
martiriza.
HÉRCULES.
Pero, hermanito, sepamos cuál es.
BACO.
No puedo revelártelo, pero te lo daré a entender por medio de un
enigma. Di, ¿no te ha asaltado alguna vez un repentino deseo de comer
puches?
HÉRCULES.
¿De puches? Ya lo creo: mil veces en mi vida.[185]
BACO.
¿Comprendes bien? ¿O me explico más?
HÉRCULES.
Lo que es de los puches, no tienes que decir más; lo entiendo
perfectamente.
BACO.
Pues bien, tal es el deseo que me devora por Eurípides...
HÉRCULES.
¿Por un muerto?[186]
BACO.
Y ningún hombre me disuadirá de que vaya a buscarle.
HÉRCULES.
¿A los profundos infiernos?
BACO.
Y más abajo, si es preciso.
HÉRCULES.
Pero, ¿para qué lo necesitas?
BACO.