«La esposa es reina del marido anciano.»[74]

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido modernizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* También se han modernizado las transcripciones de los nombres

propios y gentilicios de origen griego.

* Las notas a pie de página han sido renumeradas y colocadas al final

del libro.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

BIBLIOTECA CLÁSICA

TOMO XLII

COMEDIAS

DE

ARISTÓFANES

TRADUCIDAS DIRECTAMENTE DEL GRIEGO

POR

D. FEDERICO BARÁIBAR Y ZUMÁRRAGA

TOMO III.

MADRID

LUIS NAVARRO, EDITOR

COLEGIATA, NÚM. 6

—

1881

LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.

NOTICIA PRELIMINAR.

Ya en _Los Acarnienses_ habíase burlado ingeniosamente Aristófanes

de las innovaciones dramáticas de Eurípides, criticando el falso

patético que trataba de obtener presentando a sus héroes cojos o

reducidos a la mendicidad. En _Las fiestas de Ceres_ y en _Las Ranas_

le veremos nuevamente encarnizarse con su enemigo, sacando a luz todos

sus defectos y dando la voz de alerta a sus contemporáneos sobre

las peligrosas teorías artísticas y morales que en sus tragedias

abundaban. No puede desconocerse, pues de otro modo no se comprendería

la virulencia y ensañamiento con que Aristófanes le ataca, que entre

ambos poetas debía de haber motivos de resentimiento personal; pero

hay también que hacer justicia a la buena fe de nuestro poeta, y

confesar que cuando sus censuras se limitan al sistema dramático y

moral de Eurípides, no deja por lo común de tener razón. Dejando para

el preliminar de _Las Ranas_ el estudio de los defectos literarios del

émulo de Sófocles y Esquilo, nos limitaremos a decir aquí que, en _Las

fiestas de Ceres_, Aristófanes ataca principalmente a Eurípides bajo el

punto de vista de su célebre misoginia o aborrecimiento de la mujer.

Aunque no faltan autores que sinceran a Eurípides de este cargo,

explicando sus injurias al sexo bello por la situación de los

personajes, y contraponiendo a sus Medeas, Fedras y Estenebeas, las

Ifigenias y Alcestes, tipos acabados de candor y sacrificio conyugal;

lo cierto es que hasta la tradición, apoyada sin duda en datos de

verdad, viene a corroborar la fama de misógino que tenía entre sus

contemporáneos. Una leyenda suponía, en efecto, que este poeta, como en

otro tiempo Orfeo en Tracia, había muerto en Macedonia a manos de las

mujeres irritadas por los ultrajes dirigidos a su sexo.

Las _Tesmoforiazusas_ (Θεσμοφοριάζουσαι), pues este es el título de

la comedia, reunidas con motivo de celebrarse las fiestas de Ceres y

Proserpina, a las que ellas solo tenían derecho a asistir, tratan de

aprovechar esta ocasión para decretar contra su enemigo un castigo

ejemplar. Eurípides, sabedor de lo que pasa y queriendo conjurar la

tormenta, suplica a su amigo Agatón que, a favor de su aspecto mujeril,

se introduzca en la asamblea femenina y trate de apartarlas de su

propósito. Ante la negativa de Agatón, Mnesíloco, suegro de Eurípides,

se decide a prestarle este servicio y acude al sitio de la fiesta. Pero

al defender a su yerno déjase arrastrar imprudentemente por su pasión,

y vomita contra el sexo bello las más espantosas injurias. Hácese

sospechoso con esto, y cuando Antístenes llega a toda prisa anunciando

que un hombre se ha introducido en el Tesmoforion disfrazado de mujer,

todas las miradas caen sobre Mnesíloco, que es sometido inmediatamente

a un reconocimiento riguroso. Descubierto el sacrílego fraude, es

condenado a morir atado a un poste, bajo la vigilancia de un escita.

Eurípides acude en su socorro, ora fingiéndose Menelao, ora Perseo, ora

la ninfa Eco, pero todos sus esfuerzos son inútiles, hasta que, después

de hacer las paces con las mujeres mediante la condición de no hablar

mal de ellas, consigue evadirse con el infeliz Mnesíloco, burlando al

arquero que le guardaba, con una estratagema de mala ley.

Respecto al mérito literario de esta comedia, es de notar que en

ninguna otra de Aristófanes se encuentra un plan tan bien trazado y

seguido, ni tampoco más viveza y animación. Abundan en ella parodias de

muchos pasajes de Eurípides cuya gracia se ha perdido para nosotros;

y, lo que es peor, la afean a cada momento indecencias y obscenidades

reveladoras de tan repugnantes vicios, que hemos tenido que dejarlas en

griego, por no atrevernos a presentarlas ni aun bajo el velo del latín.

_Las fiestas de Ceres_, según se deduce de varios pasajes de las

mismas,[1] debieron representarse el año 412 antes de Jesucristo, sin

que tuvieran al parecer favorable acogida. Aristófanes las retocó; pero

la nueva edición tuvo tan poca fortuna como la primera.[2]

PERSONAJES.

MNESÍLOCO, suegro de Eurípides.

EURÍPIDES.

UN CRIADO DE AGATÓN.

AGATÓN.

CORO DE AGATÓN.

UN HERALDO.

CORO DE MUJERES, celebrando las fiestas de Ceres y Proserpina.

VARIAS MUJERES.

CLÍSTENES.

UN PRITÁNEO.

UN ESCITA, arquero.

* * * * *

La acción pasa primero delante de la casa de Agatón, y luego junto al

templo de Ceres.

LAS FIESTAS DE CERES Y PROSERPINA.

MNESÍLOCO.

¡Oh Júpiter! ¿Cuándo aparecerá la golondrina?[3] Este hombre va a

acabar conmigo haciéndome correr desde el amanecer. ¿Podré, antes de

que mi bazo[4] estalle, saber adónde me conduces, Eurípides?

EURÍPIDES.

No debes oír lo que pronto has de ver.[5]

MNESÍLOCO.

¿Cómo dices? Repítelo. ¿No debo de oír...?

EURÍPIDES.

Lo que pronto vas a ver...

MNESÍLOCO.

¿Tampoco deberé ver...?

EURÍPIDES.

No, lo que luego has de oír.

MNESÍLOCO.

¿Qué es lo que me aconsejas? Confieso, sin embargo, que hablas muy

bien. ¿Dices que no debo oír ni ver?

EURÍPIDES.

Esas dos funciones son en efecto distintas; una cosa es no ver, y otra

no oír; tenlo entendido.

MNESÍLOCO.

¿Cómo distintas?

EURÍPIDES.

Escucha. Cuando el Éter principió a separarse del Caos y engendró los

animales que en su seno se agitaban, con objeto de que viesen, les hizo

primero los ojos redondos como el disco del sol, y después les abrió

los oídos en forma de embudo.

MNESÍLOCO.

¿Y por causa del embudo, ni oigo ni veo? ¡Cuánto me alegro de haber

aprendido estas cosas! ¡Qué bueno es conversar con los sabios!

EURÍPIDES.

Yo puedo enseñarte otras muchas parecidas.

MNESÍLOCO.

¡Ojalá entre ellas me enseñaras el modo de quitarme la cojera![6]

EURÍPIDES.

Acércate y atiende.

MNESÍLOCO.

Heme aquí.

EURÍPIDES.

¿Ves esa puertecita?

MNESÍLOCO.

Sin duda; digo, creo verla.

EURÍPIDES.

Calla.

MNESÍLOCO.

¿Qué calle yo la puerta?

EURÍPIDES.

Escucha.

MNESÍLOCO.

¿Qué yo escuche y calle la puerta?

EURÍPIDES.

Agatón,[7] famoso poeta trágico, vive ahí.

MNESÍLOCO.

¿Qué Agatón es ese?

EURÍPIDES.

Es un cierto Agatón...

MNESÍLOCO.

Moreno y robusto, ¿verdad?

EURÍPIDES.

No, es otro; ¿no lo has visto nunca?

MNESÍLOCO.

¿Tiene una gran barba?

EURÍPIDES.

¿Pero no lo has visto nunca?

MNESÍLOCO.

No, que yo sepa.

EURÍPIDES.

Pues estuviste con él,[8] aunque quizá sin conocerlo. Pero apartémonos,

porque sale uno de sus criados, trayendo fuego y ramas de mirto: sin

duda va a ofrecer un sacrificio para el buen éxito de sus poesías.

* * * * *

EL CRIADO.

Guarda, oh pueblo, un silencio religioso; cierra tu boca; el coro

sagrado de las Musas entona sus himnos en la morada de mi señor.[9]

Refrene el Éter apacible el soplo de los vientos: cese el rumor de las

cerúleas ondas...

MNESÍLOCO.

Bombax.[10]

EL CRIADO.

Duerma la gente alada; párese el correr de las feroces alimañas en las

selvas...

MNESÍLOCO.

Bómbalo bombax.

EL CRIADO.

Porque Agatón nuestro amo, el poeta de armoniosa lira, se prepara...

MNESÍLOCO.

¿A prostituirse?[11]

EL CRIADO.

¿Quién ha hablado?

MNESÍLOCO.

El Éter apacible.

EL CRIADO.

A colocar el armazón de un drama; para lo cual redondea nuevas formas

poéticas, tornea unos versos, suelda otros, forja sentencias, inventa

metáforas, funde, modela y vierte en el molde el asunto, que en sus

manos es como blanda cera.

MNESÍLOCO.

Y se dispone a una infamia.[12]

EL CRIADO.

¿Qué patán se aproxima a este recinto?

MNESÍLOCO.

Uno que para perforar tu recinto y el del poeta de armoniosa lira, trae

un excelente instrumento.[13]

EL CRIADO.

Anciano, en tu juventud debiste ser muy insolente.

EURÍPIDES.

(_A Mnesíloco._) Vamos, déjale en paz. — (_Al criado._) Y tú, vete a

llamar a Agatón sin perder un instante.

EL CRIADO.

No hay necesidad; mi amo vendrá muy pronto, porque ha principiado a

componer versos, y en el invierno no es fácil redondear las estrofas

sin salir a tomar el sol.[14]

(_Vase._)

MNESÍLOCO.

Y yo, ¿qué haré?

EURÍPIDES.

Espera; ya sale. ¡Oh Júpiter! ¿Qué suerte me reservas hoy?

MNESÍLOCO.

Por los dioses, quiero saber lo que te pasa. ¿Por qué gimes? ¿Por qué

te lamentas? Siendo mi yerno, no debes tener secretos para mí.

EURÍPIDES.

Me amenaza una gran desgracia.

MNESÍLOCO.

¿Cuál?

EURÍPIDES.

Hoy se decidirá si Eurípides ha de vivir o morir.

MNESÍLOCO.

¿Cómo es posible, no habiendo hoy sesión en los tribunales ni en el

Senado, por ser el tercer día de la fiesta, el día del medio de las

Tesmoforias?[15]

EURÍPIDES.

Precisamente eso es lo que me hace presentir mi perdición. Las mujeres

se han conjurado contra mí, y están reunidas en el templo de las dos

diosas[16] para tratar de mi muerte.

MNESÍLOCO.

¿Por qué motivo?

EURÍPIDES.

Porque las injurio en mis tragedias.

MNESÍLOCO.

Por Neptuno, se les está muy bien empleado. ¿Y cómo podrás evitar el

golpe?

EURÍPIDES.

Si consigo que el poeta trágico Agatón se presente en la fiesta.

MNESÍLOCO.

¿Para qué? Dime.

EURÍPIDES.

Para que asista a la reunión de las mujeres, y me defienda si hay

necesidad.

MNESÍLOCO.

¿Franca o disimuladamente?

EURÍPIDES.

Disimuladamente, disfrazado de mujer.

MNESÍLOCO.

Excelente idea y muy propia de ti. Tratándose de astucias, el triunfo

es nuestro.

EURÍPIDES.

Calla.

MNESÍLOCO.

¿Pues?

EURÍPIDES.

Sale Agatón.

MNESÍLOCO.

¿Dónde está?

EURÍPIDES.

Míralo: lo traen por tramoya.[17]

MNESÍLOCO.

Sin duda estoy ciego; no veo ningún hombre; solo veo a Cirene.[18]

EURÍPIDES.

Silencio; ya se prepara a cantar.

MNESÍLOCO.

¿Va a entonar una marcha de hormigas?[19]

* * * * *

AGATÓN.[20]

Doncellas, recibid la sagrada antorcha,[21] y festejad con danzas y

alaridos a las diosas infernales y a vuestra libre patria.

CORO DE AGATÓN.[22]

¿De qué deidad se celebra hoy la fiesta? Pronto estoy siempre a adorar

a los dioses.

AGATÓN.

Canta, oh Musa, a Febo, el del arco de oro, que levantó los muros de la

ciudad del Simois.[23]

CORO.

¡Salve, Febo; para ti mis himnos mejores, pues tú llevas la palma en el

sacro certamen de las Musas!

AGATÓN.

Ensalzad a Diana, la virgen cazadora, errabunda por montañas y bosques.

CORO.

Celebremos a porfía, y ensalcemos a la casta Diana, augusta hija de

Latona.

AGATÓN.

Y a Latona y a la cítara asiática, imitando el ritmo y el cadencioso

compás de las Gracias de Frigia.[24]

CORO.

Celebremos a la augusta Latona, y a la cítara madre de los himnos, para

que nuestros acentos varoniles hagan con fulgor repentino brillar los

ojos de la adorable diosa. ¡Ensalcemos al poderoso Apolo! ¡Salve, hijo

feliz de la augusta Latona!

MNESÍLOCO.

¡Venerandas Genetílides,[25] qué dulce y voluptuosa melodía! ¡Los

besos son menos tiernos y lascivos! ¡Todo mi cuerpo se ha estremecido

de placer![26] Escucha, muchacho, quienquiera que seas, pues voy a

interrogarte con las palabras de Esquilo en su _Licurgo_.[27] ¿De dónde

ha salido ese hombre afeminado? ¿Cuál es su patria y su traje? ¡Qué

contradicciones! ¡Una cítara y una túnica azafranada! ¡Una lira y un

tocado de mujer! ¡Un frasco de gimnasia y un ceñidor! ¿Hay cosas más

opuestas? ¡Un espejo y una espada! Tú mismo, jovenzuelo, ¿qué eres?

¿Eres hombre? Entonces ¿dónde están las pruebas de tu virilidad,[28]

y el manto y el calzado propios de este sexo? ¿Eres mujer? Entonces

¿dónde está el pecho levantado? ¿Qué dices? ¿Por qué callas? Sea como

quieras, pero te advierto que por la voz te conoceré en seguida.

AGATÓN.

¡Anciano! ¡Anciano! He oído el silbido de la envidia, sin sentir el

dolor de sus mordeduras. Yo llevo un traje en consonancia con mis

pensamientos. Pues un poeta debe tener costumbres análogas a los dramas

que compone. Si el asunto de sus tragedias son las mujeres, su persona

debe imitar la vida y el porte mujeril.

MNESÍLOCO.

¿De suerte que al componer la _Fedra_ montarás a caballo?[29]

AGATÓN.

Si los asuntos son varoniles, ya tiene en su cuerpo todo lo necesario.

Pero lo que no tenemos por naturaleza, preciso es adquirirlo por la

imitación.

MNESÍLOCO.

Por consiguiente, cuando escribas dramas satíricos,[30] llámame y yo me

pondré detrás de ti en la actitud requerida.[31]

AGATÓN.

Además parecerá muy mal un poeta grosero y velludo. Íbico,[32]

Anacreonte de Teos y Alceo, tan hábiles en la armonía, llevaban

mitras y bailaban las voluptuosas danzas de la Jonia;[33] el mismo

Frínico,[34] de quien has oído hablar, unía a su propia hermosura la

de sus vestidos; así es que en sus dramas todo era hermoso. Cada cual

imprime a sus obras su propio carácter.

MNESÍLOCO.

Por eso Filocles,[35] que es feo, compone obras feas; Jenocles,[36]

que es malo, malas; y Teognis,[37] que es frío, frías.

AGATÓN.

Es de absoluta necesidad. Y sabiéndolo yo, he cuidado de mi persona.

MNESÍLOCO.

¿Cómo, por los dioses?

EURÍPIDES.

Cesa de ladrar. Yo era lo mismo cuando a la edad de ese principié a

escribir.

MNESÍLOCO.

¡Vaya unos modales, amigo!

EURÍPIDES.

Pero déjame decir a lo que he venido.

AGATÓN.

Habla.

EURÍPIDES.

Agatón, «es de hombres sabios el decir muchas cosas en pocas palabras.

Herido por una desgracia nueva, vengo a suplicarte.»[38]

AGATÓN.

¿Para qué me necesitas?

EURÍPIDES.

Las mujeres, reunidas en el templo de las dos diosas, han resuelto hoy

mi perdición, porque hablo mal de ellas.

AGATÓN.

¿Y qué socorro puedes esperar de mí?

EURÍPIDES.

Uno grandísimo. Si te mezclas furtivamente entre las mujeres de modo

que parezcas una de tantas, y defiendes mi causa elocuentemente,

conseguirás salvarme. Tú eres el único capaz de hablar dignamente de mí.

AGATÓN.

¿Por qué no vas a defenderte tú mismo?

EURÍPIDES.

Te lo diré. En primer lugar, yo soy muy conocido, y además cano y

barbudo; mientras que tú eres de hermosa figura, blanco, imberbe;

tienes voz atiplada y aspecto delicado.

AGATÓN.

Eurípides...

EURÍPIDES.

¿Qué?

AGATÓN.

¿No has dicho en alguna parte: «el ver la luz te alegra; ¿crees que no

le alegra también a tu padre?»?[39]

EURÍPIDES.

Cierto.

AGATÓN.

No esperes, por tanto, que yo me exponga en tu lugar: sería una locura.

Sufre, como es natural, tu propio infortunio. Las desgracias no deben

sobrellevarse con astucia, sino con paciencia.

MNESÍLOCO.

Así es como tú has llegado al colmo de la infamia: a fuerza de

paciencia.[40]

EURÍPIDES.

¿Pero por qué temes ir allá?

AGATÓN.

Me tratarían peor que a ti.

EURÍPIDES.

¿Cómo?

AGATÓN.

¿Cómo? Parecería que iba a robarles sus placeres nocturnos, y

arrebatarles su Venus íntima.

MNESÍLOCO.

¡Mira! ¿A robarles? Di más bien a prostituirte.[41] ¡Por Júpiter! ¡Vaya

un pretexto!

EURÍPIDES.

En qué quedamos, ¿lo harás?

AGATÓN.

No lo esperes.

EURÍPIDES.

¡Desdichado de mí! ¡Estoy perdido!

MNESÍLOCO.

Eurípides, mi querido yerno, no te desalientes.

EURÍPIDES.

¿Qué hacer?

MNESÍLOCO.

Échale a ese al infierno, y dispon de mí a tu antojo.

EURÍPIDES.

Pues tú mismo te me ofreces, acepto. Vamos quítate ese vestido.

MNESÍLOCO.

Ya está en el suelo. ¿Qué intentas hacer de mí?

EURÍPIDES.

Afeitarte la barba y quemarte el pelo de más abajo.[42]

MNESÍLOCO.

Haz lo que gustes, ya que me he ofrecido.

EURÍPIDES.

Agatón, tú siempre llevas navajas, préstanos una.

AGATÓN.

Cógela de ese estuche.

EURÍPIDES.

Gracias. Siéntate e hincha el carrillo derecho.

MNESÍLOCO.

¡Ay!

EURÍPIDES.

¿Por qué gritas? Te voy a meter un tarugo en la boca, si no callas.

MNESÍLOCO.

¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!

EURÍPIDES.

¿A dónde corres?

MNESÍLOCO.

Al templo de las Euménides;[43] no, por Ceres, no me he de estar ahí

para que me hagas tajadas.

EURÍPIDES.

Se van a reír de ti al verte con la cara medio afeitada.

MNESÍLOCO.

Poco me importa.

EURÍPIDES.

No me abandones, por los dioses te lo pido, ven acá.

MNESÍLOCO.

¡Desdichado de mí!

EURÍPIDES.

Estáte quieto y levanta la cabeza. ¿Adónde te vuelves?

MNESÍLOCO.

¡Mu! ¡Mu!

EURÍPIDES.

¿Por qué muges? Ya está concluido todo.

MNESÍLOCO.

¡Infeliz, voy a pelear armado a la ligera![44]

EURÍPIDES.

No pienses en eso. Vas a estar hermosísimo. ¿Quieres mirarte?

MNESÍLOCO.

Sí, dame un espejo.

EURÍPIDES.

¿Te ves?

MNESÍLOCO.

A mí no, a Clístenes.[45]

EURÍPIDES.

Levántate para que te queme el vello; ahora inclínate.

MNESÍLOCO

¡Cielo santo! ¡Me vas a chamuscar como a un cerdo!

EURÍPIDES.

Traedme una antorcha o una lámpara. Inclínate y cuídate solo de una

cosa.[46]

MNESÍLOCO.

Ya la cuidaré, por Júpiter. ¡Oh, yo me abraso! ¡Agua, vecinos, agua,

antes de que la llama incendie mi trasero!

EURÍPIDES.

Tranquilízate.

MNESÍLOCO.

¿Quién puede estar tranquilo cuando le están asando?

EURÍPIDES.

Ya no tienes por qué inquietarte; lo peor está hecho.

MNESÍLOCO.

¡Oh, qué hollín! Estoy completamente chamuscado

EURÍPIDES.

No te cuides de eso; ya se te lavará con una esponja.

MNESÍLOCO.

¡Pobre del que se atreva a lavarme el trasero!

EURÍPIDES.

Agatón, ya que no quieres ayudarme, préstame a lo menos esa túnica y

ese ceñidor; no puedes decir que no los tienes.

AGATÓN.

Con mucho gusto; tomad y usadlos.

MNESÍLOCO.

¿Qué me pongo?

AGATÓN.

Ponte primero esa túnica de color de azafrán.

MNESÍLOCO.

¡Por Venus, qué buen olor echa a hombre![47] Pónmela pronto: dame el

ceñidor.

EURÍPIDES.

Toma.

MNESÍLOCO.

Ahora dame algo para adornarme las piernas.[48]

EURÍPIDES.

Necesitas una cinta y una mitra.[49]

AGATÓN.

Toma mi gorro de dormir.

EURÍPIDES.

Por Júpiter, es lo más a propósito.

MNESÍLOCO.

¿Me caerá bien?

AGATÓN.

Admirablemente.

EURÍPIDES.

Venga el manto.

AGATÓN.

Cógelo de encima de la cama.

MNESÍLOCO.

Necesito zapatos.

AGATÓN.

Ten estos míos.

MNESÍLOCO.

¿Me vendrán bien? Que a ti te gusta el calzado ancho.[50]

AGATÓN.

Pruébatelos. Ya tenéis todo cuanto os hace falta. Llevadme pronto

adentro.[51]

* * * * *

EURÍPIDES.

Pareces completamente una mujer. Cuando hables, ten mucho cuidado de

imitar la voz femenina.

MNESÍLOCO.

Lo procuraré.

EURÍPIDES.

Vete ya.

MNESÍLOCO.

No, por cierto, si antes no me juras...

EURÍPIDES.

¿Qué?

MNESÍLOCO.

Emplear todos los medios para salvarme, si me ocurre alguna desgracia.

EURÍPIDES.

«Lo juro por el Éter, morada de Júpiter.»[52]

MNESÍLOCO.

¿No era mejor que jurases por la familia de Hipócrates?[53]

EURÍPIDES.

Pues bien, juro por todos los dioses sin excepción.

MNESÍLOCO.

«Acuérdate de que ha jurado el corazón y no la lengua.»[54] Los

juramentos de esta no los quiero.

EURÍPIDES.

Anda listo; ya se ve en el templo de Ceres la señal de reunirse. Yo me

retiro.

(_Mutación de escena. Aparece el templo de Ceres y Proserpina._)

MNESÍLOCO.[55]

Ven, Trata, sígueme. Mira, Trata, cuánto humo despiden las antorchas.

¡Oh bellísimas Tesmóforas, recibidme y despedidme propicias!

Descárgate la cesta, Trata, y saca la torta para que se la ofrezca a

las dos diosas. ¡Oh augusta divinidad, Ceres adorada, y tú, venerable

Proserpina, permitidme presentaros muchas veces oblaciones como

esta! (y sobre todo que no me descubran). Conceded a mi hija un

esposo rico, aunque sea estúpido y necio, para que no piense más que

en divertirse.[56] ¿Dónde encontraré un sitio para poder oír a los

oradores? Tú, Trata, márchate; las esclavas no pueden asistir a esta

reunión.[57]

* * * * *

UNA MUJER HERALDO.[58]

Guardad el silencio religioso: guardad el silencio religioso. Orad

a las Tesmóforas Ceres y Proserpina, a Pluto.[59] a Caligenia,[60] a

Curótrofe,[61], a la Tierra, a Mercurio, a las Gracias, para que esta

asamblea nos sea propicia y útil a Atenas y a nosotras mismas. Pedidles

también que aquella que por sus ilustres hechos y discursos merezca

más aplausos del pueblo ateniense y de las mujeres, sea la vencedora.

Dirigidles estas súplicas, y haced votos por vuestra propia dicha. ¡Io

Peán! ¡Io Peán! Congratulémonos.

CORO DE MUJERES.

Esos son nuestros votos. ¡Dígnense los dioses acogerlos! Omnipotente

Júpiter, dios de la lira de oro, adorado en Delos;[62] y tú, invencible

diosa, doncella de cerúleos ojos y áurea lanza, patrona de la más

floreciente ciudad,[63] acudid a mi llamamiento; acude tú también,

hermoso retoño de Latona,[64] la de fúlgida mirada, virgen cazadora,

adorada bajo cien advocaciones; y tú, venerable Neptuno, soberano

de las olas, abandonando tu líquido palacio arremolinado por las

tempestades y recorrido por los peces, ven acompañado de las hijas de

Nereo, y de las montañesas ninfas. Mézclense a nuestras oraciones los

acentos de la dorada lira, y reine el orden en esta asamblea de nobles

matronas.

EL HERALDO.

Orad a los dioses y diosas del Olimpo, de Delfos, de Delos, y a

las demás deidades. Si hay algún malvado que conspire contra el

pueblo femenino o que ofrezca a Eurípides[65] o a los Medas una paz

perjudicial a las mujeres, o que aspire a la tiranía, o se proponga

restablecer a un usurpador; si hay un delator que denuncie a una

mujer culpable de suposición de prole, o una esclava que después de

haber sido alcahueta de su señora le vaya con el cuento al marido, y,

encargada de llevar un recado, traiga falsas noticias; si hay algún

galanteador que engañe a una mujer y después no la dé lo prometido;

si hay una vieja que compra sus amantes o una cortesana que por los

regalos de otro abandona a su querido; si hay un tabernero o tabernera

que al vendernos un congio o una cótila[66] nos engaña en la medida,

pedid al cielo los confunda a todos, con toda su familia, y que al

propio tiempo os colme de bienes a vosotras.

CORO.

Unánimes pedimos que se cumplan nuestros votos en favor del pueblo y

la república, y que, como es justo, se otorgue la victoria a las que

den mejores consejos. Las que cometen fraudes y violan los más sagrados

juramentos en provecho propio y daño del común; las que tratan de

derogar las antiguas leyes y decretos promulgando otros nuevos; las que

revelan nuestros secretos a los enemigos, e introducen a los Medas en

nuestro país para arruinarlo, esas son impías y enemigas de la patria.

Acoge tú nuestras preces, omnipotente Júpiter, para que, aunque somos

mujeres, nos sean propicios los dioses.

EL HERALDO.

Escuchad todas. «El Consejo de las mujeres, siendo presidente Timoclea,

secretario Lisila, y Sóstrata orador,[67] ha decretado: Que mañana día

del medio de las Tesmoforias, por ser el más desocupado, se destine

ante todo a deliberar sobre el castigo que debe imponerse a Eurípides,

por sus ultrajes a todas.» ¿Quién pide la palabra?[68]

MUJER PRIMERA.

Yo.

EL HERALDO.

Pues ponte esa corona antes de hablar.[69]. Callad. ¡Silencio!

¡Atención! Ya escupe, según acostumbran los oradores. Parece que el

discurso va a ser largo.

MUJER PRIMERA.

No es la ambición, ¡oh mujeres!, lo que me mueve a usar de la

palabra, os lo juro por las diosas. Muéveme solamente la indignación

que me sofoca al veros vilipendiadas por Eurípides, ese hijo de una

verdulera.[70] ¿Qué ultrajes hay que no nos prodigue? ¿Qué ocasión

de calumniarnos desperdicia, en cuanto tiene muchos o pocos oyentes,

actores y coros? Nos llama adúlteras, desenvueltas, borrachas,

traidoras, charlatanas, inútiles para nada de provecho, peste de los

hombres; con lo cual cuando nuestros maridos vuelven del teatro nos

miran de reojo, y registran la casa para ver si hay oculto algún

amante. Ya no nos permiten hacer lo que hacíamos antes: ¡tales

sospechas ha inspirado ese hombre a los esposos! ¿Se le ocurre a una

de nosotras hacer una corona? Ya la creen enamorada.[71] ¿Se deja otra

caer una vasija al correr en sus domésticas faenas? El marido pregunta

en seguida: «¿En honor de quién se ha quebrado esa olla?, sin duda del

extranjero de Corinto.»[72] ¿Está enferma alguna joven? Su hermano dice

al punto: «No me gusta el color de esa muchacha.»[73] Si una mujer que

no tiene hijos quiere suponer un parto, ya no puede hacerlo, porque los

hombres nos vigilan de cerca. Para con los viejos que antes contraían

matrimonio con jóvenes, también nos ha desacreditado, y ninguno se casa

después de haber oído aquel verso:

«La esposa es reina del marido anciano.»[74]

Él es asimismo la causa de que nos cierren con cerrojos y sellos,[75]

y tengan para guardarnos esos perrazos molosos,[76] terror de los

amantes. Y esto, pase; pero ahora no podemos, como antes, sacar

nosotras mismas de la despensa harina, aceite y vino; pues nuestros

maridos llevan siempre consigo no sé qué condenadas llavecitas

lacedemonias,[77] secretas y de tres dientes. Sin embargo, aún

hubiéramos podido abrir las puertas más selladas, mandándonos hacer

por tres óbolos un anillo con la misma marca; pero ese maldito

Eurípides, perdición de las familias, ha enseñado a los hombres a

llevar colgados del cuello complicadísimos sellos de madera.[78] Creo,

por consiguiente, que es necesario librarnos a toda costa de ese

enemigo, dándole muerte con veneno u otro medio cualquiera. Eso es

lo que digo en alta voz; lo demás lo haré constar en el registro del

secretario.

CORO.

Nunca he visto mujer más hábil y elocuente; todo lo que dice es justo;

ha examinado la cuestión bajo todos sus aspectos y los ha pesado todos.

Su argumentación es nutrida, sagaz y selecta; de suerte que si al lado

de ella perorase Jenocles,[79] hijo de Cárcino, os parecería, a mi modo

de ver, que solo decía vaciedades.

MUJER SEGUNDA.

Habiendo abarcado perfectamente la preopinante todos los extremos de

la acusación, diré muy pocas palabras, concretándome a manifestaros lo

que a mí misma me sucede. Murió mi marido en Chipre, dejándome cinco

hijos pequeños, a los que sostenía a duras penas, haciendo coronas en

la plaza de los Mirtos.[80] Con este recurso vivía así, así, es verdad;

pero al fin vivía: pues bien, desde que ese hombre en sus tragedias ha

demostrado al público que no existen los dioses,[81] no vendo ni la

mitad que antes.[82] Por lo cual opino y os aconsejo que no dejéis de

castigarle: sobran causas para ello, pues siempre, amigas mías, nos

está ultrajando con la grosería propia del que se ha educado entre

legumbres. Yo voy a la plaza; tengo que hacer veinte coronas que me han

encargado.

CORO.

Sus palabras han sido más mordaces que las del primer discurso. ¡Qué

gracia! ¡Qué oportunidad! ¡Qué agudeza y qué astucia! Todo es claro

y convincente. Sí, es necesario imponerle una pena ejemplar por sus

ultrajes.

MNESÍLOCO.

No me asombra, oh mujeres, que tales acusaciones os irriten vivamente

contra Eurípides, y hagan hervir vuestra bilis. Yo misma, os lo juro

por la salud de mis hijos, yo misma detesto a ese hombre, pues sería

menester estar loca para no aborrecerle. No obstante, conviene que

tengamos en confianza algunas explicaciones; ahora estamos solas, y no

hay miedo de que nuestras palabras se divulguen. ¿Por qué le acusamos,

por qué le hacemos gravísimas inculpaciones solo por haber revelado

dos o tres de nuestros defectos, cuando los tenemos innumerables? Yo

misma, para no hablar de otras, me reconozco culpable de muchísimos

pecados; el más grave lo cometí a los tres días de casada: mi marido

dormía a mi lado; yo tenía un amante, que me había seducido a la

edad de siete años: el tal, arrastrado por su amor, vino a la puerta

de mi casa y la arañó suavemente. Yo comprendí en seguida, y bajé

con precaución: mi marido me preguntó: «¿Adónde vas? — ¿Adónde? le

respondí; siento dolores y retortijones de vientre y bajo al excusado.

— Anda, pues», me dijo. Él se puso a majar semillas de cedro, anís y

salvia,[83] y en tanto yo, después de tomar la precaución de mojar

los goznes,[84] me reuní a mi amante, y apoyada sobre el altar del

pórtico,[85] y agarrándome al tronco del laurel, me entregué a sus

deseos. Sin embargo, notadlo bien, nunca Eurípides ha hablado de esto,

ni de nuestras complacencias con los esclavos y muleteros cuando faltan

amantes, ni de que después de haber pasado una noche de libertinaje,

acostumbramos a comer ajos[86] a la mañana, para que al volver el

marido de su guardia no conciba la menor sospecha. ¿Lo veis? De esto

nunca ha dicho nada. Si maltrata a Fedra, ¿qué se nos importa? En

cambio nunca ha hablado de esas mujeres que despliegan a la luz un

gran manto, y mientras el marido admira los primores del trabajo, el

galán logra escurrirse a favor de la estratagema. Yo conocí a una que

estuvo diez días fingiendo dolores de parto hasta comprar una criatura.

Su esposo, en tanto, corría por toda la ciudad en busca de medicinas

para acelerar el alumbramiento. Una vieja le trajo al fin, metido en

una olla, un niño con la boca tapada con cera para que no gritase:

entonces, a una señal de su cómplice, la mujer empezó a gritar: «Vete,

marido mío, vete que ya voy a parir.» La criatura, en efecto, pegaba

pataditas en el vientre... de la olla. Él se retiró tan contento; ella

le quitó el taponcillo de cera, y el niño principió a llorar. Entonces

la maldita vieja que lo había traído, corrió al esposo y le dijo

sonriendo: «Un león, un león te acaba de nacer; es tu vivo retrato, se

te parece en todo.»[87] ¿No es verdad que cometemos estas perfidias?

Sí, por Diana. ¿Entonces a qué irritarnos contra Eurípides porque dice

de nosotras menos de lo que en realidad hacemos?[88]

CORO.

¡No vuelvo de mi asombro! ¿De dónde ha sacado esas invenciones? ¿En

qué país se ha criado esa desvergonzada? Nunca hubiera creído que

ninguna mujer se atreviese a contar, ni aun entre nosotras, semejantes

atrocidades. Pero ya puede esperarse todo; tiene razón el proverbio

antiguo: «Es necesario mirar debajo de todas las piedras, no se oculte

algún orador pronto a picarnos.»[89] No hay nada peor que una mujer

naturalmente desvergonzada, como no sea otra mujer.

MUJER TERCERA.

Por Aglaura,[90] amigas; habéis perdido el juicio, o estáis hechizadas,

u os sucede otro grave mal, para dejar a esa peste insultarnos a todas.

Si alguna de vosotras... pero no, nosotras y nuestras criadas nos

encargamos de vengarnos; vamos a coger ceniza de cualquier parte, y a

dejarla sin un pelo.[91] Así aprenderá a no hablar mal de las mujeres

en lo sucesivo.

MNESÍLOCO.

¡Oh, no hagáis tal! Si en una asamblea donde todas las ciudadanas

podemos exponer con toda libertad nuestras ideas he dicho lo que me

parecía en defensa de Eurípides, ¿será justo que me condenéis a la

depilación?

MUJER TERCERA.

¿Cómo no ha de ser justo castigarte? Tú eres la única que te has

atrevido a defender a un hombre que ha colmado de oprobio a nuestro

sexo; a un hombre que escoge de intento para argumento de sus

dramas aquellos asuntos donde hay mujeres perversas, Fedras[92] o

Melanipes[93], y nunca se le ocurre escribir sobre Penélope,[94] solo

porque fue casta.

MNESÍLOCO.

Yo sé el motivo. Entre todas las mujeres del día no podréis encontrar

una Penélope, y sí infinitas Fedras.

MUJER TERCERA.

¿No oís lo que esa bribona vuelve a decir de nosotras?

MNESÍLOCO.

Pero, por Júpiter, si aún no he dicho todo lo que sé. ¿Queréis más

todavía?

MUJER TERCERA.

No puedes decir más: ya has vomitado cuanto sabías.

MNESÍLOCO.

Ni tampoco la diezmilésima parte de lo que hacemos. No he dicho, por

ejemplo, que formamos con nuestras diademas una especie de tubo para

sorber el vino.

MUJER TERCERA.

¡Así estalles!

MNESÍLOCO.

No he dicho que en las Apaturias[95] damos las viandas a nuestros

amantes, y después echamos la culpa al gato...

MUJER TERCERA.

¡Eso es insoportable! No sabes lo que te dices.

MNESÍLOCO.

Ni que una mujer mató de un hachazo a su esposo, ni que otra le hizo

perder la razón con un filtro, ni que debajo de la bañera...[96]

MUJER TERCERA.

¡Que la peste te lleve!

MNESÍLOCO.

Enterró Acárnica a su padre.

MUJER TERCERA.

¿Hay paciencia para oír esto?

MNESÍLOCO.

Ni que habiendo parido tu esclava un varón, supusiste que era tuyo, y

le entregaste tu hija.

MUJER TERCERA.

Por las diosas, lo que es eso no lo dejo yo pasar: te voy a arrancar el

pelo.

MNESÍLOCO.

¡No me tocarás por Júpiter!

MUJER TERCERA. (_Dándole una bofetada._)

¡Toma!

MNESÍLOCO. (_Contestándole con otra._)

¡Toma tú!

MUJER TERCERA.

Recoge mi manto, Filista.[97]

MNESÍLOCO.

Acércate nada más, y por Diana yo te...

MUJER TERCERA.

¿Qué harás tú?

MNESÍLOCO.

Te haré echar[98] la torta de sésamo que has comido.

CORO.

Basta de riñas; una mujer se dirige hacia nosotras corriendo: callad

antes que llegue, para oír con sosiego lo que va a decirnos.

* * * * *

CLÍSTENES.

Queridas mujeres, a quienes imito en todo, mis mejillas imberbes

demuestran la afección que os tengo; maniático por vosotras, estoy

siempre dispuesto a defendemos. Hace un instante he oído hablar en

el mercado de un negocio importantísimo que os concierne, y vengo a

revelároslo; y al propio tiempo a aconsejaros toméis las precauciones

necesarias para que no os coja desprevenidas un grande y terrible daño.

CORO.

¿Qué hay, niño mío? (Tienes tan tersas las mejillas, que bien puede

llamársete así.)

CLÍSTENES.

Dicen que Eurípides ha enviado hoy a aquí mismo a un anciano pariente

suyo.

CORO.

¿Para qué? ¿Con qué objeto?

CLÍSTENES.

Para que se entere de vuestros discursos y le tenga al tanto de

vuestros proyectos y resoluciones.

CORO.

¿Pero cómo no hemos conocido a ese hombre entre tantas mujeres?

CLÍSTENES.

Eurípides le ha quemado y arrancado los pelos, y lo ha disfrazado

completamente de mujer.

MNESÍLOCO.

¿Podéis creer eso? ¿Ha de haber un hombre tan estúpido que se deje

pelar de esa manera? Yo no lo creo, ¡venerandas diosas!

CLÍSTENES.

¿Qué sabes tú? Yo no hubiera venido a comunicaros esa noticia, si no

se la hubiera oído a personas que tienen motivos para saberla.

CORO.

Terrible es la noticia. Ea, mujeres, no perdamos un momento;

registremos, busquemos a ese hombre, y veamos dónde ha podido

ocultarse. Ayúdanos, Clístenes, y así, amigo mío, te estaremos

agradecidas por doble concepto.

CLÍSTENES.

Bueno, manos a la obra. ¿Quién eres tú, la primera?

MNESÍLOCO. (_Aparte._)

¿Dónde me esconderé?

CLÍSTENES.

Vais a ser reconocidas.

MNESÍLOCO. (_Aparte._)

¡Pobre de mí!

MUJER CUARTA.

¿Quién soy yo, preguntas? La mujer de Cleónimo.

CLÍSTENES.

¿Conocéis a esta mujer?

CORO.

La conocemos; pasa a otras.

CLÍSTENES.

¿Quién es esa que lleva un niño?

MUJER CUARTA.

Mi nodriza, por Júpiter.

MNESÍLOCO. (_Aparte._)

¡Perdido soy! (_Hace un movimiento para huir._)

CLÍSTENES. (_A Mnesíloco._)

¡Eh, tú! ¿A dónde vas? Quieta en tu puesto. ¿Qué te pasa?

MNESÍLOCO.

Déjame ir a orinar.

CLÍSTENES.

Eres una desvergonzada. Anda; aquí te aguardo.

CORO.

Aguárdala y no la pierdas de vista; es la única a quien no conocemos.

CLÍSTENES.

¿Vas a estar orinando eternamente?

MNESÍLOCO.

¡Ay! sí, amigo mío. Ayer comí berros, y tengo retención de orina.[99]

CLÍSTENES.

¿Qué estás hablando de berros? Ven acá pronto.

MNESÍLOCO.

¡Ah! no arrastres así a una pobre enferma.

CLÍSTENES.

Responde: ¿quién es tu marido?

MNESÍLOCO.

¿Dices que quién es mi marido? ¿Conoces en Cotócides[100] a cierto...?

CLÍSTENES.

¿A cierto...? ¿Quién?

MNESÍLOCO.

¿A aquel a quien cierto día, el hijo de cierto...?

CLÍSTENES.

Tú chocheas. ¿Has venido aquí antes de ahora?

MNESÍLOCO.

Sí, todos los años.

CLÍSTENES.

¿Cuál es tu compañera de tienda?[101]

MNESÍLOCO.

Es una tal... ¡Pobre de mí!

CLÍSTENES.

¿No contestarás?

MUJER QUINTA.

Déjate, voy a hacerle varias preguntas sobre la ceremonia del año

pasado; retírate, porque como eres hombre no debes oírlas. Dime, ¿cuál

fue la primera ceremonia que hicimos?

MNESÍLOCO.

¿Cuál fue la primera dices? Beber.

MUJER QUINTA.

¿Y la segunda?

MNESÍLOCO.

Brindar.

MUJER QUINTA.

Te lo habrá dicho alguno. ¿Y la tercera?

MNESÍLOCO.

Jenila pidió una copa; porque no había orinal.

MUJER QUINTA.

Eso no es decir nada. — Ven acá, Clístenes: este es el hombre de que

hablabas.

CLÍSTENES.

¿Qué hago?

MUJER QUINTA.

Quítale los vestidos, pues contesta mal a todo.

MNESÍLOCO.

¡Cómo! ¿os atrevéis a desnudar a una madre de nueve hijos?

CLÍSTENES.

Suéltate pronto el ceñidor, desvergonzadísima.

MUJER QUINTA.

¡Qué fuerte y robusta parece! ¡Calla! ¡y no tiene pechos como nosotras!

MNESÍLOCO.

Es que soy estéril, y nunca he tenido hijos.

MUJER QUINTA.

¿Ahora con esas? Hace un momento tenías nueve.

CLÍSTENES.

Estáte derecho. ¿Qué veo?[102]

MUJER QUINTA.

No cabe duda que es un hombre.[103]

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

· · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · · ·

¡Ah malvado! por eso nos llenó de ultrajes en su defensa de Eurípides.

MNESÍLOCO.

¡Infeliz, en qué berenjenal me he metido!

MUJER QUINTA.

¿Qué hacemos?

CLÍSTENES.

Guardadlo bien, para que no se escape. Yo voy a dar parte de lo

ocurrido a los Pritáneos.

* * * * *

CORO.

Encendamos las lámparas, quitémonos los mantos, y ceñida al cuerpo la

túnica de una manera viril, veamos si por casualidad[104] ha entrado

otro hombre, y registremos todo el Pnix,[105] las tiendas y las

bocacalles.

¡Ea! partamos con pie ligero, y examinémoslo todo sin chistar; correr

es lo que importa; no hay tiempo que perder, principiemos por hacer

la ronda con la mayor actividad. ¡Ea! registra, explora todos los

rincones, para ver si se oculta algún otro traidor. Dirige la vista

en derredor, a la derecha, a la izquierda, a todas partes; que nada

escape a tu mirada perspicaz. El impío a quien sorprendamos, sufrirá

un castigo severo, para escarmiento de insolentes criminales y

sacrílegos. Reconocerá que hay dioses, y enseñará a los demás hombres

a venerarlos, a honrarlos como es debido, a obedecer a las leyes, y a

practicar la virtud. Si no lo hacen, oigan la pena que les aguarda:

todo hombre reo de sacrilegio, inflamado por su rabia y loco de furor,

será para las mujeres y los mortales un ejemplo viviente de que la

venganza del cielo cae sin tardanza sobre los impíos. — Pero ya creemos

haber registrado todo perfectamente; no hallamos ningún otro hombre

oculto entre nosotras.

* * * * *

MUJER SEXTA.

¡Eh! ¡eh! ¿Adónde huyes? ¡Detente! ¡Oh desdichada! ¡Desdichada! Se

escapa después de haberme arrebatado mi hijo del pecho.

MNESÍLOCO.

Grita cuanto quieras; pero este no vuelve a mamar, mientras no me

soltéis: aquí mismo le abriré las venas con este cuchillo, y su sangre

rociará el altar.[106]

MUJER SEXTA.

¡Oh, desdichada de mí! ¡Socorredme, amigas mías; aterrad con vuestros

gritos a ese monstruo; arrebatadle su presa; no permitáis que así me

prive de mi único hijo!

CORO.

¡Oh Parcas venerandas! ¿qué nuevo atentado miro? Jamás he visto ni

tanta audacia, ni tanta desvergüenza. ¡Qué nuevo crimen ha perpetrado,

amigas! ¡Qué nuevo crimen!

MNESÍLOCO.

Yo sabré refrenar vuestra insolencia.

CORO.

¿No es esto el colmo de la indignidad?

MUJER SEXTA.

Sí, es indigno que me haya arrebatado mi pequeño.

CORO.

No he visto cosa igual; por nada se avergüenza.

MNESÍLOCO.

Pues aún no he concluido.

MUJER SEXTA.

Vengas de donde vengas, no te escaparás; no te irás sin castigo, para

que luego te rías a nuestra costa refiriendo tu atentado: vas a morir.

MNESÍLOCO.

¡Que jamás se cumpla tu deseo!

CORO.

¿Cuál de los dioses inmortales vendrá en socorro de un hombre tan impío

como tú?

MNESÍLOCO.

Vuestros gritos son inútiles: yo no suelto este niño.

CORO.

Por las dos diosas, tampoco te burlarás impunemente de nosotras, ni

dirás más impiedades. A tus sacrílegos actos opondremos el condigno

castigo. Pronto un cambio de fortuna te hará sentir sus rigores. —

Anda con esas mujeres; trae leña para quemar a este malvado, y asarlo

vivo sin pérdida de tiempo.

MUJER SEXTA.

Mania,[107] vamos a buscar sarmientos. — (_A Mnesíloco._) Hoy te

convierto en carbón.

MNESÍLOCO.

Asad, quemad. — Pero tú, pobre criaturilla, quítate pronto el vestido

cretense,[108] y no acuses de tu muerte a ninguna otra mujer más que

a tu madre. Mas ¿qué veo? La niña se ha convertido en un odre lleno

de vino con zapatitos pérsicos. ¡Oh mujeres astutas y borrachonas,

inagotables en ardides para beber! ¡Providencia de los taberneros y

peste de los maridos! ¡Polilla de nuestras telas y ajuares!

MUJER SEXTA.

Trae muchos sarmientos, Mania.

MNESÍLOCO.

Sí, trae. Pero, contéstame: ¿dices que has parido este muchacho?

MUJER SEXTA.

Diez meses lo llevé en mi seno.

MNESÍLOCO.

¿Que lo llevaste?

MUJER SEXTA.

Te lo juro por Diana.

MNESÍLOCO.

¿Coge tres cótilas o cuánto? Di.

MUJER SEXTA.

¿Qué has hecho, miserable? ¿Has desnudado a una criatura tan pequeñita?

MNESÍLOCO.

¿Tan pequeñita?

MUJER SEXTA.

Cierto que es pequeñita.

MNESÍLOCO.

¿Pues cuántos años tiene? ¿Ha visto tres o cuatro veces la fiesta de

las copas?[109]

MUJER SEXTA.

¡Qué! ¡Si nació próximamente cuando las últimas Dionisiacas!

Devuélvemelo.

MNESÍLOCO.

No, te lo juro por ese Apolo.[110]

MUJER SEXTA.

Pues te quemaremos.

MNESÍLOCO.

Quemadme y lo degüello.

MUJER SEXTA.

¡Oh, no, por piedad! Prefiero que me hagas a mí todo el mal que quieras.

MNESÍLOCO.

Me pareces una buena madre; sin embargo, lo degollaré.

MUJER SEXTA.

¡Hija de mi corazón! Dame un vaso, Mania, para que al menos pueda

recoger su sangre.

MNESÍLOCO.

Ponlo debajo: te concedo esa gracia.[111]

MUJER SEXTA.

¡Que el cielo te confunda, monstruo feroz o implacable!

MNESÍLOCO.

Esta piel pertenece a la sacerdotisa.[112]

MUJER SEXTA.

¿Qué es lo que pertenece a la sacerdotisa?

MNESÍLOCO.

Tómala.[113]

MUJER SÉPTIMA.

Mica infortunada, ¿quién te ha quitado tu hija?[114] ¿Quién te ha

arrebatado esa idolatrada criatura?

MUJER SEXTA.

Ese infame. Ya que estás aquí, guárdalo bien, en tanto que yo voy con

Clístenes a denunciar sus crímenes a los Pritáneos.

* * * * *

MNESÍLOCO.

¡Ah! ¿Cómo salvarme? ¿Qué intentaré? ¿Qué imaginaré? El autor de todos

mis males, el que me metió en este desventurado negocio, no se presenta

todavía. Veamos: ¿cómo podré enviarle un aviso?... ¡Ah! Palamedes[115]

me enseña un expediente ingenioso. Escribiré, como él, mi infortunio

en un remo, y lo arrojaré al mar. Pero aquí no hay remos. ¿Dónde podré

encontrarlos? ¿Dónde? ¡Qué idea! ¿Si hiciese astillas esas estatuas,

y escribiese en ellas como si fuesen remos?... Sí, será mucho mejor.

Al fin, estatuas y remos todo es madera. Ea, manos mías, emprended la

obra de salvación. Tablillas pulimentadas, nuncios de mi infortunio,

aprestaos a recibir las huellas del estilo. — ¡Oh! ¡Qué R tan fea!

¿Adónde va a parar? — Partid ya en todas direcciones; apresuraos,

tablillas mías, que mi necesidad es apremiante.

* * * * *

CORO.

Volvámonos hacia los espectadores para cantar nuestras propias

alabanzas, aunque todo el mundo hable mal de nosotras y nos llame

peste[116] del género humano, y causa de cuantos pleitos, riñas,

sediciones, guerras y pesares existen. Pero decidnos: Si somos una

peste, ¿por qué os casáis con nosotras? Si somos una peste, ¿por qué

nos prohibís salir de casa y asomarnos a las ventanas? Si somos una

peste, ¿por qué si sale vuestra mujer y no la encontráis en casa os

enfurecéis como energúmenos, en vez de regocijaros y dar gracias a los

dioses de que la peste haya abandonado vuestro hogar y de que estáis

ya libres de huésped tan enojoso? Si cansadas de jugar nos dormimos en

casa de una amiga, en seguida vais a buscar a vuestra peste, y rondáis

en torno de su lecho. Si nos asomamos a la ventana, todo el mundo se

detiene a ver la peste; si ruborizadas nos retiramos, aumenta el deseo

de que la peste vuelva a presentarse. Está, pues, fuera de duda que

somos mucho mejores que vosotros, como lo prueba el más ligero examen.

Comparemos, si no, los dos sexos, y veamos cuál es peor: vosotros decís

que el nuestro, y nosotras que el vuestro. Examinémoslos y pongámoslos

en parangón, oponiendo uno a uno, hombres y mujeres. Carmino[117] es

inferior a Nausímaca; los hechos son elocuentes. Cleofón[118] está muy

por debajo de Salabacca. Con Aristómaca, la heroína de Maratón, ni con

Estratónice,[119] hace mucho tiempo que nadie se atreve a contender.

Entre los senadores que el año último abandonaron a otros sus cargos,

¿habrá alguno que pueda compararse con Eubula?[120] Ni ellos mismos

se atreverían. Podemos, pues, gloriarnos de ser mucho mejores que los

hombres. Tampoco se ve a ninguna mujer pasearse por la ciudad en un

carro magnífico después de haber robado cincuenta talentos al Tesoro;

nuestros mayores hurtos son de un poco de trigo a nuestro esposo,

y para eso se lo devolvemos en el mismo día. ¿Cuántos de vosotros

pudiéramos señalar que hacen otro tanto y que son también más glotones

que nosotras, y chocarreros y ladrones de vestidos y de esclavos?

¿Cuántos que ni siquiera saben cómo las mujeres conservan la herencia

paterna? Nosotras, en efecto, tenemos todavía nuestros cilindros,

nuestras lanzaderas, nuestros canastillos y quitasoles; al paso que

muchos de nuestros maridos han perdido unos sus lanzas, el asta y el

hierro a la vez, y otros han arrojado en el combate sus escudos.

Muchísimos cargos podemos hacer las mujeres a los hombres, pero

solo mencionaremos el más grave de todos. Era justo que cuando una

de nosotras diera a luz un ciudadano útil, un taxiarco[121] o un

estratega,[122] fuese honrada con alguna distinción, como, por ejemplo,

la de ocupar el primer puesto en las Estenias,[123] las Esciras,[124]

y otras fiestas que solemos celebrar. Por el contrario, la madre de

un ciudadano cobarde e inútil, de un trierarca holgazán, o de un

piloto imperito debería colocarse con el cabello cortado detrás de la

que dio a luz un hombre valeroso. Porque, decidme, ciudadanos, ¿no

es injusto de veras que junto a la madre de Lámaco[125] se siente la

de Hipérbolo,[126] vestida de blanco y flotante el cabello, y que

siga prestando a usura, cuando sus deudores, en vez de pagarle el

interés,[127] debieran decirle, llevándose el dinero: «¡Vaya, que eres

digna de que se te pague después de habernos parido tal alhaja!»?

* * * * *

MNESÍLOCO.

Me he quedado bizco de tanto mirar a aquella parte, y Eurípides no

parece. ¿Quién se lo impedirá? ¡Ah, sin duda se avergüenza del frío

Palamedes! ¿Con qué otro drama le atraeré? ¡Ya di en ello! Voy a imitar

su nueva Helena. Tengo un vestido de mujer completo.

MUJER SÉPTIMA.

¿Qué intentas? ¿Qué miras? Me parece que te arrepentirás de tu Helena,

si no te estás quieto hasta que venga un Pritáneo.

MNESÍLOCO. (_Fingiéndose Helena._)

«Este es el Nilo, célebre por la hermosura de sus Ninfas: sus aguas,

sustituyendo al agua del cielo, riegan los campos del blanco Egipto que

alimentan a sus habitantes con la negra sirmea.»[128]

MUJER SÉPTIMA.

¡Por la luciente Hécate! Eres un costal de astucias.

MNESÍLOCO.

«Mi patria no carece de gloria; vi en Esparta la luz, y Tíndaro es mi

padre.»[129]

MUJER SÉPTIMA.

¡Tíndaro tu padre, perdido! Frinondas[130] sí que lo es.

MNESÍLOCO.

«Me llamo Helena.»[131]

MUJER SÉPTIMA.

¿Vuelves a fingirte mujer, sin haber sufrido todavía el castigo por el

primer disfraz?

MNESÍLOCO.

«Mil guerreros murieron por mí a orillas del Escamandro.»[132]

MUJER SÉPTIMA.

¡Ojalá hubieses muerto tú también!

MNESÍLOCO.

«Y yo estoy en estos lugares; ¡y mi esposo, el mísero Menelao,[133] no

viene todavía! ¡Ah! ¿Por qué vivo aún?»

MUJER SÉPTIMA.

Por la cobardía de los cuervos.

MNESÍLOCO.

«¿Pero qué dulce presentimiento hace palpitar mi corazón? ¡Oh Júpiter,

no burles mi esperanza!»

* * * * *

EURÍPIDES. (_Fingiéndose Menelao._)

«¿Quién es el dueño de esta fortificada mansión?[134] ¿Acogerá a unos

náufragos extranjeros, que han sufrido sobre las olas del mar todos los

horrores de la borrasca?»[135]

MNESÍLOCO.

«Este es el palacio de Proteo.»[136]

EURÍPIDES.

¿De qué Proteo?

MUJER SÉPTIMA.

¿Habrá mentiroso? Proteo[137] ha muerto hace diez años.

EURÍPIDES.

«¿A qué región ha arribado mi nave?»

MNESÍLOCO.

A Egipto.

EURÍPIDES.

«¡Oh infortunado! ¡Adónde nos arrojó la tempestad!»

MUJER SÉPTIMA.

¿Pero puedes creer las necedades que te cuenta ese perdido? Estás en el

templo de Ceres.

EURÍPIDES.

«¿Está Proteo en su palacio, o fuera del alcance de la vista?»[138]

MUJER SÉPTIMA.

Por fuerza estás mareado todavía. Acabas de oír que Proteo ha muerto, y

preguntas si está o no en su palacio.

EURÍPIDES.

«¡Ay, murió! ¿Dónde descansan sus cenizas?»

MNESÍLOCO.

«¿Me ves sentada sobre su tumba?»[139]

MUJER SÉPTIMA.

¡Que el cielo te confunda! ¿Pues no dice que el altar es un sepulcro?

EURÍPIDES.

«¿Y por qué, extranjera, estás sentada sobre ese mortuorio monumento

envuelta en fúnebre ropaje?»

MNESÍLOCO.

«Quieren obligarme a unir mi destino al del hijo de Proteo.»[140]

MUJER SÉPTIMA.

¿Por qué engañas a ese infeliz extranjero? — No le creas; es un bribón

que se ha metido entre las mujeres para robarnos las joyas.

MNESÍLOCO. (_A la Mujer séptima._)

Comedias, tomo 3 de 3 · 第 1 / 14 段