[226.] Aunque estas funciones en el órden actual, dependan de ciertas

condiciones á que están sujetos los cuerpos; no obstante, consideradas

en sí, en cuanto son una modificacion del alma, no presentan ninguna

relacion esencial con el mundo corpóreo. Parece pues, que seria

contrario á los principios de una sana filosofía, el decir que el alma

separada del cuerpo no puede experimentar afecciones semejantes á las

que siente mientras se halla en esta vida. Si esto no repugna al alma

separada, ¿por qué repugnaria á otros espíritus?

Las facultades sensitivas son una especie de percepcion de un órden

inferior; aunque las veamos en seres unidas á cuerpos, no son ejercidas

inmediatamente por un órgano corpóreo; lejos de repugnar á la

simplicidad, la exigen: y por esta razon hemos visto ya, que la materia

es incapaz de sentir (Lib. II, Cap. II.). Graves filósofos son de

parecer que la causalidad de los cuerpos con respecto á las sensaciones,

es meramente ocasional; y esta opinion estriba en la dificultad de

explicar cómo un ser compuesto puede producir afecciones de ninguna

clase en un ser simple. Lejos pues de que haya ninguna repugnancia entre

la simplicidad y las facultades sensitivas, hay un enlace necesario:

ningun ser compuesto puede ser sensitivo.

[227.] Quizás se pudiera creer que no queda ya ninguna duda con respecto

á la posibilidad de la sensacion, independientemente de los órganos

corpóreos: y que para decir lo contrario, seria preciso sostener que

Dios no puede producir por sí mismo, lo que produce por medio de las

causas segundas. Las observaciones hechas hasta aquí, parecen agotar la

cuestion; pero reflexionando mas sobre ella, echaremos de ver que está

poco menos que intacta.

Conviene no perder de vista que aquí nos ceñimos á examinar la

posibilidad de las facultades sensitivas, comparándola con un solo

atributo de los seres, la simplicidad. Esto limita sobre manera la

cuestion, haciendo que no se la pueda resolver sino bajo un aspecto. La

simplicidad, es una propiedad negativa: con decir que una cosa es

simple, le negamos las partes, pero no afirmamos ninguna de sus

propiedades: decimos lo que no es, mas nó lo que es. De esto se infiere,

que al sostener que las facultades sensitivas no repugnan

intrínsecamente á un espíritu puro, debemos restringir la proposicion; y

nos expresaríamos con mas exactitud, si en vez de decir: «Las facultades

sensitivas no repugnan á un espíritu puro,» dijésemos: «las facultades

sensitivas no repugnan á _la simplicidad_ de un espíritu puro.»

[228.] Esta última observacion presenta en mi juicio, la cuestion en su

verdadero punto de vista: lo demás es confundir las ideas, y resolver

problemas sin los datos suficientes. En efecto: ¿quién sabe, si la

repugnancia que no se halla entre la sensibilidad y la simplicidad, se

hallará entre la sensibilidad y algun atributo que nosotros no

conocemos? este argumento no vale para el alma humana, de la cual

sabemos que es capaz de sentir; pero vale para los demás espíritus, de

los cuales ni conocemos la esencia, ni tampoco hemos esperimentado cuál

es el carácter de sus facultades perceptivas.

[229.] Uno de los caractéres distintivos de la percepcion sensitiva, es

la referencia á objetos individuales; y esto, nó en lo tocante á la

esencia de ellos, sino en cuanto están en cierta disposicion, cuyas

variedades no afectan á su íntima naturaleza. La misma extension, que

por instinto y por reflexion objetivamos, es mas bien un resultado, de

las relaciones de los seres, que entran en el compuesto extenso, que nó

los seres mismos. Esto manifiesta que las facultades sensitivas son el

último grado en el órden de la percepcion; pues que sus funciones se

limitan á indicar al ser que las posee, cierta disposicion de los

objetos externos, sin enseñarle nada sobre la naturaleza de los mismos.

Como los espíritus puros están en un grado mas alto en la escala de los

seres perceptivos, y uno de los caractéres de la inteligencia es el

penetrar en la íntima naturaleza de las cosas; podria muy bien suceder

que á inteligencias mas elevadas que la nuestra, les repugnase la

facultad sensitiva, nó por razon de la simplicidad, sino por el género

de su percepcion.

[230.] Esta conjetura la podemos fundar en una razon de analogía, por lo

que sucede en nosotros mismos. Las representaciones sensibles, son con

frecuencia, útiles auxiliares para la percepcion puramente intelectual;

pero tampoco cabe duda, que otras veces nos embarazan y confunden.

Cualquiera habrá podido experimentar que en las meditaciones sobre

objetos muy abstractos, las representaciones sensibles son una especie

de rémora de la inteligencia, de la cual quisiéramos deshacernos por

algunos instantes, si esto fuera dable á nuestra flaqueza. Las

representaciones sensibles se parecen en tales casos, á sombras que se

atraviesan entre el ojo intelectual y el objeto; la necesidad de

estarlas removiendo de continuo, retarda y debilita la percepcion. Nos

proponemos por ejemplo, pensar en la causalidad: es claro que en esta

idea tomada en abstracto, no debe ni puede entrar ninguna representacion

sensible; y no obstante, por mas que nos esforcemos, la representacion

nos ocurre: ora será la misma palabra _causalidad_, escrita ó hablada;

ora la imágen de un hombre que ejecute alguna cosa; ora la de otro

agente cualquiera; pero nunca podremos deshacernos de toda

representacion sensible. El entendimiento se ve precisado á decirse de

continuo á sí propio: «no es esto la idea de causalidad; esto es una

imágen, una comparacion, una expresion» defendiéndose sin casar de

ilusiones que le harian confundir lo particular con lo universal, lo

contingente con lo necesario, la apariencia con la realidad.

[231.] De lo dicho debemos inferir, que la repugnancia de las facultades

sensitivas á la naturaleza de un espíritu puro, podria muy bien dimanar

del carácter de su misma inteligencia; la cual, á causa de su

perfeccion, no consintiese esa dualidad perceptiva que experimentamos en

nosotros. El objeto del entendimiento es la esencia de la cosa,

_quidditas_, como se espresaban los escolásticos; y las representaciones

sensibles nada nos dicen sobre esta esencia. Nos ofrecen un aspecto de

las cosas, y aun este se halla limitado á la percepcion de la extension;

pues en lo tocante á las demás sensaciones, mas bien experimentamos un

hecho subjetivo que el instinto y la razon nos hacen atribuir á causas

externas, que no percibimos la disposicion misma de los objetos.

[232.] Esta última observacion me sugiere otra que puede apoyar la

conjetura de que, en elevándose la inteligencia á cierto grado, es

incompatible con las facultades sensitivas. En las sensaciones podemos

notar, que nada nos dirian ni aun sobre ese aspecto ó disposicion del

mundo externo, si no tuvieran por base la extension; ¿á qué se reduce el

mundo corpóreo si le suponemos inextenso? Habiendo pues demostrado (Cap.

II.) que la extension, aunque base de algunas sensaciones, no es objeto

directo é inmediato de la sensacion, resulta que lo único que en las

facultades sensitivas nos hace percibir algo sobre la realidad de los

objetos, no es propiamente sensible. Luego si el carácter de la

percepcion intelectual, es el conocer la realidad del objeto; cuanto mas

se eleve la inteligencia, mas distante se hallará de la sensacion;

pudiendo llegar caso en que las facultades intelectuales y las

sensitivas sean incompatibles en un mismo sujeto.

[233.] Comprenderemos mejor la fuerza de la observacion que precede,

echando una ojeada sobre la escala de los seres, y notando lo que

sucede, á medida que son mas perfectos.

El aislamiento en un ser, indica imperfeccion: la mas ínfima idea que de

un objeto nos formamos, es cuando le concebimos limitado absolutamente á

su existencia, sin ninguna actividad interna, ni externa, completamente

inerte. Así nos figuramos una piedra: tiene su existencia con su forma

determinada: es lo que ha sido hecha, y nada mas: conserva la forma que

le han dado, pero no encierra ninguna actividad, para comunicarse con

otros seres; no tiene ninguna conciencia de lo que es; en todas sus

relaciones está completamente pasiva; recibe, pero no da ni puede dar.

[234.] A medida que los seres se levantan en la escala de la perfeccion,

cesa el aislamiento: con las propiedades pasivas, se combinan las

activas: tales concebimos los agentes corpóreos, que si bien no llegan

aun á la categoría de _vivientes_, toman ya una parte activa en la

produccion de los fenómenos que salen del laboratorio de la naturaleza.

En estos seres, á mas de lo que tienen, encontramos lo que pueden: sus

relaciones con los otros son muchas y variadas: su existencia no se

limita á su propio círculo; se dilata, comunicándose en cierto modo á lo

demás.

[235.] Al entrar en el órden de los seres orgánicos, ya nos hallamos con

una naturaleza mas expansiva: la vida es una continua expansion. El ser

viviente, se extiende en algun modo al tiempo en que habrá cesado de

existir, encerrando en sí mismo los gérmenes reproductivos; no solo es

para sí propio, sino tambien para los otros; en su pequeñez, no es mas

que un imperceptible eslabon de la inmensa cadena de la naturaleza; pero

este eslabon vibra, por decirlo así; y sus vibraciones se propagan hasta

los confines mas remotos.

[236.] Cuando la vida se eleva hasta la sensacion, se extiende todavía

mas; el que siente, encierra en algun modo el universo: con la

conciencia de lo que experimenta, se pone en nuevas relaciones con todo

cuanto obra sobre él. La percepcion es inmanente, esto es, reside en el

mismo sujeto: pero con la subjetividad se combina la objetividad, por la

cual el universo viene á reflejarse en un punto. Entonces el ser no

existe solo en sí mismo; es en algun modo las demás cosas: verificándose

aquel dicho de los escolásticos, tan lleno de profundo sentido: «lo que

conoce es la cosa conocida.» En las sensaciones hay cierto órden: son

tanto mas perfectas, cuanto menos subjetivas: las mas nobles, son las

que nos ponen en comunicacion con los objetos considerados en sí; las

que no se limitan á la experiencia de lo que los objetos nos causan,

sino al conocimiento de lo que son.

[237.] Hay para la objetividad de las sensaciones una base que es la

extension: y esta, ya no es directa é inmediatamente sentida: lo único

que nos traslada por decirlo así, á lo exterior, ya no es propiamente

sentido. La extension, que ya nos enseña algo sobre la realidad de los

seres, en lo tocante á cierta disposicion de ellos entre sí, es mas bien

objeto de la inteligencia, que de una facultad sensitiva; la sensacion

acaba, y la ciencia nace. Y la ciencia no se limita á lo que aparece de

los objetos, sino á lo que hay en los mismos; el entendimiento no se

detiene en lo subjetivo, pasa á lo objetivo; y cuando no puede alcanzar

la realidad, se dilata por las regiones de la posibilidad.

[238.] De esta ojeada que acabamos de echar sobre la escala de los

seres, resulta que la perfeccion de estos es proporcional á su

expansion; que á medida que son mas perfectos, salen mas de la esfera

propia, y penetran en la ajena. De aquí es que la percepcion, cuanto mas

alta, es menos subjetiva: el mas ínfimo grado cual es la sensacion, se

limita á lo experimentado por el sujeto percipiente; el mas alto grado,

la inteligencia, prescinde de lo experimentado y se ocupa de lo real,

como de su propio objeto.

[239.] Deberemos inferir de lo dicho que si pudiéramos conocer la

naturaleza íntima de los espíritus puros, quizás encontraríamos que las

facultades sensitivas, son de todo punto incompatibles con la elevacion

de su inteligencia: y que las analogías que fundamos en el carácter de

nuestras percepciones, no sirven de nada, refiriéndonos á un modo de

entender mas perfecto que el nuestro. Como quiera, es preciso convenir

en que la cuestion estaria resuelta de un modo muy incompleto, si la

hubiésemos limitado al solo aspecto de la simplicidad; y que las

consideraciones sobre el carácter de la inteligencia deben hacernos

cautos para no afirmar como posible, lo que quizá veríamos imposible, si

conociésemos mejor la naturaleza de las cosas.

[240.] Hasta aquí he hablado refiriéndome á la _posibilidad intrínseca_,

de las cosas; ¿qué pensaremos de la realidad? esta es una cuestion de

hecho que solo puede resolverse con datos suministrados por la

experiencia, y estos datos nos faltan: porque no estamos en inmediata

comunicacion, ni con las almas separadas, ni con los espíritus puros.

[241.] Si quisiéramos buscar alguna razon para negar al alma todas las

facultades sensitivas, tan pronto como esté separada del cuerpo, é

igualmente á todos los espíritus puros, podríamos encontrarla, mas bien

que en la esencia de las cosas, en consideraciones sobre el fin á que

estas facultades se destinan. El alma, mientras está unida al cuerpo,

preside á una organizacion sometida á las leyes generales del universo

corpóreo. Para ejercer sus funciones de la manera conveniente, es

necesario que esté en incesante comunicacion con su propio cuerpo y con

los que le rodean, teniendo la intuicion sensible de las relaciones

corpóreas, siendo avisada por el dolor de cualquier desórden que en su

cuerpo ocurra, y guiándose por el sentimiento del placer, como por un

instinto que dirigido y templado por la razon, puede indicarle lo

provechoso ó lo necesario. Cuando el alma no está unido al cuerpo, no

hay motivo para que tenga ninguna de esas afecciones, no habiéndolas

menester para dirigirse en sus actos: y como esta razon militaria con

respecto á todos los espíritus puros, se puede conjeturar la causa de la

diferencia que debiera haber entre el estado de nuestra alma en esta

vida, y el de los seres espirituales no unidos á ningun cuerpo.

[242.] Este argumento, tomado del fin de las cosas, no puede

considerarse como una prueba; no tiene mas valor que el de una

conjetura: porque no sabiendo hasta qué punto el alma separada y los

espíritus puros, podrán estar en relaciones con algunos cuerpos,

ignoramos tambien si estas afecciones sensibles podrian serles

necesarias ó útiles para fines que están fuera de nuestro alcance.

Además, aun suponiendo que ni el alma separada ni los espíritus puros,

no tuviesen relacion alguna con ningun cuerpo, tampoco podríamos afirmar

con entera seguridad que las afecciones sensibles les fuesen inútiles;

por el contrario, en cuanto nosotros podemos alcanzar, parece que

despojar al alma de su imaginacion y de sus sentimientos, es quitarle

dos bellísimas facultades, que á mas de auxiliar su entendimiento, son

un móvil poderoso en muchos de sus actos.

Tenemos alguna dificultad en formarnos idea del dolor ni del placer,

sino mediando afecciones de sentimiento. En la voluntad del órden

puramente intelectual, concebimos el querer ó el no querer: actos de

relacion simplicísima, que no nos significan afeccion placentera ó

ingrata. Muchas veces nos acontece querer una cosa, y no obstante

experimentar gran disgusto en ella: y por el contrario, nos sucede muy á

menudo que sentimos un placer en aquello que no queremos. Luego el

querer y el no querer, por sí solos, y mientras estamos en esta vida, no

implican placer ó disgusto, son independientes de estas afecciones, y

pueden estar en oposicion con ellas.

[243.] Se podria observar que esta discordancia proviene de que las

facultades sensibles se hallan en desacuerdo con las intelectuales;

esto, aunque sea mucha verdad, no se opone á lo que estamos diciendo.

Siempre es indudable que la voluntad del órden intelectual, cuando está

en oposicion con las afecciones sensibles, no envuelve placer, ni

destruye el disgusto; triunfa es verdad, en fuerza de su libre albedrío,

pero su triunfo se parece al de un dueño que obligado á recabar

obediencia con prescripciones severas, experimenta disgusto, al propio

tiempo que consigue la ejecucion de sus mandatos. ¿Quién sabe pues, si

la voluntad, aun despues de esta vida, andará acompañada de afecciones

semejantes á las que ahora siente, bien que depuradas de la parte

grosera que mezcla en las mismas, el cuerpo que agrava el alma? No

parece que haya en esto ninguna repugnancia intrínseca; y si las

cuestiones filosóficas pudiesen resolverse por sentimiento, me atreveria

á conjeturar que ese bello conjunto de facultades que llamamos

_corazon_, no desciende al sepulcro, sino que vuela con el alma á las

regiones inmortales.

[244.] Tocante á la imaginacion, á esa facultad misteriosa, que á mas de

representarnos el mundo real, posee una fecundidad inagotable para

crearse otros nuevos, desplegando á los ojos del alma ricos y

esplendentes panoramas, tampoco parece que pudiera desdorar á un alma

separada del cuerpo. Las inefables armonías que hemos de suponer en la

naturaleza ¿por qué no podrian ser percibidas de un modo sensible?

Guardémonos de aventurar proposiciones sobre arcanos que nos son

desconocidos: pero guardémonos tambien de señalar lindes á la

Omnipotencia, llamando imposible lo que á los ojos de una sana

filosofía, está en el órden de la posibilidad.

CAPÍTULO XXXII.

POSIBILIDAD DE LA PENETRACION DE LOS CUERPOS.

[245.] Cuanto mas se medita sobre el mundo corpóreo, mas se descubre la

contingencia de muchas de sus relaciones; y por consiguiente, la

necesidad de recurrir á una causa superior que las haya establecido.

Hasta las propiedades que nos parecen mas absolutas, dejan de serlo

cuando se las somete al exámen de la razon. ¿Qué cosa mas necesaria que

la impenetrabilidad? Y sin embargo, desde el momento que se la analiza

severamente, se la encuentra reducida á un hecho de experiencia, que no

se funda en la íntima naturaleza de los objetos, y que por lo mismo

puede existir ó dejar de existir, sin ninguna contradiccion.

[246.] La impenetrabilidad, es aquella propiedad de los cuerpos, por la

cual no pueden estar juntos en un mismo lugar. Para todos los que no

hacen del espacio puro una realidad independiente de los cuerpos, esta

definicion no significa nada: pues que si el lugar como espacio puro, no

es nada, hablar de un _lugar mismo_, con abstraccion de los cuerpos, es

hablar de nada. Luego, la impenetrabilidad no puede ser otra cosa que

cierta relacion, ó de los cuerpos ó de las ideas.

[247.] Ante todo conviene distinguir entre el órden real, y el puramente

ideal. La impenetrabilidad puede considerarse de dos especies, física y

geométrica. La física, es la que vemos en la naturaleza; la geométrica

es la que se halla en nuestras ideas. Dos globos de metal no pueden

estar en un mismo lugar; he aquí la impenetrabilidad física. Las ideas

de dos globos nos ofrecen dos extensiones que se excluyen recíprocamente

en la representacion sensible; he aquí la impenetrabilidad geométrica.

Cuando imaginamos que los dos globos coinciden perfectamente, ya no hay

dos, sino uno solo; cuando imaginamos que un globo ocupa una parte del

otro, resulta una figura nueva, ó bien el uno es considerado como una

porcion del otro, y por consiguiente está contenido en su idea; así se

ve en el caso en que el menor se mete dentro del mayor. En ambos

supuestos se consideran los globos penetrándose en todo ó en parte,

pero esta penetracion no es mas que la designacion de ciertas partes en

el uno, considerado como un puro espacio, en las que se coloca el otro,

considerado tambien como un puro espacio. La impenetrabilidad geométrica

no existe sino cuando los dos objetos se suponen separados, y solo en

cuanto están separados; en cuyo caso la impenetrabilidad es

absolutamente necesaria, pues la penetracion equivaldria á poner

confundido lo que se supone separado, esto es, se afirmaria la

separacion y la no separacion, lo que es contradictorio. Luego la

impenetrabilidad geométrica nada prueba en favor de la impenetrabilidad

física; pues que existe en el solo caso de que esté presupuesta, es

decir, que se la exija so pena de incurrir en contradiccion. Es evidente

que lo mismo se verificaria en la realidad; pues que si suponemos dos

cuerpos separados, no pueden compenetrarse mientras estén separados, sin

que se caiga en una contradiccion manifiesta. En este punto, el órden

ideal nada nos enseña sobre el real.

[248.] ¿La compenetracion puede existir en la realidad? ¿un globo de

metal, por ejemplo, podria entrar dentro de otro globo de metal, como

hacemos entrar uno dentro del otro, dos globos geométricos? claro es que

no se trata del órden regular, que desmiente suposiciones semejantes;

sino de la misma esencia de las cosas. En este supuesto, afirmo que no

hay ninguna contradiccion en hacer los cuerpos penetrables; y que el

análisis de esta materia enseña que la impenetrabilidad de los cuerpos

nada tiene de esencial.

Ya hemos visto que la idea de lugar como espacio puro, es una

abstraccion; luego es una suposicion enteramente imaginaria, aquella en

que á cada cuerpo le damos cierta extension, para llenar un cierto

espacio, de tal manera que no pueda menos de llenarle, y no le sea dable

á un mismo tiempo admitir otro en un mismo lugar. La situacion de los

cuerpos, en general, es el conjunto de sus relaciones; la extension

particular de cada cuerpo, no es mas que un conjunto de las relaciones

de sus partes entre sí; hasta llegar ó á puntos inextensos, ó de una

pequeñez infinita, á la cual podemos aproximarnos por una division

infinita.

El conjunto de las relaciones de seres indivisibles ó infinitésimos

constituye lo que llamamos extension y espacio, y todo cuanto se

comprende en el vasto campo que se nos ofrece en la representacion

sensible. ¿Quién nos ha dicho que estas relaciones no son variables?

¿nuestra experiencia es acaso el límite de la naturaleza de las cosas?

es evidente que nó. El universo no se ha calcado sobre nuestra

experiencia, sino que nuestra experiencia ha dimanado de él: decir que

no hay ni puede haber nada sino lo que la misma nos atestigua, es hacer

á nuestro _yo_ el tipo del universo, es afirmar que sus leyes están

radicadas en nosotros y son emanaciones de nuestro ser: orgullo necio

para ese átomo imperceptible que se presenta por algunos instantes en el

inmenso teatro de la naturaleza y luego desaparece; orgullo necio, para

ese espíritu que á pesar del grandor de su capacidad, siente su

impotencia para sustraerse á esas leyes, á esos fenómenos, que segun la

monstruosa suposicion, debieran ser obra de él mismo.

CAPÍTULO XXXIII.

UN TRIUNFO DE LA RELIGION EN EL TERRENO DE LA FILOSOFÍA.

[249.] Del análisis que acabo de hacer en los capítulos precedentes,

resulta que en los objetos extensos hay dos cosas: multiplicidad y

continuidad: la primera es absolutamente necesaria, si ha de haber

extension: en esta entran partes distintas, y lo distinto no puede ser

idéntico sin contradiccion manifiesta; la continuidad representada en la

impresion sensible, no es esencial á las cosas extensas; porque no es

mas que el resultado de un conjunto de relaciones, inseparables en el

órden actual de la sensibilidad, mas nó absolutamente necesarias en el

órden de la realidad. La filosofía trascendental, elevándose sobre las

representaciones sensibles, saliendo de los fenómenos y entrando en la

contemplacion de los seres en sí mismos, no descubre en ninguna parte

la necesidad de dichas relaciones, y se ve precisada á considerarlas

como simples hechos, que podrian dejar de ser, sin ninguna

contradiccion. De esta suerte se salva la correspondencia del fenómeno

con la realidad, y se armoniza el mundo interno con el externo; mas no

se trasladan á este todas las condiciones subjetivas de aquel de tal

manera, que lo necesario para nuestras representaciones, lo sea tambien

en sí y con necesidad absoluta.

[250.] Al llegar á este punto de la filosofía trascendental, el espíritu

se halla como situado en una cúspide elevada, desde la cual descubriese

nuevos mundos: y grato es decirlo, y consolador el experimentarlo; entre

esos mundos se descubre una nueva prueba en favor de la divinidad de la

religion católica, y se recibe una leccion muy saludable para no

entregarse á los devaneos de una filosofía insensata, que cree divisar

contradicciones donde quiera que se le ofrecen sombras augustas.

Filosofía Fundamental, Tomo II · 第 17 / 20 段