[107.] Decir como Kant, que el espacio es la forma bajo la cual se nos

presentan los fenómenos, y que es una condicion subjetiva necesaria para

la percepcion de ellos, equivale á decir que los fenómenos,

presentándose como extensos, necesitan que el espíritu sea capaz de

percibir la extension; lo que es mucha verdad; pero nada explica sobre

la naturaleza de la idea del espacio ni en sí, ni en su objeto. «El

espacio, dice Kant, no es un concepto empírico derivado de las

intuiciones exteriores: pues para que ciertas sensaciones sean referidas

á objetos externos, es decir, á alguna cosa que está en un lugar

diferente del que yo ocupo, y hasta para que yo pueda representarme las

cosas como exteriores unas á otras, esto es, no solo como diferentes,

sino como ocupando lugares distintos, la representacion del espacio debe

estar ya puesta en principio. De donde se sigue que la representacion

del espacio no puede derivarse de las relaciones del fenómeno exterior

por la experiencia, y que antes bien la experiencia misma no es jamás

posible sino por esta representacion» (Esthetica trascendental, Seccion

1).

[108.] Aquí hay una confusion de ideas que conviene aclarar. ¿Qué se

necesita para el fenómeno de la sensacion de lo extenso? Adviértase que

no trato de la apreciacion de las dimensiones, sino simplemente de la

extension representada, sea como fuere. Para este fenómeno, no veo yo

que se necesite nada _à priori_; á no ser que se entienda la facultad de

sentir, la que en efecto existe _à priori_, es decir que es un hecho

primitivo de nuestra alma en sus relaciones con la organizacion del

cuerpo que le está unido, y de los demás que le rodean. Bajo ciertas

condiciones de nuestra organizacion, y de los cuerpos que la afectan, el

alma recibe las impresiones de ver ó tocar, y con ellas la de la

extension. Esta no se presenta en abstracto, ni como separada de las

demás sensaciones que la acompañan, sino en confuso con ellas. El alma

no reflexiona entonces para considerar lo uno puesto aquí, lo otro allá,

lo demás acullá, sino que tiene una intuicion de esta disposicion de las

partes, nada mas. Mientras el hecho se limita á la pura sensacion, es

comun al sabio, al ignorante, al adulto, al niño, y hasta á todos los

animales. Esto, no necesita nada _à priori_, si por tal no se entiende,

la facultad de sentir: lo que no significando otra cosa sino que un ser

para sentir, es necesario que tenga la facultad de sentir, no se debe

anunciar como un descubrimiento filosófico.

[109.] No hay tal descubrimiento en la doctrina de Kant sobre el

espacio: no hay mas que, por una parte, la consignacion de un hecho muy

sabido; y por otra, la renovacion del idealismo. La consignacion de un

hecho muy sabido: pues á esto equivale el hacer notar que la intuicion

del espacio es una condicion subjetiva necesaria para que podamos

percibir las cosas unas _fuera_ de otras. La renovacion del idealismo;

en cuanto se niega á esta extension toda realidad, considerando las

cosas, y su disposicion en el espacio, como puros _fenómenos_, ó sea

meras apariencias. La parte de observacion es verdadera en el fondo;

porque en efecto, nos es imposible percibir la exterioridad de las cosas

entre sí, y con respecto á nosotros, sin la intuicion del espacio; pero

tal vez no está expresada con bastante exactitud, porque esta intuicion

del espacio es la misma percepcion de la exterioridad; y por

consiguiente, mas bien debiera decirse que la intuicion del espacio y

esta percepcion son cosas idénticas, que no que la primera sea una

condicion indispensable para la segunda.

[110.] Anteriormente á las impresiones, no hay semejante intuicion; y

reflexionando bien sobre ella, en cuanto es pura intuicion, y separada

de los conceptos intelectuales, no es concebible sin andar acompañada de

alguna representacion de los cinco sentidos. Imaginémonos el espacio

puro, sin ninguna de estas representaciones, sin dejarle siquiera esa

vaguedad sombría que fingimos en las regiones de mas allá del universo;

¿qué nos resta? La imaginacion se encuentra sin objeto: la intuicion

cesa; y solo nos quedan los conceptos puramente intelectuales, que nos

formamos de la extension; las ideas de un órden de seres posibles, la

afirmacion ó la negacion de la existencia de este órden; segun sean las

opiniones que profesemos sobre la realidad ó no realidad del espacio.

[111.] Es claro que de una serie de puras sensaciones, nada resulta

general, nada que pueda servir de fundamento á una ciencia. Son un

conjunto de fenómenos que dejarán huella en la memoria del ser sensible,

que se enlazarán de cierto modo, para que en repitiéndose la

representacion del uno, se excite la del otro; pero no darán ningun

resultado general, que sirva de fundamento á la geometría. El perro

habrá visto á un hombre que se inclinaba hácia el suelo, que despues se

movia, y le arrojaba una piedra; y á consecuencia habrá experimentado

una sensacion dolorosa; cuando vea pues á otro hombre en la actitud de

inclinarse, y en seguida tomando el ademan de la otra vez, echará á

correr; porque enlazadas en su memoria las sensaciones de inclinarse,

del ademan, y del dolor, se excitará la tercera con la presencia de las

dos primeras: y el instinto de preservarse del daño, le inspirará la

fuga.

[112.] Cuando estas sensaciones se hallan en un ser inteligente, excitan

otros fenómenos internos, distintos de la mera intuicion sensitiva. Sea

que en nuestro espíritu se hallen las ideas generales, sea que se formen

con el auxilio de la sensacion, lo cierto es que se desarrollan en

presencia de ella. Así en el caso presente, no solo tenemos la intuicion

sensitiva de la extension, sino que percibimos algo comun á todas las

cosas extensas: la extension deja de ser un objeto particular, y pasa á

ser como una forma general aplicable á todas las cosas extensas.

Entonces, ya no hay la intuicion de lo extenso, hay la percepcion de la

extension en sí; entonces, comienza la reflexion sobre la idea, y su

consiguiente descomposicion; de lo cual brotan como fecundos gérmenes

algunos principios, que se desarrollan hasta lo infinito, formando ese

inmenso árbol de ciencia que se apellida geometría.

[113.] El tránsito de la sensacion á la idea, de lo contingente á lo

necesario, del hecho particular á la ciencia general, ofrece importantes

consideraciones sobre el orígen y naturaleza de las ideas, y elevado

carácter del espíritu humano.

Kant parece haber confundido la imaginacion del espacio con la idea: á

pesar de sus esfuerzos analíticos, no ha profundizado tanto como él se

figura, cuando considera el espacio como un receptáculo de los

fenómenos; esta, repito, es una idea muy comun; solo que Kant le ha

destruido la objetividad, haciendo del espacio una condicion puramente

subjetiva. Segun este filósofo, el mundo es el conjunto de las

apariencias que se presentan á nuestro espíritu: y así como nos

imaginamos en lo externo, un receptáculo sin límites que lo contenga

todo, y no sea nada de lo contenido, así él ha colocado en nuestro

interior el espacio, como una condicion preliminar, como una forma de

los fenómenos, como una capacidad en la cual los pudiéramos distribuir y

ordenar.

[114.] En esto ha confundido Kant la imaginacion vaga, con la idea. Hé

aquí los límites de estas cosas. Vemos un objeto: tenemos la sensacion,

y la intuicion de la extension. El espacio percibido ó sentido, es en

este caso la extension misma sentida. Imaginamos muchos objetos

extensos, y una capacidad en que todo está contenido. Ella se nos

presenta en nuestra imaginacion, como la inmensidad de las regiones

etéreas, como abismos insondables, como regiones tenebrosas, mas allá de

los límites de la creacion. Hasta aquí no hay idea, no hay mas que

imaginacion, nacida de que al comenzar á ver los cuerpos, no vemos el

aire que los rodea, y la trasparencia de este nos permite ver objetos

lejanos, y así desde nuestra infancia nos acostumbramos á imaginar una

capacidad vacía, donde están situados todos los cuerpos y distinta de

ellos.

Hasta aquí no hay idea del espacio, no hay sino imaginacion de él;

especie de idea sensible, tosca, comun probablemente al hombre y al

bruto. La verdadera idea, la digna únicamente de este nombre, es la que

tiene el espíritu cuando concibe la extension en sí misma, sin ninguna

mezcla de sensacion, y que es como la semilla de toda la ciencia

geométrica.

[115.] Y aquí es menester observar que la palabra representacion,

aplicada á las ideas puramente intelectuales, debe ser tomada en sentido

metafórico, á no ser que eliminemos de su significado todo cuanto se

puede referir al órden sensible. Por las ideas conocemos los objetos;

pero no se nos representan los objetos. La representacion propiamente

dicha, no tiene lugar sino en la imaginacion, que por necesidad se

refiere á cosas sensibles. Si demuestro las propiedades del triángulo,

claro es que le conozco, que tengo una idea de él; pero esta idea no es

aquella representacion interior que se me ofrece como en un encerado.

Esta representacion la tiene todo el mundo, la tienen los mismos

irracionales; y sin embargo no se puede decir que los brutos tengan idea

del triángulo. Aquella representacion es igualmente perfecta en todos;

no hay en ella mas y menos; quien se imagina tres líneas, cerrando una

área, posee la representacion del triángulo con tanta perfeccion como

Arquímedes; lo que no puede verificarse de la misma idea del triángulo,

que evidentemente es susceptible de muchos grados de perfeccion.

[116.] La representacion del triángulo está siempre limitada á cierto

tamaño y figura. Cuando imaginamos un triángulo, se nos ofrecen sus

lados con tal ó cual extension, y sus ángulos mas ó menos grandes. La

imaginacion, al representársele un triángulo obtusángulo, ve una cosa

muy diferente de uno rectángulo ó acutángulo; mas la idea del triángulo

en sí, no está sujeta ni á tamaños ni á figuras particulares; se

extiende á todas las figuras triangulares de todos los tamaños. La idea

general de triángulo prescinde por necesidad de todas las especies de

triángulos; y la imaginacion del triángulo es por necesidad la

representacion de un triángulo de tal ó cual especie. Luego la

representacion y la idea son cosas muy diversas, aun refiriéndose á

objetos sensibles.

[117.] Lo propio sucede con el espacio. La representacion de él no es su

idea. En esa representacion se nos ofrece siempre algo determinado: una

claridad como la del aire iluminado por el sol; una negrura como la del

mismo aire en una noche tenebrosa. En la idea, no hay nada de esto:

cuando se raciocina sobre la extension, sobre las distancias, no debe

entrar nada de esto.

La idea del espacio es una; las representaciones son muchas; la idea es

comun al ciego como al que tiene vista; para ambos es igualmente el

fundamento de la geometría; pero la representacion es muy diferente en

ellos. El que tiene vista se representa el espacio como una reproduccion

confusa de las sensaciones de este sentido; el ciego, solo se le puede

representar como una repeticion confusa de las sensaciones del tacto.

La representacion del espacio es solo indefinida, y esto

progresivamente: la imaginacion recorre un espacio tras de otro; pero no

se representa de un golpe un espacio sin límites: esto le es imposible:

si se esfuerza por lograrlo, le sucede lo mismo que á la vista si

quisiera abarcar un objeto sin fin. La imaginacion es una especie de

vista interior, se extiende hasta cierto punto; pero allí encuentra un

término. Puede, es verdad, retirar este término, y dilatarse mas allá,

pero sucesivamente, y siempre con la condicion de encontrar otro. El

espacio no se le representa infinito, sino indefinido; es decir que

despues de un límite dado encuentra todavía mas espacio; sin que nunca

alcance á imaginar una totalidad infinita. Lo contrario sucede en la

idea: instantáneamente, concebimos lo que se entiende por espacio

infinito: disputamos desde luego sobre su posibilidad ó imposibilidad,

le distinguimos perfectamente del indefinido, preguntando de este si en

realidad tiene límites ó no; llamándole finito en el primer caso, é

infinito en el segundo. Vemos en la palabra indefinido, la expresion de

la impotencia de encontrar límites; pero distinguimos muy bien entre el

existir esos límites y el ser encontrados. Con lo cual se ve que la idea

nos ofrece cosas muy diferentes de la representacion.

El mirar el espacio como una simple condicion de la sensibilidad, es

confundir los dos aspectos bajo los cuales se debe considerar la

extension: como base de las sensaciones, y como idea; como el campo de

todas las representaciones sensibles, y como el orígen de la geometría.

Repetidas veces he insistido sobre esta distincion, y no me cansaré de

recordarla; porque en ella se encuentra la línea que separa el órden

sensible, del órden intelectual puro, las sensaciones, de las ideas.

CAPÍTULO XVII.

INUTILIDAD DE LA DOCTRINA DE KANT, PARA RESOLVER EL PROBLEMA DE LA

POSIBILIDAD DE LA EXPERIENCIA.

[118.] Creo que la _Estética trascendental_, ó sea la teoría de la

sensibilidad, de Kant, no es bastante trascendental, pues se ciñe

demasiado á la parte empírica, y no se eleva á la altura que su título

hacia esperar. El problema de la posibilidad de la experiencia, que Kant

se proponia resolver, ó queda absolutamente intacto con su doctrina, ó

está resuelto en un sentido rigurosamente idealista. Queda intacto, si

nos atenemos á la parte de observacion; pues no se hace mas que repetir

lo que ya sabíamos, consignándose el hecho de la percepcion de la

_exterioridad_ de las cosas; está resuelto en un sentido rigurosamente

idealista, en cuanto estas cosas son consideradas solo como fenómenos ó

apariencias.

[119.] El espacio puramente subjetivo, ó no explica nada sobre los

problemas del mundo externo, ó los niega, negando toda realidad. ¿Qué

adelanta la filosofía con afirmar que el espacio es una condicion

puramente subjetiva? Antes de Kant, ¿se ignoraba por ventura, que

teníamos la percepcion de la exterioridad de los fenómenos? Nó por

cierto: la dificultad no estaba en la existencia de esta percepcion

atestiguada por el sentido íntimo; sino en su valor para inferir la

existencia de un mundo externo, en sus relaciones con él; la dificultad

estaba, nó en la parte subjetiva de la percepcion, sino en la objetiva.

[120.] Decir que no hay mas en esta percepcion, que una condicion de

subjetividad, es cortar el nudo en vez de desatarle; no es explicar el

modo de la posibilidad de la experiencia, sino negar la posibilidad de

esta experiencia.

¿Qué significa la experiencia, si no hay mas que lo subjetivo?

Enhorabuena que haya el _fenómeno_ de la objetividad, es decir, la

_apariencia_; pero entonces la naturaleza no es mas que pura apariencia:

y á nuestras percepciones experimentales no corresponde nada en la

realidad. Tenemos pues reducida la experiencia á la percepcion de las

apariencias; y como aun esta misma experiencia puramente fenomenal, no

es posible, sino por una condicion puramente subjetiva, la intuicion del

espacio, tendremos que toda la experiencia se refunde en lo puramente

subjetivo; y nos hallamos en el sistema de Fichte, admitiendo el _yo_

como el hecho primitivo, cuyo desarrollo constituye el universo. Así el

sistema de Kant da orígen al de Fichte; el discípulo no hace mas que

sacar la consecuencia de los principios de su maestro.

[121.] Para la mayor inteligencia del enlace de dichas doctrinas,

reflexionemos sobre el sistema de Kant. Si el espacio no es mas que una

cosa puramente subjetiva, una condicion de la sensibilidad, y de la

posibilidad de la experiencia, se sigue que el espíritu lejos de recibir

nada del objeto, hace todo lo que hay en el objeto, ó mas bien lo que

consideramos en él. Las cosas en sí no son extensas, sino que la

extension es una forma de que las reviste el espíritu: á la manera que

no son coloradas, ni sabrosas, ni olorosas, ni sonoras, sino en cuanto

trasladamos á ellas, lo que solo está en nosotros. Reducido todo á meras

apariencias, no queda en lo externo, ni aun el principio de causalidad

de la extension subjetiva; el espíritu no la recibe, la da á los

objetos. Estos no son mas que fenómenos; y por consiguiente el alma no

ve nada mas que lo que hay en ella, ni conoce otro mundo que el que ella

misma construye: asi vemos surgir del _yo_ el mundo real, ó mas bien,

este mundo real no es mas que el ideal construido por el mismo

espíritu. En este supuesto, las leyes de la naturaleza son las leyes de

nuestro mismo espíritu; y en vez de que debamos buscar en aquella los

seres, tipo de nuestras ideas; debemos mirar á estas como el principio

generador de todo lo que existe, ó parece existir; y las leyes del

universo no serán mas que las condiciones subjetivas del _yo_ aplicadas

á los fenómenos.

[122.] Algunos discípulos de Kant, no se asustan con las consecuencias

idealistas; las comparaciones de que se valen para exponer su doctrina,

indican que las aceptan sin sobresalto. Si se aplica un sello á un

pedazo de cera blanda, el sello se grabará en la cera: si suponemos al

sello capaz de percepcion, verá en la cera la marca propia, y atribuirá

al objeto lo que él mismo le ha dado. Si un vaso lleno de agua fuese

capaz de percepcion, atribuiria al agua la forma, que en realidad no es

mas que la forma del vaso mismo, del cual se comunica al agua. De una

manera semejante, el alma construye el mundo externo: aplicándole sus

sellos y sus formas, y creyendo luego que le viene á ella de fuera, lo

que de ella misma se ha comunicado á lo de fuera.

[123.] Menester es confesar que Kant, en la segunda edicion de su

_Crítica de la razon pura_, rechaza las consecuencias indicadas, y

combate expresamente el idealismo. Hasta qué punto contradiga la

segunda edicion á la primera, no hay necesidad de examinarlo aquí: solo

observaré que esta contradiccion le ha sido echada en cara al filósofo

aleman; y que en su primera edicion se hallan palabras tan terminantes

en favor del idealismo, que no deja uno de sorprenderse cuando en la

segunda se encuentra con el mismo autor, combatiendo vigorosamente el

sistema de los idealistas. Como quiera, me basta haber manifestado las

consecuencias de la doctrina: si el autor la entendia de un modo

diferente del que expresaban sus palabras, esto es una cuestion mas bien

personal que filosófica (III.)

CAPÍTULO XVIII.

EL PROBLEMA DE LA EXPERIENCIA SENSIBLE.

[124.] El gran problema de la filosofía no está en explicar la

posibilidad de la experiencia; sino en señalar la razon de la conciencia

de la experiencia, en cuanto experiencia. Esta en sí, es un hecho de

nuestra alma, atestiguado por el sentido íntimo; pero el _saber_ que

este hecho es de experiencia, es una cosa muy distinta de la misma

experiencia; pues que con saber esto, hacemos el tránsito de lo

subjetivo á lo objetivo, refiriendo á lo exterior lo que experimentamos

en lo inferior.

Referimos los objetos á diferentes puntos del espacio; los consideramos

unos fuera de otros: decir que este instinto de referencia es una

condicion de nuestro sujeto y de la experiencia sensible, es consignar

un hecho estéril. La dificultad está en saber, por qué tenemos el

instinto de semejante referencia: por qué la representacion de una

extension se halla en nuestra alma; por qué esa CAPÍTULO subjetiva que

reside en un ser simple, se ha de ofrecer á nuestra percepcion como la

imágen de una cosa exterior realmente extensa.

[125.] La Estética trascendental puede proponerse los problemas

siguientes:

1.º Explicar lo que es la representacion subjetiva de la extension,

prescindiendo absolutamente de toda objetividad.

2.º Por qué esta representacion se halla en nuestra alma.

3.º Por qué un ser uno, ha de contener en sí la representacion de la

multiplicidad; y un ser inextenso, la de la extension.

4.º Por qué pasamos de la extension ideal á la real.

5.º Determinar hasta qué punto se puede aplicar á la extension lo que se

dice de las demás sensaciones: á las cuales se las considera como

fenómenos de nuestra alma, sin objeto _semejante_ en lo exterior, y sin

mas correspondencia con el mundo externo que la relacion de efectos á

causas.

[126.] ¿Qué es la representacion subjetiva de la extension,

prescindiendo de toda objetividad? Un hecho de nuestra alma: no cabe

mas explicacion: quien lo tenga sabe lo que es; quien no lo tenga, nó;

exceptuando las inteligencias superiores, las cuales podrán conocer lo

que es dicha representacion, sin experimentarla tal como nosotros.

[127.] No alcanzo que se pueda explicar el por qué se halla en nuestra

alma la representacion de la extension; tanto valdria preguntar por qué

somos inteligentes y sensibles. Para nosotros no hay otra razon _à

priori_, sino que tales nos ha hecho el Criador. Dicha representacion se

puede hallar en nosotros, y se halla en efecto, pues que así lo

experimentamos: pero esa experiencia interna es el límite de la

filosofía: mas arriba no hay nada para nosotros que sea objeto de

observacion inmediata. El raciocinio nos lleva al descubrimiento de una

causa que nos ha criado; mas nó á un fenómeno raíz del fenómeno de la

experiencia.

[128.] ¿Por qué un ser uno, ha de contener la representacion de la

multiplicidad; y un ser inextenso, la de la extension? Esto equivale á

plantear el problema de la inteligencia; que por lo mismo que es

inteligencia, es una y simple, y capaz de percibir la multiplicidad y la

composicion.

[129.] ¿Por qué pasamos de la extension ideal á la real? por un impulso

natural irresistible, confirmado con el asentimiento de la razon, como

lo he demostrado en el tomo I, y tambien en este, al tratar de la

objetividad de las sensaciones.

[130.] De los cinco problemas nos falta resolver el último: determinar

hasta qué punto se puede aplicar á la extension lo que se dice de las

demás sensaciones, á las cuales se las considera como fenómenos de

nuestra alma, sin objeto _semejante_ en lo exterior, y sin mas

correspondencia con el mundo externo que la relacion de efectos á

causas.

[131.] Segun se resuelva este último problema, queda resuelta la

cuestion en pro ó en contra de los idealistas. Si es aplicable á la

extension, lo que se dice de las demás sensaciones, el idealismo

triunfa; el mundo real, si existe, es un ser que nada tiene de parecido

á lo que nosotros pensamos.

Por lo dicho al tratar de las sensaciones (Lib. II, capítulos VII, VIII

y IX, y Lib. III, cap. IV) resulta probado que la extension es una cosa

real, independiente de nuestras sensaciones; y además llevo explicado

(Lib. II, cap. VIII, y Lib. III, cap. VI) que nos representa la

multiplicidad y la continuidad: esto basta para combatir el idealismo,

como y tambien para que se entienda hasta cierto punto, en qué consiste

la extension; pero como en los citados lugares no se habia analizado aun

la idea del espacio, íntimamente ligada con la de extension, no ha sido

posible entrar en otro linaje de consideraciones en que elevándose

sobre el órden fenomenal, se mire á la extension bajo un aspecto

trascendental, examinándola en sí, prescindiendo de todas sus relaciones

con el mundo de las apariencias. Esto es lo que me propongo hacer en los

capítulos siguientes.

[132.] Entramos en un terreno sumamente escabroso: se trata de

distinguir en las cosas lo que tienen de aparente de lo que encierran de

real; el entendimiento, que en nosotros siempre anda acompañado de

representaciones sensibles, debe prescindir de ellas; lo que equivale á

ponerse en cierta lucha con una condicion á que se halla sometido

naturalmente en el ejercicio de sus funciones.

CAPÍTULO XIX.

CONSIDERACIONES SOBRE LA EXTENSION, ABSTRAIDA DE LOS FENÓMENOS.

[133.] Lo extenso no es un ser solo; sino un conjunto de seres: la

extension contiene por necesidad partes, unas fuera de otras, y por

consiguiente distintas; la union entre ellas no es la identidad; por lo

mismo que se unen, se suponen distintas, porque nada se une consigo

mismo.

Segun esto parece que la extension en sí misma, y como distinta de las

cosas extensas, no es nada; fingir la extension como un ser cuya

naturaleza propia se puede investigar, es entregarse á un juego de

imaginacion.

Filosofía Fundamental, Tomo II · 第 12 / 20 段