[77.] Los experimentos fueron recogidos de boca de un hombre que hablaba

en una lengua que no conocia; tal era el niño que debia expresar sus

sensaciones en el órden visual. Aclararé esta observacion. Como las

sensaciones son hechos simples, el que está falto de un sentido, carece

absolutamente de todas las ideas originadas de la sensacion de que se

halla privado; de lo cual resulta que no conoce nada de la lengua

relativa á dicho sentido; y que las ideas que une á las palabras, son

del todo diferentes de las que quieren expresar los que poseen aquel

sentido. El ciego hablará de colores y de todas las impresiones

relativas á la vista, porque oye continuamente hablar de estas cosas;

mas para él, la palabra ver no significa ver, ni la luz luz, ni el color

color, tales como lo entendemos nosotros; sino otras ideas compuestas

que él se habrá formado, segun las circunstancias, y conforme á las

explicaciones que haya oido. Véase pues qué importancia se puede dar á

lo que diria un niño con el atolondramiento propio de su edad,

hallándose en una situacion tan nueva y tan extraña, y habiendo de

expresarse en una lengua que ignoraba. Se le preguntaria, por ejemplo,

si distinguia una figura mayor de otra menor, sin considerar que las

palabras mayor y menor, comprendidas por él en cuanto expresaban ideas

abstractas, ó se referian á las sensaciones del tacto, no lo eran cuando

se las aplicaba á los objetos vistos; pues que él no sabia ni podia

saber, qué significaba la palabra mayor, tratándose de una sensacion que

experimentaba por primera vez. Si en la superficie de un círculo se le

pintaban otros círculos menores, de color diferente, él veria los

pequeños dentro de los grandes, pues no era posible otra cosa supuesto

que veia; pero al preguntársele si el uno le parecia mayor que los

otros, si distinguia los límites que separaban á los pequeños entre sí,

él, que no habia tenido tiempo de aprender el lenguaje relativo á las

nuevas sensaciones, debia de dar respuestas muy disparatadas, que los

observadores tomarian quizás por la expresion de fenómenos curiosos. Se

le hablaria de figuras, de lindes, de extremos, de magnitud, de

posicion, de distancias y de cuanto se refiere á la vista; y como él

ignoraba el lenguaje, é ignoraba que lo ignorase, debia de sostener la

conversacion de una manera muy extraña. Un observador mas atento y mas

sagaz, hubiera notado que ocurrian con frecuencia lances tan chistosos

como suceden cuando se habla con un sordo que se empeña en contestar sin

haber oido.

La contradiccion que se nota en la misma relacion de Cheselden, confirma

las anteriores conjeturas. El oculista nos cuenta que el niño no podia

distinguir los objetos por mas diferentes que fueran en forma y tamaño;

y sin embargo añade que encontraba mas agradables los que eran mas

regulares; luego los distinguía; sin este discernimiento, la sensacion

no podia ser mas ni menos grata.

Y aquí es de notar que en la alternativa de la contradiccion, debemos

optar por el discernimiento, teniendo como tenemos en pro una razon muy

poderosa. Cuando se le ofrecerian dos figuras una regular otra

irregular, y se le harian preguntas sobre las diferencias y semejanzas

de las mismas, responderia disparatadamente hasta el punto de hacer

sospechar que no las distinguia. La razon de esto, á mas de la confusion

de las sensaciones que mas ó menos, siempre padeceria, se halla en la

ignorancia de lenguaje; pues aun cuando las distinguiera perfectamente,

no podia ni entender lo que se le preguntaba, ni expresar lo que sentia.

Pero cuando se le interrogaba sobre una calidad de la impresion, para

producir placer ó disgusto, entonces se hallaba en un terreno comun a

todas las sensaciones: las ideas de grato y de ingrato, no eran para él

cosas nuevas, y por lo mismo sobre ellas podia decir sin vacilar: «esto

me gusta mas, aquello no me agrada tanto.»

En resúmen, creo que los fenómenos del ciego de Cheselden solo prueban

que la vista, como todos los demás sentidos, ha menester cierta

educacion; que sus primeras impresiones son por necesidad confusas; que

el órgano no adquiere la debida robustez y precision sino despues de

largo ejercicio; y finalmente que los juicios formados en consecuencia,

han de ser muy inexactos, hasta que la comparacion acompañada de la

reflexion haya enseñado á rectificar las equivocaciones. (Véase Lib. I.

§ 56).

CAPÍTULO XIV.

SE EXAMINA SI LA VISTA PUEDE DARNOS IDEA DEL VOLÚMEN.

[78.] Se ha dicho que la vista no era capaz de darnos idea de un sólido

ó de un volúmen, y que para esto era indispensable el auxilio del tacto.

Creo poder demostrar lo contrario hasta la evidencia.

¿Qué es un sólido? Es un conjunto de tres dimensiones; si la vista nos

hace formar idea de la superficie, en la cual entran por necesidad dos

dimensiones, ¿por qué no podrá lo mismo con respecto á la otra? Esta

sola reflexion basta para demostrar que se ha negado sin razon á este

sentido la facultad indicada; sin embargo no quiero limitarme á esto,

sino que probaré la existencia de la expresada facultad con la rigurosa

observacion y el análisis de los fenómenos visuales.

[79.] Convengo de buen grado en que si suponemos un hombre reducido al

solo sentido de la vista, con los ojos inmóviles, y fijos sobre un

objeto tambien inmóvil, no alcanzará á discernir entre lo que en dicho

objeto haya de sólido y lo de mera perspectiva: ó en otros términos,

todos los objetos pintados permanentemente en su retina, se le

presentarán como proyectados en un plano. La razon de esto se funda en

las mismas leyes del órgano de este sentido, y de la transmision de sus

impresiones al cerebro. El alma refiere la sensacion al extremo del rayo

visual; y como en el caso presente, no habria podido hacer comparaciones

de ninguna clase, no tendria ningun motivo para colocar esos extremos,

unos mas lejanos que otros, lo que constituye la tercera dimension.

Para comprender mejor esta verdad, supongamos que el objeto visto fuese

un cubo dispuesto de tal manera que se presentasen al ojo tres de sus

caras. Claro es que los tres planos aunque iguales, no se ofrecerian al

ojo de la misma manera, por efecto de que su posicion respectiva no les

permitiria enviar al ojo sus rayos de luz de un modo igual. Pero como el

alma no habria tenido ocasion de comparar esta sensacion con ninguna

otra, no seria capaz de apreciar la diferencia producida por la distinta

posicion y la mayor distancia; y así referiria todos los puntos á un

mismo plano, tomando por desiguales las caras del cubo que en realidad

no lo eran.

La vista pues en tal caso, presentaria todo el objeto en un plano de

perspectiva; y como además no habria medio de apreciar ni aun de conocer

la distancia del ojo al objeto, probablemente se creeria el objeto

pegado al mismo ojo, ó hablando con mas verdad y rigor, la sensacion no

nos representaria mas que un simple fenómeno cuyas relaciones y causa no

podríamos explicarnos.

[80.] Es probable, que si permaneciendo fijo el ojo, pudiéramos abrir y

cerrar los párpados, ya nos formaríamos idea de que el objeto visto está

fuera de nosotros; de suerte que con solo este movimiento, tendríamos ya

un punto de comparacion, por la sucesion de desaparecer y reproducirse

alternativamente la sensacion del objeto con la interposicion ó no

interposicion de un obstáculo. Entonces naceria ya por necesidad la idea

de una distancia poca ó mucha; y como esta seria en direccion

perpendicular al plano del objeto visto, tendríamos idea del sólido.

Afortunadamente la naturaleza ha sido mas benéfica para nosotros, y no

hemos de limitarnos á un supuesto que tanto escatima los medios de

adquirir ideas de las cosas. Sin embargo no habrá sido inútil examinar

el fenómeno en esta suposicion, porque de este exámen sacaremos luz para

la inteligencia de lo que me propongo demostrar.

[81.] En mi concepto, la vista para dar orígen á la idea de un sólido,

necesita del movimiento. El movimiento es una condicion indispensable;

siendo de notar que basta que esté en los objetos, ó en el ojo.

Para mayor claridad supondremos el ojo inmóvil; veamos cómo por el

movimiento de los objetos, puede la sola sensacion de la vista

presentarnos el sólido, ó engendrar la idea de él. Toda la dificultad

está, en manifestar cómo se puede añadir á las dos dimensiones que

constituyen el plano, la tercera que completa el sólido.

Sea un ojo fijo mirando hácia un punto A, donde está colocado un

paralelepípedo recto y rectángulo B, de manera que se oculten

enteramente las dos bases, y que la recta que va del centro del ojo á la

arista, divida el ángulo diedro en dos partes iguales. Supondremos

tambien cada una de las caras del paralelepípedo de diferente color,

siendo respectivamente, blanca, negra, verde y encarnada. En este caso,

el ojo ve los dos planos en uno mismo; por manera que la arista se le

ofrece como una recta que divide dos partes de un mismo plano, las

cuales solo se diferencian en el color. Le es imposible concebir la

inclinacion de los dos planos: pues refiriendo el objeto al extremo de

la visual, y no habiendo podido comparar las variedades que resultan de

la diferencia de distancias, de la posicion, y del modo con que el

objeto recibe la luz, no puede hacer mas que distinguir las varias

partes de un mismo plano.

En esto es fácil hacer la contraprueba. Es bien sabido que la

perspectiva puede llegar á la perfecta imitacion de un sólido; ahora

bien, si suponemos que en vez de tener á la vista el sólido B, no hay

mas que un plano donde están exactamente representados las dos caras

vistas, la sensacion será la misma, la ilusion podrá ser completa: luego

hay dos medios diferentes de producir una sensacion idéntica; luego

cuando no precede comparacion, no cabe discernimiento entre los dos

medios; y es claro que la idea que naturalmente resultaria seria la mas

simple, esto es, la del plano.

[82.] Si suponemos que el paralelepípedo B gira alrededor de un eje

vertical, irá presentando sucesivamente al ojo los cuatro planos; y

segun la mayor ó menor inclinacion de ellos á la visual se presentarán

mayores ó menores: de suerte que el máximum de la superficie de un plano

ofrecido al ojo, será cuando el plano sea perpendicular á la visual; y

el mínimum ó cero, cuando le sea paralelo.

La sucesion y variedad de las sensaciones hará nacer desde luego la idea

de movimiento, pues los mismos planos del paralelepípedo se presentarán

ocupando distintos lugares. La uniformidad con que se irán sucesivamente

ofreciendo siempre de la misma manera, sugerirá tambien la idea de que

por ejemplo el verde que sale pocos momentos despues del negro, es el

mismo que se habia visto poco antes, y así de los demás: y como

constantemente, tras del uno se ocultará el otro, nacerá naturalmente

la idea de la extension en la direccion ó prolongacion de la visual, lo

que basta para formar idea de un volúmen.

Con la vista de un plano, teníamos ya las dos dimensiones que

constituyen la superficie: para formarnos la idea del volúmen solo

faltaba la idea de otra dimension, que no estuviese en el mismo plano,

la que se habrá engendrado por el movimiento del paralelepípedo.

[83.] Este movimiento que antes se verificaba al rededor de un eje

vertical, puede despues suponerse en torno de un eje horizontal; y

entonces se nos presentarán sucesivamente dos caras opuestas, y las

bases del paralelepípedo, con diferentes aspectos, segun su varia

posicion, ó en otros términos, segun el ángulo de los planos con la

visual. Estas apariencias contribuirán mas y mas á producir la idea de

otra dimension que no está en el plano primitivo, y por tanto á suplir

lo que faltase para tener idea del volúmen.

[84.] De la propia suerte que hemos supuesto el objeto en movimiento y

el ojo fijo, podemos suponer fijo el objeto, y en movimiento el ojo: el

resultado será el mismo: porque es claro que si el ojo se mueve

alrededor del paralelepípedo, ya en torno del eje vertical ya del

horizontal, experimentará las mismas impresiones que cuando él estaba

quieto, y el paralelepípedo se movia. Con lo cual, aunque supongamos que

el sujeto que ve, está destituido enteramente del sentido del tacto, y

que así no puede percibir el movimiento propio, no obstante tendrá lo

suficiente para formarse con solas las impresiones de la vista, las

ideas que constituyen la del volúmen. Verdad es que no le será posible

discernir si es él quien se mueve, ó si es el objeto; pero esto no quita

la formacion de la idea compuesta de las tres dimensiones.

CAPÍTULO XV.

LA VISTA Y EL MOVIMIENTO.

[85.] He dicho que al observador no le será posible discernir si es él

quien se mueve ó bien el objeto; de lo que resulta que la simple vision

no es suficiente: esto es verdad, y se demuestra fácilmente si se

considera que en un barco, no obstante el estar seguros de que nosotros

nos movemos, se nos presentan de tal suerte en movimiento los objetos

circunvencinos, que la ilusion, es completa. Aun mas: si el movimiento

del observador y el del objeto son simultáneos, en una misma direccion,

y con la misma velocidad, desaparece toda idea de movimiento: como se

echa de ver en los objetos que tenemos á la vista en el camarote de un

barco.

Es de notar que si se combinan dos movimientos en el objeto, uno en

nuestra direccion y otro en otra, percibimos este y nó aquel. Así nos

sucede cuando en los canales encontramos un caballo que camina en la

misma direccion junto á la ventana de la barca: parécenos que el animal

salta, sin adelantar: de los dos movimientos que tiene á un tiempo, solo

notamos el vertical, mas nó el horizontal.

La razon de esto es fácil de señalar: no podemos juzgar del objeto sino

por las impresiones; cuando la impresion varía, nace la idea del

movimiento, en otro caso nó. Si el objeto ó el ojo se mueven, hay

sucesion de impresiones en la retina, hay pues idea de movimiento. Pero

si el movimiento del objeto es seguido por el movimiento del ojo, se

compensa el de aquel con el de este, y por tanto la impresion de la

retina es la misma. Se verifica pues lo propio que si ambos estuviesen

quietos.

[86.] Así se observa que si hay movimiento en el objeto y en el ojo,

pero en velocidad desigual, solo percibimos la diferencia; esto es, que

si nosotros andamos como 3 y el objeto como 5, solo nos parecerá que el

objeto anda como 2; ó sea la diferencia del 3 al 5. Si nuestro

movimiento es mas rápido, hasta los objetos movidos en la misma

direccion nos parecerá que se mueven en la contraria: así cuando en un

barco andamos en la direccion de la corriente, con mas velocidad que el

agua, parécenos que esta corre hácia arriba. Y si no se nos ofrece

corriendo con velocidad igual á la de un objeto en quietud en el mismo

lugar, es porque moviéndose en la misma direccion que nosotros, solo se

nos hace sensible la diferencia. No percibiendo nosotros el movimiento

del barco que anda como 5, un objeto fijo que esté á sus inmediaciones

se nos presentará movido con la velocidad igual á 5. Si damos que el

agua corre con velocidad igual á 3, su movimiento hácia arriba solo se

nos presentará igual á 5-3=2.

[87.] De estas consideraciones parece inferirse que si bien la vista es

suficiente para darnos idea del movimiento, no basta para hacernos

discernir el propio del ajeno; y así, aun cuando el tacto no sea

necesario para lo primero, lo será para lo segundo. Mas esto no es

verdad: con la vista sola, podríamos llegar á distinguir entre el

movimiento del ojo y el del objeto; y si bien en algunos casos no

alcanzaríamos á ello, lo propio se verifica con el tacto. Ante todo

conviene notar que en los ejemplos aducidos, de nada nos sirve el tacto

para desvanecer la ilusion, siendo aun menos á propósito que la vista.

En efecto: quien no poseyese sino el sentido del tacto, ¿cómo podria

distinguir el movimiento de la embarcacion, que se desliza suavemente á

lo largo de un canal? Con el auxilio de la vista, llegamos tal vez á

notar el movimiento de la embarcacion, sobre todo si atendemos á los

objetos á cuyas inmediaciones va pasando; pero con el tacto, de suyo

limitado á lo que afecta inmediatamente el cuerpo, no nos es posible

discernir nada del movimiento, cuando el cuerpo no está afectado por él.

Es tambien digno de notarse que el movimiento discernido por el tacto,

tampoco se refiere al objeto sino despues de haberse adquirido este

hábito por medio de una comparacion repetida: si suponemos que por

primera vez la mano se desliza sobre un cuerpo, no discerniríamos, si la

mano se desliza sobre el cuerpo, ó el cuerpo debajo la mano. La razon de

esto es muy sencilla: la sensacion del movimiento es esencialmente una

sensacion sucesiva; y esta sucesion existe, ya sea el miembro lo que se

mueva, ya sea el cuerpo. Demos que la mano recorra la longitud de un

cuerpo de superficie variada; iremos experimentando la variedad de

sensaciones correspondientes á la superficie; y si despues estando

quieta la mano, pasa el cuerpo por ella con la misma velocidad de

movimiento, y con igual presion y roce, las sensaciones serán idénticas.

La experiencia está de acuerdo con la razon: cualquiera puede haber

observado que al apoyarnos sobre un objeto resbaladizo, hay á veces

incertidumbre de si es nuestro cuerpo lo que resbala, ó el que tiene

debajo. Luego, hasta con el tacto se verifica que el discernimiento

entre el movimiento del miembro y el del objeto, no nace de la simple

sensacion.

[88.] En esta parte pues, el tacto no se aventaja á la vista; examinemos

si esta por sí sola, es capaz, de hacernos distinguir entre el

movimiento del ojo y el del objeto. Ya hemos notado que una sola

sensacion con respecto á un solo objeto, no es suficiente; pero no es

difícil demostrar que con la comparacion de varias sensaciones podemos

obtener este resultado.

Situado un ojo en un punto A, mirando el objeto B, este se presenta en

el fondo del campo visual como proyectado en un plano. Para mayor

claridad, imaginémonos que el objeto B es una columna en medio de un

gran salon, y que el punto A es un ángulo de la misma pieza. La columna

será vista como estampada en un punto de la pared opuesta. Si el ojo

cambia de lugar, la columna se presentará en otro punto; de manera que

si suponemos que el ojo da vuelta al rededor de la columna, esta se irá

presentando sucesivamente en todos los puntos de todas las paredes del

salon. Esta sucesion de fenómenos puede verificarse de la misma manera,

suponiendo la columna móvil y el ojo fijo: porque es evidente que si

situado un observador en el centro, la columna va dando vueltas, esta,

sin que el observador se mueva, se irá pintando en todas las paredes.

Luego una sensacion visual sola con respecto á un solo objeto, no

bastaria para discernir si lo que se mueve es el objeto ó el ojo.

Pero añadamos la vision simultánea de otros objetos, y no será difícil

descubrir cómo este discernimiento se engendra. Supongamos que el ojo al

propio tiempo que ve la columna, ve otros cuerpos interpuestos entre él

y las paredes: por ejemplo grandes candelabros, quinqués ó tambien otras

columnas. Veamos lo que sucede con el movimiento del ojo: al paso que la

columna se proyecta en un punto diferente de la pared, se altera la

posicion de todos los demás objetos; las otras columnas, los

candelabros, los quinqués, todo se proyecta en puntos diferentes: hay un

cambio total de posicion en todos los objetos. Veamos lo que sucede sin

el movimiento del ojo; moviéndose la columna sola, nada se altera sino

ella: los demás objetos continúan proyectados en los mismos puntos.

Luego la simple vista nos presenta dos órdenes de fenómenos de

movimiento totalmente diferentes.

1.º Uno en que todos los objetos mudan de posicion.

2.º Otro en que solo la muda uno.

Estos dos órdenes de fenómenos no podrian menos de ser notados; y es

evidente que con la ayuda de la reflexion, excitada é ilustrada por la

repeticion de los fenómenos, se llegaria á inferir que cuando hay una

alteracion total y constante de todos los objetos, no son estos los que

se mueven sino el ojo; y que por el contrario, si el variar de posicion

se verifica únicamente en alguno ó algunos objetos, permaneciendo los

demás en la misma posicion, lo que se mueve no es el ojo, sino los

objetos que la toman diferente.

Cuando todo se alteraria en rededor nuestro, inferiríamos que es el ojo

lo que se mueve; cuando uno ó pocos objetos, deduciríamos que se mueven

estos y nó el ojo. Y si bien se observa, no solo es esto lo que

sucederia sino tambien lo que sucede; porque las ideas nacidas del tacto

son de suyo muy limitadas; y así no es posible que de él nazcan las de

los movimientos de objetos distantes, que no se pueden tocar.

[89.] Creo haber demostrado que la pretendida superioridad del tacto

carece de fundamento; que no es verdadera la opinion que le señala como

base de nuestro conocimiento con relacion á los objetos externos,

haciéndole la piedra de toque de la certeza de las sensaciones

trasmitidas por los demás sentidos. Sin él podemos adquirir la seguridad

de la existencia de los cuerpos; sin él nos formamos idea de la

superficie y del volúmen; sin él conocemos el movimiento; sin él

alcanzamos á distinguir cuando ese movimiento pertenece al objeto ó al

órgano que recibe la impresion. La teoría de las sensaciones que acabo

de exponer, los resultados que se deducen de las relaciones de

dependencia ó independencia de los fenómenos entre sí, y con nuestra

voluntad, todo se aplica á la vista lo propio que al tacto.

[90.] Resumiendo las doctrinas explicadas hasta aquí resulta lo

siguiente:

1.º Distinguimos el sueño de la vigilia, aun prescindiendo de la

objetividad de las sensaciones.

2.º Distinguimos dos órdenes de fenómenos de sensacion interna y

externa; prescindiendo tambien de la objetividad.

3.º Los sentidos nos cercioran de la existencia de los cuerpos.

4.º Las sensaciones no tienen en lo exterior objeto parecido á lo que

nos representan, excepto la _extension_ y el movimiento.

5.º El tacto no goza del privilegio de ser la piedra de toque de la

certeza.

6.º Todo cuanto sabemos por conducto de los sentidos se reduce á que hay

seres externos, extensos, sujetos á leyes necesarias, y que nos causan

los efectos llamados sensaciones.

CAPÍTULO XVI.

POSIBILIDAD DE OTROS SENTIDOS.

[91.] La-Mennais ha escrito: «¿Quién nos dice que un sexto sentido no

perturbaria el acuerdo de los demás? ¿En qué se podria fundar la

negativa? Supongámonos sentidos diferentes de los que nos ha dado la

naturaleza, ¿nuestras sensaciones é ideas no serian diferentes tambien?

Quizás, para arruinar toda nuestra ciencia, bastaria una ligera

modificacion en nuestros órganos. Quizás haya seres organizados de tal

manera que estando sus sensaciones en oposicion con las nuestras, es

verdadero para nosotros lo que es falso para ellos, y vice-versa. Porque

al fin, si bien se observa, ¿qué relacion necesaria se descubre entre

nuestras sensaciones y la realidad de las cosas? Y aun cuando existiese,

¿cómo nos lo harian conocer nuestros sentidos?» (_Ensayo sobre la

Indiferencia._ Tom. 2. cap. 13).

Estas palabras encierran varias cuestiones sumamente graves, dignas de

ser examinadas con detenimiento.

[92.] ¿Hay imposibilidad intrínseca que se oponga á una organizacion

diferente de la que poseemos, y por lo mismo, á un género y órden de

sensaciones totalmente diverso del que experimentamos? Parece que nó; y

si esta imposibilidad existe, el hombre no la conoce.

Sea cual fuere la opinion que se adopte con respecto al modo con que los

objetos externos obran sobre el alma por medio de los órganos del

cuerpo, no resulta ninguna relacion necesaria, ni siquiera analogía,

entre el objeto y el efecto que en nosotros produce.

Un cuerpo recibe en su superficie los rayos del flúido que llamamos

_luz_; estos reflejando, vienen á parar á la retina, es decir á otra

superficie, que está en comunicacion con el cerebro: hasta aquí todo va

bien; todo se comprende; hay un flúido que se mueve, que va de una

superficie á otra, y que puede causar este ó aquel efecto puramente

físico, en la materia cerebral: pero ¿qué relacion hay entre todo esto

y esa impresion de un órden totalmente distinto, que se llama _ver_? esa

impresion que ni es el flúido, ni el movimiento, sino una afeccion de

que tiene íntima conciencia el ser que vive, que piensa, el _yo_?

Si en vez del mecanismo del flúido luminoso, suponemos otro totalmente

distinto, por ejemplo el del aire que vibra y va á dar en el tímpano,

¿qué razon _esencial_ hay para que no produzca una sensacion semejante á

la de la vista? Preciso es confesar que razon _esencial_, no se puede

señalar ninguna. A quien no tuviese idea de la organizacion actual, tan

incomprensible le pareceria lo uno como lo otro.

Filosofía Fundamental, Tomo II · 第 5 / 20 段