Relacion de las distancias. Claro es que en este punto se aventaja al

tacto el oido; aquel necesita en general la inmediacion, este nó; y aun

de suyo requiere para la buena apreciacion del objeto, cierta distancia

acomodada á la clase del sonido. ¿De cuántos y cuántos objetos

distantes, no nos informa el oido, con respecto á los cuales nada puede

decirnos el tacto? El galope del caballo que amenaza atropellarnos, el

ruido del torrente que nos puede arrebatar, el trueno que retumba y nos

anuncia la tormenta, el estruendo del cañón que nos da noticia de que ha

principiado una batalla, el ruido de las carreras, de la gritería, de

los tambores y campanas, que nos indican el estallido de la cólera

popular, la música estrepitosa que nos informa de la alegría causada por

una fausta nueva, el concierto dedicado á los placeres del salon, el

canto que nos hechiza con melancólicos recuerdos, con sentimientos de

esperanza y de amor, el ay! que nos avisa del sufrimiento, el llanto que

nos aflige con la idea del infortunio; todo esto nos dice el oido; sobre

todo esto nada puede decirnos el tacto.

Variedad de los objetos. Los objetos distantes de que nos da noticia el

tacto son por necesidad muy poco variados; y por lo mismo las ideas que

solo de él resultasen, estarian sujetas á una confusion deplorable, y á

mucha incertidumbre. El oido al contrario, nos informa de infinitos

objetos sumamente diferentes, y lo ejecuta con toda precision y

exactitud.

Rapidez de la sucesion de las impresiones. Es evidente que en esta parte

lleva el oido al tacto una superioridad incalculable. Este cuando

percibe por yuxtaposicion, necesita recorrer sucesivamente los objetos y

aun las diferentes partes de uno mismo, si ha de recibir impresiones

variadas: lo que exige largo tiempo por poco numerosos que sean. Si los

objetos no obran por yuxtaposicion, sino por otro medio, todavía se

necesita mas tiempo para la sucesion, y es mucha menor la variedad.

Compárese esta lentitud á la rapidez con que el oido percibe todo linaje

de sonidos en las combinaciones musicales, las infinitas inflexiones de

la voz, el sinnúmero de articulaciones distintas, la infinidad de ruidos

de todas especies que sin interrupcion sentimos y clasificamos, y

referimos á sus objetos correspondientes.

La simultaneidad de sensaciones tan vasta en el oido, es sumamente

reducida en el tacto: cuando existe en este, es solo con relacion á

pocos objetos; mas en aquel se extiende á muchos y muy diferentes.

Pero lo que decide mas victoriosamente la superioridad del oido sobre el

tacto, es la facilidad que nos da de ponernos en comunicacion con el

espíritu de nuestros semejantes por medio de la palabra: facilidad que

resulta de la rapidez de las sucesiones que mas arriba hemos notado. Sin

duda que esta comunicacion de espíritu á espíritu puede tambien

establecerse por el tacto, expresando las palabras por caractéres

bastante abultados para ser distinguidos; pero, ¿qué diferencia tan

inmensa entre estas impresiones y las del oido? Aun suponiendo que el

hábito y la concentracion de todas las fuerzas sensitivas, llegasen á

producir una facilidad tal de recorrer las líneas con los dedos, que

superase en mucho á la que vemos en los mas diestros tocadores de

instrumentos músicos; ¿cómo puede compararse una velocidad semejante con

la que nos proporciona el oido? ¿Cuánto tiempo no será menester para

recorrer unas tablas donde esté escrito un discurso que oimos en breves

minutos? Y además, para hacerse oir, todos los hombres tienen, medios,

les basta servirse de los órganos; para lo otro es necesario preparar

las tablas, y unas mismas no pueden ser útiles, sino para un objeto, y

simultáneamente no pueden servir para dos personas; cuando por medio del

oido, un hombre solo comunica en breve rato infinidad de ideas á

millares de oyentes.

CAPÍTULO XII.

SI LA SOLA VISTA PODRIA DARNOS IDEA DE UNA SUPERFICIE.

[64.] Creo haber hecho palpable la inferioridad del tacto con respecto á

la vista y al oido; y por consiguiente haber hecho sentir la extrañeza

de que se le haya querido señalar como base de todos los conocimientos,

radicando en él la certeza de los juicios á que los demás sentidos nos

conducen, y estableciéndole por árbitro soberano para fallar en última

apelacion en las dudas que pudieran ofrecerse.

Tengo tambien manifestado no ser verdad que solo por medio del tacto

podamos hacer la transicion del mundo interior al exterior, ó de la

existencia de las sensaciones á la de los objetos que las causan: pues

que á mas de haber combatido la razon principal, ó mejor la única, en

que se intentaba cimentar este privilegio, he demostrado el modo con que

se hace esta transicion con respecto á todos los sentidos, fundándome en

la misma naturaleza y encadenamiento de los fenómenos internos.

He dicho tambien y probado que la única sensacion que objetivábamos era

la de la extension; y que en todas las demás, solo habia una relacion de

causalidad, esto es, un enlace de cierta sensacion ó de un fenómeno

interno, con un objeto externo, sin que trasladásemos á este nada

semejante á lo que experimentábamos en aquel.

[65.] Tocante á la extension, son dos los sentidos que de seguro nos

informan de ella: el tacto y la vista; prescindiremos por ahora, de si

es una verdadera _sensacion_ lo que de la extension tenemos, ó si es una

_idea_ de un órden diferente, la cual resulte de la sensacion.

Proponiéndome examinar este punto despues, me limitaré por ahora á

comparar la vista con el tacto en lo relativo á darnos la sensacion de

la extension, ó sí se quiere, á suministrarnos lo necesario para

formarnos idea de ella.

Desde luego se echa de ver que la extension se halla bajo el dominio del

tacto: y esto considerando la extension no solo en superficie sino

tambien en volúmen. A la vista no se le puede negar la misma facultad

con respecto á las superficies, porque es imposible ver sin que al mismo

tiempo se ofrezca al menos un plano. El punto inextenso no puede

pintarse en la retina: desde el momento que un objeto se pinta, tiene

partes pintadas. Ni aun por un esfuerzo de imaginacion podemos concebir

colores inextensos: ¿qué es un color si no hay superficie sobre la cual

se extienda?

[66.] Condillac ha estado tan severo con el sentido de la vista, que no

ha querido concederle la facultad de percibir la extension ni aun en

superficie. Como este filósofo es uno de los que mas han contribuido á

la propagacion y arraigo de una opinion tan equivocada, examinaré su

doctrina, y las razones en que la funda. A la simple lectura de los

capítulos en que la expone, salta á los ojos que no estaba bien seguro

de la verdad de ella, sintiéndose contrariado por la inexperiencia y la

razon.

En el _Tratado de las sensaciones_ (f p., c. XI), donde examina las

ideas de un hombre limitado al sentido de la vista, asienta que los

colores se distinguen á nuestros ojos, porque parecen formar una

superficie de la cual ocupan ellos una parte; y luego pregunta: «nuestra

estatua, juzgando que es á un tiempo muchos colores, ¿se sentiria á sí

misma como una especie de superficie colorada?» Es menester advertir que

segun Condillac, la estatua circunscrita á un sentido, se creeria la

sensacion misma; es decir, pensaria que es el olor, el sonido ó el

sabor, segun fueran el olfato, el oido ó el paladar, los sentidos que

tuviese en ejercicio, por cuya razon, si en las sensaciones de la vista

entrase la superficie, la estatua deberia creerse superficie colorada.

Prescindiré de la exactitud de estas observaciones, concretándome al

punto principal que es la relacion de la vista con la superficie.

[67.] Segun Condillac, la estatua no llegaria á creerse superficie

colorada; esto es, que percibiendo el color, no percibiria la

superficie. Dejemos hablar al mismo filósofo, pues bastarán sus propias

palabras para condenar su opinion y descubrirnos la incertidumbre con

que la profesaba, ó la oscuridad que en ella padecia. «La idea de la

extension supone la percepcion de muchas cosas _unas fuera de otras;

esta percepcion no podemos negarla á la estatua_, pues que siente que se

repite fuera de sí misma tantas veces como hay colores que la

modifican; mientras es lo encarnado, se siente _fuera_ de lo verde:

mientras es lo verde, se siente _fuera_ de lo encarnado; y así de lo

demás.» Cualquiera creeria que conforme á estos principios, Condillac

iba á establecer que la vista nos da idea de la extension, pues que nos

hace percibir las cosas, unas _fuera_ de las otras, en lo que segun el

mismo autor, consiste precisamente la idea de la extension; pero muy al

contrario, Condillac, lejos de proseguir por el verdadero camino, se

extravía lastimosamente, y á mas de ponerse en desacuerdo con los

principios que acaba de asentar, altera notablemente el estado de la

cuestion y continúa: «mas para tener la idea distinta y precisa de una

magnitud, es necesario ver como las cosas percibidas unas fuera de

otras, se ligan, se terminan mutuamente, y como todas juntas tienen

límites que las circunscriben.» Esto, repito, es alterar el estado de la

cuestion: no se trata por ahora de una idea distinta y precisa, sino

solamente de una idea. Hasta qué punto la vista podria perfeccionar la

idea de la extension, esta es una cuestion diferente; aunque salta á los

ojos que si la vista por sí sola puede darnos idea de la extension, el

continuado ejercicio de este sentido iria perfeccionando la misma idea.

[68.] La estatua, en opinion de Condillac, no podria sentirse

circunscrita á ningun límite porque no conoceria nada fuera de ella

misma; pero ¿no acaba de decirnos el autor que la estatua se creeria

los diferentes colores, que estos se hallan unos fuera de otros, y que

cuando seria el uno se sentiria fuera del otro? ¿no hay por ventura con

esto solo, nó uno sino muchos límites?

Este argumento no se ocultaba del todo á Condillac; despues de haber

preguntado si el _yo_ de la estatua modificado por una superficie azul

orlada de blanco, no se creeria un azul terminado, dice: «á primera

vista nos inclinaríamos á pensarlo así; pero la opinion contraria es

mucho mas verosímil.» Y por que? «la estatua no puede sentirse extensa

por esta superficie, sino en cuanto cada parte le da la misma

modificacion; cada una debe producir la sensacion de azul; pero si es

modificada de la misma manera por un pié de esta superficie que por una

pulgada ó una línea, no puede representarse en esta modificacion, una

magnitud mas bien que otra; luego no se representa ninguna, luego una

sensacion de color no trae consigo una idea de extension.» Es fácil

notar que ó Condillac supone lo mismo que se disputa, ó no dice nada

conducente á resolver la cuestion. Segun él la estatua es modificada de

la misma manera por un pié de una superficie colorada que por una línea;

si con esto quiere significar que las dos modificaciones son idénticas

bajo todos aspectos, supone lo mismo que debe probar: porque esto es

cabalmente lo que se disputa, á saber, si las superficies diferentes en

magnitud producen tambien sensacion diferente; y si quiere significar,

como parecen indicarlo sus palabras, que la sensacion como color, y

solamente en cuanto color, es la misma en un pié que en una línea, dice

una verdad muy cierta, pero que no nos sirve para nada. Es indudable que

la sensacion de azul, en cuanto azul, es la misma en diferentes

magnitudes, y nadie piensa en negárselo; pero la cuestion no está en

eso; la cuestion está en si permaneciendo uno mismo el color, la

sensacion de la vista se modifica de diferente manera, segun la variedad

de las magnitudes en que la superficie colorada se le presenta.

Condillac lo niega, bien que de un modo incierto y fluctuante: pero creo

que esta negativa es tan infundada, que se puede demostrar todo lo

contrario.

[69.] Yo pregunto á Condillac, si puede haber color sin superficie, si

puede pintarse en la retina un objeto inextenso, si podemos ni aun

concebir un color sin extension; nada de esto es posible: luego la

vision está acompañada necesariamente de la extension.

[70.] Condillac pone la idea de extension en que unas cosas se nos

presenten _fuera_ de otras; esto, segun confiesa él mismo, se verifica

con la sensacion del color; luego la vision de lo colorado debe producir

la idea de la extension. El efugio de Condillac, es sumamente débil: nos

dice que para tener idea de la extension es necesario tenerla de los

límites; pero en primer lugar ya llevo demostrado por la misma doctrina

del autor, que estos límites son sentidos; y además, es muy singular

pretension la de otorgar á la vista la facultad de darnos idea de una

extension ilimitada, y negarle la de producir idea del límite: como si

por lo mismo que vemos lo extenso, no naciera la idea del límite, cuando

nó de otras causas, de la misma limitacion del órgano; como si no fuera

mas inconcebible la sensacion ilimitada que la limitada.

Pero quiero suponer que el límite no es sentido; la extension ilimitada

¿deja de ser extension? ¿no es mas bien la extension por excelencia? ¿La

idea de un espacio sin fin, por ser ilimitada, deja de ser idea de

extension?

[71.] Pónganse delante de los ojos dos círculos colorados, uno de una

pulgada de diámetro, y otro de una vara: prescindiendo de toda sensacion

de tacto ¿el efecto producido en la retina será el mismo? es evidente

que nó: á esto se opone la experiencia, se opone la razon fundada en las

leyes de la reflexion de la luz y en principios matemáticos. Si esta

impresion es diferente, la diferencia será sentida; luego la diferencia

de las magnitudes podrá ser apreciada.

Pero quiero suponer que desoyendo la experiencia y la razon, se empeña

alguno en sostener que la sensacion de los dos círculos será la misma:

voy á hacer palpable la extrañeza y hasta la ridiculez de esta opinion.

Imaginemos que los dos círculos son de color encarnado y terminados por

una línea azul; tomemos el círculo menor y pongámosle dentro del mayor

confundiendo sus centros; pregunto: ¿el ojo que mire la figura, no verá

el círculo menor dentro del mayor? ¿no verá la línea azul que termina el

círculo de una pulgada de diámetro, contenida dentro de la otra línea

azul que termina el círculo de una vara? es evidente que sí. Ahora bien:

sentir la extension, ¿es acaso otra cosa que sentir unas partes fuera de

otras? sentir la diferencia de magnitudes ¿no es sentir las unas mayores

que las otras y conteniendo las otras? es evidente que sí. Luego el ojo

siente la magnitud; luego siente la extension.

[72.] Todavía se puede confirmar mas y mas la verdad que estoy

demostrando. La experiencia nos enseña, y cuando esta no existiese, la

razon nos lo diria, que el campo visual tiene un límite, segun la

distancia á que nos hallamos del objeto. Así, cuando fijamos la vista

sobre una pared de mucha extension, no la vemos toda, sino una parte de

ella. Supongamos que en un campo visual hay un objeto de una magnitud

dada, pero que no llena ni con mucho la superficie abarcada por el ojo:

segun el sistema de Condillac, la vision no puede ser diferente, con tal

que el color sea el mismo; de lo cual resultará que la sensacion será

idéntica, ya sea que el objeto ocupe una pequeñísima parte del campo

visual, ya sea que lo ocupe casi todo. Resultará tambien, que si este

campo visual es un gran lienzo blanco por ejemplo de cien varas

cuadradas, y el objeto es un lienzo azul de una vara cuadrada, la

sensacion será la misma que si el lienzo azul fuese de una pulgada ó de

noventa varas cuadradas.

[73.] Estos argumentos que cuando menos en confuso, debian de

ofrecérsele á Condillac, le hacian expresarse con vacilacion, y hasta

con lenguaje contradictorio. Ya lo hemos podido notar en los pasajes

anteriores; pero todavía se ve mas claro en los siguientes. «Nos falta

el término para expresar con exactitud el sentimiento que tiene de sí

misma la estatua modificada por muchos colores á un tiempo; pero al fin

ella conoce que existe de muchas maneras, se percibe en cierto modo

_como un punto colorado mas allá del cual hay otros_ en que ella se

vuelve á encontrar; y bajo este aspecto se puede decir que _se siente

extensa_.» Antes nos habia dicho que el color no le pareceria extenso á

la estatua, hasta que instruida la vista por el tacto, su formasen los

ojos la costumbre de referir la sensacion simple y única, á todos los

puntos de la superficie; á renglon seguido afirma lo contrario como

acabamos de ver; ya la estatua se siente extensa: y el ideólogo no

encuentra otro medio para evitar la contradiccion, sino el de

advertirnos que el sentimiento de la extension seria vago, pues que

careceria de límites. Esta es una contradiccion que ya se ha hecho

palpable mas arriba; ¿de dónde esa carencia de límites? si en un campo

visual de cien varas de superficie blanca, se suponen varias figuras de

diferentes colores, verde, encarnado, la vista percibirá los límites de

aquellas figuras, como es evidente; ¿dónde pues ha descubierto

Condillac esa ilimitacion de que nos habla?

[74.] La observacion de que, aun cuando la sensacion del color

envolviese la de extension, no se seguiria que nos la produjese, á causa

de que nosotros no sacamos de las sensaciones todas las ideas que estas

contienen, sino únicamente las que sabemos notar, aunque muy verdadera,

no conduce á nada en la cuestion presente: no se trata de lo que

nosotros podríamos sacar de la sensacion, sino de lo que hay en ella; y

si Condillac asienta que de la del tacto podemos sacar la idea de

extension ¿con qué derecho podrá negarnos esta facultad con respecto á

la vista, supuesto que la idea de extension se halle contenida en ambas

sensaciones?

Si no me engaño, hay aquí una confesion tácita de la falsedad de su

opinion. La idea de la extension se hallará en la sensacion de la vista,

pero no podremos sacarla; ¿por qué? porque es vaga; mas entonces, ¿quién

quita que el ejercicio, trayendo la comparacion y la reflexion, la haga

precisa? La dificultad está en adquirirla de un modo ú otro; el

perfeccionarla es obra del tiempo.

Es indudable que las primeras sensaciones de la vista no tendrian la

exactitud á que llegan despues de mucho ejercicio; pero lo propio se

verificaria del tacto. Este sentido se perfecciona como todos los

demás, tambien necesita su educacion por decirio así: y los ciegos de

nacimiento que á fuerza de concentracion y de trabajo, llegan á poseerle

con una delicadeza asombrosa, nos ofrecen de esta verdad una prueba

patente.

CAPÍTULO XIII.

EL CIEGO DE CHESELDEN.

[75.] El ciego de Cheselden, de quien nos habla Condillac en

confirmacion de sus opiniones, no presenta ningun fenómeno en que se

puedan apoyar. Era este ciego un jovencito de 13 á 14 años, á quien

Cheselden, distinguido cirujano de Lóndres, hizo la operacion de las

cataratas, primero en un ojo despues en el otro. Antes de la operacion,

alcanzaba á distinguir el dia de la noche; y con mucha luz, hasta

conocia lo blanco, lo negro y lo encarnado. Esta circunstancia es

importante, y sobre ella conviene fijar la atencion. Los fenómenos mas

notables, y que mas relacion tienen con la cuestion que nos ocupa,

fueron los siguientes.

1.º Cuando comenzó á ver, creyó que los objetos tocaban la superficie

exterior de su ojo. Esto parece indicar que la vista por sí sola, no

puede hacernos juzgar de las distancias; pero bien examinada la cosa se

echa de ver que el argumento no es concluyente. Nadie pretenderá que la

vista en el primer momento de su ejercicio, pueda comunicarnos ideas

igualmente claras y exactas, que cuando con la experiencia nos hemos

acostumbrado á comparar sus diferentes impresiones. Lo mismo que en la

vista se verifica en el tacto; un ciego con su larga costumbre de

guiarse por solas las sensaciones del tacto en muchos de sus

movimientos, llega á conocer la posicion y distancias de los objetos con

una precision admirable. Si suponemos un hombre privado del sentido del

tacto, y que le adquiere de repente, tampoco juzgará con acierto de los

objetos de este sentido, sino despues de haberle ejercitado. La

experiencia nos enseña que la perfeccion del tacto recorre una grande

escala: en los ciegos la vemos en su punto mas alto; y es probable que

el mínimum de su perfeccion en los primeros instantes de su ejercicio,

se pareceria mucho al de la vista en el acto de caer las cataratas;

tambien los objetos se presentarian en confuso, sin que el sujeto que

los experimentara, pudiese apreciar bien sus diferencias, antes que la

práctica le hubiese amaestrado en discernir y clasificar.

Con respecto á las distancias es de notar que el ciego de Cheselden, no

solo estaba privado del hábito de conocerlas, sino que le tenia en

contrario. Por lo mismo que no era completamente ciego, la luz que

percibia al través de las cataratas, y que si era muy abundante, hasta

le hacia distinguir entre lo blanco, negro y encarnado, se le presentaba

como pegada al mismo ojo, de lo cual podemos formarnos idea observando

lo que nos acontece cerrando los ojos cuando hay mucha luz. De esto

resulta que al ver, debió de imaginarse que la nueva vision era la misma

que la antecedente, y que por tanto no le sucedia otra cosa que un

simple cambio de objeto. Para apreciar la fuerza de la vista con

respecto á las distancias, mejor hubiera sido un ciego absoluto, porque

no hubiera tenido ningun hábito contrario ni favorable al conocimiento

de las mismas.

2.º Le costó mucho trabajo el concebir que hubiese otros objetos mas

allá de los que él veia; no acertaba á distinguir los límites; todo le

parecia inmenso. Tampoco sabia concebir cómo la casa podia parecerle mas

grande que su gabinete; aun cuando sabia por experiencia que este era

mas pequeño que aquella.

De estos hechos quiere inferir Condillac la confirmacion de su sistema;

yo extraño que sobre datos semejantes se pretenda fundar toda una

filosofía. Someto á la consideracion del lector las observaciones

siguientes.

[76.] Se trata de un niño de 13 á 14 años; falto por consiguiente de

todo espíritu de observacion, y que como es natural, expresaria con el

mayor desórden las impresiones que experimentaba en una situacion tan

singular y tan nueva.

El órgano de la vista ejercitándose por primera vez, debia ser sumamente

débil, y por consiguiente servir de un modo muy incompleto para las

funciones sensitivas. A cada paso experimentamos que haciendo un

tránsito repentino de la oscuridad á la luz, si esta es muy viva, apenas

divisamos los objetos, y lo vemos todo con mucha confusion; ¿qué habia

de suceder al pobre niño que á la edad de 13 años abria los ojos por

primera vez?

Segun refiere el mismo Cheselden, los objetos se le presentaban al ciego

en tal confusion que no los distinguia, fuera cual fuese la forma y la

magnitud. Esto confirma lo que acabo de indicar, á saber, que la

confusion dependia en buena parte, si nó en todo, de que el órgano

producia mal las impresiones; pues que si estas hubieran sido del modo

conveniente, habria distinguido los límites entre diferentes colores; ya

que tratándose de la simple sensacion, ver es distinguir.

Se nos hace notar que no reconocia con la vista los objetos que tenia

conocidos con el tacto: mas esto solo prueba que no habiendo podido

comparar los dos órdenes de sensaciones, no sabia lo que correspondia en

la una á las impresiones de la otra. Por el tacto conoceria los cuerpos

esféricos: pero como ignoraba la impresion que una esfera hacia en el

ojo, claro es que al presentarle una bola que hubiese manoseado mil

veces, no podia ni siquiera sospechar que el objeto visto fuera el mismo

objeto tocado. Esto me conduce á otra observacion que considero muy

importante.

Filosofía Fundamental, Tomo II · 第 4 / 20 段