fenómenos, ya que infinitas veces se ha observado que el uno seguia al
otro; lo que no puede explicarse por una mera casualidad. No siendo pues
el uno causa del otro en el órden interior, debieron tener una
dependencia en el órden exterior: es decir, que en el caso que estoy
examinando, aunque continuó existiendo la causa que producia el uno,
debióse de interrumpir la conexion que esta causa tenia con la que
producia el otro: y así era en efecto; tirando del cordon no venia el
sonido, por la sencilla razon de que habian quitado la campanilla. Esto
se comprende, habiendo causas externas de lo que se llaman sensaciones:
pero si estas se reducen á simples fenómenos internos, no se puede
señalar un motivo razonable.
[29.] Y es de notar que cuando quiero explicarme la falta de la sucesion
de estas sensaciones que antes iban siempre unidas, puedo recurrir á
muchas que son muy diferentes como fenómenos internos, que como tales no
tienen ninguna relacion ni semejanza, y que solo pueden tener algun
enlace en cuanto corresponden á objetos externos. Al buscar por qué no
suena la campanilla, para explicarme la razon de que se haya alterado el
órden regular en mis apariencias, puedo pensar en varias causas, que por
ahora consideraremos tambien como meras apariencias, ó fenómenos
internos: puedo recibir las sensaciones siguientes: el cordon roto, el
cordon enzarzado, la campanilla rota, la campanilla quitada, la
campanilla sin badajuelo; á todas estas sensaciones puedo yo referir la
falta del sonido; y el referirlo á ellas será lo mas irracional del
mundo si las considero como simples hechos internos, pues como
sensaciones en nada se parecen; y solo discurro racionalmente si á cada
una de estas sensaciones le hago corresponder un objeto externo,
bastante por sí solo á interrumpir la conexion del acto de tirar del
cordon, con la vibracion del aire productora del sonido.
[30.] De estas reflexiones se deduce:
1º. Que considerando nuestras sensaciones como fenómenos puramente
internos, se dividen en dos clases muy diferentes: unos que dependen de
nuestra voluntad, otros independientes de ella; unos inconexos entre sí,
ó variables en sus relaciones, á gusto del que los experimenta; otros
sujetos á cierta conexion que nosotros no podemos destruir ni variar.
2º. Que así la existencia como las modificaciones de esta última clase,
provienen de causas que no son nosotros, de causas independientes de
nuestra voluntad, y que están fuera de nosotros. Luego el instinto que
nos impulsa á referir dichas sensaciones á objetos externos, está
confirmado por la razon; luego el testimonio de los sentidos es
admisible en el tribunal de la filosofía, en cuanto nos asegura de la
realidad de los objetos.
Con esto queda demostrada en cierto modo la existencia de los cuerpos,
pues que examinando filosóficamente el concepto de cuerpo, encontramos
en él el de una cosa distinta de nuestro ser, y cuya presencia nos causa
tales ó cuales sensaciones. La esencia íntima de los cuerpos nos es
desconocida; y aun cuando se conociera, esto no serviria de nada para
nuestro propósito, pues no tratamos de la idea que en tal caso se
formaria el filósofo, sino de la que se forman la generalidad de los
hombres.
CAPÍTULO VI.
SI LA CAUSA EXTERNA É INMEDIATA DE LAS SENSACIONES ES UNA CAUSA LIBRE.
[31.] Contra la existencia de los cuerpos, se puede objetar una
dificultad, grave á primera vista, pero que en realidad es muy fútil.
¿Quién sabe, se dirá, si hay alguna causa que produzca en nosotros todos
los fenómenos que experimentamos, sin ser nada parecido á la idea que
nos formamos de un cuerpo? Dios, si quisiese, podria causar en nosotros
una ó muchas sensaciones, sin mediar ningun cuerpo: ¿quién nos asegura
que esto no sucede? ¿quién nos da la certeza de que no puedan hacer lo
mismo otros seres, y por tanto de que no sea una pura ilusion todo
cuanto imaginamos sobre un mundo corpóreo?
[32.] La primera y mas sencilla solucion que se ofrece es que Dios,
siendo infinitamente veraz, no puede engañarnos, ni permitir que otras
criaturas nos engañen constantemente y de una manera para nosotros
irresistible: pero esta solucion, si bien muy fundada, muy razonable y
juiciosa, tiene el inconveniente de recurrir al órden moral para
cimentar el físico, y así no dejará satisfechos completamente á los que
desearian ver demostrada la verdad del testimonio de los sentidos, con
argumentos sacados de la misma naturaleza de las cosas. Yo creo que esto
último se puede conseguir: voy á intentarlo.
[33.] Nuestras sensaciones no provienen _inmediatamente_ de una causa
libre: tanto el ser que las experimenta, como el que las produce, están
sujetos á leyes fijas, á una necesidad. Nos convenceremos de esto si
reflexionamos que poniéndonos bajo ciertas condiciones, no podemos dejar
de experimentar determinada sensacion, y que en faltando dichas
condiciones, nos es imposible experimentarla: lo que prueba que tanto
nosotros como el ser que nos causa la impresion, estamos sometidos á un
órden necesario. Si así no fuese, no seríamos dueños de producir la
sensacion ni aun mediante ciertas condiciones: porque como la causa de
ella no estaria sujeta á una ley, sino á su libre voluntad, sucederia
una y mil veces que la nuestra no estaria de acuerdo con la suya, y por
lo mismo no existiria la impresion que deseábamos.
Sabemos que despues de experimentada la sensacion de tacto con que nos
parece que un cuerpo tupido cubre nuestros ojos, no vemos; y por mas que
queramos no es imposible producir en nosotros la sensacion que llamamos
_ver_; al contrario, en quitándose la sensacion del contacto del cuerpo
tupido, y en hora y lugar correspondientes, nos es imposible dejar de
experimentar la sensacion de ver diferentes objetos; esto prueba que en
esta parte nosotros estamos sometidos á una necesidad; pero tambien
prueba que el ser que nos causa las sensaciones está sujeto á una
necesidad semejante, ya que puesta la condicion de tapar los ojos, una y
mil veces á nuestro capricho, desaparece tambien una y mil veces la
sensacion; y dada la condicion de tenerlos destapados y abiertos en un
lugar iluminado, y de repetir una y mil veces la prueba á nuestro
capricho, una y mil veces se presenta tambien la sensacion: la misma, si
lo dejamos todo en el mismo estado; variada conforme á nuestro gusto, si
variamos de lugar, ó varian los objetos que en él haya.
Luego existen fuera de nosotros un conjunto de seres sometidos á leyes
necesarias, los cuales producen nuestras sensaciones.
[34.] Es tambien de notar que la influencia que ejercen sobre nosotros
no solo no dimana en ellos de eleccion ni espontaneidad, sino que ni aun
se presentan como dotados de actividad propia. El cuadro que está en la
pared me producirias mil veces una misma sensacion, si mil veces fijo la
vista en él; y salvo el deterioro del tiempo, estaria produciendo la
misma por toda la eternidad.
Es evidente además, que dichos seres están sujetos á nuestra accion;
pues aplicándolos de diferentes maneras somos dueños de hacerles
producir impresiones diferentes. Estoy tocando una bola, y la
continuidad de la sensacion de un cuerpo liso, duro y esférico, me
asegura de que es uno mismo el ser que la produce durante cierto tiempo;
y no obstante, en este intervalo, con la vista recibo del mismo objeto
sensaciones muy varias, presentándole á la luz de diferentes maneras.
[35.] La sujecion de estos seres á leyes necesarias, no es precisamente
con respecto á las sensaciones, sino que mas bien es un enlace que
tienen entre sí. La conexion de las impresiones que de ellos recibimos,
es efecto de la dependencia que unos tienen con respecto á otros: de
suerte que para producir una impresion determinada, empleamos muchas
veces un objeto, que no sirve para ello, si se le considera en sí, pero
que nos proporciona lo que deseamos poniendo en accion á otro. El
descorrer una cortinilla nada tiene que ver con un magnífico paisaje; y
sin embargo muchas veces no hacemos mas cuando queremos proporcionarnos
la agradable vista: la relacion á que entonces atendemos no es la de las
sensaciones sino la de sus objetos: la conexion que tienen estos es la
que nos induce á valernos del uno para conseguir el otro.
Luego hay fuera de nosotros un conjunto de seres sometidos á leyes
fijas, tanto con respecto á nuestras sensaciones como entre sí: luego
existe el mundo externo; luego el interno que nos le representa, no es
una pura ilusion.
CAPÍTULO VII.
ANÁLISIS DE LA OBJETIVIDAD DE LAS SENSACIONES.
[36.] El mundo externo, ¿es tal como nosotros nos le figuramos? Estos
seres que nos causan las sensaciones, y que llamamos _cuerpos_, ¿son en
realidad lo que nosotros creemos? Despues de demostrada la existencia de
dichos seres, y su necesaria sujecion á leyes constantes, ¿no podemos
dudar todavía de si hemos demostrado la existencia de los cuerpos?
¿Basta para este objeto, el haber probado que existen seres externos, en
relacion con nosotros y entre sí, por medio de leyes fijas y necesarias,
independientes de ellos y de nosotros?
[37.] Para comprender á fondo esta cuestion, será conveniente
simplificarla, reduciéndola á un solo objeto.
Tengo á mi vista y en mi mano una manzana. Por lo demostrado mas arriba,
estoy cierto de que existe un ser externo, relacionado con otros seres y
con el mio por leyes necesarias; estoy cierto que de él me vienen
diferentes impresiones: veo su color, figura y tamaño; percibo su olor,
experimento su sabor; siento en la mano su magnitud, su peso, su figura,
sus concavidades y convexidades, y oigo tambien el leve ruido que
despide cuando la manoteo.
La idea de cuerpo es una idea compuesta; por manera que la de la manzana
será: la de una cosa externa, extensa, colorada, olorosa y sabrosa.
Siempre que se reunan estas circunstancias, esto es, siempre que yo
reciba de un objeto las mismas impresiones, diré que tengo á la vista
una manzana.
[38.] Examinemos ahora hasta qué punto corresponde el objeto á las
sensaciones que nos causa.
¿Qué entendemos significar cuando decimos que es una cosa sabrosa? Nada
mas sino que nos produce en el paladar una impresion agradable: lo
propio se verifica con respecto al olfato. Luego las dos palabras
olorosa y sabrosa, solo expresan la _causalidad_ de estas sensaciones,
residente en el objeto externo. Tocante al color, se puede afirmar lo
mismo; porque si bien comunmente transferimos la sensacion al objeto y
nos ponemos en cierta contradiccion con la teoría filosófica del color y
de la luz, esta contradiccion no es mas que aparente; pues en el fondo,
bien examinado el juicio, solo consiste en referir la impresion á
objetos determinados; por manera que cuando por primera vez oimos en las
cátedras de física que los colores no están en el objeto, fácilmente nos
acostumbramos á conciliar la teoría filosófica con la impresion del
sentido; pues al fin esa teoría no altera la verdad de que tales ó
cuales impresiones nos vienen de estos ó aquellos puntos de los
diferentes objetos.
[39.] En esta parte, no es difícil explicar los fenómenos de las
sensaciones, ni la correspondencia de ellas con los objetos externos;
porque para salvar esta correspondencia basta que ellos sean realmente
la causa (ú ocasion) de las mismas. No es tan fácil la tarea en lo
tocante á la extension; pues esta propiedad es como la base de todas las
otras sensibles: y prescindiendo de si constituye ó nó la esencia de los
cuerpos, lo cierto es que nosotros no concebimos cuerpo donde no hay
extension.
[40.] Se palpará la diferencia que va de la extension á las demás
calidades sensibles con la observacion siguiente. Cuando no hemos
pensado jamás en la relacion de los objetos externos con nuestras
sensaciones, tenemos no sé qué confusion sobre estos puntos; y el color,
el olor, el sabor y hasta el sonido, los transferimos en cierto modo á
los mismos objetos, considerando confusamente estas cosas como calidades
inherentes á ellos. Así el niño y el rústico creen que el color verde
está realmente en las hojas, que el olor está en la rosa, el sonido en
la campana, el sabor en la fruta. Pero es fácil de notar que este es un
juicio confuso de que no se dan cuenta á sí mismos con toda claridad;
juicio que puede ser alterado y aun destruido, sin destruir ni alterar
el conjunto de las relaciones de nuestros sentidos con los objetos. Así,
aun en edad muy tierna, nos acostumbramos con facilidad á referir el
color á la luz, y hasta á no fijarle en esta definitivamente, sino á
mirarle como una impresion producida en nuestro sentido por la accion de
este agente misterioso. El olor tampoco nos cuesta trabajo considerarle
como una sensacion dimanada de la accion de los efluvios de un cuerpo
sobre el órgano del olfato; así como el sonido dejamos de considerarle
cual una cosa inherente al cuerpo sonoro, y no vemos en él mas que la
impresion causada en el sentido por la vibracion del aire, conmovido á
su vez por la vibracion del cuerpo sonoro.
Estas consideraciones filosóficas que á primera vista nos parecian estar
en contradiccion con nuestro juicio, no alteran para nosotros el mundo
externo; no causan un trastorno en las ideas que nos formamos de él;
solo nos hacen fijar mas la atencion en algunas relaciones que
deslindábamos mal; y no nos permiten atribuir á los objetos, mas de lo
que tienen en realidad. Nos hacen limitar el testimonio de los sentidos
á la esfera que les pertenece, rectifican en algun modo los juicios que
habíamos formado; pero el mundo continúa siendo el mismo que antes; solo
que los encantos de la naturaleza, los hemos encontrado en mas íntima
relacion con nuestro ser, notando que en ellos tienen mas parte nuestra
organizacion y nuestra alma de lo que nos habíamos imaginado.
[41.] Pero destruyamos la extension, quitemos á los objetos externos
esta calidad, finjamos que ella no es mas que una simple sensacion, sin
que sepamos otra cosa sino que hay un objeto que nos la causa, y desde
entonces, el mundo corpóreo desaparece. Todo el sistema del universo se
reducirá á un conjunto de seres que nos causan diferentes impresiones;
pero quitada la extension ya no nos formamos idea del cuerpo, ya no
sabemos si todo lo que hemos pensado sobre el mundo es algo mas que una
pura ilusion. Yo me resigno fácilmente á deshacerme de lo que creia en
mi infancia de que el color que veo en mi mano esté en ella, de que el
ruido que hace al chocar con la otra esté en ella; pero no puedo de
ningun modo privarla de la extension; no puedo imaginar que la distancia
de la palma al extremo de los dedos no sea mas que una pura sensacion,
de que solo haya un ser que me la cause, sin saber si en la realidad
esta distancia existe. A la fruta que encuentro sabrosa, le quito sin
mucho trabajo los honores del sabor; y considerándola filosóficamente,
no tengo inconveniente en admitir que en ella no hay nada semejante á
este sabor, y sí tan solo, que está compuesta de tal suerte que afecta
el órgano del paladar de la manera conveniente para que yo reciba la
sensacion agradable; pero no puedo quitar á la fruta su extension, no
puedo de ningun modo considerarla como una cosa indivisible; no me es
dable mirar las distancias de uno á otro punto de ella como meras
sensaciones. Cuando me esfuerzo por contemplar como indivisible en sí el
objeto sabroso, me esfuerzo en vano; y si por un momento me parece que
llego á vencer el instinto de la naturaleza, todo se me trastorna: con
el mismo derecho que hago de la fruta una cosa indivisible lo hago del
universo; y el universo indivisible no es para mí el universo; mi
inteligencia se confunde, todo se aniquila al rededor de mí: sufro algo
mas que la vista del caos; el caos se me presenta al menos como alguna
cosa, bien que con horrible confusion de elementos en espantosas
tinieblas; pero ahora sufro algo mas, pues el universo corpóreo, tal
como le habia concebido, vuelve á la nada.
CAPÍTULO VIII.
Sensacion de la Extension.
[42.] Dos sentidos perciben la extension; la vista y el tacto; el olor,
el sabor, el sonido, andan acompañados de la extension, pero son cosa
muy diferente. La vista no percibe nada que no sea extenso; la extension
es de todo punto inseparable de dicha sensacion. Embebidos en una
deliciosa armonía de muchos instrumentos, podremos saborearnos en la
percepcion de los sonidos hasta olvidarnos de la extension de los
instrumentos, del aire, y de nuestros órganos: pero al contemplar un
cuadro, aun en medio del entusiasmo mas ardiente, no puede desaparecer
la extension. Si de la _transfiguracion_ de Rafael quitamos la
extension, la maravilla desaparece; porque en la esencia de ella, aun
considerándola como simple fenómeno de nuestra alma, entran por
necesidad la continuidad y las distancias.
Lo propio se verifica con respecto al tacto, bien que nó con tanta
generalidad. La dureza ó la blandura, la aspereza ó la lisura, la
angulosidad ó la rotundidad traen consigo la extension: pero no puede
negarse que hay ciertas impresiones de tacto, en las que no es tan claro
que vayan acompañadas de ella. El agudo dolor de una punzada, y otros
que se sienten sin causa exterior conocida, no se refieren con tanta
claridad á la extension, y parecen tener algo de aquella simplicidad que
distingue las impresiones que nos llegan por el conducto de otros
sentidos.
Como quiera, es cierto que el percibir la extension pertenece de una
manera particular á la vista y al tacto.
[43.] Para formarnos ideas claras sobre la extension en sus relaciones
con la sensacion, la analizaremos con algun detenimiento.
En primer lugar es digno de notarse que la extension envuelve
multiplicidad; un ser extenso es por necesidad un conjunto de seres:
estos se hallarán mas ó menos unidos entre sí, por medio de un vínculo
que los hará formar un todo: pero esto no quita que ellos no sean
muchos. Un hermoso cuadro donde domina la unidad de pensamiento del
artista, no deja de ser un compuesto de muchas partes; el vínculo
_moral_ que las une, no las identifica; solo las enlaza, las ordena, las
hace concurrir á un fin. La firmísima adhesion que entre sí tienen las
moléculas de que está formado el diamante, no hace que estas moléculas
no sean distintas: el vínculo material las une, no las identifica.
Sin multiplicidad pues, no hay extension; donde hay extension, no hay
un ser solo, en todo el rigor de la palabra, sino muchos.
[44.] Pero la multiplicidad no constituye la extension, porque puede
existir la primera sin la segunda. La multiplicidad de sonidos no forma
la extension, la multiplicidad de sabores ni de olores tampoco: nosotros
concebimos multiplicidad de seres de diferentes órdenes así en el mundo
material, como en el moral y en el intelectual, sin que se envuelva en
esa multiplicidad la idea de extension. Aun limitándonos al órden
puramente matemático, encontramos multiplicidad sin extension en las
cantidades aritméticas y algebráicas. Luego la multiplicidad, si bien es
necesaria para constituir la extension, no basta ella sola para
constituirla.
Reflexionando sobre la especie de multiplicidad requerida para formar la
extension, notaremos que ha de andar acompañada de la continuidad. Las
sensaciones así de vista como de tacto, envuelven la continuidad: pues
ni me es posible ver ni tocar, sin que reciba la impresion de objetos
continuos, inmediatos los unos á los otros, coexistentes en su duracion
y que á un mismo tiempo se me ofrecen como continuados unos con otros en
el espacio. Sin esta continuidad, la multiplicidad no constituye la
extension. Así por ejemplo, si tomo cuatro ó mas puntos en el papel en
que escribo, y por una abstraccion los considero indivisibles, esta
multiplicidad no me constituye la extension: necesito unirlos por medio
de líneas, cuando menos imaginarias; y á falta de continuidad del cuerpo
en que los suponia situados, me será preciso valerme de la continuidad
del espacio: es decir, mirar este espacio como un conjunto de puntos,
cuya continuacion enlaza los primeros. Por mas esfuerzos que haga no me
será posible considerar como extension un conjunto de puntos
indivisibles no continuos, ni unidos por líneas: aquel conjunto será
para mí como si fuera de otros seres, que nada tuviesen que ver con la
extension. Y es digno de notarse, que si les doy un lugar determinado en
el espacio, es tambien enlazándolos por medio de líneas imaginarias con
otros puntos: pues nó de otra manera puedo concebir distancias, ni
situacion en el espacio. Que si de todo esto quisiese prescindir,
entonces ó paso á la nada intelectual, es decir aniquilo toda idea del
objeto, ó me traslado á otro órden de seres que ninguna relacion tengan
ni con la extension ni con el espacio. Habré dejado la materia y las
sensaciones, y me habré remontado á la region de los espíritus.
[45.] Luego la multiplicidad y la continuidad son necesarias para
constituir la extension. ¿Y bastan estas dos condiciones? creo que sí;
pues donde ellas existen, existe la extension: con ellas dos solas,
enteramente solas, nos formamos la idea de la extension. El objeto de la
geometría es la extension; y en ella solo entran multiplicidad y
continuidad. Las líneas, las superficies, los volúmenes, tales como son
objeto de la geometría, prescinden de todo lo que no sea esa
continuidad, mirada en su mayor abstraccion. Por esto le basta el
espacio vacío; ó mejor se diria, que por esto exige el espacio vacío;
pues que cuando hace la aplicacion á los cuerpos, no encuentra toda la
exactitud que hallaba en la continuidad en abstracto.
[46.] Si la multiplicidad y la continuidad en el espacio constituyen la
extension, esta existe realmente en los objetos que nos causan las
sensaciones. Ya he demostrado que á estas les corresponden objetos
externos, fundándome en la relacion misma de los fenómenos entre sí, y
con las causas que los producen: es así que esta relacion existe tambien
con respecto á la multiplicidad y á la continuidad, luego estas dos
propiedades se hallan realmente en la naturaleza. Las impresiones que
recibimos por la vista y el tacto, aun limitándonos á un solo objeto,
son múltiplas y por tanto corresponden á muchos objetos; son continuas y
por lo mismo corresponden á objetos continuos.
Aclararé algo mas esta razon. Mi vista fijada sobre un cuadro recibe una
impresion que le viene de muchos puntos diferentes; siendo de notar que
esta impresion resulta sin interrupcion en toda la superficie que se me
ofrece. Si como llevo demostrado, la vista de un punto externo me basta
para convencerme de su existencia, la de muchos me bastará para estar
seguro de la de muchos; y la continuidad de la impresion me cerciora
tambien de la continuidad de los puntos imprimentes.
Si toco un objeto visto, el tacto me confirma el testimonio en la parte
que á él le corresponde, es decir la multiplicidad y la continuidad.
Experimento la misma sucesion continuada de sensaciones, lo que me
indica la existencia y la continuidad de los objetos que las causan.
[47.] En resúmen: la extension supone la coexistencia de muchos objetos,
pero de tal suerte que estén unos á continuacion de otros; de ambas
cosas nos aseguran las sensaciones: luego el testimonio de los sentidos
basta para estar ciertos de que hay objetos extensos, y pueden
producirnos varias impresiones. Estas ideas contienen cuanto encerramos
en la idea de cuerpo: luego el testimonio de los sentidos nos cerciora
de la existencia de los cuerpos.
CAPÍTULO IX.
OBJETIVIDAD DE LA SENSACION DE EXTENSION.
[48.] Probado ya que el testimonio de los sentidos es suficiente para
asegurarnos de la existencia de los cuerpos, veamos hasta qué punto son
exactas las ideas que de los mismos nos hace formar. No basta saber que
podemos estar seguros de la existencia de la extension, es preciso
investigar si ella es en realidad tal cual nos la presentan los
sentidos; y lo que digo de la extension puede aplicarse á las demás
propiedades de los cuerpos.