¿Para qué servirian? no lo sé; pero es lícito conjeturar que

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FILOSOFÍA FUNDAMENTAL

por

D. JAIME BALMES, PRESBÍTERO

TOMO II.

Barcelona: IMPRENTA DE A. BRUSI. 1818.

LIBRO SEGUNDO.

DE LAS SENSACIONES.

CAPÍTULO I.

LA SENSACION EN SÍ MISMA.

[1.] La sensacion, considerada en sí, es una mera afeccion interior;

pero va casi siempre acompañada de un juicio mas ó menos explícito, mas

ó menos notado por el mismo que siente y juzga.

Veo dos molduras á una distancia conveniente: no descubro entre ellas

ninguna diferencia. Aquí hay dos cosas.

1ª. Esa afeccion interior, ó apellídese como se quiera, que llamamos

_ver_. En cuanto á esto, no me cabe ni puede caberme duda. Podré estar

dispierto ó dormido, en sano juicio, ó demente; podrán ser las molduras

semejantes ó desemejantes, y hasta existir ó no existir; pero en

cualquiera de dichas suposiciones, dentro de mí pasa esta representacion

que llamo _ver las molduras_.

2ª. Juzgo que en realidad, á mas de la afeccion que experimento,

existen las dos molduras, están colocadas en frente de mí, y son ambas

de relieve. En esto cabe error: por ejemplo, si duermo, si deliro; si en

vez de tenerlas delante, las tengo á la espalda, y me hace ilusion un

espejo que me las refleja; si no hay mas que un papel colocado detras de

un vidrio cuya construccion es á propósito para que reciba mi retina la

misma impresion que con la presencia del objeto; ó si no habiendo

ninguna de dichas ilusiones, un pintor hábil ha dado al lienzo la misma

apariencia que si fueran de relieve; ó siendo la una de perspectiva, no

lo es la otra.

De esto se infiere que existiendo el mismo hecho interno que se llama

_sensacion_, pueden suceder los casos siguientes.

1º. Que no haya nada en lo exterior.

2º. Que haya las molduras, pero colocadas en distinta posicion.

3º. Que haya un objeto exterior, pero nó las molduras.

4º. Que estas existan, pero que sean ambas planas, ó una de relieve y

otra plana.

Este resultado conduce á una consecuencia evidente y es, que la _simple_

sensacion no tiene una relacion necesaria con el objeto externo; pues

ella puede existir, y existe en efecto muchas veces, sin objeto real.

Esta correspondencia entre lo interno y lo externo es de la incumbencia

del juicio que acompaña á la sensacion, nó de la sensacion misma.

Si los brutos objetivan las sensaciones, como es muy probable, el

instinto suplirá en ellos el juicio; ó se hallarán en el mismo caso que

el hombre antes del uso de las facultades intelectuales.

La sensacion pues, considerada en sí, no atestigua: es un hecho que pasa

en nuestra alma: si efectivamente ha habido accion de un objeto externo

sobre nuestros órganos, y si este objeto es tal como parece, no le toca

el discernirlo á ella que es una afeccion de nuestro ser, un hecho

simple, nada mas.

[2.] Figurémonos un animal reducido al solo sentido del tacto, y aun

este, nó desarrollado como en nosotros, sino circunscrito á pocas y

groseras afecciones, como las de caliente ó frio, húmedo ó seco, y

comparémosle con la sensibilidad humana: ¡qué inmensa distancia! la

sensibilidad en dicho animal, está en los confines de lo insensible; y

en el hombre se acerca ya á la region de la inteligencia; su

representacion sensible, es tan extensa y variada, que reproduce en lo

interior todo un mundo, y podria reproducir otros infinitos. Nosotros

nos hallamos en el grado mas alto de la escala, al menos en lo sujeto á

nuestra observacion: ¿quién es capaz de señalar el mas elevado posible?

[3.] Por desplegada ó perfecta que se suponga la sensibilidad, dista

mucho de la inteligencia, y permanece siempre separada de la misma, como

de una facultad de especie diferente. Por cuya razon, aun cuando

supongamos que las facultades sensitivas sean capaces de una

perfectibilidad indefinida, no se infiere de esto que pudiesen elevarse

jamás á la esfera de la inteligencia propiamente dicha. Esta

perfectibilidad seria en un órden diverso, que nunca podria confundirse

con el de los seres intelectuales. Si suponemos que un color se

perfecciona hasta lo infinito, jamás llegará á ser un sonido, ó un sabor

ó un olor, y vice-versa; ¿por qué? porque la perfectibilidad está

circunscrita al órden respectivo; de la propia suerte, y con mas razon,

por mas que la facultad sensitiva se perfeccionase, jamás llegaria á ser

inteligencia.

Esta observacion es importante para prevenir uno de los errores mas

funestos de nuestra época, que consiste en mirar el universo, como el

resultado de una fuerza misteriosa, que desplegándose con un movimiento

espontáneo, pero necesario y continuo, va engendrando los seres y

elevando sucesivamente las especies con una perenne transformacion. Así,

la mayor perfeccion del organismo vegetal produciria las facultades

animales; estas, perfeccionándose, se convertirian en sensitivas; y á

medida que irian progresando en el órden de las sensaciones, se

acercarian á la region de la inteligencia, que al fin podrian alcanzar.

Con este sistema tiene no poca analogía el que hace del pensamiento una

sensacion transformada: con él queda borrada la línea divisoria entre

los seres inteligentes y los no inteligentes; las sensaciones de la

ostra podrian irse perfeccionando hasta convertirse en una inteligencia

superior á la de Bossuet ó Leibnitz; el desarrollo de las facultades del

hombre estatua, seria un emblema del desarrollo del universo.

[4.] Ya se ha podido notar que al presente hablo de la facultad

sensitiva en sí misma, prescindiendo de sus relaciones con los objetos

externos: y por lo mismo comprendo en la palabra _sensacion_, todas las

afecciones de los sentidos, ya sean actualmente producidas, ya

recordadas, ya imaginadas, es decir todas las afecciones, en toda la

extension de la escala, desde que hay conciencia directa de las mismas,

ó están presentes al ser que las experimenta, hasta que se llega al

límite en que comienza la inteligencia propiamente dicha.

No es posible tirar aquí la línea divisoria entre lo sensible y lo

inteligente; esto exige extensas y profundas consideraciones sobre la

sensacion comparada con la idea; lo que no corresponde á este lugar:

pero bueno será haber señalado la existencia de esta línea para que no

haya confusion en una materia delicadísima, y en la que no se yerra sin

consecuencias trascendentales.

[5.] ¿En qué consiste la sensacion? ¿cuál es su naturaleza íntima? Solo

sabemos que es una modificacion de nuestro ser, y nos es imposible

explicarla. Todas las palabras no bastan para dar idea de una sensacion

á quien no la experimenta; el ciego de nacimiento estaria oyendo cuanto

han dicho y escrito los filósofos sobre la luz y los colores, sin poder

imaginarse lo que son los colores y la luz.

En esto no cabe otra enseñanza que la experiencia; de suerte que si

suponemos un hombre con una alteracion de sentido tal que lo verde le

parezca constantemente amarillo, y lo amarillo verde, no saldrá jamás de

su equivocacion á pesar de un continuo trato con los demás hombres; y no

llegará nunca á sospechar que durante toda su vida ha estado empleando

las dos palabras, verde y amarillo, tomándolas en sentido diferente del

que les daban los otros.

[6.] Por analogía, y hasta por inclinacion natural, creemos que los

brutos no son meras máquinas, y que tienen tambien sensaciones. La

inmensa escala en que se hallan distribuidos los irracionales,

manifiesta que la facultad de sentir está esparcida por el universo con

una profusion asombrosa, y en grados muy diferentes.

Nuestra experiencia se limita al globo que habitamos: ¿los límites de la

vida sensitiva, son los mismos que los de nuestra experiencia? Aun con

respecto al globo, la observacion está circunscrita á lo que permite la

imperfeccion de nuestros sentidos y de los instrumentos auxiliares:

¿hasta qué punto se prolonga la cadena de la vida? ¿dónde está el

término? En los seres que tenemos por inanimados, ¿hay alguna

participacion de esa facultad misteriosa? ¿Se compondrá el universo de

un conjunto de mónadas dotadas de cierta percepcion, como pretende

Leibnitz? Esto es una hipótesis destituida de fundamento; pero siendo

tan limitados nuestros medios de observacion, andemos con mesura al

señalar un linde á la region de la vida.

[7.] Comunmente se habla de la facultad de sentir cual de una cosa de un

órden muy inferior; así es en efecto, si se la compara con las

facultades intelectuales; pero esto no quita que considerada en sí, sea

un fenómeno admirable, capaz de asombrar y confundir á quien medite

sobre él.

Sentir!... con esta sola idea se da un salto inmenso en la escala de los

seres. ¿Qué es lo insensible comparado con lo sensible? Lo insensible

es, mas no experimenta que sea; nada hay en él, sino él mismo; lo

sensible experimenta que es, y hay en él algo mas que él mismo, todo

cuanto él siente, todo cuanto se representa en él. Lo insensible, aun

rodeado de seres, está en completo aislamiento, en la soledad; lo

sensible, aun solo, puede estar en un mundo de representaciones de

variedad infinita.

[8.] La idea del _yo_ es aplicable en cierto modo á todo ser sensitivo;

pues no se concibe la sensacion, sin un ser _permanente_, que

experimenta lo _transitorio_; es decir sin un ser _uno_, en medio de la

_multiplicidad_. Todo ser sensible, si fuese capaz de reflexion, podria

á su manera decir, _yo_; porque de todos se verifica que es _uno mismo_

el ser que experimenta la _variedad_ de sensaciones. Sin este vínculo,

sin esa unidad, no hay un ser sensible, sino _sucesion_ de sensaciones,

como fenómenos inconexos del todo.

[9.] No hay sensacion sin conciencia directa; pues que no siendo esta

otra cosa que la misma presencia del fenómeno al ser que lo experimenta,

seria contradictorio el decir que se siente sin conciencia. Una

sensacion experimentada es una sensacion presente; no se concibe, es un

absurdo, una sensacion no presente, es decir no sentida (V. Lib. 1. §.

226.)

[10.] Toda sensacion trae consigo presencia, ó sea conciencia directa,

mas nó representacion. Esta es una distincion que me parece de

importancia. Las sensaciones del olfato, del sabor, del oido, no son

representativas: son inmanentes en sí y en su objeto: esto es que un ser

que las experimentase, podria creerse encerrado dentro de sí propio, y

en una soledad absoluta, sin relacion con otros seres; pero el tacto y

sobre todo la vista, son de suyo representativos, envuelven relacion á

objetos; y aunque el ejercicio de ellos sea inmanente, incluyen no

obstante, alguna relacion á otros seres, y nó como á simples _causas_ de

la afeccion interna, sino como á _originales_ representados en la

sensacion.

La clase de seres sensibles dotados de facultad representativa, parece

de un órden muy superior á los demás; entonces hay no solo conciencia

en el ser, sino tambien una fuerza misteriosa por la cual ve dentro de

sí un mundo entero.

[11.] ¿Cuál es el grado mas perfecto de la vida sensitiva? ¿Cuál el mas

imperfecto? No pudiendo juzgar de estas cosas sino por experiencia y por

analogía, nada se puede responder á dichas cuestiones. Pero atendida la

inmensidad de la escala que la experiencia nos pone á la vista, podemos

conjeturar que la naturaleza es mucho mas rica de lo que nosotros nos

imaginamos. Dejémosle sus profundos arcanos, y contentémonos con

sospechar que existen.

CAPÍTULO II.

LA MATERIA NO PUEDE SENTIR.

[12.] El fenómeno de la sensibilidad nos revela la existencia de un

órden de seres distintos de la materia. La organizacion material por

perfecta que se la suponga, no puede elevarse á la sensacion; la materia

es de todo punto incapaz de sentir; por manera que el absurdo sistema

del materialismo es insuficiente para explicar no solo los fenómenos de

la inteligencia, sino tambien los de la sensacion.

Poco importa que nosotros no sepamos en qué consiste la naturaleza

íntima del ser sensible, ni aun de la materia; bástanos conocer

propiedades que les son esenciales para poder inferir con toda

seguridad, que pertenecen á órdenes totalmente distintos. No es verdad

que sea necesaria la idea cabal de la esencia de dos cosas, para

demostrar que tienen entre sí absoluta contradiccion; mil veces

consideramos dos figuras geométricas cuya propiedad constitutiva nos es

desconocida, y sin embargo no dejamos de ver que son muy diferentes, y

que es imposible que la una sea la otra.

La materia, opínese como se quiera sobre su propiedad constitutiva, es

por necesidad un ser compuesto: una materia sin partes, no es materia.

Un ser compuesto, aunque pueda decirse _uno_, en cuanto sus partes

tienen entre sí union y conspiran á un mismo fin, es siempre un conjunto

de muchos seres; pues que las partes, por estar unidas, no dejan de ser

distintas. Si la sensacion perteneciese á un ser compuesto, lo sensible

no seria un ser solo, sino un conjunto de seres; es así que la sensacion

pertenece esencialmente á un ser _uno_, y no se la puede dividir sin

destruirla, luego ningun ser compuesto es capaz de sensacion; luego la

materia, por mas bien organizada que se la suponga, no puede sentir.

Observando lo que sucede en nosotros, y discurriendo por analogía con

respecto á otros seres sensibles, podemos notar que entre la variedad de

sensaciones hay un ser solo que las percibe; el mismo ser es el que

oye, el que ve, el que toca, el que huele, el que saborea; el mismo ser

es el que recuerda estas sensaciones cuando han desaparecido, el que las

busca cuando le son agradables, el que las huye si le son ingratas, el

que goza con las primeras, el que sufre con las segundas; esto entra en

la idea de ser sensible; por manera que si en los brutos no hubiese ese

sujeto _comun_ de todas las sensaciones, _uno_ en medio de la

multiplicidad, _idéntico_ entre la diversidad, _permanente_ debajo de la

sucesion, no serian seres sensibles tales como nosotros los concebimos,

no sentirian propiamente hablando, pues que no hay sensacion tal como

aquí la entendemos, cuando no hay un ser al cual afecta, un ser que la

percibe.

Si fingimos un flujo y reflujo de sensaciones sin ningun vínculo, sin un

ser único que las experimente, lo que nos resulta no es un ser sensible,

sino un conjunto de fenómenos, de los cuales cada uno por sí solo nos

presenta la misma dificultad que todos reunidos; es decir, la necesidad

de un ser que le experimente.

[13.] Tomemos un compuesto de dos partes, A y B, y veamos si se puede

lograr la sensacion de un sonido por ejemplo. Si ambas partes sienten, ó

ambas sienten todo el sonido, ó cada cual una porcion de él; si ambas le

sienten por entero, una de ellas está de sobras, pues que no tratamos

mas que de explicar la realizacion del fenómeno, que ya se verificaria

con una sola. Si cada parte siente, nó el sonido por entero, sino una

porcion de él, tenemos el sonido dividido. ¿Y qué es la division de un

sonido?

Además, aun hecha la imaginaria division de sonido, tampoco nos resulta

explicado el fenómeno; porque la parte del sonido sentida por A, no será

sentida por B; luego jamás podrá resultar una sensacion completa.

¿Fingirémos que A y B se ponen en relacion, comunicándose recíprocamente

la parte que les corresponde? pero en tal caso tendremos que A siente

todo lo suyo, y además lo que la comunica B; entonces, ¿á qué viene la B

si A lo siente todo? ¿por qué no poner toda la sensacion primitiva en A?

Salta á los ojos que dicha comunicacion es una hipótesis disparatada,

pues que con ella resultaria que para formar la sensacion total seria

indispensable una sucesiva comunicacion de las partes entre sí, y que

cada una sintiese lo propio y lo que la transmitiesen las demás,

formándose de este modo, nó una sensacion sola, sino cuantas partes

hubiese, y resultando nó un ser sensible solo, sino en número igual al

de las partes.

Esta hipótesis de la comunicacion al fin viene á parar á la admision de

nuestro sistema: pues que reconoce la necesidad de la unidad para

constituir la sensacion. ¿Por qué se comunicarian las partes lo que

respectivamente hubiesen sentido? porque nó de otro modo podria

constituirse la sensacion total, y de esta suerte se haria recibir á

cada parte lo que de sí misma no tenia. ¿Y con qué objeto? para que

cada una lo sintiese todo; luego la sensacion necesita estar toda en un

solo sujeto; luego al paso que se niega la unidad, se la reconoce

necesaria.

[14.] Estas partes A y B, ó serian simples ó nó; si fueran simples, ¿á

qué empeñarse en sostener el materialismo, si al fin se habia de llegar

á seres simples? Decir que la sensacion es un efecto de la organizacion,

y sin embargo ponerla en un ser simple, es una contradiccion manifiesta;

porque lo simple no puede estar organizado; no hay organizacion cuando

no hay partes organizadas. Si se admite el ser simple, y en él se pone

la sensacion, entonces la organizacion será, si se quiere, un medio, un

conducto, ó una condicion indispensable para la realizacion del

fenómeno; pero no será ella el sujeto de este, sino el ser simple. Si

las partes no son simples, estarán compuestas de otras; en cuyo caso se

podrá preguntar de ellas, lo mismo que de las primeras; habiéndose de

llegar á seres simples ó proceder hasta lo infinito. Si se admite este

proceso, el ser sensible no será uno solo, sino infinitos, y las

dificultades que teníamos con solas dos partes A y B, se multiplicarán

hasta lo infinito, resultando en cada ser sensible, nó uno sino

infinitos, y en cada sensacion nó una sino infinitas.

[15.] Surge aquí una dificultad gravísima. Si la materia es incapaz de

sentir, el alma de los brutos no es materia, si es inmaterial, es

espíritu, lo que no se puede admitir.

Esta dificultad se desvanece fijando bien el sentido de las palabras. No

es lo mismo un ser inmaterial que un espíritu; todo espíritu es

inmaterial: pero nó todo ser inmaterial es espíritu. Inmaterial,

significa negacion de la materia; espíritu significa algo mas: pues que

por esta palabra entendemos un ser simple dotado de inteligencia y de

libre albedrio. El alma de los brutos será pues inmaterial sin que sea

espíritu.

Dicen algunos: lo que no es cuerpo es espíritu, no hay medio entre estas

dos clases de seres. ¿Por qué? ¿En qué se funda tamaña seguridad? Si se

dijese que no hay medio entre lo material é inmaterial, se diria bien;

porque efectivamente no hay medio entre el sí y el nó; cualquier cosa es

ó no es; pero en la idea de espíritu entra mucho mas que simple negacion

de materia; entra la idea de un principio activo, inteligente y libre.

[16.] Pero entonces, se dirá, ¿en qué consiste la naturaleza del alma

del bruto? y yo preguntaré, ¿en qué consiste la naturaleza de la mayor

parte de las cosas que se nos ofrecen? Esta naturaleza, ¿la conocemos en

sí ó en sus actos? Nuestra misma alma, ¿la vemos acaso intuitivamente?

¿por ventura no la conocemos por los actos de que tenemos conciencia?

pues bien; de un modo semejante conocemos el alma sensitiva por sus

actos, esto es, por el sentir; conocemos que no es materia, porque la

materia es incapaz de sensacion; y á la manera que de nuestra alma

sabemos que es un ser simple, principio activo dotado de inteligencia y

libertad, podremos decir que el alma de los brutos es un ser simple

dotado de la facultad de sentir y de instintos y apetitos en el órden

sensible.

Yo no sé lo que es este principio activo considerado en sí; pero sus

actos me le revelan como una fuerza superior á los cuerpos; como una de

tantas actividades que vivifican la naturaleza. Esa fuerza vivificante

la encuentro en una porcion de materia admirablemente organizada, y cuya

organizacion conspira á un fin que es el ejercicio armónico de las

facultades de ese viviente que llamamos animal; el no saber lo que es

esa fuerza en sí misma, no me impide el afirmar su existencia, ya que

los fenómenos me la revelan de una manera incontestable.

[17.] ¿Cuál será entonces el destino de esas almas ó de esas fuerzas

vitales, en destruyéndose la organizacion que ellas vivifican? ¿Se

reducirán á la nada ya que no pueden descomponerse por no constar de

partes? ¿continuarán existiendo, esperando que les toque el turno de

presidir á una nueva organizacion? Aquí hay varias cuestiones que es

bueno deslindar para examinarlas luego por separado.

Si el alma de los brutos no consta de partes, no puede perecer por

desorganizacion; no se desorganiza lo que no está organizado, y no lo

está lo que no tiene partes organizables.

De esto se infiere que el alma de los brutos no puede perecer por

corrupcion propiamente dicha, pues que así se ha de verificar de todo

ser que no esté compuesto de materia. No veo que bajo este aspecto pueda

ofrecerse ninguna dificultad; pero la cuestion no está resuelta sino en

su parte negativa, pues hasta aquí solo sabemos que el alma de los

brutos no se corrompe ó no muere por descomposicion; fáltanos saber qué

se hace de ella; ¿se anonada? ¿continúa existiendo? y en tal caso, ¿de

qué manera? Estas son cuestiones diferentes.

Ante todo conviene advertir que aquí caben conjeturas, mas bien sobre la

posibilidad que sobre la realidad; la filosofía puede hacernos columbrar

lo que puede haber, mas nó lo que hay; pues la realidad no puede sernos

conocida sin la experiencia, y esta nos falta en el caso presente. En

buena filosofía, cuando se pregunta lo que hay en este punto, la mejor

respuesta es: no lo sé; cuando se pregunta qué es lo que puede haber,

entonces entra el raciocinio fundado en los principios generales, y muy

particularmente en la analogía.

[18.] Suele decirse que nada se aniquila; esta proposicion ha menester

explicaciones. ¿Qué significa aniquilarse? dejar de ser, sin que reste

nada de lo que antes habia; si se desorganiza un cuerpo, deja de ser

como cuerpo organizado, pero la materia resta; no hay pues

aniquilamiento. ¿Es verdad que nada se aniquila? Segun algunos, es

preciso distinguir entre sustancias y accidentes; como estos últimos son

una especie de seres incompletos, no hay inconveniente en que dejen de

ser sin que reste nada de ellos, pero en esa desaparicion no habrá

aniquilamiento propiamente dicho: así vemos que las cosas se transforman

continuamente, es decir, que padecen una sucesion de accidentes, los

cuales dejan de existir cuando la cosa deja de ser modificada de la

manera respectiva. En cuanto á las sustancias, si dejasen de ser habria

verdadero aniquilamiento; pero esto no se verifica porque ninguna

sustancia se aniquila. Así piensan algunos; ignoro lo que hay de verdad

en este sistema, pues no sé cual es el fundamento sólido en que puede

estribar. Si hay una sustancia destinada á un objeto, en cesando este

¿por qué no podria aniquilarse? Un ser criado, necesita continuamente de

la accion conservadora del Ser criador; por lo cual se dice que la

conservacion es una creacion continua; cuando cese el objeto á que se

destina la sustancia criada, qué inconveniente habrá en que se aniquile?

No veo que esto repugne ni á la sabiduría ni á la bondad de Dios; cuando

un artífice tiene un instrumento que deja de servir, lo desecha ó lo

inutiliza: esto en Dios equivaldria á quitar la accion conservadora, y

en la criatura, á reducirse á la nada; si no repugna á la sabiduría y

bondad de Dios el que un ser organizado se desorganice ó deje de existir

como ser organizado, ¿por qué les repugnará el que una sustancia deje de

existir en habiendo cumplido el objeto al cual estaba destinada? de

esto se infiere que no seria contrario á la sana filosofía el sostener

que las almas de los brutos se reducen á la nada.

[19.] Pero supongamos que no se quiera acudir al aniquilamiento; ¿hay

algun inconveniente en que continúen en su existencia? si lo hay, no lo

alcanzo.

¿Para qué servirian? no lo sé; pero es lícito conjeturar que absorbidas

de nuevo en el piélago de la naturaleza no serian inútiles. Tampoco

sabemos á qué sirven muchos otros seres, y no obstante, ni por eso

negamos su existencia, ni ponemos en duda su utilidad. ¿Quién nos ha

dicho que la fuerza vital que reside en el bruto no haya de tener ningun

objeto en destruyéndose la organizacion que ella animaba? La destruccion

de una planta ¿acarrea por ventura la extincion de todas las fuerzas

vitales que en esta residen? y esas fuerzas, por no ejercer su accion

sobre el ser organizado que se acaba de destruir, ¿dejan por ventura de

ser útiles en el misterioso laboratorio de la naturaleza? ¿Quién nos ha

dicho que una fuerza vital no puede ser útil sino ejerciéndose sobre un

objeto de nuestra observacion? ¿quién nos ha dicho que en los arcanos de

la naturaleza las fuerzas vitales no obran en sentidos muy diferentes,

muy varios, y que los efectos de su actividad no se presentan de maneras

muy diferentes, segun las circunstancias en que se encuentran, todo con

arreglo á las leyes establecidas por la sabiduría infinita? La

magnífica profusion con que están esparcidas las materias seminales, el

sinnúmero de gérmenes que por todas partes descubrimos, esa inmensa

cantidad de materia susceptible de trasformacion y asimilacion en el

viviente, los misterios de la generacion en el reino vegetal y animal,

¿todo esto no nos indica que hay derramadas por el universo un sinnúmero

de fuerzas vitales, que ejercen su actividad de manera muy varia y en

una escala de extension asombrosa? ¿Quién nos asegura que un mismo

principio vital no pueda presentar fenómenos muy diversos segun las

condiciones á que está sometido? el que reside en la bellota ¿no es el

mismo de la corpulenta encina que ha desafiado el ímpetu de los

huracanes durante algunos siglos? Si la experiencia no lo atestiguase

¿quién seria capaz de sospechar que el principio vital de un gusano

informe y asqueroso es el mismo de una bellísima mariposa? Véase pues

como no es contrario ni á la razon ni á la experiencia, el suponer que

el alma de los brutos, esa fuerza vital que en ellos reside, sea lo que

fuere, continúa despues de destruida la organizacion de su cuerpo, y que

absorbida de nuevo en los tesoros de la naturaleza, se conserva en

ellos, nó como un ser inútil, sino ejerciendo su actividad en diferentes

sentidos segun las condiciones á que se halle sujeta [I].

CAPÍTULO III.

El Sueño y la Vigilia.

[20.] El hecho de la sensacion está enlazado con otros, y de este enlace

resulta una gran parte de nuestros conocimientos. Se ha dicho con tono

de mucha seguridad, que no era posible demostrar por las sensaciones la

existencia de los cuerpos, pues que siendo aquellas una cosa puramente

interna, no era dable que nos condujesen á inferir la existencia de otra

externa, y no habia inconveniente en que todas nuestras sensaciones

fuesen un conjunto de fenómenos individuales, encerrados dentro de

nuestra alma. A primera vista parece imposible soltar la dificultad: sin

embargo, si se la examina á fondo, se echará de ver que se le ha dado

mas importancia de la que merece.

[21.] La primera objecion que suele hacerse contra el testimonio de los

sentidos se funda en la dificultad de distinguir con certeza el estado

de vigilia del de sueño. Dormidos recibimos impresiones semejantes á las

que nos afectan despiertos: ¿cómo nos aseguraremos de que la ilusion no

es perpetua? El abate de La-Mennais, con aquella exageracion que le

caracteriza, ha dicho: «Quien demostrase que la vida entera no es un

sueño, una quimera indefinible, haria mas de lo que han podido todos los

filósofos hasta hoy.»

Yo creo que hay en esto graves dificultades, pero no puedo persuadirme

que sean insolubles. Voy ante todo á examinar, si el sueño y la vigilia

son diferentes, no solo á los ojos del sentido comun, sino tambien de la

razon. La-Mennais pretende que solo en el tribunal del consentimiento

comun puede obtenerse un fallo definitivo y satisfactorio: yo estoy

convencido de que el raciocinio mas severo puede llegar al mismo

resultado á que nos conducen de consuno, el sentido íntimo, el sentido

comun, y el consentimiento comun, ó en otros términos, el testimonio de

nuestro ser y el de nuestros semejantes.

[22.] El hombre encuentra en sí de una manera completamente

satisfactoria la certeza de la diferencia entre el sueño y la vigilia:

para saber que estamos despiertos no necesitamos del testimonio de los

demás.

La diferencia entre dichos estados no debe buscarse únicamente en la

claridad y viveza de las sensaciones, y certeza actual que ellas

engendran. Es indudable que á veces en el sueño se nos presentan las

imágenes con tanta claridad como sí estuviéramos despiertos, y que por

el momento la certeza es completa. ¿Quién no ha experimentado durante el

sueño, viva alegría, ó terribles angustias? Es verdad que alguna y muy

rara vez, al dispertar, tenemos la reminiscencia de que en el acto mismo

del sueño asomaba la duda de si soñábamos; pero esto sucede con poca

frecuencia; y en general puede asegurarse, que el sueño no anda

acompañado de ese crepúsculo de razon reflexiva, que nos advierte de

nuestro estado, y de la ilusion que padecemos. Por lo comun, mientras

dura el sueño, no abrigamos duda sobre lo que soñamos; y abrazamos á un

amigo con tierna efusion, ó lloramos desconsolados sobre su tumba, con

las mismas afecciones que nos produciria la realidad.

[23.] La diferencia no se halla en la incertidumbre del momento; pues

que por el contrario, solemos tener certeza completa. ¿Dónde está pues?

¿cómo la señala la razon? ¿cómo viene la filosofía en apoyo del sentido

íntimo y del sentido comun? Esto es lo que vamos á examinar.

Prescindiendo de si las sensaciones tienen alguna relacion con objetos

externos, de si su testimonio es suficiente para este ó aquel caso, y

considerándolas únicamente como fenómenos de nuestra alma, existen dos

órdenes de hechos completamente distintos por caractéres muy marcados:

el sueño y la vigilia. En lo íntimo de nuestra alma, estos dos estados

son completamente distintos: aun en el sistema de los idealistas, es

preciso reconocer esta distincion.

Reflexionando sobre lo que experimentamos desde que vivimos, ó desde que

tenemos conciencia de lo que pasa dentro de nosotros, podemos observar,

que hay en nuestro ser dos clases de fenómenos. De una manera periódica

y constante, experimentamos dos series de sensaciones: las unas mas ó

menos claras, mas ó menos vivas, limitadas simplemente á su objeto, sin

el concurso de muchas de nuestras facultades, y sobre todo sin reflexion

sobre ellas mismas; en pos vienen otras, siempre claras, siempre vivas,

acompañadas de actos de todas nuestras facultades, con reflexion sobre

ellas, sobre su diferencia de las anteriores, con entera sujecion á

nuestra libre voluntad, en todo lo relativo á variarlas, modificarlas,

hacerlas desaparecer y reproducirlas, de mil maneras diferentes.

Yo veo el papel sobre que escribo; reflexiono sobre esta vision, y me la

quito cuando quiero y vuelvo á tenerla cuando me agrada; y enlazo esta

sensacion con otras, y con mil pensamientos, con mil caprichos, si así

me gusta. Lo que me sucede en este acto, me ha sucedido siempre, y me

sucede mientras se verifica en mí esa serie de fenómenos en este estado

que llamo de vigilia; mas si sueño que escribo, aun cuando no me

acontezca lo que suele, de no acertar á dirigir la pluma, de no ver bien

claro, de confundirse todo, no me siento con ese ejercicio simultáneo de

todas mis facultades, no reflexiono sobre el estado en que me encuentro;

no me hallo con esa conciencia plena de lo que hago, con ese dominio de

mí mismo, con esa luz clara y viva, que en el estado de vigilia se

derramaba sobre todos mis actos y sobre sus objetos. Dispierto, pienso

en lo que hice, en lo que hago, en lo que haré: recuerdo los sueños y

los califico de ilusiones, y los juzgo como especies inconexas,

extravagantes, y los comparo con el órden y la consecuencia de lo que se

me ofrece en la vigilia. Nada de esto hago mientras sueño: quizás habrá

tambien una sensacion clara, viva; pero es de una manera independiente

de mi voluntad; es una impresion aislada, es el uso de una facultad

sola, sin el auxilio de las demás, sin comparaciones fijas y constantes,

como las que recibo mientras estoy despierto; y sobre todo ese fenómeno

desaparece en breve, y ó vuelvo á estar sumido en un estado en que no

tengo conciencia de mi ser, ó entro en otro, en que se reproduce la

misma serie de fenómenos que antes: claros, lúcidos, conexos; sufriendo

el exámen de la razon que los compara entre sí, y con los anteriores.

Luego, aparte toda idea de mundo externo, y aun de todo otro ser fuera

de nosotros, tenemos la certeza de la distincion de los dos órdenes de

fenómenos, que comprendemos en las palabras, sueño y vigilia.

Cuando pues se ha pretendido atacar la certeza de nuestros conocimientos

fundándose en la dificultad de distinguir entre dichos estados, se ha

echado mano de un argumento fútil, apoyado en un hecho completamente

falso. Tan distante estoy de creer en la imposibilidad de distinguir

filosóficamente la vigilia del sueño, que antes bien opino que la

diferencia entre estos dos estados es uno de los hechos mas claros y

ciertos de nuestra naturaleza.

Asentada esta verdad, y supuesto que nadie duda de que las sensaciones

que experimentamos durante el sueño, no son producidas por objetos

exteriores, y que por tanto no se las ha tomado nunca como medio de

adquirir la verdad, pasemos á otra cuestion de mas dificultad é

importancia.

CAPÍTULO IV.

RELACION DE LAS SENSACIONES CON UN MUNDO EXTERNO.

[24.] Nuestras sensaciones, ¿tienen alguna relacion con objetos

externos, ó son simples fenómenos de nuestra naturaleza? De la

existencia de este mundo interno que resulta del conjunto de las escenas

ofrecidas por las sensaciones, ¿podemos inferir la existencia de un

mundo externo?

No se trata aquí de la práctica sino de la teoría: esta cuestion

únicamente se refiere á las fuerzas del raciocinio, nó á la voz de la

naturaleza: voz mas fuerte que todos los discursos, y á que nos es

imposible resistir. Sea cual fuere el resultado que nos diere el exámen

filosófico de las relaciones entre el mundo ideal y el real, es preciso

someternos á esa necesidad de nuestra naturaleza, que nos hace creer en

la existencia de dichas relaciones. La humanidad, en la inmensa mayoría

de sus individuos, no ha pensado jamás, ni probablemente pensará, en

semejante exámen; y sin embargo, para ella, la existencia de un mundo

real, distinto de nosotros, y en continua comunicacion con nosotros,

está al abrigo de toda duda. La naturaleza es antes que la filosofía.

No quiero indicar con esto que la razon sea impotente á manifestar la

legitimidad de la ilacion con que se deduce lo real de lo ideal, ó la

existencia del mundo externo de la del interno; solo me propongo señalar

á la filosofía un linde, que si no la ilustra, al menos le inspire

sobriedad en sus investigaciones, y desconfianza en sus resultados. Y

con efecto: salta á los ojos que debe de ser errónea una ciencia que se

oponga á una necesidad y contradiga un hecho palpable: no merece el

nombre de filosofía, la que se pone en lucha con una ley que somete á su

indeclinable imperio la humanidad entera, incluso el filósofo que contra

esta ley se atreve á protestar. Todo lo que ella puede decir contra esa

ley será tan especioso como se quiera; pero no será mas que una vana

cavilacion: cavilacion que si la flaqueza del entendimiento no bastare á

deshacer, se encargaria de resistirla la naturaleza, hasta que una nueva

existencia en otra vida nos venga á revelar lo que hay en la profundidad

de esos arcanos, y cómo se enlazan esos eslabones cuyos puntos de

contacto no divisará la razon, mientras la naturaleza experimenta la

irresistible trabazon con que la ligan en todos los momentos de su

existencia.

[25.] Que las sensaciones son algo mas que simples fenómenos de nuestra

alma, que son efectos de una causa distinta de nosotros, lo demuestra la

comparacion de ellas entre sí; unas las referimos á un objeto externo, y

otras nó: estos dos órdenes de fenómenos presentan caractéres muy

distintos.

Ahora hay en mi interior la representacion del país en que he nacido y

vivido en mis primeros años. Se me ofrece con toda claridad la espaciosa

llanura con sus campos y praderas, con sus bajas colinas que ora forman

montecillos aislados, ora se prolongan en varias direcciones,

aplanándose hasta confundirse con el nivel del llano, ó levantándose

gradualmente hasta entroncarse con los ramales de las montañas. Veo la

elevada cordillera de estas que rodea toda la llanura, y que hace de

ella una vasta cuenca, donde no se divisa mas salida que por la parte

del sud, y una que otra quebradura que parece rasgar en algunos puntos

la grandiosa muralla alzada por la naturaleza. Todo esto se me

representa muy bien en mi interior, á pesar de hallarme á mas de cien

leguas de distancia: y se me representará cuantas veces yo quiera, y por

el tiempo que yo quiera. Quizás podrá acontecer que sin el concurso de

mi voluntad se me ofrezca el mismo espectáculo; pero siempre soy libre

de distraerme, corriendo por decirlo así el telon, para no ver aquella

escena; así como de levantarle de nuevo cuando tenga ganas de

presenciarla.

Lo que me acontece en dicho ejemplo, se verifica con respecto á

muchísimos otros; y así es que experimento dentro de mí una serie de

fenómenos que me representan objetos externos, pero sin ninguna

necesidad que me fuerce á estar sometido á ellos; pues los quito y los

reproduzco con simples actos de mi libre albedrío.

Al propio tiempo me acontece que siento en mí otra clase de fenómenos

que no están pendientes de mi voluntad, que yo no puedo excitar ó quitar

cuando quiero; sino que están sometidos á ciertas condiciones, de las

que me es imposible prescindir, so pena de no alcanzar lo que me

propongo.

Ahora estoy experimentando que se me representa un cuadro: ó en lenguaje

comun, veo un cuadro que tengo delante. Supongamos que este sea un

fenómeno puramente interno, y observemos las condiciones de su

existencia, prescindiendo de toda realidad externa, inclusa la de mi

cuerpo, y de los órganos por los cuales se me transmite, ó parece

transmitirse la sensacion.

Ahora experimento la sensacion.... ahora nó: ¿qué ha mediado? la

sensacion de un movimiento, que ha producido otra sensacion de ver y que

ha destruido la vision primera; ó pasando del lenguaje ideal al real,

he interpuesto la mano entre los ojos y el objeto. ¿Cómo es que mientras

hay la sensacion última, no puedo reproducir la primera? Si existen

objetos exteriores, si mis sensaciones son producidas por ellos, se ve

claro que estarán sujetas á las condiciones que los mismos les impongan:

pero si mis sensaciones; no son mas que fenómenos internos, entonces no

hay medio de explicarlo.

Esto es tanto mas incomprensible cuanto que en las sensaciones que

nosotros consideramos como simples fenómenos, sin relacion inmediata con

ningun objeto exterior, no hallamos íntima dependencia de unas con

respecto á otras; y antes por el contrario notamos mucha discordancia.

Los fenómenos puramente internos, es decir, aquellos que nosotros

reputamos verdaderamente por tales, tienen mucha dependencia de la

voluntad, con relacion á su existencia y tambien á sus modificaciones.

Yo reproduzco siempre que quiero en mi imaginacion, una escena en que se

me representa la columna de la plaza Vendome de Paris; y la hago

desaparecer cuando me gusta. Lo propio me sucede en todos los demás

objetos que recuerdo haber visto: su presencia en mi interior depende de

mi voluntad. Es cierto que á veces se representan objetos que no

quisiera, y que cuesta trabajo hacerlos desaparecer, pero tambien lo es

que bastan algunos esfuerzos para que al fin desaparezcan. Habremos

visto á una persona moribunda: y durante algunos dias permanece

estampada en nuestra imaginacion con su semblante pálido y sudoriento,

sus ojos desencajados, sus manos convulsivas, las contorsiones de su

boca, su penoso estertor interrumpido por algunos ayes lastimeros; no

somos dueños del todo de que no se nos presente repetidas veces la

ingrata imágen; pero es bien seguro que si para distraernos nos

proponemos un cálculo muy complicado, ó resolver un problema muy

difícil, conseguiremos que la imágen desaparezca. Por donde se ve que

aun en los casos excepcionales, con tal que estemos en sano juicio,

siempre ejerce nuestra voluntad una grande influencia sobre los

fenómenos puramente internos.

No sucede así con los que están en relacion inmediata con lo exterior;

si me hallo en presencia del moribundo no podré menos de verle y de

oirle: si aquellas sensaciones no son mas que un fenómeno interno, este

fenómeno es de un órden muy distinto del otro: el uno es del todo

independiente de mi voluntad, el otro nó.

Los fenómenos puramente internos están relacionados entre sí de una

manera muy diferente de los demás: en las relaciones de aquellos influye

tambien mucho la voluntad, en los otros nó. Además, los primeros se

ofrecen ó por un simple acto de voluntad, ó por sí mismos, aisladamente,

sin ninguna necesidad de encadenamiento con otros que los precedan.

Escribo en Madrid y de repente se me ocurre la presencia del Támesis,

con sus innumerables embarcaciones de vela y vapor. Para esto no he

necesitado pasar por la serie de fenómenos en que se me representa eso

que llamamos España y Francia. El Támesis me lo puedo representar,

despues de mil sensaciones inconexas entre sí y con él; pero si se ha de

producir en mí el fenómeno que llamo _ver_, entonces será preciso que me

resigne á hacer desfilar en mi interior toda la serie de fenómenos que

lleva consigo un viaje: y nó como quiera, sino sintiendo real y

verdaderamente todos los placeres y las incomodidades que le acompañan:

y formando una verdadera voluntad de marcharme y de acudir puntualmente

á tal hora, so pena de encontrarme sin esa sensacion que llamo _ver la

diligencia_, y con esa otra sensacion que llamo ver un dependiente de la

oficina que no me quiere devolver el dinero, y sin otra sensacion que

llamo ver y tocar mi equipaje, y con todas las sensaciones ingratas que

resultan de semejantes descuidos.

Cuando esta serie de fenómenos internos ó en lenguaje comun, aventuras

de viaje, me las quiero representar solo interiormente, lo dispongo á

medida de mi gusto: me paro, ando con mas rapidez, de un salto atravieso

cien leguas, me traslado de un punto á otro sin pasar por los

intermedios, en fin, no hallo ninguno de los inconvenientes que me hacen

tan pesado eso que llamamos realidad. Estoy en un mundo donde yo mando,

quiero: y el coche está pronto, y el mayoral en su puesto, y el

postillon en el suyo, y vuelo como llevado en alas del viento.

Los bellos paisajes, los ingratos eriales, los montes gigantescos, las

llanuras cuyo confin se une con el cielo, todo desfila á mis ojos con

una rapidez admirable: me canso de ir por tierra, y sin mas ni mas me

planto en la cubierta de un barco en alta mar, y veo las olas agitadas,

y oigo su mugido, y cual azotan los costados de la embarcacion, y la voz

del piloto que da sus órdenes; veo las maniobras de los marineros,

recorro las cámaras, hablo con los viajeros, todo sin sentir mal olor,

sin padecer las ansias del mareo, ni presenciar las de otros.

[26.] Las sensaciones puramente internas, si bien tienen entre sí algun

enlace, mayormente cuando proceden de las externas, este enlace no es

tal que no podamos modificarle de mil maneras. Cuando pensamos en el

obelisco de la plaza de la Concordia, naturalmente se nos presentan las

fuentes, y estatuas y surtidores, y el palacio de las Tullerías, y el

Templo de la Madalena, y los Campos Elíseos, y el Palacio de la Cámara

de los Diputados: pero está en nuestras manos cambiar la escena, y sin

mas que querer, trasladamos el obelisco en medio de la plaza de Oriente,

y estamos mirando qué efecto produce allí: hasta que satisfechos de la

operacion le colocamos otra vez en su puesto ó no pensamos mas en él.

Pero si se trata de la vision, ó sea el fenómeno externo, en vano nos

esforzaremos en hacer semejantes maniobras: cada cosa está en su lugar,

ó á lo menos así lo parece: y las sensaciones están encadenadas entre sí

con eslabones de hierro. La una viene despues de la otra, y nos es

imposible salvar las intermedias.

Resulta pues que la simple observacion de lo que pasa en nuestro

interior, nos atestigua la existencia de dos órdenes de fenómenos

totalmente distintos: en el uno, todo, ó casi todo, depende de nuestra

voluntad, en el otro nada; en aquel, los fenómenos tienen entre sí

ciertas relaciones, pero muy variables, y sujetas en buena parte á

nuestro capricho; en este, vemos dependientes los unos de los otros, y

no se producen sino bajo determinadas condiciones. No puedo ver si no

abro las ventanas para que entre la luz: el fenómeno de ventana y vision

están necesariamente enlazados. Pero es notable que no lo están siempre:

de noche las abro y no veo; y necesito otro fenómeno auxiliar que es la

luz artificial; y por mas que quiero no puedo alterar esa ley de

dependencia.

[27.] ¿Qué indica todo esto? indica que los fenómenos independientes de

nuestra voluntad y que están sujetos en su existencia y en sus

accidentes á leyes que nosotros no podemos alterar, son efectos de seres

distintos de nosotros mismos. No son nosotros mismos, porque existimos

muchas veces sin ellos; no son causados por nuestra voluntad, pues se

presentan sin el concurso de ella, y muchas veces contra ella; no son

efecto uno de otro en el órden puramente interior, porque acontece con

mucha frecuencia que habiéndose seguido mil y mil veces un fenómeno á

otro, deja de repente de existir el segundo por mas que se reproduzca el

primero. Esto me conducen al exámen de una hipótesis con el cual se

confirmará mas y mas la doctrina establecida.

CAPÍTULO V.

UNA HIPÓTESIS IDEALISTA.

[28.] Si el sistema de los idealistas ha de subsistir, es preciso

suponer que ese enlace y dependencia de los fenómenos que nosotros

referimos á los objetos externos, solo existe en nuestro interior, y que

la causalidad que atribuimos á los objetos externos, solo pertenece á

nuestros propios actos.

Tirando de un cordon que está en el despacho, hace largo años que suena

una campanilla; ó en lenguaje idealista, el fenómeno interno formado de

ese conjunto de sensaciones en que entra eso que llamamos _cordon y

tirar de él_, produce ó trae consigo eso otro que apellidamos _sonido de

la campanilla_. Por el hábito, ó una ley oculta cualquiera, existirá

esa relacion de dos fenómenos cuya sucesion nunca interrumpida nos causa

la ilusion, por la cual trasladamos al órden real lo que es puramente

fantástico. Esta es la explicacion menos irracional de que pueden echar

mano; pero con pocas observaciones se puede hacer sentir todo lo fútil

de semejante respuesta.

Hoy; tiramos del cordon, y cosa extraña, la campanilla no suena... ¿cuál

será la causa? El fenómeno causante existe; porque sin duda pasa dentro

de nosotros el acto que llamamos, tirar del cordon; y sin embargo

tiramos y volvemos á tirar, y la campanilla no suena. ¿Quién ha alterado

la sucesion fenomenal? ¿por qué poco antes un fenómeno producia el otro,

y ahora nó? En mi interior no ha ocurrido novedad: el primer fenómeno lo

experimento con la misma claridad y viveza que antes; ¿cómo es que no se

presenta el segundo? ¿cómo es que este último lo experimentaba siempre

que queria, con solo excitar el primero, y ahora nó? El acto de mi

voluntad lo ejerzo con la misma eficacia que antes; ¿quién ha hecho que

mi voluntad sea impotente?

De aquí se infieren dos cosas: 1.ª que el segundo fenómeno no dependia

del primero, considerado este únicamente como un hecho puramente

interno, pues que ahora existe este del mismo modo que en los casos

anteriores, y sin embargo no produce el otro; 2.ª que tampoco depende

del acto de mi voluntad; pues que el acto es firme y resuelto como

antes, y no logra nada.

Filosofía Fundamental, Tomo II · 第 1 / 20 段