La última noche que la familia Pardiñas pasó en Madrid antes de marchar
á su tierra, vino mucha gente á decirles adiós, y se formó una pequeña
tertulia animada y sin etiqueta. A fines ya de Junio, el momento más
hermoso para salir y buscar sociedad era realmente entre diez y once de
la noche, cuando corre un sano aire fresco hasta por las abrasadas
callejuelas del Madrid antiguo, del que ni tiene arbolado ni casi goza
los beneficios del riego municipal. Bajaron las vecinas del segundo,
sobrinas de un brigadier de ingenieros, y acudió también la marquesa
viuda de Andrade, paisana de doña Aurora, señora guapetona y maja,
bastante conocida en los círculos aristocráticos, y acostumbrada por
consiguiente á recogerse tarde. La señora de Pardiñas, al encontrarse
rodeada de visitas, se dedicó á agasajarlas lo mejor que pudo y supo,
dejando girar libremente la conversación, que versaba sobre cosas del
país donde iba á volver después de tantos años. La Marquesa, alegre y
rozagante, habló de irse pronto á Vigo, y enseñó un brazalete nuevo, con
zafiros y brillantes, dando á entender que había en él cierto misterio.
«Esta anda otra vez con intenciones de maridar--pensó doña
Aurora.--¿Quién será el galán? Dios se la depare buena.»
Rogelio había abandonado la reunión impensadamente, sin decir oxte ni
moxte. La retirada no se le pasó por alto á su madre, pero sobre que no
podía evitarla, descubrió otros motivos de resignarse: «Pocas son las
malas fadas; al fin mañana nos vamos...» Esclavitud aún se le figuraba
un peligro y un compromiso, pero ya muy remoto. «Mañana á estas horas
estaremos cerca de Avila... ¡Cuándo oiré el silbato del tren!»
Se recogía Rogelio á su cuarto, impulsado por vagas esperanzas de ver á
la chica, explicarle su actitud de aquellos días, y la imposibilidad de
proceder de distinto modo, de evitar la marcha y de sublevarse.
Presentía que Esclavitud, no desperdiciando la ocasión, vendría pronto;
y á fin de que comprendiese que estaba allí, encendió luz con mucho
derroche de fósforos y taconeo, abrió cajones é hizo chirriar dos ó tres
veces la puerta. A llamarla no se atrevía por temor al fino oído de su
madre, pues, según su frase paradójica é hiperbólica, «oía mejor que el
sordo Candás».
No aguardó largo trecho. A los diez minutos tocaron á la puerta, y antes
que dijese «adelante» entraba Esclavitud. La claridad del quinqué puesto
sobre la mesa del despachillo que precedía á la alcoba y cuarto tocador
del estudiante cayó sobre el rostro de la muchacha, y Rogelio observó
mejor que nunca cómo en una quincena había empalidecido y se había
demacrado, afinando y espiritualizando su tipo, que ahora podría servir
de modelo para esas imágenes labradas en cera, donde se encierran los
huesos de alguna mártir desconocida.
Rogelio se llegó á Esclava y le tomó la mano: ardía de calentura.
Sin decirse palabra, con unánime impulso, miraron alrededor, buscando un
mueble en que sentarse reunidos. No lo había en el despachito, alhajado
con un sitial y media docena de sillas; y sin reflexionar se refugiaron
en la alcoda, donde Rogelio, cogiendo á la muchacha por el talle, la
obligó á sentarse en la cama. Tampoco entonces hablaron hasta
transcurrir un tiempo que no bajaría de cinco minutos. Rogelio apretaba
y acariciaba aquella manecita algo endurecida por el trabajo y muy
picada de la aguja, como queriendo comunicarle la frescura de sus palmas
y quitarle el ardor de la fiebre. Pero no se le ocurría nada, sino las
vulgaridades consoladoras de todas las despedidas; y al fin,
pareciéndole raro callar más, se resolvió á emplear tan mala moneda.
--Suriña, tontiña, mujer, no me estés así... Mira, he reflexionado
mucho; he cavilado más que tú. No se conseguiría nada con llevarle á
mamá la contraria ahora. Le daríamos un disgusto muy grande; acaso se
nos pondría enferma, pero no mudaría de resolución. Ten paciencia.
Dentro de tres meses, ó menos aún, estamos de vuelta aquí, y nos
veremos, porque en casa del señor de Febrero andarás mucho más libre que
en ésta. Ya sabes que yo te he de querer siempre, boba. No me la pegues
con el tierno Nuño Rasura. Anda, tontiña, paloma, no me estés así. Mira
que me vas á poner muy triste.
Esclavitud no contestaba sino moviendo la cabeza negativamente, con
obstinada melancolía. Luego respondió, en voz bastante entera:
--Alegre no puedo estar. Pero tampoco estoy triste. No se apure. Sólo
que tengo la cabeza... así... como si me anduviese por dentro de ella
una cosa mala.
--Mujer, ¡Suriña!
--Sí, señor. Yo estoy aquí, ¿eh? ¿Le estoy oyendo? ¿Le respondo? Pues
estoy como si oyese á una persona... de allá, del otro mundo, que me
habla.
--¡Válgame Dios!--exclamó el estudiante estremeciéndose.--Más quisiera
que llorases. Si llorases no estarías tan maniática, Sura. Llora y
desespérate, pero no digas esas cosazas.
--Yo lloro por dentro. Por fuera no. Ni una lágrima puedo echar. Ya
estuve lo mismo otra vez, cuando murió mi padre--repuso apaciblemente la
muchacha, sin que ni ella ni Rogelio subrayasen aquel nombre de _padre_
que acaso por primera vez articulaba Esclavitud sin rebozo ni
perífrasis.
--Hija, te encuentro algo enferma. ¡Ay, ay, ay! Tienes calentura. Las
manos tuyas abrasan. Dame palabra de que mañana vas á ver á Sánchez del
Abrojo.
--No, señor, no es enfermedad. Más buena no estuve nunca. Son _avisos_.
--Mujer, calla por Dios. Estás diciendo unos disparates...
Arrimó el rostro al de la muchacha y la besó tiernamente en las heladas
mejillas, sin que ella hiciese movimiento de resistencia. Al contrario,
pareció más conforme y adoptó un tono casi confidencial y franco para
decir á su amigo las extravagancias siguientes:
--Rogelio, hay cosas que avisan los difuntos á los vivos; no le quepa
duda. Tres días antes de morir mi padre, vi un pájaro grande, negro, al
pié de mi cama. Ayer vi otra vez el pájaro: iba tan de prisa que no sé
por dónde se escapó; pero lo vi, tan cierto como que aquí estamos. Yo no
vuelvo nunca más á la tierra: nunca más. Ya se verá; y entonces ha de
convencerse y dirá: «Esclavitud bien me lo avisaba». Si tuviese tan
seguro un millón de onzas, ya estaría discurriendo dónde las iba á
guardar para que no me las llevasen los ladrones. Esta noche...
Bajó mucho más la voz, y al oído de Rogelio murmuró:
--Un perro, en una casa de ahí al lado, estuvo hasta que amaneció
_ventando_ la muerte.
--¡Jesús, mujer!--exclamó Rogelio por segunda vez, ya fatalmente
impresionado con aquella conversación extraña.--Tú estás loca ¿No ves,
Suriña, que en Madrid se mueren ó agonizan cada noche infinitas
personas? Figúrate: si los perros anunciasen todo eso, trabajo les
mando. Se convertirían en cuarta plana de _La Correspondencia_. Lo que
tienes, Sura, es que estás afectada porque nosotros nos vamos y tú te
quedas. También yo ando hace muchos días disgustado con el viajecito. He
pasado ratos feroces. Después he reflexionado... y... me parece que es
mejor conformarse con esto de ahora, porque si alborotamos la
enredaremos más. Suriña, tres meses. Dentro de noventa días (y aun puede
que no tanto), me tienes aquí. Mi primer visita es para doña Sura. Anda,
no estés así. Te quiero mucho, hermosa. Ya convenceremos á mamá. Todavía
no me has dicho hoy que me querías. ¡Anda!...
Con el movimiento de un niño que pide halagos, acercó su mejilla á la
boca de Esclavitud, y ésta, sin protesta alguna, como el que ejecuta una
acción hija de la costumbre, puso en ella los labios. Estaban como las
palmas, secos y ardientes, y á Rogelio le pareció que le arrancaban la
piel, con sensación más bien dolorosa que placentera. Sólo que las
caricias eran un recurso para que aquella última y penosa entrevista
fuese algo menos intolerable, y el estudiante, á falta de razones que
consolasen á la pobre abandonada, acudió á los halagos, sin que en el
primer momento le animase otra intención menos limpia y noble. Corrió
bastante tiempo--y él mismo no acertaría á explicar el por qué de esta
tardanza, anómala si se examina bien lo incitante de la hora y sitio y
la ceguera de los pocos años--antes que se le despertase una sed
criminal y ardiente. Cuando la embriaguez le ofuscó, saltó de la cama y
fué á dar vuelta á la llave de la lámpara, sin conseguir por eso
obscuridad completa, pues un rayo de luna primaveral, entrando por la
vidriera del despacho, lo bañaba en luz fantástica, azulada y soñadora.
Al recobrar, entre la pálida penumbra, los labios donde la fuerza de la
ilusión juvenil le movía á creer que se dejaba presa el alma á cada
aspiración del aliento, ya no los soltó, ni acaso los soltaría aunque
viese allí á su madre, que representaba para él el Deber, y el Deber
amado, el único que se impone á las almas tiernas. Pero el recuerdo y la
conciencia de ese Deber fué lo primero que acudió á su mente al
despertarse, y corriendo á la puerta, escuchó, volvió azorado, y exclamó
en tono suplicante:
--Suriña, Suriña, se me figura que oigo despedirse en el pasillo á la
Marquesa... Si esa se va, es que no queda nadie... Mamá se cuela aquí
derechamente, de fijo... A ver, á ver si puedes escurrirte con maña.
Adiós, vé despacito, que no te sientan... ¿eh?
La muchacha obedeció pasiva, como en todo, sin reclamar, en la premura
de su aquiescencia, ni el último abrazo. Rogelio volvió á encender la
lámpara, cuya mecha igualó cuidadosamente. Corrió también la vidriera de
la alcoba, y de pié ante el gran armario de luna, se atusó y se sacó la
raya con un peinecillo. Después metió las manos en los bolsillos del
pantalón y se miró un rato, atentamente, estudiando con curiosidad
irreflexiva su propia cara; hablando con sus ojos en el espejo, como
para convencerse de que, disipado aquel vértigo, la individualidad
persistía, y no quedaba para siempre en su persona no sé qué de otra,
una huella que no se podía borrar y que iba á delatarle. Luego, la
imagen de su madre volvió á oprimirle el corazón; pero disipó
instantáneamente sus recelos un arrebato de alegría nerviosa; y el
neófito, corriendo á la ventana, la abrió, se dejó bañar por la pura
atmósfera nocturna, y agarrado á los hierros de la ventana, respiró con
avidez.