Viendo á su hijo aquella noche, á la hora de comer, distraído, pálido y
hasta un poco seco al hablar, la señora pensó al punto: «La tenemos
armada. Ya se lo ha encajado aquella buena alhajita». También pescó al
vuelo miradillas furtivas, azoradas y elocuentes; pero se aguantó,
discurriendo para sí: «Según Don Nicanor, en este mundo hay que hacerse
el tonto un cuarto de hora todos los días; ahora á mí me han doblado la
ración, y tendré que hacerme la tonta algunos meses.» Hízose, pues, la
tonta, como si no advirtiese el estado de su hijo, á quien preguntó con
muchísimo interés noticias de la jaca y de la cochera, y de los
habituales compañeros de _sport_. Así que se alzaron los manteles, sacó
otra conversación muy socorrida y de palpitante actualidad, á saber: los
exámenes. «Rapaz, allá para el miércoles ó jueves, me parece que te
tocará el turno, de manera que esta semana me espera á mí un ajetreo
regular... Porque la verdad es que con esos señores no sabe uno á qué
carta quedarse. ¡Si todos fuesen como Contreras! Ese sabe ponerse en la
razón. Sólo que este año todavía no te cae por banda Contreras. Con los
demás es un lío; si se oye á unos y á otros, hay para marearse. Lastra
quiere que le bajen la cabeza, que le rindan el tributo de la
recomendación, y que todo el mundo tenga que agradecerle. Ruiz del Monte
parece que es al contrario: si le hablan por un chico, le toma tirria, y
le aprieta hasta reventarlo. Tú sabrás si es cierto; á mí me lo contó tu
amigachillo Díaz, el que escribe romances... De Albirán se susurra otra
cosa: que no desatiende recomendaciones, pero con su cuenta y razón,
según de quien procedan... Lo más seguro será que repases, niño.»
--Ya repaso, mamá--contestó lacónicamente el estudiante.
Corrió la noche sin que se le pudiese sacar otra palabra. Revolvía las
revistas ilustradas, los periódicos del día; los tomaba y los dejaba,
cambiaba de asiento pasando del sillón al sofá y del sofá al sillón;
suspiraba hondo, y, en fin, daba todas las señales de desazón posibles,
sin cuidarse de que se viese, ó más bien pareciendo que deseaba lo
advirtiese su mamá. Al fin, cuando ésta le dijo «¿no sales hoy á un
actito á Lara?» exclamó con tono duro y resuelto:
--No; voy á acostarme. Me duele un poco la cabeza.
La señora le oyó taconear en el corredor y batir la puerta de su
despacho.
--Lo dicho; la tenemos. Yo he cometido una falta grave. Debí no resolver
este cotarro hasta pasados los exámenes, un par de días antes de la
marcha... Ha sido una borricada mía. Ya se ve; el deseo de salir del
atolladero prontito... Pues no; hay cosas que vale más llevarlas por sus
pasos contados. Veremos si la puedo enmendar y dar tiempo al tiempo. Si
no, voy á tener al rapaz desquiciado cuando más necesita la cabeza
firme. Una prórroga... A ver si consigo encajárselo en la cabeza á Don
Gaspar. Es fácil que sea más arduo hacer entrar en razón al viejo que al
niño. ¡Qué complicaciones! Aquella falsona de Rita Pardo decía bien...
Conviene mirar mucho á quién mete uno en su casa.
Hubo entonces en el pequeño drama doméstico, intimo, que ya tocaba á su
desenlace, uno de esos entreactos, como treguas momentáneas, durante las
cuales los actores, aparentando dedicarse á otros intereses ó distraídos
efectivamente por ellos, no pierden de vista, sin embargo, el asunto
capital, y viven, por decirlo así, en perpetua representación, guardando
silencio acerca de lo que más ocupa su alma, sin que este silencio
engañe á nadie. La señora atendía sólo á ganar días, calmando la
impaciencia pueril de Don Gaspar Febrero con moratorias que justificaba
la proximidad de los exámenes y la imposibilidad de quedarse en aquel
momento sin doncella; Esclavitud aguardaba, ocultando en lo más profundo
del pecho una esperanza tenaz, basada en las palabras y ofrecimientos de
su amigo; y Rogelio, preocupado, agitado, acechaba inútilmente la
ocasión de decir algo, ¡algo muy formal y en tono muy firme!, á su
madre. La verdad ante todo; si la señora le facilitase esta ocasión, el
estudiante se vería perdido para aprovecharla. A medida que pasaba
tiempo, la dosis de valor atesorada en el primer instante iba
disipándose como un frasco de esencia cuando queda destapado. Es
indecible el pecho que necesita un buen hijo para ponerse frente á
frente de una buena madre, y realizar un acto que en cierto modo le
manumite, pero que le desgarra las fibras más íntimas del corazón. Tanto
se unen y confunden el deber natural, la costumbre y hasta aquel
disculpable egoísmo que nos aconseja entregarnos sin reserva en manos de
quien más que á sí mismo nos ama, que el romper ese lazo constituye un
acto de supremo vigor, uno de esos esfuerzos que quebrantan una voluntad
si no es de acero bien templado. Contra un padre severo hay siempre
energía; sus propios rigores entonan; pero una madre como la de Rogelio,
que no había tenido más pensamiento que su hijo, que le había rodeado de
tal solicitud, ahorrándole hasta el trabajo de discurrir y el esfuerzo
de desear; una madre viuda, delicada de salud, y que había ejercitado el
arte de adelantarse á los gustos de su hijo, consiguiendo así que la
voluntad de éste no adquiriese nunca el temple recio que dan las
privaciones y las luchas, era un adversario con quien Rogelio no tenía
fuerzas para medirse. «Si ella misma sacase la conversación...», pensaba
el estudiante. Pero ¡quiá! La verdad es que si ella la sacase... sería
lo mismo. Lo único á que se atrevía era á la protesta muda, á hacerse
unas veces el triste y otras el malhumorado y fosco. «Mamá, por no verme
así, es capaz de cualquier cosa...», calculaba con su lógica de niño
mimado. Sólo que mamá sabía distinguir de juguetes.
El incidente de los exámenes contribuyó á enflaquecer más todavía su
resolución. Entre el repaso, los temores del mal éxito y las idas y
venidas de los amigos que le traían, por decirlo así, relación del
estado barométrico de las notas, Rogelio se encontró fuera del círculo
mágico con que nos rodea la idea fija amorosa, y á no ser por un par de
ojos verdes que de vez en cuando se fijaban en los suyos, hasta hubiese
olvidado _aquéllo_, que, por raro fenómeno de óptica, le parecía todos
los días menos inminente--siendo así que lo era más, pues la salida á
Galicia estaba irremisiblemente señalada para después de los exámenes.
Y éstos llegaron, y se encontró Rogelio con dos asignaturas aprobadas;
pero en una--la más ingrata y antipática para él--le cayó como una ducha
fría un _suspenso_. «De estas calabazas ya sé yo quién tiene la
culpa...», pensaba la madre, mirando al través de la puerta entornada á
Esclavitud, que pasaba un plumero á los cuadros del saloncito. «En esto
paran las guilladuras; pero, ¿qué le vamos á hacer? cada edad trae lo
suyo. En Septiembre ganará lo que pierde ahora; bien joven es; con tal
que esté sano... Y seamos justos; la jaca también me lo levantó de
cascos en esta temporada última. Verdad que más vale así. De la
primavera acá no me quejo. Bien se ha portado la jaquita... Merece una
libra de azúcar.»