Antes faltaría el sol en los cielos, que Don Gaspar á las cuatro de la
tarde con un cochecillo, para llevarse á casa su futura ama de llaves.
Se le dijo que Esclavitud había salido ya en la misma dirección, y el
viejo, con esta noticia, se metió otra vez en la berlina destartalada,
mandando al cochero «que arrease bien.» La impaciencia no le permitía ir
andando con su pata coja.
En los últimos momentos llamara doña Aurora á Esclavitud, poniéndole en
las manos, amén de su salario, una buena propina, á cuyo obsequio añadió
el de unos aretes con turquesas. «No quiero que se vaya descontenta.
Cuidado que la noto desemblantada á la infeliz. Me parece que estaba
encariñada de veras con el niño, por lo cual es cada vez más conveniente
mi resolución. Me da lástima, y conozco que es una tontería que me la
dé: ¡qué arrimo como el que encuentra! Le hago un favor grandísimo: lo
que me tranquiliza es eso. Lleva una canonjía...»
Así y todo, la señora no podía reprimir cierta desazón, cierta amargura
íntima, una lástima inmensa, que después tradujo por doloroso
presentimiento. «Mire V. que compadecerla cuando estoy tan segura de que
le he proporcionado lo que más podría desear una muchacha de su
clase...» Y así lo creía en efecto la señora de Pardiñas. Como les
sucede á muchas personas bondadosas incapaces de odiar y hacer daño, no
quería reconocer que miraba ante todo á la conveniencia de su hijo, por
más justo que le pareciese y en efecto fuese este móvil, y trataba de
atribuir su conducta al interés de la misma Esclavitud.
La tranquilizó un poquillo oir en la cocina á Fausta que embromaba á
Esclavitud cantándole _sotto voce_ aquello de «Y hoy sirvo á un
abuelo... que está chocho y lelo... y yo soy el ama...»
--Tiene razón Fausta. El ama será en casa del señor de Febrero. Como no
lo sea de más...
Salía el tren de Galicia á las siete y treinta y cinco, y á esa hora tan
bonita, precursora del anochecer, en el andén de la estación del Norte
no cabía la multitud afanosa y regocijada de viajeros y de amigos que
los despedían, envidiando éstos á los que se marchaban á ver tierras
hermosas, respirar aire salino, gozar el fresco, vivir mejor, en clima
templado y salubre, algunos meses. No había escenas tristes: no era el
adiós del marinero, ni la partida del soldado, ni la nostálgica
despedida del emigrante: los que se iban, excitados y gozosos; risueños
en su dentera los que se quedaban... Sólo hacia el extremo del tren, á
la portezuela de un coche de primera, se divisaba un grupo de cinco
personas que trocaban abrazos prolongados; componíase de dos hombres,
mozo el uno y el otro viejo ya, cabizbajos, pero erguidos de cuerpo, y
tres señoras, dos jóvenes y una de pelo blanco, que aplicaban
frecuentemente el pañuelo á los ojos enrojecidos. Dentro del vagón
estaba un ama con niño de pecho. Laín Calvo se acercó á doña Aurora y le
dijo señalando al grupo:
--¿Ve allí á los Rojas? Faroles hasta el fin, hasta la muerte. Al hijo
me lo han vuelto á trasladar á Marineda por aquella historia consabida
de farolerías con el ministro, y mas que sepa perecer de necesidad,
viajará en primera por el decoro de su cargo. Tiene á la mujer otra vez
embarazada... y bien adelantadita en meses. A otra traslación dice que
dimitirá... Y á Rojas ya me lo pillaron, ¿no sabía? Recibió la
jubilación hace una semana.
--¡Qué me dice V.!--exclamó con pena sincerísima la señora.--¡Válgame
Dios! ¡Pobrecitos! Esa infeliz de Matilde Rojas, cuándo encontrará un
hombre de bien que la quiera sin un cuarto de dote! Le digo á V. que
todo el camino iré pensando en esta familia. ¡Qué mundo, Don Nicanor!
Doña Aurora intentó dirigirse al grupo y estrechar la mano de las
señoras de Rojas: pero ya no era hacedero, porque sonaba la campana de
aviso, bufaba la máquina, y corrían de un lado á otro las carretillas
con equipajes facturados para cargarlos. Rogelio, desde el vagón, alargó
la mano á su madre, que subió despacio, riendo porque se le había
enganchado un volante en el estribo; y entre la primer arrancada del
tren se perdió la voz de Laín Calvo que gritaba:
--¡Cuidado con las niñas de Vigo, Rogelín que son de rechupete, home!
El tren, oscilando con suavidad, activaba su marcha. Caía la tarde con
serena magnificencia, y Rogelio, asomado á la ventanilla, creía divisar
ya los frescos valles galaicos, los castaños frondosos, el azul festón
de las rías orlando la tierra más bonita del mundo.
En cambio no vió, del otro lado del andén, á Esclavitud, que seguía con
los ojos el tren hasta que se alejó grandioso y raudo. Cuando ya no fué
posible columbrar ni un copo del penachillo de humo negro, la muchacha,
estremeciéndose como si tuviese frío, retrocedió lentamente hacia la
ciudad, bien resuelta á que el sol, que se ponía en aquel instante, no
volviese á levantarse para ella nunca, nunca.
Dejemos á la infeliz, porque al cabo no podríamos quitárselo de la
cabeza. Si consultamos sobre este drama á Don Gabriel Pardo, que es
amigo de generalidades pedantescas y se paga de malas razones por el
afán de pretender explicarlo todo, nos dirá que el extravío mental que
conduce á la muerte voluntaria, es muy propio del sombrío humor de la
raza céltica, esa gran vencida de la Historia: como si cada día y en
cada provincia de España no trajese la prensa suicidios así.