Nada transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña
Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si
están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los
labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones
del Fiscal, y otro tanto--revelemos estas interioridades--á la fiereza
de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los
instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había
dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de
maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica
silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la
quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el
propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale
mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez
antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á
dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba
era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña
Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes,
de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones
que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre _pelado_, con
otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía
explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y
guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á
aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos
conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos
de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así.
Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos
pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este
bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija
tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo
no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la
muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría
algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas
cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era
tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la
señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de
aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si
llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena
colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa
empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para
Filipinas.»
Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para
freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo
que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de
exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni
dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía
noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se
acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de
salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para
Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más
olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos.
«Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por
respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la
primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don
Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga
doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque
dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como
al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la
pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la
confitería de _La Pajarita_, no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar
medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el
bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle
Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y
sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un
billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación
acertó á decir entregando la dádiva.
Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora
desempeñar la ingrata tarea de _soltársela_ á Esclavitud. Hubiese
preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de
un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males
no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de
culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos,
la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente
del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya,
aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre
prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de
cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al
alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más
mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la
mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado
atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado que ciento
amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»
Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones
dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo
digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye
una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el
corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida
orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora,
el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos
intuitivamente.
No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al
cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar
alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de
curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado
de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á
hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde
las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que
amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había
medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La
casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como
ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves...
Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir
á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor
aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si
hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la
tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra
casa...»
Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y
sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de
plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía
inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés
juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo
de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.
--Bien, ¿qué dices?--articuló al fin la señora que comenzaba á
impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.
--¿Yo qué quiere que diga?--respondió Esclavitud con voz sorda, pero
tranquila al parecer.
--Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar
otra á tu modo y á tu idea.
Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro
á fuerza de ser contenido:
--Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.
«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien,
aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de
centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo.
Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella
tarde no tuvo más recurso que salir,--contra su costumbre,--á despedir
en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de
sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más
inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la
necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los
exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa,
aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el
látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi
hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora
había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.
--¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?
--¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me
despide... Me deja en casa del señor de Febrero.
--Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...
La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo
temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su
modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de
auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las
olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su
habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese
los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no
puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían
involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento
interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso,
infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la
Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de
nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese
arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por
qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la
enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés...
Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué
habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas
promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo,
queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de
allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de
caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron
á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos.
Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con
movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se
arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba
la garganta.
--Voy á abrir, que es la señora.