XXI

Nada transpiró de esta conjuración doméstica. Guardó silencio doña

Aurora, porque las mujeres saben callar muy bien si se lo proponen y si

están en juego intereses de su corazón; y Don Gaspar se cosió los

labios, porque temía más que al cólera á las cuchufletas é insinuaciones

del Fiscal, y otro tanto--revelemos estas interioridades--á la fiereza

de su hija Felisa. La cual, suspicaz como una esposa, alarmada por los

instintos de elegancia, sociabilidad y galantería del anciano, se había

dedicado á buscarle lo más feo, zafio é intratable del ramo de

maritornes, porque siempre veía perfilarse en el horizonte la fatídica

silueta de una madrastra. Hasta que Felisa emprendiese su viaje hacia la

quinta parte del mundo, no se atrevía el viejo ni siquiera á indicar el

propósito de llevarse consigo á tan dulce y linda sirviente. Costábale

mucho trabajo reprimirse y esperar, porque su senectud era niñez

antojadiza é impaciente, y cuando tardaba en cumplírsele un deseo, á

dejarse llevar de sus impulsos, hubiera pateado. El desahogo que tomaba

era cogerle las vueltas á los tertulianos para encontrar sola á doña

Aurora, y hablarle difusamente, como hablan los viejos, de sus planes,

de lo bien que iba á estar con él Esclavitud, de todas las atenciones

que le prodigaría, de lo fácil que es servir un nombre _pelado_, con

otras cosas del mismo jaez. Y cuando por haber gente delante no podía

explayarse el buen señor, dirigía á su «amiguita respetable» miradas y

guiños de inteligencia, le sonreía sin motivo y en fin buscaba salida á

aquella plenitud de espíritu digna de otra más ardiente edad. «Dios nos

conserve el juicio», reflexionaba la señora. «No sé por qué nos pasmamos

de que se chiflen los rapaces, cuando los señores mayores se ponen así.

Aun á los rapaces mismos no les da tan fuerte. Voy á comprar unos

pañuelos tamaños como la Sábana Santa, para limpiarle las babas á este

bendito señor. El diablo me lleve si no está rabiando porque la hija

tome las de Villadiego para recoger á Esclavitud más corriendito. Si yo

no supiese que por otra parte es una persona buenísima, y que la

muchacha tampoco me parece capaz de una mala partida con él, tendría

algún reconcomio. Porque nadie es capaz de saber á dónde llegan estas

cosas, y si le da por casorio ó una barbaridad semejante...» La idea era

tan bufa, Don Gaspar casado con una muchacha de veinticinco, que la

señora de Pardiñas se rió sola, y el monólogo acabó por una rascadura de

aguja de calceta en el moño, y este corolario: «Yo no tengo culpa si

llega á suceder algún caso estupendo. Proporcionarle una buena

colocación á una buena criada, no es delito. Lo que siento es que esa

empalagosa de Felisa Febrero nunca acaba de tomar el tole para

Filipinas.»

Era verdad que se daba una calma en emprender el camino, hecha para

freir la sangre á quien tuviese genio menos pronto que doña Aurora. Lo

que la impacientaba y desesperaba era que ya iba acercándose la época de

exámenes, después de los cuales tenía determinado salir á Galicia; y ni

dejar á Esclavitud ni llevársela le parecía factible. Don Gaspar traía

noticias del éxodo de su hija, con cara más alegre cuanto más se

acercaba el plazo. «Ya está arreglando baúles... Se ha enterado de

salidas de vapores... El jueves, ó á todo tirar el sábado, andando para

Cádiz...» Por fin, un día llegó con el exterior más radiante, más

olímpico que nunca, bajo la aureola de sus hermosos rizos blancos.

«Amiguita doña Aurora, esta tarde se nos va...» Convínose en que por

respetos humanos se dejarían transcurrir dos ó tres días sin hacerle la

primera intimación á la sucia y tosca extremeña que asistía á Don

Gaspar, y en significar á Esclavitud el cambio de su destino. «La amiga

doña Aurora se encarga de eso...», indicó el ochentón. Pero aunque

dejando su espíritu encomendado en manos de la señora de Pardiñas, como

al día siguiente, en ocasión de dar el higiénico paseo cotidiano á la

pata coja, cruzase la Puerta del Sol y pasase por delante de la

confitería de _La Pajarita_, no pudo reprimirse, entró, é hizo pesar

medio kilo de caramelos y bombones. Los guardó furtivamente en el

bolsillo interior del gabán, y al llamar en casa de Pardiñas y abrirle

Esclavitud la puerta, miró alrededor, echó mano á la faltriquera, y

sacando el alcartaz, se lo pasó á la muchacha como podría pasarle un

billete amoroso. «Fresquitos», fué lo único que en su grata turbación

acertó á decir entregando la dádiva.

Contrariedad y esfuerzo y tragadura de saliva costó á doña Aurora

desempeñar la ingrata tarea de _soltársela_ á Esclavitud. Hubiese

preferido tener que darle la nueva de una gran desdicha, como muerte de

un ser querido ó revés de fortuna: porque al cabo, en semejantes males

no le correspondería á la señora parte de responsabilidad ni tanto de

culpa, mientras en esta mera traslación de domicilio y cambio de amos,

la señora, con su rectitud natural que sólo podría torcer la corriente

del sentimiento, adivinaba algo de crueldad y dureza que era obra suya,

aunque procediese de móviles justos, de los que no desoye ninguna madre

prudente. «Es hasta cuestión de conciencia para mí», pensaba, á fin de

cobrar ánimos. «Fuí inadvertida trayéndole á Rogelio la tentación al

alcance de la mano: Felisa Febrero, en esto, ha mostrado tener más

mundo, pues ni siquiera á los ochenta y pico de su padre les arrima la

mecha. Demasiado bueno es el niño, cuando ya no se me ha emberrenchinado

atrozmente. No, no, mejor es ponerse una vez colorado que ciento

amarillo. Hoy se la suelto. Así que Rogelio salga á clase...»

Encierra el tono de la voz humana misteriosos avisos, que en situaciones

dadas revelan todo lo que oculta el alma, antes que las palabras lo

digan. La sencilla frase «Esclavitud, ven», que tantas veces al día oye

una criada de su ama, resonó esta vez de un modo particular en el

corazón de la gallega. Toda su sangre afluyó al centro de la vida

orgánica, y cuando entró en la habitación donde la esperaba su señora,

el fondo y la esencia de lo que iba á oir le eran ya conocidos

intuitivamente.

No estaba doña Aurora en el comedor, sino en el despacho de su hijo, al

cual solía ir en ausencia de éste para escribir alguna carta ó sacar

alguna cuenta, si ocurría, y quizá por satisfacer ese instinto de

curiosidad inquieta propio de los afectos exclusivos que llegan al grado

de pasión. Hizo sentar á Esclavitud en una silla próxima, y empezó á

hablar sin mirarla á la cara, jugando con una cajita de plumas, de donde

las iba sacando para alinearlas sobre la mesa. «Todo el mundo tiene que

amoldarse á las circunstancias. Con el viaje á Galicia, no había

medio... Moverse tres personas no es como moverse dos, claro está. La

casa del señor de Febrero era la mejor colocación que una muchacha como

ella podía desear; una ganga... No sería doncella, sino ama de llaves...

Se le guardarían toda especie de consideraciones... El trabajo de servir

á una persona sola no había de matarla; complaciendo un poco al señor

aquel tan excelente, estaría como en la gloria, casi lo mismo que si

hubiese encontrado una familia. Por último, Don Gaspar también era de la

tierra: no tenía Esclavitud por qué pasar malos ratos, como en la otra

casa...»

Así que hubo alegado todas estas razones, sintió un alivio interior, y

sin dejar de prestar en apariencia gran atención á las hileras de

plumas, miró con el rabillo del ojo á la muchacha. Esclavitud permanecía

inmóvil en su asiento, con las manos cruzadas sobre el regazo, los piés

juntos y bajos los ojos: tampoco ella entregaba fácilmente aquel espejo

de los movimientos del alma á disposición de la curiosidad.

--Bien, ¿qué dices?--articuló al fin la señora que comenzaba á

impacientarse, como siempre que encontraba resistencia pasiva.

--¿Yo qué quiere que diga?--respondió Esclavitud con voz sorda, pero

tranquila al parecer.

--Sí ó no; si te gusta la casa que te ofrezco, ó si quieres tú buscar

otra á tu modo y á tu idea.

Hubo una pausa, y, por último, la muchacha respondió con acento incoloro

á fuerza de ser contenido:

--Si no corre mucha prisa, daré la contestación mañana ó pasado.

«Te veo», pensó la señora. «Tú quieres hablar antes con el niño. Bien,

aquí estamos todos para lo que pueda ocurrir. En guardia me tienes, y de

centinela. Por de pronto yo procuraré que no le cojas á tergo.

Andaremos, como quien dice, barba sobre el hombro.» Sin embargo, aquella

tarde no tuvo más recurso que salir,--contra su costumbre,--á despedir

en la estación del Mediodía á Felisa Febrero, de esas pejigueras de

sociedad que no se pueden rehuir y siempre caen en el momento más

inoportuno. Rogelio también había salido á caballo; pero quizá por la

necesidad de repasar las lecciones, más apremiante á medida que los

exámenes se venían encima, hizo corto el paseo; y al entrar en su casa,

aun animado de la correría, abanicándose con el hongo gris, y girando el

látigo, fué cuando Esclavitud le agarró de la manga y le empujó casi

hasta su despacho, acorralándole contra la mesa misma en que doña Aurora

había ordenado por la mañana los ejércitos de plumas.

--¿Qué pasa, Suriña? ¿Qué tienes?

--¿No le decía yo que no iba á Galicia este año, ni en jamás? Su mamá me

despide... Me deja en casa del señor de Febrero.

--Pero, ¿qué estás diciendo? A ver, á ver, cuenta...

La muchacha refirió lo que sabía. Sus ojos estaban secos, y sólo algo

temblorosas su boca y barba. Su seno anhelaba precipitadamente, y en su

modo de narrar y de explicarse, en aquella desesperada demanda de

auxilio que hacía como náufrago que saca la cabeza por encima de las

olas, había una vehemencia y un desorden que contrastaban con su

habitual compostura, y que trastornarían á cualquiera aunque no tuviese

los pocos años y la inexperiencia de Rogelio. Mientras balbucía «no, no

puede ser, tú no te irás, qué tontería...», sus brazos ceñían

involuntariamente el talle gentil de la muchacha, y el estremecimiento

interior de deseo de hacía cuatro ó cinco meses renacía más brioso,

infundiendo á su alma vigor para rebelarse, protestar y defender á la

Esclavita como se defiende lo que nos pertenece y forma la substancia de

nuestro vivir. «Pero vamos á ver, no entiendo cómo le ha entrado ese

arrechucho á mamá... Por fuerza le han ido con algún chisme... ¿Y por

qué, y de qué...? Nosotros ¿qué motivo hemos dado, Suriña? Si desde la

enfermedad de mamá no nos hablamos casi: si tú ni pones aquí los piés...

Es una cosa rarísima, y no ha de quedar así... Yo lo arreglaré; ¡qué

habías de irte! No, hermosa...» Alentada y resucitada por estas

promesas, Esclavitud se apretaba contra el corazón de su amigo,

queriendo incrustarse en aquel refugio para que nadie la arrancase de

allí; y Rogelio, con transporte juvenil é irresistible, la cubría de

caricias, tratando de alzarle la cabeza para buscar sus labios. Tocaron

á la campanilla, y la primera vez no oyó el repique ninguno de los dos.

Al segundo, enérgico y airado, Esclavitud se estremeció, y, con

movimiento simultáneo y brusco, se desunió la pareja. La muchacha se

arregló el pelo, se ajustó temblando el pañuelo de seda que le rodeaba

la garganta.

--Voy á abrir, que es la señora.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 53 / 58 题