Y en efecto, ni veinticuatro horas tardó la madre en arreglarle á su
hijo una entrevista con la rival de Esclavitud. El punto de cita fué en
la propia morada de la susodicha rival, morada obscura y que olía
medianamente, como suelen oler todas las habitaciones de gente de su
laya; por lo cual, para que Rogelio se enterase bien del talle y porte
de su nuevo quebradero de cabeza, hubo que sacarle al patio sin ningún
artificio de coquetería, y aun pudiéramos decir que en estado de casi
total desnudez, pues no cubría sus esbeltas formas sino una manta vieja
que el dueño del taller de coches, Agustín Cuero, se apresuró á levantar
á fin de que nada velase sus encantos.
Era una monada de jaca andaluza, alazana con cabes negros, de cabeza
chica y enjuta, de nerviosos remos, de lucio y acopado casco, de pelo
irisado á fuerza de estar brillante, de entreabiertas fosas nasales más
suaves que la seda, de ojo lleno de fuego y dulzura; joven, leal,
gallarda, animosa; un animal de esos que honran á la raza caballar
española con la hermosura de su estampa y la inteligente generosidad de
su carácter. Agustín Cuero no le escaseó elogios hiperbólicos, fingiendo
que se enternecía al desprenderse de tan rica pieza.
--Le aseguro á la señora que otra más bonita no se pasea hoy por la
Castellana. No tiene una maca siquiera. Y es una santa, es una seda, la
maneja un niño de pecho. Con toda la sangre que le sobra, no es capaz de
una mala partida. Así es que un hombre le toma ley, vamos, y parece que
cuando uno la vende es como si se le llevasen á alguien, es un decir, de
la familia.
--Sí--respondió la señora metiéndose á chalana--pero también no me
negará V. que esta clase de caballos no está ahora de moda. Los
elegantes tienen una legua de pescuezo y son de figura de mondadientes.
--Bueno, los ingleses...; una moda _redícula_, como muchas que hay; y
esos son para ciertos señoritos y con ciertas circunstancias... pues.
Para el Hipódromo y esas farsas. Una jaca como la que está viendo la
señora siempre tendrá partido. Bien emperrado que anda el _Baraterín_ en
comprármela; en pleito estamos porque no quiere llegar al precio que yo
le pongo. Ahí el señorito podrá decirlo.
--Es verdad, mamá--afirmó Rogelio mientras halagaba el anca de raso del
simpático animal.--Soy testigo. Agustín le pidió lo mismo que á ti, y
el torero la dejó quedar por diferencia de dos onzas, y está chalado por
ella. La anda rondando; ¡le hace más visitas!
--Pues que no la ronde, que es tuya--exclamó la mamá decisivamente,
recreándose en ver el rostro extático de su hijo, que al oir esta
palabra divina, con un impulso de esos que no se calculan, echó los
brazos al cuello de la jaca, y le plantó un achuchón completo en el
hocico negro y suave.
Convenido ya el precio y la hora de cobrarlo, doña Aurora indicó algo
sobre el cuidado de la jaca, proponiendo á Agustín dejársela en
pupilaje; pero Rogelio, excitado, casi convulso de felicidad, no
permitía hablar á nadie, ni tomar resolución alguna. «Tú no sabes,
mamá... Yo me encargo de eso, déjame á mí... Sí que he de pasarme yo un
día solo sin enterarme de cómo anda la jaquita mía... Todas las mañanas
y todas las tardes la he de ver á la señora jaca... Te digo que lo dejes
de mi cuenta...» Acabó doña Aurora por acceder y otorgarle plenas
facultades. «Bien, pues allá tú...» Cuando se trató de poner nombre á la
jaca, el muchacho, sonriendo, murmuró: «La llamaré Suriña».
Los afectos cardinales del alma humana dictan á veces rasgos de
maravillosa inspiración: la señora había comprendido, iluminada por el
amor maternal, que tratándose de un hombre de veinte años, y menor aún
que su misma edad, no hay rival mejor contra una hembra que un caballo
bonito. El caballo no es solamente distracción de un par de horas al
día, sino ocu pación y preocupación constante, desde que amanece hasta
que anochece. Enterarse de lo que come, y de si le roban ó no la cebada;
ver si está limpio y se han practicado con él todas las operaciones de
tocador--y el tocador de un caballo fino lleva casi tanto tiempo como el
de una mujer primorosa; luego, esa comunicación afectiva que se
establece entre el jinete que por vez primera disfruta el goce de un
caballo, y el animal; esa ternura que nace de la posesión; ese trueque
de monerías, el azúcar robado al almuerzo para ir á dárselo, el pan
fresco escondido en el bolsillo del chaleco, la dicha que produce el
relincho de júbilo del animal cuando su penetrante olfato y su delicada
percepción le dicen que el amo se acerca con la golosina... Después, las
inquietudes por la salud--un caballo ocasiona tantas como un niño
chico.--«Señorito, esta jaca no sé qué tiene... hoy no ha comido el
pienso. Le noto los ojos tristes.--Señorito, hoy la jaca no ha...»
¡Quién lleva lista de los innumerables achaquillos que puede padecer una
jaca! Después de tan múltiples cuidados, aun queda otro orden de ellos,
relacionados con lo que podemos llamar las galas de boda de la
equitación: el galápago de la mejor piel de cerdo, crujiente, diminuto,
mono; el sudadero de rico fieltro con cifras inglesas; los acerados
estribos; la sutil cabezada, que deja lucir toda la gracia de la gentil
cabeza; y para el jinete, el látigo de puño de plata cincelado; los
guantes del Tirol; el ajustado calzón de punto; las botas muelles; la
corbata con herraduras blancas sobre fondo gris... Todo distracción,
todo embeleso en la encantadora luna de miel del muchacho con su jaca.
¡Y qué emoción al sacarla! ¡Qué vanidad al lucirla con los amigos! ¡Qué
inexplicable deleite al pasearla en las frondosas arboledas de la
Moncloa, al ver acercarse un carruaje en cuyo fondo se reclina una bella
enlutada, y bajo la fascinación del mirar de la gentil desconocida,
ostentar la montura, hacer piernas, caracolear y lucir su gallardía
cubriéndola de espuma y sudor! ¡Qué placer ir variando de aires, ya el
rítmico paso, ya el animado trote, ya el ardiente galope; y al halagar
con cariñosa palmada el cuello del obediente bruto, sentirle resoplar de
placer, estremeciéndose todos sus sensibles nervios y su vigorosa y
enjuta musculatura, como talle de jovencilla al rodearlo el brazo de
ágil pareja y disponerse al vals!
Indudablemente, lo de la jaca sí que había sido gran recurso é idea
feliz, hija al fin de la experiencia, y muy superior á aquel ardid
vulgar de echarse novia, que se ofreciera al candor de Rogelio como
arbitrio soberano para curar su incipiente enfermedad amorosa. Ahora no
necesitaba su madre pedirle que saliese, ni inventar pretextos con que
echarle á la calle. Espontáneamente no hacía el chico más que ir y venir
de su casa á la cuadra de la favorita. El invierno cejaba ya; los
últimos días de Marzo eran, á pesar de la mala fama de este mes
versátil, claros, templados y hermosos; y todas las tardes, desde las
tres, salía Rogelio á gozar de los primeros soplos primaverales, ya
solo, ya con amigos, ya con el picador, volviendo al anochecer dominado
por una sana fatiga física, embriagado de aire puro, libre de molicies y
malas sugestiones, penetrado de la alegría del paseo. Entre esta veta de
actividad que su madre había descubierto, y el estudio, indispensable
porque la época de los exámenes se acercaba amenazadora, ¿cuándo ni cómo
había de encontrar tiempo de atender á la Esclava?
No por eso se dormía la madre, ni abandonaba el bien concebido plan de
defensa. Un día, Don Gaspar Febrero, habiendo madrugado algo más que los
otros tertulios, vino á quedarse á solas con la señora de Pardiñas, y
según costumbre, trajo la conversación hacia Esclavitud, elogiándola de
tan desatinada manera, que la señora sintió cierta desazón en los
nervios.
--Pecisamente--dijo doña Aurora cuando el anciano la permitió meter
baza:--tenía que indicarle á V., á propósito de esa chica... Pero
prométame que me responderá con franqueza absoluta, como amigos viejos
que somos ya.
--¡Pues no faltaba más! Mi simpática Aurora, ¿cuándo no?... ¿En qué
puedo servirla?
--Verá V.... Una cosa que se me ha ocurrido aquí por la mañanas cuando
estoy sin gente y el rapaz en clase... Como V. se va á quedar muy mal,
creo yo... así que Felisa emprenda su gran viajata á Filipinas...,
yo..., en mi deseo de que no eche V. tan de menos esos cuidados á que
está acostumbrado ya... ¿no le parece á V.?
--Veamos, veamos. Siendo de V. la idea... V. discurre siempre muy
juiciosamente, amiguita...
--Como me ha dicho V. tantas veces que le agrada el modo de servir de
Esclavitud...
El gallardo anciano hizo un brioso movimiento de halagüeña sorpresa,
afianzó sus espejuelos, se apoyó en la muleta, inclinándose hacia
adelante; y desatentado, trémulo, sin acertar á formar los períodos,
exclamó:
--Amiga, amiga, amiga... ¿Qué me dice V., qué me dice V....? ¿Ha
reflexionado antes de hablar? ¡Desprenderse V. de ese tesoro! ¡de ese
tesoro! Me llena V. de agradecimiento, sí, señor... pero en
conciencia... no, no puedo consentir... ¡A dónde llega la amistad! Ahora
lo veo, Aurora... No, pero yo no soy un egoista... No, V. no habrá
meditado... ¿lo dice V. formal, formal?
Sintió la señora el aguijón del remordimiento ante esta gratitud
extemporánea, y se dió prisa á añadir:
--Mire V., si sería conveniente para mí también; hasta para mí. Hay su
parte de egoismo, Don Gaspar; no es todo virtud. Como este año proyecto
llevar á Rogelio á que conozca nuestra tierra...
--Razón de más, amiguita, razón de más. No puede V. prescindir de una
servidora semejante viajando. Están muy malos los tiempos... Ahora, con
las Higinias que corren, ¿quién suelta una Esclavitud.... ¡ah! una
Esclavita de esa marca! ¿V., V. lo ha pensado, lo que se dice pensar?
Al hablar así, Nuño Rasura pegaba saltos en su butaca, y hacía con la
muleta el molinete. Sus ojos brillaban; su cuerpo se erguía como de un
muchacho, y afanoso sobrealiento agitaba su esternón. «Dios nos asista»
pensó doña Aurora: «á este señor le voy á tener que recoger del suelo
con cucharilla.» Y como guardaba silencio aparentando hallarse conmovida
por los argumentos del buen señor, éste añadió de pronto, con energía, á
manera de niño que se deja convencer para tomar un juguete:
--Pero es decir... ya comprendo que la amiguita lo ha meditado bien, en
el mero hecho de proponérmelo á mí. Conozco que tiene fundamento lo que
V. alega: mucho, mucho, Aurora... viajando, se va mejor solo: el hijo
con la mamá... claro, perfectamente. Pues por mí... basta que sea
indicación de V.: acepto, acepto... ¿oye la amiguita? acepto.
Doña Aurora discurría: «Cierto que á veces irrita un trucha como Don
Nicanor, que tiene la malicia por arrobas y es capaz de pensar mal de su
propia madre; pero también estos inocentones, que nunca se enteran...
vamos, hay días en que le ponen á uno los nervios como cuerdas de
guitarra».
Vencidos ya los escrúpulos de Don Gaspar, él mismo combinó y desarrolló
el plan de campaña: al ausentarse la hija, Esclavitud entraría á servir
al padre en concepto de ama de llaves. El ochentón añadió, estregándose
repetidas veces las manos:
--Que no se entere Candás... No quiero bromas inconvenientes.