Pero apenas el truhán de Laín Calvo se hubo ido, y calmádose un poco la
indignación y la cólera dando lugar á la reflexión, doña Aurora,
ejecutando su movimiento favorito de rascarse el moño con una aguja de
la calceta, llegó á formular categóricamente el indefectible «¿por qué
no?» de todas las desconfianzas. Sin necesidad de gran perspicacia, sin
poseer la aguda malicia del Fiscal, con sólo las nociones más
elementales del sentido común, bien podía venirse á la memoria é
imponerse al entendimiento todo aquello de «el fuego junto á la
estopa...», con lo otro de «entre santa y santo...», etcétera. Y por una
serie natural de razonamientos, propios de su buen sentido, llegó la
señora á caer en el extremo contrario á su primer impulso, acusándose de
confiada en demasía, de necia y simple, porque ni una sola vez se le
había ocurrido la posibilidad y aun la probabilidad de cosa tan obvia,
hasta que se la indicara una persona maliciosa y extraña, cuando ella
tenía obligación de precaverla á tiempo. «Las mamás padecemos esta
pícara manía, de pensar que los niños siempre han de ser niños... y los
años vuelan, y ellos llegan á hombres, y el bigote no nos pide permiso
para crecer... Cuando no creemos que siguen siendo chiquillos, damos en
figurarnos que ya son viejos y formales como nosotros..., otro
imposible, otra bobada... La edad pide lo suyo, y es una majadería no
sospecharlo siquiera... Lo malo aquí es que tenemos al enemigo en la
plaza. ¡Y lo he metido yo misma! Nada, le abrí la puerta y le
dije:--Pase V. Sobre que la situación es poco decente, desairadísima
para mí, he duplicado el peligro y la gravedad de todas las
consecuencias que pueden sobrevenir... ¡y tanto como pueden! Ello es que
yo no esperé nunca que Rogelio fuese toda, toda la vida un santo; pero
esto... así, á domicilio...»
Otra rascadura en el moño le sugería el contrapeso lógico de tales
reflexiones. «Es muy creíble que el tiñoso del viejo haya calumniado,
por el gusto de calumniar, á mi nene y á la pobre Esclava. Yo no tengo
tan mal ojo para conocer á las pájaras de cuenta, y Esclava me gustó, me
llenó precisamente por su tipo formal y modesto. Verdad que los
antecedentes de familia no la abonan, y que tiene mala sangre por los
cuatro costados; pero eso... en eso se lleva uno chascos grandísimos: la
gente no es como los pimientos, que salen gordos ó ruines según la
semilla. Nada, aquí no tenemos sino un caminito que seguir. Observar, no
dormirnos y procurar que el muchacho se distraiga por ahí fuera. Según
lo que vaya pescando, así haré. Yo no voy á cometer la barbaridad de
echar á la chica de buenas á primeras. Si todo ello resultase paparrucha
de Don Nicanor, sería un cargo de alma. Y si es verdad, podía
alborotárseme el chico... y tendríamos una... Estas primeras chifladuras
y tonterías de los rapaces les entran muy fuerte. Andarse con tiento.
Aurora, figúrate que eres de policía y que te mandan seguir la pista de
un crimen... Ojo alerta, calma y mala intención.»
Ningún programa se cumplió más al pié de la letra. Dedicóse la señora
desde aquel mismo instante á reparar el tiempo perdido: tan confiada y
noblota como fué antes de concebir recelo alguno, tan suspicaz y
escamona se volvió desde que la sospecha vino á hacerle cosquillas con
sus dedos rápidos y fríos. Espiaba con destreza y con un sosiego
perfecto, sin dejar salir al exterior las preocupaciones del ánimo. En
toda mujer, en la más sencilla y franca, hay un polizonte en germen; los
hábitos de disimulo contraídos desde la niñez les hacen fácil el oficio.
Para no alarmar ni poner sobre aviso, discurrió doña Aurora no vigilar á
los dos presuntos culpables, sino á uno solo: porque si éste comunicaba
al otro sus temores respecto al espionaje, el otro los disiparía
asegurando no haber notado cosa alguna que alarmar debiese. Y en efecto,
en el presente caso no puede negarse que, vigilada Esclavitud, sobraba
atisbar á Rogelio. Así se practicó. La señora, usando de un derecho
indiscutible, estudió minuto por minuto las acciones, pasos y
movimientos de su criada. Supo á qué hora se despertaba; qué hacía
después de levantarse; cuántas veces y con qué fin entraba en el cuarto
de Rogelio; en qué empleaba la tarde; á qué se dedicaba mientras duraba
la tertulia; cuándo se recogía y en qué momento soplaba la luz.
Y,--preciso es confesarlo,--al pronto el resultado de estas
averiguaciones fué completamente negativo. Esclavitud, no bien salía de
su cuarto, se consagraba como siempre á los chocolates, y después á su
aseo personal, sin acicalarse ni hacerse esos moños de figura de
sorbete, único lujo de las domésticas madrileñas. Para arreglar y asear
las habitaciones de Rogelio, despachito y alcoba, escogía las horas que
el estudiante pasaba en clase, ó en paseo: nunca iba estando él.
Esclavitud no salía los domingos sino á misa; por consiguiente, tampoco
veía á Rogelio fuera de casa. Durante la tertulia, Rogelio no se movía
de su rincón del sofá, ni la muchacha abandonaba su cesta de repaso,
excepto para abrir la puerta. Y las noches, en que á no venir algún
estudiante amigote de Rogelio, éste leía periódicos ó salía á los
teatrillos á ver una pieza, Esclavitud se las pasaba en su cuarto,
cosiéndose su propia ropa, ó dedicándose á faenas análogas. Nada se
descubría que pudiese dar pábulo á ciertos recelos, y la señora se
dormiría tranquilamente, si sus condiciones de observadora fuesen más
vulgares.
Pero no era ella mujer á quien se le pasasen por alto varias cosillas
insignificantes en apariencia, y en realidad muy significativas y aun
escamativas para una mamá avispada; cabos sueltos tras los cuales suele
salir toda una madeja larga y enredadísima. Estos indicios, señales ó
guiones para las pesquisas de la celosa madre, eran del género
siguiente. A la hora de almorzar, al traer Esclava las píldoras ó el
jarabe ferruginoso, al presentar á Rogelio sus manjares preferidos,
establecíase alguna vez (y que no se lo negasen á doña Aurora, que ella
bien lo había guipado) un trueque de miradas lánguidas de _carnero á
medio morir_, ó encendidas y chispeantes. Al llamar el estudiante á la
campanilla y levantarse Esclavitud para abrir la puerta, la muchacha
mostraba un apresuramiento que estaba muy lejos de manifestar cuando
tiraban del cordón los vejestorios tertulianos; es evidente que conocía
al señorito en el modo de llamar y hasta de subir las escaleras. Si
Esclavitud planchaba ropa de Rogelio, hacíalo con primor y esmero muy
especiales; y este mismo síntoma podía advertirse en el arreglo de la
habitación y en el servicio de la mesa. Algunas noches, al salir de casa
Rogelio, la muchacha le esperaba en el pasillo, y trocaban breves
frases, pero en voz tan baja que no podía oirse el diálogo: esto mismo
ocurría por la mañana al regresar de clase, y siempre que no estuviese
en la antesala doña Aurora. Por último, y este indicio era de los más
elocuentes, Rogelio se había resistido dos ó tres veces á acompañar á su
madre para salir, y aunque por fin cedía, iba asaz mohino y con las
orejas gachas.
Ni más ni menos que esto percibió la señora: ello bastaba y aun sobraba
quizá para tenerla en ascuas ó inspirarla deseos de resolver del mejor
modo posible aquella ambigua situación y desenredar la madejita, que
amenazaba ser con el tiempo un enredo de dos mil diablos. No se atrevía
á moverse de casa por no facilitar ocasiones peligrosas; pero esto puede
hacerse un día, dos, tres; no prolongarse todo un invierno, á menos de
criar moho. Rogelio había manifestado ya repetidas veces gran extrañeza
viendo suprimidas las correrías matinales en simón. «Máter, estamos
abocados á presenciar graves trastornos si continúa tu retraimiento y
sigues desdeñando á las áureas carrozas que al pié de los muros de
nuestro palacio esperan que te recuestes muellemente en sus recamadas
alcatifas para dedicarte á tus matutinos quehaceres. Prepárase imponente
manifestación en que tomarán parte diez mil Faetontes de punto;
pronunciáranse discursos en la dulce lengua del trovador Macías y en la
jerga elocuente del duque Pelayo. Tienen pedida la palabra Martín el
Buloniu y José el Cabaleiro. El Gobierno ha adoptado precauciones, y el
duelo se despedirá en la taberna.»
Los tertulianos, informados del retraimiento de la señora, también se
creían obligados á soltar su discurso de higiene. «Amiga doña Aurora, no
hay que apoltronarse. Cuidadito con criar humores, que después dan que
sentir. Míreme V. á mí: la salud de que gozo y la buena disposición en
que me encuentro, las debo á mi costumbre de que no pase día sin salir y
sin andar á pié regulares distancias. Menos de una legüecita, no se
esparce la sangre. Yo, desde que me rompí el hueso, ando más.» Estos
consejos eran del excelente Nuño Rasura. «Muy conveniente considero el
ejercicio», añadía el señor de Rojas, con su sentenciosa formalidad de
costumbre, «para el cuerpo, y si Vds. me apuran, para el alma. Andando,
se distrae... vamos, el espíritu. No hay como un paseíto, y si uno se
aburre, lo mejor que puede hacer es contar las piedras, los árboles ó
los números de las casas.» A doña Aurora, tales advertencias acababan
por sacarla de tino. «Es monomanía la que tiene todo el mundo de
aconsejar y de cuidarle á uno, sin saber ni lo que le conviene ni dónde
le aprieta á uno el zapato. Estos señores parece que se empeñan en que
aquí suceda... lo que no debe suceder. Vaya, con razón dice aquel
truchimán de Don Nicanor que están en Babia todos ellos.»
No obstante, doña Aurora iba persuadiéndose de que la encerrona era
insostenible, y la irritaba pensar que tal vez se tomaba un trabajo
excusado, porque la inclinación de los muchachos no llegaba á extremo
que justificase tantas precauciones; y de llegar, el impedirles que se
viesen á solas era como poner puertas al campo. Ocurriósele entonces un
expediente para salir de dudas y medir la magnitud del riesgo. Mandó
fabricar secretamente un llavín para la puerta de su piso; y ya provista
de él, salió á la calle de mañana en uno de sus trenes, el de Martín por
más señas; y despidiéndolo al poco rato, volvió á su casa á pié, abrió
sin hacer ruido, y se dirigió, pisando blandamente, al cuarto-leonera,
donde supuso que debía encontrarse Esclavitud. Así era. La halló
haciendo labor, como de costumbre, tranquila, con el aire reconcentrado
y pensativo que la caracterizaba.
--¿Dónde está el señorito?--preguntó doña Aurora de súbito, sin dar
tiempo para que la Esclava adoptase precaución alguna.
Y la criada, alzando el rostro sereno, ó más bien melancólico,
respondió:
--Me parece que estudiando en su cuarto ¿Cómo entró, señora? No he
sentido la campanilla.
--Es que salía Fausta--explicó doña Aurora atropelladamente, cogida en
el garlito lo mismo que si fuese ella la culpable. Hasta sintió
encendérsele los carrillos. ¡Aquello era lo que se llama un parchazo!
¡Tantos misterios y tantos preparativos de llavín, para encontrarse con
que en casa no sucedía nada de particular, y que cuando pensó sorprender
un pecaminoso coloquio, sólo encontraba la calma y el orden! Y sin
embargo, no se convencía, no señor: que se convenciese el diablo. «¿Será
esta chica más lagarta de lo que me figuro? ¿Me estará envolviendo sin
yo pensarlo? ¿Se reirán de mí los dos? Porque las miraditas y los
coloquios al entrar y salir, y las pocas ganas que tiene mi niño de
echarse á la calle... eso no me lo quita nadie de aquí; lo he visto, y
lo que veo... nada, que lo veo, y ya pueden predicarme después frailes
descalzos. Con salirme fallida esta emboscada, en vez de sosegarme creo
me voy sobresaltando muchísimo más. No, pues yo no me dejo meter el dedo
en la boca. Para defender á mi hijo, todos los medios humanos he de
apurar; á mí no me cogen desprevenida: por si ó por no... Me da miedo
esta muchacha. La veo yo así..., no sé cómo, pero no me gusta. Tiene un
carácter muy de allá, que todo se lo guarda, y no hay nunca seguridad
con ella, porque no se descubre. Pues á pillo, pillo y medio. Deja,
deja, que yo te buscaré la salida; y ha de ser salida decorosa, sin que
te puedas quejar; al contrario, has de tener que darte por satisfecha.
Y ahora..., un clavo saca otro clavo, los rapaces son rapaces... Voy á
proporcionarle entretenimiento á Rogeliño. Voy á darte una rival... y
bien bonita. Espérate, rapaza...: contra treta, retreta; ya encontré
quien ha de desbancarte.»