XVIII

Encontrábase la señora de Pardiñas completamente dada de alta y se

discutía la oportunidad de una salida á pié, cuando cierta mañana, á la

hora en que Rogelio tenía su clase de economía política, que para tales

visitas era deshora, llegó Don Nicanor muy bien humorado y cordialísimo.

Se hizo el sorprendido de no encontrar allí á ninguno de los

acostumbrados tertulianos; á lo cual doña Aurora, que se consagraba á la

fabricación de unas medias de abrigo, respondió muy cuerdamente que

faltaban dos horas lo menos para la de la tertulia, y por consiguiente

no tenía nada de extraño que la gente no hubiese llegado. Pero Laín

Calvo no debió de oir esta observación, porque conservaba en el bolsillo

la trompetilla, limitándose á formar con la mano un embudo acústico.

--¿Diga, Aurora, no ha notado una cosa?--preguntó después de

repantigarse en la butaca, sobre cuyo ancho respaldo estaba ya señalada

la forma de sus lomos.

Doña Aurora levantó las pupilas como el que dice:--«No; es decir, ¿yo

qué sé? Haga V. él favor de explicarse».

--¿No se ha fijado el otro día... cuando vinimos de visita Pacha y yo...

--Sí, sí; ya... el viernes.

--¿La mujer de Rojas, qué abatida estaba?

--¡La pobre! No es muy animada nunca; pero tampoco se la ve displicente.

¡Mujer de más mérito! Vale un Perú.

--No, ella bien se esforzaba en hacer de tripas corazón: ¡pero se le

conocía! Sobre todo, los que estábamos en autos.

--¿Pues qué ha pasado? ¿Tienen algún disgusto serio?--preguntó ya

consternada la señora de Pardiñas, que estimaba y quería muy de verdad á

la de Rojas.

--El Joaquín... el hijo, el juez... me le han vuelto á trasladar desde

un extremo á otro de España, á los dos meses de la primera traslación, y

estando su señora para dar á luz. Así se convencerán de que aquí no se

puede hacer el quijote, ¡carapuche! ¡Mire que un rapaz que empieza la

carrera, y para estreno se le ocurre tenérselas tiesas con un alto

cacique de las agallas de Colmenar, á quien le guarda las espaldas el

ministro del ramo! Ya verá, ya verá que no se pueden gastar bromitas con

esos nenes. Y ya comprenderá lo que importan aquí legalidades. ¿Que no

se puede trasladar á los jueces más que á instancia suya? Pues se pone

en la Real orden: «A instancia suya», y tan guapamente. Ya hubo alguno á

quien le encajaron la cesantía «á instancia suya». Y cuando protestó le

salieron con «¿V. desacata al ministro?»

--Pero señor Don Nicanor, eso honra mucho á la familia de Rojas, y al

muchacho, que por lo visto es de la escuela de su padre. Gente íntegra

así, se ve ya muy poca. Yo nada entiendo; pero recuerdo que aquí se

hizo conversación del asunto, y se dijo que querían que Joaquín Rojas se

prestase á una picardía tremenda, á un despojo que importaba...

--¡Mire V.--añadió Laín Calvo prosiguiendo en su sordera--que ir un

mequetrefe como él á cuadrarse delante del Ministro! Los Rojas tienen

vena. _Talis pater_... Farol el padre, farol el hijo... Es decir, el

hijo todavía más farol, aunque parezca mentira. Porque el padre al menos

no se mete en camisa de once varas: al texto de la ley y se acabó. ¿Que

el Código dice blanco? Pues blanco. ¿Que dice negro? Negro. Rojas es una

máquina de aplicar la ley. Si la ley hoy trajese azotes, y cortar las

orejas, andaría Rojas desorejando y vapuleando á la gente. ¡Pero el

chiquillo!... Porque se ha leído unas chapucerías alemanas é italianas,

traducidas en gringo, se las echa de sabiondo y de fi-ló-so-fo.

¡Fi-ló-so-fo un xuez! ¡Home, qué farolería!

--Pues á mí,--arguyó doña Aurora sin alzar la voz, porque sabía á qué

atenerse respecto á la sordera del Fiscal,--me parece que en todas las

profesiones puede un hombre portarse con dignidad y con decencia. Les

tengo á los Rojas, por eso, una simpatía grandísima.

--Y claro,--siguió Laín,--ahora lo de cuartos anda mal. En aquella casa

ni se enciende estufa, ni se come principio, ni se hace café. No le

llega el sueldo para traslaciones; se ha casado con una chica que no

tiene un ochavo, y así que la cosa apremie, ya bajará el gallo el

señorito. La necesidad enseña más que las Universidades. Ya le domarán.

Como un guante estará dentro de un año.

Persuadida de que no conseguía nada con protestar, doña Aurora

continuaba menguando el talón de su media, limitándose á hacer gestos

negativos, porque su genio vivaracho no le consentía asentir á las

atrocidades del maligno sordo.

--Todos allá cuando rapaces empezamos por echárnoslas de plancheta... ¡y

luego amainamos, vaya si amainamos! O si no, es querer pasar una vida

miserable. Ya verá V. como el ramalazo que ha cogido á Joaquín le

alcanzará también á su padre. Se la están armando con queso. No pasa el

año sin que le jueguen alguna de puño: gorda. ¿No pueden trasladarle? le

jubilarán. Yo no soy antiguallero como Don Gaspar y los otros; pero

tengo que reconocer que en mis tiempos la magistratura dependía menos

que ahora de la política. Las cosas vienen así, y hay que tomarlas como

vienen. Estos señores están siempre en Belén, carapuche. ¡Memos en

polvo! A bien que la camada nueva la entiende mejor. Aquí soy yo el

único de la tertulia que vive en el mundo. Si no fuese la arrenegada

sordera...

--A mí no me venga V. con sorderas,--protestó la señora.--Dios me libre

de sordos así. Oye V. más que quiere. A mí déjeme V. de cuentos ¿eh? No

nací en el año de los tontos.

--Y el que está más chiflado de todos,--advirtió Laín haciéndose el

desentendido,--es el bueno de Don Gaspar. Ese ya, guillati por

completo. Ha vuelto á la infancia. Tendremos que ponerle ama de cría, ó

al menos niñera. Eso quiere y por eso suspira; y anda buscando robarle á

V. la que V. escogió para su chico. Hablo formal; tan cierto como me

llamo Nicanor, que le tenemos vuelto tarumba por su doncella de V., por

la Esclava ó como se llame. Ningún rapaz de veinte se enamoraría tan

fuerte de ella; estoy seguro de que á Rogelín no le entró así, home.

Al nombre de Rogelio, y sobre todo al percibir el tono en que lo

pronunciaba Candás, la madre se estremeció, dejando caer en el regazo la

calceta.

--Lo de Rogelín,--continuó con la misma bonachonería el sordo,--es tan

natural en un rapaz, que sería para hacerse cruces si no sucediese.

Claro: una mujer agraciada de veinticinco, y mimosina; un rapaz de

veinte... ¿qué había de pasar, señores? Que hoy te miro, que mañana te

toco... que el cariñín en el pasillo, que el retozo en la antesala...

Rapazadas que se caen de suyo.

La señora saltaba en el asiento lo mismo que un muñeco de resorte.

--¿V. sabe lo que está diciendo?--exclamaba.--¿Le parece á V. bien

lanzar esas cosas tan serias _porque sí_, sin prueba ni fundamento

ninguno? ¿No hay más que echar la lengua á paseo y caiga el que caiga?

Rogelio... ¡infeliz criatura! ¡que no es capaz de semejantes trastadas

en casa de su madre!...

--Bueno, si yo comprendo que V. le dé poca importancia y lo meta á risa,

porque son demoniuras que la edad las trae consigo...; y por eso, cuando

el otro día los pillé en la antesala muy entretenidos, hechos un

caramelo, díjeles para mi saco: «Eso, niñines, á divertirse, que es ley

de Dios.» Pero si pienso en el otro estafermo, con sus ochenta del pico,

todo derretido en babas...: home, le bajaría los calzones y le daría una

mano de azotes en el tafanario, por archimemo.

¡A doña Aurora sí que se le pasaban ganas vivísimas de ejecutar la misma

operación con el empecatado sordo! ¡Contar aquellas enormidades, y

contarlas de aquel modo traidor, que ni daba lugar á rectificaciones,

porque con la farsa de la sordera podía decir cuanto se le antojase, sin

atender á las razones en contra, ni aun á los mentís! Era para

envenenarse la sangre de rabia... Era una burla supina, descarada,

insufrible. ¿Y ella había de aguantarla? Eso sí que no. La bilis de la

señora de Pardiñas se alborotaba: la sangre le hervía en las venas.

«Sordo infame, sordo de mentirijillas, revoltoso y chismoso de verdad,

raposa malvada y astuta, ahora te lo diré de misas.» Levantóse del

sillón, y acercándose rápidamente á Laín Calvo, le metió la mano, con la

destreza de un tomador de oficio, en el bolsillo del gabán, sacando el

estuche que contenía la trompetilla. Y antes que el sorprendido Fiscal

pudiese evitar el ataque, doña Aurora había sacado el cañuto de plata

encajándolo en el conducto auditivo del asturiano, acercado la boca y

gritado con toda su fuerza:

--Para mí póngase V. siempre la trompetilla, ó si no determínese á oir

lo que le contesto. Eso de Rogelio y Esclava lo inventa V. con su

maliciota condenada, ¿oye? Mi niño no seduce á las criadas de la casa de

su madre, ¿oye? La gente no anda tan suelta ni tan descarada como V. la

pinta, ¿oye, oye? Y las personas decentes se diferencian ¿oye? de los

pillos. Y yo no soy tan borrica ¿oye bien? que si semejantes cosazas me

pasasen por delante de las narices las fuese á consentir. Y á mí me

gusta poco la gente maligna ¿oye? porque siempre echo la cuenta ¿oye?

«Piensa el ladrón que todos lo son.»

Acabada la filípica, la señora se dejó caer toda sofocada y nerviosa en

el sofá: y el astur, llevándose ambas manos á su amarillenta calva,

exclamó con acento dolorido:

--Carapuche, Aurorina... Me ha roto el tímpano... Con otra como ésta me

deja sordo.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 50 / 58 题