Doña Aurora se encontró tan aliviada el día siguiente, que ya pudo
levantarse un par de horas, y á la noche insistió y porfió en que su
hijo no se quedase en el cuarto. «No me conviene», advirtió. «Te
acuestas ni desnudo ni vestido; tardas en dormir; te entra el
aburrimiento; te pones de palique con Esclavitud, que bien os oí anoche
entre sueños, y luego amaneces desemblantado y desganado». Cuando la
señora hablaba así, andaba la muchacha por el cuarto arreglando no sé
qué cosas, y se volvió de espaldas precipitadamente, sin duda para
recoger mejor la abrazadera caída de una cortina, operación en que se
entretuvo bastante tiempo. En cuanto al estudiante, clavó en su madre
los ojos, sobrecogido; pero aquella querida fisonomía, tan poco avezada
á disimular sus impresiones y tan conocida para él en sus menores
repliegues, no expresaba nada más que lo que en voz alta habían
proferido los labios, y el estudiante, respirando mejor, accedió á
retirarse á su cuarto aquella noche. No dejaba su madre de llevar razón
asegurando que le faltaba sueño. En la edad del pleno desarrollo, no
robustecido aún después de una niñez si no precisamente enfermiza, al
menos delicada, su fina organización se resentía de cualquier cosa, y
las tres noches de media vela le traían ya algo lacio. Sin embargo, al
recogerse á su alcobita, experimentó una impresión de pena y de soledad.
Acostumbrado á una atmósfera de ternura y de mimos, á andar envuelto en
algodón en rama, era codicioso de cariño, y bastáranle dos días para
contraer el hábito de aquellos tiernos y extraños coloquios, á deshora,
con una mujer que le ofrecía tal cantidad de afecto y de adhesión, que
ni su propia madre, al parecer, derramaba más profusamente el amor sobre
su cabeza. Si Rogelio pudiese analizar al microscopio sus sentimientos,
vería que buena parte del encanto de Esclavitud consistía en que allí él
era quien mandaba, y que la mujer de veinticinco años que al pronto le
tuvo por un chiquilicuatro, un _rapaz_, ahora estaba á sus órdenes,
sumisa, como _esclava_ verdadera. Con la madre, por más amante y tierna
que fuese, Rogelio siempre se reconocía súbdito: la costumbre de
respetar y obedecer se le imponía, manteniéndole en perpetua infancia.
Con la doncella, podía en cambio satisfacer su pueril vanidad y á la vez
su oculto y mal definido anhelo de vestir la toga viril, atributo de la
dignidad humana.
Por eso le causó gran disgusto la interrupción de veladas tan sabrosas.
A punto estuvo de escurrirse de puntillas á eso de la una, y sorprender
á _Suriña_, para alegrarle aquella cara que se le había puesto de una
legua. Pero ¿y si los cogía su madre? Creería todas las cosas malas;
tendría una desazón horrible; recaería; acaso despacharía á
Esclavitud... El instinto de cautela, que en los movimientos pasionales
se despierta como contrapeso á la fiebre de las determinaciones
radicales y de los insensatos extremos, le aconsejó cierto tino; y al
otro día, como viese á Esclavitud descolorida y con las facciones
afiladas, la acorraló en un rincón del pasillo, y la dijo entre bromas y
veras: «Suriña, no me pongas esa cara de viernes. Esta noche me acordé
mucho de ti, y de nuestra charla. Se me pasaban ganas de ir, pero no me
atreví. Cuidadito, por causa de la pobre mamá. Anda, Esclava, sonríe á
tu señor.»
Bastó esta pequeña satisfacción para que la muchacha apareciese con
mejor semblante, y aun se manifestase en apariencia contenta y segura.
Rogelio había hecho su composición de lugar, mitad por instinto de
prudencia, mitad por filial respeto: «Ahora, que sane mamá del todo: que
se reponga: á eso estamos. Mientras no se consiga verla fuerte y buena,
que Esclavitud la cuide, y se acabó. Pero mamá se encuentra muy
aliviada, y va á entrar en convalecencia: dentro de ocho ó diez días no
quedará rastro del percance. Entonces tenemos tiempo de echar todos los
paliques que se nos antoje. Porque mamá sale á la calle, ó se entretiene
con su tertulia, y... perfectamente. Se lo he de decir á Sura para que
se ponga más alegre todavía.»
Atisbó la ocasión propicia de comunicarle este agradable proyecto.
Sujeta incesantemente en el cuarto de la enferma, Esclavitud aquellos
días no pisaba el del estudiante: era preciso tomar por centro de
operaciones el pasillo, y Rogelio se propuso esperar á la chica en él
por la tarde, pues la mañana se le iba entre almuerzo y cátedras. Hacia
eso de las cuatro, el entrar y salir de los amigos en la tertulia
introducía en la casa cierta animación y desorden favorables al intento
de Rogelio. Y la tertulia aquellas tardes se encontraba muy concurrida,
porque el género de enfermedad de la señora, no incompatible con la
charla y la bulla, imponía á sus amigos el deber de acompañarla. No sólo
venían los «señores» sino también el personal femenino, compuesto casi
todo de modestas amas de casa, que por carecer de la desahogada fortuna
de doña Aurora, sólo de tarde en tarde podían permitirse el lujo de
hacer visitas, no sin meditarlo antes á fin de darse á luz con la
decencia conveniente en la familia de un magistrado. Aquella tarde
vinieron dos señoras que acostumbraban dejarse ver muy poco: la del
presidente de Sala D. Prudencio Rojas, y la del ex-Fiscal D. Nicanor
Candás, por mal nombre Laín Calvo. Si un pintor quisiese simbolizar la
Dignidad envuelta en los cendales de la Modestia, bastábale copiar
fielmente el porte y rasgos de la señora de Rojas. Para quien no tuviese
el alma dañada y torcida, ó embotada la sensibilidad, había algo en
aquella mujer sencilla, socialmente insignificante, que obligaba con
categórico mandato á inclinarse y descubrirse. En su abriguito de
terciopelo negro ya raído, escrupulosamente limpio, trabajosamente
puesto al aire de la moda después de ocho ó diez arreglos quizá; en su
capota cuyos encajes descubrían el brillo de la plancha casera; en sus
guantes nuevos, comprados para la circunstancia, de dos botones no más,
de color sufrido y obscuro; en sus aretes antiguos,--una roseta de
minúsculos diamantes;--en sus blancos cabellos, alisados y pegados á las
sienes con el supremo decoro de una reina viuda que ha renunciado á
agradar, se revelaba más valor, más sufrimiento, más secreto heroismo
que en los harapos de ningún pordiosero, ni en el uniforme de ningún
inválido, ni en el sayal de ninguna monja. El viviente comentario y tal
vez la mejor clave de la rígida integridad del marido, era la aureola de
paciencia doméstica y de serena aceptación del sacrificio cotidiano que
resplandecía en la esposa. Lo que tenía Rojas de duro y leñoso en su
modo de entender y rendir estrictamente la justicia, lo suavizaba la
dulzura de su mujer, á quien Roma hubiese conferido el cargo de
sacerdotisa de la piedad doméstica. Aquella matrona no había preguntado
jamás, ni aun á sí misma, la razón de que su vida conyugal fuese un
continuado acto de abnegación que duraba ya treinta y tantos años: sabía
que en su casa se adoraba el inflexible simulacro del Deber poniendo en
el mismo altar la estatua sobredorada de la Decencia, y sin una protesta
se había consagrado al culto de ambos númenes.
No cabía mayor contraste que el de la señora de Rojas y la de Candás.
Como en la magistratura se tienen muy en cuenta los antecedentes de
familia, no es posible dudar que una esposa tan cursi, que según malas
lenguas había sido posadera en Gijón, influía bastante en ciertas
sombras que un tiempo empañaron el buen nombre del Fiscal, y era motivo
para que sus compañeros, molestados por tener que seguir trato con ella,
mirasen á su esposo con una prevención que crecía al fijarse en la
incorregible mordacidad, burlón escepticismo y sordera intermitente del
asturiano. La señora de Candás, gordinflona, con una lupia al margen del
ojo izquierdo, muy empavesada, luciendo siempre vestidos llenos de
faralaes y capotas que parecían garitas ó peroles, hablando medio en
bable, llamando á su marido _este_, y contando delante de cualquiera
indisposiciones propias para sepultadas en el silencio más profundo, era
el tipo perfecto de la ordinariez incurable, enquistada, que resiste al
buen ejemplo, al aire de la corte, al cáustico de la burla y al roce de
la corriente del tiempo, que desgasta y pule, como la del mar, las
piedras más toscas. Si Don Nicanor probó alguna vez á civilizar á su
costilla, seguramente había renunciado á ello muchos años hace; y
además, los compañeros aseguraban que para desasnar á Pachita tenía que
empezar Don Nicanor por darse una mano de barniz á sí propio, y suprimir
las crudezas de su conversación, el desentono de sus modales y el mal
gusto de sus opiniones,--porque hasta las opiniones eran de mal gusto
en el Fiscal, ó al menos lo parecían por la forma de expresarlas.
Lo evidente es que, encontrárase ó no al nivel de su Pachita,--y acaso
sólo le llevaba de ventaja la agudeza del ingenio y la superioridad de
la instrucción masculina,--Don Nicanor se mostraba á veces como
avergonzado de su mitad. Quien se apostase aquel día en casa de doña
Aurora y viese entrar primero al señor de Rojas y luego al señor de
Candás en compañía de sus respectivas mujeres, podría, sólo con aquella
observación, deducir la vida psíquica de ambas parejas y ambos hogares.
Rojas había ofrecido á su mujer el brazo por la escalera, adelantándose
á tirar de la campanilla; y, al cruzar la puerta, se hizo atrás
cortésmente, no sin llegar después á tiempo de alzar el portier del
comedor (donde ya había vuelto á instalarse la tertulia). En el modo de
colocarse á su lado, en el de asociarse á sus protestas de interés por
la salud de la madre de Rogelio, rebosaba la misma consideración, el
mismo delicado sentimiento de reverencia familiar, si así puede decirse;
y el magistrado, respetando á su compañera, mostraba respetarse á sí
mismo. El señor de Candás, al contrario, entró con el sanfasón de todos
los días, y por poco suelta á su mujer en el mismo rincón en que había
colocado el paraguas. Parecía como si Pachita y su esposo se hubiesen
encontrado por casualidad en la escalera, sin conocerse, ni haber sido
presentados. Pero hubo más. Mientras el señor de Rojas, conversando en
igual tono deferente con su mujer que con doña Aurora, no se movió del
asiento hasta que la señora de Rojas hizo la clásica indicación, «cuando
quieras, Prudencio, nos iremos hacia casa», el señor de Candás, de
repente y cortando una arenga de Pacha sobre lo rancio y caro que era en
Madrid el _tocín_, dijo con el peor estilo del mundo:
--Ea, Pacha, cállate y larguémonos, que es hora.
Salía el señor de Candás, sin duda para enseñar el camino á su mujer,
que aún quedaba empantanada en los cumplimientos de despedida, á tiempo
de espantar un grupo de dos personas que hacia el fondo del recibimiento
se secreteaban con calor. Nadie ganaba al socarrón del astur en el arte
de hacerse el sueco; pero ver... ¡carapuche si vió! Tanto, que al salir
de la casa aún retozaba una risilla en las arrugas de su volteriana faz.
Lo que Rogelio le decía con tanto entusiasmo á la muchacha era esto:
--Suriña, la gran noticia. Este verano iremos allá... todos. Ya mamá me
lo tiene ofrecido.