XII

La mañana de un domingo despertó á su hijo la señora de Pardiñas con la

intimación siguiente: «Hoy haremos visitas. No hay más remedio: estamos

en descubierto con todo el mundo. Es un escándalo. Ya he pedido el landó

al taller de Agustín: dice que á las dos en punto lo tendremos á la

puerta. ¡Ah!... ¿No sabes? Voy á ir, que si me miro al espejo, no me

conozco. La modista me trajo ayer el vestido de terciopelo negro

arreglado con pasamanería de azabache y puntillas; el sombrero igual

está listo. Con que tocan á sacar el fondo del baúl. Te pasarás por la

peluquería antes de almorzar: tienes el pelito muy largo».

Rogelio gruñó bastante, alegó dos ó tres ocupaciones indispensables

aquel día, pero todo en broma, porque bien veía á la señora de Pardiñas

resuelta á no acostarse sin haber ofrecido un gran holocausto en el

altar de la sociedad. A los dos menos cuarto, Rogelio estaba acabando de

abrocharse la primer fila de botones de su levita inglesa, delante del

armario de espejo. Por fortuna era domingo, y, en tal día, frente á la

Universidad es donde se puede estar seguro de no encontrar un estudiante

para un remedio; que si no, menuda sofoquina le esperaba cuando los

compañeros le viesen con aquel empaque, vestido de _caballero_, con

guantes y chisterómetro. Acostumbrado á la pañosa y al hongo, le parecía

en los primeros momentos, que ir de levita era así cómo salir de

máscara. Allí estaba la chistera, reluciente, flamante, sobre la mesa

del despacho, y los guantes también, y el junquillo, y el tarjetero de

piel de Rusia, y el pañuelo con rica inicial bordada. De todos estos

objetos se hizo cargo; ladeó el sombrero al colocarlo sobre la bien

aliñada cabeza, y empezaba á calzarse los guantes, con el mal humor

inherente á esta operación siempre enfadosa, cuando su madre entró.

--¡Jesús, máter admirábilis! Vienes hecha un brazo de mar. ¡Ole por las

buenas mozas, las mujeres principales y el trapío!

Lo que venía doña Aurora era muy atarugada con las galas que sólo en

ocasiones solemnísimas se determinaba á lucir. Que no la quitasen á ella

de su mantito arrebujado, de su traje de merino y de su gran abrigo de

pieles. Tanto embeleco era para condenarse. El peso del sombrero, con

sus lazos empingorotados, la obligaba á bajar la cabeza; los aceros de

la falda la ataban los muslos; en fin, ello no había más camino que

someterse á semejantes impertinencias, por lo menos dos veces al año.

Llevaba tarjetero, como su hijo, y además una lista de las casas donde

se creía obligada á ir. También lucía, asomando por el manguito de

marta, un hermoso pañuelo de encaje, perfumado con no sé qué extracto

fino, y en las orejas dos buenos solitarios; el lujo modesto de una

señora que no pretende sino guardar el decoro de su clase. Y, sin

embargo, tal es el poder de la composición y del adorno en la mujer, que

doña Aurora, con sus cincuenta y pico, parecía haberse dejado diez en la

puerta del cuarto tocador, ostentando en la tez una animación agradable,

y en el andar cierta majestad insólita.

Esclavitud venía detrás, trayendo un abrigo, que por si acaso enfriaba

la tarde iría en el coche; y mostrando esa admiración solícita de los

criados adictos en los días de gala con uniforme para sus amos, se puso

á arreglarla el _polisón_ y las aldetas del corpiño, y á sacudir

imperceptibles motas de polvo en la parte inferior del volante. De

pronto alzó los ojos, y exclamó cándidamente mirando á Rogelio:

--Virgen de las Ermitas... ¡El señorito qué majo!

--¿Verdad que está hecho un figurín? Rogeliño, vuélvete, vuélvete...,

así. La levita te la han sacado pintada.

--¡Mamá!...--protestó Rogelio. Pero fué preciso dejarse mirar y remirar

por Esclavitud, y aun consentir una mano de cepilladura en el cuello de

la levita. Las pupilas de la muchacha le decían con inocente lenguaje

que estaba _bien_. Le arregló los puños, y cuando bajaba la escalera

todavía le gritó:

--¡Qué lástima! Lleva en la pierna derecha un poco de pelusa de la

alfombra.

La primer visita fué á casa de Don Gaspar Febrero, porque la hija del

respetable decano, casada con un comandante de Estado Mayor, se

marcharía pronto á Filipinas, en compañía de su marido, destinado á

Manila. Se habló de la navegación, del clima, de los baguíos, de la

carestía de la vida allá, y del señor mayor que se quedaba solo aquí.

Por fortuna, nunca había estado más tieso, más animoso, ni más rufo: aun

ahora mismo acababa de salir á pié, agarradito á su muleta, ávido de

tomar sol. Con estas buenas nuevas se despidieron de la morada de Nuño

Rasura y pasaron á hacer otras visitas casi todas análogas, algunas de

tarjetazo, las más agradables para Rogelio, que al acercarse á cada

portal repetía entre dientes la consabida jaculatoria:

--Animas benditas, ¡que no estén en casa las visitas!

Pero ¡ay! Pegó el gran respingo al anunciarle su madre que ahora irían

«un minuto» á casa de las señoritas de Romera, Pascuala y Mercedes.

--Madre mía, si es posible, pase de mí ese cáliz. Pero, ¡carapuche!

como dice el sordo de conveniencia, ¿no ves que necesitaré pellizcarme

así, para no dormirme?

--¿Tan curro como estás y no quieres lucirte con las buenas mozas? Anda,

anda, da la orden: calle del Barquillo...

Reservaba la casa de las solteronas una sorpresa al estudiante, en

figura de la despabilada chiquilla que salió á recibir á los

visitadores, y les convidó á pasar á la sala, anunciando que las tías

«vendrían inmediatamente». Para decirlo hizo mil monerías con la cara y

los ojos, que los tenía negros, chiquitos, vivarachos, muy parleros.

Vestía la sobrinita de las de Romera un traje bastante rabicorto,

indicio de que aún no había ascendido á la dignidad de la mantilla, y un

mandil de peto, bordado de colorines alrededor: un lazo de cinta azul

ataba la coleta de su trenza corta; y sus zapatitos usados, desflorados

por la punta, indicaban la viveza de movimientos del pié menudo y

arqueado que prendían. A poco rato salió Pascuala, la mayor de las

solteronas, toda mocosa y acatarrada, declarando que su hermana no podía

moverse del gabinete, por estar pasando un resfriado mayor aún, que

requería evitar cambios de temperatura. «Mire V.: poner á mi hermana

entre puertas, es como darle una puñalá». Luego presentó á su sobrina

igual que hubiese presentado á un perrillo revoltoso, que alterase la

soñolienta quietud de aquella morada. «Aquí tiene V. á mi ahijada

Inocencia, la niña segunda de mi hermano Sebastián, el que vive en

Loja... Nos la ha dejado el pobre aquí porque necesita arreglarse la

boca; le ha nacío un diente montado sobre otro, y habrá que

arrancárselo... Es muy ardilla; no puede estarse fija en un sitio; no

hay calzado que le baste; por eso la ven Vds. tan mal de botitas...»

Hechas estas aclaraciones, vino á cuento hablar de Esclavitud, y en

atención á que no se podía tratar el asunto delante de «una criatura» y

á que Mercedes deseaba disfrutar de la presencia de doña Aurora, las dos

damas pasaron al gabinete, dejando solos á Rogelio é Inocencia.

«Enséñale los álbumes y las vistas de Granada, niña», fué la orden que

recibió la chiquilla al salir su tía de la sala.

Inocencia obedeció,--no sin hacer varias morisquetas á pretexto de

llegarse á la mesa,--exclamando atropelladamente y con mucho ceceo:

--Venga V., venga V. á ver las estampas que dice tía Pascua. ¡Son más

preciosas!

Aunque lo de ponerse á mirar estampitas le sabía mal al «caballero» de

levita y chistera, por vergüenza de protestar se resignó, y ocupó una

silla al lado de la chicuela, que, al abrir el álbum, le lanzó una

ojeada inequívoca, incendiaria, con todo el descaro de los catorce años

mal cumplidos. Ya al quedarse solo con la niña, le había ocurrido al

estudiante que no pudiera deparársele ocasión más rodada y cómoda de

echarse novia que la presente. Mortificábale un poco en su amor propio

el que fuese tan chiquilla, porque una señorita de diez y ocho á veinte

honraba más, y aquello olía á noviazgo de juego; pero al verla de

cerca, con todos los indicios de la precocidad meridional, con su

cuerpecito ya enteramente formado y su labio superior grueso y un poco

remangado por el diente defectuoso, parecióle una mujer en miniatura, y

dijo para sí:

--Me declaro.

Declaróse en efecto, sin más preámbulos ni ceremonias, con frases muy

retumbantes aprendidas en zarzuelas y comedias, en periódicos y bromas

de estudiantes. La chiquilla, sin mostrar la menor sorpresa, fingía

seriedad, enrollando un pico del lazo de su trenza, traída adelante con

afectación de lucir el pelo, haciendo á la vez mil mohines y dengues de

coqueta de oficio. Como el estudiante alzase un poco la voz, la niña

murmuró:

--¡Chisss... Que están ahí, en el gabinete!

Rogelio bajó el diapasón y apretó la súplica, aunque empezaban á

cosquillearle unos fuertes impulsos de reir á carcajadas: y después de

tres ó cuatro gestos negativos, la niña, sin más ni más, de golpe, dijo

que _sí_.

--¿Me da V. una prueba de amor?--imploró Rogelio: y sin aguardar

respuesta, se inclinó y la besó en el carrillo, figurándose que besaba

el de una pintada muñeca, terso, rosado, insensible. Ninguna emoción, ni

de placer ni de bochorno, reveló Inocencia al recibir el beso: antes

cogiendo al estudiante por la solapa, indicó con mucha fe:

--Me parece que debemos tutearnos. Los novios de mis amigas se tutean

con ellas.

--Bien, pues te tutearé... Ya te estoy tuteando.

Ella recalcó con el mismo empeño y apresuramiento:

--También debemos escribirnos todos los días: todos, sin faltar uno. El

novio de mi hermana Lucía le escribe unas cartas así..., una por la

mañana, otra por la tarde, que aún es más.

--Corriente. Nos escribiremos. Me entenderé con la criada para que

traiga y lleve la correspondencia.

--Y me darás un retrato tuyo. ¿No tienes fotografías? A mí no han

querido papás dejármela sacar, hasta que me arranquen el diente; pero

puedo darte pelo para un medallón. ¿Me lo corto ya?--añadió jugueteando

con las puntitas rizadas de la coleta.

--No... Cuando yo te dé el retrato.

La chiquilla se levantó rápidamente, y andando de puntillas, fué á la

puerta del gabinete donde charlaban las señoras mayores. Regresó, con

las mismas precauciones, gozosa.

--Creí que venía madrina. Pero no. Están de mucho palique.

Dicho esto volvió á ocupar su sitio al lado del estudiante, y

transcurrieron dos ó tres minutos sin que se dijesen palabra. La

chiquilla esperaba, sorprendida de que no se le ocurriese nada á su

novio; y al muchacho, por más que discurría, no se le venía ni esto á la

boca. Sólo continuaba teniendo ganas de reir, unas ganas disparatadas, y

para no estallar se cubría los labios y la nariz con el rico pañuelo de

bordada inicial. La _novia_ reparó en el pañuelo, y observó vivamente:

--¿Qué letra es esa?

--Erre. Me llamo Rogelio.

--Ya te lo iba yo á preguntar. Siendo mi novio necesito saber cómo te

llamas. ¿Qué pongo en los sobres de las cartas? Señor Don Rogelio...

--Pardiñas.

--Pardiñas, Pardiñas, Pardiñas...--Repitiólo muchas veces la muchacha,

como si temiese olvidarlo; y después, encarándose con el estudiante, le

interrogó con tono solemne:

--¿Nos hemos de casar?

Aquí ya Rogelio no pudo aguantar el acceso de risa nerviosa, y la dejó

salir por la boca, por los ojos, por el cuerpo mismo, cogiéndose la

cintura, que le dolía con la fuerza de las carcajadas. Y sollozaba,

echado atrás en el sillón:

--¡Ay... ay... me muero, me muerooó!

--¿De qué te ríes?--preguntó algo picada la niña.--Pareces tonto. Dime

si nos hemos de casar, ea.

--Por supuesto que sí. Es que soy muy tentado de la risa. Déjame reir,

que si no me pongo malo.

Así que hubo desahogado, Inocencia le cuchicheó al oido:

--¿Pasarás mañana á las nueve de la mañana por esta calle? Yo estaré al

balcón. A esas horas me asomo siempre á ver pasar la batería montada.

Es muy bonita. ¿Tú qué carrera sigues?...

--Abogado.

--¡Lástima! No tienes uniforme.

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 44 / 58 题