Cruzaba Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.
--¡Esclavita!
--Voy.
--Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso
conflicto.
La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con
el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si
encerrase en ella algún tesoro.
--Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello
este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin
atravesar mi garganta con el frío acero?
Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero,
carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los
de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró
la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla
de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del
desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron
principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja
airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda
cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil
festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la
carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la
arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la
muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:--«Aparte un
poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con
ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con
el hilo, formando el pié; remató...
--¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.
Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del
estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.
--¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!
Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para
obtener una cosa muy importante y ardua:
--Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.
La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del
señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las
otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio
volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le
entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el
rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban,
las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo,
derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies,
y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y
párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del
estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen
destapado una botella de oxígeno.
Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la
sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de
mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la
golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán
á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada
por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo
al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un
velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo,
cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la
tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la
linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia
del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el
arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión
culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia
conveniente para juzgar del efecto del lazo.
Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila.
Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que
había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué
atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»
La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y
deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio
por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de
hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le
llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría
yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí
si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de
ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían
producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea,
al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan
cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el
mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas
ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son
difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada
momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de
aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al
encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz,
recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la
perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto
corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su
anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella
le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color
de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando
vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y
razonables todos los despropósitos, y hasta--¡extraña forma del capricho
apasionado!--creía tener una obligación, una especie de deber estricto
de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de
locura. «Después sí,--pensaba,--que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo
mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea
se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según
vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de
tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el
chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con
fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos
antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una
pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me
ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre
resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es
cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo
estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo
pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con
esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me
conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha
guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí.
Dios quiera que no tenga escama ya...»
Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de
doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le
delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto,
afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga
cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de
quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era
el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse
ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de
la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril
donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le
ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho
contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo
derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras
ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy
fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí
estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto,
impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y
despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura
de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á
Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para
repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía
á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su
espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías
así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial,
manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con
que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un
limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la
Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de
restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te
quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto
te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y
el honrado _Fantoche_. Quieren que seas de palo como él. No, eres de
carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á
falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es...
Esclavitud».
A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y
vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de
la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del
_Madrid Cómico_, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con
una lectura hambrienta sus febriles ansias.
No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación
reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse
con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas.
Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en
las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual
de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué
me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los
bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor
es el remedio que la enfermedad.»
Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada
varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados
y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes,
cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y
sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro
es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito
Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre
me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía
correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas
chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la
tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se
va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran
distracción...»
Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del
empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas
conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta
frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se
burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de
cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de
San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia
de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en
especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo
tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido
con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago
puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola.
«La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme
del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del
almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á
cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí
estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda
sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de
ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una
cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un
jilguero, trapos, una bota inservible.--Al fijarse en aquel interior
nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á
Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte.
Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»