XI

Cruzaba Esclavitud el pasillo, y oyó la voz de su señorito llamándola.

--¡Esclavita!

--Voy.

--Acude pronto... Tu intervención habrá de resolver un pavoroso

conflicto.

La muchacha entró, y vió al estudiante de pié, en mangas de camisa, con

el chaleco en una mano, y la otra muy apretada, lo mismo que si

encerrase en ella algún tesoro.

--Ahora mismo, con la velocidad del rayo, acaba de saltarse de mi cuello

este botón de precioso nácar... ¿Puedes adherirlo otra vez á su base sin

atravesar mi garganta con el frío acero?

Sonrió Esclavitud, y registrándose el bolsillo, sacó alfiletero,

carrete, dedal: este último era perforado por arriba y abajo, como los

de las aldeanas. Se lo calzó rápidamente, y con igual presteza enhebró

la aguja, dió el nudo, y cogió entre el pulgar y el índice la rodajilla

de nácar. Arrancó el hilo que colgaba señalando el lugar del

desperfecto; aplicó el botón, é introdujo la aguja... Aquí dieron

principio las dificultades de la empresa. No era posible sacar la aguja

airosamente, sin pincharle al señorito la barba, todavía rasa y monda

cual la de una mujer. El fingía ayudar, y torcía la geta con mil

festivos remangos y mucho de «¡ay! ¡socorro..., que me parten la

carótida..., que me atraviesan la yugular..., que me practican la

arriesgada operación de la traqueotomía sin tener garrotillo!» y la

muchacha, risueña, pero sin perder el aplomo, sólo decía:--«Aparte un

poco..., cuidadito ahora..., vuélvase..., pronto acabo...» Por fin, con

ademán triunfante, dió alrededor del botón un sinnúmero de vueltas con

el hilo, formando el pié; remató...

--¡Hurra! Victoria. Abróchamelo.

Los deditos menudos, picados de la aguja, recorrieron la garganta del

estudiante, el cual despidió nuevos chillidos.

--¡Ay, ay, ay... Que me pelliiizcan!

Pero apenas estuvo abrochado el botón, murmuró como el que ruega para

obtener una cosa muy importante y ardua:

--Esclava... Dígnate ceñir á mi cuello este dogal.

La muchacha tomó la chalina de seda, y al rodearla al cuello del

señorito, se tropezaron las miradas de los dos. Mientras duraban las

otras operaciones no había sucedido semejante cosa, porque Rogelio

volvía la cabeza todo cuanto se lo permitían los accesos de risa que le

entraban: ahora sí tenía que suceder, pues Esclavitud levantaba el

rostro, y Rogelio, más alto, veía por fuerza, tan cerca que le mareaban,

las dos pupilas verdes sembradas de puntitos de oro, y la raya del pelo,

derecha, angosta y limpia, como surco que parte un campo de madura mies,

y la cóncava frente, tersa y suave, y las venitas azules de las sienes y

párpados. El aliento puro de la muchacha subía hasta la boca del

estudiante, causándole un principio de embriaguez, como si hubiesen

destapado una botella de oxígeno.

Fué asunto de un instante, pero instante en que por la intensidad de la

sensación, Rogelio creyó vivir un año. La infancia, con su ligereza de

mariposa, sus vagos horizontes de plata y azul, se quedó atrás; y la

golosa juventud, la de insaciables labios, surgió tendiéndolos con afán

á la copa eterna. La sangre de Rogelio, hasta entonces lenta, enfriada

por la clorosis, saltó en las venas con impetuoso hervor, y refluyendo

al corazón de golpe, volvió á derramarse encendida por el organismo. Un

velo rojo, el que nubla las pupilas del criminal en el momento decisivo,

cubrió también los ojos del estudiante, mientras le asaltaba la

tentación brutal y furiosa de cerrar los brazos, comerse á besos la

linda cabeza y deshacer á achuchones el cuerpo... La misma violencia

del deseo paralizó su acción, y como Esclavitud había terminado el

arreglo de la corbata, cuando Rogelio iba á ceder á la sugestión

culpable, la muchacha se desviaba ya, colocándose á distancia

conveniente para juzgar del efecto del lazo.

Fué como si se interrumpiese la comunicación del alambre con la pila.

Rogelio volvió en sí, tan sobrecogido de terror considerando lo que

había estado á punto de hacer, que sintió enfriársele las manos. «¡Qué

atrocidad, Dios mío!... ¡qué disgustazo para mi madre!»

La noción moral, que á otros se les inculca como necesidad racional y

deber ineludible, ó como religioso precepto, habíala recibido Rogelio

por el conducto del sentimiento, en su educación faldera y mimosa de

hijo único. Todas las ideas de decoro, de bondad, de rectitud, le

llegaban por ese camino indirecto, pero dulce. «¡Ay, qué pena tendría

yo, rapaz, si tú hicieses tal ó cual cosa! ¡Jesús, qué bochorno para mí

si cayeses en esta ó en aquella falta!» Así es que, sin darse cuenta de

ello, lo primero que Rogelio veía en sus actos era el efecto que podían

producir en el corazón de su madre; y ésta fué también su primer idea,

al disiparse el vértigo que le obscureciera la razón mientras tuvo tan

cerca á la muchacha. Cuando Esclavitud hubo salido del aposento, el

mismo recelo fué base de una honradísima resolución, la de evitar nuevas

ocasiones y peligros más inminentes todavía. Tales propósitos son

difíciles de sostener cuando se tiene el peligro en casa. A cada

momento Rogelio sentía renacer su antojo primerizo, y como bocanadas de

aire caliente, subírsele al cerebro los mismos vapores. En la mesa; al

encontrar á Esclavitud en el pasillo; cuando le traía á su cuarto luz,

recados ó ropa, no podía menos de devorarla con los ojos, detallando la

perfección de su talle gentil, el misterio de su cerrado y honesto

corpiño, la gracia de su ligero andar. Cuanto mayor y más vivo era su

anhelo, más atado se sentía en presencia de la muchacha. Delante de ella

le parecía imposible resolverse nunca á decirle nada que tuviese color

de requiebro formal; y en cambio, de noche, á solas, desvelado, dando

vueltas en la estrecha camita, juzgaba fáciles todas las empresas y

razonables todos los despropósitos, y hasta--¡extraña forma del capricho

apasionado!--creía tener una obligación, una especie de deber estricto

de realizar lo que por el día consideraba un atentado y un acto de

locura. «Después sí,--pensaba,--que nadie podrá llamarme chiquillo; y yo

mismo me convenceré plenamente de que no lo soy.» Esta disparatada idea

se desvanecía por la mañana, al traerle su madre el chocolate según

vieja y afectuosa costumbre. Al ver entrar á doña Aurora con su bata de

tartán y la bandeja en las manos; al saborear el primer bizcocho, el

chico mimado sentía todo el influjo de la ley moral imponiéndose con

fuerza apodíctica, y los principios desconocidos ó negados minutos

antes, se le presentaban claros, demostrativos, evidentes. «Darle una

pesadumbre á mamá, allá por fuera de casa, ya sería terrible, ya se me

ponen los pelos de punta con solo imaginarlo... Pero, en fin, siempre

resultaría más disculpable y más llevadero. Aquí mismo..., vaya..., es

cosa inaudita. Aunque ella no lo pescase, á mí se me figuraría que me lo

estaba leyendo en los ojos y hasta en el modo de respirar. Y lo

pescaría, lo pescaría; ¿pues quién lo duda? Es muy pilla mamá, así con

esas tracitas de bonachona. El dedo en la boca no se lo mete nadie. Me

conoce tan bien, que aún no he acabado yo de decir las cosas y ya las ha

guipado ella. Como que no le importa ni se ocupa de nada sino de mí.

Dios quiera que no tenga escama ya...»

Así, aquel culpable de pensamiento estudiaba con atención el rostro de

doña Aurora, temeroso de que alguna de sus miradas á Esclavitud le

delatase. A veces se comprometía por dar en el extremo opuesto,

afectando no mirar á la muchacha, evitando hasta el roce de su manga

cuando le servía á la mesa. Verdad que este mero roce le sacaba de

quicio, llegando á causarle una impresión dolorosa por lo intensa. Era

el suyo deseo exaltado de la primera edad, que no sabe aún ni reprimirse

ni abrirse camino hasta su objeto. Después de dos ó tres días de huir de

la Esclavitud, ideaba un pretexto para ir á sorprenderla en el cuchitril

donde planchaba y tenía las cestas del repaso; y una vez allí, no se le

ocurría más que sentarse en una silleta, y engañar su violento capricho

contemplando á la chica que, encendida y sudorosa, encorvado el brazo

derecho en arco rígido, hincaba con esfuerzo la plancha en las pecheras

ó los puños de las camisas. Cuando el ímpetu de abrazarla le acudía muy

fuerte, Rogelio se levantaba y refugiábase en su despachito. Allí

estaban, sobre el barnizado escritorio, los antipáticos libros de texto,

impresos en papel de estraza, con tipos gastados y turbios, y

despidiendo de sus mustias hojas y de su parda cubierta toda la secura

de la aridez, todo el humo del hastío. Nunca le habían caído en gracia á

Rogelio los tales librotes; pero ahora... Apenas intentaba abrirlos para

repasar una conferencia, una niebla de aburrimiento pertinaz se le subía

á la cabeza, y una especie de disolución moral se verificaba en su

espíritu, en el cual cierta voz rebelde murmuraba vagamente herejías

así: «Anda, hijo, déjate de pamplinas, reniega de esa ciencia oficial,

manida, huera, sin jugo. La realidad y la vida son otra cosa. Eso con

que pretenden alimentarte es un conjunto de vejeces, la cáscara de un

limón exprimido ya por la mano diez y nueve veces secular de la

Historia. Ha caducado cuanto estudias. Te quieren llenar el cerebro de

restos momificados, de trapos polvorientos y de antiguas telarañas. Te

quieren meter en la cabeza la vieja balumba jurídica, y que de un salto

te encuentres en la edad de tus tertulianos, Laín Calvo, Nuño Rasura y

el honrado _Fantoche_. Quieren que seas de palo como él. No, eres de

carne y hueso; eres hombre; la vida te llama, y la vida á tu edad, á

falta de un estudio que desarrolle la armonía de tus facultades, es...

Esclavitud».

A estas indeterminadas reflexiones aquí traducidas en lenguaje claro y

vulgar, el estudiante asentía bostezando, levantándose nerviosamente de

la silla, cogiendo del estantito una novela ó el último número del

_Madrid Cómico_, tumbándose sobre la cama, y tratando de distraer con

una lectura hambrienta sus febriles ansias.

No tenía el recurso del cigarro, porque pertenecía á esta generación

reciente que no fuma, y que llegará, si Dios no lo remedia, á desmayarse

con el olor del habano, ni más ni menos que las damas británicas.

Faltábale ese gran engañador de la impaciencia, ese gran consejero en

las horas malas, ese poderoso sedante, esa distracción la más espiritual

de cuantas puede ofrecer la materia. Un día pensó en ella mucho. «¿Qué

me sucedería si fumase? Por de pronto, marearme. Quién sabe si echar los

bofes... de fijo que sí. Luego, mamá conocería por el olor... No, peor

es el remedio que la enfermedad.»

Esta idea del cigarro, que le halagaba porque tenía algo de calaverada

varonil, trajo como de la mano otro expediente más fecundo en resultados

y hasta de realización gratísima y fácil. ¡No habérsele ocurrido antes,

cuando era tan sencillo, tan sencillo, y hasta tan natural y justo, y

sobre todo tan útil para alivio del malestar presente! «Pues si lo raro

es que yo no tenga ya una novia, señor. La tiene cada quisque: Benito

Díaz, una preciosa; Cardona otra por quien bebe los vientos... Siempre

me están diciendo que á qué aguardo para echarme la mía

correspondiente. Pues les sobra razón. Así se me quitarán estas

chifladuras y estos alborotos. Tomaremos novia, sí señor que la

tomaremos. El tener novia no es cosa mala, ni aunque mamá lo averigüe se

va por eso á disgustar. Un clavo saca otro clavo. Será la gran

distracción...»

Creada ya la plaza, faltaba saber en quién recaería la provisión del

empleo. Rogelio pasó revista con la memoria á todas las señoritas

conocidas suyas. Unas eran feas, otras tenían ya su arreglito; ésta

frisaba en los treinta; aquélla no salía de casa jamás; unas se

burlarían de él; otras le pedirían cosas muy difíciles en prueba de

cariño... Recordó que por una callejuela que desembocaba en la Ancha de

San Bernardo, vivían frente á su casa tres ó cuatro chicas, descendencia

de un empleado en el Ministerio de Ultramar. No eran malejas, en

especial la menor, una rubita pálida que, cara, pelo y ojos, todo lo

tenía de un color mismo, lo cual la favorecía, dándole cierto parecido

con la infanta Eulalia. Rogelio la miraba á veces, recibiendo pago

puntual de todas sus ojeadas sin que le quedasen debiendo ni una sola.

«La rubita me conviene....», pensó el estudiante. «Ni necesito moverme

del comedor...» En efecto: el mismo día que lo discurrió, á la hora del

almuerzo, apostóse detrás de los cristales, con las vidrieras á

cuchillo, y miró hacia los balcones del tercer piso de enfrente. Allí

estaba la rubia, vistiendo una mañanita de percal de lunares, toda

sucia y ajada; sobre la barandilla del balcón flotaban varias prendas de

ropa íntima, en más que mediano uso, puestas á secar, y encima de una

cómoda se veían frascos cubiertos de polvo, la jaula vacía de un

jilguero, trapos, una bota inservible.--Al fijarse en aquel interior

nada holandés, el plan de tomar novia que viviese allí se le frustró á

Rogelio. Permaneció apabullado diez minutos. «Buscaremos por otra parte.

Lo que es sin novia no me quedo yo; sólo faltaba...»

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 43 / 58 题