XIII

A Rogelio, cuando iban terminando de bajar la escalera, le duraba aún la

impresión burlesca del noviazgo, por lo cual no se cuidó de ofrecer el

brazo, según acostumbraba, á doña Aurora. Un grito y un estruendo

inesperados le helaron la sangre en las venas, al ver á la señora

resbalar y precipitarse desde el último tramo yendo á caer sobre las

baldosas del portal. Los grandes sentimientos tienen revelaciones

supremas en las ocasiones supremas también; Rogelio ignoraba que hubiese

cuerdas en su laringe y acentos en su voz para decir de un modo tan

desgarrador y patético:

--¡¡Madre del alma!!

Saltó á brincos lo que su madre había rodado, y en un abrir y cerrar de

ojos la puso de pié, la reclinó en sus brazos y la apretó contra el

corazón, palpándola con delirio, para cerciorarse de que no estaba

muerta ni tenía ningún miembro fracturado. De repente lanzó una

exclamación de horrible susto.

--¡Sangre, mamá!... Hay sangre... ¿Por dónde sangras? Aquí... ¡Jesús,

sangre!

En efecto, la cabeza había dado contra el filo de un peldaño, y asomaban

unas gotas de sangre por la descalabradura. Aturdida como estaba la

señora por la fuerza del porrazo, la angustiosa voz de su hijo la

reanimó, y pudo decir con desmayado acento:

--No te asustes, rapaz. No fué nada... puedes creerme que no fué nada.

Ya estoy así..., mejor.

--En esta portería no hay nadie... Voy á subir, á pedir vinagre, agua...

--No, hijo, no, por la Virgen... No llames, no alborotes. Llévame al

coche poquito á poco. Para males y cosas así, cada uno en su casa.

Temblando y trasudando frío, Rogelio condujo á su madre, casi en vilo,

al coche, y á pulso la subió, recostándola en la esquina, mientras le

hacía aire con el pañuelo, pensando con terror: «¿Habrá habido conmoción

cerebral?»

--A casa, despacito--ordenó al cochero que se inclinaba lleno de

curiosidad para ver qué sucedía. Y sin poder reprimirse, Rogelio abrazó

á la señora, formulando la pregunta de todas las caídas:

--¿Pero mamá, cómo hiciste?

--No sé, hombriño... el pié se me escapó; sería culpa de los tacones de

las botinas nuevas... ó me prendería en el volante del traje.

--Culpa mía, que no te di el brazo. Soy un bruto. ¿Dónde te duele? ¿Qué

tienes ahora, mamá?

--No sé... Parece que me entra un síncope--respondió con voz débil la

señora.

De síncope eran las trazas, según el color mortal y el enfriamiento

repentino. Rogelio estuvo á punto de gritar al cochero: «A una botica»;

pero en esta incertidumbre y congoja, la señora volvió un poco en sí,

hizo señas de encontrarse mejor, y el coche se fué acercando á la puerta

de la casa. Al bajar Rogelio á su madre, ayudado del lacayo, la señora

lanzó una queja.

--¿Qué te duele?

--Esta pierna... No, si no vale nada, no te apures.

Enterada al vuelo de lo ocurrido, Esclavitud, sin inútiles aspavientos,

con actividad y destreza, se dió prisa en aflojar á la señora, aplicarle

vinagre á las sienes, desnudarla después y acostarla en su cama bien

mullida. Doña Aurora se quejaba de arcadas, de angustia, de opresión, de

náuseas continuas, y deseaba arrojar; por lo cual el estudiante pensó

aterrado: «¡Adiós! conmoción cerebral tenemos». Llamó aparte á

Esclavitud y la dijo atropelladamente: «Ten cuidado. Yo voy por Sánchez

del Abrojo, y no me vengo sin él».

Le trajo, en efecto, al cabo de dos horas; y el insigne médico, después

de examinar detenidamente á la enferma y verificar un minucioso y hábil

interrogatorio, tuvo que convenir en que había habido un poquito, nada

más que un poquito, de conmoción cerebral... Unica terapéutica: quietud

en la cama, silencio, dieta mientras no se aplacase el estómago. Las

demás lesiones eran de escasa monta: la descalabradura de la frente no

había pasado de la epidermis: la contusión en la pierna izquierda se

reduciría á un cardenal más ó menos respetable. En suma, todo no valía

nada. Quietud, y se acabó.

Para cumplir el programa del facultativo, realizóse en casa de Pardiñas

esa mutación de costumbres y ese cambio de aspecto que introduce siempre

la enfermedad. La vida se reconcentró en el estrecho espacio de la

alcoba y gabinete de la enferma. Rogelio y Esclavitud se declararon allí

en sesión permanente, él recibiendo visitas de amigos, ella mudando

paños de árnica, trayendo tazas de tila, quemando espliego y haciéndose

cargo de órdenes dadas en voz baja y llaves confiadas con misterio sumo.

«Que no le falte nada al niño... Su sopicaldo, su jerez... Cuidado con

calentarle la cama...» A estas advertencias, que Esclavitud oía

religiosamente, seguían gemidos ahogados. «Ay, la maldita pierna, como

me escuece... Se me parte la cabeza de dolor».

Ejercía Esclavitud sus funciones de enfermera con aquella asiduidad

reconcentrada y muda que solía demostrar en todos los actos de la vida

de relación. Salía y entraba sin que se percibiese el menor ruido de

pisadas, ni crujido ó roce de ropa. Estaba en todo, y si faltaba de la

alcoba, era á fin de manipular algún potingue en la cocina. Hasta se las

arregló para tener tiempo de servir la comida á Rogelio sin desatender á

la señora; pero de ella misma, no se averiguó jamás á qué hora había

tomado algún sustento en aquel día memorable.

Adelantada ya la noche, y recogida la casa, preparó cuidadosamente una

lamparilla y la colocó en el suelo, de modo que su luz no ofendiese la

vista de la enferma: después tomó una silla baja, que colocó cerca de la

cabecera y en la cual se instaló. Como Rogelio permaneciese en la butaca

del gabinete, acercóse á él y le suplicó en voz muy queda: «Acuéstese,

señorito; no esté así». La enferma, que había empezado á aletargarse un

poco, entreoyó la súplica, y la esforzó más. «Rapaz, á ver si te

acuestas... No estás acostumbrado á velar, te va á hacer mucho daño...

No seas loco, acuéstate... Me cuida divinamente Esclavitud». Mas no hubo

forma de convencer á Rogelio, y el pleito se transigió resolviendo que

se le pondría en el suelo una cama volante. La galleguita acarreó con

extraño vigor dos colchones; batió silenciosamente las almohadas, y con

igual silencio hizo la cama en toda regla. Rogelio no se desnudó más que

de la americana y el chaleco; así, á medio vestir, se deslizó entre las

sábanas, notando entonces el quebrantamiento corporal que sigue á los

grandes sobresaltos y á las emociones profundas. Al mismo tiempo un

recuerdo bufo cruzó por su memoria:

--¡Calle! ¿Y mi novia? ¿Se asomará mañana para verme?

Insolación y Morriña (Dos historias amorosas) · 第 45 / 58 题