Los primeros días estuvo como gallina en corral ajeno. Realmente, fuese
debido á sus antecedentes históricos ó á la extraña enfermedad
nostálgica que padecía desde su llegada á Madrid, la chica aparecía
desmejorada y en un estado de caimiento que, si no la impedía trabajar
con asiduidad y hasta con ardor, la quitaba esa valentía que hace
insensible el trabajo. Su demacración era evidente, y aunque por las
esbeltas proporciones del talle y por ciertos rasgos de su cara se
revelaba muy joven, por el carácter, el estado de ánimo, la severidad de
su continente, cualquiera podía calcularle la edad en veintiocho ó
treinta.
Es de advertir que esta especie de murria y desaliento no le impedía
cumplir estrictamente su obligación. Al contrario, Esclavitud realizaba
el tipo de la criada modelo. Levantábase muy temprano, casi con
estrellas, y antes de que la cocinera hubiese soñado en encender la
lumbre, ya estaba ella arreglando todas las menudencias concernientes al
desayuno de los amos. Desde el primer día se reservó la preparación de
chocolates, y los hacía con esmero clerical. El secreto, que ya va
perdiéndose, del tiempo, hervores y batiduras indispensables para que
una solución de cacao salga aromática, ligada y substanciosa, lo poseía
tan á fondo Esclavitud, que doña Aurora juraba no haber probado en su
vida chocolate por el estilo. En barrer tampoco se quedaba atrás. Con el
pañuelo atado á la curra y las sayas recogidas, pero sin gran alboroto
ni mucho trasteo de muebles, barriendo manso, por decirlo así, nadie
sería capaz de descubrir un átomo de polvo en los lugares por donde
había pasado aquella inteligente escoba. El no sacudir con exceso, ni
aporrear demasiado con los zorros, molestando á todo bicho viviente so
pretexto de limpiar, era un mérito más á los ojos de doña Aurora,
enemiga de la gente arrebatada y brusca. Pero donde la fámula nueva
descollaba era en el repaso. Veíase que estaba menos acostumbrada á
trabajos de fogón y á trajines caseros que á la labor sedentaria, en
silla baja, junto á una ventanita. En dos horas despabilaba el canasto
de ropa, y eran de admirar sus invisibles zurcidos, sus mañosas piezas,
sus indestructibles presillas y sus firmes botones. Doña Aurora decía á
las amigas:
--Hoy no recelo yo echar á diario la ropa buena. Con esta Esclavitud, ni
una puntilla descosida, ni un bordado roto. Es una delicia verla con la
aguja en la mano.
Pero al mismo tiempo, el carácter expansivo de doña Aurora no podía
sufrir aquella reservada melancolía de la muchacha. Mientras más
contenta estaba de su servicio, más desearía verla andar con ese aire
ligero que revela alegre conformidad con la suerte que nos toca y la
ocupación que desempeñamos. ¡Tantas consideraciones con la dichosa
chica, y ella siempre enfurruñada y cavilosa! La señora de Pardiñas
tenía en su bondad un elemento de egoismo, retoño natural de aquella
bondad propia: al hacer un beneficio, deseaba cobrarse en el espectáculo
de la felicidad ajena; y este gusto la dominaba tanto, que para vivir
tranquila y satisfecha, necesitaba persuadirse de que lo estaban todos á
su alrededor. En su determinación de admitir á Esclavitud, habían
influido dos móviles: primero, llevar la contraria á aquella antipática
de Rita Pardo: segundo, contentar á una chica de tan agradable aspecto
como Esclavitud, desempeñando en cierto modo papel de Providencia y
reconciliándola con el destino, para ella funesto é implacable desde la
hora de nacer. Y este segundo generoso propósito se le malograba, porque
la chica no quería levantar cabeza ni abrir el alma á la buena suerte.
Un día hasta notó doña Aurora que su doncella apenas probaba alimento,
obstinándose al mismo tiempo en continuar el trabajo y en responder que
«no tenía nada». La señora poseía un carácter franco, impetuoso y
directo, de los que no abundan en el país galaico: daba salida inmediata
á sus impresiones, y si no pudiese hacerlo, creería tener una pera de
ahogo encajada en el gaznate. Sin detenerse más, acorraló á la muchacha
junto á una ventana, sitio claro donde la sombra del pañuelo de seda
negra no podía encubrir el estado de los ojos y el movimiento de la
fisonomía.
--Hija, ¿qué te pasa?--la preguntó maternalmente á boca de
jarro.--¿Tienes algún disgusto? ¿Estás enferma? ¿No te sienta la comida?
¿Te falta alguna cosa?
La muchacha se encendió, cosa que le sucedía en toda clase de emociones,
y respondió bajito:
--No, señora, ¿qué me ha de faltar? Dios se lo pague.
--Pero vamos á ver, ¿es que tampoco aquí estás contenta? ¿Te tratamos
mal? ¿La compañera no se porta como debe? ¿Necesitas más ropa de
abrigo?
Como la muchacha guardase silencio, diciendo que _no_ con la cabeza,
dulce y obstinadamente, insistió la señora:
--Harás muy mal, te lo aviso, si te quedas con el embuchado dentro. Peor
para ti si eres mema. Pudiendo estar á gusto no entiendo á qué vienen
estos silencios y estas tonterías. A mí me agrada ver alrededor caras de
Pascua. El gesto compungido, y más cuando no hay motivo ninguno, se me
sienta en la boca del estómago.
Esto lo articuló ya con enfado, viendo el tenaz mutismo de Esclavitud.
Al mismo tiempo discurría para sí: «La muchacha tiene las buenas
cualidades de nuestro país, pero no le faltan los defectos. Es humilde,
modosa y callada, pero también es algo zorrita, y no hay modo de saber
lo que piensa ni lo que le pasa. Las chulapas de por aquí son unas
caridelanteras y unas raídas, pero al menos son toros claros: al pan,
pan, y al vino, vino; esto sí, esto no. Para un genio como el mío...»
En estos pensamientos estaba, cuando sonó la campanilla, y se oyó en el
recibimiento la voz de Rogelio que volvía de clase. Instantáneamente las
mejillas de Esclavitud se encendieron todavía más é hizo un movimiento
instintivo, como intentando huir y esconderse.--«¡Ta, ta!»--discurrió la
señora, iluminada por un rayo de sagacidad repentina.--«Ya había yo
notado que el rapaz tenía con esta chica no sé qué. La habla tan
secamente, cosa rara en él... ¡Vamos! la pobre está así amohinada,
porque conoce que no le ha caído en gracia al chiquillo. Es preciso que
yo arregle este cotarro; se ve que Esclavitud peca de susceptible, y
cuando imagina que la miran mal...»--Insistió entonces en alta
voz.--«Hija, pues mira que si estás á disgusto...»
--Yo no estoy á disgusto, no, señora--contestó Esclavitud con respeto y
no sin firmeza.--Como los demás no estén á disgusto conmigo... Yo estoy
perfectamente, lástima fuera. Pero otros...
--¿De dónde sacas eso?--replicó la señora mirándola fijamente.--¿Te he
regañado desde que entraste?
--No, señora. V. es muy buena. Si yo no me quejo de nadie--repuso la
chica.--Sólo tengo recelo, así, vamos... de no dar gusto. No dando gusto
más quiero no estar. Para no dar gusto aún vale más meterse... en el
infierno que sea, señora.
--Calla, calla, boba--gruñó su ama.--Ya se ve que das gusto. A tu
repaso. Como me vuelvas á salir con pasmarotadas..., verás.
En cuanto pudo hacerlo todo lo sigilosamente que el caso requería, doña
Aurora llamó á capítulo á su hijo.--«Te aseguro que el intringulis de
esas murrias de Esclavitud es la cara que tú le pones... A Fausta le
hablas de distinto modo... no lo notas tú mismo...; pero con Fausta
armas siempre gresca y broma, y la otra, como te ve serio, claro,
imagina que estás torcido con ella, y que no te da gusto, como ella
dice... Te aseguro que la infeliz anda decaidísima, y que es capaz de
enfermarse muy de veras. Son una tecla estas muchachas nerviosas. Y
aparte de eso, como median los antecedentes de su... del cura, ¿eh? cada
vez está la chica más sensible... Palabra, que me da lástima. Yo que tú
le hablaría... así... con más afecto.»
El estudiante oía las palabras de su mamá, pero con el rostro vuelto
hacia un cuadro, que parecía llamarle mucho la atención. Cuando tuvo que
responder lo metió á barullo.--«Nada, que de esta noche no pasa...:
compro una mandolina y le doy serenata á esa madamisela. Le voy á traer
más flores y me pondré á ver si le hago unos versos del género de los de
mi amigo Anastasio Cardona, con cada ripio así. La llamaré ninfa
acuática y vago ensueño del poeta. Ya verás, ya verás... Ajustaremos
paces la ilustre fregona y yo.»
En el fondo del corazón, Rogelio se sentía extraordinariamente
envanecido y halagado por la queja de Esclavitud. Cuando tan á lo vivo
la llegaran su secura y despego, era que la muchacha no le tenía por
chiquillo, ó como ella decía, por rapaz. ¿Se apura ni se formaliza nadie
por lo que dice ó hace un niño? Indudablemente le juzgaba todo un
hombre, y hombre de cuyas acciones dependía el estado de su espíritu:
tan á pecho las tomaba, que se resentían de ellas su humor y hasta su
salud. En este pensamiento se deleitó Rogelio largo rato. Con todo,
durante el almuerzo, á pesar de dos ó tres señas de su madre, no cambió
de actitud respecto á la doncella. Sin saber por qué, le causaba
empacho realizar la mutación delante de doña Aurora. Lo que hizo fué
observar á hurtadillas á Esclavitud, la cual--sin duda por efecto de la
excitación de su fantasía--le pareció muy demacrada, muy descolorida y
más lánguida que un sauce. Al convencerse de esto, su noble alma juvenil
se inundó de piedad; pero su orgullo, juvenil también, se estremeció
dulcemente. «Pues por mí está de ese modo. Casi parece que me tiene
miedo, según la precaución respetuosa con que me sirve...»
Acababa de retirarse á su aposento el estudiante para lavarse las manos,
cuando tocaron ligeramente á la puerta, y á la voz de «pasen» entró
Esclavitud, llevando en una batea de mimbres hasta media docena de
camisas planchadas. Por efecto de la carga, que la obligaba á levantar
los brazos, la muchacha lucía su fino talle y su andar compasado y
armonioso. Iba á dejar sobre la cama las camisas y retirarse
silenciosamente, á tiempo que Rogelio, llegándose á ella y amenazándola
con la mano, exclamó:
--Vamos á ver como están de planchaditos esos puños. ¡Si les encuentro
un solo candil!
Al oir la voz del señorito, Esclavitud se había sobresaltado,
figurándose en el primer instante que la regañaban de veras; pero al
levantar los ojos y fijarlos en la cara de Rogelio, comprendió que se
trataba de una broma. Radió en su mirada tan sincera alegría; se dilató
tan visiblemente su pecho; se esponjó de tal modo, en fin, que las
excelentes entrañas del estudiante se conmovieron otra vez gratamente,
y para disimular aquella emoción recargó la broma.
--¿Es justo que ande yo hecho un cesante, y que mis camisas parezcan la
cara del apreciable señor Don Prudencio Rojas, alias _Fantoche del
Derecho_? A ver: alce V. ese níveo cendal y enséñeme esas íntimas
prendas de vestir. Si mis togas pretextas descubren las rayas de la
senectud..., huya V. adonde no la alcance mi cólera vengadora.
En el rostro de Esclavitud, cada vez más regocijado, brillaba, al
levantar el paño, cierta cariñosa malicia.
--A ver, señorito, á ver qué chata tiene que ponerles á estas pecheras.
Ni el Rey las gasta más ricas.
--El Rey lo que gasta son baberos: no confundamos. ¡Enséñeme ese
prodigio!
En efecto, estaban primorosamente planchadas, tan bruñidas y tersas, que
fuera gollería pedir más.
--Bien; por esta vez le perdono á V. la vida. ¡Pero guay si acierta V. á
descuidarse en el cumplimiento de tan sagrado deber!
--No señor, no señor. Vendrán cada día más blancas. Lo mismo que
palomas.
--Dígnese V. decírmelo en gallego. Voy á dedicarme al estudio de ese
idioma, porque en el griego y en el sanscrito ya estoy tan fuerte que
les echo la pata á los profesores. ¿Cómo se dice _paloma_ en gallego?
--¿Y es de allá y no lo sabe? ¡Vaya qué ser! Se dice _pomba_ y también
se dice _suriña_.
--¡Ay! ¡Eso de _suriña_, qué bonito es! Desde mañana lección de idiomas
clásicos: V. será mi maestra. «Mademoiselle Suriña, profesora á
domicilio». Pondremos un cartelito en el balcón y un anuncio en _El
Imparcial_. Suriña, quite V. de ahí las camisas, que estorban. Guárdelas
V. en el armario. ¡Eso!
--¡Ay, señorito, qué revuelto tiene el armario!--exclamó la muchacha
apenas lo abrió.
--Pues á arreglarlo, Suriña. El arreglo de armarios forma parte de la
lección de idiomas.
X
Ello sería... ó no sería; pero no se puede negar que, después de
firmadas las paces con Rogelio, el aspecto exterior de Esclavitud empezó
á modificarse completamente. Sus ojos se reanimaron, sus mejillas
florecieron, su voz perdió aquel tono dolorido, su conversación fué más
expansiva; y sin alterar en nada sus ocupaciones, varió tanto su manera
de desempeñarlas, que si antes parecía víctima resignada del deber, y su
silueta tenía algo de aflictivo al proyectarse sobre las paredes de la
casa, ahora su ir y venir, su resuelta actividad, la llenaban y
regocijaban toda.
Doña Aurora no cesaba de felicitarse por este cambio. «¡Alabado sea
Dios! Así me gustan á mí las caras, así. No puedo tragar á la gente que
anda tristota y rostrituerta sin por qué ni para qué. ¿Lo ves, rapaz?
Pues era por causa tuya, ni más ni menos. Ahora que la tratas
campechanamente, mira cómo es otra.»
Y tanto como era otra. Hasta su físico había sufrido halagüeña
metamorfosis. En señal de contento ó por otra causa que ignoramos,
habíase quitado el pañuelo negro de la cabeza, dejándolo caer
negligentemente sobre el cuello, cuya blancura extraordinaria realzaba
el contraste con la negra seda. Su cutis era ahora el cutis de las
gallegas jóvenes, una tez fresca que parece conservar el brillo de la
humedad del suelo nativo, y afrenta, con las nacaradas tintas de las
mejillas, la enfermiza palidez de las hijas de Madrid. Sus interesantes
ojos verdes, con reflejos amarillentos, acentuaban el carácter
primaveral y tierno de la hermosura de Esclavitud, asemejando su faz á
un valle regado por dos cristalinos arroyos. Pero el adorno que
verdaderamente agraciaba á la muchacha era su cabellera rubia, de un
rubio algo tostado, con reflejos de oro que rielaban en lo más saliente
de las simétricas ondulaciones ó conchas que fluían á uno y otro lado de
la raya, como orla magnífica de la estrecha frente y la delicada sien.
La rica mata colgaba partida en dos trenzas, ó se retorcía en rodete
copioso; y si por la mañana aparecía lisa y hasta charolada por la mucha
agua, único afeite de tocador que usaba Esclavitud, al ir corriendo el
día y el trajín doméstico, se rebelaba, y fosca y suave á la vez,
formaba al rostro un nimbo, parecido al de las santas de los retablos
viejos. Y es que el tipo de Esclavitud, con aquel peinado sencillo y
aldeano, recordaba las creaciones de la iconografía mística, ya en las
tablas flamencas, ya en las primitivas pinturas italianas, á lo cual
contribuía su aire modesto, sus ojos bajos, aquel olor á incienso y á
sacristía que notaba Rita Pardo en ella. Cuando miraba de frente,
sonriendo, se notaba la fisonomía de la campesina bajo el anguloso
diseño de la virgen.
Todas estas perfecciones y gracias, con otras más cuyo inventario
suprimo, las avizoró al través de sus espejuelos, y las reconoció y
comentó y puso en las nubes el discreto ochentón á quien Rogelio llamaba
_Nuño Rasura_, y nosotros con más respeto nombramos Don Gaspar. Ni
aguardó para entonar el panegírico á que se verificase la transformación
de la muchacha, sino que desde el primer día que ésta le abrió la
puerta, empezó el gallardo viejo á babarse y amartelarse, dando jaqueca
á los contertulios con sus elogios inmoderados, sus involuntarios
madrigales, sus niñerías, y, para decirlo en frase del Fiscal, «sus
golpes de archimemo».
--Vea V., vea V.--repetía el señor de Febrero levantando la hermosa
testa orleánica, atusándose delicadamente los rizos de la peluca ó
sobando el cojín de terciopelo de su muleta,--qué buen tino ha
demostrado mi excelente amiguita doña Aurora, al elegir esta sirviente
única dentro de su clase. En primer lugar, tan útil, tan precavida, tan
laboriosa como parece. En segundo, con ese aire de honestidad y de
recato. ¡Ah! Para mí, mérito grandísimo, ahora que se han perdido los
buenos modales, y en la sociedad pululan las sargentonas y los
marimachos. Allá en otros tiempos ¿se acuerda el amigo Candás? eran
todas así: nada de estos descaros de hoy día.
--Sí, sí; por fuera mucho compás...--respondía el empecatado Don
Nicanor, requiriendo la trompetilla.--Unas santinas de alfeñique. Y por
dentro..., vamos, que ya se desquitaban. ¡Carapuche si se desquitaban!
Como ya se me cayeron los segundos dientes..., no me fío de carinas de
Virgen.
--¡Ay, que el amigo Candás se nos va por los cerros de la malicia! Eso
sera allá en Asturias, en su tierra de V. Por la nuestra, no: ¿verdad,
doña Aurora? Y confesémoslo, señores: en la mujer, así como el descoco y
la tunantería repelen, este modo tan decente de presentarse, este aire
tan modesto, abren más el apetito.
Aquí la señora de Pardiñas estuvo á punto de soltar el trapo á reir,
porque Rogelio, desde su rincón, oyendo hablar de apetito, hizo una
morisqueta y un guiño de pilluelo para subrayar aquellas lozanías del
decano.
A los pocos días, la benévola admiración del señor de Febrero se
convirtió en desatada curiosidad, comezón invencible de saber todo lo
concerniente á «nuestra paisanita».
--¿De dónde la ha sacado V., vamos á ver?--preguntaba á la señora de
Pardiñas, más con el centellear de los entornados y expresivos ojos
tras los vidrios de los espejuelos, que con la voz.
--Me la recomendaron las de Romera, á quien V. debe de conocer.
--¡Aaaaah! ¡Mucho, mucho! ¡Romera, Romera! Sí, Romera.--Y ajustó los
vidrios sobre la correctísima nariz.--Pero las amiguitas
Romera--prosiguió con la insistencia del juez que abre una información y
la machaquería del viejo que quiere enterarse--¿la han traído de
Galicia? Porque, si no me engaño, no estuvieron allá nunca. ¿La familia
de esta chica es gallega?
--Gallega, sí, señor--afirmó evasivamente doña Aurora.
--Será una familia decentita, ¿eh?--prosiguió el impertérrito _Nuño
Rasura_.--Porque á eso me huele..., y yo tengo de aquí--añadió señalando
á aquella escultural facción de su cara.--Ella, hablar, habla bien: sólo
algún modismo... El aire es fino, adamado. ¿Conque familia decente?
--Decente, sí tal--tuvo que responder la señora, de dientes afuera.
--¿Pero artesanos? ¿Propietarios? ¿Empleaditos?
--No señor... Sobrina... (la voz de doña Aurora se atascó unas miajas)
de un cura de aldea.
--¡Toma, toma, toma!...--articuló el decano enfáticamente.--¡Ya decía
yo! ¡Sobrinita de un sacerdote! _Boccato di cardinale_: son unas
muchachas muy religiosas, divinamente criadas... y de un orden á toda
prueba. ¡Toma, toma!
La señora intentó echar la conversación por otro lado; pero nada es
comparable al antojo de un niño, sino el capricho de un viejo. Don
Gaspar acariciaba su muleta dándole vueltas, y al fin, sin poder
reprimirse, indicó:
--¿Sabe V., amiguita Aurora, que, si así puede decirse, no le he visto
bien la cara á esa muchacha? La antesala está un poco obscura. Y tengo
curiosidad de convencerme de si en efecto se parece á una señorita de
Vivero, preciosa por más señas, á quien le llamábamos los muchachos la
Magdalenita..., allá el año de 34 ó 35. Si V. la mandase traer un vaso
de agua... ó cosa así... con disimulo.
El guiño malicioso que trocaban madre é hijo fué interceptado al vuelo
por Laín Calvo, quien exclamó haciendo cómicos aspavientos y renunciando
momentáneamente al ejercicio de la sordera:
--¡Caray, doña Aurorina del alma! No llame á esa ninfa, no, que será V.
responsable de la pérdida del amigo señor Febrero. En la edad de Don
Gaspar, las pasiones hacen estragos, Prudencia, Don Gasparín, mire que
hay cielo. ¿Refregarles por los hocicos las niñas bonitas á los
calaveras? Es un pecado, home.
Cuando entró Esclavitud llamada con un pretexto cualquiera, nadie podía
contener la risa, lo cual azoró un tanto á la muchacha, que no sabiendo
de qué se trataba allí, se puso muy sofocada y por consiguiente más
linda, con aquel encanto especial suyo, que procedía de un aire casto y
humilde, bajo el cual se traslucía una firmeza rayando en apasionada
obstinación. El señor de Febrero se la comía con los ojos. ¡Viejecito
más chiflado! Tan pronto como Esclavitud pudo escurrirse, Laín Calvo
secreteó á la señora de Pardiñas:
--Ay, ay...: la niñina será un tesoro..., pero á mí...--y se tocaba la
nuez--aquí se me pone y de aquí no me pasa. Estas que todas se arrebatan
cuando las mira uno, me escaman muchísimo. ¡Doña Aurora, ojo...,
cuidado!
--No sé de dónde saca V. eso, señor de Candás--protestó la señora con
enojo, herida en su gran simpatía por la muchacha.
--Estas así, que parece que no rompen un plato, son de la misma
rabadilla de Lucifer--alegó el maligno asturiano.--Venden modestia, y
dan terquedad; venden inocencia, y dan más truchimanería que el que la
inventó. No se fíe, amiguina. Estas son de aquellas que dicen: «¡Ay
Jesús! No me pidas el brazo que me escandalizo. Pero si te lo tomas...
¿cómo ha de ser? tendremos paciencia.»
--Señor Candás, hay ciertas indicaciones que se pueden calificar de
viperinas--protestó frenético Nuño Rasura, pegando con la muleta en el
suelo.--Cuando está en juego la honra del sexo hermoso, toda cautela es
poca, y conviene ver por dónde se anda y lo que se dice y á quién se
toma en boca, señores.
--Ya, ya--replicó el Fiscal, agarrándose á la sordera.--Ya entiendo que
á V. también le dan en qué pensar estos tipos así. No en balde hemos
vivido añitos, y se nos ha caído la segunda dentición y los pelos de la
cabeza. Doña Aurora: diga, y ¿por qué vino á dar aquí esta princesa
errante? ¿Algún Eneas de allá que la plantó? Huéleme á historia.
--No señor--declaró la señora de Pardiñas.--No se eche V. á pensar mal,
que no acertará. Por muerte de... de su tío, tuvo que ponerse á
servir...
--¿Desde cuándo?
--Pues hará medio año... poco más ó menos.
--¿Y ya ha corrido dos casas? ¡Malorum... malorum!
--¡Qué malorum! Nada de eso. La yerra V., Don Nicanor. Le entró á la
infeliz una especie de nostalgia, de esa que suele atacarnos á los
gallegos cuando salimos por primera vez de nuestra tierra..., y, al
menos, quiso servir con gente de allá. Como Vds. los asturianos son unos
descastados, no comprenden esto. Pregúntele V. á las de Romera si tienen
queja de la muchacha; que de allí se vino para esta casa muy de Vds.
--¡Uy, uy! ¿eh? ¡Con que nostalgia! Romanticismos y dengues, ¡carapuche!
Ahora sí que digo yo que á esta princesina la tendrá V. que llevar tila
para los nervios todas las mañanas. No se le ocurre ni al diaño. En
estando bien comida y bien tratada, no sé qué caray le importaba la
nacionalidad de los amos con quien servía, home.
--Está V. equivocado--contestó airadamente el señor de Febrero.--Esta
enfermedad, que se conoce por _morriña_ ó mal del país, es terrible en
mis paisanos, señor de Candás, y alguno conocí á quien le llevó á la
hoya. No se ría V., que esto lo saben allá hasta los gatos; y si V. no
lo sabe, apréndalo. A veces, con evocar un recuerdo del país, se cura.
¿Ignora V. lo que ocurrió con el quinto, enfermo en el Hospital de la
Habana? Pues estaba el pobre hombre á punto de liárselas, y ¿con qué
dirá V. que sanó, pero en seguidita? Pues con tocarle la muiñeira en la
gaita de su país. Así, así; con la muiñeira.
--Home..., no fastidie, por el Santísimo Cristo se lo imploro. Estaría
ese quinto más borracho que un templo. Jumera pura. Ya le curaría yo con
solfa de varas de avellano.
--Mi Don Nicanor, con V. no se puede. Niega V. lo que los demás hemos
visto... Más vale hacerse como V., el sordo. Doña Aurora, si la
paisanita esa no le conviene á V..., yo, por una servidora así...
--¡Aquí de Dios! Que este home quiere robar á la bella Elena que V. ha
descubierto. Atentado contra la moral pública. Diga que no, doña Aurora;
mire que es cosa grave.
--Ya se ve que diré que no. Por la cuenta que me tiene. Estoy muy bien
servida con Esclavitud para deshacerme de ella.
Rogelio había oído en silencio la discusión de Nuño Rasura y Laín Calvo.
El se inclinaba hacia las indulgentes apreciaciones de su madre y del
ex-presidente de sala: con todo, á veces le entraban impulsos de creer
que el maldito asturiano calaba más y conocía mejor la vida. Por una
ilusión frecuente en los que carecen de experiencia, la malignidad y el
pesimismo le parecían la última palabra del saber humano. Aquella
disposición suya á pensar bien, debía, en su concepto, originarse de lo
poco que había vivido. «A mí cualquiera me mete el dedo en la
boca»--deducía.--«Soy un chiquillo, y no me da la gana de seguir
siéndolo.»