Doña Aurora acostumbraba llevarle á su hijo el chocolate á la cama,
porque, chapada á la antigua en muchas cosas, estábalo también en
madrugar. Era un momento delicioso para la mamá chocha aquel del
chocolate.
El rapaz, como ella le llamaba, tenía al despertarse ese regocijo sin
causa, propio de los años primaverales, en que parece que cada día nuevo
sale de manos del tiempo dorado y lindo, esmaltado de dichas, y en que
el peso de recuerdos dolorosos no sujeta aún las alas vibradoras de la
esperanza. Rogelio, que por las tardes padecía á veces un abatimiento
nervioso, por las mañanas era un pájaro en lo vivo y juguetón. Hasta su
charla se parecía al gorjeo de las aves cuando amanece y de los niños
cuando abren los ojos. Sentada su madre á la cabecera, después de haber
apartado las prendas de ropa esparcidas y los libros desparramados aquí
y acullá, sostenía la bandeja para que no se volcase la jícara, donde el
muchacho mojaba los rubios buñuelos, mientras esperaba turno un vaso de
purísima leche. ¡Y qué de sudores y fatigas le costaba á doña Aurora el
tal vasito! Ya podía ella dar quince y raya á todos los químicos del
gabinete municipal: sin análisis, ni instrumentos, ni pamplinas, á
simple vista, por el color y el olor, conocía los grados y cualidades de
la leche toda que se expende en Madrid. ¡Como que sus esperanzas de ver
engordar á Rogelio las cifraba en aquel vasito de leche bebido antes de
clase, y en el bisteque engullido al salir de ella!
A la hora del chocolate era cuando se comentaban todos los sucesos de la
víspera, las graciosas reyertas de Nuño Rasura y Laín Calvo, los
chistes estudiantiles, el último crimen, el fuego de anoche, junto con
los menudísimos acontecimientos de aquel hogar realmente tranquilo (como
lo son tantos en la corte, á despecho de la superstición provinciana que
considera á Madrid un torbellino ó vértigo perenne). Lo primerito que
hizo Rogelio, la mañana que siguió al día en que vino á pretender la
gallega, fué preguntar á su madre, con mal disfrazado interés:
--¿Qué tal? ¿Qué te han dicho sobre la cándida doncella... de labor?
Nada tenía la pregunta de importuna ni de extraña; sin embargo doña
Aurora se quedó algo cohibida, fluctuando entre referir puntualmente lo
averiguado ó callárselo. No; lo más prudente sería esto último. Se
trataba de cosas graves, y si Rogelio no guardaba toda la discreción
necesaria... Era preciso irse con tiento.
--Mira, ratiño, en primer lugar tengo que advertirte que he despachado á
la Pepa.
--¿Hola? ¿Caen aquí los ministerios sin que me entere yo?
--Verás. Andaba muy engreída, muy respondona. Le planté la cuenta en la
mano. Todo les aguanto menos que repliquen. Supongo que había novio por
medio, que si no... La verdad: estoy harta de estas criadas de Madrid
tan remontadas y tan insufribles con ese salero y ese desgarro. Prefiero
una chica humilde, bien mandadita. Con una buena palabra me compran; no
lo puedo remediar. Si vieses la tal Pepa, qué modos y qué remangos.
Hecha un conejo de monte. ¡Ay! me parece mentira que se fué.
--_Mater_, basta ya de prolegónemos--exclamó el chico ensopando en la
leche la lengüeta de un bizcocho.--Todo esto viene á parar en que tomas
á la misteriosa enlutada. Te entró por el ojito derecho, y caá uno tiene
sus debilidaes.
--No seas bobo. Lo que quiero es que el servicio ande corriente. Esa
muchacha merece interés. Cuando yo lo digo...
¡Ay! propósitos de reserva, programas de discreción, temedle como al
fuego á estas reticencias involuntarias, que abren de par en par la
puerta á las confidencias absolutas. La señora quería callar: pero
¿quién calla después de soltar prenda? Ni la hubiese dejado vivir
Rogelio. Además, doña Aurora, en el fondo, también deseaba relatar su
triunfo, decir cómo había vencido á aquella pinturera farsantona de Rita
Pardo. Tan dulce desahogo era el precio de la victoria. Hay un placer,
cuyo origen no se define, pero á cuyo atractivo cede casi todo el mundo,
en referir esos dramas hondos de la vida humana, que de rechazo nos
tocan á todos, que tienen el don de interesarnos porque despiertan
nuestros sentimientos de compasión y justicia, y al par nos ponen frente
á graves problemas, sin obligarnos á resolverlos, sino sólo á
considerarlos como consideramos en el teatro el argumento de una
tragedia engendradora de terror y piedad. Rogelio, con el codo puesto en
la almohada y los ojos muy abiertos, atendía afanosamente á la
narración novelesca de su madre.
--Ya ves--advirtió ésta al concluir su historia--que á la pobre hay que
tratarla con ciertos miramientos. Ella, dada su situación, no ha podido
portarse mejor. Desinteresada como pocas, y aparte de eso religiosa y
formal. Por lo que he sacado en limpio, ella se cree una hija de
maldición, que anda cargada con los pecados de sus padres, y se
abochorna de que allá la vean y recuerden lo ocurrido. Hay que proceder
con mucho tino en como se le habla. Del padre no se puede ni indicar
tanto así... Pues de la madre, aun menos... porque la muy picarona vive
aún, y anda por esos mundos de Dios corriéndola...
--Vamos...--respondió Rogelio recobrando su buen humor--resulta que á la
niña la miraremos como si fuese un hongo. Si alguna vez se trata de
papás y de mamás, la diré: «Ya sé que V. no los tuvo nunca». ¿Te parece
bien?
--¡Chiquillo, no me seas rematado! Cómete ese bizcochito más. Lo que
quiero decir es que no le des bromas pesadas. Esas personas así, que
sufrieron grandes desgracias, son más sentidas; se sobresaltan por
cualquier cosa. ¡Yo desearía tenerla contenta!... En este Madrid y en el
servicio que ofrece, coger una chica virtuosa y de tan buen avío, créeme
que es una ganga. ¡Hay cada sargentona y cada lercha!
--¿Te parece que compre un ramito de flores para ofrecérselo
galantemente cuando penetre en nuestra mansión?--preguntó el
estudiante. Su madre le descargó un bofetoncito muy tierno, agregando:
--Lo que voy á comprar yo es un aguamanil y otras cosillas, porque
aquella desencuadernada de Pepa me dejó el cuarto hecho una leonera, y
esta muchacha tan aseada no va á encontrar ni donde lavarse las manos.
Aguamanil, jabón, una mesita de noche... y un ruedo limpio para que con
ese frío no salte de la cama sobre las baldosas, que están como la pura
nieve. Mejor que un ruedo será un pedazo de alfombrita de moqueta: ¡la
hay tan barata! Le voy á comprar también paño gordo para una chaquetita:
me parece que no tiene abrigo: á cuerpo venía ayer... No sé cómo estará
de ropa blanca. Siento haberle dado á la Pepa, no hará quince días, tres
camisas preciosas.
--¡Bah! Con encargarle á París un _trusó_ como el de la señora de
Cánovas, por ejemplo... Diez docenas de elegantes peinadores y cuatro
mil pares de medias de seda... ¿Bastará?
Doña Aurora salió temprano y volvió antes de las doce con sus
adquisiciones hechas. Se complació en ver barridito el cuarto y
colocados en su sitio el palanganero y la alfombra. Puso toallas limpias
y sacó una colcha blanca de muletón, á fin de que la cama de hierro
pareciese más cuca. Dió una vuelta, y al entrar de nuevo en el cuartucho
no pudo menos de reirse á carcajadas. En un vaso de cristal azul lucía
un ramillete de á dos cuartos: Rogelio, escondido detrás de la puerta,
acechaba el efecto.
--¿Qué tal este timo? ¿Eh? ¡Ya tenemos _buqué_, caray, carapuche! como
dice Laín Calvo. Es de gardenias: me cuesta diez duros. ¿Voy por alguna
begonia? Haría muy bien un macizo al lado del aguamanil. Escribiremos la
crónica después: «La alcoba se había transformado, al toque de la
varilla de un hada, en frondoso jardín de invierno...»
Esclavitud fué recibida tan pronto como se presentó, á eso de la una:
pero quiso ir á despedirse de las señoritas de Romera. No se instaló en
su nueva casa hasta por la tarde, trayendo consigo un mozo de cordel,
portador de uno de esos baúles gallegos forrados de piel de buey, que
tienen cantoneras de hojadelata. Pesaba tan poco, que al llegar al pié
de la escalera la muchacha se lo cargó á hombros y lo subió ella misma.
En aquel baúl casi vacío traía todo lo que le tocara por herencia del
abad de Vimieiro.