Solía el comandante Pardo ir alguna que otra noche á casa de su paisana
y amiga La marquesa de Andrade. Charlaban de mil cosas, disputando,
acalorándose, y en suma, pasando la velada solos, contentos y
entretenidos. De galanteo propiamente dicho, ni sombra, aun cuando la
gente murmuraba (de la tertulia de la Sahagún saldría el chisme) que Don
Gabriel hacía tiro al decente caudal y á la agradable persona de Asís;
si bien otros opinaban, con trazas y tono de mejor informados, que ni á
Pardo le importaba el dinero, por ser desinteresadísimo, ni las mujeres,
por hallarse mal curada todavía la herida de un gran desengaño amoroso
que en Galicia sufriera: una historia romántica y algo obscura con una
sobrina, que por huir de él se había metido monja en un convento de
Santiago.
Ello es que Pardo resolvió consagrar á la dama la noche del día en que
la berlina echó la siesta famosa. Serían las nueve cuando llamó á la
puerta. Generalmente los criados le hacían entrar con un apresuramiento
que delataba el gusto de la señora en recibir semejantes visitas. Pero
aquella noche, así Perfecto (el mozo de comedor á quien Asís llamaba
_Imperfecto_ por sus _gedeonadas_) como la Diabla, se miraron y
respondieron á la pregunta usual del comandante, titubeando é indecisos.
--¿Qué pasa? ¿Ha salido la señorita? Los martes no acostumbra.
--Salir..., como salir...,--balbució Imperfecto.
--No, salir no--acudió la Diabla viéndole en apuro.--Pero está un
poco...
--Un poco _dilicada_--declaró el criado con tono diplomático.
--¿Cómo delicada?--exclamó el comandante alzando la voz.--¿Desde cuándo
se encuentra enferma? ¿Y qué tiene? ¿Guarda cama?
--No señor, guardar cama no... Unas _miagas_ de jaqueca...
--¡Ah! bien: díganla Vds. que volveré mañana á saber... y que la deseo
alivio. ¿Eh? ¡No se olviden!
Acabar de decir esto el comandante y aparecer en la antesala Asís en
bata y arrastrando chinelas finas, fué todo uno.
--Pero que siempre han de entender al revés cuanto se les manda...
Estoy, Pardo, estoy visible... Entre V.... Qué tienen que ver las
órdenes que se dan así, en general, para la gente de cumplido... Haga V.
el favor de pasar aquí...
Gabriel entró. La sala estaba tan simpática, tan tentadora, tan fresca
como la víspera; la pantalla de encaje filtraba la misma luz rosada y
ensoñadora; en un talavera _de botica_ se marchitaba un ramo de lilas y
rosas blancas. Tropezó el pié del comandante, al ir á sentarse en su
butaca de costumbre, con un objeto medio oculto en las arrugas del tapiz
turco arrojado ante el diván. Se bajó y recogió del suelo el estorbo,
maquinalmente. Asís extendió la mano, y á pesar de lo muy distraído y
sonámbulo que era Gabriel, no pudo menos de observar la agitación de la
dama al recobrar la prenda, uno de esos tarjeteros sin cierre, de cuero
inglés, con dos iniciales de plata enlazadas, prenda evidentemente
masculina. Por un instinto de discreción y respeto, Gabriel se hizo el
tonto y entregó su hallazgo sin intentar ver la cifra.
--Pues me habían dado un susto ese Imperfecto y esa Diabla...--murmuró
tratando de disimular mejor la sorpresa.--Están en Belén... ¿Se había V.
negado, sí ó no?
--Le diré á V.... Di una orden... Claro que con V. no rezaba; bien ha
visto V. que le llamé...--alegó la señora con acento contrito, cual si
se disculpase de alguna falta gorda, y muy inmutada, aunque esforzándose
también en no descubrirlo.
--¿Y qué es ello? ¿Jaqueca?
--Sí..., bastante incómoda. (Asís se llevó la mano á la sien.)
--Entonces le voy á dar V. la noche si me quedo. La dejaré á V.
descansar... En durmiendo se pasa.
--No, no, qué disparate... No se va V. Al contrario...
--¿Cómo que _al contrario_? Ruego que se expliquen esas
palabras--exclamó el comandante, aprovechando la ocasión de bromear
para que se le quitase á Asís el sobresalto.
--Se explicarán... Significan que va V. á acompañarme por ahí fuera un
ratito... A dar una vuelta á pié. Me conviene esparcirme, tomar el
aire...
--Iremos á un teatrillo... ¿Quiere V.? Dicen que es muy gracioso _El
padrón municipal_, en Lara.
--Teatrillo..., ¿calor, luces, gente? V. pretende asesinarme. No: si lo
que me pide el cuerpo es ejercicio. Así, conforme estoy, sin vestirme...
Me planto un abrigo y un velo... Me calzo... y jala.
--A sus órdenes.
Cuando salieron á la calle, Asís suspiró, aliviada, y con el impulso de
su andar señaló la dirección del paseo.
El barrio de Salamanca, á trechos, causa la ilusión gratísima de estar
en el campo: masas de árboles, ambiente oxigenado y oloroso, espacio
libre, y una bóveda de firmamento que parece más elevada que en el resto
de Madrid.
La noche era espléndida, y al levantar Asís la cabeza para contemplar el
centelleo de los astros, se le ocurrió, por decir alguna cosa,
compararlos á las joyas que solía admirar en los bailes.
--Aquellas cuatro estrellitas seguidas parecen el imperdible de la
marquesa de Riachuelo... cuatro brillantazos que le dejan á uno bizco.
Esa constelación... ¡allí, hombre, allí! hace el mismo efecto que la
joya que le trajo de París su marido á la Torres-Nobles... Hasta tiene
en medio una estrellita amarillenta, que será el brillante brasileño del
centro. Aquel lucero tan bonito, que está solo...
--Es Venus... Tiene algo de emblemático eso de que Venus sea tan guapa.
--V. siempre confundiendo lo humano y lo divino...
--No, si la mezcolanza fué V. quien la armó comparando los astros á las
joyas de sus amiguitas. ¡Qué hermoso es el cielo de Madrid!--añadió
después de breve silencio.--En esto tenemos que rendir el pabellón,
paisana. Nuestro suelo es más fresco, más bonito; pero la limpieza de
esta atmósfera... Allá hay que mirar hacia abajo, aquí hacia arriba.
Callaron un ratito.
En aquel dosel azul sembrado de flores de pedrería, Asís y el comandante
veían la misma cosa, un tarjetero de piel inglesa, y como por magnética
virtud, sentían al través de sus brazos, que se tocaban, el mutuo
pensamiento.
Hallábanse al final del Prado, enteramente desierto á tales horas, con
sus sillas recogidas y vueltas. Se escuchaba el murmurio monótono de la
Cibeles, y allá en el fondo del jardincillo, tras las irregulares masas
de las coníferas, destacaba el Museo su elegante silueta de palacio
italiano. No pasaba un alma, y la plazuela de las Cortes, á la luz de
sus faroles de gas, parecía tan solitaria como el Prado mismo.
--¿Subimos hacia la Carrera?--interrogó Pardo.
--No, paisano... ¡Ay Jesús! A los dos pasos nos encontrábamos algún
conocido, y mañana..., chi, chi, chi..., cuentecito en casa de Sahagún ó
donde se les antojase. Bajemos hacia Atocha.
--Y V. ¿por qué da á _eso_ tanta importancia? ¿Qué tiene de particular
que salga V. á tomar el fresco en compañía de un amigo formal? Cuidado
que son majaderas las fórmulas sociales. Yo puedo ir á su casa de V. y
estarme allí las horas muertas sin que nadie se entere ni se ocupe, y
luego, si salimos reunidos á la calle media hora... cataplum.
--Qué manía tiene V. de ir contra la corriente... Nosotros no vamos á
volver el mundo patas arriba. Dejarlo que ruede. Todo tiene sus por
qués, y en algo se fundan esas precauciones ó fórmulas, como V. les
llama. ¡Ay! ¡Qué fresquito tan hermoso corre!
--¿Está V. mejor?
--Un poco. Me da la vida este aire.
--¿Quiere V. sentarse un rato? El sitio convida.
Sí que convidaba el sitio, á la vez acompañado y solo: unos anchos
asientos de piedra que hay delante del Museo, á la entrada de la calle
de Trajineros, la cual si por su gran proximidad á la plazuela de las
Cortes resulta céntrica y decorosa, á semejante hora compite en lo
desierta con el despoblado más formidable de Castilla. Las acacias
prodigaban su rica esencia, y si el comandante tuviese propósito de
declarar á la señora algún atrevido pensamiento, nunca mejor. No sería
así, porque después de tomar asiento se quedaron mudos ella y él; Asís,
además de muda, estaba cabizbaja y absorta.
No es posible que esta clase de pausas se establezcan en una entrevista
á solas de hombre y mujer, en tales sitios y horas, sin producirles á
los dos un estado de ánimo singular, á la vez atractivo y embarazoso. El
comandante limpió sus quevedos, operación que verificaba muy á menudo,
volvió á calárselos, y salió por la puerta ó por la ventana, juzgando
que la señora desearía explayarse.
--A mí no me la pega V. con jaquecas, Paquita... V. tiene algo... alguna
cosa que la preocupa en gordo... No se me alarme V.: ya sabe que somos
amigos viejos.
--Pero si no tengo nada... ¡Qué ocurrencia!
--Mejor, señora, mejor, celebro que sea así,--dijo Don Gabriel
retrocediendo discretamente.--Yo, en cambio, le podría confiar á V.
penas muy grandes..., cosas raras.
--¿Lo de la sobrina?--preguntó Asís con curiosidad, pues ya dos ó tres
veces en conversación familiar habían aludido de rechazo á ese misterio
de la vida de Don Gabriel.
--Sí; al menos la parte mía..., lo que me toca..., eso puedo contárselo
á V. Sabe Dios cómo lo glosa la gente.--(Pardo se alzó el sombrero,
porque tenía las sienes húmedas de sudor.)--Creo que se dice que la
pobrecilla me detestaba y que por librarse de mi entró en un convento de
novicia... Falso. No me detestaba, y es más: me hubiese querido con toda
su alma á la vuelta de poco tiempo... Sólo que ella misma no acertó á
descifrarlo. Cuando me conoció, estaba comprometida con otro hombre...
cuya clase... no... En fin, que no podía aspirar á ser su marido. Y al
convencerse de esto, la infeliz muchacha pensó que se acababa el mundo
para ella y que no tenía más refugio que el convento, ¡Ay, Paquita! ¡Si
supiese V. qué ratos... qué tragedia! Es asombroso que después de
ciertos acontecimientos pueda uno volver á vivir como antes..., y vaya á
tertulias y se chancee, y mire otra vez á las mujeres, y le agraden,
sí..., como me agrada V., por ejemplo..., y no lo eche V. á mala parte,
que no soy pretendiente importuno, sino amigo de verdad. Ya sabe V. cómo
digo yo las cosas.
Oía la dama la voz del artillero y al par otra interior que zumbaba
confusamente:
--Confíale algo..., al menos indícale tu situación... Ideas
estrafalarias las tiene, y á veces es poco práctico, pero es leal... No
corres peligro, no... Así te desahogarás... Tal vez te aconseje bien.
Anda, boba... ¿No hace él confianza de ti? Además... no creas que
callando le engañas... ¡Quítale ya la escama del tarjetero!
A pesar de las excitaciones de la voz indiscreta, la señora, en alto,
decía tan sólo:
--¿Con que la chica le quería á V. algo? ¿Sin saberlo? ¡Eso es muy
particular! ¿Y cómo lo explica V.?
--¡Ay, Paquita! He renunciado á explicar cosa alguna... No hay
explicación que valga para los fenómenos del corazón. Cuanto más se
quieren entender, más se obscurecen. Hay en nosotros anomalías tan
raras, contradicciones tan absurdas... Y á la vez cierta lógica fatal.
En esto de la simpatía sexual, ó del amor, ó como V. guste llamarle, es
en lo que se ven mayores extravagancias. Luego, á los caprichos y las
desviaciones y los brincos de esta víscera que tenemos aquí, sume V. la
maraña de ideas con que la sociedad complica los problemitas
psicológicos. La sociedad...
--Contigo tengo la tema, morena...--interrumpió Asís festivamente.--V.
le echa á la sociedad todas las culpas. Ahí que no duele. Ya no sé como
tiene espaldas la infeliz.
--Pues, figúrese V., paisana. Como que de mi tragedia únicamente es
responsable la sociedad. Por atribuir exagerada importancia á lo que
tiene mucha menos ante las leyes naturales. Por hacer lo principal de lo
accesorio. En fin, punto en boca. No quiero escandalizarla á V.
--Paisano... Pero si me da mucha curiosidad eso que iba Vd. diciendo...
No me deje á media miel... Todas las cosas pueden decirse, según como se
digan. No me escandalizaré, vamos.
--Bien, siendo así... Pero ya no sé en que estábamos... ¿V. se acuerda?
--Decía V. que lo principal y lo accesorio... Eso será alguna herejía
tremenda, cuando no quiso V. pasar de ahí.
--Sí, señora... Verá V. la herejía... Yo llamo accesorio á lo que en
estas cuestiones suele llamarse principal... ¿Se hace V. cargo?
Asís no respondió, porque pasaba un mozalbete silbando un aire de
zarzuela y mirando de reojo y con malicia al sospechoso grupo. Cuando se
perdió de vista, pronunció la dama:
--¿Y si me equivoco?
--¿No se asusta V. si lo expreso claramente?
La verdad, desde cierta distancia aquello parecía un diálogo amoroso.
Acaso la valla que existía para que ni pudiese serlo ni llegase á serlo
jamás, era un delgado y breve trozo de piel inglesa--la cubierta de un
tarjetero.
--No, no me asusto... Vamos á hablar como dos amigos... francamente.
--¿Quedamos en eso? ¡Magnífico! Pues conste que ya no tiene V. derecho
para reñirme si se me va la lengua... Procuraré, sin embargo... En fin,
entiendo por accesorio... aquello que Vds. juzgan irreparable. ¿Lo pongo
más claro aún?
--No, ¡basta!--gritó la señora.--Pero entonces, ¿qué es lo principal
según V.?
--Una cosa que abunda menos..., y en cambio vale más... La realidad de
un cariño muy grande entre dos... ¿Qué le parece á V.?
--¡Caramba!--exclamó la señora, meditabunda.
--Le voy á proponer á V. una demostración de mi teoría... Ejemplo; como
dicen los predicadores. Imagínese que en vez de estar en el Prado,
estamos en Tierra de Campos, á dos leguas de un poblachón; que yo soy un
bárbaro; que me prevalgo de la ocasión, y abuso de la fuerza, y la falto
á V. al respeto debido... ¿Hay entre nosotros, dos minutos después,
algún vínculo que no existía dos minutos antes? No señora. Lo mismo que
si ahora se trompica V. con una esquina..., se hace daño..., procura
apartarse y andar con más cuidado otra vez... y acabóse.
--Pintado el lance así..., lo que habría, que V. me parecería atroz de
antipático y de bruto.
--Eso sí... pero vamos á perfeccionar el ejemplo, y pido á V. perdón de
antemano por una conversación tan _shocking_. Pues no señora: suponga V.
que yo no abuso de la fuerza ni ese es el camino. Lo que hago es
explotar con maña la situación y despertar en V. ese germen que existe
en todo ser humano... Nada de violencia: si acaso, en el terreno
puramente moral... Yo soy hábil y provoco en V. un momento de
flaqueza...
Fortuna que era de noche y estaba lejos el farol, que si no, el sofoco y
el azoramiento de la dama se le meterían por los ojos al comandante.--Lo
sabe, lo sabe--calculaba para sí, toda trémula, y en voz alterada y
suplicante, exclamó interrumpiendo:
--¡Qué horror! ¡Don Gabriel!
--¿Qué horror? ¡Mire V. lo que va de Vds. á nosotros! Ese horror,
Paquita del alma, no les parece horrible á los caballeros que V. trata y
estima: al marqués de Huelva, con su severidad de principios y su
encomienda de Calatrava, que no se quita ni para bañarse... al papá de
V., tan amable y francote... á mí... al otro... á toditos. Es valor
entendido, y á nadie le extraña ni le importa un bledo. Tratándose de
Vds., es cuando por lo más insignificante se arma una batahola de mil
diablos, que no parece sino que arde por los cuatro costados Madrid. La
infeliz de Vds. que resbala, si olfateamos el resbalón, nos arrojamos á
ella como sabuesos, y, ó se salva casándose con el _seductor_, ó la
matriculamos en el gremio de las mujeres galantes hasta la hora de la
muerte. Ya puede, después de su falta, llevar vida más ejemplar que la
de una monja: la hemos fallado... no nos la pega más. O bodas, ó es V.
una corrida, una perdida de profesión... ¡Bonita lógica! V., niña
inocente, que cae víctima de la poca edad, la inexperiencia y la tiranía
de los afectos y las inclinaciones naturales, púdrase en un convento,
que ya no tiene V. más camino... Amiga Asís... ¡Tonterías!
Mientras hablaba el comandante, su fantasía, en vez de los plátanos del
jardincillo, le representaba otras masas sombrías de follaje, robles y
castaños; y el olor fragante de las flores de acacia le parecía el de
las silvestres mentas que crecen al borde de los linderos en el valle de
Ulloa. La dama que tenía á su lado, por el mismo fenómeno de óptica
interior, veía el rebullicio de una feria, una casita al borde del
Manzanares, un cuartuco estrecho, un camastro, una taza de té volcada...
--Tonterías--prosiguió Don Gabriel, sin fijarse en la gran emoción de
Asís--pero que se pagan caras á veces... Sucede que se nos imponen, y
que por obedecerlas, una mujer de instintos nobles se juzga manchada,
vilipendiada, infamada por toda su vida á consecuencia de un minuto de
extravío, y, de no poder casarse con aquel á quien se cree ligada para
siempre jamás, se anula, se entierra, se despide de la felicidad por los
siglos de los siglos amén... Es monja sin vocación, ó es esposa sin
cariño... Ahí tiene V. dónde paran ciertas cosas.
Al murmurar con amargura estas palabras, el comandante, en lugar de la
silueta gentil del Museo, veía las verdosas tapias del convento
santiagués, las negras rejas de trágicos recuerdos, y tras de aquellas
rejas, comidas de orín, una cara pálida, con obscuros ojos, muy
semejante á la de cierta hermana suya, que había sido el cariño más
profundo de su vida.