Doloroso es tener que reconocer y consignar ciertas cosas; sin embargo,
la sinceridad obliga á no eliminarlas de la narración. Queda, eso sí, el
recurso de presentarlas en forma indirecta, procurando con maña que no
lastimen tanto como si apareciesen de frente, insolentonas y descaradas,
metiéndose por los ojos. Así la implícita desaprobación del novelista se
disfraza de habilidad.
Tocante á la cita que la marquesa viuda de Andrade pensaba conceder en
falso, con resolución firmísima de hacer la del humo, la novela puede
guardar un discreto mutismo; y no faltará á su elevada misión, con tal
que refiera lo que ocurría á la puerta de la dama: indicación sobria y á
la vez sumamente expresiva.
La berlina de la señora, enganchada desde las cinco, esperaba allí. El
cochero, inmóvil, bien afianzado en su cuña, había permanecido algún
tiempo en la actitud reglamentaria, enarbolada la fusta, recogidas las
riendas, ladeado graciosamente el sombrero y muy juntas las punteras de
las botas; pero transcurrido un cuarto de hora, el recalmón de la
tardecita y el aburrimiento de la espera le derramaron en los párpados
grato beleño y fué dejando caer la cabeza sobre el pecho, aflojando las
manos, exhalando una especie de silbido y á veces un ronquido súbito,
que le asustaba á él mismo, despertándole... También el caballo, durante
los primeros momentos de quietud, se mantuvo engallado, airoso,
dispuesto á beberse la distancia; pero al convencerse de que teníamos
plantón, desplomó el cuerpo sobre las patas, sacudió el freno regándolo
con espuma, entornó los ojos y se dispuso á la siesta. Hasta la misma
berlina pareció afianzarse en las ruedas con ánimo de descansar.
Y fué poniéndose el sol, subiendo de piso en piso á despedirse de los
cristales, refugiándose en la copa de las acacias de Recoletos cuando ya
las envolvía la azul y vaporosa bruma del anochecer; y el calor
disminuyó un tantico, y el farolero corrió encendiendo hilos de luz á lo
largo de las calles... Berlina, caballo y cochero dormían, resignados
con su suerte, sin que se les ocurriese que para semejante viaje no se
necesitaban alforjas y que mejor se encontrarían la una metida en su
funda, el otro despachando su ración de pienso, el último en su taberna
favorita ó viendo la novillada de aquella tarde...
Cerca de las siete serían cuando salió de la casa un hombre. Era apuesto
y andaba aprisa, recatándose de la portera. Atravesó la calle y en la
acera de enfrente se detuvo, mirando hacia las ventanas del cuarto de
Asís. Ni rastro de persona asomada en ellas. El hombre siguió su camino
hacia Recoletos.