Vaya, Pardo... Es V. terrible. ¿Me quiere V. igualar la moral de los
hombres con la de las mujeres?
--Paquita... dejémonos de _clichés_.--(Pardo usaba muy á menudo esta
palabrilla para condenar las frases ó ideas vulgares.)--Tanto jabón
llevan Vds. en las suelas del calzado como nosotros. Es una hipocresía
detestable eso de acusarlas é infamarlas á Vds. con tal rigor por lo que
en nosotros nada significa.
--¿Y la conciencia, señor mío? ¿Y Dios?
La dama argüía con cierta afectada solemnidad y severidad, bajo la cual
velaba una satisfacción inmensa. Iban pareciéndole muy bonitos y
sensatos los detestables sofismas del comandante, que así pervierte la
pasión el entendimiento.
--¡La conciencia! ¡Dios!--exclamó él, remedando el tono enfático de la
señora.--Otro registro. Bueno: toquémoslo también. ¿Se trata de
pecadores creyentes? ¿Católicos, apostólicos, romanos?
--Por supuesto. ¿Ha de ser todo el mundo hereje como V.?
--Pues si tratamos de creyentes, la cuestión de conciencia es
independiente de la de sexo. Aunque me llama V. hereje, todavía no he
olvidado la doctrina; puedo decirle á V. de corrido los diez
mandamientos... y se me figura que rezan igual con nosotros que con Vds.
Y también sé que el confesor las absuelve y perdona á Vds. igualito que
á nosotros. Lo que pide á la penitente el ministro de Dios es
arrepentimiento, propósito de la enmienda. El mundo, más severo que
Dios, pide la perfección absoluta, y si no... O todo ó nada.
--No, no; mire V. que también el confesor nos aprieta más las clavijas.
Para Vds. la manga se ensancha un poquito...--repuso Asís, paladeando el
deleite de aducir malas razones para saborear el gusto de verlas
refutadas.
--Hija, si eso hacen, es por prudencia, para que no desertemos del
confesonario si nos da por frecuentarlo... En el fondo, ningún confesor
le dirá á V, que hay un pecado más para las hembras. Es decir, que la
cosa queda reducida á las consecuencias positivas, exteriores..., al
criterio social. En salvando éste, en no sabiéndose nada, el asunto no
tiene más trascendencia en Vds. que en nosotros... Y en nosotros...
¡ayúdeme V. á sentir! (Al argüir así, el comandante castañeteaba los
dedos.) Ahora, si V. me ataca por otro lado...
--Yo...--balbució la señora, sin pizca de ganas de atacar.
--Si me sale V. con el respeto y la estimación propia... con lo que cada
cual se debe á sí mismo...
--Eso... lo que cada cual se debe á sí mismo--articuló Asís hecha una
amapola.
--Convendré en que eso siempre realza á una mujer; pero, en gran parte,
depende del criterio social. La mujer se cree infamada, después de una
de esas caídas, ante su propia conciencia, porque le han hecho concebir
desde niña que lo más malo, lo más infamante, lo irreparable, es eso;
que es como el infierno, donde no sale el que entra. A nosotros nos
enseñan lo contrario; que es vergonzoso para el hombre no tener
aventuras, y que hasta queda humillado si las rehuye... De modo, que lo
mismo que á nosotros nos pone muy huecos, á Vds. las envilece.
Preocupaciones hereditarias emocionales, como diría Spencer. Y vaya unos
terminachos que la suelto á V.
--No, si yo con su trato ya me voy haciendo una sabia. Todos los días me
aporrea V. los oídos con cada palabrota...
--¿Y si yo le dijese á V.--prosiguió Pardo echándose á disertar--que
_eso_ que llamé accesorio en las aventurillas, me parece á mí que en el
cariño verdadero, cuando están unidas así, así, como si las pegasen con
argamasa, las voluntades, llega á ser más accesorio aún? Es el
complemento de otra cosa mucho más grande, que dura siempre, y que
comprende eso y todo lo demás... Lo estoy embrollando, paisana. V. se
ríe de mí: á callar.
Asís oía, oía con toda su alma, pareciéndole que nunca había tenido su
paisano momentos tan felices como aquella noche, ni hablado tan discreta
y profundamente. Los dichos del comandante, que al pronto lastimaban sus
convicciones adquiridas, entraban, sin embargo, como bien disparadas
saetas hasta el fondo de su entendimiento y encendían en él una especie
de hoguera incendiaria, á cuya destructora luz veía tambalearse
infinitas ideas de las que había creído más sólidas y firmes hasta
entonces. Era como si le arrancasen del espíritu una muela dañada: dolor
y susto al sentir el frío del instrumento y el tirón; pero después, un
alivio, una sensación tan grata viéndose libre de aquel cuerpo muerto...
Anestesia de la conciencia, con cloroformo de malas doctrinas, podría
llamarse aquella operación quirúrgico-moral.
--Es un extravagante este hombre--pensaba la operada.--Decir, me está
diciendo cosas estupendas... Pero se me figura que le sobra la razón por
encima de los pelos. Habla por su boca la justicia. ¿Va una á creerse
criminal por unos instantes de error? Siempre estoy á tiempo de pararme
y no reincidir... ¡Claro que si por sistema!... Ni él tampoco dice eso,
no... Su teoría es que ciertas cosas que suceden así... qué sé yo cómo,
sin iniciativa ni premeditación por parte de uno, no han de mirarse como
manchas de esas que ya nunca se limpian... El mismo Padre Urdax de fijo
que no es tan severo en eso como la sociedad hipocritona... ¡Ay Dios
mío! Ya estoy como mi paisano, echándole á la sociedad la culpa de todo.
Al llegar aquí de sus reflexiones la dama, la molestó un cosquilleo,
primero entre las cejas, luego en la membrana de la nariz... ¡Aaach!
Estornudó con ruido, estremeciéndose.
--¡Adiós! Ya se me ha resfriado V.--exclamó su amigo.--No está V.
acostumbrada á estas vagancias al sereno... Levántese V. y paseemos.
--No, si no es el rocío lo que me acatarra á mí... He tomado sol.
--¿Sol? ¿Cuándo?
--Ayer..., digo, anteayer..., yendo..., sí, yendo á misa á las
Pascualas. No crea V.: desde entonces ando yo regular, nada más que
regularcita. Cuándo jaquecas, cuándo mareos...
--De todos modos... guíese V. por mí: caminemos, ¿eh? Si sobre la
insolación le viene á V. un pasmo... ó coge V. unas intermitentes de
estas de primavera en Madrid...
--No me asuste V.... Tengo poco de aprensiva--contestó la dama
levantándose y envolviéndose mejor en el abrigo.
--¿A su casa de V.?
--Bien..., sí, vamos hacia allá despacio.
No siguió el comandante explanando sus disolventes opiniones hasta la
misma puerta de la señora. Al abrirla Imperfecto, Asís convidó á su
amigo á que descansase un rato; él se negó; necesitaba darse una vuelta
por el Círculo Militar, leer los periódicos extranjeros y hablar con un
par de amigos, á última hora, en Fornos. Deseó respetuosamente las
buenas noches á la señora y bajó las escaleras á paso redoblado. Con el
mismo echó calle abajo aquel gran despreocupado, nihilista de la moral:
y nos consta que iba haciendo éste ó parecido soliloquio, idéntico al
que, en igualdad de circunstancias, haría otra persona que pensase según
todos los _clichés_ admitidos:
--Me ha engañado la viuda... Yo que la creía una señora impecable. Un
apabullo como otro cualquiera. No he mirado las iniciales del tarjetero:
serían... ¡vaya V. á saber! Porque en realidad, ni nadie murmura de
ella, ni veo á su alrededor persona que... En fin, cosas que suceden en
la vida; chascos que uno se lleva. Cuando pienso que á veces se me
pasaba por la cabeza decirle algo formal... No, esto no es un _caballo
muerto_, ¡qué disparate! es sólo un tropiezo del caballo... No he
llegado á caerme... ¡Así fuesen los desengaños todos!...
Siguió caminando sin ver los árboles del Retiro, que se agrupaban en
misteriosas masas á su derecha. Ni percibía el olor de las acacias. Pero
él seguía oliendo, no á los cortesanos y pulidos vegetales de los
paseos públicos, sino á otros árboles rurales, bravíos y libres: los que
producen la morena castaña que se asa en los magostos de Noviembre, en
el valle de los Pazos.