Lo mismo que en Estados Unidos, numerosas heterodoxias religiosas
precedieron en Inglaterra a la fundación de las sociedades de cultura
moral. Un pastor anglicano, Voysey, había atacado durante cuarenta
años al cristianismo en nombre de una religión universal, proclamando
en su "Iglesia Teísta" la supremacía de la moral sobre el dogma; los
"Secularistas", que menciona Guyau en _La irreligión del porvenir_,
no eran otra cosa que una religión atea, aunque esta calificación
parezca absurda; un grupo de positivistas había fundado a mediados del
siglo una "Iglesia de la Humanidad". Más importante fué la "Sociedad
Religiosa Libre", de South Place; dió nacimiento, en 1825, a una
"Asociación Unitaria Inglesa", vinculando a Carlyle, a John Stuart
Mill, a la Martineau, a Holyoake, a Roberto Browning, escuchando en
su púlpito a William Fox, defendiendo a Th. Paine en sus horas de
persecución, invitando a hablar en su seno a Max Muller, a Tyndall, a
Huxley, a Darwin, dedicándose "al deber de la libre investigación y al
derecho de la libertad religiosa", sin otro vínculo entre sus miembros
que la "comunidad de la virtud". No es necesario insistir sobre el
parentesco intelectual de este grupo inglés con el emersonismo; y todo
induce a suponer que en su primera época tuvo sobre él algún influjo.
La Sociedad Religiosa Libre, a poco de fundarse en Londres las primeras
sociedades de cultura moral, se convirtió en la _Sociedad Ética de
South Place_.
Es interesante señalar dos fenómenos curiosos de adaptación al medio,
bien manifiestos en el movimiento eticista inglés; por ser en él más
acentuados preferimos su examen al del eticismo norteamericano.
En América los únicos rastros filosóficos perceptibles fueron las
de Emerson y Kant, aparte del liberalismo práctico de todas las
religiones, y especialmente de la unitaria. En Inglaterra, por el año
1885, las doctrinas filosóficas más difundidas eran el agnosticismo,
el neo-hegelianismo y el evolucionismo; ya se pronunciaba la actual
reacción espiritualista y religiosa, favorecida por todas los partidos
conservadores, que con el equívoco disfraz del idealismo concentraba a
todos los privilegiados y beneficiarios del régimen feudal contra la
evolución democrática iniciada por la Revolución Francesa.
Estamos en plena historia contemporánea. Contra todos los que se
interesaban cada vez menos por el pasado y cada día más por el
porvenir, contra los que combatían el Dogmatismo y el Privilegio
en nombre del Libre Examen y de la Solidaridad Social, se difundió
la denominación de "materialistas" y "positivistas", sabiendo que
estas palabras tienen para las personas sencillas un significado de
baja moralidad y de ausencia de ideales; eso permitió explotarlos
indirectamente en favor de una regresión religiosa, igualmente
fomentada por la iglesia católica y por la anglicana, ambas al
servicio de las clases feudales de la sociedad. Frente al incesante
progreso del espíritu moderno, y para reconquistar las posiciones
perdidas, se atrajeron a las mujeres, las congregaron en corporaciones
monopolizadoras del rango social, captaron la educación de sus hijas, y
a éstas, a las madres de la generación siguiente, les impusieron--_sine
qua non_--que entregasen sus hijos a educadores religiosos, para
adiestrarlos a aborrecer los ideales de sus padres. Esta habilísima
política, comentada desde sus comienzos por Michelet, en sus memorables
conferencias sobre los jesuítas, tuvo en medio siglo el éxito que
conocéis: está de moda, es prudente, es cómodo, es de buen tono,
profesar alguno de esos nuevos espiritualismos palabristas que permiten
filosofar contemporizando con el misticismo de las clases dirigentes.
Sabéis que en toda época los que se han preocupado de _hacer carrera_
en la política, en la enseñanza, en la burocracia, en los salones, han
necesitado adherir a las "ideas" corrientes en el medio social. O lo
han fingido. El _no-conformismo_ ha sido el hermoso privilegio de pocos
renovadores extraordinarios.
Cerremos este paréntesis de historia de la filosofía contemporánea,
cuya importancia apreciarán mejor los que la estudien dentro de un
siglo. Por el momento hay un hecho que es, para todos, la evidencia
misma: las clases conservadoras han fortalecido a las iglesias
dogmáticas, confiando a los teólogos la lucha contra las clases
progresistas que surgían de las universidades. Imputando a éstas el
materialismo de marras y sugiriendo que no hay moral posible fuera
de la religión, se intentó rehabilitar el dogmatismo en nombre de la
moral. Conocéis la doctrina difundida por los teólogos contemporáneos:
"es indispensable renunciar a las verdades adquiridas por las ciencias
si ellas comprometen el espiritualismo tradicional en que se funda
nuestra moral religiosa". Son palabras del ilustre cardenal Newmann.
Conocéis también el _Syllabus_, monumento único en la historia del
dogmatismo.
La fundación de las sociedades éticas en Inglaterra señala una
interesante actitud de doble protesta: contra el pretendido
"materialismo" y contra este nuevo "espiritualismo" que en nombre del
pasado pretende interceptar la libre investigación de la verdad.
Los eticistas ingleses, como los americanos, afirmaron que el libre
examen y el sentimiento natural son los únicos árbitros en materia
religiosa; insistieron en que la moralidad no es dogmática, sino el
producto espontáneo y perfectible de la experiencia moral; proclamaron,
en fin, que ninguna verdad adquirida por los hombres podría amenguar
sus ideales morales. Y en vez de renegar de las verdades nuevas que no
se ajustaban a los catecismos viejos, trataron de poner la experiencia
moral en consonancia con la verdad, "a fin de que ningún hombre se
viera obligado a cometer la suprema indignidad de tener que creer en el
absurdo para salvar su moralidad".
Así se explica que aparezcan ciertas influencias filosóficas, no
extrañas al eticismo norteamericano, pero más acentuadas en el inglés.
"Las doctrinas que han tenido una influencia más evidente sobre
él--dice Juan Wagner, un discípulo de Coit,--y sin las cuales habría
revestido una forma diferente, son las teorías evolucionistas de
Darwin y de Spencer, y los ensayos de moral darwinista y científica,
particularmente la ética de Leslie Stephen, que fué durante mucho
tiempo presidente de una Sociedad de Cultura Moral. Es el método
evolucionista que se quiere aplicar al estudio de los hechos
religiosos y morales; no se conocen ya ideas absolutas e inmutables;
la moralidad, particularmente, evoluciona sin cesar. Por otra parte,
bajo la influencia de Stephen y de Spencer, los eticistas no conciben
ya la ética como un conjunto de reglas abstractas para la conducta del
individuo; insisten sobre la influencia de la sociedad, los orígenes
sociales de la moralidad, el carácter social de la naturaleza humana;
el altruismo nos es tan innato y es tan natural como el egoísmo;
todas las relaciones de la vida en sociedad deben estar sometidas
al imperio de la moralidad. Se separan, pues, de la ética teológica
y dogmática que sólo ve en la humanidad una asociación accidental y
no se ocupa sino de la salvación individual, aunque, para colmo, la
relega a un mundo hipotético y extrahumano. Como la mayor parte de
los moralistas posteriores a Darwin, los éticos consideran la moral
como una ciencia positiva y no mezclan en ella las tradicionales
preocupaciones teológicas". Aunque las ideas de los eticistas sobre una
religión humana y natural, y sobre la divinidad del hombre, recuerdan
a veces las de Comte y de Feuerbach, no es posible encontrar rastros
de una influencia segura. Fácil es, en cambio, hallarlos de los poetas
y escritores ingleses del siglo, que siempre mantuvieron encendido el
sentimiento del deber y el culto de la justicia: Shelley, Wordsworth,
Browning, Tennyson, Matthew Arnold, Coleridge, Swimburne, George
Elliot; digno es de notarse que por la misma época del movimiento
eticista floreció la _Sociedad Fabiana_, de acentuado carácter social,
cuando el pueblo inglés escuchaba como nuevos apóstoles a los Watts,
los Ruskin y los Morris.
Esos y otros esfuerzos convergían a capacitar al hombre para vivir en
un plano superior de moralidad, harmonizable con el conocimiento de
todas las verdades, propicio a la comprensión de todas las bellezas.
¿Porqué una nueva moral no sería compatible con Darwin y Ruskin, con
Spencer y Morris? ¿Porqué el hombre renunciaría en este mundo a la
verdad y a la belleza, persiguiendo el cielo en otro mundo? ¿Cómo sería
posible que la divinidad todopoderosa y clemente, pusiera la mentira y
la fealdad como precio de su recompensa futura?
En 1886 un grupo de intelectuales, profesores universitarios y hombres
afectos a estudiar los problemas sociales, fundaron la _London Ethical
Society_, proponiéndose "cooperar al estudio y exposición de los
verdaderos principios de la moralidad social". No tenía carácter
alguno religioso y afirmaba más bien su propósito de despertar en la
juventud el sentimiento de las responsabilidades cívicas y sociales.
Con espíritu análogo se fundaron sociedades semejantes en Cambridge,
Oxford, Edimburgo, etc.