10.--CIENCIAS MORALES SIN DOGMATISMO

El antiguo conflicto entre las morales teológicas sobrenaturales y las

morales individualistas racionales, perturba poco a los contemporáneos;

es una cuestión histórica. El tema actual es otro: en qué forma la

experiencia moral coordina los derechos individuales y los deberes

sociales. Es el problema de las relaciones entre el individuo y la

sociedad.

Consérvense o no los dogmas religiosos, interprétense de tal o cual

manera los fundamentos racionales de la moral, prefiérase cualquiera

de los métodos indicados para estudiar sus problemas, los moralistas

contemporáneos convergen a afirmar el carácter _social_ de la ética.

Es un hecho que escapa a toda discusión; basta leer cualquier manual

de ética escrito en los últimos veinte años para advertir que la

obligación social y la sanción social ocupan un rango preeminente.

Eso ha pasado ya al dominio de las nociones no controvertidas. En

cuanto al método para estudiar la experiencia moral, si exceptuamos a

los escritores religiosos, los demás parecen contestes en que ella,

siendo una ciencia social, es accesible a la investigación histórica

y a los métodos científicos. Cada sociedad, y en cada momento de

su evolución, ha tenido valores morales diversos, que han variado

conjuntamente con la experiencia social; partiendo de ello se trata

de plantear el estudio de la experiencia moral como una pura y simple

historia de las costumbres.

De esa experiencia, sin cesar renovada e infinitamente perfectible,

han surgido, y seguirán surgiendo, los juicios de valor con que se ha

calificado la conducta; y por un proceso espontáneo, más acentuado

en el último siglo, la experiencia moral se ha desprendido de la

experiencia religiosa, adquiriendo autonomía propia fuera de los

dominios de lo sobrenatural. Independientemente del juicio que ello

pueda merecernos, existen ya, fuera de toda metafísica teológica

o racional, una ciencia de las costumbres y una ciencia de las

religiones, con dominios bien deslindados.

Personas inocentes--e inocencia en este caso resulta sinónimo

de ignorancia--suponen que esas ciencias se proponen establecer

dogmáticamente los principios definidos, _ne varietur_, de la moral

que debemos practicar o de la religión que debemos creer. Los que

desean o temen ese "dogmatismo científico" son personas incultas, que

no habiendo estudiado jamás ciencia alguna creen que la Ciencia--con

mayúscula y en abstracto--es una entidad metafísica susceptible de

fijar dogmas nuevos que sustituyan a los dogmas viejos. Los que hemos

estudiado algunas ciencias pensamos exactamente lo contrario; sabemos

que ellas se proponen una integración progresiva e incesante de la

experiencia en cada dominio de la realidad, valiéndose para ello

de métodos cada vez menos inexactos; esos métodos, cuya aplicación

distingue al método científico del método palabrista, permiten

disminuir la cantidad de error contenido en las hipótesis con que la

inteligencia humana se aventura a explicar los diversos problemas que

escapan a la experiencia. Esto equivale a afirmar la relatividad de

los conocimientos científicos, la perfectibilidad de los métodos y de

los resultados, la absurdidad de toda creencia dogmática: absoluta,

indiscutible e irrevocable.

Sabéis muy bien que este modo de ver no difiere en lo más mínimo

del adoptado por todos los hombres de ciencia dignos de ese nombre;

leed "La Ciencia y la Realidad" de Pierre Delbet, uno de los libros

filosóficos más claros y profundos publicados en los últimos años;

escuchad, por el momento, las palabras con que William James respondía

a los que le acusaban de contemporizar con el escepticismo, en su obra

ya mencionada: "Quien reconoce la imperfección del propio instrumento

de investigación y la tiene en cuenta al discutir sus propias

observaciones, está en posición mucho mejor para llegar a la conquista

de la verdad, que el que proclama la infalibilidad de su propio método.

¿Es acaso menos dudosa de hecho la teología dogmática y escolástica

porque se proclama infalible? Y, por lo contrario, ¿qué dominio sobre

la verdad perdería realmente dicha teología si en vez de la certeza

absoluta proclamase, en favor de sus conclusiones, una razonable

probabilidad? Proclamarla equivale a afirmar que los hombres que aman

la verdad pueden, siempre y en cualquier momento determinado, esperar

alcanzarla, e indudablemente estaremos más prontos a ser dueños de ella

los que nos damos cuenta de que estamos sujetos al error.

"Sin embargo, el dogmatismo seguirá condenándonos por una confesión

semejante. La pura forma exterior de la certeza inalterable es tan

apreciada para algunas mentes, que no pueden renunciar explícitamente a

ella. Dichas mentes la reclamarían hasta cuando los hechos pronunciasen

de un modo patente su locura. Pero el camino más seguro es el de

admitir que todos los modos de ver de efímeras criaturas, como los

hombres, deben ser por necesidad provisionales. El más sabio de los

críticos es un ser siempre variable, expuesto continuamente a ver mejor

el mañana, y consciente de estar solo en la verdad cuando se trata

de una verdad provisional, relativamente al momento o a la época, y

aproximada. Cuando frente a nosotros se abren horizontes de verdad,

es ciertamente mejor para nosotros que estemos en condiciones de

contemplarlos sin que nos cieguen nuestras convicciones anteriores".

Como veis, no puede concebirse un antidogmatismo más radical; afirmando

que no es posible alcanzar jamás ninguna verdad "inmodificable", sobre

todo en lo que respecta a cuestiones éticas y religiosas, los métodos

científicos han eludido el peligro--históricamente comprobado--de

perder un poco de verdad posible, por la pretensión de poseerla ya

completa.

La verdad se va haciendo, incesante e ilimitadamente, en todos los

dominios de nuestra experiencia. Los que suponen que existe alguna

ciencia terminada, revelan ignorarla; es tan candorosa la tontería de

los que creen que las ciencias han resuelto todos los enigmas de la

naturaleza, como la de los que esperan adivinar alguno sin estudiar

previamente los resultados de las ciencias que con él se relacionan.

Los buenos métodos, que permiten evitar algunos de los errores en que

incurrieron nuestros predecesores, son un camino y no un fin. Por ese

camino, y por ningún otro, podrá llegar la humanidad a la desaparición

del dogmatismo. Dijimos que el dogma es una verdad infalible y un

precepto fijo, sustentado en el principio de autoridad, y tenido por

inmutable; las ciencias morales del porvenir no formularán verdades ni

preceptos que tengan esos caracteres. El hombre que pretendiera poner

sus opiniones fuera del contralor de la experiencia futura, revelaría

carecer de las nociones más elementales del método científico.

Desde hace muchos años, insisto sobre la incompatibilidad del

dogmatismo con la filosofía científica del porvenir. "Las ciencias--he

dicho--son impersonales. El principio de autoridad no puede ya imponer

errores; la aplicación de los métodos científicos impedirá que el

pensamiento futuro incurra en nuevos dogmatismos, que obstruyan el

aumento de nuestra experiencia y la formación natural de nuestros

ideales". Por eso no definimos las filosofías científicas como sistemas

de verdades demostradas, sino como "_sistemas de hipótesis_ para

explicar los problemas que exceden a la experiencia actual y posible,

fundados en las leyes demostradas por las ciencias particulares".

Cualquier dogmatismo es enemigo de la verdad; concebir una filosofía

científica definitiva, sería absurdo, ya que la experiencia y las

hipótesis se integran y se rectifican incesantemente: "_es un sistema

en formación continua. Tiene métodos_, pero _no tiene dogmas_: _Se

corrige incesantemente_, conforme varía el ritmo de la experiencia".

Por todo eso he creído legítimo interpretarla como "una metafísica

de la experiencia". Y acaso pueda establecer su programa y su método

dentro de algunos años, si vivo; sus resultados definitivos nunca, pues

los concibo indefinidamente perfectibles.

Aplicad estas ideas a la _experiencia moral_ y comprenderéis

exactamente lo que significará la _moral sin dogmas_ del porvenir: no

solamente sin dogmas religiosos, sino también sin dogmas racionales.

Suponed que esa experiencia es distinta en cada sociedad humana y en

cada momento de su evolución, y comprenderéis la inevitable _variación

de los ideales de perfección moral_ que los hombres construirán

hipotéticamente sobre su experiencia incesantemente renovada.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 35 / 51 题