El antiguo conflicto entre las morales teológicas sobrenaturales y las
morales individualistas racionales, perturba poco a los contemporáneos;
es una cuestión histórica. El tema actual es otro: en qué forma la
experiencia moral coordina los derechos individuales y los deberes
sociales. Es el problema de las relaciones entre el individuo y la
sociedad.
Consérvense o no los dogmas religiosos, interprétense de tal o cual
manera los fundamentos racionales de la moral, prefiérase cualquiera
de los métodos indicados para estudiar sus problemas, los moralistas
contemporáneos convergen a afirmar el carácter _social_ de la ética.
Es un hecho que escapa a toda discusión; basta leer cualquier manual
de ética escrito en los últimos veinte años para advertir que la
obligación social y la sanción social ocupan un rango preeminente.
Eso ha pasado ya al dominio de las nociones no controvertidas. En
cuanto al método para estudiar la experiencia moral, si exceptuamos a
los escritores religiosos, los demás parecen contestes en que ella,
siendo una ciencia social, es accesible a la investigación histórica
y a los métodos científicos. Cada sociedad, y en cada momento de
su evolución, ha tenido valores morales diversos, que han variado
conjuntamente con la experiencia social; partiendo de ello se trata
de plantear el estudio de la experiencia moral como una pura y simple
historia de las costumbres.
De esa experiencia, sin cesar renovada e infinitamente perfectible,
han surgido, y seguirán surgiendo, los juicios de valor con que se ha
calificado la conducta; y por un proceso espontáneo, más acentuado
en el último siglo, la experiencia moral se ha desprendido de la
experiencia religiosa, adquiriendo autonomía propia fuera de los
dominios de lo sobrenatural. Independientemente del juicio que ello
pueda merecernos, existen ya, fuera de toda metafísica teológica
o racional, una ciencia de las costumbres y una ciencia de las
religiones, con dominios bien deslindados.
Personas inocentes--e inocencia en este caso resulta sinónimo
de ignorancia--suponen que esas ciencias se proponen establecer
dogmáticamente los principios definidos, _ne varietur_, de la moral
que debemos practicar o de la religión que debemos creer. Los que
desean o temen ese "dogmatismo científico" son personas incultas, que
no habiendo estudiado jamás ciencia alguna creen que la Ciencia--con
mayúscula y en abstracto--es una entidad metafísica susceptible de
fijar dogmas nuevos que sustituyan a los dogmas viejos. Los que hemos
estudiado algunas ciencias pensamos exactamente lo contrario; sabemos
que ellas se proponen una integración progresiva e incesante de la
experiencia en cada dominio de la realidad, valiéndose para ello
de métodos cada vez menos inexactos; esos métodos, cuya aplicación
distingue al método científico del método palabrista, permiten
disminuir la cantidad de error contenido en las hipótesis con que la
inteligencia humana se aventura a explicar los diversos problemas que
escapan a la experiencia. Esto equivale a afirmar la relatividad de
los conocimientos científicos, la perfectibilidad de los métodos y de
los resultados, la absurdidad de toda creencia dogmática: absoluta,
indiscutible e irrevocable.
Sabéis muy bien que este modo de ver no difiere en lo más mínimo
del adoptado por todos los hombres de ciencia dignos de ese nombre;
leed "La Ciencia y la Realidad" de Pierre Delbet, uno de los libros
filosóficos más claros y profundos publicados en los últimos años;
escuchad, por el momento, las palabras con que William James respondía
a los que le acusaban de contemporizar con el escepticismo, en su obra
ya mencionada: "Quien reconoce la imperfección del propio instrumento
de investigación y la tiene en cuenta al discutir sus propias
observaciones, está en posición mucho mejor para llegar a la conquista
de la verdad, que el que proclama la infalibilidad de su propio método.
¿Es acaso menos dudosa de hecho la teología dogmática y escolástica
porque se proclama infalible? Y, por lo contrario, ¿qué dominio sobre
la verdad perdería realmente dicha teología si en vez de la certeza
absoluta proclamase, en favor de sus conclusiones, una razonable
probabilidad? Proclamarla equivale a afirmar que los hombres que aman
la verdad pueden, siempre y en cualquier momento determinado, esperar
alcanzarla, e indudablemente estaremos más prontos a ser dueños de ella
los que nos damos cuenta de que estamos sujetos al error.
"Sin embargo, el dogmatismo seguirá condenándonos por una confesión
semejante. La pura forma exterior de la certeza inalterable es tan
apreciada para algunas mentes, que no pueden renunciar explícitamente a
ella. Dichas mentes la reclamarían hasta cuando los hechos pronunciasen
de un modo patente su locura. Pero el camino más seguro es el de
admitir que todos los modos de ver de efímeras criaturas, como los
hombres, deben ser por necesidad provisionales. El más sabio de los
críticos es un ser siempre variable, expuesto continuamente a ver mejor
el mañana, y consciente de estar solo en la verdad cuando se trata
de una verdad provisional, relativamente al momento o a la época, y
aproximada. Cuando frente a nosotros se abren horizontes de verdad,
es ciertamente mejor para nosotros que estemos en condiciones de
contemplarlos sin que nos cieguen nuestras convicciones anteriores".
Como veis, no puede concebirse un antidogmatismo más radical; afirmando
que no es posible alcanzar jamás ninguna verdad "inmodificable", sobre
todo en lo que respecta a cuestiones éticas y religiosas, los métodos
científicos han eludido el peligro--históricamente comprobado--de
perder un poco de verdad posible, por la pretensión de poseerla ya
completa.
La verdad se va haciendo, incesante e ilimitadamente, en todos los
dominios de nuestra experiencia. Los que suponen que existe alguna
ciencia terminada, revelan ignorarla; es tan candorosa la tontería de
los que creen que las ciencias han resuelto todos los enigmas de la
naturaleza, como la de los que esperan adivinar alguno sin estudiar
previamente los resultados de las ciencias que con él se relacionan.
Los buenos métodos, que permiten evitar algunos de los errores en que
incurrieron nuestros predecesores, son un camino y no un fin. Por ese
camino, y por ningún otro, podrá llegar la humanidad a la desaparición
del dogmatismo. Dijimos que el dogma es una verdad infalible y un
precepto fijo, sustentado en el principio de autoridad, y tenido por
inmutable; las ciencias morales del porvenir no formularán verdades ni
preceptos que tengan esos caracteres. El hombre que pretendiera poner
sus opiniones fuera del contralor de la experiencia futura, revelaría
carecer de las nociones más elementales del método científico.
Desde hace muchos años, insisto sobre la incompatibilidad del
dogmatismo con la filosofía científica del porvenir. "Las ciencias--he
dicho--son impersonales. El principio de autoridad no puede ya imponer
errores; la aplicación de los métodos científicos impedirá que el
pensamiento futuro incurra en nuevos dogmatismos, que obstruyan el
aumento de nuestra experiencia y la formación natural de nuestros
ideales". Por eso no definimos las filosofías científicas como sistemas
de verdades demostradas, sino como "_sistemas de hipótesis_ para
explicar los problemas que exceden a la experiencia actual y posible,
fundados en las leyes demostradas por las ciencias particulares".
Cualquier dogmatismo es enemigo de la verdad; concebir una filosofía
científica definitiva, sería absurdo, ya que la experiencia y las
hipótesis se integran y se rectifican incesantemente: "_es un sistema
en formación continua. Tiene métodos_, pero _no tiene dogmas_: _Se
corrige incesantemente_, conforme varía el ritmo de la experiencia".
Por todo eso he creído legítimo interpretarla como "una metafísica
de la experiencia". Y acaso pueda establecer su programa y su método
dentro de algunos años, si vivo; sus resultados definitivos nunca, pues
los concibo indefinidamente perfectibles.
Aplicad estas ideas a la _experiencia moral_ y comprenderéis
exactamente lo que significará la _moral sin dogmas_ del porvenir: no
solamente sin dogmas religiosos, sino también sin dogmas racionales.
Suponed que esa experiencia es distinta en cada sociedad humana y en
cada momento de su evolución, y comprenderéis la inevitable _variación
de los ideales de perfección moral_ que los hombres construirán
hipotéticamente sobre su experiencia incesantemente renovada.