Adaptándose a esas direcciones ético-sociales se ha desenvuelto
el catolicismo norteamericano. En sus comienzos fué una religión
extranjera; su vida fué raquítica, aunque respetada, tal como el
protestantismo entre nosotros en la época de Rivadavia. Adquirió
caracteres propios, esencialmente nacionales, cuando se le incorporaron
elementos nativos, que lo impregnaron del espíritu unitario y
trascendentalista; desde entonces dejó de circular un risueño libro
católico de oraciones, titulado: "Leche espiritual para los niños
americanos extraída de los pechos de los dos Testamentos", que menciona
William James. Con esas metáforas de culinaria infantil no se podía
ir muy lejos en un país de cuáqueros y puritanos. Brownson y Hecker,
cristianos liberales, amigos de Channing y lectores de Emerson, afectos
al sansimonismo y al fourierismo, a punto de vivir en el falansterio
de Brook Farm, acabaron por entrar a la iglesia católica. ¿Atraídos
por sus dogmas? En manera alguna. Pequeños desencantos de la política
indujeron a Brownson a apartarse del radicalismo, inclinando sus
simpatías hacia la política conservadora. Estaba a un paso y lo dió:
"del conservatismo en política--dice--pasé muy pronto al conservatismo
en religión". Optó por la más autoritaria y dogmática, viendo en el
catolicismo el mejor camino para sobreponer una ética social a los
desvaríos individuales, así como un escenario favorable para sus
precedentes anhelos filantrópicos y humanitaristas. Brownson arrastró a
Hecker, que había sido su discípulo; ambos entraron a su nueva iglesia
poco antes de que Sarmiento escribiera sus interesantes impresiones
sobre la geografía moral de los Estados Unidos (1847).
Señalemos un hecho. En todos los países el liberalismo mira con
simpatía a las iglesias contrarias de la oficial, tradicional o
imperante; y el liberalismo, en los hombres de temperamento místico,
suele resolverse en una adhesión a las primeras. En los países
católicos el liberalismo puede conducir a las iglesias disidentes;
en los protestantes, al catolicismo. En uno y otro caso la actitud
es idéntica, ya que los dogmas nuevos sólo son aceptados como una
disconformidad militante contra los tradicionales. Esto nos ayudará
a comprender el siguiente párrafo de Bargy, en su libro sobre la
evolución religiosa de los Estados Unidos: "No podrá insistirse
bastante sobre este hecho, que fué el espíritu de Channing y de los
Unitarios, de Emerson y los Trascendentalistas, el que condujo a
Brownson y Hecker hasta las puertas de la Iglesia romana. En esa
época, los protestantes más liberales se habían plegado al unitarismo;
al mismo tiempo, las iglesias de que aquéllos desertaban, tendían
por desconfianza a una reacción de intolerancia. El unitarismo, al
constituirse, había monopolizado transitoriamente ese gusto por la
tolerancia conciliadora que en el siglo anterior había favorecido
su nacimiento; de manera que para las iglesias establecidas bajo
otra inspiración fué un período de retroceso. Por eso Hecker las
consideró como un elemento de discordia y el disgusto de la ortodoxia
protestante le habría arrojado lejos del cristianismo, sin la acogida
amplia y tranquila que encontró entre los discípulos de Channing y de
Emerson". Brownson que declaraba "no creer sino en la humanidad" y
entendía poderse comparar a Cristo en cuanto "reformador social", fué
en busca de Hecker que estaba consagrado al "apostolado social" en el
falansterio trascendentalista; de allí saltaron a la Iglesia católica,
por un curioso proceso más práctico que espiritual, descrito en el
libro mencionado. Hombres de acción, nacionalizaron el romanismo,
siguiendo la política del primer obispo de Boston, Chévérus, un
desterrado por la revolución francesa que comenzó por ciudadanizarse en
su nueva sede y prestar servicios públicos de inmediata utilidad.
Ése era el salvoconducto único para establecerse en un pueblo que
juzgaba a los hombres por su conducta social, sin preocuparse de sus
dogmas teológicos. A medida que fué creciendo, la Iglesia católica
comprendió que en ese medio los hombres no se asociaban para rezar,
sino para hacer. E hizo. La prosperidad de los Estados Unidos comenzaba
a atraer grandes masas de poblaciones católicas europeas: italianos,
franceses, irlandeses, alemanes. La iglesia católica tuvo una función
que cumplir: asimilarlas a la nacionalidad, infundirles su espíritu.
"Su rol--dice Bargy--fué formar como una vanguardia para recibir el
primer choque de la inmigración, acoger los millones de desterrados
que venían de los países católicos, orientar desde el desembarque
sus masas flotantes e ignorantes, gobernarlas por la fe hasta que
aprendan a gobernarse por la ley; ser, en una palabra, en torno de
los puertos de inmigración, como un tentáculo avanzado y como un gran
órgano digestivo capaz de asimilar los elementos extranjeros antes de
volcarlos en la nación. Es por su rol de civilizadora provisoria que
la Iglesia católica se ha impuesto al respeto del gran público". Este
aspecto práctico, lo más social y lo menos dogmático posible, presenta
una acentuada concordancia con la evolución ética de las iglesias
norteamericanas.
Americanizando la inmigración católica, esa Iglesia cumplió una
función social; y en ello hubo su parte de sacrificio, pues los
mejor americanizados se apartaron del catolicismo, cuyos dogmas y
escenografías resultaban poco severos en parangón con los de las
iglesias disidentes. Creo oportuno señalar el error en que incurrió
recientemente un orador argentino al celebrar los grandes progresos de
la iglesia romana en los Estados Unidos, error que es ya un lugar común
en la oratoria de los países católicos. Carecería de interés entrar a
un análisis estadístico; me limitaré a citaros un párrafo del mismo
Bargy, de cuya exactitud global estoy seguro: "El patriotismo de la
Iglesia americana ha sido puesto a prueba. Americanizando a sus fieles,
ha perdido más de la mitad; familiarizándolos con el idioma, las leyes
y las costumbres de su nueva patria ella ha apresurado su deserción
hacia el protestantismo o el libre pensamiento. Según la estadística de
inmigración, los católicos en los Estados Unidos deberían ser más de
25 millones: sólo son 10 millones. La pérdida ha causado alarma y se
ha buscado el remedio en la formación de Iglesias de lenguas diversas,
que fortificando en los Alemanes, los Irlandeses, los Italianos,
los Franceses, el recuerdo de su país natal, los retuvieran así más
fuertemente en su religión originaria. En 1890 comenzó, por la división
de la iglesia católica norteamericana en Iglesias llamadas nacionales,
un gran movimiento... Pero monseñor Ireland y todo el alto clero
afirmaron resueltamente la unidad: donde sólo debe haber una nación,
sólo puede existir una Iglesia nacional.... De cada católico debía
hacerse un Americano, aun a riesgo de preparar en él un protestante. La
lealtad hacia el país fué antepuesta a la obsecuencia a la fe".
Esta actitud antidogmática y social, es simplemente inconcebible en
las naciones donde la iglesia católica es tradicionalmente amparada
por el Estado. Y no vacilo en deciros, por haberlas visto, que las
iglesias católicas de los Estados Unidos, desde los edificios hasta
los sermones, se parecen mucho más a las iglesias protestantes de allí
mismo, que a las católicas de los países latinos. El catolicismo se
descatoliza, adaptándose al medio; descuida los dogmas y se eleva hacia
la acción moral.
No podemos detenernos a analizar el proceso que ha determinado una
evolución semejante en la religión judía, iniciada,--la fecha es
esencial,--antes de 1850. Las primeras sinagogas reformadas funcionaron
según el tipo autónomo del Congregacionalismo puritano; su precursor,
Isaac Wise, "el papa judío de América", había extremado en 1846 su
liberalismo, a punto de ser expulsado de la sinagoga de Albany, en
Nueva York. Su propaganda eficacísima fué coronada por la declaración
de los rabíes reformados (Pittsburgh, 1885), cuyo liberalismo y
nacionalismo norteamericano, produce escalofríos a los nuevos
inmigrantes que llegan saturados de ortodoxia y de sionismo. En una o
dos generaciones--lo mismo que los católicos--curan de sus dogmas y
acaban por converger hacia los ideales de esa "religión sin dogmas"
difundida por el unitarismo.
La asimilación moral de los judíos por el ambiente norteamericano
sugiere optimistas reflexiones respecto de la adaptabilidad de su raza
en las naciones nuevas. Su fe en la redención por el trabajo y por
la ilustración es, simplemente, admirable; acaban por descollar en
todas las formas de la actividad social y por distinguirse en las más
nobles emulaciones intelectuales. El esfuerzo prodigioso de esta raza,
fortalecida en las persecuciones, se nota en ciertas Universidades, y
de las mejores, como la _Columbia University_, de Nueva York; en la
cátedra y en el aula se siente ya el hervor de estos nuevos americanos,
que han encontrado en la patria de Lincoln su Tierra Prometida.