En la primera lección hemos recordado el sentido cívico y social,
antes que dogmático, del puritanismo norteamericano; y vimos que en el
unitario Channing, poco antes que en Emerson, se definió claramente la
tendencia a convertir la religión en una pura moral social. Cerrado
el ciclo del movimiento trascendentalista, que fué una exaltación del
unitarismo radical, Emerson, como todos, quedó incluído en un gran
movimiento de renovación nacional, al que ninguna iglesia permaneció
totalmente ajena.
Fuerzas poderosas se necesitaban para consolidar la nacionalidad. Las
primitivas colonias del nordeste se veían incesantemente agrandadas
por la anexión de vastos territorios, ocupados por una población
étnica y moralmente inferior. Las colonizaciones española y francesa
habían engendrado núcleos sociales muy distintos del que en la Nueva
Inglaterra mantenía puro de toda mezcla indígena el tesoro biológico de
la raza blanca; para mayor desgracia la miserable avidez humana había
introducido turbas de negros esclavos, en cuyas mujeres los viejos amos
latinos no habían desdeñado engendrar toda la gama del mulataje étnico
y religioso, ya que en la mente de la obscura progenie se mezclaban
pintorescamente las supersticiones africanas con los dogmas católicos,
que en singular maridaje perduran hasta nuestros días en muchas que
fueron colonias españolas. No hablemos de la espantosa guerra entre
el Norte y el Sur, motivada por la abolición de la esclavitud; no
hablemos del pavoroso problema de la raza negra, que aún preocupa a la
nación que recibió esa triste herencia de las colonizaciones latinas;
no hablemos, por fin, de la imposibilidad de segregar ese tumor
del moderno organismo norteamericano y de la sensata resistencia a
asimilarlo por la mestización. Sólo el tiempo dará una respuesta a ese
interrogante, que los conquistadores ibero-americanos suprimieron en
forma poco feliz desde la época colonial, mestizándose.
Prescindiendo de ese núcleo inasimilable, la mayor preocupación
nacional fué irradiar desde la Nueva Inglaterra el tipo de educación
moral que la experiencia había demostrado más benéfico para la nueva
raza; para ello era indispensable infundir cierta unidad de fines
prácticos a las diversas comuniones religiosas, entendiéndose acerca de
lo que no fuese dogmático: la acción ética y social. Es en esa obra de
harmonización y tolerancia donde fué más eficaz la obra de las iglesias
unitarias y de sus aliados históricos. La corriente de ideas en cuyo
centro actuaron Channing, Emerson y Henry James, influyó de inmediato
sobre todas las iglesias protestantes, y más tarde sobre dos grandes
núcleos inmigrados, los católicos y los judíos.
Por el ejemplo--nunca por imposición, desde que el Estado no tenía
iglesia oficial,--los hombres y las iglesias de las otras comuniones
fueron adaptándose al criterio que miraba las religiones como vehículos
de moral sin dogmas o como instrumentos de acción cívica.
El proceso no fué sencillo. Convergieron a él los esfuerzos de los
independientes, con Emerson en la cumbre; de las iglesias unitarias,
con Channing; de las presbiterianas, con Henry James. Conocemos ya a
los dos primeros; el último, educado en el seminario más ortodoxo de su
comunidad, en sus andanzas por Europa fué contagiado por la secta de
Sandeman y por la teología de Swedemborg, que atenuaron grandemente su
eficacia para actuar en Norte América. Por sus ideas tuvo, sin embargo,
muchos puntos de contacto con Emerson, poniendo, como éste, la acción
como fin supremo de la moralidad, haciéndola derivar de la naturaleza
y servir a la sociedad. En los dogmas religiosos veía el inconveniente
de obstaculizar la espontaneidad natural, poniendo en lo sobrenatural
y no en la sociedad los móviles y la sanción de la conducta humana. Su
mejor obra, "La Sociedad redentora del hombre", tiende a reemplazar
la conciencia de la raza a la conciencia del individuo, sosteniendo
que el resultado natural de la evolución histórica es el crecimiento
de la solidaridad humana. Su sistema "se cierra como un círculo, que
abre la idea de la naturaleza y que cierra la idea de la sociedad.
La una es el símbolo y la revelación de la otra. La naturaleza y la
sociedad rodean al hombre, la una sirviéndole de asiento, cubriéndolo
la otra; en aquélla está su principio y en ésta su fin. Ambas le son
necesarias y suficientes". De allí que James, conservándose cristiano,
haga en realidad del cristianismo una moral naturalista y humanitaria,
ajena a todo dogmatismo teológico. Toda su exaltación mística sobre la
sublimidad de Cristo como revelador, resulta una simple condescendencia
con la sociedad cristiana en que vivió: su hijo, el psicólogo William
James, pudo escribir sin temor de equivocarse: "Me es forzoso creer
que si mi padre hubiese nacido fuera del mundo cristiano habría podido
construir todo su sistema, tal cual es, casi sin mentar a Cristo". Es,
en efecto, una verdadera religión de la humanidad, en que la sociedad
aparece como el objetivo natural del perfeccionamiento infinito.
Acercad estas ideas a las dominantes en Channing y en el Emerson
de la segunda época, y tendréis una noción acabada de la _ética
social_ en las iglesias liberales norteamericanas. La obligación es
social, lo mismo que la sanción; toda la modalidad es concebida como
un producto natural y espontáneo del hombre, por el hecho mismo de
vivir en sociedad. Y el propio Channing, menos audaz que Emerson como
pensador, llegó a decir--más o menos,--que si no concibiéramos a Dios
como provisto en grado perfecto de las cualidades humanas que llamamos
virtudes, los hombres no podríamos concebirlo ni tendríamos necesidad
de pensar en él. Panteísmo moral, diréis; antropomorfismo ético,
tal vez. No es, en efecto, otra cosa; y de otro modo, agregan sus
creadores, _no serviría a la humanidad_, representada concretamente por
las diversas sociedades que la constituyen.
No es todavía una ética _fuera_ de la religión; pero es ya una ética
como fundamento de la religión misma, invirtiendo su rango clásico.
Todo el que ha conversado con pastores norteamericanos sobre este
punto ha oído repetir un estribillo expresivo: preferimos festejar
a la patrona (la ética social) y no a las sirvientas (las teologías
dogmáticas). Gracias a ello, sobreponiéndose a la pluralidad de
los dogmas, ha sido posible entrever--no digo realizar, entiéndase
bien,--la futura unidad moral de los hombres, independientemente de
sus creencias. Y ya que todas las religiones expresan el propósito
de contribuir al enaltecimiento moral de la sociedad ¿no es legítimo
entenderse sobre esa común finalidad, antes que seguir riñendo por
dogmas envejecidos? Este pensamiento central del unitarismo ha
influenciado a todas las comunidades, aun a las que fueron sus más
apasionadas enemigas: si no se ha llegado a una religión sin doctrinas,
se está ya en camino de una moral sin dogmas, cuya única fuente sea la
experiencia social.