8.--LA ÉTICA SOCIAL DE LAS IGLESIAS NORTEAMERICANAS

En la primera lección hemos recordado el sentido cívico y social,

antes que dogmático, del puritanismo norteamericano; y vimos que en el

unitario Channing, poco antes que en Emerson, se definió claramente la

tendencia a convertir la religión en una pura moral social. Cerrado

el ciclo del movimiento trascendentalista, que fué una exaltación del

unitarismo radical, Emerson, como todos, quedó incluído en un gran

movimiento de renovación nacional, al que ninguna iglesia permaneció

totalmente ajena.

Fuerzas poderosas se necesitaban para consolidar la nacionalidad. Las

primitivas colonias del nordeste se veían incesantemente agrandadas

por la anexión de vastos territorios, ocupados por una población

étnica y moralmente inferior. Las colonizaciones española y francesa

habían engendrado núcleos sociales muy distintos del que en la Nueva

Inglaterra mantenía puro de toda mezcla indígena el tesoro biológico de

la raza blanca; para mayor desgracia la miserable avidez humana había

introducido turbas de negros esclavos, en cuyas mujeres los viejos amos

latinos no habían desdeñado engendrar toda la gama del mulataje étnico

y religioso, ya que en la mente de la obscura progenie se mezclaban

pintorescamente las supersticiones africanas con los dogmas católicos,

que en singular maridaje perduran hasta nuestros días en muchas que

fueron colonias españolas. No hablemos de la espantosa guerra entre

el Norte y el Sur, motivada por la abolición de la esclavitud; no

hablemos del pavoroso problema de la raza negra, que aún preocupa a la

nación que recibió esa triste herencia de las colonizaciones latinas;

no hablemos, por fin, de la imposibilidad de segregar ese tumor

del moderno organismo norteamericano y de la sensata resistencia a

asimilarlo por la mestización. Sólo el tiempo dará una respuesta a ese

interrogante, que los conquistadores ibero-americanos suprimieron en

forma poco feliz desde la época colonial, mestizándose.

Prescindiendo de ese núcleo inasimilable, la mayor preocupación

nacional fué irradiar desde la Nueva Inglaterra el tipo de educación

moral que la experiencia había demostrado más benéfico para la nueva

raza; para ello era indispensable infundir cierta unidad de fines

prácticos a las diversas comuniones religiosas, entendiéndose acerca de

lo que no fuese dogmático: la acción ética y social. Es en esa obra de

harmonización y tolerancia donde fué más eficaz la obra de las iglesias

unitarias y de sus aliados históricos. La corriente de ideas en cuyo

centro actuaron Channing, Emerson y Henry James, influyó de inmediato

sobre todas las iglesias protestantes, y más tarde sobre dos grandes

núcleos inmigrados, los católicos y los judíos.

Por el ejemplo--nunca por imposición, desde que el Estado no tenía

iglesia oficial,--los hombres y las iglesias de las otras comuniones

fueron adaptándose al criterio que miraba las religiones como vehículos

de moral sin dogmas o como instrumentos de acción cívica.

El proceso no fué sencillo. Convergieron a él los esfuerzos de los

independientes, con Emerson en la cumbre; de las iglesias unitarias,

con Channing; de las presbiterianas, con Henry James. Conocemos ya a

los dos primeros; el último, educado en el seminario más ortodoxo de su

comunidad, en sus andanzas por Europa fué contagiado por la secta de

Sandeman y por la teología de Swedemborg, que atenuaron grandemente su

eficacia para actuar en Norte América. Por sus ideas tuvo, sin embargo,

muchos puntos de contacto con Emerson, poniendo, como éste, la acción

como fin supremo de la moralidad, haciéndola derivar de la naturaleza

y servir a la sociedad. En los dogmas religiosos veía el inconveniente

de obstaculizar la espontaneidad natural, poniendo en lo sobrenatural

y no en la sociedad los móviles y la sanción de la conducta humana. Su

mejor obra, "La Sociedad redentora del hombre", tiende a reemplazar

la conciencia de la raza a la conciencia del individuo, sosteniendo

que el resultado natural de la evolución histórica es el crecimiento

de la solidaridad humana. Su sistema "se cierra como un círculo, que

abre la idea de la naturaleza y que cierra la idea de la sociedad.

La una es el símbolo y la revelación de la otra. La naturaleza y la

sociedad rodean al hombre, la una sirviéndole de asiento, cubriéndolo

la otra; en aquélla está su principio y en ésta su fin. Ambas le son

necesarias y suficientes". De allí que James, conservándose cristiano,

haga en realidad del cristianismo una moral naturalista y humanitaria,

ajena a todo dogmatismo teológico. Toda su exaltación mística sobre la

sublimidad de Cristo como revelador, resulta una simple condescendencia

con la sociedad cristiana en que vivió: su hijo, el psicólogo William

James, pudo escribir sin temor de equivocarse: "Me es forzoso creer

que si mi padre hubiese nacido fuera del mundo cristiano habría podido

construir todo su sistema, tal cual es, casi sin mentar a Cristo". Es,

en efecto, una verdadera religión de la humanidad, en que la sociedad

aparece como el objetivo natural del perfeccionamiento infinito.

Acercad estas ideas a las dominantes en Channing y en el Emerson

de la segunda época, y tendréis una noción acabada de la _ética

social_ en las iglesias liberales norteamericanas. La obligación es

social, lo mismo que la sanción; toda la modalidad es concebida como

un producto natural y espontáneo del hombre, por el hecho mismo de

vivir en sociedad. Y el propio Channing, menos audaz que Emerson como

pensador, llegó a decir--más o menos,--que si no concibiéramos a Dios

como provisto en grado perfecto de las cualidades humanas que llamamos

virtudes, los hombres no podríamos concebirlo ni tendríamos necesidad

de pensar en él. Panteísmo moral, diréis; antropomorfismo ético,

tal vez. No es, en efecto, otra cosa; y de otro modo, agregan sus

creadores, _no serviría a la humanidad_, representada concretamente por

las diversas sociedades que la constituyen.

No es todavía una ética _fuera_ de la religión; pero es ya una ética

como fundamento de la religión misma, invirtiendo su rango clásico.

Todo el que ha conversado con pastores norteamericanos sobre este

punto ha oído repetir un estribillo expresivo: preferimos festejar

a la patrona (la ética social) y no a las sirvientas (las teologías

dogmáticas). Gracias a ello, sobreponiéndose a la pluralidad de

los dogmas, ha sido posible entrever--no digo realizar, entiéndase

bien,--la futura unidad moral de los hombres, independientemente de

sus creencias. Y ya que todas las religiones expresan el propósito

de contribuir al enaltecimiento moral de la sociedad ¿no es legítimo

entenderse sobre esa común finalidad, antes que seguir riñendo por

dogmas envejecidos? Este pensamiento central del unitarismo ha

influenciado a todas las comunidades, aun a las que fueron sus más

apasionadas enemigas: si no se ha llegado a una religión sin doctrinas,

se está ya en camino de una moral sin dogmas, cuya única fuente sea la

experiencia social.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 33 / 51 题