Los sistemas éticos racionales que se han apartado del dogmatismo
religioso, afirmando la posibilidad de una moral independiente, no han
conseguido la menor difusión social, reclutándose sus partidarios entre
una minoría ilustrada, restringida muchas veces al círculo exiguo de
los aficionados a las lecturas filosóficas.
Esas deserciones esencialmente cualitativas, carecen de medida
cuantitativa en la sociedad. ¿Por qué? En mi entender, por su carácter
negativo; son fuerzas disolventes del pasado teológico, pero nada han
construido para el porvenir; cual más, cual menos, son esencialmente
individuales, cuando no individualistas.
Las morales religiosas tenían en sus dogmas afirmativos una fuerza
de cohesión social; y aunque nunca pusieron sus fundamentos en
la sociedad, sino en lo sobrenatural, desempeñaban una función
socializadora de la obligación, imponiendo normas de conducta
apropiadas para facilitar la convivencia humana dentro de un régimen
social dado.
Las morales individuales, poniendo en la conciencia moral del hombre la
medida de la obligación y de la sanción, carecen de valor social. Se
concibe, y es la evidencia misma, que determinados individuos puedan
vivir virtuosamente, santamente, sin necesidad de los dogmas morales
que ofrecen las religiones; pero cuesta concebir que todos los hombres
sean capaces de dirigir su conducta hacia el bien sin recibir impulso
alguno superior a su propia razón personal. Bastaría recordar el daño
que han causado tres moralistas individualistas del siglo XIX entre sus
contados adeptos. Stendhal, con su diletantismo moral, Schopenhauer
con su escepticismo pesimista, y Nietzsche, con su individualismo
superhombrista, han hecho estragos morales entre jóvenes literatos
que se tenían por genios y se creían autorizados a prescindir de toda
obligación moral, ya porque fuera elegante hacerlo así, ya porque era
absurdo respetar como valores reales a valores ilusorios, ya porque
sólo los esclavos debían sujetarse al dogmatismo social.
Tenemos que reconocerlo, todos los esfuerzos de los filósofos para
construir una moral teórica racional han carecido de función eficaz,
han sido actitudes individuales, prácticamente negativas; y en la
sociedad no se pueden destruir creencias fundadas en seculares
sentimientos y en intereses reales, sin sustituir lo destruido con
otras creencias que puedan satisfacer los sentimientos e intereses que
aquéllas sustentaban. Una moral de gabinete no puede reemplazar a una
creencia social; podemos admirar la _Ética_ de Spinoza o la _Crítica de
la Razón Práctica_ de Kant como prodigiosos poemas de lógica racional,
sin creerlos susceptibles de dar nueva orientación a la moralidad de
los hombres, ni de satisfacer su sentimiento místico. Los filósofos
han elaborado hipótesis éticas para filósofos; sólo la humanidad--por
su incesante experiencia social--puede elaborar éticas efectivas para
la humanidad. Para entendernos: toda ética efectiva es un resultado
natural de la experiencia.
En la época inicial de Emerson--ya que estas digresiones deben
servirnos para comprenderlo--el conflicto se planteaba todavía entre
las dos concepciones clásicas de la moral: la religiosa, ínsita en las
teologías dogmáticas, y la individualista, elaborada por filósofos
independientes.