Implicada la moral en los dogmas teológicos, toda disconformidad
religiosa es una disconformidad con el dogmatismo moral. Recordemos,
como la mejor prueba de ello, que durante diez siglos, desde el
edicto imperial que proscribió de Roma a los filósofos hasta el grito
cismático proferido por Lutero, una sola teología y una sola moral
floreció en la cristiandad. La patrología y la escolástica se mueven
dentro de un dogmatismo único; bastaría comparar a Clemente y Orígenes
con Tertuliano y Lactancio, a Agustín con Tomás, cuyos discípulos
disputan hasta nuestros días, para comprender que si bien los dogmas
evolucionaban, todos pretendían explícitamente ser fieles a ellos, sin
lo cual hubiérase roto la unidad política de la iglesia romana. He
dicho _unidad política_ y debo explicarme; la fuerza de esa iglesia,
desde que reyes y emperadores, por razones políticas y no teológicas,
resolvieron declararla oficial en sus estados, no residió en sus
doctrinas, sino en el poder político adquirido por ella en el mundo
feudal europeo. No podríamos detenernos ahora a examinar en qué medida
la difusión del protestantismo fué, a su vez, un movimiento político,
nacionalista en cada país, contra el poder internacional del estado
pontificio; ello se percibiría también analizando en los estados
católicos la lucha por constituir iglesias nacionales, emancipadas
de Roma, de que dió memorable ejemplo el nunca apagado movimiento
galicano. Y veríamos, también, que en nuestros días la fuerza de esa
iglesia no está en sus doctrinas sino en la admirable organización
como partido internacional, actuante en la política de cada país con
unidad de miras temporales y con sorprendente disciplina para la acción
práctica. Nunca, en la historia de la humanidad, ha existido un partido
internacional que pueda comparársele en organización y eficacia.
Cortemos la digresión. Durante la edad media no hay en la cristiandad
un nombre de moralista independiente que merezca citarse, con la
excepción, acaso única, de Eckhart, que a principios del siglo XIV
puso en circulación un misticismo panteísta, declarado herético por
la iglesia romana. Llega el Renacimiento y se rompen los moldes de
la teología escolástica; los filósofos contemplan la naturaleza o
el espíritu, independientemente de los dogmas religiosos. Averroes
insinúa la doctrina de la religión natural y de la moral natural,
que más tarde reaparece en Spinoza. El neoaristotelismo encuentra su
hombre representativo en Bacon y se continúa en toda la escuela de los
moralistas ingleses, que culmina en Hobbes, Locke, Shaftesbury, y en
los escoceses, Hutcheson, Hume, Smith; la corriente neoplatónica se
transmuta en el racionalismo, con Descartes y Malebranche en Francia,
al mismo tiempo que aparecen con caracteres propios Leibnitz y Wolff,
en Alemania. Y así, luchando los filósofos independiente contra la
teología dogmática, el siglo XVIII ve surgir el racionalismo inglés,
el enciclopedismo francés y la filosofía de las luces en Alemania.
Cauteloso el primero, revolucionario el segundo, abstracta la
tercera, predomina en todos el afán inquieto de poner en la razón los
fundamentos de la moral, que hasta entonces residieran en el dogma.
Sabéis que Kant elaboró, en su _Crítica de la Razón Práctica_, el
monumento más grandioso concebido por hombre alguno hasta su tiempo;
estoy muy lejos de significar, con ésto, que en nuestros días puedan
considerarse aceptables los fundamentos racionales y apriorísticos de
su sistema.
Si Kant quiso decir que la moralidad es una exigencia de la razón
para el bien de la sociedad, y no que la existencia social exige la
formulación racional de una ética,--pareceres encontrados sobre los
que no han logrado entenderse los que se creen sus continuadores--es
seguro que el siglo XIX se pronunció por la segunda interpretación, que
es la menos kantiana de las dos. Creemos más bien que el patriotismo
filosófico alemán, empeñado en poner a Kant en el centro de la historia
filosófica universal, ha estado y seguirá dispuesto a ver en Kant
todos los gérmenes de las más contradictorias filosofías del porvenir;
sabéis que el culto de Kant tiene vestales en irreconciliables escuelas
filosóficas de su patria.
Así como Tomás puede representar el momento culminante de la teología
escolástica, Kant simboliza el más alto esfuerzo de la filosofía
racionalista. La moral, antes dictada a los hombres por la misma
divinidad, aparece ahora impuesta al hombre por su propia razón.
Llamadle Hume, llamadle Helvecio o llamadle Kant, subrayad todas sus
inconciliables divergencias, y os quedará siempre en sus concepciones
de la moral un denominador común: su emancipación de la teología.
Cualquiera de ellos constituye un tipo de moralista independiente; la
moral de los tres es, ante todo, individual y pretende ser demostrable
por la razón. La crítica y el libre examen las engendran, en oposición
al dogmatismo religioso; para el mismo Kant, la religión es una
necesidad racional y no un antecedente de la moralidad.
En casi todos los moralistas independientes, cuyos ejemplares máximos
acabamos de citar, aparece postulada la perfectibilidad humana y
aumentado el valor del hombre mismo; aunque unos partan de la razón y
otros de la naturaleza, convergen a reemplazar los mandamientos divinos
por mandamientos humanos, y a sustituir sus fuentes sobrenaturales por
fuentes naturales.
A la afirmación intensiva de la personalidad, recogida por todas las
literaturas románticas, se unió el concepto nuevo del deber; ya no
se vió en él un simple acatamiento a una voluntad extraña, sino la
obediencia del hombre a sí mismo. Y este tipo de ética individualista
fué consonante con la más alta profesada por escuela alguna,--la de
los estoicos,--poniendo el culto de la dignidad personal como norma
directriz de la conducta.
Así como es personal la obligación, es personal la sanción; no queda
ya relegada a lo sobrenatural, no se traduce necesariamente en penas y
castigos después de la muerte, sino que hace del hombre el juez de sí
mismo, juzgado constantemente por su propia conciencia moral. En estas
morales emancipadas de las teologías, la razón del hombre ha suplantado
al mandamiento de la divinidad.