6.--LAS MORALES INDEPENDIENTES

Implicada la moral en los dogmas teológicos, toda disconformidad

religiosa es una disconformidad con el dogmatismo moral. Recordemos,

como la mejor prueba de ello, que durante diez siglos, desde el

edicto imperial que proscribió de Roma a los filósofos hasta el grito

cismático proferido por Lutero, una sola teología y una sola moral

floreció en la cristiandad. La patrología y la escolástica se mueven

dentro de un dogmatismo único; bastaría comparar a Clemente y Orígenes

con Tertuliano y Lactancio, a Agustín con Tomás, cuyos discípulos

disputan hasta nuestros días, para comprender que si bien los dogmas

evolucionaban, todos pretendían explícitamente ser fieles a ellos, sin

lo cual hubiérase roto la unidad política de la iglesia romana. He

dicho _unidad política_ y debo explicarme; la fuerza de esa iglesia,

desde que reyes y emperadores, por razones políticas y no teológicas,

resolvieron declararla oficial en sus estados, no residió en sus

doctrinas, sino en el poder político adquirido por ella en el mundo

feudal europeo. No podríamos detenernos ahora a examinar en qué medida

la difusión del protestantismo fué, a su vez, un movimiento político,

nacionalista en cada país, contra el poder internacional del estado

pontificio; ello se percibiría también analizando en los estados

católicos la lucha por constituir iglesias nacionales, emancipadas

de Roma, de que dió memorable ejemplo el nunca apagado movimiento

galicano. Y veríamos, también, que en nuestros días la fuerza de esa

iglesia no está en sus doctrinas sino en la admirable organización

como partido internacional, actuante en la política de cada país con

unidad de miras temporales y con sorprendente disciplina para la acción

práctica. Nunca, en la historia de la humanidad, ha existido un partido

internacional que pueda comparársele en organización y eficacia.

Cortemos la digresión. Durante la edad media no hay en la cristiandad

un nombre de moralista independiente que merezca citarse, con la

excepción, acaso única, de Eckhart, que a principios del siglo XIV

puso en circulación un misticismo panteísta, declarado herético por

la iglesia romana. Llega el Renacimiento y se rompen los moldes de

la teología escolástica; los filósofos contemplan la naturaleza o

el espíritu, independientemente de los dogmas religiosos. Averroes

insinúa la doctrina de la religión natural y de la moral natural,

que más tarde reaparece en Spinoza. El neoaristotelismo encuentra su

hombre representativo en Bacon y se continúa en toda la escuela de los

moralistas ingleses, que culmina en Hobbes, Locke, Shaftesbury, y en

los escoceses, Hutcheson, Hume, Smith; la corriente neoplatónica se

transmuta en el racionalismo, con Descartes y Malebranche en Francia,

al mismo tiempo que aparecen con caracteres propios Leibnitz y Wolff,

en Alemania. Y así, luchando los filósofos independiente contra la

teología dogmática, el siglo XVIII ve surgir el racionalismo inglés,

el enciclopedismo francés y la filosofía de las luces en Alemania.

Cauteloso el primero, revolucionario el segundo, abstracta la

tercera, predomina en todos el afán inquieto de poner en la razón los

fundamentos de la moral, que hasta entonces residieran en el dogma.

Sabéis que Kant elaboró, en su _Crítica de la Razón Práctica_, el

monumento más grandioso concebido por hombre alguno hasta su tiempo;

estoy muy lejos de significar, con ésto, que en nuestros días puedan

considerarse aceptables los fundamentos racionales y apriorísticos de

su sistema.

Si Kant quiso decir que la moralidad es una exigencia de la razón

para el bien de la sociedad, y no que la existencia social exige la

formulación racional de una ética,--pareceres encontrados sobre los

que no han logrado entenderse los que se creen sus continuadores--es

seguro que el siglo XIX se pronunció por la segunda interpretación, que

es la menos kantiana de las dos. Creemos más bien que el patriotismo

filosófico alemán, empeñado en poner a Kant en el centro de la historia

filosófica universal, ha estado y seguirá dispuesto a ver en Kant

todos los gérmenes de las más contradictorias filosofías del porvenir;

sabéis que el culto de Kant tiene vestales en irreconciliables escuelas

filosóficas de su patria.

Así como Tomás puede representar el momento culminante de la teología

escolástica, Kant simboliza el más alto esfuerzo de la filosofía

racionalista. La moral, antes dictada a los hombres por la misma

divinidad, aparece ahora impuesta al hombre por su propia razón.

Llamadle Hume, llamadle Helvecio o llamadle Kant, subrayad todas sus

inconciliables divergencias, y os quedará siempre en sus concepciones

de la moral un denominador común: su emancipación de la teología.

Cualquiera de ellos constituye un tipo de moralista independiente; la

moral de los tres es, ante todo, individual y pretende ser demostrable

por la razón. La crítica y el libre examen las engendran, en oposición

al dogmatismo religioso; para el mismo Kant, la religión es una

necesidad racional y no un antecedente de la moralidad.

En casi todos los moralistas independientes, cuyos ejemplares máximos

acabamos de citar, aparece postulada la perfectibilidad humana y

aumentado el valor del hombre mismo; aunque unos partan de la razón y

otros de la naturaleza, convergen a reemplazar los mandamientos divinos

por mandamientos humanos, y a sustituir sus fuentes sobrenaturales por

fuentes naturales.

A la afirmación intensiva de la personalidad, recogida por todas las

literaturas románticas, se unió el concepto nuevo del deber; ya no

se vió en él un simple acatamiento a una voluntad extraña, sino la

obediencia del hombre a sí mismo. Y este tipo de ética individualista

fué consonante con la más alta profesada por escuela alguna,--la de

los estoicos,--poniendo el culto de la dignidad personal como norma

directriz de la conducta.

Así como es personal la obligación, es personal la sanción; no queda

ya relegada a lo sobrenatural, no se traduce necesariamente en penas y

castigos después de la muerte, sino que hace del hombre el juez de sí

mismo, juzgado constantemente por su propia conciencia moral. En estas

morales emancipadas de las teologías, la razón del hombre ha suplantado

al mandamiento de la divinidad.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 31 / 51 题