5.--VALOR SOCIAL DE LA HEREJÍA

Todas las religiones, en cierto momento de su evolución, el más

culminante, procuran fijar sus dogmas en una teología que interpreta

inapelablemente los textos en que está enunciada la revelación

primitiva; las teologías han pretendido ser, en su tiempo y en su

medio, códigos de moral destinados a regir dogmáticamente la conducta

humana.

De allí que el disconformismo de Emerson, mucho más amplio que la

primitiva disidencia en el seno de la iglesia Anglicana, se nos

presente como un episodio en la eterna lucha de la razón humana contra

los dogmas, como una renovación del derecho de libre examen. Eso es

lo que, en todo tiempo, ha constituído la herejía. Hereje es todo el

que discute y niega los dogmas, todo el que somete a su propia razón

las conclusiones de una teología. La intensa religiosidad individual,

propia de los temperamentos místicos, es la causa más frecuente de

herejías; por lo mismo que ella permite concebir perfeccionamientos

nuevos, aparta a los individuos de los dogmas teológicos que los

obstaculizan. "Un experimento religioso genuino y de primera mano--dice

James--debe parecer una heterodoxia a los que lo contemplan, y tal

profeta debe producir el efecto de un loco solitario. Si su doctrina

se muestra bastante contagiosa para difundirse a otros, entonces

se convierte en herejía definida y catalogada. Pero si resulta tan

contagiosa que llega a triunfar de las persecuciones, entonces se

convierte a su vez en ortodoxa, y cuando una religión llega a este

punto, es que ha terminado el tiempo en que se mantenía interior: el

manantial se ha secado; los fieles viven sólo de una fe exclusivamente

de segunda mano, y entonces, a su vez, lapidan a los nuevos profetas.

No obstante la bondad humana que la nueva Iglesia está pronta a

favorecer, se puede contar siempre con ella, como fiel aliado, cada

vez que se trate de sofocar el espíritu religioso espontáneo y de

reducir al silencio todo ulterior murmullo del manantial, de donde

ella misma sacaba en días más puros su propia inspiración, a menos

que adopte los nuevos movimientos y los aproveche para sus propios

intereses corporativos egoístas. Nos ofrecen ejemplos muy instructivos

de una acción política de este género, pronto o tardíamente asumida,

los procedimientos de la Iglesia católica respecto a muchos santos y

profetas individuales".

Mientras no se produce esta asimilación práctica, todo proyecto de

innovación es una herejía y la conducta del reformador es considerada

inmoral; el hábito de ver la moralidad conformada al dogmatismo induce

a juzgar inmorales a todos los que sienten esa honda "emoción cósmica"

que sugiere la naturaleza y hace amar con optimismo una vida intensa y

sin restricciones artificiales. "Los heréticos anteriores a la Reforma

veíanse casi siempre acusados por la Iglesia de ejercer prácticas

inmorales, del mismo modo que a los primeros cristianos acusábanles

los romanos de entregarse a la orgía. Probablemente no ha existido

período alguno en la vida de la humanidad, en que un número crecido de

individuos no haya idealizado su resistencia a pensar mal de la vida,

formando sectas libres o secretas, proclamando que todas las cosas

naturales son permitidas. La máxima de San Agustín: _Dilige et quod

vis fac_--si amas (a Dios) haz lo que te plazca--es moralmente una

observación muy profunda; pero las personas de que hablábamos, la toman

en el sentido de que es lícito salirse de los confines de la moral

dogmática convencional. Según sus caracteres, podrán ser espíritus

refinados o groseros, pero en todo tiempo sus creencias fueron lo

suficientemente sistemáticas para constituir una actitud religiosa

determinada. Para ellos, Dios es un dispensador de libertades; de este

modo vencen el remordimiento del mal. San Francisco y sus discípulos

pertenecían a esta categoría de almas, de la cual existen infinitas

variedades. Rousseau, durante los primeros años de su vida literaria,

Diderot, B. de Saint-Pierre y muchos otros, entre las mentes directoras

del movimiento anticristiano del siglo XVIII, pertenecían a ese tipo de

optimismo. Pensaban que la Naturaleza, siempre que sepamos entenderla,

es absolutamente buena".

No sorprende, pues, que los grandes místicos hayan sido melioristas lo

mismo que los filósofos independientes; por eso han merecido, unos y

otros, las persecuciones de la autoridad dogmática: teólogos, jueces,

políticos, confundidos en un mismo interés común de preservar a la

sociedad de toda herejía. ¡Y cómo se equivocan! Hereje es Sócrates

cuando enseña a dudar de "la religión de sus padres", y le dan la

cicuta. Hereje es Cristo para los judíos, y le dan la cruz, Hereje

es Lutero para la iglesia romana, y le cubren de anatemas. Hereje es

Spinoza, y le expulsan de la sinagoga. Hereje es Teresa de Ávila, y la

persigue la inquisición. Hereje es Emerson, y le acusan de ateísmo.

Hereje es Mæterlinck, cuyas obras están inscriptas en el Index, como

las de Anatole France y las de Enrique Bergson, de igual manera que

en nuestro país está prohibida la lectura de Ameghino y de Agustín

Álvarez..... y aun la de Almafuerte y de Lugones.

Quiero, con ésto, sugeriros que al hablar de dogmas y de herejías no se

trata de cosas trascendentes y remotas, sino de fenómenos sencillos y

actuales, que durarán tantos siglos cuantos persista en los hombres la

tendencia a organizar su misticismo individual en iglesias colectivas.

Los miles de religiones que han existido, todas verdaderas según sus

adeptos, serán seguidas por otras en el porvenir, igualmente verdaderas

para quienes las profesarán. Para que aparezcan--como producto natural

de la experiencia religiosa, sin cesar renovada por los hombres--serán

indispensables nuevas e incesantes herejías, es decir, _variaciones_

personales para mejorar la _herencia_ social, inventores o renovadores

de dogmas, inventores o renovadores de moral. Sabéis muy bien que, en

los últimos cincuenta años, por disgregación de las iglesias cristianas

han aparecido numerosas religiones nuevas. Se cuentan por docenas y

algunas elevan a millones el número de sus creyentes.

No se equivoca James al decir que a través de los siglos se han

transformado sin cesar los sentimientos y necesidades místicas de los

hombres, infiriendo que sería absurdo suponer que la edad presente

está destinada a no sufrir correcciones por parte de las edades

venideras. Habrá, pues, nuevas e incesantes herejías, y gracias a ellas

evolucionará la experiencia religiosa y moral de la humanidad: "Los

dioses que defendemos son los dioses que necesitamos y de los cuales

podemos servirnos, los dioses cuyas preguntas respecto a nosotros

son elementos para fundamentar las preguntas que nosotros mismos

nos hacemos, unos a otros. En una palabra, lo que yo me propongo

hacer es estudiar la santidad a la luz del sentido común, empleando

criterios humanos para resolver la cuestión de si la vida religiosa se

recomienda como forma ideal de actividad humana. Si es así, cualquier

creencia teológica que pueda inspirarla es fundamentada, por lo menos

en tal aspecto. En el caso contrario, aquellas creencias perderán

todo crédito, sin más que referirlas a principios humanos activos.

Sólo se trata de la eliminación de los humanamente ineptos y de la

supervivencia de los más aptos, aplicada a las creencias religiosas;

y si examinamos la historia, ingenuamente y sin prejuicios, debemos

admitir que jamás ninguna religión ha podido establecerse o confirmarse

a sí misma de un modo diverso. Las religiones se han _aprobado_ a sí

mismas, han subvenido a las necesidades vitales que reinaban a su

aparición; y han sido sustituídas por otras cuando violaron en exceso

ciertas necesidades o al presentarse otras creencias que las proveían

mejor".

Volvamos atrás, el tiempo de Emerson. En la Nueva Inglaterra, y con

relación a la iglesia protestante, ocurría un movimiento análogo al que

en las naciones católicas se llamó catolicismo liberal, hace setenta

años; la iglesia unitaria, en que Emerson se educara, representaba

lo que hoy el modernismo dentro de la iglesia romana, acaso con un

espíritu más acentuadamente liberal. Los teólogos protestantes, aunque

sus escuelas e investigadores son, desde la Reforma, mucho más notables

que los católicos, gracias al libre examen y a la alta crítica, no

pudieron mirar con indiferencia las negaciones dogmáticas a que se

entregaron los unitarios radicales y los trascendentalistas; Emerson,

y podríamos decir que el mismo Channing, fueron sindicados como

herejes, temiéndose que su liberalismo fuera el primer paso hacia la

irreligiosidad.

¿Quienes tenían razón? Desde su punto de vista, digámoslo sin vacilar:

los teólogos dogmáticos. No existe, para una iglesia, la posibilidad

de la fe a medias. Se cree o no se cree en sus dogmas; pretender que

cada hombre se considere parte de la divinidad, es conceder a cada uno

la posibilidad de revelarse a sí mismo la verdad en que debe creer y

la moral a que debe conformarse. Desde ese punto de vista la lógica

estaría en favor de los dogmáticos y contra todos los liberalismos;

una iglesia que consiente algo, acaba por ceder todo. Proclamar que el

cristianismo es un asunto de moral antes que de dogmas, es rebelarse,

abiertamente, a las iglesias cristianas tradicionales; y ésa era, como

lo dijimos, la posición religiosa de Emerson y de los trascendentales,

lo mismo que la de Echeverría y la Asociación de Mayo entre nosotros:

herejía frente a sus iglesias respectivas.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 30 / 51 题