Trataré de ser claro y preciso; todo lo confuso o vago, aunque sea
grato al oído, es sospechable de involuntario error o de obsecuencia
deliberada a los errores de los demás.
La historia de la ética, desde sus primeras concreciones hasta nuestros
días, es una lucha constante entre dos géneros de sistemas morales:
los unos--religiosos y dogmáticos--incompatibles con cualquier ideal
de perfeccionamiento, y los otros--filosóficos e independientes--más o
menos compatibles con la posibilidad de ideales.
Presiento vuestra objeción: ¿Cómo podría negarse que los creadores y
apóstoles de religiones se han propuesto el perfeccionamiento moral de
la humanidad?
No se puede negar; y sería insensato negarlo. Pero la objeción--aunque
parezca--no se refiere a lo que antes dije. Si habéis leído, como es
seguro, el libro de William James sobre la experiencia religiosa,
recordaréis este párrafo: "al juzgar de un modo crítico el valor de
los fenómenos religiosos, es importantísimo insistir en la distinción
entre la religiosidad como función individual personal y las religiones
organizadas como iglesias colectivas. Ya recordaréis que hice
indicaciones respecto a dicha distinción. La palabra "religión", tal
como se usa ordinariamente, es equívoca. La historia nos demuestra
que, por lo general, los genios religiosos atraen discípulos a su
alrededor y producen grupos que simpatizan con ellos. Cuando estos
grupos son suficientemente fuertes para "organizarse", se convierten en
instituciones eclesiásticas con ambiciones corporativas particulares.
El espíritu de la política y el gusto por las reglas dogmáticas
pueden entonces invadir y contaminar las cosas más inocentes en su
origen; de modo que cuando actualmente oímos la palabra "religión",
pensamos por necesidad en alguna "iglesia" u organización semejante.
En algunas personas la palabra "iglesia" sugiere de tal manera la idea
de hipocresía, tiranía, bajeza y aferramiento a toda superstición, de
un modo general e indeterminado, que se envanecen diciendo "que son
absolutamente contrarias a toda religión"; y hasta los que pertenecen
a una Iglesia determinada, no libran de una condena general a los que
pertenecen a otras".
Si entendéis bien, eso quiere expresar que la religiosidad (como
sentimiento personal) nada tiene que ver con los dogmas (como teología
eclesiástica); la religiosidad es común a todos los creyentes, los
dogmas son particulares de cada iglesia. De allí que la perfectibilidad
sea un anhelo frecuente en los individuos de intensa religiosidad, al
mismo tiempo que está cohibida por los sistemas morales establecidos en
las teologías.
La noción de dogma en la historia de las religiones es inequívoca;
podéis leer su examen metódico en el excelente libro _La evolución
de los dogmas_, de Guignebert, profesor de historia del cristianismo
en la Sorbona. Un dogma--dice--es, a la vez, una verdad infalible y
un precepto inviolable, revelado directamente por la divinidad o por
sus elegidos, o indirectamente inspirada a hombres que tenían calidad
particular para recibirla. El dogma debe ser acatado tal como lo ha
definido y formulado de conformidad con la inspiración divina, una
autoridad cuya competencia es indiscutida; la palabra de la autoridad,
el dogma, expresa la verdad absoluta y debe ser objeto de fe inmutable,
puesto que la divinidad no se engaña nunca ni puede engañar. "Tal es
por lo menos la teoría. Revelación, autoridad, inmutabilidad, son sus
tres cualidades principales. La razón, fundamento necesario de los
dogmas filosóficos entre los griegos, no tiene aquí otro rol que el
de aceptar las proposiciones dogmáticas y justificarlas si puede".
Sabido es que no tienen otra función las Teologías y las Apologéticas,
destinadas a sistematizar y defender los dogmas de las diversas
religiones.
Esa teoría, implícita en todos los sistemas teológicos, ha sido
generalmente combatida por los filósofos independientes y auspiciada
por los gobiernos feudales que cimentaban su autoridad en el derecho
divino. Teoría absurda, de completa absurdidad según la historia de las
religiones, cuyos estudios concuerdan unánimemente en aplicar a los
dogmas el principio universal de evolución: "un dogma, históricamente
considerado, no se presenta como un hecho revelado por la divinidad a
la ignorancia del hombre, sino como una combinación laboriosa y sin
cesar variable de una colectividad humana; es ante todo un fenómeno
social y acumula durante su existencia el trabajo de la fe, a veces muy
activo, de muchas generaciones" (pág. 339); "un dogma es un organismo
viviente, que nace, se desarrolla, se transforma, envejece y muere;
la vida lo arrastra, sin que pueda nunca detenerse: y cuando llega su
hora, la vida se aparta de él, sin que él pueda retenerla". Eso os
enseñarán, uniformemente, Guignebert en la obra citada y Harnack en su
libro sobre la historia de los dogmas, para citar solamente los textos
menos viejos y más accesibles.
Toda ética fundada en una teología es, por definición, dogmática. Quien
dice dogma, pretende invariabilidad, imperfectibilidad, imposibilidad
de crítica y de reflexión personal. Quien acepte que la moral está
formulada en una revelación, en la de su iglesia, y no en la de las
otras, reconoce que sus preceptos son mandamientos sobrenaturales o
divinos, ajenos a la posibilidad de alterarlos o perfeccionarlos, desde
que son acatados como la perfección misma. El dogma no deja al creyente
la menor libertad, ninguna iniciativa; un verdadero creyente reconoce,
por el simple hecho de serlo, la imposibilidad de cualquier esfuerzo
eficaz para el perfeccionamiento moral del individuo o de la sociedad,
fuera de los preceptos dogmáticos.
Esta breve y explícita consideración nos permite comprender la actitud
herética de Emerson, al afirmar que _los dogmas sobrenaturales son
incompatibles con el perfeccionamiento moral_. Su disconformismo es una
rebeldía contra los dogmas propios de la secta protestante en que fué
educado. Poniendo fuera de la Naturaleza el origen de los mandamientos
que rigen la conducta moral del hombre, las morales teológicas excluyen
de la vida humana actual, que segura y evidentemente vivimos, toda
posibilidad de perfección; si alguna queda, es para después de la
muerte, en otro mundo cuya existencia es creída por simple acto de fe,
ya que las mayores iglesias cristianas se resisten violentamente a
aceptar las pruebas que de ella ha intentado dar la moderna religión
espiritista.
Los mandamientos divinos imponen la obediencia a los dogmas morales de
las iglesias, cuyas normas del deber no nacen de la reflexión personal,
ni pueden ser modificadas por la razón. El hombre no interviene
en la fijación de sus propios deberes; los acata como decretos
sobrenaturales. Por eso la obligación y la sanción tienen un valor
completamente distintos que en las morales filosóficas independientes.
La obligación consiste en ajustarse al mandato imperativo de la
divinidad, que ha fijado el deber sin intervención del que lo cumple;
la única sanción reservada al cumplimiento de ese deber, es el premio
o el castigo después de la muerte, o sea lo que en lenguaje sencillo,
y por cierto más pintoresco, podríamos llamar la sanción trascendental
del cielo y del infierno. Sabéis muy bien, los que habéis leído a
Homero y a Virgilio, que el mundo pagano había inventado ya estos
lugares de sanción eterna, heredados por el cristianismo, y tan
magníficamente desenvueltos por la imaginación de Dante, cuya _Comedia_
bien merecería calificarse de divina si este adjetivo significara
superlativa excelsitud.