4.--EL DOGMATISMO TEOLÓGICO EXCLUYE LA PERFECTIBILIDAD

Trataré de ser claro y preciso; todo lo confuso o vago, aunque sea

grato al oído, es sospechable de involuntario error o de obsecuencia

deliberada a los errores de los demás.

La historia de la ética, desde sus primeras concreciones hasta nuestros

días, es una lucha constante entre dos géneros de sistemas morales:

los unos--religiosos y dogmáticos--incompatibles con cualquier ideal

de perfeccionamiento, y los otros--filosóficos e independientes--más o

menos compatibles con la posibilidad de ideales.

Presiento vuestra objeción: ¿Cómo podría negarse que los creadores y

apóstoles de religiones se han propuesto el perfeccionamiento moral de

la humanidad?

No se puede negar; y sería insensato negarlo. Pero la objeción--aunque

parezca--no se refiere a lo que antes dije. Si habéis leído, como es

seguro, el libro de William James sobre la experiencia religiosa,

recordaréis este párrafo: "al juzgar de un modo crítico el valor de

los fenómenos religiosos, es importantísimo insistir en la distinción

entre la religiosidad como función individual personal y las religiones

organizadas como iglesias colectivas. Ya recordaréis que hice

indicaciones respecto a dicha distinción. La palabra "religión", tal

como se usa ordinariamente, es equívoca. La historia nos demuestra

que, por lo general, los genios religiosos atraen discípulos a su

alrededor y producen grupos que simpatizan con ellos. Cuando estos

grupos son suficientemente fuertes para "organizarse", se convierten en

instituciones eclesiásticas con ambiciones corporativas particulares.

El espíritu de la política y el gusto por las reglas dogmáticas

pueden entonces invadir y contaminar las cosas más inocentes en su

origen; de modo que cuando actualmente oímos la palabra "religión",

pensamos por necesidad en alguna "iglesia" u organización semejante.

En algunas personas la palabra "iglesia" sugiere de tal manera la idea

de hipocresía, tiranía, bajeza y aferramiento a toda superstición, de

un modo general e indeterminado, que se envanecen diciendo "que son

absolutamente contrarias a toda religión"; y hasta los que pertenecen

a una Iglesia determinada, no libran de una condena general a los que

pertenecen a otras".

Si entendéis bien, eso quiere expresar que la religiosidad (como

sentimiento personal) nada tiene que ver con los dogmas (como teología

eclesiástica); la religiosidad es común a todos los creyentes, los

dogmas son particulares de cada iglesia. De allí que la perfectibilidad

sea un anhelo frecuente en los individuos de intensa religiosidad, al

mismo tiempo que está cohibida por los sistemas morales establecidos en

las teologías.

La noción de dogma en la historia de las religiones es inequívoca;

podéis leer su examen metódico en el excelente libro _La evolución

de los dogmas_, de Guignebert, profesor de historia del cristianismo

en la Sorbona. Un dogma--dice--es, a la vez, una verdad infalible y

un precepto inviolable, revelado directamente por la divinidad o por

sus elegidos, o indirectamente inspirada a hombres que tenían calidad

particular para recibirla. El dogma debe ser acatado tal como lo ha

definido y formulado de conformidad con la inspiración divina, una

autoridad cuya competencia es indiscutida; la palabra de la autoridad,

el dogma, expresa la verdad absoluta y debe ser objeto de fe inmutable,

puesto que la divinidad no se engaña nunca ni puede engañar. "Tal es

por lo menos la teoría. Revelación, autoridad, inmutabilidad, son sus

tres cualidades principales. La razón, fundamento necesario de los

dogmas filosóficos entre los griegos, no tiene aquí otro rol que el

de aceptar las proposiciones dogmáticas y justificarlas si puede".

Sabido es que no tienen otra función las Teologías y las Apologéticas,

destinadas a sistematizar y defender los dogmas de las diversas

religiones.

Esa teoría, implícita en todos los sistemas teológicos, ha sido

generalmente combatida por los filósofos independientes y auspiciada

por los gobiernos feudales que cimentaban su autoridad en el derecho

divino. Teoría absurda, de completa absurdidad según la historia de las

religiones, cuyos estudios concuerdan unánimemente en aplicar a los

dogmas el principio universal de evolución: "un dogma, históricamente

considerado, no se presenta como un hecho revelado por la divinidad a

la ignorancia del hombre, sino como una combinación laboriosa y sin

cesar variable de una colectividad humana; es ante todo un fenómeno

social y acumula durante su existencia el trabajo de la fe, a veces muy

activo, de muchas generaciones" (pág. 339); "un dogma es un organismo

viviente, que nace, se desarrolla, se transforma, envejece y muere;

la vida lo arrastra, sin que pueda nunca detenerse: y cuando llega su

hora, la vida se aparta de él, sin que él pueda retenerla". Eso os

enseñarán, uniformemente, Guignebert en la obra citada y Harnack en su

libro sobre la historia de los dogmas, para citar solamente los textos

menos viejos y más accesibles.

Toda ética fundada en una teología es, por definición, dogmática. Quien

dice dogma, pretende invariabilidad, imperfectibilidad, imposibilidad

de crítica y de reflexión personal. Quien acepte que la moral está

formulada en una revelación, en la de su iglesia, y no en la de las

otras, reconoce que sus preceptos son mandamientos sobrenaturales o

divinos, ajenos a la posibilidad de alterarlos o perfeccionarlos, desde

que son acatados como la perfección misma. El dogma no deja al creyente

la menor libertad, ninguna iniciativa; un verdadero creyente reconoce,

por el simple hecho de serlo, la imposibilidad de cualquier esfuerzo

eficaz para el perfeccionamiento moral del individuo o de la sociedad,

fuera de los preceptos dogmáticos.

Esta breve y explícita consideración nos permite comprender la actitud

herética de Emerson, al afirmar que _los dogmas sobrenaturales son

incompatibles con el perfeccionamiento moral_. Su disconformismo es una

rebeldía contra los dogmas propios de la secta protestante en que fué

educado. Poniendo fuera de la Naturaleza el origen de los mandamientos

que rigen la conducta moral del hombre, las morales teológicas excluyen

de la vida humana actual, que segura y evidentemente vivimos, toda

posibilidad de perfección; si alguna queda, es para después de la

muerte, en otro mundo cuya existencia es creída por simple acto de fe,

ya que las mayores iglesias cristianas se resisten violentamente a

aceptar las pruebas que de ella ha intentado dar la moderna religión

espiritista.

Los mandamientos divinos imponen la obediencia a los dogmas morales de

las iglesias, cuyas normas del deber no nacen de la reflexión personal,

ni pueden ser modificadas por la razón. El hombre no interviene

en la fijación de sus propios deberes; los acata como decretos

sobrenaturales. Por eso la obligación y la sanción tienen un valor

completamente distintos que en las morales filosóficas independientes.

La obligación consiste en ajustarse al mandato imperativo de la

divinidad, que ha fijado el deber sin intervención del que lo cumple;

la única sanción reservada al cumplimiento de ese deber, es el premio

o el castigo después de la muerte, o sea lo que en lenguaje sencillo,

y por cierto más pintoresco, podríamos llamar la sanción trascendental

del cielo y del infierno. Sabéis muy bien, los que habéis leído a

Homero y a Virgilio, que el mundo pagano había inventado ya estos

lugares de sanción eterna, heredados por el cristianismo, y tan

magníficamente desenvueltos por la imaginación de Dante, cuya _Comedia_

bien merecería calificarse de divina si este adjetivo significara

superlativa excelsitud.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 29 / 51 题