He pronunciado las palabras "ideales" e "idealistas"; temería enmarañar
vuestras ideas si las dejara sin explicación. Idealismo, en moral,
significa perfectibilidad, y expresa cierto anhelo de remontarse
hacia ideales que son concebidos como perfecciones posibles de la
realidad. Todo dogmatismo, todo conformismo, todo tradicionalismo,
implica inmovilización en fórmulas ya establecidas, que se acatan
como invariables; y lo invariable es, por definición, imperfectible,
como lo es todo lo que significa adhesión inamovible a las doctrinas,
costumbres y rutinas del pasado.
Es frecuente, sin embargo, que los dogmatistas de todo género, los
conformistas en filosofía, en ciencia, en política, en moral, se
llamen a sí mismos "idealistas", y mucha parte de la humanidad cree
serlo sinceramente, confundiendo su adhesión al tradicionalismo con un
"ideal". Prescindiendo de cierta fácil charlatanería que suele haber en
ello, confieso que no concibo el idealismo moral separado del concepto
de perfección incesante y del esfuerzo activo hacia la perfección; creo
que sólo merecen el nombre de idealistas los que trabajan por aumentar
la verdad y disminuir el error, los que fomentan la virtud contra la
hipocresía, la dignidad contra el servilismo, el estudio contra la
ignorancia, todo lo que es mejor y futuro contra todo lo que es actual
e imperfecto.
Sólo por eso doy a Emerson el calificativo de idealista, y pocos
hombres lo han merecido mejor que él; sólo por eso un hombre
estudioso puede enorgullecerse de usar tal nombre, que los ignorantes
suelen prodigar a manos llenas a los que abusan de su inocencia
para incitarlos a permanecer en el error y la domesticidad. Si las
palabras que usamos no fueran precisas, nunca sería claro nuestro
pensamiento; y nos temblaría el labio al hablar de idealismo, si con
ello contribuyéramos a confundir los innovadores con los rutinarios,
los estudiosos con los holgazanes, los pensadores con los palabristas
y los virtuosos con los sinvergüenza. ¿Es un ideal obstruir el
crecimiento progresivo de las verdades que permiten al hombre
conocer la naturaleza y adaptarse a ella? ¿Es un ideal aconsejar la
aquiescencia a las mentiras consuetudinarias y a los intereses creados,
perpetuando entre los hombres los privilegios y las injusticias
sustentadas en la tradición? ¿Es un ideal impedir que los hombres se
instruyan y se eduquen en la medida máxima compatible con sus aptitudes
individuales, convirtiéndose en unidades más intensas del guarismo
social? ¿Es un ideal predicar acatamiento servil al despotismo de
los autócratas, a los dogmas de los teólogos, a las mentiras de los
políticos, a los intereses de los enriquecidos, a las argucias de
los sofistas? Avergüenza el pensar que esas cosas puedan disfrazarse
con el nombre de idealismo; y más avergüenza, todavía, que ciertas
literaturas espiritualistas contribuyan a sugerir que las doctrinas o
las realidades del pasado pueden ser preferibles a las que sin cesar
van perfeccionándose hacia el porvenir, como si idealismo pudiera
significar Regresión y no Perfeccionamiento.
Es necesario no equivocarse en tan delicado problema, incesantemente
embrollado por los que halagan el misticismo ancestral de los hombres y
su incapacidad de prolongar su entendimiento más allá del galimatías de
las palabras.
El idealismo--fuera de su sentido metafísico, que significa ideísmo
por oposición a realismo--no puede concebirse sino como doctrina de la
perfectibilidad moral indefinida; y es, esencialmente, la antítesis de
cualquier dogmatismo moral. Los ideales éticos son hipótesis acerca
de posibles perfecciones morales futuras; se forman como todas las
hipótesis y como ellas sirven a los hombres que creen en su posible
advenimiento. Hemos definido ya la evolución humana como un esfuerzo
continuo del hombre para adaptarse a la naturaleza, que evoluciona a
su vez, necesitando para ello conocer la realidad ambiente y prever el
sentido de sus propias adaptaciones: los caminos de su perfección. Sus
etapas, entrevistas por la imaginación humana, constituyen los ideales.
Un hombre, un grupo o una raza, son idealistas porque circunstancias
propicias determinan su imaginación a concebir perfeccionamientos
posibles. Los ideales--si puedo repetir mi propia opinión--son
formaciones naturales; aparecen cuando la función de pensar alcanza
tal desarrollo que la imaginación puede anticiparse a la experiencia.
No son entidades misteriosamente infundadas en los hombres, ni
nacen del azar; se forman como todos los fenómenos accesibles a
nuestra observación, son efectos de causas, accidentes en el devenir
universal metódicamente investigado por las ciencias e hipotéticamente
sintetizado por la filosofía. Los ideales no son apriorísticos, sino
inducidos de una vasta experiencia; sobre ésta se empina la imaginación
para prever el sentido en que variará la Humanidad, y por ello todo
ideal representa un nuevo estado de equilibrio entre el pasado y el
porvenir.
Partiendo de ese concepto he procurado distinguir siempre el idealismo
moral, que considero admirable en todas sus formas, desde el estoicismo
de Epicteto y el cristianismo de Jesús, hasta el panteísmo de Spinoza
y el anarquismo de Tolstoy, del idealismo metafísico que--bien
analizado--está más próximo del panteísmo que de cualquiera teología
religiosa.
Se engañan o mienten--¡la eterna hipocresía!--todos los que procuran
reducir el idealismo moral a cualquier forma de dogmatismo, teológico
o racionalista; ideal moral significa perfectibilidad, y ninguna
perfectibilidad es compatible con el concepto mismo del dogma. Por eso
he dicho tantas veces que subordinar el idealismo moral a una fórmula
de escuela metafísica, equivale a castrarlo; por eso he insistido
en que llamar idealismo a las fantasías y supersticiones de mentes
enfermizas o ignorantes, es una de tantas ligerezas fomentadas por el
palabrismo discursivo.
El idealismo moral no es patrimonio exclusivo de ningún credo. Hay
tantos idealismos como ideales, y tantos ideales como idealistas,
y tantos idealistas como hombres aptos para concebir perfecciones
y capaces de vivir hacia ellas; por eso rehusamos el monopolio de
llamarse idealistas a cuantos lo reclaman en nombre de escuelas
filosóficas, sistemas de moral, credos de religión, fanatismos de secta
o dogmas de estética. Conocéis, probablemente, una página mía cuya
lectura me permitiréis, pues la creo oportuna. "El idealismo moral no
es privilegio de las doctrinas espiritualistas que desearían oponerlo
al "materialismo", llamando así, despectivamente, a todas las demás;
ese equívoco, tan explotado por los enemigos de las Ciencias--temidas
justamente como hontanares de Verdad y de Libertad--se duplica
al sugerir que la materia es la antítesis de la idea, después de
confundir al ideal con la idea y a ésta con el espíritu, como entidad
trascendente y ajena al mundo real. Se trata, visiblemente, de un
juego de palabras, secularmente repetido por sus beneficiarios, que
transportan a las doctrinas filosóficas el sentido que tienen los
vocablos idealismo y materialismo en el orden moral. El anhelo de
perfección en el conocimiento de la Verdad puede animar con igual
ímpetu al filósofo monista y al dualista, al teólogo y al ateo, al
estoico y al pragmatista. El particular ideal de cada uno concurre al
ritmo total de la perfección posible, antes que obstar al esfuerzo
similar de los demás.
"Y es más estrecha, aún, la tendencia a confundir el idealismo, que
se refiere a los ideales, con las tendencias metafísicas que así se
denominan porque consideran a las "ideas" más reales que la realidad
misma, o presuponen que ellas son la realidad única, forjada por
nuestra mente, como en el sistema hegeliano. "Ideólogos" no puede ser
sinónimo de "idealistas", aunque el mal uso induzca a creerlo.
"Ni podríamos restringirlo al pretendido idealismo de ciertas escuelas
estéticas, porque todas las maneras del naturalismo y del realismo
pueden constituir un ideal de arte, cuando sus sacerdotes son Miguel
Angel, Ticiano, Flaubert o Wagner; el esfuerzo imaginativo de los
que persiguen una ideal armonía de ritmos, de colores, de líneas o
de sonidos, se equivale, siempre que su obra trasparente un modo de
belleza o una original personalidad.
"No le confundiremos, en fin, con cierto idealismo ético que tiende
a monopolizar el culto de la perfección en favor de alguno de los
fanatismos religiosos predominantes en cada época, pues sobre no
existir un único e invariable Bien ideal, difícilmente cabría en los
catecismos para mentes obtusas. El esfuerzo individual hacia la virtud
puede ser tan magníficamente concebido y realizado por el peripatético
como por el cirenaico, por el cristiano como por el anarquista, por el
filántropo como por el epicúreo, pues todas las teorías filosóficas
son igualmente compatibles con la aspiración individual hacia el
perfeccionamiento humano. Todos ellos pueden ser idealistas, si saben
iluminarse en su doctrina; y en todas las doctrinas pueden cobijarse
dignos y buscavidas, virtuosos y sin vergüenza. El anhelo y la
posibilidad de la perfección no es patrimonio de ningún credo: recuerda
el agua de aquella fuente citada por Platón, que no podía contenerse en
ningún vaso.
"La experiencia, sólo ella, decide sobre la legitimidad de los
ideales, en cada tiempo y lugar. En el curso de la vida social se
seleccionan naturalmente; sobreviven los más adaptados, los que
mejor prevén el sentido de la evolución; es decir, los coincidentes
con el perfeccionamiento efectivo. Mientras la experiencia no da su
fallo, todo ideal es respetable, aunque parezca absurdo. Y es útil,
por su fuerza de contraste; si es falso muere solo, no daña. Todo
ideal, por ser una creencia, puede contener una parte de error, o
serlo totalmente: es una visión remota y por lo tanto expuesta a
ser inexacta. Lo único malo es carecer de ideales y esclavizarse a
las contingencias de la vida práctica inmediata, renunciando a la
posibilidad de la perfección moral."
Me detengo en la lectura. Cuando hablamos de idealismo moral, sea
en un individuo o en una sociedad, ¿qué es, exactamente, lo que
expresamos? Que ese individuo o esa sociedad poseen ideales de
perfeccionamiento y actúan en consonancia con su realización posible.
En ese inequívoco sentido, nadie mejor que Emerson merece llamarse
idealista; cuando llamó al conjunto de sus orientaciones _idealismo
trascendental_ no quiso adherir estrictamente a la doctrina platónica
de las ideas ni a la concepción metafísica hegeliana, sino expresar
ese panteísmo naturalista que le inducía a contemplar la divinidad
abstracta de las cosas y mostrar como digna de veneración la
arquitectura moral del universo. Podríamos, también, acercar ciertas
ideas de Emerson con otros modos de ver convergentes a postular la
eficacia de las ideas abstractas, de las ideas-fuerzas y de las
creencias sobre la conducta, en una heteróclita familia de pensadores
que englobarían desde Kant hasta Fouilléc y hasta William James, que se
han referido a un mismo asunto hablando idiomas heterogéneos.
Os pido, aquí, una atención más firme para comprender con exactitud
lo que va a seguir; no son ideas de Emerson, pero nos permitirán
comprender mejor la posición del moralista de Concord en la evolución
ética del siglo XIX.