La evolución mental de un pensador--muy distinta de su variación
ajustada a la moda, que sólo demuestra ausencia de ideas
propias,--sigue siempre un curso lógico, es una integración permanente,
enriquecida sin cesar por una experiencia que crece y por un sentido
crítico que se perfecciona. Cambiar de ideas en esa forma es un proceso
normal y una prueba de juventud; revela posibilidad de educarse más y
más, de crecer mentalmente, de expandir la personalidad propia. Y es,
precisamente, la incapacidad de perfeccionar las propias ideas, lo que
permite diagnosticar el envejecimiento de un pensador: la declinación
de esas aptitudes asimiladoras e imaginativas que enriquecen la cultura
personal o ensanchan el horizonte de las síntesis, elevando los puntos
de vista.
El examen de las ideas dominantes en la obra de Emerson nos ha
permitido establecer que si ellas carecen de contenido metafísico y,
por ende, propiamente filosófico, tienen, en cambio, un alto valor
ético; su obra es un continuo esfuerzo por acrecentar la intensidad
intrínseca de los valores morales, separando la experiencia moral de la
experiencia religiosa y tendiendo a constituir una moral sin dogmas.
Este aspecto del problema, hoy definitivamente resuelto para todos
los filósofos, sin distinción de escuelas o de creencias, no lo estaba
hace un siglo. Las instituciones básicas del mundo feudal, la Reyecía
y la Iglesia, no habían desaparecido por la crisis revolucionaria de
fines del siglo XVIII; la soberanía popular, afirmada como fundamento
de la vida civil democrática, no lograba aún sobreponerse a los
regímenes de privilegio asentados en el derecho divino. Más todavía:
las naciones reaccionarias en política y en religión--Rusia, Austria
y Prusia,--en complicidad con la iglesia Romana, habíanse coaligado
en la famosa Santa Alianza para restaurar el antiguo régimen y borrar
las constituciones que preludiaban el advenimiento de una etapa nueva
en la historia de la civilización; la iglesia Anglicana desempeñaba en
los ambientes anglo-americanos una equivalente función conservadora o
reaccionaria.
La lucha por el progreso de las ciencias morales planteábase entre los
sistemas fundados en el dogmatismo, en que se inspiraban las morales
afirmativas de los teólogos escolásticos, y las morales críticas de los
filósofos independientes.
Conviene tener presente que, en todo tiempo, los filósofos
independientes--llamando así a los que no tenían por objeto de sus
especulaciones consolidar las bases de las religiones oficiales en sus
medios respectivos--han sido, más o menos desembozadamente, enemigos de
la teología y contradictores de la apologética. Ellos han determinado
los progresos de la metafísica y de la ética contra el espíritu
tradicionalista de las cartas sacerdotales, muchas veces pagando
con sus vidas ese noble privilegio de pensar libremente contra la
religión y contra el estado: así murieron Sócrates, y Jesús, y Bruno,
y Servet, víctimas de las religiones de su tiempo, intolerantes todas
cuando fueron oficiales, llamáranse paganismo, judaísmo, catolicismo,
calvinismo.
En nuestro siglo XX esa lucha entre los teólogos dogmáticos y los
filósofos independientes parece terminada. La constitución civil de
las nacionalidades modernas ha quitado a las iglesias su antigua
preeminencia dentro de los estados; la autoridad las protege con
benevolencia, pero está muy lejos de considerarse como simple brazo
secular de los representantes de la divinidad.
Este paréntesis me ha parecido necesario para comprender la posición de
Emerson en la evolución de la moral. Juzgada con nuestro criterio de
hoy, nos parecería atrasada e inexplicable; lo que en su tiempo era un
ideal, hoy tiende a ser una realidad en las naciones civilizadas; otros
ideales nuevos han venido a polarizar la actividad apasionada de los
temperamentos idealistas.