Renovarse o morir, dijeron los renacentistas en el siglo XVI;
renovarse o morir, ha repetido el siglo XIX. No dudéis que en el siglo
nuestro y en los venideros será ésa, y ninguna otra, la fórmula, de los
hombres y de las naciones que aspiran a tener un porvenir mejor que
su pasado. La juventud es, por definición, capacidad renovadora; la
virilidad misma sólo se mide por la aptitud de renovarse parcialmente
dentro de las orientaciones ya adquiridas. Cuando ella se apaga, cuando
se miran con temor las ideas y los métodos que son piedras miliares en
el sendero del porvenir, podemos asegurar que un hombre o una nación
comienzan a envejecer; y si el temor se convierte en odio sordo, en
suspicacia hostil, es un signo inequívoco de irreparable decrepitud.
Sabemos muy bien, pues lo enseña la experiencia de siglos, que
los grandes renovadores nunca han visto realizarse íntegramente
sus ensueños; es destino común de todos los futuristas ver que la
realidad reduce a términos exiguos sus ideales, como si la sociedad
sólo pudiera beber muy aguada la pura esencia con que ellos embriagan
su imaginación. Pero no es menos cierto que en las reclamaciones
exageradas de los ilusos y utopistas están contenidas las pequeñas
variaciones éticas y sociales que, en su conjunto, constituyen el
progreso efectivo. ¡Alabados sean todos los hombres que equivocándose
como ciento auguran a sus semejantes un beneficio igual a uno!
¡Alabados sean todos los que arrojan semillas a puñados, generosamente,
sin preguntarse cuántas de ellas se perderán y sólo pensando en que
la más exigua puede ser fecunda! Para el perfeccionamiento moral de
la humanidad son inútiles los que se ajustan escrupulosamente a los
resultados de la experiencia pasada, sin arriesgarse a tentar nuevas
experiencias; son los innovadores los únicos que sirven, descubriendo
un astro o encendiendo una chispa. Y si bien es personalmente más
cómodo no equivocarse nunca a errar muchas veces, para la humanidad son
más provechosos los hombres que, en su afán de renovarse, para acertar
una vez, aceptan los inconvenientes de equivocarse muchas.
Es más cómodo, pensaréis, dejar a otros la función peligrosa de
innovar, reservándoos el tranquilo aprovechamiento de los resultados.
Cuestión es ésta que los epicúreos de todos los tiempos han resuelto
según su temperamento; pero es indiscutible que los renovadores de
las ciencias, de las artes, de la filosofía, de la política, de las
costumbres, son los arquetipos selectos, las afortunadas variaciones
de la especie humana, de que la naturaleza se ha valido para revelar
a los demás hombres alguna de las formas innumerables en que deviene
incesantemente el porvenir.
Emerson fué de estos elegidos, en su tiempo y para su medio.
Emerson fué joven y fué viril, al revés de esos jóvenes de años que
nacen viejos de inteligencia y de corazón, esclavos de los errores
tradicionales e impermeables a las verdades nuevas. Emerson supo ver y
supo anunciar, antes que otros, un aspecto del mundo moral que estaba
ya maduro para renovaciones provechosas. Y no calló lo que entreveía y
deseaba: renunció a la tranquilidad epicúrea de gozar en silencio, se
expuso a las heridas de los rutinarios y de los pasadistas. Por eso su
nombre es amado por toda una raza joven, que ha visto ya realizarse una
parte de sus ilusiones y ha dado algunos pasos hacia la religión sin
doctrinas y hacia la moral sin dogmas.
Siempre observando, siempre estudiando, siempre reflexionando, con esa
inquietud sin sosiego que mantiene despierta nuestra curiosidad sobre
la infinita Naturaleza que nos rodea, Emerson conservó hasta la edad
viril la plasticidad mental de la juventud. Y supo renovarse, cuando
fué menester; no volviendo atrás, sino mirando más lejos. Cuando su
doctrina o su actitud juvenil le pareció insegura o incompleta, en
vez de cerrar los ojos para volver a los errores tradicionales, buscó
nuevas fórmulas que superasen el presente y se adaptasen al porvenir
que devenía. Para decirlo con exactitud: cuando le pareció imperfecta
su moral independiente e individualista, en vez de retrogradar a la
moral sobrehumana y dogmática, fijó su pensamiento en la ética social.
En eso se distingue el hombre mentalmente superior del inferior: el
primero, cuando duda, rectifica su marcha y sigue adelante; el segundo,
incapaz de sobreponerse a la dificultad, desiste y vuelve atrás. Esto,
lo mismo que en la ética, ocurre en todos los dominios de la filosofía.
La vida de Emerson presenta dos etapas distintas, habitualmente
refundidas por sus biógrafos, sólo preocupados de elaborar un arquetipo
abstracto más conforme con el deseo simplista de la mentalidad social.
Nosotros podemos distinguir dos Emerson, que se suceden por una
transición progresiva: el individualista rebelde y el reconstructor
social.
Ministro de una iglesia unitaria, como recordaréis, descendía, por
varias generaciones, de pastores Congregacionistas. Cuando le llega
la hora de ejercitar su ministerio, Emerson interroga su conciencia
moral: no cree ya en los dogmas y prácticas rituales de su Iglesia.
Duda, medita y se decide con dignidad: renuncia a predicar dogmas que
no satisfacen su razón. En sus escritos de esa época vaga un intenso
personalismo ético, una crítica sagaz del dogmatismo, un constante afán
por afirmar la autonomía y la soberanía de la moralidad, poniendo la
obligación y la sanción en los dominios individuales de la conciencia.
A los ensayos de esa época se debe la simpatía con que Emerson es
leído, hasta hoy, por los anarquistas individualistas.
Al mismo tiempo que exalta la personalidad humana, postulando una
moral independiente, Emerson conserva el tono místico: su panteísmo,
mezcla de religión natural a lo Goethe y de amor a la naturaleza a
lo Rousseau, fué el cauce en que tuvieron libre desahogo su herencia
pastoral y su educación teológica. Es difícil concebir una combinación
más íntima de profundo misticismo y de absoluto antidogmatismo; cuando
exalta la energía individual, hace derivar la confianza propia del
carácter divino que tiene la personalidad humana; cuando afirma la
soberanía de la moralidad, pone la fuente espontánea de toda vida
moral en la naturaleza. Y todo es uno para él: naturaleza, moralidad,
divinidad.
El interés social despertado en su tiempo por las conferencias de
Emerson es fácil de comprender. Ellas satisfacían dos condiciones, rara
vez coincidentes: su forma mística respetaba el viejo fondo religioso
de sus oyentes y sus ideas individualistas satisfacían la inquietud
renovadora, propia de la generación romántica. Esto podría hacernos
pensar que los apóstoles más eficaces son los que dicen cosas nuevas en
el tono que nos es familiar; si se cantaran estrofas anarquistas con
música de viejos himnos religiosos, serían más fácilmente aprendidas
por los que ya tuviesen el hábito de cantar los himnos.
Así podemos explicarnos que Emerson fuese requerido para sermonear en
las iglesias unitarias: hablaba de la misma manera, aunque decía otra
cosa. Por otra parte, en los países protestantes existe--en épocas
normales--una tolerancia religiosa que difícilmente comprendemos los
que recibimos una educación católica. Decir que un sacerdote, después
de colgar los hábitos, puede ser invitado a predicar en su parroquia,
es para nosotros inconcebible; y no lo es menos ver a un sacerdote
católico o a un rabí judío ocupar una tribuna protestante, o viceversa,
o bien hallar reunidos en un congreso de religiones a los teólogos más
eminentes de todas ellas...
En su actitud individualista e independiente se mantiene Emerson hasta
la fundación del Club de los Trascendentales y la aparición de _The
Dial_. Conocemos ya la genealogía sansimoniana de ese movimiento. Con
la revolución del año 30, los eclécticos habían pasado a actuar en
el mundo oficioso y las simpatías de los románticos se pronunciaron
por la filosofía social, hasta la revolución de 1848. El reflejo de
esa evolución es fundamental en Emerson; desde entonces hasta su
muerte, sin atenuar su culto por la intensificación de la personalidad
individual, va acentuando progresivamente el sentido social de sus
ideas éticas. Poco a poco ve en la sociedad la fuente de la obligación
y el instrumento de la sanción moral; el deber no es mandamiento
divino, sino producto de la convivencia, que impone la justicia
como condición del libre desenvolvimiento personal; la sanción no
está librada a la razón del individuo aislado, sino a la conciencia
social en que se armoniza la razón de todos. Y el concepto de la
perfectibilidad humana se consolida al poner como base de la escuela
la educación moral, creando hábitos de veracidad, de justicia, de
cooperación, de solidaridad.
No decimos que Emerson llegó a definir la ética social tal como en
la actualidad la vemos formulada. Reconocemos, simplemente, que esa
tendencia llegó a prevalecer en él, en una época en que prefería hacer
a conferenciar.
¿Hacer? Hacer. Sonaba para su patria la hora de consolidar la
nacionalidad y de prepararse a la asimilación de otros millones de
europeos que vendrían a enriquecerla con el trabajo de sus brazos y con
la sangre de sus hijos.
Fué entonces que nació espontáneamente una nueva ética social, en
función del medio, cuya expresión doctrinaria hemos conocido cincuenta
años después: el pragmatismo.