1.--INTEGRACIÓN DEL PENSAMIENTO EMERSONIANO

Renovarse o morir, dijeron los renacentistas en el siglo XVI;

renovarse o morir, ha repetido el siglo XIX. No dudéis que en el siglo

nuestro y en los venideros será ésa, y ninguna otra, la fórmula, de los

hombres y de las naciones que aspiran a tener un porvenir mejor que

su pasado. La juventud es, por definición, capacidad renovadora; la

virilidad misma sólo se mide por la aptitud de renovarse parcialmente

dentro de las orientaciones ya adquiridas. Cuando ella se apaga, cuando

se miran con temor las ideas y los métodos que son piedras miliares en

el sendero del porvenir, podemos asegurar que un hombre o una nación

comienzan a envejecer; y si el temor se convierte en odio sordo, en

suspicacia hostil, es un signo inequívoco de irreparable decrepitud.

Sabemos muy bien, pues lo enseña la experiencia de siglos, que

los grandes renovadores nunca han visto realizarse íntegramente

sus ensueños; es destino común de todos los futuristas ver que la

realidad reduce a términos exiguos sus ideales, como si la sociedad

sólo pudiera beber muy aguada la pura esencia con que ellos embriagan

su imaginación. Pero no es menos cierto que en las reclamaciones

exageradas de los ilusos y utopistas están contenidas las pequeñas

variaciones éticas y sociales que, en su conjunto, constituyen el

progreso efectivo. ¡Alabados sean todos los hombres que equivocándose

como ciento auguran a sus semejantes un beneficio igual a uno!

¡Alabados sean todos los que arrojan semillas a puñados, generosamente,

sin preguntarse cuántas de ellas se perderán y sólo pensando en que

la más exigua puede ser fecunda! Para el perfeccionamiento moral de

la humanidad son inútiles los que se ajustan escrupulosamente a los

resultados de la experiencia pasada, sin arriesgarse a tentar nuevas

experiencias; son los innovadores los únicos que sirven, descubriendo

un astro o encendiendo una chispa. Y si bien es personalmente más

cómodo no equivocarse nunca a errar muchas veces, para la humanidad son

más provechosos los hombres que, en su afán de renovarse, para acertar

una vez, aceptan los inconvenientes de equivocarse muchas.

Es más cómodo, pensaréis, dejar a otros la función peligrosa de

innovar, reservándoos el tranquilo aprovechamiento de los resultados.

Cuestión es ésta que los epicúreos de todos los tiempos han resuelto

según su temperamento; pero es indiscutible que los renovadores de

las ciencias, de las artes, de la filosofía, de la política, de las

costumbres, son los arquetipos selectos, las afortunadas variaciones

de la especie humana, de que la naturaleza se ha valido para revelar

a los demás hombres alguna de las formas innumerables en que deviene

incesantemente el porvenir.

Emerson fué de estos elegidos, en su tiempo y para su medio.

Emerson fué joven y fué viril, al revés de esos jóvenes de años que

nacen viejos de inteligencia y de corazón, esclavos de los errores

tradicionales e impermeables a las verdades nuevas. Emerson supo ver y

supo anunciar, antes que otros, un aspecto del mundo moral que estaba

ya maduro para renovaciones provechosas. Y no calló lo que entreveía y

deseaba: renunció a la tranquilidad epicúrea de gozar en silencio, se

expuso a las heridas de los rutinarios y de los pasadistas. Por eso su

nombre es amado por toda una raza joven, que ha visto ya realizarse una

parte de sus ilusiones y ha dado algunos pasos hacia la religión sin

doctrinas y hacia la moral sin dogmas.

Siempre observando, siempre estudiando, siempre reflexionando, con esa

inquietud sin sosiego que mantiene despierta nuestra curiosidad sobre

la infinita Naturaleza que nos rodea, Emerson conservó hasta la edad

viril la plasticidad mental de la juventud. Y supo renovarse, cuando

fué menester; no volviendo atrás, sino mirando más lejos. Cuando su

doctrina o su actitud juvenil le pareció insegura o incompleta, en

vez de cerrar los ojos para volver a los errores tradicionales, buscó

nuevas fórmulas que superasen el presente y se adaptasen al porvenir

que devenía. Para decirlo con exactitud: cuando le pareció imperfecta

su moral independiente e individualista, en vez de retrogradar a la

moral sobrehumana y dogmática, fijó su pensamiento en la ética social.

En eso se distingue el hombre mentalmente superior del inferior: el

primero, cuando duda, rectifica su marcha y sigue adelante; el segundo,

incapaz de sobreponerse a la dificultad, desiste y vuelve atrás. Esto,

lo mismo que en la ética, ocurre en todos los dominios de la filosofía.

La vida de Emerson presenta dos etapas distintas, habitualmente

refundidas por sus biógrafos, sólo preocupados de elaborar un arquetipo

abstracto más conforme con el deseo simplista de la mentalidad social.

Nosotros podemos distinguir dos Emerson, que se suceden por una

transición progresiva: el individualista rebelde y el reconstructor

social.

Ministro de una iglesia unitaria, como recordaréis, descendía, por

varias generaciones, de pastores Congregacionistas. Cuando le llega

la hora de ejercitar su ministerio, Emerson interroga su conciencia

moral: no cree ya en los dogmas y prácticas rituales de su Iglesia.

Duda, medita y se decide con dignidad: renuncia a predicar dogmas que

no satisfacen su razón. En sus escritos de esa época vaga un intenso

personalismo ético, una crítica sagaz del dogmatismo, un constante afán

por afirmar la autonomía y la soberanía de la moralidad, poniendo la

obligación y la sanción en los dominios individuales de la conciencia.

A los ensayos de esa época se debe la simpatía con que Emerson es

leído, hasta hoy, por los anarquistas individualistas.

Al mismo tiempo que exalta la personalidad humana, postulando una

moral independiente, Emerson conserva el tono místico: su panteísmo,

mezcla de religión natural a lo Goethe y de amor a la naturaleza a

lo Rousseau, fué el cauce en que tuvieron libre desahogo su herencia

pastoral y su educación teológica. Es difícil concebir una combinación

más íntima de profundo misticismo y de absoluto antidogmatismo; cuando

exalta la energía individual, hace derivar la confianza propia del

carácter divino que tiene la personalidad humana; cuando afirma la

soberanía de la moralidad, pone la fuente espontánea de toda vida

moral en la naturaleza. Y todo es uno para él: naturaleza, moralidad,

divinidad.

El interés social despertado en su tiempo por las conferencias de

Emerson es fácil de comprender. Ellas satisfacían dos condiciones, rara

vez coincidentes: su forma mística respetaba el viejo fondo religioso

de sus oyentes y sus ideas individualistas satisfacían la inquietud

renovadora, propia de la generación romántica. Esto podría hacernos

pensar que los apóstoles más eficaces son los que dicen cosas nuevas en

el tono que nos es familiar; si se cantaran estrofas anarquistas con

música de viejos himnos religiosos, serían más fácilmente aprendidas

por los que ya tuviesen el hábito de cantar los himnos.

Así podemos explicarnos que Emerson fuese requerido para sermonear en

las iglesias unitarias: hablaba de la misma manera, aunque decía otra

cosa. Por otra parte, en los países protestantes existe--en épocas

normales--una tolerancia religiosa que difícilmente comprendemos los

que recibimos una educación católica. Decir que un sacerdote, después

de colgar los hábitos, puede ser invitado a predicar en su parroquia,

es para nosotros inconcebible; y no lo es menos ver a un sacerdote

católico o a un rabí judío ocupar una tribuna protestante, o viceversa,

o bien hallar reunidos en un congreso de religiones a los teólogos más

eminentes de todas ellas...

En su actitud individualista e independiente se mantiene Emerson hasta

la fundación del Club de los Trascendentales y la aparición de _The

Dial_. Conocemos ya la genealogía sansimoniana de ese movimiento. Con

la revolución del año 30, los eclécticos habían pasado a actuar en

el mundo oficioso y las simpatías de los románticos se pronunciaron

por la filosofía social, hasta la revolución de 1848. El reflejo de

esa evolución es fundamental en Emerson; desde entonces hasta su

muerte, sin atenuar su culto por la intensificación de la personalidad

individual, va acentuando progresivamente el sentido social de sus

ideas éticas. Poco a poco ve en la sociedad la fuente de la obligación

y el instrumento de la sanción moral; el deber no es mandamiento

divino, sino producto de la convivencia, que impone la justicia

como condición del libre desenvolvimiento personal; la sanción no

está librada a la razón del individuo aislado, sino a la conciencia

social en que se armoniza la razón de todos. Y el concepto de la

perfectibilidad humana se consolida al poner como base de la escuela

la educación moral, creando hábitos de veracidad, de justicia, de

cooperación, de solidaridad.

No decimos que Emerson llegó a definir la ética social tal como en

la actualidad la vemos formulada. Reconocemos, simplemente, que esa

tendencia llegó a prevalecer en él, en una época en que prefería hacer

a conferenciar.

¿Hacer? Hacer. Sonaba para su patria la hora de consolidar la

nacionalidad y de prepararse a la asimilación de otros millones de

europeos que vendrían a enriquecerla con el trabajo de sus brazos y con

la sangre de sus hijos.

Fué entonces que nació espontáneamente una nueva ética social, en

función del medio, cuya expresión doctrinaria hemos conocido cincuenta

años después: el pragmatismo.

Hacia una Moral sin Dogmas: Lecciones sobre Emerson y el Eticismo · 第 26 / 51 题